
Quien haya mirado de cerca la fotovoltaica sabe que hay un tira y afloja difícil de evitar: cuanto más sol capturas para producir electricidad, menos luz dejas pasar. En una placa solar clásica esto no importa, porque su trabajo es absorber, no iluminar una habitación. El problema llega cuando quieres convertir una ventana en generador: si oscureces demasiado el vidrio, ganas vatios pero pierdes confort visual; si lo dejas muy transparente, el resultado puede ser bonito, pero la producción se queda corta.
Ese equilibrio es precisamente lo que un equipo de la Universidad Hebrea de Jerusalén dice haber afinado con una propuesta pensada para arquitectura y superficies flexibles: células solares semitransparentes basadas en perovskita, capaces de ajustarse en color y transparencia gracias a un enfoque de impresión 3D con microestructuras. La investigación se publicó en la revista EES Solar, según informó Interesting Engineering.
Qué cambia cuando la transparencia se “dibuja” con microarquitectura
La idea central es elegante: en lugar de modificar la química del material fotovoltaico para hacerlo más transparente, el equipo introduce una especie de “persiana microscópica”. Mediante impresión 3D, fabrican un patrón de diminutos pilares de polímero que actúan como compuertas ópticas. Imagina un estor veneciano, pero a escala tan pequeña que tus ojos lo perciben como un vidrio uniforme. La clave está en el espaciado y la geometría: si separas más esas microestructuras, dejas pasar más luz; si las acercas, bloqueas más y capturas más energía.
Este enfoque tiene dos ventajas prácticas. La primera es el control fino: puedes ajustar la transparencia sin tocar la fórmula del material activo, lo que facilita mantener propiedades eléctricas estables. La segunda es de fabricación: al basarse en estructuras impresas, se abre la puerta a patrones repetibles y personalizables, algo que encaja muy bien con la lógica de la construcción, donde cada proyecto pide medidas y prestaciones distintas.
Perovskita: una “tinta solar” con mucho potencial… y retos conocidos
La palabra perovskita aparece cada vez más en energía por una razón: estos materiales pueden convertirse en capas fotovoltaicas eficientes con procesos relativamente compatibles con recubrimientos finos. Una forma útil de pensarlo es como una “tinta” que, depositada en capas, convierte la luz en electricidad. Por eso se habla tanto de aplicaciones en fotovoltaica integrada en edificios (BIPV), donde la energía no llega como un añadido, sino como parte del propio cerramiento.
Ahora bien, también hay un “pero” importante: muchas perovskitas son sensibles a la humedad, el oxígeno, el calor o la radiación ultravioleta. En laboratorio pueden rendir muy bien, pero en la calle se enfrentan a lluvia, cambios bruscos de temperatura y años de exposición. El propio equipo reconoce que está trabajando en encapsulación, es decir, en capas protectoras finas que permitan que el dispositivo aguante décadas como se espera de un elemento constructivo.
Color a la carta sin convertir el vidrio en un filtro “apagado”
Uno de los puntos más llamativos del trabajo es la parte estética. En edificios, el vidrio solar suele chocar con un problema de aceptación: a menudo deja un tono marrón o turbio que ensucia el diseño. Aquí, el equipo propone un control deliberado del color ajustando el grosor de una capa clave: el electrodo transparente. Al variar su espesor, el dispositivo puede reflejar determinadas longitudes de onda, de modo que la célula adopta tonos específicos sin renunciar a dejar pasar el resto del espectro.
Si te cuesta visualizarlo, piensa en los reflejos de una burbuja de jabón o en el brillo de una lámina fina de aceite sobre agua: el color no aparece porque el material “sea” azul o verde, sino porque su espesor y estructura hacen que ciertas ondas se refuercen o se cancelen. En una ventana, eso se traduce en paneles que pueden parecer un vitral moderno y tecnológico, mientras la luz que no se refleja sigue entrando y, a la vez, puede contribuir a la generación eléctrica.
Números que importan: eficiencia y transparencia en el mismo párrafo
En ensayos de laboratorio, el equipo reporta una eficiencia energética del 9,2% con un 35% de transparencia. Conviene ponerlo en contexto: un panel solar opaco comercial suele moverse por encima del 20% en muchas gamas, así que aquí el objetivo no es batir récords de tejado, sino lograr un compromiso útil para superficies que hoy son “pasivas”, como ventanas y fachadas.
Ese 35% de transparencia es una cifra interesante para espacios interiores, porque no convierte la ventana en una pared. Y un 9,2% puede empezar a tener sentido en términos de energía acumulada si lo multiplicas por metros cuadrados de fachada en un edificio grande. En otras palabras: la gracia está en la superficie disponible, no en exprimir cada centímetro como en un panel de cubierta.
Flexibilidad y fabricación más suave: cuando el proceso también cuenta
Otro detalle relevante es el proceso de producción. El equipo describe el método como más respetuoso con materiales delicados porque evita temperaturas agresivas y ciertos químicos tóxicos habituales en otras técnicas. Esto importa por dos razones: la primera, por sostenibilidad y seguridad industrial; la segunda, porque permite trabajar sobre superficies flexibles como plásticos y láminas, donde el calor excesivo deforma o arruina el sustrato.
El resultado son células solares flexibles que, según las pruebas descritas, mantienen el rendimiento tanto en operación continua como tras ciclos de doblado. En el mundo real, esa resistencia mecánica es crucial: una fachada vibra con viento, un recubrimiento en una curva sufre tensiones, un material instalado sobre una lámina puede flexar con el uso. La durabilidad no es un detalle, es el filtro que separa un prototipo bonito de un producto instalable.
Dónde encaja: de fachadas que generan a superficies que hoy no imaginamos
La aplicación inmediata es clara: ventanas solares y fachadas que producen energía sin obligar al edificio a “vestirse” de paneles oscuros. También aparece un escenario muy atractivo para rehabilitación: si puedes imprimir o aplicar capas sobre vidrio o elementos existentes, el salto de una reforma estética a una reforma energética se vuelve más natural.
El equipo incluso sugiere posibilidades más futuristas, como integrar capas de captación en superficies curvas o delicadas, tipo láminas plásticas o foils. En la práctica, eso podría tocar sectores como automoción (por ejemplo, techos panorámicos que alimenten parte de la climatización) o electrónica de consumo (capas que aprovechen luz ambiental para aportar una carga lenta). Conviene mantener el entusiasmo con los pies en el suelo: la energía que puede recolectar una pantalla de móvil es limitada por área y por la iluminación disponible, pero como apoyo para sensores o consumos pequeños sí podría tener sentido si la durabilidad y el coste acompañan.
Lo que falta para que llegue a la calle: encapsulación, escalado y normativa
Para que esta tecnología salga del laboratorio y se convierta en un material de construcción, hay tres preguntas que mandan. La primera es la vida útil: la encapsulación deberá demostrar que protege la perovskita durante años frente a humedad y radiación. La segunda es el escalado: imprimir microestructuras con precisión en superficies grandes suena prometedor, pero habrá que ver velocidad de producción, control de defectos y costes por metro cuadrado. La tercera es regulatoria: cualquier vidrio arquitectónico debe cumplir requisitos de seguridad, resistencia, comportamiento ante fuego, envejecimiento y mantenimiento.
Si esas piezas encajan, el atractivo es evidente: un edificio deja de ser solo un consumidor y se convierte en un productor discreto, sin sacrificar estética. No es magia, es ingeniería aplicada a un sitio que hasta ahora parecía reservado a la decoración: el vidrio.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí