27 de septiembre de 2026

Google va a lanzar el primer satélite con chips TPU de IA al espacio la semana que viene

Google va a lanzar el primer satélite con chips TPU de IA al espacio la semana que viene

Que un ordenador funcione en el espacio es difícil. La radiación cósmica altera los semiconductores. Las temperaturas oscilan entre extremos que ninguna instalación terrestre replica. Y no hay aire, con lo que el calor solo puede disiparse por radiación. Google lleva meses probando que sus chips TPU (Tensor Processing Units) sobreviven a todo eso. La semana que viene lanza la primera prueba real al espacio con un satélite prototipo construido junto a Planet, la empresa de imágenes de la Tierra, en la misión rideshare Transporter-18 de SpaceX. Lo anuncia hoy Ana-Maria Stanciuc en The Next Web, con información del blog oficial de Google.

El proyecto se llama Suncatcher y lo anunció Google en noviembre de 2025. La idea central: un satélite que procesa imágenes directamente en órbita, con la potencia de los chips que Google usa en sus centros de datos en tierra. El nombre viene de la observación de que los paneles solares en órbita baja terrestre reciben hasta ocho veces más energía solar que en tierra, lo que convierte el espacio en una fuente de energía barata para computación intensiva si los chips consiguen sobrevivir allí.

¿Qué tests ha pasado el hardware antes del lanzamiento?

El vuelo a órbita tarda unos diez minutos y somete al hardware a fuerzas de entre 50 y 100 veces la gravedad durante la etapa de lanzamiento. Para replicar eso en tierra, el equipo sacudió el satélite con fuerza en los tres ejes. Los chips aguantaron.

Para la radiación —el problema más complicado de los sistemas electrónicos en el espacio—, Google sometió sus TPUs Trillium a un haz de protones en el Laboratorio Nuclear Crocker de la Universidad de California Davis. La dosis que recibieron en ese test equivale a la que recibirían en más de cinco años de misión en órbita. Los chips superaron el test.

Para la temperatura, sin aire que conduzca el calor, Google está probando una combinación de heat pipes y radiadores. El sistema funcionó en cámara de vacío en tierra. El satélite prototipo es la primera prueba de si funciona también con las variaciones reales de temperatura de la órbita.

¿Qué viene después?

El lanzamiento de la semana que viene es solo el primer paso: mide si los chips sobreviven el lanzamiento, la radiación y los extremos de temperatura en condiciones reales. En 2027, Google tiene previsto lanzar dos satélites para testear los enlaces láser que necesitaría una constelación de satélites con TPUs para comunicarse entre sí. Ese test de la red de comunicaciones es el prerequisito para cualquier sistema de computación de IA en órbita que sea más que un solo satélite aislado.

Google no está solo en esta carrera. La startup Starcloud, respaldada por Nvidia, lanzó una GPU H100 al espacio en noviembre de 2025 y la usó para ejecutar el modelo Gemma de Google. La diferencia de posicionamiento es clara: Starcloud ofrece cómputo en la nube desde la órbita como servicio; Google está explorando si puede llevar sus propios chips de IA al espacio para integrarlos en sus propios sistemas de observación terrestre.

El obstáculo más difícil no es técnico. Es económico. Los propios cálculos de Google estiman que el precio de lanzamiento tendría que bajar hasta 200 dólares por kilogramo para que la computación en espacio sea competitiva en coste. Actualmente el precio de lanzamiento de SpaceX en misiones rideshare está alrededor de 5.000 dólares por kilogramo. La brecha es de un factor 25. Starship, si cumple las proyecciones de SpaceX, podría acercar ese precio —pero no en los próximos dos años.

EE.UU. confirmó por primera vez públicamente la existencia de armas en órbita: el espacio se ha convertido en un dominio operativo para todo tipo de sistemas con capacidad de procesamiento, no solo para comunicaciones y GPS. OpenAI apuesta por sus propios chips de IA desde 2026: la tendencia hacia chips de IA propietarios, que OpenAI persigue para centros de datos en tierra, Google la está trasladando también al espacio. Hollywood lleva semanas debatiendo los riesgos existenciales de la IA: la capacidad de procesar imágenes satelitales directamente en órbita con chips de IA lleva ese debate a una escala nueva. Un satélite con TPUs capaz de analizar el territorio de un país en tiempo real desde la órbita no es solo una herramienta de observación ambiental.

