17 de agosto de 2026

Alguien decidió seguir un envío de libros con un AirTag. El viaje terminó en una nave de Amazon dedicada a alimentar su IA

Alguien decidió seguir un envío de libros con un AirTag. El viaje terminó en una nave de Amazon dedicada a alimentar su IA

Imagina que vendes libros antiguos, raros o difíciles de encontrar y, de pronto, empiezan a llegar pedidos mucho más grandes de lo habitual. La primera lectura casi invita al optimismo: alguien quiere esos ejemplares y está dispuesto a comprarlos en cantidades que hasta hace poco resultaban excepcionales. Eso es precisamente lo que varios libreros comenzaron a observar durante el último año. Pero había algo extraño en aquella demanda: los pedidos reunían títulos aparentemente inconexos, alcanzaban volúmenes enormes y los compradores parecían mostrar muy poca sensibilidad al precio. La buena noticia empezaba a plantear una pregunta bastante más interesante: quién estaba comprando todo aquello.

Las sospechas acabaron apuntando hacia un tipo de comprador muy distinto al lector tradicional: compañías de inteligencia artificial que buscaban nuevos textos para entrenar sus modelos. En julio, uno de esos vendedores recibió a través de Biblio un pedido de alrededor de 1.000 libros, pero el funcionamiento del marketplace impedía saber quién estaba detrás. 404 Media propuso entonces una forma bastante más directa de averiguarlo: proporcionó al librero un AirTag de Apple, que este escondió dentro de uno de los ejemplares antes de enviar el cargamento. A partir de ahí, solo quedaba seguir su recorrido.

Libros y un AirTag camino de Las Vegas

El punto empezó a dibujar una ruta de miles de kilómetros por Estados Unidos. El cargamento salió desde un aeropuerto de California y reapareció junto al Milwaukee Mitchell International Airport, en Wisconsin, antes de pasar por un almacén de la empresa logística Trifinity cerca de Kenosha, donde permaneció unas dos semanas. Después comenzó a desplazarse hacia el oeste, aparentemente por carretera: el mencionado medio lo localizó cerca de Colorado Springs y más tarde en una parada para camioneros de Grand Junction. Al día siguiente llegó a Las Vegas y se detuvo en LAS8, un almacén de Amazon.

El destino resultó ser más específico que aquel enorme complejo. Según reconstruyó 404 Media a partir de testimonios de empleados, en el extremo norte de LAS8 funciona una operación identificada internamente como VGT3, cuyo emblema es un tiranosaurio sosteniendo un libro abierto. Los trabajadores describen una actividad bastante concreta: reciben los ejemplares, registran sus códigos de barras o ISBN y los preparan para digitalizarlos. Parte del proceso consiste en retirar o cortar la encuadernación para escanear las páginas con mayor rapidez. El contenido queda digitalizado; el ejemplar físico, en cambio, queda destruido.

Amazon no explicó a 404 Media qué modelos o sistemas reciben esos textos después del escaneado. La compañía se limitó a señalar que compra libros por canales comerciales para ayudar a desarrollar y mejorar los productos y servicios que utilizan sus clientes. Sabemos que desarrolla modelos propios como la familia Nova, pero no que estos ejemplares concretos terminen entrenándolos. Lo que sí ayuda a entender el interés es el material: muchos volúmenes contienen texto humano que no está fácilmente disponible en Internet y, si fueron publicados antes del auge de la IA generativa, preceden además a la proliferación actual de contenido sintético.

Lo descubierto en Las Vegas encaja con una estrategia que ya conocíamos por el caso de Anthropic. Durante Project Panama, la compañía compró millones de libros impresos y los convirtió en copias digitales mediante un proceso destructivo: se retiraba la encuadernación, se cortaban las páginas, se escaneaban y finalmente se desechaba el volumen original. El juez consideró fair use en aquel caso la conversión uno a uno de ejemplares impresos comprados legalmente en copias digitales. En cambio, no llegó a la misma conclusión con los millones de libros descargados de bibliotecas pirata y conservados en la biblioteca central de Anthropic.

