1 de junio de 2026

El James Webb ha encontrado algo que no debería existir: una barra estelar en una galaxia demasiado joven y gaseosa

El James Webb ha encontrado algo que no debería existir: una barra estelar en una galaxia demasiado joven y gaseosa

El telescopio espacial James Webb lo ha vuelto a hacer. Ha encontrado en el Universo un fenómeno que contradice la física conocida hasta el momento. En este caso, el hallazgo consiste en una barra estelar en una galaxia que no debería albergar una estructura de este tipo. Lo bueno es que, bien entendido, este hallazgo puede ayudar a desentrañar un misterio para el que no había explicación. Habrá que modificar lo que sabíamos sobre galaxias, pero a cambio tenemos respuestas a preguntas que antes no la tenían.

Una barra estelar en GN20. Se conocen muchas barras estelares en el Universo cercano. Incluso se sabe que hay algunas en nuestra Vía Láctea. Sin embargo, no se encuentran en puntos cercanos al Big Bang porque son de formación lenta, de modo que no podrían haber nacido tan pronto. Además, en esas primeras etapas del Universo había mucho gas en las galaxias, cuyo movimiento se cree que inhibiría la formación de barras estelares. 

Todo esto es lo que hace tan raro el hallazgo descrito recientemente por un equipo de científicos de la Universidad de Leiden. Y es que, gracias al James Webb, han encontrado una de estas estructuras en GN20, una galaxia masiva muy antigua y rica en gases, que se formó unos 1.500 millones de años después del Big Bang. Es una galaxia demasiado joven y con demasiado gas para albergar ya una barra estelar formada. Nada cuadra.

Aclaremos conceptos. Las barras estelares son disposiciones alargadas de estrellas que se encuentran en el centro de las galaxias, girando como una unidad rígida. Con este giro arrastran el gas a su alrededor y lo conducen al núcleo galáctico como si de un embudo se tratase. Esto, posiblemente, sirve para alimentar el agujero negro central de la galaxia. 

La detección está clara. Los autores del estudio han confirmado que están ante una barra estelar mediante tres métodos distintos. Para empezar, se llevó a cabo una técnica llamada análisis isofocal. Esto consiste en dibujar sobre una galaxia una serie de líneas imaginarias que unen puntos con el mismo brillo. Es algo parecido a lo que se hacen en los mapas topográficos con las curvas de nivel. Una vez hecho esto, se pueden detectar cambios en el brillo que indiquen la presencia de estructuras concretas. 

En este caso, la luz de la galaxia se estira y gira de un modo que se corresponde con una barra estelar. Pero eso no es todo, también se ha comprobado su existencia con un análisis matemático independiente y con las observaciones del telescopio NOEMA. Una vez detectada esta estructura, había que verla con la mayor nitidez posible. Ahí entra en juego el James Webb, cuya cámara de infrarrojo cercano es capaz de ir más allá del velo de gas y polvo que dificulta las observaciones en las etapas más antiguas del Universo. 

Barra Estelar

Un tamaño imposible. Con todas estas observaciones también se pudo medir la galaxia, que se extiende a lo largo de 7 kilopársecs o, lo que es lo mismo, 22.800 años luz. Es demasiado grande para la física conocida. Por un lado, por lo que ya hemos visto. Para llegar a crecer tanto debería haber empezado a formarse hace mucho tiempo y, supuestamente, en las etapas más jóvenes del Universo no se podría formar una estructura así. Y, por otro lado, porque una barra estelar tan grande debería colapsar según la descripción de los modelos actuales. 

Gas al rescate. Estos científicos han descubierto que, curiosamente, esta galaxia ha sobrevivido tanto tiempo gracias al gas. Hemos visto que, normalmente, el gas dificulta su formación. Pero eso ocurre cuando el gas se mueve de forma lenta y ordenada. En cambio, en este caso en el disco interno de la galaxia hay gas altamente turbulento que actuaría como escudo gracias a un fenómeno conocido como cizallamiento radial.

