Por Carolina Pérez
El océano nunca ha sido un lugar silencioso. Ballenas, delfines y peces dependen del sonido para sobrevivir, ya que lo utilizan para comunicarse, orientarse, reproducirse y alimentarse. En ese entorno, el sonido no es un complemento, sino la base misma de la vida.
Sin embargo, ese equilibrio acústico ha cambiado de forma profunda. En las últimas décadas, el ruido generado por actividades antrópicas, especialmente el transporte marítimo, ha transformado el paisaje sonoro marino a escala global. Hoy, los buques comerciales constituyen la principal fuente de ruido submarino continuo de origen humano .
Lo más inquietante es que se trata de una contaminación que no se ve ni se percibe directamente, pero que está presente en prácticamente todos los océanos.
Más tráfico, más ruido hacia una tendencia inevitable
El transporte marítimo mueve entre el 80% y el 90% del comercio mundial, convirtiéndolo en una actividad indispensable para la economía global. Su crecimiento, sin embargo, tiene efectos directos sobre el océano.
La Dra. Susannah Buchan lo explica de manera clara al señalar que en todos los océanos del mundo el tráfico marítimo tiende a duplicarse en aproximadamente una década. “Estamos viendo una tendencia de alza del tráfico, el ruido submarino es producto del tráfico marítimo en todos los países” explica.
El origen de este ruido es principalmente técnico, asociado a la cavitación de las hélices, a los motores y a las vibraciones estructurales de los buques. No obstante, sus efectos son biológicos y se extienden a grandes distancias bajo el agua, interfiriendo con los sistemas de comunicación de múltiples especies.
Chile y su biodiversidad bajo presión
Nuestro país enfrenta una paradoja compleja. Se trata de un territorio con una enorme riqueza marina, pero al mismo tiempo profundamente dependiente del transporte marítimo, ya que más del 90% de su comercio exterior se realiza por esta vía.
Esta condición genera una superposición de factores de riesgo, donde coinciden rutas marítimas intensivas con zonas de alta presencia de cetáceos y un aumento sostenido del tráfico. Las consecuencias se reflejan en cifras preocupantes, entre ellas la alta mortalidad de ballenas por colisiones.
Buchan introduce un matiz relevante al respecto, al indicar que “las colisiones son accidentes, no se trata de apuntar responsabilidades individuales, ya que eso no genera soluciones duraderas ni compromisos efectivos por parte de los distintos sectores involucrados”.
El ruido que no mata, pero debilita
Uno de los aspectos más complejos del ruido submarino es que no produce efectos inmediatos ni fácilmente visibles. No se trata de una causa directa de muerte, lo que dificulta su medición y comprensión.
Según explica Buchan, “es prácticamente imposible determinar su efecto exacto porque es un exceso crónico. El ruido generado por el tráfico marítimo no mata directamente a las ballenas, pero forma parte de un conjunto de presiones que afectan a las poblaciones”.
En este contexto, la oceanógrafa habla de múltiples estresores que interactúan entre sí “la interacción entre alza de ruido ambiental por niveles aumentando de tráfico marítimo, ocurrencias de colisiones fatales por tráfico marítimo, cambios en la disponibilidad de alimento por cambio climático, mortalidad por enmallamiento en arte de pesca y agricultura”. Estos factores no actúan de forma aislada, sino que se potencian mutuamente, generando impactos acumulativos que podrían explicar el descenso de algunas poblaciones.
Planificar el océano como una ciudad
Frente a este escenario, la solución no pasa por detener el transporte marítimo, sino por gestionarlo de mejor manera.
Buchan plantea que “es necesario avanzar hacia una planificación del tráfico marítimo similar a la que se realiza en las ciudades. Esto implica ordenar rutas y velocidades, evitando en lo posible zonas sensibles o modificando trayectorias existentes cuando estas coinciden con áreas de alta presencia de cetáceos”. En este sentido, en aquellos casos donde no sea posible cambiar las rutas, la reducción de velocidad aparece como una medida efectiva.
El objetivo es disminuir el solapamiento entre zonas de alta densidad de tráfico y áreas donde se concentran las ballenas, lo que permitiría reducir significativamente las cifras de mortalidad.
Un elemento positivo que menciona la Dra. Buchan, es que existe voluntad de avanzar. Según la investigadora, “tanto las autoridades como las Armadas y algunas empresas del sector naviero han mostrado disposición a abordar el problema, lo que abre una oportunidad concreta para generar cambios”.
Escuchar el océano: el salto tecnológico
Uno de los grandes obstáculos históricos ha sido la falta de información en tiempo real sobre lo que ocurre bajo el mar. En ese contexto, el desarrollo tecnológico ha comenzado a transformar la manera en que se entiende este problema.
La bióloga Marcela Ruiz, fundadora y CEO de Acústica Marina, se refiere a la instalación de la primera red de monitoreo hidroacústico en Chile y Latinoamérica en Chungungo “ha consolidado la línea base más extensa y robusta de la región, convirtiendo esta zona en un verdadero laboratorio oceánico vivo”.
Desde 2023, este sistema opera de manera continua, integrando datos oceanográficos con señales acústicas en tiempo real. “El volumen de información procesada supera los 100 terabytes, lo que ha permitido identificar la presencia estacional de cetáceos y, al mismo tiempo, correlacionarla con el tránsito marítimo”.
