28 de agosto de 2025

Del cerebro positrónico al chip Thor: Asimov se hace realidad


Recuerdo perfectamente cuando leí por primera vez Yo, robot de Isaac Asimov. Era apenas un niño, pero aquello me impactó tremendamente. No era un libro de aventuras espaciales ni una simple sucesión de relatos de ciencia ficción: era un espejo en el que se reflejaba nuestra relación con la tecnología. Asimov no describía robots como latas con tuercas, sino máquinas inteligentes que convivían con los humanos y que, en ocasiones, nos desbordaban con sus dilemas éticos y lógicos.

La obra, publicada en 1950, reúne una serie de relatos que giran en torno a las Tres Leyes de la Robótica, formuladas por Asimov para que esos seres artificiales no se volvieran en contra de sus creadores. La primera prohibía dañar a un ser humano o permitir, por inacción, que sufriera daño. La segunda obligaba a obedecer las órdenes de los humanos, salvo que entrasen en conflicto con la primera. La tercera imponía la autopreservación, siempre subordinada a las dos anteriores. Aquellas leyes, aunque literarias, siguen siendo hoy un referente cuando hablamos de ética en la inteligencia artificial.

El corazón de esos robots era el cerebro positrónico, un término inventado por Asimov que evocaba un entramado de rutas subatómicas capaz de emular el funcionamiento de un cerebro humano. Ese “positrónico” no respondía a una base científica real, sino que era una metáfora para un procesador lo bastante complejo y flexible como para aprender, equivocarse y adaptarse. La clave era esa: no eran máquinas rígidas, sino mentes artificiales.

Setenta años después, la realidad empieza a rozar la ficción. Nvidia acaba de presentar el Jetson Thor T5000, un chip diseñado para convertirse en el cerebro de la próxima generación de robots humanoides. Con más de 2.000 TFLOPS de potencia y una arquitectura optimizada para modelos de inteligencia artificial generativa, este procesador es capaz de integrar en tiempo real la información de cámaras, micrófonos y sensores, y tomar decisiones en milisegundos. Dicho de otro modo: se parece mucho a lo que Asimov imaginó como cerebro positrónico, aunque en lugar de positrones use silicio y transistores.

La compañía lo ha acompañado de un modelo fundacional llamado GR00T, que permite a un robot aprender observando a un humano ejecutar una tarea. En los relatos de Asimov, los robots no necesitaban que alguien les programara línea por línea; bastaba con que interactuasen con el mundo para adquirir nuevas habilidades. Esa es exactamente la promesa de Nvidia: androides que aprenden por imitación y generalizan lo aprendido a situaciones nuevas.

Los paralelismos son inevitables: un cerebro centralizado que coordina los sentidos, tiene capacidad de aprendizaje flexible y la posibilidad de insertarse en cuerpos humanoides fabricados por distintas compañías, desde Tesla hasta Boston Dynamics. U.S. Robots & Mechanical Men. Parecía pura ciencia ficción, y sin embargo empieza a hacerse realidad.

La gran diferencia es que Nvidia no graba a fuego las Tres Leyes en sus chips. La seguridad y la ética quedan en manos del software, de los desarrolladores y de la regulación. Asimov entendió que sin un marco moral, la tecnología podía convertirse en un arma de doble filo. Hoy, cuando se habla de “alineación de la inteligencia artificial” —es decir, el esfuerzo por hacer que las máquinas respeten valores humanos— y de “modelos constitucionales” —sistemas que se entrenan con un conjunto de principios éticos escritos como una especie de constitución— en el fondo se trata de la misma preocupación que planteaba Asimov: cómo garantizar que una máquina poderosa no actúe contra nosotros.

Quizás lo más asombroso de todo esto no es que un chip alcance los 2.07 billones de operaciones por segundo (millones de millones), sino comprobar cómo las intuiciones de un escritor de mediados del siglo XX siguen guiando la manera en que pensamos nuestro futuro tecnológico. La ciencia ficción de ayer es el manual de advertencias de hoy.



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