¿Cizallaqué? Normalmente, el gas en las galaxias se mueve en círculos concéntricos, de tal manera que los del centro se mueven más deprisa y los de fuera más despacio. Esto se conoce como rotación diferencial. En este caso, en cambio, hay movimientos turbulentos, con el gas moviéndose de forma desordenada, de tal manera que en distintos anillos se roza, arrastra y mezcla. Esa es la cizalladura radial. Esto, a grandes rasgos, ayuda a que la barra crezca en lugar de entorpecer su formación. 

Dos puntos clave. Al entrar con el James Webb a observar de cerca la barra estelar se vieron dos detalles importantes. Por un lado, en el punto en el que esta coincide con el disco externo de la galaxia, al sur, hay una gran acumulación de gas que actúa como punto caliente para la formación de muchas estrellas. Por otro lado, en el centro la barra contribuye a barrer mucho material hacia el interior del agujero negro del núcleo galáctico. 

Lo que nos enseña. Todo esto nos hace replantearnos la física de las barras estelares, pero también ayuda a los científicos a entender algo que hasta ahora era un misterio: los gigantes elípticos inertes. Estas son galaxias muy grandes y jóvenes que ya están inactivas. Es decir, ya no se están formando nuevas estrellas en su seno. 

Con todo lo descubierto en GN20, los autores del estudio que se acaba de publicar consideran que las barras estelares podrían ser el motivo. Al crear puntos calientes de formación de estrellas y barrer material hacia el agujero negro, básicamente hacen que la galaxia viva muy deprisa. Crea muchísimas estrellas muy rápido y gasta su combustible antes de tiempo. Viven deprisa, mueren jóvenes y dejan un enigmático cadáver que, quizás, ya no sea tan enigmático. 

Imagen | NASA | Leindert A. Boogaard et al (2026).

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Le han preguntado a 1.600 expertos cómo funciona el Universo. No se ponen de acuerdo en casi nada

Le han preguntado a 1.600 expertos cómo funciona el Universo. No se ponen de acuerdo en casi nada

Continuamente leemos noticias sobre nuevos hallazgos que desafían la física conocida del Universo. Esto puede llevarnos a preguntarnos algo: ¿tan poco sabemos sobre el Universo como para que absolutamente todo lo desafíe? Para responder a esta pregunta es importante dar un poco de contexto. Sí que se sabe muchísimo sobre astrofísica, pero cuando hablamos de algo tan inmenso como el Universo incluso ese “muchísimo” se puede quedar corto. 

Además, buena parte de esa información se basa en hipótesis que se han aceptado como consenso, pero no en verdades absolutas. Por eso, no es raro que en la encuesta más amplia que se ha realizado nunca a astrofísicos y aficionados a la astrofísica se haya comprobado que existe bastante desacuerdo en casi todo lo relacionado con el cosmos.

La encuesta más amplia. En 2024, durante una conferencia de astrofísica en Copenhague, se llevó a cabo una encuesta en la que participaron 85 expertos. Todos ellos tuvieron que contestar una serie de preguntas sobre algunas de las teorías más conocidas de la astrofísica. Con esta encuesta se vio que hay bastante desacuerdo, incluso en aquellas teorías en las que se supone que hay un gran consenso. 

Con el fin de comprobar si esos desacuerdos eran fruto del tamaño de la muestra, en 2025 se llevó a cabo una nueva encuesta, esta vez con 1.600 personas que tuvieron que responder a 11 preguntas. Algunos participantes eran expertos de la Sociedad Americana de Astrofísica. Otros eran aficionados lectores de la revista Physics Magazine. Con una muestra mayor, los resultados fueron muy parecidos. Hay muy poco consenso. 

