21 de enero de 2026

Un hallazgo insólito bajo la arena de Arabia Saudí

guepardo

En una red de cuevas del norte de Arabia Saudí, cerca de la ciudad de Arar, un equipo de investigadores ha encontrado algo que parece sacado de una vitrina de museo: siete guepardos con tejidos conservados de forma excepcional, junto a los restos óseos de decenas de ejemplares más. No se trata de momias “preparadas” por manos humanas al estilo egipcio, sino de un caso raro de momificación natural en grandes mamíferos. La noticia describe un conjunto de hallazgos que va mucho más allá de lo llamativo: abre una ventana concreta al pasado de una especie desaparecida de la península arábiga desde hace décadas.

Cuando el desierto actúa como deshidratador

La momificación natural es, en esencia, una carrera contra el tiempo. Para que un cuerpo no se descomponga, el entorno tiene que frenar a bacterias, hongos e insectos; también debe impedir que carroñeros y depredadores lo desarmen pieza a pieza. En glaciares, turberas o arenas extremadamente secas pueden darse las condiciones adecuadas. En estas cuevas, los autores del estudio apuntan a un cóctel muy particular: sequedad, oscuridad y temperaturas relativamente estables, un tipo de “nevera” sin electricidad que no congela, pero sí deseca. El resultado se parece a lo que ocurre con una fruta cuando se convierte en pasa: pierde agua, se encoge y se endurece, mientras conserva rasgos reconocibles.

Las descripciones publicadas muestran ojos velados, extremidades retraídas y piel reseca, rasgos que han sorprendido incluso a especialistas externos consultados en la cobertura periodística. En grandes mamíferos, esa integridad es poco frecuente porque el tamaño juega en contra: más masa, más tiempo para que la descomposición avance, más olor para atraer oportunistas.

Siete momias y un “cementerio” de guepardos

El recuento impresiona por sí solo: siete individuos con tejidos preservados y los esqueletos de otros 54 guepardos recuperados en el mismo sistema de cuevas. Las dataciones sitúan los restos a lo largo de un arco temporal amplio: desde épocas relativamente recientes —alrededor de 130 años— hasta más de 1.800 años. Es como encontrar, en un mismo archivo, páginas escritas con tinta moderna y pergaminos mucho más antiguos, todos guardados en el mismo cajón.

El estudio combina técnicas de datación, análisis radiográficos y observación anatómica para estimar edades y estados de los animales. Ese enfoque importa porque ayuda a responder una pregunta básica: ¿estamos ante un evento puntual (una catástrofe, por ejemplo) o ante un uso recurrente del lugar durante generaciones? La dispersión temporal sugiere lo segundo: las cuevas no “recibieron” a los guepardos una sola vez, sino que formaron parte de su paisaje durante mucho tiempo.

El gran giro: recuperar ADN antiguo de grandes felinos

La parte más valiosa no es solo lo que se ve, sino lo que todavía está escrito en el interior de esos cuerpos. Los investigadores consiguieron extraer y secuenciar ADN antiguo a partir de tejidos preservados, algo especialmente relevante porque no es habitual obtener material genético utilizable de grandes felinos en condiciones naturales. Es, literalmente, un pasaporte biológico: permite comparar aquellos guepardos con poblaciones actuales y reconstruir parentescos.

Los resultados señalan afinidades con linajes hoy asociados al guepardo asiático y a poblaciones del noroeste de África, lo que encaja con la idea de que la península arábiga fue, históricamente, una zona de conexión biogeográfica entre continentes, no una “isla” aislada. Esto no significa que vayan a “volver” exactamente los mismos animales, pero sí que la genética ofrece pistas sobre qué subpoblaciones podrían estar mejor adaptadas a ambientes áridos similares si se plantean proyectos de reintroducción con rigor.

¿Por qué había tantos en una cueva?

La ciencia también convive con el misterio, y aquí hay uno grande: ¿qué hacían tantos guepardos en cuevas? La explicación más sencilla es que fueran madrigueras o refugios usados por hembras para criar, una hipótesis mencionada por los investigadores y compatible con un uso repetido a lo largo del tiempo. Un lugar con sombra y temperatura más estable puede ser, para un cachorro, lo que una casa fresca en agosto: un alivio que marca la diferencia.