El recorrido del AirTag deja así una última paradoja. Algunos de los ejemplares de aquel envío eran raros porque existen pocas copias, porque tuvieron tiradas reducidas o porque están escritos en idiomas poco extendidos, y el propio librero recordaba que su valor podía ser histórico, intelectual o sentimental, además de económico. En una operación como la descrita por 404 Media, sin embargo, lo decisivo parece estar en otra parte: en el texto que contienen. Lo que al principio podía parecer una inesperada buena noticia para quienes venden libros termina revelando algo distinto: también se están comprando para convertir sus palabras en datos.

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Experimento realizado en Chile mide con precisión récord el comportamiento de fibras ópticas

Un equipo científico desarrolló una técnica capaz de detectar diferencias de tiempo inferiores a un picosegundo entre los distintos núcleos de una fibra óptica multinúcleo. El avance, publicado en Optics Express, podría contribuir al desarrollo de redes de telecomunicaciones de mayor capacidad y de futuras comunicaciones cuánticas.

Las fibras ópticas son la columna vertebral de Internet. A través de ellas viaja información en forma de pulsos de luz que permiten realizar videollamadas, enviar mensajes o acceder a plataformas digitales en cuestión de segundos. Sin embargo, a medida que aumenta la cantidad de datos que circula por estas redes, también crece la necesidad de desarrollar tecnologías capaces de transportar información de manera más eficiente y precisa.

Una de las alternativas más prometedoras son las fibras ópticas multinúcleo, que incorporan varios núcleos independientes dentro de una misma fibra. Esto permite transmitir múltiples señales simultáneamente, pero también plantea nuevos desafíos: aunque los pulsos de luz comiencen su recorrido al mismo tiempo, pequeñas diferencias entre los núcleos pueden provocar que algunos lleguen antes que otros, afectando la sincronización de la información.

Desde el Laboratorio de Óptica e Información Cuántica del Instituto Milenio de Investigación en Óptica, en la Universidad de Concepción, un equipo científico desarrolló un método que permite medir estas diferencias temporales con una precisión sin precedentes. Los resultados fueron publicados en la revista científica Optics Express.

“Una fibra multinúcleo puede imaginarse como una carretera con varios carriles para la luz. Aunque las señales comiencen su recorrido al mismo tiempo, pequeñas diferencias entre los núcleos pueden hacer que algunas lleguen antes que otras. Nuestro método permite medir esos desfases con una precisión extremadamente alta”, explica Leticia Lira, investigadora posdoctoral de la Universidad Federal de Goiás, en Brasil, y primera autora del estudio.

Para realizar las mediciones, el equipo utilizó la interferencia de Hong-Ou-Mandel, un fenómeno de la óptica cuántica que ocurre cuando dos fotones llegan prácticamente al mismo tiempo a un divisor de luz. Gracias a este efecto, fue posible detectar diferencias temporales inferiores a un picosegundo, equivalente a una billonésima parte de un segundo.

La técnica alcanzó una precisión cercana a ±0,11 picosegundos, aproximadamente 180 veces superior a la de algunos métodos convencionales utilizados para caracterizar fibras de gran longitud.

Confirmando una teoría

Además de desarrollar una herramienta de medición de alta precisión, la investigación permitió confirmar experimentalmente una idea que durante años había sido planteada principalmente desde el punto de vista teórico.

“Desde hace años se asumía que el skew entre núcleos de una fibra multinúcleo —la diferencia de tiempo de propagación entre núcleos— se acumula de forma estocástica y crece como la raíz cuadrada del largo de la fibra, pero nunca se había verificado directamente porque las mediciones previas se hacían con un solo largo y las técnicas clásicas no tenían la estabilidad para comparar fibras distintas”, explica Stephen Walborn, académico de la Universidad de Concepción e investigador del Instituto Milenio de Investigación en Óptica, quien dirigió el estudio.

El equipo midió el skew en fibras de distintas longitudes, desde 7,7 metros hasta más de un kilómetro, incluyendo un enlace instalado de 1,3 kilómetros que conecta la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas con la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Concepción. Los resultados permitieron confirmar experimentalmente el comportamiento esperado de estas diferencias temporales a medida que aumenta la longitud de la fibra.

La investigación se desarrolló durante cerca de tres años e involucró el diseño del experimento, la construcción y optimización del sistema óptico, la realización de mediciones, el análisis estadístico de los datos y la elaboración del artículo científico. El trabajo combinó conocimientos de óptica cuántica, fotónica, telecomunicaciones y procesamiento de datos.

Un paso hacia las redes del futuro

Aunque se trata de una investigación fundamental, sus resultados podrían tener aplicaciones relevantes para las próximas generaciones de infraestructura de comunicaciones.

Medir con alta precisión las diferencias temporales entre los distintos núcleos de una fibra podría facilitar el diseño, instalación y calibración de sistemas capaces de transportar volúmenes cada vez mayores de información.

Esta capacidad también adquiere especial relevancia frente al desarrollo de redes cuánticas, donde la sincronización entre fotones es fundamental para transmitir información cuántica, distribuir entrelazamiento y avanzar hacia sistemas de comunicación segura.

Los próximos pasos del equipo apuntan a estudiar el comportamiento de estas fibras en condiciones cada vez más cercanas a escenarios reales. Entre ellos se encuentran analizar enlaces de varios kilómetros, estudiar la influencia de factores como la temperatura y las vibraciones mecánicas, y desarrollar métodos capaces de compensar automáticamente estos pequeños desfases.

De esta manera, una medición que ocurre en una escala de tiempo prácticamente imperceptible podría convertirse en una pieza clave para comprender y mejorar las tecnologías que sostendrán las comunicaciones del futuro.

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Estudiante de Biología Marina UCSC es reconocida como agente de cambio por su compromiso con el medioambiente

Cielo Pizarro Saldivia, estudiante de quinto año de Biología Marina de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC), fue reconocida en la categoría Medio Ambiente de “Juventudes Agentes de Cambio Talcahuano 2026”, distinción que destaca su compromiso, dedicación y aporte a la comunidad. Su trayectoria universitaria combina la formación en ciencias del mar con la participación en iniciativas de divulgación científica, vinculación con el medio, representación estudiantil y actividades académicas.

El interés de Cielo por contribuir al cuidado del medioambiente ha acompañado buena parte de su formación universitaria. El reconocimiento fue otorgado en el marco de una ceremonia organizada por la Oficina de Jóvenes del Departamento de la Familia de la Municipalidad de Talcahuano, iniciativa que busca visibilizar el aporte de jóvenes que, desde distintos ámbitos, generan acciones y proyectos en beneficio de sus comunidades.

“Este premio es debido al trabajo que hemos realizado por la protección del medioambiente y por organizaciones sociales. Además, por la investigación en el Parque Tumbes, junto a mi profesor guía de tesis, el Dr. Iván Vera. Me siento muy honrada y feliz. Soy de Talcahuano y tiene un valor todavía mucho más especial”, comentó Cielo.

Una formación que trasciende las aulas

Durante su paso por la UCSC, Cielo ha participado activamente en diversos espacios que complementan su formación como futura bióloga marina. Entre ellos se encuentra el Staff de Difusión de la Facultad de Ciencias UCSC, instancia en la que estudiantes de distintas carreras acercan la ciencia y la experiencia universitaria a escolares, niñas, niños y público general.

Esta labor le ha permitido participar en actividades de divulgación, ferias, encuentros y otras iniciativas orientadas a despertar el interés por las ciencias y promover una mayor valoración del conocimiento científico y del entorno natural.

A ello se suma su participación en la Federación de Estudiantes de la UCSC y su involucramiento en experiencias de Aprendizaje y Servicio (A+S), metodología que vincula los conocimientos adquiridos durante la formación universitaria con necesidades concretas de las comunidades.