El lanzamiento de Transporter-18 está previsto para la semana del 29 de septiembre. Si los chips sobreviven al espacio, el siguiente paso es construir los enlaces láser entre satélites en 2027.

¿Por qué procesar en el espacio en lugar de bajar los datos?

La respuesta es ancho de banda y latencia. Un satélite de observación terrestre que captura imágenes de alta resolución genera cantidades de datos que no puede transmitir a tierra en tiempo real: el enlace de descarga tiene límites físicos. Si el satélite puede procesar las imágenes directamente en órbita —identificar anomalías, clasificar cultivos, detectar incendios— y bajar solo los resultados del análisis en lugar del stream de imágenes crudo, la cantidad de datos que necesita transmitir cae varios órdenes de magnitud.

Para Google, que tiene uno de los negocios de observación terrestre más grandes del mundo a través de Google Earth y su colaboración con Planet, tener capacidad de procesamiento de IA directamente en los satélites de Planet reduce el tiempo entre captura y análisis de horas a minutos. La latencia importa: cuando hay un incendio forestal, un desbordamiento de río o una actividad industrial no autorizada, la diferencia entre detectarlo en tiempo real y detectarlo seis horas después es operacionalmente significativa.

La barrera del precio de lanzamiento a 200 dólares por kilogramo —frente a los ~5.000 actuales— es grande pero no permanente. Starship de SpaceX apunta a costes de lanzamiento un orden de magnitud menores a largo plazo. Si eso ocurre, Suncatcher habrá resuelto el problema técnico (¿pueden los chips de IA funcionar en el espacio?) con suficiente antelación para que la infraestructura de computación orbital esté lista cuando el precio de lanzamiento la haga viable económicamente.




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La IA iba a democratizar la creación de contenido, pero está consiguiendo lo contrario: que Internet vuelva a poner puertas

La IA iba a democratizar la creación de contenido, pero está consiguiendo lo contrario: que Internet vuelva a poner puertas

En enero, Daniel Stenberg cerró el programa de recompensas por bugs de cURL, una de las piezas de software más usadas del mundo. No lo hizo por que le faltaba dinero, sino porque le sobraban informes: una cantidad descomunal de avisos de vulnerabilidades generados con IA, muy bien redactados, muy convincentes completamente y falsos. Cada uno era escrito en unos pocos segundos, pero descartarlo costaba varias horas a un grupo de voluntarios.

Generar información ya cuesta prácticamente nada, pero filtrarla cuesta tanto o más que antes, porque el volumen ha crecido. No es que el coste haya desaparecido sino que ha cambiado de manos: ya no lo paga quien produce, sino quien recibe.

Casi cualquier sistema abierto a desconocidos funcionaba con una regla no escrita: enviar algo suponía un esfuerzo. Una carta de presentación exigía una tarde, y un informe de seguridad como los de cURL, unos cuantos días. Ese esfuerzo era una señal, porque quien pagaba el precio de perder tiempo escribiendo solía tener algo que decir.

La IA se ha cargado por completo esa norma. LinkedIn recibe unas 11.000 solicitudes de empleo por minuto, un 45% más que hace un año. Los reclutadores responden con filtros automáticos, y los candidatos, con más IA. Es decir, IAs hablando entre ellas. Y solo hemos visto la punta del iceberg. Con asistentes personales como Instinct esto va a ir mucho más allá.

Una externalidad y volver a poner puertas

El slop se parece más a la contaminación que al spam porque quien lo genera se queda con el beneficio y reparte el coste entre los demás. Dentro de las empresas ya tiene nombre, workslop. Según un estudio de BetterUp Labs y Stanford, el 40% de los trabajadores había recibido en el último mes documentos generados con IA que había que rehacer, a casi dos horas por caso. Quien usa la IA para quitarse una tarea de encima gana productividad pero le pasa un marrón a un compañero.

La respuesta de la industria es usar IA para filtrar lo que genera la IA, un bucle que suena razonable y absurdo a partes iguales. Y esa fórmula vuelve a mover el coste. El receptor deja de pagar en horas para pagar en suscripciones (oh, no), en errores y en criterio cedido.

La respuesta empieza a verse, y no es tecnológica, sino de negocio: pasa por encarecer el acceso:

  • Proyectos que solo aceptan contribuciones de gente con un bagaje previo.
  • Convocatorias por invitación.
  • Verificación de identidad de pago.
  • Comunidades que se van a grupos cerrados.
  • Newsletters bajo suscripción.
  • Contrataciones por recomendación.

