Microsoft has confirmed that recent Windows 11 updates can leave some devices on a black screen after sign-in, with the desktop session failing to load, according to a new entry on the Windows release health dashboard.
The issue affects Windows 11 versions 24H2, 25H2, and 26H1, and Microsoft has marked it as mitigated while a permanent fix is in development.
The problem started with the August 2026 non-security preview update, KB5120998, and carries over into subsequent updates. Microsoft opened the known issue on September 24 and says it has primarily been observed on Azure Virtual Desktop hosts that use FSLogix for user profiles. The company adds that the issue appears more often with some existing user profiles.
Microsoft lists three signs that a device is affected:
a black screen appears after sign-in and the desktop session does not load automatically
users cannot reach their desktop until the session is started manually
the Application event log records Windows Explorer crashes
Server editions of Windows are not affected, according to Microsoft. The affected platform list covers client versions of Windows 11 only, even though most reports so far come from virtual desktop environments.
Workarounds for Affected Windows 11 Devices
Two workarounds are available. The first one is a manual method that starts Windows Explorer by hand, and Microsoft describes it as a temporary mitigation.
Press Ctrl+Shift+Esc to open Task Manager.
Select Run new task.
Type explorer.exe and select OK.
The second option is aimed at IT administrators who manage Windows updates for their organization. Microsoft has published Known Issue Rollback (KIR) Group Policy packages that disable the change responsible for the problem.
Separate packages exist for Windows 11 version 26H1 (KB5124006 260924_20071 Known Issue Rollback) and for Windows 11 versions 24H2 and 25H2 (KB5124010 260924_20021 Known Issue Rollback).
Administrators need to install the package and then configure the policy under Computer Configuration, Administrative Templates, followed by the Group Policy name for their Windows version.
Microsoft notes that affected devices must be restarted before the setting takes effect. The rollback stays in place only until a resolution ships in a future Windows update.
The Group Policy packages are intended for enterprise-managed devices where IT departments control updates. Users on personal PCs who see the black screen can rely on the Task Manager method until the permanent fix arrives.
Microsoft says it is working on a resolution and will release it in a future Windows update, but it has not given a date or named the update that will carry the fix.
El 70% de los adolescentes y casi un tercio de los adultos estadounidenses usaban la IA para compañía y apoyo emocional en 2025. Una parte significativa de ellos prefería esas conversaciones a las humanas. Para la generación Z, el porcentaje de personas que creen que podrían establecer un vínculo emocional profundo con una máquina es 8 de cada 10. Lo recoge hoy el NYT en la sección Well a partir del libro Artificial Intimacy: Who We Become When We Talk to Machines, de Sherry Turkle, profesora del MIT que lleva décadas estudiando cómo las tecnologías digitales transforman las relaciones humanas. El libro sale el 29 de septiembre.
El argumento central de Turkle es claro y contundente desde el título: si las redes sociales vinieron a por nuestra atención, la IA viene a por algo más profundo: nuestra capacidad de apego. Los chatbots se ofrecen como mejores amigos, terapeutas y amantes —siempre disponibles, siempre pacientes, sin pedir nada a cambio. Esa promesa, dice Turkle, produce algo que ella llama «intimidad artificial»: una relación que tiene la apariencia de la intimidad sin las condiciones que hacen que la intimidad sea real.
¿Por qué la intimidad artificial no es lo mismo que intimidad?
La diferencia es estructural. Un chatbot nunca te defrauda porque su diseño es complacerte. Nunca tiene un mal día, nunca está cansado, nunca prioriza a alguien más sobre ti. Esa disponibilidad perfecta es exactamente lo que hace que la interacción se sienta íntima, y exactamente lo que la hace vacía: la intimidad humana incluye el riesgo, la fricción, la posibilidad del rechazo. Sin eso, no hay crecimiento ni vulnerabilidad ni vínculo real.
La frase más citada del libro: «Llegamos a pensar que la empatía fingida es suficientemente empatía». El chatbot procesa la emoción del usuario y devuelve lo que estadísticamente suena como una respuesta empática. No experimenta empatía. No puede. Pero el usuario recibe la respuesta y la registra como empatía. Con el tiempo, ese patrón de «suficientemente empático» empieza a redefinir qué espera el usuario de las relaciones humanas.
Los efectos que documenta Turkle son previsibles una vez que los ves descritos: personas que evitan conversaciones difíciles porque el chatbot siempre las gestiona mejor, adolescentes que prefieren hablar con una IA de sus problemas en lugar de con sus padres o amigos porque «no los juzga», adultos mayores que usan chatbots como sustituto de la conversación cotidiana perdida con la jubilación o la viudez.
¿Por qué ahora?
El libro no es el primero en advertir de estos riesgos, pero llega en el momento en que los productos que Turkle describe han alcanzado escala masiva. Muse de Meta, con 2,5 millones de descargas en 13 días, propone un agente que gestiona tus finanzas, tus suscripciones y tus reclamaciones. Los chatbots de compañía como Replika llevan funcionando desde 2017. El producto de OpenAI para creadores está por llegar. La interfaz conversacional es ya el paradigma dominante de interacción con la IA.
Turkle no pide que se prohíban los chatbots ni que se detenga el desarrollo de la IA. Pide que seamos conscientes de que cuando delegamos la conversación en una máquina —incluso cuando la máquina hace bien su trabajo— renunciamos a algo que no es recuperable en el chatbot siguiente. La práctica de hablar con personas difíciles, de tolerar el silencio, de gestionar el conflicto sin intermediarios: esas son capacidades que se atrofian con el desuso.
El dato demográfico más preocupante del libro no es el de los adultos que ya usan chatbots de compañía. Es el de los adolescentes: si el 70% de los adolescentes de 2025 ya confía en la IA para apoyo emocional, la generación que está construyendo sus patrones de relación ahora mismo incluye la IA como elemento estructural, no como complemento. Las consecuencias de eso sobre la salud mental y las relaciones adultas de esa generación no las conoceremos durante varios años.
Artificial Intimacy de Sherry Turkle sale el 29 de septiembre en inglés. El libro llega con respaldo académico sólido —Turkle lleva décadas en el MIT estudiando tecnología y relaciones humanas— y probablemente generará tanto debate como Reclaiming Conversation, su libro anterior sobre el impacto de los smartphones en la conversación. La diferencia con aquel es de magnitud: los smartphones interrumpían la conversación; los chatbots íntimos la reemplazan.
¿Qué dice la investigación reciente?
Un estudio del MIT Media Lab publicado en 2025 —el primero de gran escala sobre adultos que forman vínculos románticos o íntimos con chatbots— analizó más de 1.500 publicaciones del subreddit r/MyBoyfriendIsAI. Los resultados son ambivalentes: muchos usuarios reportaban menor soledad y mejora del bienestar mental. Pero también dependencia creciente y dificultad para distinguir entre la simulación y la relación real.
Esa ambivalencia es exactamente lo que hace el debate difícil. El chatbot de compañía no está claramente haciendo daño a todos los que lo usan. En casos de aislamiento severo, la interacción con una IA puede ser mejor que ninguna interacción. El problema que señala Turkle no es el caso límite sino el caso promedio: cuando el chatbot se convierte en el interlocutor predeterminado para cualquier conversación difícil, la capacidad de tener esa conversación con personas reales empieza a atrofiarse. Y esa capacidad no se recupera simplemente dejando de usar el chatbot.
En medio del desierto de Karakum nos podemos encontrar un agujero casi perfecto en el suelo, de aproximadamente 70 metros de diámetro, que a día de hoy está cubierto de llamas. La historia popular afirma que en 1971, un grupo de ingenieros soviéticos prendió fuego a un cráter de gas colapsado con la ilusión de que las llamas se apagaran por sí solas en unas pocas semanas, pero 50 años después este pozo sigue ardiendo y para muchos es conocido como la 'Puerta del Infierno'.
La versión que se cuenta. Tras un evento que ocurrió hace varias décadas, lo lógico es que la historia de lo que ocurrió de verdad se haya distorsionado bastante. Y en este caso se piensa que en 1971 un grupo de geólogos estaba buscando gas natural por el desierto haciendo diferentes catas en la tierra, pero llegó un punto en el que el suelo literalmente colapsó e hizo que el equipo desapareciera en un gran cráter que estaba liberando gases tóxicos.
