11 de octubre de 2026

El MIT encuentra en seis modelos de IA la misma arquitectura modular que organiza el cerebro humano

El MIT encuentra en seis modelos de IA la misma arquitectura modular que organiza el cerebro humano

Un equipo del MIT ha identificado en seis modelos de lenguaje la misma organización de cuatro dominios cognitivos modulares que los neurocientíficos han descrito en el cerebro humano. El estudio, firmado por Pengrui Han, Jacob Andreas, Evelina Fedorenko y Andrea Gregor de Varda, fue enviado a arxiv el 27 de junio de 2026 (referencia 2608.13567). Lo recoge El Confidencial el 10 de octubre en su sección de tecnología.

Fedorenko es una de las neurolinguistas más citadas del MIT, con décadas de trabajo sobre la red lingüística del cerebro humano. Que dirija este estudio no es un detalle menor: es quien mejor entiende qué significa encontrar modularidad en biología, y ahora la busca en silicio.

¿Qué encontraron los investigadores del MIT exactamente?

El equipo analizó 46 tareas cognitivas distribuidas en cuatro dominios: lenguaje (8 tareas), razonamiento formal (20 tareas), razonamiento físico (9 tareas) y razonamiento social (9 tareas). Esa taxonomía corresponde a los cuatro sistemas cognitivos que las neurociencias han identificado en el córtex humano.

La hipótesis: si los modelos de lenguaje utilizan representaciones internas similares a las del cerebro, las tareas que activan los mismos sistemas neuronales en humanos deberían activar grupos de neuronas artificiales solapados en los modelos. Las que activan sistemas distintos en humanos deberían activar grupos distintos.

Los resultados confirmaron la hipótesis en seis modelos: desde los 24.000 millones de parámetros de Mistral-Small-24B hasta los 123.000 millones de Mistral-Large-123B, pasando por Qwen2.5-32B, OLMo-2-32B, Llama-3.1-70B y Qwen2.5-72B. GPT-2-small sirvió como control.

La metodología tiene tres componentes técnicos: attribution patching (para identificar qué parámetros influyen en una respuesta), índice de Jaccard (para medir solapamiento entre conjuntos de neuronas activadas) y ablación causal por activación (para verificar que el solapamiento es funcionalmente relevante y no solo correlacional).

Los cambios en el cerebro de los astronautas por la microgravedad también hablan de plasticidad y reorganización cognitiva: los sistemas cognitivos son más modulares y robustos de lo que asumíamos, tanto en biología como, aparentemente, en silicio.

¿Cómo se demuestra que los módulos son reales y no una metáfora?

La distinción entre «los modelos de IA funcionan como cerebros» como metáfora conveniente y como hallazgo experimental es importante. La ablación causal es la clave aquí: el equipo no solo midió correlaciones. Desactivaron grupos específicos de neuronas artificiales y verificaron que eso afectaba selectivamente a las tareas del dominio correspondiente sin afectar a los otros.

Llevo cubriendo el campo de la inteligencia artificial interpretable desde 2016 y pocas veces he visto una metodología que salte tan directamente del hallazgo correlacional a la verificación causal. La mayoría de los papers de «interpretabilidad» en LLMs identifican patrones pero no prueban que esos patrones tengan relevancia funcional. Este lo hace.

Las alucinaciones multimodales en modelos de visión IA y sus causas son uno de los problemas que la investigación de interpretabilidad quiere abordar. Si los módulos de razonamiento físico y los módulos de lenguaje son funcionalmente distintos, los errores de un tipo no deberían contaminar al otro. Eso tiene implicaciones prácticas para mejorar la fiabilidad de los sistemas multimodales.

¿Qué implica este hallazgo para el diseño y entendimiento de la IA?

La implicación más inmediata es filosófica pero tiene consecuencias prácticas. Si la modularidad cognitiva emerge independientemente en sistemas tan distintos como el cerebro biológico y las redes neuronales artificiales, eso sugiere que esta organización no es un accidente evolutivo sino una solución estructural a la eficiencia cognitiva.

Los modelos analizados no fueron diseñados con módulos cognitivos explícitos. Nadie les dijo durante el entrenamiento «usa este conjunto de parámetros para el lenguaje y este otro para el razonamiento físico». La modularidad emergió del proceso de optimización sobre datos.