Otra posibilidad es que el sistema de cuevas actuara como trampa natural o punto de riesgo. Sin forzar conclusiones, conviene recordar que las cavidades pueden convertirse en zonas de caída o encierro para animales, o en lugares donde los restos se acumulan por dinámicas complejas. El propio estudio subraya que aún no se conoce con certeza el mecanismo exacto de conservación ni el motivo del agrupamiento. Esa prudencia es clave: cuando un hallazgo es tan raro, la tentación de construir una historia cerrada es alta, pero los datos todavía no la sostienen del todo.

Lo que cuenta este hallazgo sobre la desaparición regional del guepardo

Que hoy no haya guepardos en la península arábiga no significa que siempre fuera así. La especie llegó a ocupar una fracción enorme de África y partes de Asia, y su contracción ha sido drástica: pérdida de hábitat, disminución de presas, conflictos con humanos y caza no regulada aparecen como factores recurrentes. Cuando una especie se queda “arrinconada” en pequeños parches, es como si una ciudad pasara de tener muchas rutas de transporte a depender de una sola carretera: cualquier problema la deja incomunicada.

El valor de estas momias es que ofrecen evidencia directa, localizada y fechada de la presencia de guepardos en un territorio del que se habían desvanecido. No es un relato basado en crónicas o suposiciones: son cuerpos y genomas que se pueden medir, comparar y volver a analizar a medida que mejoren las técnicas.

Implicaciones reales para conservación y posibles planes de reintroducción

La palabra “reintroducir” suena sencilla, como si bastara con soltar animales y cruzar los dedos. En la práctica, un proyecto serio de reintroducción funciona más como rehacer un ecosistema que como repoblar un parque. Necesitas hábitat continuo, presas suficientes, control de amenazas, aceptación social y un plan genético que evite introducir individuos mal adaptados o con diversidad insuficiente. Aquí el ADN antiguo ayuda porque pone límites a la improvisación: si el pasado genético del lugar se parece más a ciertos linajes, se puede debatir con más base qué estrategias tendrían sentido y cuáles serían un gesto simbólico sin futuro.

También hay una lectura indirecta: si estas cuevas conservaron tejidos durante tanto tiempo, podrían existir otros yacimientos similares en regiones áridas, con información biológica útil para comprender cómo cambiaron las poblaciones animales con el clima y la presión humana. Es una invitación a mirar el desierto no como un “vacío”, sino como un archivo natural que guarda documentos frágiles.

Preguntas abiertas: ciencia que avanza con cautela

Quedan piezas por encajar. Saber si las cuevas fueron refugio, trampa o incluso un lugar con algún tipo de interacción humana antigua requiere más excavaciones, más contexto arqueológico y más datos ambientales. También será importante comparar estos genomas con bases de datos más amplias de guepardos actuales y pasados para afinar parentescos y rutas de dispersión. La historia que emerge es potente, sí, pero su fuerza está en los detalles verificables: fechas, huesos, tejidos, secuencias genéticas.


La noticia Un hallazgo insólito bajo la arena de Arabia Saudí fue publicada originalmente en Wwwhatsnew.com por Natalia Polo.


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Llevamos desde 1945 contándonos que hay que beber "dos litros de agua al día". La ciencia tiene claro que no es así

Llevamos desde 1945 contándonos que hay que beber "dos litros de agua al día". La ciencia tiene claro que no es así

Una de las reglas más populares en la cultura popular de la salud, sin duda está en la cantidad de agua que hay que beber al día. Una cantidad que se ubica en los ocho vasos al día o lo que es lo mismo: la inamovible cifra de dos litros. La vemos en aplicaciones de fitness, en consejos de influencers y la escuchamos repetir como un mantra, pero la realidad es que hay bastante mito detrás de esto

Somos personas diferentes. Una frase muy común dentro de la medicina es precisamente "no hay personas iguales", y ya no solo por el físico externo, sino por todo lo que hay en el interior. Esto obliga a que la medicina vaya enfocándose hacia una idea más individualizada en sus consejos médicos que se tienen que dar, incluidos en la nutrición o el consumo de agua. 

Esto obliga a tener que personalizar la cantidad de agua que cada persona debe consumir, porque no es lo mismo una persona que mide 2 metros y pesa 100 kg con una gran cantidad de músculo que un anciano que tiene un metabolismo mucho más lento. Lógicamente, aquí no se puede establecer el mantra de los dos litros de agua. 