Aquí lo más preocupante para las autoridades era precisamente el efecto nocivo que podían tener estos gases en toda la población, y es por ello que los ingenieros cogieron y prendieron fuego para que se consumiera el metano. Pero a día de hoy todavía sigue en activo este cráter.
Lo que sabemos. Si dejamos atrás la versión popular, encontramos diferentes investigaciones que han querido darle rigor a lo que de verdad ha ocurrido en este cráter. Uno de los métodos que tenemos para comprobarlo es la tecnología satelital y su capacidad para reconstruir la historia térmica del cráter. Y sus resultados apuntaron a que no existe ninguna anomalía térmica en la zona antes de 1987.
Por concretar más, la última imagen satelital que muestra el cráter sin fuego data del 20 de septiembre de 1987, mientras que la primera prueba que tenemos del cráter en llamas es del 27 de enero de 1988. Esto demuestra de forma cuantitativa que el encendido del gas se produjo entre finales de 1987 y principios de 1988, desmintiendo categóricamente la arraigada fecha de 1971.
Un problema ambiental. El estudio que se ha hecho va un poco más allá de la cronología e indaga en el problema ambiental crítico, puesto que las emisiones de gases de efecto invernadero son los protagonistas. En concreto, se ha visto que hay más de 40 plumas de metano emergiendo del pozo, con altísimas tasas de emisión que oscilan entre los 1.000 y los 3.000 kg por hora. Y esto hizo que en el periodo que comprende entre 2020 y 2025 se emitieran 71 kilotoneladas de metano.
Es un problema. Este volumen es enorme a nivel global, puesto que, según los informes de seguimiento de la Agencia Internacional de la Energía, Turkmenistán se sitúa hoy entre los países con mayor intensidad de emisiones de metano en el sector del gas y el petróleo a nivel mundial. Además, plataformas internacionales de la ONU, como IMEO y MARS, señalan regularmente a este país como uno de los focos principales de eventos de emisión de gases detectables desde el espacio exterior.
Ante esta presión medioambiental y el desperdicio de recursos, el gobierno de Turkmenistán ordenó en 2022 encontrar una solución definitiva para apagar el vasto incendio del cráter. En la actualidad, las autoridades han perforado pozos de alivio cercanos en un intento de reducir el flujo de gas que alimenta la "Puerta al Infierno", y aunque la intensidad visible del fuego ha disminuido notablemente gracias a estos trabajos recientes, los datos de los investigadores revelan una realidad preocupante, puesto que esta reducción visual de las llamas no muestra una correlación clara con una disminución en la emisión total de metano.
Lo primero, el conflicto de interés: ninguno. Esto se sostiene por los suscriptores. Gracias, de verdad.
Entre 1945 y 1980 la humanidad reventó cientos de bombas nucleares al aire libre. Era la Guerra Fría, y eso de probar bombas a ver quién la tenía más larga era el no va más. Tú, aunque nacieras en 1995, llevas la huella de esas explosiones dentro. Tranquilidad, que no hablo de radiación que te vaya a hacer daño. Hablo de un reloj tan preciso que ha permitido saber qué partes de tu cuerpo se renuevan y cuáles siguen siendo las mismas.
El hombre que inventó cómo leerlo pasó parte de los años 50 intentando conseguir cadáveres de bebés. ¡Acompáñame!
Era enero de 1955 en una fría sala de la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos. Papeles con el sello de “secreto” y una treintena de científicos. Habla Willard Libby, químico de Chicago. Era el mismo tipo que había descubierto cómo fechar restos orgánicos con carbono-14 (le darían el Nobel en 1960). Libby dirige un programa que se llama Project Sunshine. Proyecto Luz del Sol.
Lo que buscan es estroncio-90, que es un residuo de las bombas que el cuerpo confunde con el calcio. Por eso lo guarda en los huesos… pero sobre todo en los huesos que están creciendo. Para medirlo necesitan esqueletos humanos, cuanto más jóvenes mejor. Así que Libby, para conseguir más esqueletos, suelta, delante de todos:
si alguien sabe hacer un buen trabajo robando cadáveres estará sirviendo de verdad a su país.