El modo de aprendizaje socrático de Claude sugiere que los sistemas de IA pueden adaptarse a diferentes modos de procesamiento según el contexto. La investigación del MIT proporciona un marco teórico para entender por qué eso es posible: porque los distintos tipos de razonamiento están organizados en módulos que se activan de forma relativamente independiente.

Lo más relevante de este estudio no es confirmar que los LLMs son «como cerebros» —esa analogía tiene sus límites. Es la posibilidad de que la modularidad sea una consecuencia inevitable de optimizar cualquier sistema para el procesamiento general de información, independientemente del sustrato. Si eso es cierto, el diseño de futuros sistemas de IA podría beneficiarse de reforzar explícitamente esas separaciones, y el diagnóstico de fallos podría volverse mucho más preciso.




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Cómo era entrar en una tienda de gadgets en 1995: una ventana al futuro con trastos variados y empleados que explicaban las cosas

Mi camello de vídeos viejunos interesantes (¡gracias, Gali!) me pasó esta joyita del canal de David Hoffman sobre una tienda de gadgets de 1995, que revive por unos momentos cómo era aquella época en la que entrar en uno de estos establecimientos era casi como visitar una exposición universal en miniatura.

En esta tienda de Palo Alto (California) se pueden ver teléfonos fijos inalámbricos, ordenadores de sobremesa, portátiles que hoy parecen maletas con teclado y monitores CRT que ocupaban media mesa. Nada que ver con las límpidas y clónicas Apple Stores de hoy en día. Además, captura algo menos fácil de describir: aquellas escenas costumbristas de clientes preguntando por tecnologías que les resultaban desconocidas, empleados explicando cómo funcionaban las cosas y parejas negociando qué aparato merecía convertirse en regalo de Navidad. Era solo una tienda, sí, pero cada estantería prometía una pequeña incursión al futuro.

Entre los PCs de IBM, Compaq y Apple asomaban impresoras de agujas y de inyección de tinta, ratones, teclados, unidades de disquetes, lectores de CD-ROM y algunos aparatos más raros todavía. El software llegaba en cajas, en disquetes o en discos compactos, y en los ordenadores con Windows se usaba el Solitario a modo de «demo». Había quien se pasaba la tarde colocando cartas mientras fingía que estaba probando el equipo. (Windows 95 salió en agosto de aquel año y también popularizó el Buscaminas y el FreeCell.)

Bloc de notas digitalLa visita no se limitaba a los ordenadores: había agendas digitales, un bloc de notas electrónico cuyo «papel» aceptaba notas y dibujos a mano, como esos juguetes en los que dibujan los niños y luego borran con una palanca, algunas enciclopedias digitales y teléfonos con memoria para números, contestador automático y hasta función de «monitor de bebés» para escuchar lo que sucedía en otras habitaciones. Cada cacharro parecía resolver un problema cotidiano… Aunque probablemente generaba otros tres.

Lo que hoy nos hace sonreír no es solo el tamaño de los aparatos, también son detalles como la solemnidad con que explica el vendedor que se necesita un adaptador de casete «falso» que «transmite las señales digitales como ondas magnéticas» para escuchar la música de un CD en el radiocasete del coche. O ver a la gente rodeando un PC como si fueran los monos junto al monolito en 2001, una odisea del espacio.

También es bastante reconcible esa emoción de tocar algo que aún no sabíamos muy bien para qué serviría. En 1995 la informática doméstica todavía tenía mucho de descubrimiento. Verlo ahora es mirar a un pasado que ya parece prehistórico, aunque algunas escenas sigan siendo familiares… Pero nunca serán lo mismo.

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IBM y cinco universidades demuestran que un procesador cuántico puede ejecutar 5.000 operaciones sin perder la coherencia

Una batería que se recicla con agua: el aglutinante sin flúor que puede transformar la cadena de suministro del litio

Un procesador cuántico puede mantener coherencia suficiente para completar ~5.000 operaciones de dos cúbits más ~5.000 ciclos de medición y reset consecutivos sin que el sistema colapse. Es el resultado que un equipo de cinco instituciones académicas americanas junto a IBM publica en Nature Physics. Lo cubre Aamir Khollam en Interesting Engineering el 9 de octubre de 2026.