El origen del error. Para entender por qué bebemos (o creemos que debemos beber) tanto, hay que viajar a 1945. Según la revisión clave realizada por el Dr. Heinz Valtin en el American Journal of Physiology 2002, el mito de la regla "8x8", es decir, 8 vasos de 8 onzas para tener casi 2 litros de agua, proviene probablemente de una malinterpretación de una guía del Food and Nutrition Board.

Una guía que indicaba que lo recomendable siempre era tener una ingesta adecuada de 2,5 litros de líquidos al día. Pero la mayoría de la gente ignoró la frase que acompaña a esta recomendación que decía: "la mayor parte de esta cantidad está en los alimentos preparados". 

Lo que dicen las instituciones. Entonces la pregunta es bastante clara: ¿cuánto debemos beber al día? En este caso hay diferentes cifras oficiales, pero que tienen letra pequeña. Uno de los ejemplos lo tenemos en el Panel de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria de 2010 estableció la ingesta adecuada de agua en 2 litros al día para mujeres y 2,5 litros al día para hombres. 

Pero aquí está la clave: la EFSA especifica que esto se refiere a agua total, es decir, la suma de bebidas más alimentos. Y es que son muchos los platos que cuentan con una gran cantidad de agua, como por ejemplo una sopa, aunque también las frutas tienen mucha agua en su interior. 

Incluso en Estados Unidos. Si nos pasamos a las recomendaciones hechas en el Instituto of Medicine (IOM) de EEUU de 2005, sugiere que las cifras totales de agua deben ser de 2,7 litros al día para mujeres y 3,7 litros al día para hombres. Pero nuevamente, se incluye toda la ingesta dietética que es hace al día y no solo a los vasos de agua del grifo. 

La ciencia más reciente. Si nos venimos más al presente también tenemos estudios científicos que han querido desmontar una cifra fija universal puesta en los dos litros al día. Uno de lo más importante es el publicado en Science en 2022 que utilizó isótopos para medir el recambio de agua en 5.604 personas, y que demostró que las necesidades reales varían enormemente entre las personas. 

Una de las conclusiones que abordaron fue que para la mayoría de las personas en climas templados y con vidas sedentarias, las necesidades reales de ingesta de agua rondan entre los 1,5 y 1,8 litros al día, lejos de las exigencias del marketing del bienestar. 

Y se refuerza. No es un estudio que esté aislado, sino que también en 2022 la revista Scientific Reports, publicó una investigación donde se reforzaba esta idea: predicen ingestas de bebidas necesarias de unos 1,6 L para mujeres y 2,0 L para hombres, siempre dependiendo de factores como la edad, el sexo y la composición corporal.

¿Más agua es mejor? Uno de los argumentos más repetidos por los defensores de la hiperhidratación es que debemos beber "antes de tener sed". La fisiología moderna, respaldada por revisiones científicas y análisis de la osmolaridad urinaria, desmiente este miedo que podemos tener. 

En concreto, el cuerpo humano posee un sistema de osmorregulación extremadamente sensible. Cuando la concentración de solutos en sangre aumenta apenas un 2%, muy por debajo de la deshidratación clínica, el cerebro ya activa la sensación de tener sed y libera la hormona necesaria para comenzar a conservar el agua y que no se 'vaya' por la orina. 

Hay excepciones. A menos que seas un anciano (cuya sensación de sed se atenúa) o un atleta de alto rendimiento en medio de un esfuerzo intenso, beber cuando tienes sed es la estrategia más precisa y validada científicamente para mantener el equilibrio hídrico.

Cuándo hay que beber más agua. Que los "dos litros obligatorios" sean un mito no significa que el agua no sea vital lógicamente. Las revisiones sistemáticas más recientes y otros medios clínicos confirman que aumentar la ingesta de agua tiene beneficios terapéuticos claros en casos muy concretos que no son universales. Estos pueden ser los siguientes: 

  • Tener una piedra en el riñón: aquí si se aplica el "cuanto más, mejor" puesto que aumentar el flujo urinario es clave para prevenir la recurrencia de esta enfermedad. 
  • Infecciones urinarias: un problema que afecta sobre todo a las mujeres, y que requiere de una 'sobrehidratación' para reducir el riesgo de nuevos episodios. 
  • Pérdida de peso: aunque la evidencia es mixta, beber agua puede ayudar a la saciedad y marginalmente, al gasto energético. Aunque no es una solución mágica contra la obesidad. 