Si producir ya no cuesta nada, lo que va a costar va a ser poder entrar. La discordización de Internet, fase II.

La paradoja es que la tecnología que iba a democratizar la creación revaloriza lo único que no puede generar: la reputación, las relaciones y el curriculum. Pesará menos lo que se dice y pesará más quién lo dice. Eso favorece a quien ya tiene un nombre y perjudica al desconocido que antes podía hacerse oír a base de esfuerzo. 

Llevamos veinte años celebrando que Internet se ha estado cargando a los intermediarios que no aportaban un gran valor, pero el slop puede ser la razón por la que vuelvan.

Imagen destacada | Xataka con Magnific

En Xataka | Instinct aún no factura ni un dólar pero está a punto de valer 10.000 millones. Lo que vende es la pereza que nos dará dejarlo

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La noticia La IA iba a democratizar la creación de contenido, pero está consiguiendo lo contrario: que Internet vuelva a poner puertas fue publicada originalmente en Xataka por Javier Lacort .



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Signal deja registrarse sin número de teléfono, pero el pago pasa por Google. El problema es exactamente ese.

Signal deja registrarse sin número de teléfono, pero el pago pasa por Google. El problema es exactamente ese.

El día que Signal dejó de exigir un número de teléfono para registrarse llegó con un asterisco. La función, llamada Signal Login, está en beta en la versión Android 8.28 y tiene previsto llegar a iOS más adelante. El registro sin número cuesta 2,99 dólares (unos 3,49 euros con IVA) en una compra única que el usuario hace al crear la cuenta. El problema es que esa compra pasa por Google Play Billing, lo que introduce a Google en una cadena que debería ser independiente de cualquier tercero. Lo documenta hoy Kyle Torpey en Gizmodo.

La lógica del diseño es razonable. Signal no puede ofrecer este registro gratis porque sería una invitación a los spammers: «Si fuera gratis, los spammers adquirirían miles de estas cuentas y arruinarían nuestra red», explica Greyson Parrelli, desarrollador principal de Android en Signal. La comisión de 2,99 dólares es la barrera de fricción que disuade el abuso masivo mientras mantiene el coste accesible para el usuario legítimo. Si los abusos escalan, Signal advierte que podría subir el precio.

El proceso técnico intenta mantener la privacidad a su máximo nivel: Signal usa pruebas de conocimiento cero para verificar que se ha hecho un pago sin asociar ese pago a la cuenta que se crea. Al registrarse, Signal genera un Account ID y una clave de recuperación. Parrelli es explícito sobre las consecuencias de perderlos: «Si los pierdes, tu cuenta desaparece. No hay otro mecanismo de recuperación». Guárdalos como si fueran la contraseña maestra de un gestor de contraseñas.

El nombre de usuario es opcional. Si no añades uno, tu cuenta es inaccesible para cualquiera que no hayas contactado tú primero. Para las cuentas existentes que ya tienen un número vinculado, no hay por ahora ninguna opción para eliminarlo. «No ahora mismo, pero posiblemente en el futuro», dice Parrelli.

¿Por qué Google es el problema?

Signal puede garantizar que sus servidores no saben qué pago creó qué cuenta. Pero no puede hacer lo mismo con Google Play Billing. El proceso de compra a través de Google requiere una cuenta Google y un método de pago. Eso asocia una dirección de correo —y en muchos casos un número de teléfono vinculado a esa cuenta de Google— a la compra de «Signal Login» en un momento específico.

Un gobierno podría solicitar a Signal el historial de actividad del Account ID y solicitar a Google qué cuenta adquirió ese producto de Play en el mismo intervalo de tiempo. Con análisis de correlación temporal, esa información podría ser suficiente para identificar al usuario. No es una vulnerabilidad teórica: es la misma metodología que las autoridades usan para rastrear pagos en servicios que se promueven como privados.

El caso más claro de las personas a quienes más les importa el registro sin número es el de los usuarios de GrapheneOS, el Android reforzado diseñado precisamente para no tener Google en el dispositivo. Esos usuarios son los que más razones tienen para querer una cuenta Signal sin teléfono. Son también exactamente los que no pueden comprarla a través de Google Play porque no tienen Play instalado.