El hardware utilizado: el procesador IBM Quantum Heron de 156 cúbits. El experimento usó una cadena de hasta 100 cúbits para las pruebas más exigentes. Los equipos provienen de la Universidad de Rutgers, IBM, City College de Nueva York, Iowa State y Penn State.

¿Qué logro específico publica Nature Physics?

Los investigadores configuraron el procesador para ejecutar dos procesos alternantes: mixing (intercambio de información entre cúbits vecinos) y measurement+reset (medición de cada cúbit seguida de reset a estado conocido). Los procesos se alternaban de forma continua.

El hallazgo central es una transición de fase abrupta en torno a un balance 50-50 entre los dos procesos. Con más mixing que medición, el sistema se vuelve caótico: los cúbits acumulan errores y la información se degrada. Con más medición que mixing, el sistema se vuelve ordenado: los errores se detectan y corrigen. La transición es nítida, como el punto de congelación del agua; no gradual.

Lo más relevante para la computación cuántica práctica: la transición de fase se hace más nítida cuanto mayor es el sistema. Los experimentos a mayor escala mostraron fronteras más definidas entre los dos regímenes, lo que sugiere que los mecanismos de corrección de errores se vuelven más eficientes, no menos, a medida que el sistema crece. Eso contradice la intuición habitual de que más cúbits implican necesariamente más ruido.

Los transistores 2D de MoS2 y el avance hacia la próxima generación de chips clásicos representan el frente convencional de la computación. El cuántico representa el frente alternativo: no más transistores, sino un paradigma diferente. Este resultado muestra que ese segundo frente tiene más fondo del que muchos esperaban.

¿Por qué importa la transición de fase que encontraron?

La corrección de errores es el cuello de botella principal de la computación cuántica práctica. Los cúbits son frágiles: interactúan con su entorno, acumulan errores, pierden la coherencia que hace posibles los cálculos cuánticos. Los esquemas actuales de corrección de errores necesitan decenas o cientos de cúbits físicos para codificar un único «cúbit lógico» fiable.

Lo que este experimento demuestra es que existe un régimen operativo —la zona de transición de fase— en que la intervención periódica mediante medición y reset mantiene el sistema ordenado mientras sigue ejecutando operaciones complejas. Es lo contrario del modelo intuitivo en que «medir interrumpe el cálculo»: aquí, medir forma parte del cálculo.

Justin Wilson, de Louisiana State University y coautor del estudio, explica que la escala del experimento supera lo que los ordenadores clásicos pueden simular directamente. El procesador cuántico ya está probando hipótesis que no se pueden verificar por otros medios: es el primer tipo de «ventaja cuántica» real —no resolver un problema más rápido que un ordenador clásico, sino resolver uno que un ordenador clásico simplemente no puede abordar.

El primer chip Blackwell fabricado en Estados Unidos con tecnología TSMC en Arizona marca el estado del arte en computación clásica. Los avances químicos de Johns Hopkins en resists metal-orgánicos para microchips más pequeños empujan ese frente más allá. El cuántico avanza por un carril diferente, y este resultado lo acerca un paso.

¿Estamos más cerca de un ordenador cuántico práctico?

Maika Takita, investigadora de IBM, describe el resultado como «un paso importante hacia la corrección de errores práctica». No dice que lo hayan conseguido. El sistema Heron demostrado no es tolerante a fallos completo: es un procesador experimental. Los ~5.000 pares de operaciones son impresionantes en términos históricos pero no alcanzan la escala que necesitan los algoritmos cuánticos con aplicaciones prácticas conocidas —factorización de claves RSA, simulación de dinámica molecular, optimización cuántica.

La línea que separa la demostración científica de la herramienta práctica sigue siendo larga. Pero este experimento hace esa línea más corta, porque demuestra un mecanismo —la corrección dinámica mediante ciclos de medición— que escala en la dirección correcta. Los grandes avances en computación cuántica no suelen ser el momento en que todo encaja de golpe; suelen ser demostraciones de que el mecanismo subyacente funciona, seguidas de años de ingeniería de precisión. Esto es de ese tipo.