De hipótesis a certezas. La ciencia en general, y la astrofísica en particular, se construye a base de hipótesis que van evolucionando a medida que se hacen avances científicos. Por eso, muchas veces está más llena de probabilidades que de certezas. Es importante diferenciar distintas ramas de la ciencia. En ciencias de la salud, sí hay certezas. Por ejemplo, sabemos que los antibióticos atacan a las bacterias y que no son útiles frente a los virus, por mucho que muchas personas se empeñen en tomarlos para la gripe. También sabemos que ese abuso de los mismos puede ser muy perjudicial, ya que contribuye al desarrollo de resistencias en las bacterias. Esas sí son certezas, aunque lógicamente también hay información que va evolucionando con el tiempo. 

En astrofísica, las hipótesis aceptadas por consenso a menudo abundan más que las certezas. Hay certezas clarísimas, como que la Tierra no es plana o que gira alrededor del Sol. Pero también algunas hipótesis con las que ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo.

Gana la inflación cósmica. La cuestión en la que hubo un mayor consenso en la encuesta de 2025, cuyos resultados se han publicado recientemente, fue la inflación cósmica. Es decir, la hipótesis que apunta a una expansión exponencial del Universo que comenzó en sus primeros momentos, después del Big Bang. El 51% de los encuestados estuvo de acuerdo en que esta teoría explica muchos problemas de la cosmología de golpe y, por lo tanto, tiene una gran probabilidad de ser cierta.

Big Bang

Hablando del Big Bang. La existencia del Big Bang fue otra de las teorías con mayor consenso en la encuesta, aunque lo cierto es que la cifra tampoco es para tirar cohetes. Un 25% de los participantes estuvo de acuerdo en que este evento dio origen al Universo hace 13.800 millones de años. En cambio, hubo un 68% de personas que señalaron que el Universo nació en un momento en el que se produjo un gran aumento de temperatura y densidad, pero no señalan cuándo ocurrió eso. 

Desacuerdos con la materia oscura. En el Universo se han observado comportamientos gravitacionales que no responden a la masa observada. Es decir, parece como si hubiese objetos masivos ejerciendo una atracción gravitatoria sobre otros, pero no se detectan esos objetos, ni siquiera grandes acumulaciones de átomos. No hay nada. Un 27% de los encuestados considera que esto puede explicarse con la existencia de materia oscura. Sin embargo, hay un 12% que creen que todo esto puede deberse a cambios en el comportamiento de la gravedad a escalas cósmicas. Es decir, que cuando hablamos de la inmensidad del Universo, la gravedad que ejercen los objetos no es la misma. 

Por otro lado, hay un 5% de personas que consideran que la clave está en los agujeros negros primordiales. Aunque aquí debemos incidir en que una de las hipótesis sobre el origen de la materia oscura es que esté formada en parte por agujeros negros primordiales, así que estos no estarían negando su existencia.

La teoría de cuerdas para solucionar incompatibilidades. La teoría de la relatividad general se planteó a escalas cósmicas, de gran tamaño. En cambio, la mecánica cuántica habla del comportamiento de la materia a escala subatómica. Ambas cuestiones parecen incompatibles, pero para comprender el Universo necesitamos obrar a ambas escalas. Por eso, durante mucho tiempo se ha pensado en una teoría que ayude a unificar ambas cuestiones. Esta, para el 19% de los encuestados, es la teoría de cuerdas. En ella, las partículas subatómicas, en vez de tratarse como puntos, se consideran estados vibracionales de un objeto extendido más básico, llamado cuerda. 

Normalmente, cuando intentamos calcular la energía de una partícula considerándola un punto matemático, sin extensión, nos vamos  acercando más a ella eternamente. Podemos hacer una especie de zoom infinito. En cambio, cuando los puntos se sustituyen por cuerdas con una longitud mínima, debe obtenerse necesariamente un resultado. No se tiende al infinito. Por otro lado, en la teoría de cuerdas la gravedad, que normalmente no se considera a escala cuántica, surge naturalmente.

