
La historia de Claire Sylvia es de esas que se propagan en blogs, redes sociales y documentales con la persistencia de un mito urbano. En los años noventa, tras recibir un trasplante de corazón y pulmón, esta mujer despertó con antojos extraños: cerveza fría y nuggets de pollo, cosas que antes le repugnaban. Además soñaba con un joven llamado «T.L.» Cuando investigó, descubrió que su donante era un muchacho de dieciocho años con esas iniciales que, efectivamente, adoraba la cerveza y el pollo frito. Desde entonces, la idea de una «memoria celular» capaz de transferir gustos y personalidad a través de un órgano trasplantado se ha convertido en uno de esos misterios pseudo-científicos más cautivadores.
El problema es que esa historia, por fascinante que sea, funciona más como anécdota de sobremesa que como prueba científica. Y cuando uno empieza a hurgar en la literatura médica seria, el panorama cambia drásticamente.
Los pocos estudios formales publicados sobre este tema son, directamente, decepcionantes para quien espera confirmar la hipótesis de la memoria celular. El más antiguo y citado es de Bunzel en 1992, que entrevistó a cuarenta y siete receptores de corazón. El hallazgo principal fue sobrio: el setenta y nueve por ciento negó rotundamente cualquier cambio de personalidad tras la operación. Un quince por ciento atribuyó los cambios al trauma de haber estado cerca de la muerte, y apenas un seis por ciento, es decir, tres pacientes, informó de cambios que atribuyeron al órgano donado. Tres de cuarenta y siete. Esa cifra ya nos da una idea de por dónde van los tiros.
Los estudios más recientes no son más alentadores. Un trabajo de 2024 publicado en Annals of Transplantation entrevistó a veinte receptores de corazón con cuestionarios de personalidad estandarizados. Encontraron que el treinta y ocho por ciento mostraba ciertas similitudes con sus donantes, pero aquí viene lo crucial: cuando aplicaron análisis estadísticos reales, no hubo correlación significativa entre la personalidad de los receptores y la de los donantes. Los propios autores admitieron que su muestra era demasiado pequeña para sacar conclusiones sólidas.
Entonces, ¿por qué algunos pacientes insisten en que sus gustos y preferencias cambiaron? La respuesta es mucho más mundana de lo que los titulares sensacionalistas sugieren. Primero están los medicamentos. Un trasplante de corazón implica tomar inmunosupresores como los corticoides y el tacrolimus de por vida. Dosis altas de esteroides pueden causar cambios de humor, alteraciones del gusto y hasta alucinaciones suaves. Si de repente te vuelves alérgico a cosas que antes te gustaban, eso tiene un nombre: efectos secundarios farmacológicos, no memoria del donante.
Segundo, existe todo un cúmulo de factores psicológicos. Recibir un órgano de alguien que murió es traumático. Muchos pacientes desarrollan algo que los médicos llaman «confusión de identidad», preguntándose si siguen siendo la misma persona. Algunos sienten culpa por llevar literalmente a alguien dentro. Es lógico que en ese estado emocional alterado, el cerebro busque explicaciones extraordinarias para los cambios que percibe. Es más romántico y menos inquietante creer que heredaste los gustos del donante que admitir que los esteroides te han dejado hecho un personaje de telenovela.
Además está el sesgo de confirmación, el mecanismo mental mediante el cual recordamos los casos que confirman nuestras creencias e ignoramos los que no. Si tras el trasplante pruebas algo nuevo y te disgusta, lo relacionas con el donante. Si probaras esa misma cosa hace un año también te hubiera disgustado, pero ya no lo recuerdas. Los sueños vívidos, otro elemento común en estas historias, tienen una explicación más prosaica: medicinas que alteran el sueño, estrés post-quirúrgico, y el hecho de que cuando esperas soñar con alguien, inevitablemente lo harás.
Lo más revelador es que un estudio comparó receptores de corazón con quienes recibieron otros órganos como riñones o hígados. Cerca del noventa por ciento de todos ellos reportó cambios de personalidad después del trasplante. Si la memoria se transmitiera específicamente a través del corazón, solo ese grupo debería mostrar cambios significativos. Pero no. Los únicos cambios estadísticamente diferentes fueron mejoras en la tolerancia física, algo completamente explicable cuando tu corazón nuevamente funciona correctamente y puede bombear sangre eficientemente.
Es curioso que muchos cirujanos cardíacos, cuando se les pregunta en privado, simplemente se burlen de la noción de memoria celular. No porque sean dogmáticos, sino porque después de miles de trasplantes, jamás han visto evidencia reproducible de que un corazón porte recuerdos. Lo que ven son pacientes con vidas transformadas, sí, pero por razones que la medicina entiende perfectamente: mejor oxigenación, recuperación de la salud, medicinas potentes que alteran la química cerebral.
Dicho todo esto, no hay un mecanismo biológico conocido mediante el cual células cardíacas no neuronales pudieran codificar, almacenar y transmitir recuerdos complejos. El corazón es una bomba extraordinariamente sofisticada, pero no es un procesador de información emocional. Ese trabajo corre completamente a cargo del cerebro. Y no, la epigenética ni las neuronas dispersas en el corazón explican la transferencia de personalidades entre organismos.
Claire Sylvia tiene derecho a su experiencia vivida. Pero esa experiencia no es evidencia. Y en medicina, la diferencia entre ambas es fundamental.
☞ El artículo completo original de lo puedes ver aquí
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