No digo nada nuevo que no haya dicho cientos de veces en cientos de foros, pero si no lo has oído antes, espero que te haga reflexionar un poco. Son una diez páginas de discurso, así que espero no aburrirte mucho con él.
Estimadas senadoras, estimados senadores, señoras y señores, amigos y amigas. Y por supuesto, “Hola Hackers”. Permitidme que os llame a todos vosotros “hackers”, pues no se me ocurre otra forma de mostrar más respeto y admiración que usar ese término. Durante años he usado el término hacker para dirigirme a la gente que venía a ver mis charlas, a mis conferencias o eventos, pero también para nombrar a las personas que han hecho un avance significativo en nuestro mundo por medio, muchas veces, pero ni siempre ni necesariamente, de la tecnología.
Como muchos conocen, he peleado por alejar lo que para nosotros significa ser un hacker, de lo que algunas veces se utiliza en medios de comunicación y películas de cine, donde el hacker es alguien confundido con un criminal o un activista ideológico, y que para más INRI suele ser pintado como extra con algún trastorno mental y/o emocional.
Algunas veces me enfada y otras me da tristeza. Pero yo no me canso, y eso me ha llevado a tener que explicarlo una infinidad de veces. Lo he hecho incluso ante la Real Academia de la Lengua Española, a la que agradezco que haya incluido ya, como acepción, una más cercana a nuestro uso, sentir, y definición del termino, reafirmándose como una institución adaptada a l os nuevos tiempos, como ya lo demostró al extender a toda Latinoamérica los órganos de cuidado y evolución de nuestra lengua.
Es verdad que la acepción añadida no recoge todos los matices de lo que para nosotros es un hacker, pero sí que da ese uso positivo del nombre que se hace entre los que conocen a estas personas. Dice así:
“Hacker: Persona con grandes habilidades en el manejo de computadoras que investiga un sistema informático para avisar de los fallos y desarrollar técnicas de mejora.”
Esta acepción del término se acerca más a como nosotros lo sentimos. Recoge ese espíritu de buscar fallos y encontrar soluciones que tanto definen las investigaciones de los hackers, que como muchas veces he dicho, son más cercanas al trabajo de investigación que se realiza desde hace varios siglos en las universidades de todo el mundo, que a una actividad sumergida e ilegal como se pinta en las películas.
Aunque he decir, que lo que buscan los hackers no siempre es posible catalogarlo como fallos. Un hacker busca esos “bugs” – que es como se llaman los fallos informáticos - para encontrar soluciones, pero también buscan soluciones a carencias, limitaciones, malfuncionamientos o simplemente a una falta de capacidad para solucionar correctamente un problema.
Para nosotros, un hacker es una persona que busca los límites, de la tecnología, de los procesos, del arte, de la música, de las cosas en general, para llevar esas barreras que tenemos impuestas un poco más allá. Un poco más lejos. Para poder hacer más cosas, o simplemente hacerlas mejor. O distintas. O hacer cosas nuevas, del que era el propósito inicial de lo que se está “hackeando”.
Han sido, por tanto, siempre los primeros en alertarnos de los riesgos y peligros de algo existente, y pioneros en traernos cosas nuevas. Y por supuesto, este espíritu hacker se aplica también a los que buscan por mejorar la ley, la política, y se preocupan por la evolución de un país.
Son esas personas que dedican toda su energía a preguntarse “por qué”, o decir eso de “y si…”, y mi favorito … “¿Qué puede pasar?”. O que lo hacen de forma natural en su forma de vivir, trabajar o disfrutar su tiempo.
Mi hija pequeña, que no sé si le va a gustar la tecnología o no, con su propia visión del mundo, me descubrió un bug en el algebra matem&aac ute;tico que yo no conocía, y que he contado muchas veces. Con solo seis años. Todo empezó con una limitación que yo impuse en su vida:
“No puedes ir a jugar hasta que termines los deberes de matemáticas”
Refunfuñó. Intentó negociar el número de operaciones que quería hacer. Volvió a negociar para conseguir una rebaja. Y al final accedimos a hacer, de todas las que había puesto, solo veinte operaciones matemáticas. Ni una más. Ni una menos. Eso sí, por el camino intentó mediatizar la elección de las operaciones usando sus técnicas de ingeniería social con frases como:
“Uno más uno, papaete” o “dos más dos, venga, que no me lo sé”.
Al final, le pus e una lista de operaciones matemáticas formadas por sumas y restas, y se afanó en la tarea. En menos de cinco minutos las tenía resueltas. Y correctamente todas, tras mi revisión. Así que permití que se fuera a jugar y seguí en mis tareas. Después, algo me levanto una alerta en mi cabeza, ya que mi memoria visual me decía que algo no encajaba. Había un fallo en algo y tenía que localizarlo.