Más sentido común. La obsesión por los dos litros es un ejemplo perfecto de cómo una recomendación científica antigua y malinterpretada se convierte en un dogma cultural. La realidad, avalada por décadas de estudios desde Valtin hasta los últimos análisis isotópicos, es que no somos máquinas que necesiten un llenado de tanque fijo cada 24 horas.

De esta manera, las necesidades de agua de nuestro cuerpo son dinámicas. Las necesidades hídricas son dinámicas. Si comes muchas frutas y verduras, trabajas en una oficina con aire acondicionado y no corres maratones a diario, forzarte a beber 2 litros de agua extra, probablemente solo sirva para una cosa: interrumpir tu trabajo para ir al baño más veces.

La situación. De esta manera podemos llegar a entender que una situación como hacer una gran cantidad de ejercicio físico donde se pierda mucha agua a través de la sudoración lógicamente requiere de una mayor reposición de líquidos. Pero si hablamos de una persona sedentaria que no hace mucho en el día a día, lógicamente no será siempre necesario tener una gran ingesta de agua. 

Imágenes | Janosch Lino 

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El “ornitorrinco” del cosmos: Webb detecta galaxias diminutas que no encajan en ninguna categoría

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En astronomía, encontrar algo extraño no siempre exige apuntar el telescopio a un lugar nuevo; a veces basta con volver a mirar con otros ojos lo que ya está guardado. Eso es lo que hizo un equipo de la Universidad de Misuri al bucear en campos extragalácticos observados por el James Webb Space Telescope (JWST) y detectar nueve fuentes tan peculiares que, según su investigador principal, Haojing Yan, recuerdan al animal que desconcertó a los biólogos durante décadas: el ornitorrinco. La comparación no es un guiño simpático sin más; sirve para describir un “combo” de rasgos que, en teoría, no deberían convivir.

Estas fuentes aparecen como puntos de luz extremadamente compactos, casi como si fueran una estrella lejana o un núcleo activo brillante. El problema es que, cuando el equipo mira su “firma” física en detalle, no encajan ni en una cosa ni en la otra. Yan presentó estos resultados en una rueda de prensa durante la 247.ª reunión de la American Astronomical Society (AAS) celebrada en Phoenix.

Lo que ve Webb: puntos minúsculos en el Universo temprano

La primera rareza es visual. Incluso con la capacidad de Webb para distinguir estructuras a distancias enormes, estas galaxias siguen viéndose puntuales, compactas, “sin cuerpo”. Cuatro de las nueve se identificaron en CEERS (Cosmic Evolution Early Release Science Survey), uno de esos grandes mapas que actúan como “censo” del cosmos distante.

El equipo partió de unas 2.000 fuentes distribuidas en varias campañas de Webb, filtrando hasta quedarse con nueve objetos que existían hace entre 12 y 12,6 mil millones de años (en tiempo de mirada atrás), cuando el universo era muy joven comparado con sus 13,8 mil millones de años de edad. No son estrellas de nuestra galaxia: están demasiado lejos. Tampoco encajan con el perfil típico de los quásares, que suelen ser los sospechosos habituales cuando algo lejano se ve como un punto.

La pista clave está en el “código de barras” de su luz

Si una imagen es una foto, el espectro es el “ticket de compra” con los ingredientes. Webb no solo fotografía: también descompone la luz con instrumentos como NIRSpec, separándola por longitudes de onda para revelar líneas de emisión y absorción. En quásares lejanos, esas líneas suelen ser anchas, como colinas con base extendida. Esa anchura se interpreta como gas moviéndose a velocidades enormes alrededor de un agujero negro supermasivo: el equivalente a ver un tiovivo girar tan rápido que sus luces forman un aro borroso.

En estas galaxias “platypus”, en cambio, las líneas son estrechas y puntiagudas, como agujas. Es la diferencia entre escuchar un trueno que retumba y se alarga o un silbido nítido y breve. Ese pico estrecho sugiere gas más lento, incompatible con la dinámica extrema que suele delatar a un quásar clásico. Un ejemplo ilustrado por NASA compara el espectro de una de estas fuentes (CEERS 4233-42232) con el de un quásar típico: el quásar muestra una base mucho más amplia.