No era una broma. Llevaban desde 1953 pagando a un bufete de abogados para que estudiara la legalidad del asunto. Y los huesos llegaron, de varios países, sin que ninguna familia firmara nada. Acuérdate de Libby, que vuelve al final.
Willard Libby. Carbono-14. Nobel 1960. El de “si alguien sabe robar cadáveres…”
La marca de agua del aire
A ver, lo del carbono-14, es más sencillo de lo que suena. Imagina que el aire tiene una marca de agua, como los billetes de cincuenta euros. Los rayos cósmicos que llegan del espacio fabrican sin parar una versión un poco rara del carbono, el carbono-14, y siempre hay más o menos la misma proporción en la atmósfera.
Las plantas lo chupan al hacer la fotosíntesis. Tú te comes las plantas, o al cerdo que se comió las plantas, o el jamón de ese cerdo (esto es España). Y cada proteína que fabricas ese año lleva la marca de agua del aire de ese año. Durante milenios, eso fue aburridísimo y previsible… hasta que llegaron los 50.
Nevada. Gente de pie mirando.
Estados Unidos y la Unión Soviética se pasaron una década detonando bombas en la atmósfera como quien tira petardos en Nochevieja. Unas bombas cada vez más gordas. El 30 de octubre de 1961 los soviéticos soltaron la Tsar Bomba sobre Nueva Zembla, unos 50 megatones, la explosión más brutal que ha provocado nunca un ser humano. Cada una de esas detonaciones fabricaba carbono-14 a lo bestia. En 1963 el aire del hemisferio norte tenía casi el doble de lo normal.
La más gorda: Tsar Bomba, 30 de octubre de 1961. 50 megatones.
Ese mismo verano, el 5 de agosto de 1963, se firmó en Moscú el tratado que prohibía las pruebas en la atmósfera (Francia y China siguieron un tiempo a su aire, porque siempre hay alguien que no lee el grupo de WhatsApp). Y el carbono-14 empezó a bajar.
Ojo, que aquí se equivoca mucha gente, incluidos divulgadores con muchos más seguidores que yo. No baja porque se desintegre. El carbono-14 tarda unos 5.730 años en bajar su concentración a la mitad (te lo recuerdo por si se te olvido la clase del instituto). Aunque baja porque los océanos y las plantas se lo van tragando, poquito a poco, año a año.
El resultado es una curva con forma de pico. Una aleta de tiburón dibujada en el cielo Los geofísicos la llaman bomb pulse, el pulso de las bombas.
Esto es el bomb pulse. El aire del norte casi duplicó el C-14. En 1963 firman el tratado. Azul: hemisferio norte. Pico ~1963–64.
Por si te lo estás preguntando: Palomares no puso ni un átomo en esa curva. En 1966 cayeron bombas en Almería, sí, pero no explotó nada nuclear. Lo de Fraga metiéndose en el agua en bañador para demostrar que no pasaba nada fue unas semanas después, y eso ya es otro artículo. Uno bastante cutre, por cierto. Bueno, a lo que iba.
Un sello de fecha que llevamos todos puesto
Lo bestial es que si tu cuerpo fabrica una molécula en 1964, lleva la marca del pico. Si la fabrica en 1990, lleva una marca mucho más bajita. Y en 2020, casi la de siempre. Así que si mides cuánto carbono-14 tiene un trozo de tejido y lo colocas al lado de la curva, sabes cuándo se fabricó.
La mayor locura armamentística del siglo XX convertida en un reloj que llevamos puesto los ocho mil millones.
El primero que se dio cuenta de que esto servía para estudiar el cuerpo humano fue Jonas Frisén, un neurobiólogo del Instituto Karolinska de Estocolmo. En 2005 publicó en Cell que podía calcular la “fecha de nacimiento” de las células midiendo el carbono. Por ejemplo: las neuronas de tu corteza cerebral tienen tu misma edad, mientras que las células que tapizan tu intestino son unas crías de pocos años (el intestino se recambia a lo loco).
A partir de ahí, todo el mundo se puso a fechar cosas. Unos daneses descubrieron que las proteínas del cristalino de tu ojo son las mismas desde antes de que nacieras. No se cambian nunca. Y en 2016 le midieron el cristalino a un tiburón de Groenlandia y le calcularon unos 400 años, con un margen de más o menos un siglo. O sea, ese bicho nadaba por el Ártico cuando Velázquez pintaba Las Meninas. Incluso algunas tortugas de Galápagos te han conocido a ti y a Darwin.
Tiburón de Groenlandia: cristalino de ~400 años. Velázquez pintaba Las Meninas y este mismo bicho nadaba.
Pero lo que nos interesa
En Copenhague, un equipo de medicina deportiva se hizo la pregunta:
¿por qué narices se cura tan mal? ¿Por qué un músculo roto se arregla en semanas y un tendón tarda meses y nunca vuelve a ser el mismo?
Para responderla necesitaban tendones. Y los buscaron, de gente de edades muy distintas, nacida antes, durante y después del pico de las bombas. Los consiguieron igual que Libby. En la mesa de autopsias. Aunque esta vez, con permiso.
El próximo día te cuento cómo lo descubrieron y qué pasa con el cartílago de tu rodilla. Quizás descubras qué tiene que ver todo esto con los tendones que empiezan a doler años antes de que te des cuenta, y por qué el mercado de la “medicina regenerativa” debería estar muy nervioso con estos datos.
Te diré también qué puedes hacer. (Sí, hay cosas, aunque no las que te están vendiendo)
En los últimos años hemos visto una importante evolución en la filosofía que hay que seguir a la hora de salir a caminar. Pero en lugar de centrarse únicamente en esta variable, hay que tener en cuenta otras muchas, como el estilo de vida en general, como por ejemplo la que vemos en las famosas "zonas azules" donde la longevidad se dispara junto a una muy buena calidad de vida.
Las zonas azules las encontramos en lugares como Okinawa en Japón o Cerdeña en Italia, y se han popularizado como el santo grial de la longevidad. Y aunque seguimos tratando de averiguar el por qué ocurre este fenómeno tan peculiar, uno de los factores puede ser el hecho de pasear religiosamente durante dos o tres horas diarias.
Y aquí una revisión reciente analizó 18 estudios que se hicieron sobre las personas mayores de 80 años que viven en estas regiones. El resultado apuntó a que la actividad física predominante no era "salir a pasear" sin más, sino el trabajo agrícola y las tareas integradas en su vida cotidiana. Pero no debemos quedarnos únicamente con este punto, porque los propios investigadores advierten que es imposible concluir que solo esa actividad explique su inusual longevidad.
No es solo caminar. Con esto vemos que la actividad física estrella que hay que seguir no es solo dar los 10.000 pasos al día, que han quedado en entredicho en muchas ocasiones, sino el estar moviéndose todo el día. Por ejemplo, en un metanálisis con 36.383 participantes se vio que cuanta más actividad se haga, incluso ligera, se asocia a una menor mortalidad.
El problema está en salir a andar una hora al día y después pasar el resto de horas sentado en un sillón viendo la televisión. Puesto que aquí sí que tenemos un problema importante a la hora de no tener una buena calidad de vida en la tercera edad.
Lo que recomienda la OMS no se centra en ningún momento tampoco en hacer en un momento puntual del día un poco de actividad física, sino que la alarga en el tiempo con 150-300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada o hasta 150 minutos de actividad vigorosa. Pero esto es algo que se puede llevar al siguiente nivel manteniendo una actividad diaria continua, subiendo escaleras, intentando ir a los sitios andando o incluso haciendo las tareas en casa.
No hay que dejar el músculo. Aunque nos centramos en "movimiento" en general, no hay que desprestigiar ni mucho menos el trabajo que se haga de manera puntual varias veces a la semana en el gimnasio. Y es que desarrollar el músculo, indiferentemente de la edad, es uno de los puntos más importantes a tener en cuenta si queremos mantener una buena salud a largo plazo.
Y aquí no hablamos de algo puramente estético, sino que está directamente relacionado el desarrollo de la masa muscular con una protección de nuestro sistema nervioso central, pero también evita situaciones que pueden acortar la vida como por ejemplo una rotura de cadera a consecuencia de una caída.