Este avance marca un cambio significativo, ya que permite pasar de estimaciones teóricas a evidencia empírica directa.
Inteligencia artificial bajo el mar
El análisis de esta enorme cantidad de datos ha sido posible gracias al uso de inteligencia artificial.
Ruiz explica que los algoritmos han sido entrenados con más de 100 terabytes de información, lo que permite distinguir con alta precisión entre eventos de origen humano, como el ruido de motores o el hincado de pilotes, y las señales biológicas de la fauna marina.
De esta manera, el sistema es capaz de operar como una red de vigilancia autónoma que procesa la información en tiempo real y entrega datos claros para la toma de decisiones. Este enfoque permite avanzar hacia una gestión oceánica basada en evidencia concreta y no en proyecciones.
Sin cifras únicas, sin soluciones simples
Una de las dificultades más relevantes es que no existe un nivel estándar de ruido que permita definir el riesgo de manera uniforme.
Según Ruiz, “los niveles de ruido submarino son variables y dependen de cada proyecto, por lo que cada entorno requiere un diagnóstico específico. Esto implica la necesidad de realizar mediciones de línea base con equipos calibrados y desarrollar modelamientos acústicos que consideren las fuentes particulares de cada actividad”.
Este carácter contextual del problema refuerza la idea de que no existen soluciones universales, sino que cada situación debe abordarse de manera específica.
Una regulación que aún no escucha
A pesar de los avances tecnológicos, el marco regulatorio sigue siendo limitado.
Marcela explica que actualmente las normativas se centran en exigir mediciones previas y modelamientos predictivos, pero no contemplan la necesidad de monitoreo en tiempo real. “Si bien esto aporta una visión inicial, es insuficiente porque deja a las operaciones sin información durante su etapa activa. Al no existir la exigencia de monitoreo en tiempo real, las empresas operan esencialmente a ciegas, sin capacidad de reacción ante eventos imprevistos o cambios en la dinámica del ecosistema”.
La bióloga marina es crítica con esta falta de trazabilidad continua, ya que “impide la toma de decisiones informadas y elimina la posibilidad de implementar medidas de prevención proactivas. Como sector, debemos evolucionar hacia un modelo donde la tecnología permita cerrar esta brecha, pasando de un cumplimiento estático basado en modelos teóricos a una gestión oceánica dinámica, responsable y basada en datos reales” finaliza.
Un problema global con respuestas insuficientes
El ruido submarino ha sido reconocido a nivel internacional desde hace décadas y ha sido abordado por organismos como la Organización Marítima Internacional, que ha desarrollado directrices para su reducción.
“Debemos mirar hacia los referentes de ‘Green Ports’ como Vancouver y Seattle, donde el ruido submarino ya es un indicador de gestión operativa. Para Chile, el estándar técnico fundamental es adoptar las directrices de la Organización Marítima Internacional (OMI) sobre la reducción del ruido, integrando sistemáticamente la medición del Ruido Radiado Submarino (URN)” menciona Ruiz.
En esta línea, la experta señala que adoptar estos marcos internacionales es clave, ya que “nos permitiría transicionar de la medición puntual a la gestión continua, haciendo que el ruido submarino deje de ser una externalidad invisible y se convierta en una métrica de desempeño ambiental y competitividad. Chile tiene hoy la capacidad técnica para liderar esta transición en el Hemisferio Sur, elevando nuestros estándares a la altura de las exigencias globales”.
Sin embargo, aún existen pocas normas obligatorias a nivel global, lo que refleja la complejidad del problema. Este involucra costos económicos, desafíos técnicos y la necesidad de coordinación entre múltiples actores.
Chile ante una oportunidad estratégica
Chile ha comenzado a avanzar en esta materia mediante la creación de instancias de coordinación institucional y su participación en iniciativas internacionales como el proyecto GloNoise.
Además, cuenta con una ventaja relevante, que es el desarrollo de tecnología propia para el monitoreo acústico marino, lo que le permite proyectarse como un actor con capacidad de liderazgo en el hemisferio sur.
El océano como sistema vital
Más allá del ruido, la discusión remite a un problema mayor. El océano es un componente esencial del sistema terrestre, ya que produce más del 50% del oxígeno que respiramos, regula el clima y sostiene gran parte de la economía global.
No obstante, aún se desconoce la mayor parte de lo que ocurre bajo su superficie, lo que limita la capacidad de tomar decisiones informadas. En este contexto, la protección del océano no puede limitarse a declaraciones formales, sino que requiere mecanismos reales de monitoreo y gestión.
Escuchar antes de que sea tarde
La contaminación acústica marina es una de las formas más invisibles de alteración ambiental, pero también una de las más extendidas.
Sus efectos no son inmediatos, pero sí acumulativos y profundos. A medida que el tráfico marítimo continúa creciendo, el desafío consiste en equilibrar el desarrollo económico con la protección de los ecosistemas.
Las soluciones existen, pero requieren voluntad, coordinación y una transición hacia modelos de gestión basados en evidencia.
Porque el problema no es que el océano esté en silencio.
El problema es que ya no puede escucharse a sí mismo.
Fuente: Fuenzalida, Manuel. (2024). Ruido Submarino generado por el Transporte Marítimo Comercial: efectos en la biodiversidad, lineamientos internacionales y el caso de Chile.
La entrada Contaminación acústica marina: la amenaza invisible que reconfigura el océano se publicó primero en Revista Ecociencias.
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