Aquí aparece la segunda rareza: existen galaxias con líneas estrechas asociadas a actividad nuclear, pero no acostumbran a verse tan puntuales. Lo desconcertante es la mezcla: apariencia de “punto lejano” sin el patrón espectral esperado para ese tipo de punto.

¿Quásares apagados o fábricas de estrellas ultracompactas?

Cuando el equipo se inclinó por descartar la etiqueta de quásar, el análisis se movió hacia otra opción: galaxias con formación estelar intensa. Bangzheng Sun, investigador en formación en el equipo, explicó que con los espectros de baja resolución disponibles no se puede excluir que sean galaxias de formación estelar. Las líneas estrechas encajarían con regiones donde nacen estrellas, como si viéramos farolas alineadas (picos finos) en lugar de una autopista iluminada (perfil ancho).

El escollo vuelve a ser el tamaño aparente. Si realmente están formando estrellas, lo harían en recipientes increíblemente compactos, tan compactos que ni Webb logra “abrir” su forma en una estructura extendida. Space.com recogía otra lectura sugerida en la presentación: si son galaxias en pleno arranque, podrían ser muy jóvenes, de menos de 200 millones de años, aún “en pañales” cosmológicos.

En otras palabras, podríamos estar viendo ladrillos muy tempranos del edificio galáctico, no tanto casas ya construidas. Y eso enlaza con una pregunta más grande: si aceptamos que galaxias como la Vía Láctea crecieron mediante fusiones de unidades más pequeñas, ¿cómo eran esas unidades en su primera infancia? ¿Podía existir una fase “silenciosa” y compacta antes del caos de las colisiones?

El parentesco incómodo con las green pea galaxies

En el texto de NASA aparece una comparación tentadora: los espectros se parecen a los de las llamadas green pea galaxies, descubiertas en 2009 por el proyecto Galaxy Zoo y estudiadas en detalle en trabajos como el de Cardamone y colaboradores. Aquellas “guisantes verdes” son galaxias compactas, ricas en líneas de emisión, con fuerte formación estelar y propiedades que las hicieron valiosas como análogas de galaxias tempranas.

La diferencia es que las nuevas candidatas de Webb serían todavía más compactas y están mucho más lejos en el tiempo. Si la analogía se sostiene, sería como encontrar no solo guisantes, sino semillas: versiones aún más concentradas y remotas, en una etapa donde los procesos físicos podrían estar operando en condiciones distintas de las que solemos inferir en el universo cercano.

Por qué importa: cuando la clasificación falla, la teoría se tensa

La ciencia se apoya en categorías porque ayudan a pensar. “Estrella”, “galaxia”, “quásar” son cajones útiles. El problema es que la naturaleza no firma contratos para quedarse dentro de ellos. Estos nueve objetos incomodan porque tensionan dos herramientas básicas: la morfología (cómo se ve algo) y la espectroscopía (qué nos dice su luz). Cuando ambas cuentan historias que no coinciden, la astronomía se ve obligada a afinar modelos o a aceptar que hay etapas evolutivas que apenas estamos empezando a detectar.

Aquí Webb juega un papel concreto: su sensibilidad y resolución abren una ventana a épocas donde antes veíamos manchas o, directamente, nada. Si estos objetos son reales como población y no una curiosidad estadística, podrían señalar una fase muy temprana de la formación de galaxias: sistemas diminutos, densos y eficientes formando estrellas, o núcleos activos de un tipo menos luminoso y con dinámica distinta a la de los quásares clásicos. La propia NASA subraya que se necesita ampliar la muestra y obtener espectros de mayor resolución para aclarar su naturaleza.

Qué viene ahora: más “ornitorrincos” para entender el patrón

Con nueve objetos no se construye una teoría sólida; se enciende una luz de advertencia. El equipo lo plantea como el inicio de una búsqueda: aumentar el número de candidatos en archivos y futuras observaciones, y obtener datos espectrales más finos para decidir si dominan procesos de formación estelar, actividad de agujero negro, o una mezcla aún más rara.

La metáfora del ornitorrinco funciona porque recuerda algo práctico: durante un tiempo, el ornitorrinco pareció un fraude o una anomalía; luego se convirtió en una pieza clave para entender la evolución. En cosmología podría ocurrir algo similar. Estas galaxias platypus quizá terminen siendo una etapa breve y común que hasta ahora se nos escapaba, o un subgrupo exótico que obliga a retocar las fronteras entre “galaxia” y “núcleo activo”. Webb, diseñado para explorar el Universo temprano, seguirá ofreciendo el tipo de datos que convierten lo raro en medible.




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La productividad se había convertido en una obsesión. Hasta que el ocio ha empezado a dar mejores resultados en el trabajo

La productividad se había convertido en una obsesión. Hasta que el ocio ha empezado a dar mejores resultados en el trabajo

La presión constante por rendir al máximo ha marcado la vida laboral durante mucho tiempo, dejando el descanso casi en el olvido. Un estudio reciente muestra cómo reservar tiempo de ocio bien planificado cambia la percepción de las rutinas diarias y contribuye a mejorar el rendimiento en el trabajo.

Expertos han comprobado que organizar el tiempo libre de forma activa a través de manualidades u otras formas de abstracción aporta mejoras a la creatividad y la motivación en sus tareas del trabajo. Este hallazgo cuestiona la creencia de que solo trabajando sin parar se consiguen buenos resultados laborales.

Dejar que el cerebro cree cosas. Un grupo de investigadores de la Universidad de East Anglia en Reino Unido y la Universidad Erasmus de Róterdam en Países Bajos investigó sobre los efectos de un entretenimiento creativo basado en manualidades durante el tiempo de ocio de los empleados.

El resultado del experimento no fue la mejora en el ánimo y la motivación de los empleados que participaron en el estudio, sino que contribuyó a que estos empleados ofrecieran una respuesta más creativa en la resolución de los problemas que se les planteaba en el trabajo.

Mejoras en el día a día laboral. Los trabajadores que participaron en el estudio sentían que, al ejercitar nuevas habilidades manuales apreciaban mejor los procesos de su manualidad, haciendo que estos cobraran valor. Lo curioso es que el cambio fue más grande en el ámbito laboral que en su vida personal, y eso que era su tiempo de ocio. "Nos sorprendió ver que las manualidades tuvieron un mayor impacto en el trabajo que en la vida personal. Esperábamos beneficios similares en ambas áreas", explica el profesor George Michaelides, de la Escuela de Negocios de Norwich de la UEA.

Curiosamente, el grupo que más notó esa mejoría fue el formado por los empleados más veteranos, los mayores de 61 años. La explicación para este fenómeno lo encontramos en la aptitud cognitiva, una condición del cerebro que se activa durante los procesos de aprendizaje.

Gimnasia para el cerebro. Tal y como recogen los estudios de los profesores Gilkey y Kilts, de las facultades de medicina y negocios de la Universidad Emory, realizar distintas actividades creativas que requieran una combinación motora y cognitiva, como tocar la guitarra, hacer malabarismos o aprender un nuevo idioma, contribuye a expandir el sistema neuronal y lo vuelve más comunicativo.

Es decir, el desarrollo de las nuevas habilidades a través de las manualidades, estaba mejorando la "forma física" del sistema cognitivo de los empleados, y los resultados eran más visibles en aquellos más propensos al declive cognitivo y al deterioro de la memoria por la edad. Mantener "en forma" la aptitud cognitiva mejora el rendimiento en la toma de decisiones y en la resolución de problemas, así como en la generación de nuevas ideas.

La capacidad de abstracción. Una de las claves del uso de las manualidades o actividades de ocio placenteras es que actúan como un reductor natural para el estrés y los síntomas depresivos. "Ya se sabe que los pasatiempos son buenos para el bienestar. Pero nuestro estudio demuestra que los pasatiempos no solo te hacen más feliz, sino que también pueden ayudarte a sentirte más realizado y creativo en el trabajo. Esto va más allá de simplemente relajarse o divertirse (como ver Netflix sin parar) y convierte el pasatiempo en algo que ayuda a las personas a crecer", dice el doctor Paraskevas Petrou, el autor principal del estudio.

Más allá de la mejora cognitiva derivada del desarrollo del sistema neuronal, un estudio de la Universidad de Cardiff descubrió que el uso de manualidades o actividades repetitivas, como tejer, induce al cerebro a un estado de atención plena que incrementa hasta en un 25% la actividad de pensamiento abstracto que contribuye a la generación de nuevas ideas y mejora la resolución de problemas.