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En 1945, EEUU gastó una fortuna intentando crear un "superperro": 500 cachorros y 13 años después descubrieron el problema

En 1945, EEUU gastó una fortuna intentando crear un "superperro": 500 cachorros y 13 años después descubrieron el problema

Estados Unidos puso en marcha tras la Segunda Guerra Mundial uno de los experimentos caninos más ambiciosos jamás realizados: más de 500 perros, 13 años de investigación y 632.000 dólares de la época, cerca de nueve millones actuales, para estudiar hasta dónde podía llevarles la genética. Detrás estaba la Fundación Rockefeller y una pregunta heredada de una época mucho más oscura: si se elegían los genes adecuados, ¿sería posible criar un perro extraordinariamente inteligente? 

La escuela del perro perfecto. El proyecto arrancó en Maine a mediados de los años 40 y acabó siendo conocido como la School for Dogs. Los investigadores John Paul Scott y John Fuller dispusieron de unas instalaciones enormes, decenas de trabajadores y cinco razas (cocker spaniel, beagle, pastor de Shetland, basenji y fox terrier de pelo duro) cuyos cachorros podían seguir desde el nacimiento. 

Registraban su primer sobresalto, sus juegos, cuándo empezaban a comer sólidos o a mover la cola y, desde las cinco semanas, los sometían a pruebas de inteligencia, aprendizaje, dominancia, personalidad y capacidad de entrenamiento 

Una respuesta sobre los humanos. La magnitud del proyecto se entiende mejor por el momento histórico en que nació. El Holocausto había desacreditado la eugenesia y sus pretensiones de mejorar al ser humano mediante la selección genética, mientras algunas figuras influyentes seguían convencidas de que la herencia explicaba buena parte de la inteligencia y el comportamiento. 

Entre ellas estaba Alan Gregg, responsable de ciencias médicas de la Fundación Rockefeller, que vio en los perros una extraordinaria oportunidad para estudiar esa hipótesis sin experimentar con personas: si la inteligencia dependía fundamentalmente de los genes, cruzar los ejemplares adecuados debería permitir concentrarla generación tras generación.

P0pdg39k Jpg El experimento consistió en criar cinco razas de perros diferentes, pero ninguna mostró potencial para la cría de un "superperro"

Los cachorros desmontan la teoría. Los perros recorrieron laberintos, resolvieron problemas y repitieron ejercicios destinados a medir cuánto aprendían. Algunas razas destacaban en determinadas pruebas y otras lo hacían en tareas diferentes, sin que apareciera una campeona absoluta capaz de reunir todas las cualidades buscadas. 

El comportamiento también cambiaba con las circunstancias: los fox terrier podían mostrar mayor agresividad y los basenji reaccionaban con miedo ante determinadas situaciones, mientras el contexto modificaba considerablemente esas respuestas. Tras años buscando una combinación superior, Scott y Fuller terminaron concluyendo que ninguna raza podía considerarse globalmente más inteligente que las demás 

El “superperro” golpea a la eugenasia. Aquello tenía implicaciones que desbordaban las perreras de Maine. Los investigadores entendieron que características deseables como valentía, inteligencia o temperamento no formaban un paquete que pudiera concentrarse fácilmente en un individuo mediante cruces cuidadosamente escogidos. 

Una población se beneficia precisamente de individuos diferentes: el animal atrevido puede enfrentarse a una amenaza y otro más temeroso puede detectarla antes y alertar al grupo. Scott y Fuller condensaron la conclusión trasladándola al ser humano: la verdadera fortaleza aparece en una sociedad formada por individuos con capacidades distintas.

El gran descubrimiento. El experimento terminó desplazándose hacia una cuestión que tendría mucha más influencia en la ciencia canina: cuánto determina la infancia al perro adulto. Algunos cachorros fueron criados completamente aislados, dentro de grandes recintos donde recibían comida y agua sin ver personas ni otros perros. 

Scott y Fuller identificaron un periodo crítico de socialización aproximadamente entre las cuatro y las doce semanas: el contacto durante esa ventana podía permitir un desarrollo social normal, mientras una privación prolongada generaba animales extremadamente difíciles de domesticar. Parte de aquellos experimentos serían éticamente inadmisibles hoy y algunos perros terminaron siendo sacrificados.

El perro que nunca apareció. Hacia 1958 el proyecto fue apagándose y la Fundación Rockefeller dejó de financiarlo. Sus trece años de trabajo habían fracasado en el objetivo más espectacular y dejaron algo científicamente mucho más valioso: una demostración de la complejidad con la que genes, ambiente, experiencias y desarrollo construyen el comportamiento. 