Repasé las operaciones y sí, todas estaban correctas, pero me di cuenta de que, por arte de magia, mi hija había convertido todas las restas – operaciones todas ellas complejas y aburridas porque implican ir para atrás – en sumas, mucho más alegres, positivas y siempre mirando hacia delante. Lo único que tuvo que hacer es poner un palito vertical sobre el signo de la resta igual que los míos para que yo no notara la diferen cia y convertirlas en crucecitas.
Como he dicho, tradicionalmente hemos visto a los grandes hackers estar cerca del mundo de la tecnología, por todas las posibilidades que ésta ofrece como herramienta para construir cosas.
Vinieron de ser autodidactas en sus casas, extendiendo lo aprendido en libros y en las clases que recibían, para pasar luego a ser grandes investigadores. En la universidad. En centros de Innovación. Y para estar hoy en las empresas que crean la tecnología que vertebran nuestros países.
Es en este último sitio, en la empresa, donde la tecnología que una compañía tiene puede marcar la diferencia entre ser una organización que crece en el mercado, que se expande y que tiene un futuro prometedor, o que, por el contrario, está abocada a ser un carruaje tirado por caballos e n un mundo de coches autónomos eléctricos gestionados por Inteligencias Artificiales. Y esto también le puede pasar a las instituciones públicas y a los gobiernos.
Muchos de esos grandes hackers han cambiado los limites, no solo de la tecnología, sino del mundo y la sociedad. Han cambiado nuestra forma de vida hasta puntos insospechados.
No han pasado tantos años desde que Steve Wozniak, uno de los grandes hackers del siglo XX, creó aquel primer ordenador personal “Apple”. Lo hizo en su tiempo libre, en su casa, y aunque hablamos de ello con distancia, la verdad es que ha sido hace bastante poco en la historia de la humanidad.
Mucho más lejanos son los 140 años que han pasado desde el nacimiento de la Compañía de Teléfonos de Chile, hoy Movistar Chile, sin duda, pionera en el mundo de las redes sociales.
Entonces, cuando se creo el primer ordenador personal, se buscaba explorar un mundo de posibilidades que aún se veía solo en las películas de ciencia ficción, y, sin embargo, hoy, muchos tendréis un teléfono inteligente de Apple o de Google en el bolsillo, con tecnología y aplicaciones que usáis para la vida constantemente.
Y para cosas de todo tipo. Para hacer tareas básicas del día a día, sobre unos teléfonos que vienen evolucionados de aquellos primeros computadores soñados por los hackers. Cosas como quedar a cenar. Organizar un cumpleaños. Saber si has descansado bien o no. O si alguien ha encontrado la camiseta que tu hija se ha dejado en el gimnasio.
Algunas, supliéndonos a nosotros mismos de forma clara, como cuando los usamos para encontrar la ruta más rápida para ir al trabajo. A ese al que vas cada día, al que sabes de sobra cómo llegar, pero que aún así le pides a los sistemas de Big Data e Inteligencia Artificial que te diga cómo debes ir.
Utilizamos la tecnología para encontrar pareja. Controlarnos la salud. Hacer deporte. Controlar la calefacción de casa. Saber dónde está tu coche. O poder estar en contacto con la administración pública, el colegio de tus hijos, o tu universidad.
Todo, desde dónde estemos y a través de la tecnología y las redes telecomunicación que vertebran nuestros países. Imagínense por un momento esta época de pandemia que nos ha tocado vivir, donde hasta los abuelos hacen vídeo conferencia con los nietos, sin tecnología.
Los hackers, convertidos en investigadores, emprendedores y profesionales, han ayudado a cambiar la forma en que vivimos. Han cambiado los ejes de la vida. Han hecho que muchos de los límites que tenía nuestra forma de vivir hace 40 años, hayan ido desapareciendo. Haciéndose mucho más difusos. Llevándonos por caminos desconocidos en nuestra forma de sentir, de vivir, de trabajar y de disfrutar nuestro tiempo.
Y aquí estamos, con nuevos límites. Pues los límites nunca desaparecen totalmente, solo los empujamos por caminos que nos llevan a nuevos paradigmas. Con nuevos retos a los que enfrentarnos. Con nuevas necesidades. Para las sociedades, para las personas, y para la humanidad en su conjunto.
Y necesitamos una nueva generación de hackers que lleve nuestros nuevos límites hacia nuevos espacios. Y por supuesto, la tecnolog&iacut e;a es una vez más pieza importante en este tablero. No podemos, ni debemos, ni queremos dejar que el uso de este regalo en forma de servicios tecnológicos que nos han dado los hackers, investigadores y emprendedores, se aplique de forma negativa.