Su compromiso con la vinculación también se ha reflejado durante 2026 en la adjudicación de un Fondo de Vinculación de la UCSC, que le permitirá continuar desarrollando iniciativas orientadas a conectar el quehacer universitario con el territorio y sus comunidades.

Compromiso con la ciencia y el medioambiente

Junto con su participación en actividades universitarias y comunitarias, Cielo también ha comenzado a fortalecer su experiencia en el ámbito científico. Recientemente participó en el Congreso de Ciencias del Mar 2026, realizado en la Universidad de Concepción, uno de los principales encuentros científicos vinculados a las ciencias marinas del país.

En esta instancia, la estudiante de Biología Marina de la UCSC presentó un trabajo en formato póster, compartiendo su experiencia y resultados con investigadores, académicos y estudiantes provenientes de distintas instituciones.

Su trayectoria refleja así distintas dimensiones que pueden converger durante la formación universitaria: el desarrollo académico y científico, la participación estudiantil, la divulgación de las ciencias y el compromiso con las comunidades y el medioambiente.

El reconocimiento “Juventudes Agentes de Cambio Talcahuano 2026” representa un nuevo hito en el camino universitario de Cielo Pizarro y, al mismo tiempo, una oportunidad para visibilizar el aporte que las nuevas generaciones pueden realizar desde sus propios espacios.

Desde las ciencias del mar, la educación ambiental, la participación universitaria o el trabajo directo con las comunidades, cada iniciativa puede convertirse en una oportunidad para generar cambios. Una tarea en la que las juventudes tienen mucho que aportar y en la que la formación de nuevas y nuevos profesionales comprometidos con su entorno resulta fundamental para avanzar hacia un futuro más sostenible.

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Cómo se entretenía la gente antes de los libros y la electricidad (y por qué su respuesta nos incomoda)

Cómo se entretenía la gente antes de los libros y la electricidad

Antes de los libros baratos y de la electricidad, el entretenimiento eran los demás: historias junto al fuego, cotilleo, canciones, juegos con piedras y huesos, bailes, apuestas y noches enteras de conversación. Y no, nuestros antepasados no trabajaban de sol a sol los 365 días del año: tenían bastante más tiempo libre del que solemos imaginar.

La pregunta se la hice a una IA por pura curiosidad, y su respuesta me pareció tan buena que dediqué una tarde a contrastarla con estudios reales de antropólogos e historiadores. El resultado: casi todo lo que contaba se sostiene, con algún matiz importante que la IA no señaló. Y los datos verificados dibujan un retrato incómodo de nuestro presente, en plena economía de la atención que ya llega a pagarnos por mirar anuncios, con 6 horas y 51 minutos diarios de pantalla por persona según DataReportal.

¿De verdad trabajaban de sol a sol todos los días?

Es el primer mito que cae. La agricultura preindustrial tenía picos brutales —siega, vendimia, cosecha— y temporadas mucho más tranquilas, sobre todo en invierno. A eso se sumaban los domingos y un calendario religioso cargado de fiestas de guardar: en la Inglaterra medieval había semanas enteras sin trabajar en Navidad, Pascua o Pentecostés, además de varios días de santos cada mes.

El economista Gregory Clark propuso en 1986 que un campesino inglés medieval trabajaba unos 150 días al año. La socióloga Juliet Schor popularizó el dato en su libro The Overworked American (1991): calculó unas 1.620 horas anuales para un campesino del siglo XIII, frente a las 1.949 horas que trabajaba un estadounidense medio en 1987.

Aquí llega el matiz que la IA se saltó: la cifra de los 150 días está discutida. El verificador Snopes la califica de mezcla de verdad y exageración, aunque los historiadores económicos Jane Humphries y Jacob Weisdorf han publicado trabajos que la respaldan para ciertas décadas de la Inglaterra medieval. Y hay un agujero enorme en todas estas cuentas: el trabajo doméstico, mayoritariamente femenino, nunca computó como horas trabajadas.

¿Y qué hacían con todo ese tiempo? El catálogo es enorme

Contar historias, cotillear, cantar, bailar, tocar instrumentos, jugar con piedras, dados y huesecillos, apostar sobre cualquier cosa remotamente competitiva, beber juntos, ligar, mirar el fuego y las estrellas, tejer cestas mientras se conversaba, ir a ferias, bodas y procesiones. Y también no hacer absolutamente nada, algo que a nosotros nos genera casi ansiedad.

Hay dos claves que lo cambian todo. La primera: la frontera entre trabajo y ocio era borrosa. Desgranar cereal durante dos horas mientras alguien cuenta una leyenda es trabajo y entretenimiento a la vez. La segunda: la conversación no necesitaba información nueva. Se podía escuchar la misma historia veinte veces y disfrutarla, algo impensable en un feed diseñado para la novedad constante.

En ese mundo, quien contaba bien una historia era literalmente el Netflix del pueblo, y los ancianos funcionaban como archivos vivientes: preguntar a uno cómo fue la gran sequía de hacía treinta años era lo más parecido a consultar una base de datos. Esa función narrativa la hemos automatizado hasta el extremo: hoy cualquiera puede generar un podcast con IA a partir de un documento en cuestión de minutos, sin abuelo narrador de por medio.

El fuego era el prime time (y hay un estudio que lo mide)

La antropóloga Polly Wiessner publicó en 2014 en PNAS el estudio «Embers of society», fruto de cuatro décadas de trabajo con los ju/’hoansi del Kalahari, uno de los últimos pueblos cazadores-recolectores del planeta. Analizó 174 conversaciones diurnas y nocturnas registradas en 1974 y 68 relatos grabados entre 2011 y 2013.

Los números son elocuentes. De día, el 34% de las conversaciones eran quejas, críticas y cotilleo; el 31%, asuntos económicos como la caza; el 16%, bromas; y solo el 6%, historias. Al caer la noche, alrededor del fuego, el guion se invertía por completo: el 81% de las conversaciones eran historias, y las quejas caían al 7%.

Wiessner lo resume con una frase que merece marco: las historias fueron, junto con los regalos, «las redes sociales originales». El fuego —cuyo control esporádico se remonta a hace más de un millón de años y cuyo uso regular arranca hace unos 400.000— alargó el día e inventó el primer horario de máxima audiencia: grupos de hasta 15 personas reunidas casi cada noche en torno a una hoguera, sin algoritmo que decidiera qué historia tocaba.

La electricidad no solo cambió el ocio: cambió la noche entera

El historiador Roger Ekirch documentó en su libro At Day’s Close (2005) que durante siglos el sueño fue bifásico: un «primer sueño», una hora o más de vigilia hacia la medianoche —para rezar, charlar, tener sexo o adelantar tareas— y un «segundo sueño» hasta el amanecer. Empezó reuniendo más de 500 referencias históricas; hoy acumula más de 2.000 en una docena de idiomas, desde la Grecia clásica hasta diarios del siglo XIX.

Ese patrón desapareció con el alumbrado público, la luz doméstica y los cafés nocturnos. Hacia los años 20 del siglo pasado ya no quedaba rastro. La luz artificial convirtió tiempo potencialmente social en tiempo potencialmente productivo, que es justo la pregunta que Wiessner deja abierta al final de su estudio: ¿qué le hace eso a nuestras relaciones?

El contraste con 2026 duele un poco. Según DataReportal, pasamos de media 6 horas y 51 minutos diarios frente a pantallas —unos 49 días completos al año—, de los cuales el móvil se lleva 4 horas y 37 minutos. Y lo hacemos en un panorama de redes saturado donde el alcance se hunde: más contenido que nunca compitiendo por la misma atención finita.

Mi valoración

Llevo escribiendo sobre tecnología en WWWhatsnew desde 2005, y pocas veces un tema aparentemente histórico me ha parecido tan actual. Lo que más me convence del ejercicio es el método: preguntar a una IA está bien, pero dedicar después una tarde a contrastar su respuesta con las fuentes originales —el estudio de Wiessner en PNAS, el análisis de Snopes sobre los 150 días— es lo que separa la curiosidad del periodismo. La IA acertó en lo esencial y patinó en no avisar de que el dato medieval más viral está discutido.

Lo que más me incomoda es la conclusión de fondo: la industria tecnológica no inventó el entretenimiento, lo industrializó y lo privatizó. Lo que era colectivo, gratuito y cara a cara —el fuego, el narrador, el baile— ahora es individual, monetizado y mediado por un algoritmo. Las plataformas venden conexión, pero los datos de Wiessner sugieren que una hoguera con 15 personas ya ofrecía eso mismo, y probablemente mejor.

Mi predicción a doce meses: veremos más productos que nos vendan de vuelta el aburrimiento y la conversación sin pantallas como experiencia premium. Pagar por recuperar lo que era gratis: el círculo perfecto de la economía de la atención.

Preguntas frecuentes

¿Cuántas horas trabajaba realmente un campesino medieval?

Juliet Schor estimó en 1991 unas 1.620 horas anuales para un campesino inglés del siglo XIII, frente a las 1.949 horas de un estadounidense de 1987. La cifra de 150 días de trabajo al año, propuesta por Gregory Clark en 1986, está discutida: Snopes la considera una mezcla de verdad y exageración, aunque Humphries y Weisdorf la respaldan para ciertas décadas. Ninguna de estas cifras incluye el trabajo doméstico.

¿Qué es el sueño segmentado o bifásico?

Es el patrón de sueño preindustrial documentado por Roger Ekirch: un primer sueño, una o dos horas de vigilia hacia la medianoche y un segundo sueño hasta el alba. Ekirch ha reunido más de 2.000 referencias en una docena de idiomas, desde la Grecia clásica hasta el siglo XIX. Desapareció con la luz artificial y hacia 1920 ya era un recuerdo.

¿Cuánto tiempo pasamos hoy frente a pantallas?

Según el informe de DataReportal del primer trimestre de 2026, la media global para adultos es de 6 horas y 51 minutos diarios, unos 49 días completos al año. El móvil concentra 4 horas y 37 minutos de ese total, y las redes sociales rondan las dos horas y media diarias.




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En 2018, cubrieron un páramo de Costa de Rica con 30 camiones cargados de café. Dos años después, el paisaje era irreconocible

En 2018, cubrieron un páramo de Costa de Rica con 30 camiones cargados de café. Dos años después, el paisaje era irreconocible

Año 2018, dos investigadores deciden hacer algo bastante poco intuitivo con un antiguo pastizal ganadero del sur de Costa Rica: cubrirlo con unos 30 camiones cargados de pulpa de café. No plantaron miles de árboles ni removieron el terreno con maquinaria. Simplemente extendieron sobre una parcela degradada una capa de aproximadamente medio metro de aquel residuo húmedo y maloliente de la industria cafetera, mientras dejaban otra parcela contigua exactamente como estaba.

Dos años después, la diferencia era difícil de creer.

El problema estaba en la hierba. Al parecer, el terreno llevaba años explotándose para cultivar café o alimentar ganado antes de ser abandonado a su suerte, pero dejar de utilizarlo no significó que el bosque tropical regresara. El lugar había quedado dominado por gramíneas invasoras, especialmente una especie africana utilizada como pasto capaz de alcanzar unos cinco metros de altura. 

Así, sin animales que la mantuvieran a raya, esta especie formaba una barrera extraordinariamente eficaz contra la regeneración, una que competía por la luz y los nutrientes e impedía que las semillas de árboles nativos consiguieran establecerse. Dicho de otra forma, el bosque (ahora páramo) podía necesitar fácilmente décadas para recuperar el espacio por sí solo.