Otra hipótesis. La cuestión es que, en la encuesta de la que estamos hablando, hay un 12% de personas que consideran que la teoría de cuerdas no resuelve el problema, sino que lo hace otra teoría: la de la gravedad cuántica en bucle. Esta, básicamente, actúa de una forma totalmente opuesta. La teoría de cuerdas surge con la mecánica cuántica como partida e intenta buscar formas de que la gravedad tenga sentido. 

En cambio, la teoría de la gravedad cuántica en bucle parte de la Teoría de la Relatividad General y se intenta cuantizar de manera que tenga sentido. Dicho de otro modo, la teoría de cuerdas va de lo más pequeño a lo más grande y la de la gravedad cuántica en bucle va de lo más grande a lo más pequeño. Son opuestas y las opiniones sobre ellas están muy divididas. 

Los aficionados también controlan. Algo interesante de esta encuesta, en comparación con la de Copenhague, es el hecho de que también incluye aficionados. Y lo más curioso es que los resultados no varían demasiado. Sigue habiendo los mismos desacuerdos. Los aficionados tienen las mismas dudas que los expertos. Y es que, en astrofísica, hay muchísimas dudas. Pero precisamente eso es lo que hace tan emocionante cada hallazgo que ayuda a disipar unas pocas de ellas. 

Imagen| NASA/Magnific | NASA

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El robot con el que quieren explorar los túneles de Marte es un bicho bola relleno de drones diente de león

El robot con el que quieren explorar los túneles de Marte es un bicho bola relleno de drones diente de león

El ser humano lleva 30 años enviando rovers a Marte. Sabemos bastante sobre su superficie, pero aún hay muchas regiones inexploradas. Un buen ejemplo son sus túneles. El planeta rojo tiene la mayor red de túneles conocida del sistema solar, pero no ha habido ningún vehículo capaz de entrar en ellos y explorarlos desde dentro. Por eso, un equipo de científicos del Instituto de Minería y Tecnología de Nuevo México lleva varios años trabajando en una solución de lo más original: enviar a las cuevas un robot bicho bola, relleno de drones diente de león. Suena rarísimo, pero tiene sentido.

Biomimética para entrar a los túneles. El profesor Mostafa Hassanalian, de New México Tech, lleva varios años trabajando en este proyecto, pero recientemente el tema ha vuelto a las redes después de que este le conceda unas declaraciones a Space. En ellas les cuenta, a grandes rasgos, el objetivo de su investigación. Esta se basa en la biomimética. Es decir, en el desarrollo de tecnologías inspiradas en la naturaleza. Concretamente, pretende desarrollar dos tipos de drones: uno inspirado en las cochinillas y otro que funciona como las plantas de diente de león. 

La cochinilla, conocida coloquialmente como bicho bola, puede entrar en sitios pequeños y proteger su propio cuerpo al encogerse en forma de bola. En este caso protege su interior, porque lleva escondidos un montón de pequeñísimos robots que se esparcen por el aire como las semillas de diente de león. 

El problema. Marte está lleno de túneles de origen volcánico. Se han encontrado algunos extendidos hasta por 1.200 kilómetros, con tubos de lava de más de 250 metros de diámetro. No son precisamente túneles pequeños. Los rovers que actualmente se encuentran en Marte, como Curiosity o Perseverance, no tienen la capacidad de introducirse en estos túneles. Por eso, si hay algo interesante, no podremos saberlo hasta que los humanos viajen al planeta rojo. Si lo que hay es peligroso, mejor verlo antes de entrar. Se necesitan métodos para ver el interior de esos túneles.

La solución. El equipo de Hassanalian ha ideado dos tipos de robots. Por un lado, el que imita a la cochinilla es una esfera que se puede introducir por un agujero cavado en el techo de los túneles. Una vez dentro de estos, la bola se abre, como una cochinilla que deja de hacerse bolita, y libera su contenido: miles de pequeños drones muy ligeros, que se pueden desplazar a kilómetros de distancia gracias al viento. 

