20 de enero de 2026

Pandora: el pequeño telescopio de la NASA que ayuda al James Webb a evitar “falsos positivos” al buscar atmósferas en exoplanetas

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El James Webb Space Telescope se ha convertido en la referencia para estudiar exoplanetas con un nivel de detalle que hace una década habría sonado a ciencia ficción. Su espejo dorado y su enorme sensibilidad permiten analizar cómo cambia la luz de una estrella cuando un planeta pasa por delante. Ese pequeño “mordisco” de luz, filtrado por la atmósfera del planeta, puede descomponerse como si fuera un arcoíris y revelar pistas sobre moléculas como vapor de agua, dióxido de carbono o metano. En términos cotidianos, es como oler una sopa sin verla: por el aroma intuyes qué ingredientes hay dentro.

El problema es que, cuando se busca una señal tan sutil, cualquier distracción importa. Y en astronomía, la mayor distracción suele ser la propia estrella. La ambición científica del Webb es enorme, pero su agenda también: cada hora de observación es oro. Por eso la NASA ha impulsado una misión complementaria, más modesta en tamaño y coste, con un objetivo muy específico: ayudar a separar lo que viene del planeta de lo que, en realidad, es “ruido” de la estrella. Esa misión se llama Pandora.

La trampa de las estrellas: manchas, fulguraciones y firmas engañosas

Cuando imaginamos una estrella, solemos pensar en una bombilla estable. La realidad se parece más a una hoguera: tiene zonas más calientes, zonas más frías, chispas repentinas y cambios que aparecen y desaparecen con el giro. Las estrellas presentan manchas y regiones activas que rotan, y también pueden emitir flares. Todo esto altera su brillo y, lo que es más crítico para el Webb, modifica su “huella” espectral.

Aquí entra el concepto clave: contaminación estelar. Si una estrella tiene manchas frías, su luz puede mostrar rasgos que imitan señales que los astrónomos buscan en planetas, como el vapor de agua. O puede ocurrir lo contrario: la variabilidad de la estrella puede enmascarar una señal real del planeta. En una analogía simple, es como intentar escuchar un susurro (la atmósfera del exoplaneta) en una cafetería con una máquina de café ruidosa y conversaciones alrededor (la estrella). El Webb puede tener el mejor micrófono del mundo, pero si no sabes cómo suena el “ambiente”, puedes confundir palabras.

Según explicaban científicos vinculados al proyecto en declaraciones recogidas por Ars Technica y desde el entorno de NASA Goddard, la comunidad sospechaba desde hace tiempo que esto sería un problema, pero la magnitud del impacto se hizo especialmente evidente cuando los instrumentos empezaron a afinar lo suficiente como para buscar mundos pequeños y potencialmente parecidos a la Tierra, alrededor de 2017 o 2018. A partir de ahí, la necesidad de una herramienta de calibración dejó de ser un detalle técnico y pasó a ser una barrera científica.

Qué es Pandora y por qué importa aunque sea mucho más pequeña

Pandora es, en esencia, un telescopio compacto en órbita baja terrestre que observa estrellas y planetas al mismo tiempo para ofrecer contexto. Mientras el Webb mira con una potencia extraordinaria, Pandora se concentra en vigilar el comportamiento de la estrella anfitriona con paciencia, como un asistente que toma notas durante toda la reunión para que no se pierdan matices.

Su espejo principal es de unos 45 centímetros, un tamaño comparable al de telescopios avanzados de aficionados, y queda lejísimos del coloso que es el Webb. Ese contraste es intencional: Pandora no compite por “ver más lejos”, sino por mirar de forma prolongada y repetida un conjunto de sistemas planetarios seleccionados. La misión pretende observar alrededor de 20 exoplanetas en múltiples visitas durante su primer año operativo, acumulando largas sesiones de observación en visible e infrarrojo. Con esa repetición, puede capturar variaciones a corto y a más largo plazo de cada estrella, y así ayudar a corregir las mediciones del Webb.

Esta corrección es crucial cuando se habla de “posibles señales de vida” o de condiciones habitables. Nadie quiere anunciar que ha encontrado agua en un planeta rocoso y luego descubrir que la señal provenía de la estrella. Pandora está diseñada para reducir ese riesgo: menos titulares impulsivos, más ciencia sólida.

Cómo se “desenreda” la señal del planeta de la señal de la estrella

El trabajo de Pandora se entiende bien con una metáfora doméstica: imagina que estás intentando distinguir el sabor exacto de un té delicado, pero lo bebes en una taza que aún conserva un poco de detergente. El té sería el planeta; el detergente, la estrella. Si aprendes exactamente qué residuo deja esa taza, puedes descontarlo mentalmente y evaluar el sabor real.

En astronomía, ese “descuento” se realiza midiendo cómo cambia el espectro de la estrella por manchas y actividad, mientras el planeta transita. Pandora observará el sistema de forma simultánea, creando un mapa del comportamiento estelar durante las ventanas críticas. Con ese mapa, los investigadores pueden ajustar la interpretación de los datos del Webb y estimar con más confianza qué absorciones pertenecen a moléculas en la atmósfera del exoplaneta.

Un ejemplo citado por científicos del equipo en foros de la American Astronomical Society es GJ 486 b, una “super-Tierra” descubierta en 2021 alrededor de una enana roja. Este tipo de estrella es, a la vez, una oportunidad y un dolor de cabeza: como emite menos energía que el Sol, la “zona habitable” está mucho más cerca y el planeta transita con frecuencia, lo que facilita reunir datos rápidamente. El lado complicado es que estas estrellas pueden ser activas y sus manchas pueden mimetizar rasgos asociados al agua. Pandora busca precisamente aportar el contexto necesario para interpretar casos así.

Órbita “crepuscular” y estrategia de observación: paciencia como tecnología

Pandora operará en una órbita sincrónica con el Sol, descrita como una especie de “órbita de crepúsculo”, siguiendo la frontera entre el día y la noche terrestres. Traducido a lo práctico: mantiene sus paneles solares con buena iluminación durante largos periodos y puede dedicar mucho tiempo a observar sin interrupciones constantes. Para misiones de calibración, esa continuidad vale tanto como el tamaño del espejo.

Esta idea de “mirar mucho tiempo” es uno de los puntos más interesantes del diseño. El Webb es un observatorio con demanda altísima y objetivos muy variados: galaxias tempranas, discos protoplanetarios, atmósferas planetarias, objetos del Sistema Solar. Pandora, con una misión enfocada, puede quedarse “sentada” mirando una estrella durante horas, registrando cómo cambian manchas y regiones activas, y entregando un contexto que al Webb le cuesta permitirse por agenda.

Ciencia con presupuesto ajustado: por qué 20 millones pueden rendir tanto

Otra historia paralela es la económica. Mientras que el Webb supera los 10.000 millones de dólares, Pandora se mueve en otra liga: un presupuesto limitado, alrededor de 20 millones para desarrollo según los límites establecidos por la NASA para este tipo de iniciativas. Lejos de ser un detalle, esto refleja una tendencia: la madurez del sector de pequeños satélites y la disponibilidad de lanzamientos compartidos han cambiado lo que es viable.

Pandora viajó como parte de un lanzamiento con múltiples cargas, una modalidad que reduce drásticamente el coste de acceso al espacio frente a épocas en las que un satélite de ese tamaño habría necesitado un cohete dedicado. La misión se apoya en componentes y plataformas comerciales: el bus del satélite procede de Blue Canyon Technologies, y el telescopio se apoya en tecnología desarrollada en el entorno de Lawrence Livermore National Laboratory. Dentro de la NASA, encaja en el programa Astrophysics Pioneers, que busca precisamente misiones científicas más rápidas y asequibles.

Esta combinación de industria de pequeños satélites, lanzadores con opciones “rideshare” y componentes reutilizables permite algo que antes era raro: responder en tiempos más cortos a problemas científicos emergentes. En palabras de investigadores citados por Ars Technica y en el entorno de NASA Goddard, la ciencia de exoplanetas avanza con ciclos de pocos años. Si cada respuesta dependiera de misiones de décadas, se frenaría el ritmo.

Lo que Pandora puede cambiar en la búsqueda de mundos habitables

El impacto de Pandora no se mide por descubrir un planeta nuevo, sino por aumentar la confianza en lo que ya se está observando con el Webb. En investigación, la precisión a menudo es la diferencia entre una pista sugerente y una afirmación defendible. Si Pandora ayuda a corregir espectros y a separar mejor estrella y planeta, el beneficio se multiplica: no solo para 20 sistemas, sino como aprendizaje extrapolable para interpretar otros miles de exoplanetas confirmados.

La clave está en el tipo de preguntas que vienen: no basta con saber que un planeta existe, o incluso que tiene atmósfera. La conversación científica apunta a qué atmósferas son estables, qué química las domina y cuáles podrían sostener condiciones compatibles con vida tal y como la entendemos. En ese camino, la contaminación estelar es como un cristal sucio delante del objetivo: no impide mirar, pero distorsiona lo suficiente como para cometer errores. Pandora, con su papel de “limpiacristales” y verificador, pretende que el Webb y futuras misiones trabajen con menos ambigüedad.




☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí

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