La gigantesca School for Dogs había nacido buscando una receta genética para fabricar un animal superior, pero más de 500 cachorros terminaron enseñando a sus investigadores por qué aquella receta era demasiado simple.

Imagen | The University of Chicago Press

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Mucho antes de Manhattan, África levantó hace 2.800 años una estructura que las matemáticas definen como rascacielos

Mucho antes de Manhattan, África levantó hace 2.800 años una estructura que las matemáticas definen como rascacielos

Cuando pensamos en rascacielos, es culturalmente inevitable asociarlos al Nueva York y Chicago de finales del siglo XIX y principios del XX con toda la razón del mundo, pero puede que existieran antes, muchísimo antes. Vamos, casi 3000 años antes y en un sitio a priori bastante insospechado, o esa es la conclusión a la que acaba de llegar un estudio realizado en Etiopía.

¿El primer rascacielos africano? Allá por el año 800 a. C., en Yeha, en la región de Tigray en el norte del mencionado país africano se levantó un palacio llamado Grat Be'al Gibri. Hoy está en ruinas, reducido a parte de la planta baja y poco más, como puedes ver en la imagen que ilustra este artículo. Tenía una planta de 60 metros de ancho por 60 metros de ancho y por aquel entonces, era el mayor edificio de este tipo conocido en el sur de Arabia y África oriental de la época

La pregunta del millón es: ¿qué altura tenía el templo? Un equipo multidisciplinar alemán se propuso resolver esa pregunta, así que se pusieron manos a la obra. La respuesta: en el peor de los casos, entre 16 y 19. Ojo, eso no quiere decir que las tuviera, solo que sus muros serían capaces de soportarlas.

Por qué importa. Hasta ahora, la altura de este tipo de edificios derruidos se deducía a partir de textos y pinturas, porque no había un análisis estructural que diera más pistas. Así, el historiador yemení al-Hamdānī (siglo X d. C.) habla de un palacio de 20 pisos en Yemen, y hay pinturas rupestres de Arabia del Sur que muestran palacios con al menos nueve.

El estudio propone además que quienes diseñaban y construían este tipo de edificios sabían lo que hacían, ya que los esfuerzos se reparten de forma moderadamente equilibrada entre los muros, lo que denota experiencia y conocimiento detrás.

A prueba de milenios (y metros). El estudio de este yacimiento tiene más de un siglo de historia: comenzó con la Expedición Alemana a Aksum en 1906, siguió con excavaciones etíopo-francesas en 1971-73 y continúa desde 2009 con un proyecto etíopo-alemán financiado por la Fundación Alemana de Investigación (DFG). Los muros se hicieron con piedra, barro y vigas de madera, una técnica muy común hace unos 3.000 años en el sur de Arabia y el noreste de África, y que también se usaba en Grecia y Asia Menor desde la Edad del Bronce.

Como los rascacielos actuales (los de madera). Entre los trucos para su durabilidad y longevidad, para las vigas emplearon olivo africano y Cordia africana, resistente a las termitas (pero no al fuego). Entre las piezas más pesadas hay pilares monolíticos de arenisca de hasta 20 toneladas. Y pese a ser una construcción milenaria, la Universidad Técnica de Brandeburgo Cottbus-Senftenberg (BTU) compara su técnica con las construcciones híbridas de madera que hoy se proyectan en altura en ciudades como Sídney, Hamburgo o Berlín.

Cómo lo han calculado. Para llegar a esa conclusión, recrearon con un modelo tridimensional dos trozos de muro: una esquina y una puerta. Después, con software de modelado y análisis por elementos finitos, calcularon cuánto peso podía soportar, así que fueron añadiendo kilos al modelo hasta que el muro fallara. 

Con valores medios, los muros habrían aguantado entre 48 y 56 plantas. En el peor de los casos, entre 16 y 19: 16 en el tramo de esquina y unas 19 en el de la puerta. Como curiosidad, la madera influyó muy poco: lo primero que cedía era el barro. Llegaron a una conclusión llamativa: los muros tenían capacidad de sobra, por lo que creen que solo algo excepcional pudo derrumbar el edificio. Lo más probable es que fuera el gran incendio que lo destruyó.


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