12 de septiembre de 2025

Microondas que controlan tu mente: ¿ciencia ficción o paranoia digital?

Son las tres de la madrugada y ahí estás, dando vueltas en la cama como un pollo en el horno, cuando de repente te viene a la cabeza un hilo de X que leíste en la mañana en el que se aseguraba que los gobiernos disponen de armas de microondas para el control mental, y que en ocasiones producen insomnio en sus objetivos. ¿Habrá alguien al lado de tu casa apuntándote con un arma de microondas, o será tu mujer que se está preparando una infusión muy caliente? Parece una chorrada, pero hay miles de personas compartiendo estas publicaciones con la convicción de quien ha descubierto el secreto mejor guardado de la humanidad.

La idea suena tan descabellada que casi da risa, pero la verdad es que tiene sus raíces en hechos reales de la Guerra Fría que, con el tiempo, se han ido distorsionando hasta convertirse en el combustible perfecto para las teorías conspirativas más delirantes. Todo empezó en 1962, cuando Allan Frey, un neurocientífico que trabajaba en el Centro Avanzado de General Electric en la Universidad de Cornell, se encontró con un técnico que le juraba que podía escuchar sonidos emitidos por un radar. Frey, que era un científico serio y no alguien dispuesto a descartar testimonios sin investigar, se puso manos a la obra y descubrió algo fascinante: efectivamente, ciertas frecuencias de microondas podían generar sensaciones auditivas directamente en el cerebro humano.

Este fenómeno, que ahora conocemos como el «efecto Frey», funciona porque las microondas producen una expansión termoelástica mínima en partes del oído interno, generando ondas de presión que el cerebro interpreta como sonidos. Estamos hablando de un aumento de temperatura de apenas 0,00001 grados centígrados, pero suficiente para crear esa sensación de clics, zumbidos o incluso palabras que parecen venir de dentro de la cabeza. Frey publicó sus hallazgos en el Journal of Applied Physiology en 1962, estableciendo las bases científicas de un fenómeno que había sido reportado por primera vez por trabajadores de radar durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, la ciencia no respaldaba estas teorías conspiranoicas. En marzo de 2024, los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos publicaron los estudios más exhaustivos hasta la fecha sobre el Síndrome de La Habana, examinando a 81 personas afectadas y comparándolas con grupos de control sanos. Los resultados fueron contundentes: no encontraron diferencias significativas en los escáneres cerebrales ni evidencia alguna de lesiones cerebrales causadas por armas electromagnéticas. Los síntomas eran reales y debilitantes, pero no había pruebas de que fueran causados por microondas dirigidas.

Más revelador aún fue que en agosto de 2024, el propio NIH tuvo que cancelar su investigación después de descubrir que algunos participantes habían sido coaccionados para formar parte del estudio, probablemente por sus propias agencias. La comunidad de inteligencia estadounidense había llegado ya en 2023 a la conclusión de que era «muy improbable» que un adversario extranjero fuera responsable de los incidentes reportados. Incluso una investigación periodística de 2024 que apuntaba a la unidad militar rusa 29155 (grupo de élite de la inteligencia militar rusa) como posible responsable no pudo aportar evidencia científica sólida, solo correlaciones y testimonios anecdóticos.

Mientras tanto, en internet, estas conclusiones científicas se han convertido en combustible para teorías aún más elaboradas. Los conspiranoicos argumentan que el gobierno está ocultando la verdad sobre las armas de microondas, que las redes 5G son en realidad sistemas de control mental masivo, y que dispositivos basados en el efecto Frey están siendo usados para manipular a la población. En grupos de Telegram y foros especializados circulan instrucciones para construir «detectores de microondas» caseros y «jaulas de Faraday» hechas con papel de aluminio para protegerse de los supuestos ataques.

La realidad es mucho más prosaica y, en cierto modo, más tranquilizadora. Las microondas que usa tu horno para calentar la comida operan a unos 600-1200 vatios, suficientes para hacer hervir agua rápidamente. Las antenas de telefonía 5G, que tanto preocupan a los teóricos de la conspiración, emiten entre 10 y 20.000 vatios, pero esa energía se dispersa en un área cada vez mayor conforme te alejas de la antena. A una distancia normal de 10 a 100 metros, la potencia que te alcanza está entre 200.000 y 250.000 veces por debajo de la de tu microondas casero. Es físicamente imposible que causen efectos de control mental.

Para que el efecto Frey funcione de manera práctica, necesitas equipos enormes, condiciones muy específicas y, fundamentalmente, que la persona esté muy cerca de la fuente de emisión. Los experimentos originales de Frey requerían que los sujetos estuvieran a unos pocos metros del transmisor, y aún así solo producían clics o zumbidos básicos, no control mental complejo. La idea de que se pueda «reprogramar» un cerebro humano con microondas es, simplemente, ciencia ficción.

¿Entonces por qué estas teorías siguen proliferando? Pues ya lo he explicado muchas veces. Las teorías conspirativas ofrecen explicaciones simples para problemas complejos, y en una época de desconfianza hacia las instituciones, es más fácil creer que tu insomnio se debe a un complot gubernamental que aceptar que viene de ver películas de Netflix hasta las cuatro de la mañana. Además, el hecho de que existan investigaciones militares reales sobre estos temas (como el Proyecto Pandora o las patentes desclasificadas de armas no letales) proporciona suficiente base real para construir castillos en el aire.

Los psicólogos han identificado que las personas que reportan «experiencias de control mental» electromagnético suelen mostrar patrones comunes: aislamiento social, creencias delirantes preexistentes, y una tendencia a atribuir síntomas físicos normales (dolores de cabeza, fatiga, problemas de sueño) a causas externas y malévolas. En España, por ejemplo, existe una asociación llamada VIACTEC que agrupa a poco más de un centenar de personas que se sienten víctimas de «tortura electromagnética», muchas de las cuales han puesto denuncias infructuosas ante la policía. Aunque no lo creas, hay gente para todo.

El Síndrome de La Habana, que podría tener explicaciones mucho más mundanas como estrés postraumático, causas psicosomáticas, o incluso envenenamiento por pesticidas (una teoría que ha ganado fuerza recientemente), se ha convertido en el Moby Dick de los conspiranoicos de las microondas. Cada nuevo estudio que descarta las armas electromagnéticas es interpretado como evidencia del encubrimiento, cada testimonio ambiguo se convierte en prueba irrefutable, y cada avance tecnológico en comunicaciones se ve como un paso más hacia el control mental masivo.

Lo cierto es que si las microondas realmente controlaran nuestras mentes, probablemente nos obligarían a hacer cosas más útiles que quedarnos despiertos scrolleando en el móvil hasta las tantas. Pero la realidad es que nuestros cerebros son lo suficientemente capaces de traicionarnos sin ayuda externa: basta con el algoritmo de TikTok, la dopamina de los likes y la serotonina de las compras online para mantener a la mayoría de la población perfectamente distraída y manipulada, sin necesidad de armas secretas de microondas.



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