Robots Para Tuneles Marcianos

Limitaciones superadas. Este tipo de dispositivos se encontrarían con varios obstáculos, para los que Hassanalian ya ha pensado una solución. El primero sería que no tenemos ni idea de si habrá viento suficiente en el interior de los túneles. Sabemos que Marte sí puede ser muy ventoso, llegando a alcanzarse los 100 kilómetros por hora. Sin embargo, los túneles podrían estar resguardados. Por eso, este científico planea incorporar un ventilador en el robot principal que ayude a impulsar los mini drones dientes de león. 

Además, los propios agujeros que se harían en el techo para introducir el robot ayudarían a impulsar las semillitas. Por otro lado, la luz del Sol no puede acceder al interior de los túneles, por lo que no podrían alimentarse con energía solar. Esto se soluciona usando piezoelectricidad. Es decir, materiales que generan electricidad al ser sometidos a presión mecánica.

Multitud de sensores. Los drones irán cargados con sensores de humedad y temperatura que permitan analizar las condiciones internas de los túneles. Además, también ayudarían a mapear los conductos y hacer un plano de la red de túneles marcianos. Todo eso se enviaría a los investigadores a través de señales de radio. De momento, estos dos tipos de robots no se han llegado a construir ni probar, pero la idea es de lo más prometedora. Con la financiación suficiente para que pueda llevarse a cabo, tendríamos una solución muy ingeniosa para mirar en esos puntos ciegos del planeta rojo. Y todo gracias a un animal y una planta de nuestro propio planeta. 

Imagen | Magnific/Dave Huth | Nex México Tech. 

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La explosión nuclear que cambió el mundo también creó un material que no existe en ningún otro lugar del universo conocido

La explosión nuclear que cambió el mundo también creó un material que no existe en ningún otro lugar del universo conocido

El 16 de julio de 1945, la primera detonación de una bomba atómica —conocida como la prueba Trinity— cambió el curso de la historia y dejó una huella imborrable en el desierto de Nuevo México. La explosión del dispositivo de plutonio liberó una energía equivalente a 21 kilotones de TNT, suficiente para vaporizar la torre de prueba de 30 metros, los kilómetros de cables de cobre que conectaban los instrumentos de grabación y la propia arena del desierto. Todo este material, arrastrado por la inmensa bola de fuego, llovió en forma de fragmentos vítreos fundidos, creando una forma única de materia conocida hoy como trinitita.

La gran mayoría de esta trinitita es de un clásico color verde, pero existe una variante mucho más rara denominada "trinitita roja", cuyo color se atribuye a la presencia de óxido de cobre formado cuando las líneas de transmisión se vaporizaron en la explosión. Es precisamente en el interior de esta rara variante donde los científicos han descubierto estructuras cristalinas inéditas. Las violentas condiciones de la detonación sometieron a los materiales a temperaturas de alrededor de 1.500 °C y presiones extremas de 5 a 8 gigapascales. La materia se vaporizó, se mezcló y se enfrió tan sumamente rápido —en cuestión de segundos— que los átomos no tuvieron tiempo de organizarse en estructuras estables, forjando formas de materia que nunca habían existido en nuestro planeta.

Un hallazgo sin precedentes. Casi 80 años después de aquella primera explosión nuclear, un equipo de investigación internacional liderado por Luca Bindi, geólogo de la Universidad de Florencia, ha logrado identificar un nuevo material oculto en estas muestras. Tal y como explica la investigación, se trata de un "clatrato": una red química con forma de jaula que atrapa otros átomos en su interior. Este nuevo cristal está construido con jaulas de silicio de 12 y 14 caras que encierran átomos de calcio, cobre y pequeñas cantidades de hierro. Representa la primera vez que se confirma cristalográficamente la presencia de un clatrato entre los productos sólidos de una explosión nuclear.

