
Un objeto de 710 metros de diámetro —casi medio kilómetro— no suele pasar desapercibido, pero este lo ha hecho por un motivo poco habitual: su rotación. El asteroide bautizado como 2025 MN45 completa una vuelta sobre sí mismo en menos de dos minutos, un ritmo que lo convierte en el asteroide de más de 500 metros que gira más rápido detectado hasta ahora. La noticia la difundió Scientific American a partir de resultados presentados en la reunión anual de la American Astronomical Society y publicados en Astrophysical Journal Letters.
Para imaginarlo, piensa en una noria de feria del tamaño de una montaña pequeña. Si la haces girar tan rápido como una batidora, lo normal sería que algo cediera: tornillos, estructura, uniones. En el espacio, la física es igual de estricta. Que un cuerpo tan grande soporte esa velocidad dice mucho sobre su “arquitectura” interna.
Por qué girar tan rápido es un problema físico
Cuando un asteroide gira, la fuerza centrífuga “tira” de su material hacia fuera. Si el objeto es un conglomerado suelto, como un saco de grava, llega un momento en que se desmorona: los fragmentos pierden cohesión y se dispersan. Por eso, en astronomía se habla a menudo de un tipo de límite práctico para muchos asteroides grandes, relacionado con su capacidad para mantenerse unidos si están formados por material poco compacto.
Lo interesante de 2025 MN45 es que, por tamaño, debería estar especialmente penalizado. No estamos hablando de una roca de decenas de metros, sino de cientos. A escalas así, la gravedad propia del asteroide cuenta, pero no siempre basta para actuar como “pegamento” si la estructura interna es muy porosa. Que este objeto aguante un giro tan extremo sugiere que su interior no se comporta como un simple montón de escombros.
¿Roca sólida o “montón de escombros”?
Una de las frases más reveladoras que acompañan el hallazgo viene de Sarah Greenstreet, astrónoma asistente en NOIRLab: si gira tan rápido y no se rompe, “debe estar hecho de un material con una resistencia muy alta”. Traducido a algo cotidiano, sería la diferencia entre intentar girar una galleta compacta y un puñado de arena húmeda: la arena se deshace, la galleta aguanta… hasta que la fuerzas demasiado.
Durante años, una idea muy extendida es que muchos asteroides son “rubble piles” o asteroides de escombros, una mezcla de roca, polvo, hielo y fragmentos, mantenidos por una gravedad débil y contactos entre granos. Si 2025 MN45 se aleja de ese patrón, podría parecerse más a un bloque rocoso relativamente cohesionado, algo que, según se destaca en la comunicación de NOIRLab y colaboradores, resulta sorprendente para un objeto de este tipo.
Esta diferencia no es un detalle de laboratorio: cambia la forma en que interpretamos su historia. Un cuerpo muy cohesionado puede ser el trozo desprendido de un objeto mayor que se fracturó, o un remanente que evitó convertirse en “escombrera” tras impactos. Un cuerpo suelto, en cambio, suele contar una biografía de golpes y recombinaciones, como si el Sistema Solar hubiera jugado con él a construir y reconstruir.
El papel del Observatorio Vera C. Rubin y la astronomía “en modo ráfaga”
El hallazgo se atribuye al Observatorio Vera C. Rubin, ubicado en Chile, una instalación diseñada para observar el cielo con una cadencia altísima. En vez de mirar un objeto durante horas de forma continua, su enfoque es tomar “fotos” repetidas del firmamento, detectando cómo cambian las cosas con el tiempo. Es el tipo de estrategia que permite descubrir variaciones de brillo rápidas, justo lo que delata que un asteroide está girando a toda velocidad: al rotar, su superficie refleja luz de manera distinta, como una linterna que te apunta y se aparta rítmicamente.
Según la información difundida junto al anuncio, el Rubin se prepara para un sondeo de 10 años en el que captará imágenes de la bóveda celeste cada pocos días y generará cantidades gigantescas de información, del orden de decenas de terabytes por noche. Aquí la metáfora útil es la de una cámara de seguridad del tamaño de un planeta: no busca una única foto perfecta, busca una película completa del cielo.
En esa línea, Regina Rameika, responsable asociada de Física de Altas Energías en el Departamento de Energía de EE. UU., subrayó que este tipo de descubrimientos salen de la capacidad del observatorio para producir datos de alta resolución “dependientes del tiempo”, empujando lo que era observable hasta ahora. Dicho sin tecnicismos: cuando miras el cielo lo bastante rápido y lo bastante a menudo, aparecen comportamientos que antes se te escapaban.
Diecinueve gigantes veloces: el récord no viene solo
Otra pieza clave es que 2025 MN45 no aparece aislado. El mismo trabajo reporta 19 asteroides grandes de rotación rápida identificados con el telescopio. Esto importa porque un récord por sí solo puede ser una rareza; un grupo indica que hay una población que merece explicación.
Si piensas en coches, no es lo mismo encontrar un vehículo que “por algún motivo” corre muchísimo, que descubrir que existe toda una familia de modelos diseñados para ello. En ciencia, una muestra mayor permite comparar tamaños, ritmos de giro y pistas de composición, separando lo excepcional de lo representativo.
Qué nos puede contar sobre el origen del Sistema Solar
El interés de medir tamaño, velocidad de giro y composición no es simple curiosidad deportiva. Los asteroides son, en cierto sentido, archivos físicos del pasado: materiales que quedaron como sobrantes de la formación planetaria. Entender si un objeto es compacto o un agregado suelto ayuda a reconstruir cómo han actuado los impactos, la radiación solar y las fuerzas gravitatorias durante miles de millones de años.
Una hipótesis que suele entrar en juego cuando hablamos de cambios de rotación es el llamado efecto YORP, un empujón minúsculo pero constante debido a cómo un objeto irregular absorbe y reemite luz solar. Con el tiempo, ese empujón puede acelerar o frenar el giro. Si un asteroide termina girando demasiado deprisa, su estructura decide el final de la historia: se fragmenta, se reconfigura o resiste. En ese sentido, 2025 MN45 funciona como una prueba de estrés natural. Si aguanta, obliga a replantear cuánta cohesión pueden tener algunos cuerpos grandes.
Los datos presentados por equipos de NOIRLab, el SLAC National Accelerator Laboratory y colaboradores, con publicación en Astrophysical Journal Letters, encajan en esa idea: estudiar estos “girocópteros” cósmicos puede revelar pistas sobre su formación y, por extensión, sobre la arquitectura temprana del Sistema Solar.
Lo que viene con un sondeo de 10 años
La promesa del Rubin no es solo encontrar un asteroide que bate récords, sino convertir este tipo de hallazgos en rutina científica. Con observaciones repetidas y masivas, se podrán detectar más objetos de rotación extrema, ver si hay patrones por familias o regiones del cinturón de asteroides, y relacionar su comportamiento con propiedades observables desde la Tierra.
También es un recordatorio de cómo cambia la astronomía cuando la pregunta deja de ser “¿qué hay ahí?” y pasa a ser “¿cómo se comporta con el tiempo?”. Un asteroide que gira en menos de dos minutos no necesita un telescopio que mire más profundo; necesita un telescopio que mire más rápido. 2025 MN45 es, por ahora, la señal más llamativa de que esa era de “astronomía en vídeo” está a punto de coger velocidad.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí
