Cuando una app no es para siempre
Piensa en una app de reserva de hotel: cumples tu misión, reservas, ¡listo! Ya no debería quedarse ahí metida ocultando notificaciones inútiles o acumulando datos que lo único que hacen es aumentar el riesgo de privacidad. Hay quien llama a ese momento de salida bien ejecutada “offboarding”, que va más allá de borrar el ícono: implica eliminar credenciales, configuraciones y datos personales. Ocultar o complicar este paso no es ético, y en muchos lugares ya es un derecho llamado “ser olvidado”, respaldado por leyes como el artículo 17 del RGPD en Europa.
Transparencia que empodera al usuario
Una app ética no solo debería facilitar que la elimines, sino darte control real sobre tus datos: revisar qué recopila, cerrar permisos fácilmente, borrar aquello que ya no quieres compartir. Es un enfoque que coloca al usuario en el centro, no en medio de trampas de diseño.
¿Dónde encaja la ética en todo esto?
El diseño digital también necesita una mirada ética, no basta con lo funcional o lo bonito: hay que volcarse en cómo afecta al usuario y qué implica desde un punto de vista moral. Tener presente el “para qué” de cada característica, no solo el “cómo”, es parte de ese enfoque.
Mi punto de vista… y el tuyo también
Yo creo que las apps deberían ser más como un asistente educado: aparece cuando lo necesitas y se retira cuando ya no. Nada de dejar rastros innecesarios. Este tipo de diseño respeta tu tiempo, tu memoria y, sobre todo, tu privacidad. ¿No te suena bien una relación así con tus apps?
Hoy en día, muchos se sienten atrapados por notificaciones, permisos confusos y datos que no sabían que estaban compartiendo. Tener apps que saben irse no solo mejora tu tranquilidad: reeduca el ecosistema hacia una tecnología más humana.
☞ El artículo completo original de Juan Diego Polo lo puedes ver aquí
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