Que este descubrimiento llegue ahora, en 2026, no es casualidad. Las muestras de trinitita roja son escasísimas y difíciles de obtener, y solo los avances recientes en técnicas de difracción de rayos X a escala nanoscópica han permitido identificar estructuras tan diminutas dentro de microgotas metálicas incrustadas en el vidrio. La tecnología, sencillamente, no estaba antes a la altura del material.

El cuasicristal que llegó primero. La historia se vuelve aún más fascinante porque este descubrimiento se suma a otro hallazgo monumental realizado por el mismo equipo en 2021: la identificación de un cuasicristal en la misma trinitita roja. A diferencia de los cristales ordinarios —como la sal o el cuarzo, que poseen un patrón atómico que se repite con precisión—, los cuasicristales rompen las reglas de la cristalografía clásica. Sus átomos están ordenados, pero sin repetirse periódicamente, lo que genera simetrías que un cristal convencional tiene prohibidas. 

El encontrado en Trinity exhibe una simetría icosaédrica de cinco pliegues y está compuesto por silicio, cobre, calcio y hierro. No solo es el cuasicristal creado por el ser humano más antiguo que se conoce: tiene la increíble propiedad de que su momento exacto de creación quedó indeleblemente grabado en los registros históricos.

El papel decisivo del cobre. Lo más elegante del nuevo estudio es el mecanismo que explica por qué en la misma explosión se formaron dos estructuras tan distintas. La clave estuvo en la concentración de cobre disponible durante el enfriamiento. 

En las microzonas donde los niveles de cobre eran bajos —alrededor del 10 al 11%— las condiciones permitieron que la estructura de jaula del clatrato se estabilizara. Donde había más cobre, esa misma estructura colapsaba y los átomos se reorganizaban en la geometría prohibida del cuasicristal. Dos destinos radicalmente distintos, separados por una diferencia microscópica de composición química, en el mismo instante y el mismo lugar.

El poder de los laboratorios naturales. Descubrir estas arquitecturas a escala microscópica es revolucionario porque, como explica Terry C. Wallace, director emérito del Laboratorio Nacional de Los Álamos y coautor de la investigación del cuasicristal, estas estructuras requieren entornos extremos que rara vez existen en la Tierra: choques, temperaturas y presiones colosales, comparables solo a los impactos de hipervelocidad de meteoritos o a las propias detonaciones nucleares. Eventos destructivos que, paradójicamente, actúan como laboratorios capaces de producir lo que ningún laboratorio convencional puede replicar.

Una herramienta para la seguridad global. Más allá de la ciencia de materiales, este tipo de investigaciones tiene aplicaciones directas en el campo de la no proliferación nuclear. Comprender el diseño de los programas de armas nucleares de otros países es un enorme desafío forense. Los científicos suelen rastrear gases y residuos radiactivos en las zonas de prueba, pero esas firmas decaen inevitablemente con el paso del tiempo.

Los cristales formados en el sitio del estallido, en cambio, son prácticamente eternos. Las muestras de trinitita roja aún conservan isótopos radiactivos que permiten calcular con gran precisión variables como la distancia exacta al hipocentro de la explosión. Wallace lo resume con claridad: si la ciencia logra establecer una explicación termodinámica precisa de cómo se forman estos cristales, se podría obtener una imagen completa de la bomba y los materiales utilizados, dotando al mundo de una nueva herramienta para vigilar explosiones nucleares ilícitas. Una marca de tiempo que no se puede falsificar ni borrar.

El paradójico legado de Trinity. El estudio de la trinitita demuestra cómo la materia es capaz de reorganizarse de maneras asombrosas bajo condiciones inimaginablemente hostiles. Resulta una paradoja casi poética que un evento diseñado para la destrucción haya dejado, 80 años después, un legado oculto de perfección geométrica microscópica que hoy es útil para el futuro humano.

Este descubrimiento no solo es una ventana a la creación de materiales y tecnologías energéticas de vanguardia, sino que funciona como una brújula para futuras investigaciones. Tal como concluyen los expertos en su publicación académica, examinar los restos de otros fenómenos naturales extremos y fugaces, como las fulguritas forjadas por el impacto de los rayos o las rocas sometidas a los cráteres de meteoritos, podría seguir revelando configuraciones de la materia insólitas. 

Aún hoy, ocultas bajo las cicatrices de la destrucción, aguardan estructuras que continúan desafiando nuestra comprensión fundamental del universo.

Imagen | PNAS y Unsplash

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La noticia La explosión nuclear que cambió el mundo también creó un material que no existe en ningún otro lugar del universo conocido fue publicada originalmente en Xataka por Alba Otero .



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El escándalo literario del año lo protagoniza un texto que nadie sabe si es IA: es la punta del iceberg de un problema sin control

El escándalo literario del año lo protagoniza un texto que nadie sabe si es IA: es la punta del iceberg de un problema sin control

El pasado 18 de mayo, varios usuarios de X hicieron públicas sus sospechas acerca del último ganador del premio Commonwealth de narraciones breves: el relato ganador de la categoría Caribe, publicado en 'Granta' (prestigiosísima revista británica que desde hace décadas es el termómetro del canon literario anglófono), apestaba a ChatGPT. La foto del autor, de hecho, tampoco parecía real. Y cuando la revista respondió al escándalo, lo hizo de una forma que terminó de embarullarlo todo: le preguntaron a Claude si el texto era de IA, y Claude dijo que no.

Cómo se detecta. Reconocer la prosa de un modelo de lenguaje no es tan sencillo como parece, pero tampoco tan difícil una vez que el ojo lleva cierto tiempo entrenado. Los modelos de lenguaje no escriben buscando la palabra justa: generan el token estadísticamente más probable, teniendo en cuenta el contexto, y es un proceso que se puede identificar. Por ejemplo, la famosa estructura "no es X, es Y", usada como Piedra de Rosetta de la identificación de IAs de texto. Pero hay más: acumulación de metáforas sin referentes claros, verbos como "profundizar en"... los anotadores contratados para ajustar los modelos mediante RLHF (aprendizaje por refuerzo con retroalimentación humana) premian ese tipo de claridad burocrática, que lo hace también todo más obvio.

Qué tiene el relato. En el relato de 'Granta' se dicen cosas como "el mediodía que zumba" o el "aire dulce con olor a caña y a olvido". Algunos autores, como Benjamin Breen en este excelente análisis han detallado muchos de esos giros hablan de una atracción especial por los sonidos ambientales y los estados emocionales vagos (nostalgia, tristeza, olvido), que parecen querer rozar una materialidad que el modelo no tiene y, desde luego, no comprende. La acumulación de estímulos sensoriales es una instrucción de manual de escritura creativa que los modelos aplican de forma mecánica y sin discriminación. Es fácil verlo una vez que has aprendido a identificarlo. 

Por qué los detectores no sirven (aún). El problema está en que reconocer esa escritura intuitivamente es una cosa, y demostrarlo de forma objetiva es otra. La primera generación de detectores automáticos (GPTZero, Originality.ai, Turnitin AI) acumulan un largo historial de errores. OpenAI, por ejemplo, retiró su AI Text Classifier en julio de 2023 tras reconocer que solo identificaba correctamente el 26% del texto generado por IA y marcaba como artificial casi el 9% de los textos humanos.

La única excepción a esta tendencia documentada hasta ahora es Pangram. Su técnica, llamada mirror data, entrena al clasificador con parejas de textos estilísticamente idénticos pero con distinto origen. El resultado, según el primer benchmark independiente en septiembre de 2025 es de falsos positivos cercanos a cero y falsos negativos de entre el 2% y el 4% en pasajes medianos y largos; los competidores están puntuando en torno al 10-40%. Sin embargo, de nuevo, no es tan fácil confiar en una herramienta que vende un "humanizador" junto a sus informes de textos sobre la presencia de IA, a veces con porcentajes escandalosamente altos.

La parte educativa. En el mundo del libro estamos ante un escándalo puntual, el de 'Granta', pero en las universidades estadounidenses estamos viendo una escalada permanente de las hostilidades. En este extenso reportaje, por ejemplo, se nos presenta a diez estudiantes y profesores atrapados en una espiral sin salida: los profesores pasan los trabajos por detectores de IA, los detectores generan falsos positivos sobre alumnos que no han tocado ningún chatbot, y esos alumnos recurren a humanizadores (o directamente a escribir peor) para esquivar las acusaciones.

Joseph Thibault, fundador de Cursive, ha rastreado 43 humanizadores con una audiencia combinada de 33,9 millones de visitas. Grammarly ha desarrollado, por ejemplo, Authorship, una herramienta que graba la sesión de escritura para que los estudiantes puedan demostrar que redactaron ellos el trabajo: según la propia empresa, se generaron cinco millones de informes de ese tipo en el último año. Una profesora declara en el artículo: "Cuanto mejor escribes, la IA más cree que eres IA. Yo pongo mis propios artículos en los detectores solo para entender cómo funcionan, y me marca al 98% siempre, sin haber usado IA en ningún momento."

Abajo los ensayos. El escándalo de 'Granta' ocurre mientras el mercado editorial registra otro síntoma del mismo problema. Según datos del Wall Street Journal que también recoge Res Obscura, el libro de no ficción más vendido de abril en Estados Unidos ('London Falling', de Patrick Radden Keefe) colocó 13.468 copias en su primera semana; la primera novela rozó las 105.000. El presidente de Harper Group lo atribuye a los podcasts: según una encuesta reciente, el 62% de los hombres y el 54% de las mujeres escucharon uno el mes pasado, frente al 46% y el 39% de 2023. La razón es la misma que llevó antes a YouTube: prometen saciar en cuarenta minutos lo que a un libro le lleva  satisfacer tres semanas. 

La IA es el siguiente escalón: no compite con libros ni podcasts, sino que los sustituye con un resumen generado en diez segundos que responde preguntas sin que nadie haya tenido que escribir, editar ni leer nada. El problema, como apunta Breen, es que ese modelo apunta a respuestas inmediatas y elimina precisamente lo que hace valioso al libro de no ficción: la necesidad de atención, la permanencia en el tiempo y todos los matices reflexivos que esto implica.

Cuando la IA copia a un autor concreto. La escritora Vauhini Vara fue más lejos. Como contó en Vox, encargó al investigador Tuhin Chakrabarty que entrenara un modelo sobre sus tres libros publicados y varios artículos periodísticos para que generara pasajes de, teóricamente, su próxima novela. Luego los mezcló con fragmentos propios y los envió a sus amigos más cercanos. Ninguno supo distinguirlos.

Es más: otra conclusión que sacaron del experimento es que los lectores tienden a preferir el texto de IA sobre las imitaciones escritas por humanos cuando no conocen el origen. Cuando se les revela la fuente, el texto deja de interesarles. Vara extrae de ahí una conclusión: lo que importa a los lectores no es si el texto suena humano, sino saber que hay alguien de verdad al otro lado. Queremos recibir el texto de una persona, no de una máquina. Al menos podemos tener esa esperanza.

En Xataka | La IA tiene palabras favoritas como delve y ahora sabemos por qué. La respuesta está en Nigeria


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La noticia El escándalo literario del año lo protagoniza un texto que nadie sabe si es IA: es la punta del iceberg de un problema sin control fue publicada originalmente en Xataka por John Tones .



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