Tenemos que reforzar la idea de que, tanto las empresas, como los gobiernos, como la tecnología, tienen la obligación de hacer que la vida de las personas sea mejor gracias a ellos, y no peor. Y debemos hacerlo de una forma humanista. Teniendo presente que cada ser humano debe ser tenido en cuenta de una forma directa y consciente en la creación de un nuevo avance social, empresarial y tecnológico.
Un gobierno debe preservar y expandir los derechos y libertades de las personas, así como las empresas deben ser motores de generación de riqueza y bienestar para las sociedades donde operan. Al mismo tiempo, los go biernos deben ser capaces de proteger a la sociedad contra los que la quieren dañar, a veces, a través de la tecnología.
No son pocas las veces que las empresas, las instituciones de un país, o los propios ciudadanos son atacados por cibercriminales – por favor, nunca los llaméis hackers que para ellos es suficiente un correo de phishing para hacer su mal-. Hacker es una palabra demasiado grande para ellos.
Cibercriminales que secuestran sistemas informáticos y datos, por medio de técnicas de ransomware, que amenazan la disponibilidad de las plataformas por medio de ataques de Denegación de Servicio, que roban la información para utilizarla en nuestra contra o en su provecho, o que realizan estafas a gran escala en la sociedad.
Igual que los gobiernos se han encargado de la protección de las pers onas, las instituciones y las empresas en el mundo físico es necesario que lo hagan en el mundo digital. Poniendo un marco jurídico adecuado a los tiempos en que vivimos. A esta ERA DIGITAL donde tenemos tecnología maravillosa, pero donde tenemos que hacer que primen los valores de las personas. Eso que nos hace humanos.
Para ello, necesitamos que los gobiernos entiendan bien el mundo en el que estamos. Y esto no va a pasar relegando a los hackers, a los creadores de tecnología a un segundo plano.
Muchas veces me han preguntado en entrevistas, cómo debe afrontar una empresa la transformación digital. Ese proceso que obliga a un negocio a ser capaz de vivir en este nuevo mundo digital, y gracias a él ser competitivo, y siempre he respondido con una afirmación sencilla: Empieza dando poder en el directorio, en el equipo ejecutivo y la administració n de la empresa a gente que entienda este mundo. Pero que lo entienda de verdad.
No sé cuántos de ustedes, senadores y senadoras, saben lo que es un token OAuth, un Segundo Factor de Autenticación o la diferencia entre en un Sistema Experto y una GAN, pero créanme, los utilizan todos los días. Y si no entienden sus detalles va a ser difícil marcar el camino adecuado pare el mundo en el que vivimos.
Sí, seguro que pueden preguntar a muchos de los grandes expertos ahora que yo les he hecho la pregunta y encontrar las repuestas, pero si no conocen los detalles de un sistema PAS en Cloud o las implicaciones de la aplicación de HTTP 3.0 en las redes de comunicaciones en su país va a ser difícil que sepan hacer las preguntas.
Por eso, es necesario que los que entienden la tecnología, los hackers y los creadores de este mundo digital, sean parte de los que toman las decisiones, y que no solo actúen como personajes secundarios.
Seguro que entre todos ustedes hay amantes y conocedores de la tecnología, pero quiero aprovechar la oportunidad para resaltar que, regular sin saber cómo funciona, por ejemplo, una inteligencia cognitiva de esas de las que ya hay cientos de miles en los hogares de todo el mundo, también en Chile, por poner sobre la mesa una sola de los centenares de tecnologías que nos rodean día a día, es como navegar el océano sin mapa.
Pido perdón por haber usado ejemplos aleatorios sobre tecnología, pero quería hacer explícito que para entender cómo de importantes son y que consecuencias pueden tener en la sociedad hay que conocerlos bien. Esos avances tecnológicos se meten en nuestra vida, y como ejemplo de su importancia solo hay que analizar cómo impactó en nuestro tiempo el escándalo de Cambridge Analytica.
Esta era una empresa que utilizaba los datos de los ciudadanos de un país para hacer propaganda dirigida en campañas democráticas, haciendo uso de técnicas de Big Data para generar “insights” de cada ciudadano y Fake-News dirigidas contra cada individuo para modificar la intención de voto. En su web, la empresa decía que tenía entre 2.000 y 3.000 datos de cada uno de los 230 millones de ciudadanos de Estados Unidos. Y de cada país donde operó otro tanto.