Pasture Rebeccacole El paisaje antes de la llegada de la pulpa de café

La pulpa tenía una sorpresa. Porque la clave del experimento no consistía simplemente en echar abono. Los ecólogos Rebecca Cole y Rakan Zahawi, investigadores vinculados a la Universidad de Hawái en Mānoa, extendieron una capa extraordinariamente gruesa de pulpa durante la estación seca. Al descomponerse, aquella masa rica en carbohidratos y proteínas generó calor y dejó las gramíneas enterradas sin luz ni aire: según Zahawi, las raíces y rizomas acabaron prácticamente "cocinándose" bajo ella. 

Después ocurrió la segunda parte del proceso. Los restos de las hierbas se mezclaron con la pulpa en descomposición y el suelo aumentó su contenido en carbono, nitrógeno y fósforo, creando unas condiciones radicalmente distintas para las plantas que llegaran después.

Brosa Rebeccacole El paisaje durante el proceso con el café

Y la naturaleza hizo el resto. Una vez eliminada la barrera de hierba invasora, los investigadores no necesitaron plantar el nuevo bosque árbol por árbol. El viento y los animales llevaron semillas desde la vegetación cercana, mientras insectos y aves empezaron a frecuentar el terreno. 

Al cabo de dos años, no podían creer lo que veían. La densidad de tallos leñosos era unas 20 veces mayor que en la parcela de control, el área basal leñosa unas 30 veces superior y la altura media del dosel se había multiplicado aproximadamente por cuatro. De hecho, algunos árboles jóvenes rondaban ya los 4,5 metros. Cole había pensado inicialmente que el experimento quizá solo produciría una zona de hierba algo más verde, pero lo que encontró fueron los primeros pasos de una nueva selva tropical.

Contrast Rebeccacole El paisaje dos años después. A la izquierda la parcela con el café, a la derecha la parcela sin tratamiento donde predominan las gramíneas invasoras
Droneimage Rakanzahawi Imagen aérea de dron que muestra el área donde se arrojó la pulpa de café (izquierda) y la parcela de control (derecha) después de dos años

Lo que sobra de nuestro café. La idea tiene además una segunda parte: la materia utilizada para conseguirlo era un problema en sí misma. El grano que termina en una taza es la semilla de la cereza del café, y durante su procesamiento hay que retirar piel, pulpa y otras partes del fruto. Hasta aproximadamente la mitad del peso cosechado puede terminar como subproducto en las plantas de procesamiento, donde gestionarlo y compostarlo cuesta dinero. 

Los investigadores obtuvieron gratuitamente la pulpa y prácticamente su principal gasto consistió en contratar los camiones para transportarla. Convertir un residuo agrícola abundante en una herramienta para recuperar tierras degradadas planteaba así una especie de intercambio perfecto: menos residuos para los productores y una regeneración potencialmente mucho más rápida para el bosque.

No basta con cubrir todo de café. Qué duda cabe, el resultado fue espectacular, pero los propios investigadores insisten en que aquel experimento, aunque asombroso, era pequeño y no demuestra que la receta pueda repetirse sin más en cualquier lugar. Una acumulación semejante de pulpa huele, atrae insectos y contiene grandes cantidades de nutrientes que podrían contaminar ríos y lagos si alcanzasen el agua. No solo eso, también importa aplicarla en terrenos adecuados y durante una estación seca que permita que la capa actúe sobre las gramíneas. 

De hecho, en otros ecosistemas podría incluso favorecer plantas invasoras en lugar de especies autóctonas. Quizás por ello, lo extraordinario del experimento en Costa Rica no fue tanto descubrir un fertilizante milagroso, sino comprobar hasta qué punto puede cambiar un paisaje cuando se elimina el obstáculo que impedía recuperarse: en 2018 descargaron 30 camiones de residuos de café sobre un pastizal degradado y, apenas dos años después, aquel terreno abierto estaba cubierto en más de un 80% por las copas de un bosque que había empezado a reconstruirse prácticamente solo.

En la parcela sin café, la cobertura apenas alcanzaba el 20%.

Imagen | Rebecca Cole

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