13 de septiembre de 2025

Las rocas marcianas que podrían reescribir la historia de la vida

El rover Perseverance acaba de entregarnos uno de los descubrimientos más intrigantes en la exploración de Marte. Un estudio publicado en Nature el 11 de septiembre de 2025 revela que las rocas del cráter Jezero contienen características mineralógicas y químicas que encajan perfectamente con lo que esperaríamos encontrar si hubiera existido vida microbiana hace 3.700 millones de años.

Los datos son sólidos y vienen directamente de la NASA, así que analicemos qué han encontrado realmente y por qué es tan relevante para nuestra comprensión de la vida en el universo.

El cráter Jezero no es un lugar cualquiera. Hace miles de millones de años, cuando Marte aún tenía atmósfera densa y agua líquida, este era el sitio de un gran lago conectado a ríos que formaban un sistema deltaico. Perseverance lleva años estudiando las rocas sedimentarias depositadas en este ambiente acuático, y las muestras de la formación «Bright Angel» están contando una historia fascinante.

Estas lutitas – rocas sedimentarias formadas por partículas microscópicas de arcilla y limo depositadas en ambientes acuáticos tranquilos – contienen materia orgánica detectada mediante espectrometría Raman, una técnica que identifica moléculas por sus vibraciones características. Pero lo realmente llamativo son los minerales que las acompañan: vivianita y greigite, dos compuestos de hierro que en la Tierra se forman típicamente en ambientes donde prosperan microorganismos específicos.

La vivianita es un mineral verde azulado que contiene hierro y fósforo, pero solo se forma bajo condiciones muy específicas: necesita un ambiente prácticamente sin oxígeno y hierro en una forma química particular. En la Tierra, esto ocurre típicamente cuando ciertos microorganismos usan materia orgánica como alimento y, en el proceso, alteran químicamente el hierro del entorno para obtener energía.

La greigite es incluso más reveladora. Este mineral negro que contiene hierro y azufre se forma cuando bacterias especializadas procesan sulfatos (sales comunes en ambientes acuáticos) para alimentarse, liberando compuestos de azufre que reaccionan con el hierro disponible. Es como una firma química dejada por microorganismos que vivieron hace miles de millones de años.

Los instrumentos PIXL y SHERLOC del rover han detectado estas características en pequeños nódulos de 100-200 micrómetros dispersos por las lutitas, junto con «frentes de reacción» que muestran cambios de color distintivos en las rocas. Estos frentes tienen núcleos menos oxidados rodeados de bordes ricos en hierro y fósforo, exactamente el patrón que observamos en sedimentos terrestres donde microorganismos han alterado la química de las rocas.

La distribución espacial de estos minerales es particularmente sugerente. No están concentrados en capas que indicarían transporte y deposición como granos, sino dispersos de manera que sugiere formación in situ después de la deposición del sedimento. Esto encaja con procesos diagenéticos tempranos donde microorganismos colonizaron los sedimentos y alteraron su química.

Los análisis químicos revelan otro detalle importante: existe una correlación inversa entre el grado de oxidación de las rocas y la abundancia de estos minerales ferro-reductores. Las muestras menos oxidadas (con más hierro ferroso) contienen más vivianita y greigite, mientras que las más oxidadas prácticamente no los tienen. Esto es exactamente lo que esperaríamos si microorganismos estuvieran consumiendo materia orgánica y reduciendo hierro y sulfato en el proceso.

Los investigadores también han considerado cuidadosamente las explicaciones abióticas (procesos puramente químicos sin intervención de seres vivos). Los compuestos orgánicos pueden, en principio, reducir hierro y sulfato sin intervención biológica. Pero estos procesos enfrentan limitaciones cinéticas significativas a las bajas temperaturas que caracterizaron el ambiente sedimentario de Jezero. La reducción abiótica de sulfato, en particular, es extremadamente lenta por debajo de 150-200°C, y no hay evidencia de que estas rocas alcanzaran tales temperaturas.

Las implicaciones van más allá de la simple detección de minerales. La presencia simultánea de materia orgánica, minerales ferro-reductores y texturas diagenéticas específicas forma un conjunto coherente de características que en la Tierra asociamos inequívocamente con actividad microbiana. Encontrar esta misma combinación en rocas marcianas de 3.7 mil millones de años no es coincidencia trivial.

Por supuesto, el estándar para afirmar detección de vida antigua es extraordinariamente alto, y los propios autores reconocen que sus datos constituyen «potenciales biosignaturas» que requieren análisis adicionales en laboratorios terrestres para confirmación definitiva. La distinción es importante pero no invalida la robustez de sus observaciones.

La muestra «Sapphire Canyon» recolectada de esta formación será eventualmente analizada en la Tierra con instrumentos imposibles de transportar a Marte, aunque la misión Mars Sample Return, la misión encargada de recolectar estas muestras y traerlas de vuelta a la Tierra, enfrenta desafíos importantes de presupuesto y calendario. NASA está rediseñando la arquitectura de la misión después de que los costos escalaran a 11 mil millones de dólares, y ahora considera dos opciones que podrían traer las muestras entre 2035 y 2039 por un costo de 5.5 a 7.7 mil millones de dólares. Si se concreta, podremos estudiar isótopos de carbono que distinguen entre procesos biológicos y abióticos, buscar biomarcadores moleculares específicos, y examinar texturas microscópicas que revelaran firmas celulares si las hay.

Mientras tanto, estos datos de Perseverance representan la evidencia más sólida hasta la fecha de que Marte primitivo no solo era habitable, sino que probablemente estuvo habitado. No es la confirmación definitiva que todos esperamos, pero es un paso enormemente significativo hacia esa respuesta.

El contexto geológico refuerza la plausibilidad biológica. Estas rocas se depositaron en un lago que existió durante millones de años con condiciones relativamente constantes durante el Noáquico tardío, cuando Marte tenía un clima que habría permitido ecosistemas microbianos. La química del agua era apropiada para la vida tal como la conocemos, con pH moderado y salinidad baja inferida de la presencia de yeso y bassanita.

La ciencia avanza paso a paso, y este es un paso largo hacia adelante. Los datos de Perseverance nos dan razones sólidas para pensar que la vida pudo haber surgido independientemente en Marte hace miles de millones de años. Si se confirma, significaría que la vida no es un accidente único de la Tierra, sino un fenómeno potencialmente común en planetas con las condiciones apropiadas.

La pregunta ya no es tanto si pudo haber vida en Marte, sino si estos datos específicos proporcionan evidencia convincente de que la hubo. Los próximos análisis en laboratorios terrestres nos darán esa respuesta definitiva, pero por primera vez tenemos motivos genuinamente sólidos para ser optimistas sobre lo que podrían revelarnos.



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