Dos o tres mil datos de cada ciudadano en una sola plataforma permite realizar un perfilado ajustado de la situaci ón personal de cada uno para saber cuál es la propaganda con noticias falsas más acertada, que va a mover su posición ideológia un 1% hacia el lado deseado. Solo un 1% de 230 millones de personas, es un cambio enorme en un país, que puede decantar una elección.
La realidad es que aquellos que desean cambiar un comportamiento de forma masiva en un país lo saben. Estos se van a comportar como anunciantes, y basta con que se vayan a las grandes plataformas de las redes sociales, seleccionen una muestra de usuarios objetivos y le digan a estas plataformas:
“Eh, muéstrale mi vídeo, noticia o mi fake-news a todos los usuarios que sean similar a este”.
Esto ha llevado a que los países en los que la sociedad se educa por los “memes” en WhatsApp, contenido en redes sociales como F acebook o Twitter, acaben yendo a la radicalización. Y nos ha pasado en Europa y pasa aquí, en América.
Países que se dividen y que radicalizan sus posiciones porque todos sienten que tienen razón. Las redes sociales se encargan de rodear a cada persona de una realidad llena de razones y verdades para reafirmarle en el color de su posición.
Decía el expresidente Barack Obama en su última visita a Madrid que antes dos políticos discutían sobre si algo que sucedía era bueno o malo, pero que hoy en día dos políticos discutían sobre si estaba sucediendo algo o no.
Y es que estas plataformas que tienen tantos datos de los ciudadanos de un país, y lo más importante, que tienen esos datos en sistemas accionables - es decir, en los que se pueden automatizar acciones po r medio del conocimiento que se extrae de esos datos - deben tener una responsabilidad extra.
Porque la tecnología debe hacer que la vida de las personas sea mejor. Un avance tecnológico no puede significar que las personas, todas ellas o una sola, no sea tomada en cuenta, y sufra por esa tecnología una disminución de sus derechos, libertades o capacidad para vivir su vida.
Un sistema informático de cualquier empresa que guarda los datos de personas debe ser garante de su privacidad, porque si no lo hace, todos aquellos que se vean afectados por una posible fuga de información, o una brecha de seguridad, pueden sufrir directamente en el devenir de su vida.
Puede hacer que su vida sea mucho peor solo por eso. Ya hemos visto en el pasado como una fuga de datos de una empresa ha llegado a truncar la vida de seres humanos. Perdiendo amigos, trab ajo, siendo infelices, sufriendo extorsiones, o llegando a quitarse la vida.
Pero la seguridad y la privacidad de la información de las personas no es el único punto en el que la tecnología nos afecta.
Tenemos una intensificación de tecnología tal, que para las personas es difícil llegar a entender cómo ésta le afecta en su día a día, y si realmente lo que está viviendo es consecuencia de algo que proviene de un mal uso de la tecnología.
Hoy en día sufrimos una catalogación constante de todos nuestros actos y de nosotros mismos. Cada cosa que hacemos cerca de la tecnología sirve para clasificarnos.
Es como si fuéramos a tomar café todos los días a un bar, y el camarero, que ya sabe mucho de nosotros, hiciera c onstantemente una ficha de nuestras conversaciones. De la ropa que llevamos. De lo que leemos. De lo que comentamos. De con quién nos juntamos. Y todos esos datos fueran analizados y compartidos por todo el mundo.
De una forma similar los programas que se utilizan en plataformas de Big Data mediante algoritmos de Machine Learning están generando “insights” o “conocimiento” sobre las personas en función de lo que hacen, leen, de cómo lo hacen, de cuánto tiempo pasan escribiendo, en la web, o cuál ha sido su actividad completa en cualquier sistema informático.
Este conocimiento se utiliza para hacer que la publicidad sea más dirigida, que la recomendación de la película que te hacen sea más acertada, que la propuesta de viaje que te ofrecen sea más efectiva, y, por ende, que los negocios generen riqueza más rápidamente para las empresas.
El negocio consiste en conocer bien a las personas, y etiquetarlas, a través de la tecnología para poder dar servicios más acertados e influir en su comportamiento. Influir en las acciones futuras de esas personas. Hacer que compren algo. Que piensen algo. Que usen algo.
No, no me toméis esto mal. Estoy lejos de tener una visión negativa del uso de los “insights”, y me gusta ir al bar que mejor me conocen, y estar con las personas que más saben de mí. Mis amigos, mi familia, mis compañeros.
Ellos saben mucho de mí. Pero utilizan todos esos datos que tienen para mi bien, y hacen que mi vida sea mejor. Saben cómo hacerme reír, cómo animarme cuando estoy triste, o qué plan proponerme para un fin de semana.
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