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Imagen | Unsplash (Elena Mozhvilo)

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Un “láser” que no emite luz, sino vibraciones

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Cuando oyes la palabra láser, es normal imaginar un haz rojo cruzando el aire. El dispositivo que han presentado investigadores vinculados a la Universidad de Colorado Boulder, la Universidad de Arizona y Sandia National Laboratories se parece en su lógica, pero cambia el protagonista: no genera fotones (luz), sino fonones, que son la forma en que la física describe las vibraciones dentro de un material. En vez de una linterna, piensa en un “megáfono microscópico” que ordena a un chip que vibre de una manera extremadamente precisa.

El trabajo, publicado en Nature a mediados de enero de 2026 y difundido por ScienceDaily a partir de materiales de la Universidad de Colorado Boulder, describe un láser de fonones capaz de producir ondas acústicas de superficie a escala de microchip. La promesa es clara: si hoy muchos sistemas inalámbricos dependen de componentes voluminosos o de configuraciones con varios chips, un generador integrado y eficiente podría ayudar a construir radios más compactas y con menor consumo.

Las ondas acústicas de superficie que ya usas sin saberlo

Las ondas acústicas de superficie (conocidas como SAW, por sus siglas en inglés) se mueven por la “piel” de un material, no por su interior. Si un terremoto grande hace ondular la corteza terrestre, una SAW hace algo parecido, pero en miniatura: recorre la superficie de un cristal o una capa piezoeléctrica con un patrón controlado.

Lo interesante es que esto no es ciencia ficción aplicada a un futuro lejano: las SAW ya están dentro de muchos smartphones, mandos de coche, receptores GPS y sistemas de radio. En el móvil, su papel más habitual es el de filtros de radiofrecuencia. Dicho de forma cotidiana: cuando tu teléfono “escucha” la red, llega una mezcla de señales, como si encendieras una radio en una ciudad con mil emisoras solapadas. Los filtros SAW ayudan a separar lo que interesa (tu canal) de lo que estorba (ruido e interferencias) convirtiendo parte de ese trabajo en vibración mecánica y devolviéndolo luego al dominio eléctrico.

Matt Eichenfield, autor sénior del estudio, lo expresaba en el comunicado como una tecnología crítica en gran parte de la electrónica inalámbrica moderna. Y ese punto es clave para entender por qué un avance en cómo se generan SAW puede tener impacto: no se trata de inventar un ingrediente nuevo para el móvil, sino de mejorar uno que ya está en el corazón de su conectividad.

Cómo se fabrica un “microterremoto” en un chip

El prototipo descrito es un dispositivo alargado, de aproximadamente medio milímetro, construido como un sándwich de materiales con funciones muy específicas. La base es silicio, el suelo fértil donde crece casi toda la electrónica. Encima se coloca una capa muy fina de niobato de litio, un material piezoeléctrico: cuando vibra, produce campos eléctricos oscilantes; si le aplicas un campo eléctrico, puede vibrar. Es una puerta giratoria entre electricidad y movimiento.

La capa superior es aún más particular: una lámina extremadamente delgada de arseniuro de indio y galio (InGaAs). Este material permite que los electrones se aceleren con facilidad incluso con campos eléctricos relativamente débiles, algo útil si quieres interacción intensa sin pagar una factura energética alta.

La idea del equipo es que las vibraciones que viajan por la superficie del niobato de litio “hablen” directamente con esos electrones rápidos del InGaAs. Esa conversación, bien orquestada, es la que permite que aparezca el comportamiento de láser, solo que en vez de amplificar luz se amplifica una onda mecánica.

El truco del láser: reflectores, ganancia y una salida controlada

Un láser de diodo convencional funciona como una sala de espejos: la luz rebota entre dos reflectores y, en cada ida y vuelta, se refuerza gracias a un medio activo alimentado por corriente. Aquí ocurre un paralelismo: la onda acústica avanza por la superficie, golpea un reflector, vuelve, y ese trayecto repetido permite amplificarla hasta que parte de la energía “sale” por un extremo, como el haz de un láser.

Hay un matiz técnico que el propio equipo subraya y que ayuda a poner los pies en el suelo: la onda no se comporta igual en ambas direcciones. Según explicaba Alexander Wendt, primer autor, el diseño pierde una fracción enorme de potencia cuando la onda viaja hacia atrás, cerca del 99%. Para compensarlo, el dispositivo se concibe para ofrecer mucha ganancia en el sentido “bueno”, el avance, como si empujaras un columpio justo en el momento exacto en que va hacia ti, y evitaras empujarlo cuando vuelve desacompasado.

Esta asimetría no es un detalle menor: muestra que el resultado no sale “gratis”. Hay ingeniería fina para lograr que el balance total sea positivo y que la oscilación crezca de forma sostenida, que es lo que convierte un fenómeno interesante en una fuente utilizable.

Por qué importa el salto de frecuencia

El experimento reporta ondas en torno a 1 GHz (mil millones de oscilaciones por segundo). Puede sonar a cifra típica en tecnología, pero para SAW tiene relevancia porque muchos componentes comerciales se mueven en rangos que, según el texto de divulgación, suelen llegar a unos pocos gigahercios. La ambición del equipo es empujar el concepto hacia decenas o incluso cientos de gigahercios.

Traducido a sensaciones: si hoy imaginas un filtro como un colador de cocina que separa agua y pasta, subir la frecuencia y mantener control y eficiencia sería como pasar de un colador a un tamiz ultrafino capaz de separar partículas mucho más pequeñas sin atascarse. En radio, eso se relaciona con manejar bandas más altas, canales más estrechos, selectividad mejor y, potencialmente, arquitecturas más integradas para 5G avanzadas y lo que llegue con 6G. No es una promesa automática de “más barras de cobertura”, pero sí una pieza que podría ayudar a diseñar radios más flexibles y compactas.

Menos piezas, menos conversiones, menos consumo

En un teléfono actual, el camino de una señal puede implicar varias etapas y, en algunos diseños, múltiples componentes dedicados que convierten, filtran y reconvierten. El argumento del equipo es que un láser de fonones integrado en un solo chip podría simplificar parte de ese ecosistema: si puedes generar SAW en el propio chip con un esquema alimentado por batería (al estilo de un láser de diodo), reduces dependencia de montajes externos o de configuraciones más aparatosas.

Eichenfield hablaba de la posibilidad de fabricar los componentes necesarios para una radio “en un chip” usando la misma clase de tecnología de ondas de superficie. Ese objetivo encaja con una tendencia general de la industria: integrar para ahorrar espacio, coste y energía, del mismo modo que antes teníamos cámaras separadas y hoy un mismo módulo agrupa sensor, estabilización y óptica en un volumen mínimo.

Aun así, conviene leerlo como dirección de viaje, no como especificación de producto. Entre un prototipo de laboratorio y un módulo listo para millones de unidades hay caminos de fiabilidad, fabricación, compatibilidad con procesos industriales y resistencia a variaciones de temperatura o envejecimiento.

Retos realistas antes de verlo en tu próximo móvil

Que algo funcione en un artículo de Nature no significa que mañana esté en un catálogo. Este tipo de dispositivos necesita demostrar estabilidad, repetibilidad y tolerancia al ruido del mundo real. Si la onda se amplifica como en un láser, también hay que controlar cuándo arranca, cómo se modula, qué tan limpia es la señal y cómo se integra con el resto de la electrónica de radiofrecuencia sin crear interferencias internas.

Otro punto es el propio apilado de materiales: silicio, niobato de litio y InGaAs en una misma estructura suena muy bien en términos de función, pero la manufactura a gran escala siempre pregunta lo mismo: ¿se puede hacer de forma consistente, con buen rendimiento y coste aceptable? La industria ha aprendido a domar combinaciones complicadas, pero cada capa “exótica” añade preguntas sobre disponibilidad, defectos y compatibilidad con líneas de producción.

Lo que sí parece firme es el valor conceptual: han mostrado un mecanismo para generar ondas acústicas de superficie mediante inyección eléctrica con comportamiento análogo a un láser. Si esa pieza era, como sugería Eichenfield, el dominó que faltaba para una arquitectura más integrada, su caída abre opciones para que otros grupos e ingenierías intenten empujar el rendimiento, la frecuencia y la integrabilidad.


La noticia Un “láser” que no emite luz, sino vibraciones fue publicada originalmente en Wwwhatsnew.com por Natalia Polo.


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