12 de febrero de 2026

Más allá de la vista y el oído: por qué podríamos tener hasta 33 sentidos

sentidos

La idea de que percibimos el mundo a través de cinco sentidos —vista, oído, olfato, gusto y tacto— es tan familiar que funciona como un atajo mental. Sirve para explicarle a un niño cómo “entró” el mundo en su cabeza y también para simplificar conversaciones cotidianas. El problema es que ese atajo empieza a quedarse corto cuando uno se fija en lo que realmente ocurre dentro del cuerpo. La tradición suele atribuir esa lista a Aristóteles, que también defendía una visión del universo basada en cinco elementos. La ciencia descartó hace tiempo esa parte, y ahora está revisando con la misma energía el “paquete” de los cinco sentidos.

Un texto reciente difundido por ScienceDaily a partir de un artículo de The Conversation plantea una cifra que llama la atención: los humanos podríamos tener entre 22 y 33 sentidos en funcionamiento, según estimaciones compartidas por neurocientíficos vinculados a la investigación sobre percepción, entre ellos Charles Spence, del Crossmodal Research Laboratory de la Universidad de Oxford. El número exacto es menos importante que el mensaje: la percepción humana es una red, no una fila de interruptores independientes.

La percepción como orquesta: cuando los sentidos se mezclan

Pensar en sentidos separados es cómodo, como imaginar una mesa con cinco cajones bien rotulados. La experiencia real se parece más a una orquesta afinando: cada instrumento influye en el conjunto, y el resultado final es una única “escena” coherente. Lo que vemos puede cambiar lo que oímos; lo que olemos puede cambiar lo que sentimos al tocar; el equilibrio puede alterar incluso la forma en que interpretamos una imagen. Esta visión se apoya en décadas de investigación sobre percepción multisensorial y integración sensorial, un campo que estudia cómo el cerebro une señales distintas para construir una realidad útil.

Un ejemplo doméstico ayuda: un champú con aroma a rosas puede hacer que el pelo parezca más suave al tacto. No es magia ni sugestión “pura”; es el cerebro combinando información olfativa y táctil para generar una impresión unificada. En alimentación ocurre algo parecido: ciertos olores en yogures bajos en grasa pueden hacer que la textura se perciba más densa y cremosa, como si se hubiera añadido más cuerpo al producto. La materia prima no cambió; cambió el modo en que el sistema perceptivo la interpreta.

Si contamos “sentidos internos”, el cuerpo se vuelve un laboratorio

Cuando la conversación sale del “mundo exterior” y entra en el cuerpo, la lista se expande de golpe. Hay un conjunto de capacidades sensoriales que no suelen aparecer en los libros escolares y que, sin embargo, usamos cada segundo.

La propiocepción es una de las más conocidas: permite saber dónde están tus manos o tus piernas sin mirarlas. Si cierras los ojos y te tocas la punta de la nariz, estás usando ese sistema. El sentido del equilibrio, apoyado en el sistema vestibular del oído interno, coopera con la visión y la propiocepción para que no te caigas al caminar, para mantener la estabilidad al girar la cabeza o para interpretar la inclinación de tu cuerpo cuando aceleras.

Luego está la interocepción, que te informa sobre lo que ocurre dentro: el latido acelerado, el hambre, la sed, la necesidad de respirar más profundo, la sensación de “nudo” en el estómago. No es un solo indicador, sino una familia de señales internas. Y existen matices aún más finos, como el sentido de agencia, esa convicción íntima de que “yo estoy moviendo mi brazo”. En algunos pacientes con daño neurológico, esa certeza puede fallar: sienten que su brazo se mueve, pero no lo reconocen como un movimiento propio. Cerca de ahí aparece el sentido de propiedad corporal, la sensación de que una extremidad “es mía”. Hay casos clínicos en los que una persona puede sentir estímulos en un brazo y, al mismo tiempo, no vivirlo como parte de su cuerpo. Estos fenómenos, citados en el texto de The Conversation, son potentes porque demuestran que la percepción no solo trata de objetos externos; trata del “yo” encarnado.

El tacto no es uno: dolor, temperatura, picor y presión

Decimos “tacto” como si fuera un único canal, pero esa palabra es una manta que tapa muchos mecanismos. Percibir temperatura no es lo mismo que percibir presión; el dolor no funciona igual que el picor; la vibración tiene receptores y rutas diferentes a la caricia ligera. Agruparlos bajo una sola etiqueta es útil para conversar, aunque pobre para describir la realidad biológica.

Esta idea cambia la forma de entender algo tan común como “sentir” un alimento en la boca. La textura cremosa, la astringencia, el cosquilleo de una bebida gaseosa o el ardor del picante pertenecen a sistemas distintos que el cerebro empaqueta en una sola experiencia. Cuando se habla de “docenas de sentidos”, en parte se está reconociendo que el cuerpo tiene más “micrófonos” de los que solemos imaginar.

Por qué el gusto es un equipo: lengua, nariz y boca trabajando juntos

El caso del sabor es un clásico para desmontar el mito de los cinco sentidos. Mucha gente cree que “saborear” equivale a “gustar” con la lengua. En realidad, lo que llamamos sabor es un cóctel: gustación (los receptores de la lengua), olfato (sobre todo el que llega desde la boca hacia la nariz) y sensaciones táctiles y químicas de la cavidad oral.

La gustación detecta dulce, salado, ácido, amargo y umami. Con eso no se construye una frambuesa. No existe una “aritmética del gusto” capaz de sumar dulce+ácido para obtener mango o fresa. Es el olfato retronasal el que aporta la mayor parte de esa identidad: los compuestos aromáticos se liberan al masticar o beber, ascienden hacia la cavidad nasal por la parte posterior de la garganta y el cerebro los integra con lo que ocurre en la lengua. Por eso, cuando estás resfriado, “pierdes el sabor” aunque tus papilas sigan funcionando: lo que se apaga es el componente aromático que da personalidad a los alimentos.

La boca pone su firma con la textura. El cerebro “pega” olor y gusto usando pistas táctiles: la preferencia por un huevo más cuajado o más líquido, la sensación aterciopelada del chocolate, la densidad de una crema. La experiencia final se parece a reconocer una canción: no basta con la letra; importa la melodía, el ritmo, la producción.

Cuando el equilibrio engaña a la vista: la ilusión del avión

Un punto especialmente llamativo del texto citado por ScienceDaily es cómo el sistema vestibular puede influir en lo que “vemos”. En un avión, al despegar, algunas personas perciben que la cabina se inclina de una manera más dramática de lo que indican las referencias visuales. Si miras hacia el pasillo en tierra y repites la mirada durante el ascenso, la geometría óptica es parecida, pero tu oído interno está informando una aceleración y una inclinación. El cerebro no elige entre una señal y otra: negocia. El resultado es una percepción visual “contaminada” por el equilibrio, como si la vista se hubiera puesto un filtro.

Este tipo de ejemplo es valioso porque saca la discusión del laboratorio. No hace falta un experimento sofisticado para intuir que el cerebro no opera por compartimentos estancos.

Exposiciones y experimentos: el día a día está lleno de trampas sensoriales

En el ámbito académico, la investigación sobre sentidos y percepción tiene espacios dedicados, como el Centre for the Study of the Senses de la School of Advanced Study (Universidad de Londres), mencionado en el artículo original de The Conversation. Allí se impulsó el proyecto Rethinking the Senses, dirigido por el fallecido Sir Colin Blakemore, con trabajos sobre cómo el sonido de los pasos puede hacer que el cuerpo se sienta más ligero o más pesado, o cómo ciertos formatos de audioguía en museos pueden mejorar la memoria visual de una obra al implicar al visitante de una forma más directa.

También aparece una explicación que se ha vuelto popular por lo fácil que es comprobarla: el zumo de tomate sabe mejor en un avión para mucha gente. La razón propuesta es sensorial: el ruido constante (un tipo de “ruido blanco”) tiende a reducir la percepción de dulce, salado y ácido, mientras que el umami se mantiene relativamente estable. Como el tomate es rico en umami, su perfil sale beneficiado en ese entorno. No es que el tomate cambie; cambia el escenario sensorial en el que lo pruebas.

Para ver con tus propios ojos cómo el cerebro “decide”, las ilusiones son una puerta de entrada magnífica. La llamada ilusión tamaño-peso es casi una broma del sistema perceptivo: un objeto pequeño puede sentirse más pesado que uno grande, aunque ambos pesen lo mismo. Es como si el cerebro apostara por adelantado cuánto debería costar levantar cada cosa y luego interpretara el esfuerzo en función de esa expectativa.

Pausar para notar: lo que cambia cuando prestas atención

Pasamos muchas horas mirando pantallas y es normal que el mundo se vuelva “visual”, como si el resto del cuerpo estuviera en silencio. No lo está. La temperatura del aire, la tensión muscular, el apoyo del pie en el suelo, el olor del café, el roce de la ropa, el ritmo del corazón: todo eso está ocurriendo aunque no lo pienses. Mirar este tema con calma no solo sirve para aprender ciencia; también ayuda a entender por qué ciertas experiencias nos afectan tanto. Un sonido puede cambiar cómo nos sentimos en el cuerpo, un aroma puede modificar la “suavidad” de una textura, un entorno ruidoso puede alterar lo que nos apetece comer.

La gran idea detrás de hablar de 33 sentidos no es coleccionar etiquetas nuevas, sino abandonar la visión simplificada del ser humano como una cámara con micrófonos. Somos más bien un sistema de navegación completo, con sensores internos y externos, con interferencias, con atajos, con ilusiones útiles. Reconocerlo hace que el mundo cotidiano —una ducha, una comida, un viaje en avión— se parezca menos a rutina y más a un experimento continuo.




☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí

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