Signal ya acepta donaciones en cripto en su web. La Lightning Network de Bitcoin y Monero son opciones naturales para esta feature: no requieren cuenta en ningún tercero. Un fork de Signal llamado Radar Chat integra la Lightning Network desde julio. Signal dice que más métodos de pago están en camino sin nombrar cuáles ni dar plazos.

Las normas de Google para apps en Play exigen que las compras digitales dentro de la app usen Play Billing, lo que explica por qué la primera versión sale así. Signal podría ofrecer el registro sin número a través de su propio APK sin Play, evitando esa restricción. De momento no lo ha implementado.

SpaceX, a través de Grok, compró datos de startups quebradas para entrenar IA sin informar a los usuarios: que los datos de los usuarios tengan valor comercial es exactamente la razón por la que existe Signal. Apple modificó sus pantallas de consentimiento ATT en varios países europeos bajo presión regulatoria: el consentimiento real —no el decorativo— sigue siendo la batalla central de la privacidad digital, y el registro sin número de Signal es un intento genuino de dar más control al usuario, pero con una dependencia de Google que desdice parte de esa promesa. Un ciberataque comprometió los sistemas de un buque de gas en aguas italianas: cuando la comunicación segura importa de verdad, cada punto de entrada de un tercero en la cadena de privacidad es un vector de ataque potencial.

Signal Login está en beta. Es un paso en la dirección correcta con un problema de implementación que el equipo tiene que resolver antes del lanzamiento general si quiere que la feature sirva a quienes más la necesitan.

La ironía del lanzamiento es llamativa: la mensajería más privada del mercado ha elegido Google como intermediario para el registro sin número, precisamente porque Google controla la tienda de aplicaciones que más necesita para llegar al grueso de sus usuarios. Es la misma tensión que sufren todas las apps de privacidad que intentan mantenerse en el ecosistema mainstream: para llegar a los cien millones de usuarios que ya tienen Signal, tienen que pasar por los rails de Apple y Google. Para llegar a los usuarios que verdaderamente necesitan anonimato total, tienen que salir de esos rails.

Parrelli ha dicho que más métodos de pago están en camino. Si Lightning Network o una stablecoin de privacidad llegan como alternativa, Signal Login dejará de tener la dependencia de Google que lo hace problemático ahora. Hasta entonces, es una feature útil para el usuario mainstream que simplemente no quiere dar su número a Signal, pero no para el usuario que necesita que nadie sepa que tiene una cuenta. El lanzamiento de la beta confirma que Signal está comprometido con dar esta opción. El cómo lo implemente en su versión final determinará si ha construido algo revolucionario o simplemente cómodo para la mayoría y inútil para los que más lo necesitan.




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26 de septiembre de 2026

Darwin murió sin poder demostrarlo. 150 años después, la ciencia acaba de darle la razón con una planta carnívora

Darwin murió sin poder demostrarlo. 150 años después, la ciencia acaba de darle la razón con una planta carnívora

La naturaleza tiene una asombrosa capacidad para esconder a sus depredadores más eficientes a plena vista, y a día de hoy seguramente haya muchas plantas a nuestro alrededor que son carnívoras y no lo sabemos. Esto es lo que le ocurrió en 1875 al mismísimo Charles Darwin, que en su obra Insectivorous Plants planteó que ciertas especies de plantas alpinas parecían tener una extraña afición por atrapar insectos. Pero, por desgracia, murió sin poder demostrarlo. 

Ha cambiado. Ahora, un siglo y medio después, la ciencia le ha terminado dando la razón, y más concretamente un equipo internacional de investigadores que ha sido capaz de confirmar que la Saxifraga candelabrum, una planta que parecía inofensiva, es en realidad una letal devoradora de insectos. 

Este gran descubrimiento fue publicado a principios del mes de agosto y representa un hito botánico que nos ha hecho darnos cuenta de que, pese a que creemos conocer mucho de lo que nos rodea, en realidad hay demasiados secretos. 

Una carnívora. En el mundo de la botánica, que un insecto muera pegado a una hoja no convierte a la planta en carnívora automáticamente. Y es que para ostentar este título de pleno derecho, se exigen diferentes criterios, como por ejemplo una atracción selectiva por parte de la planta. Esto es muy importante, porque una planta carnívora no atrapa por accidente, sino que atrae a sus víctimas emitiendo compuestos volátiles que actúan como imanes irresistibles para pequeños dípteros. 

Una trampa que tiene una gran complejidad detrás, puesto que ha sido diseñada por la naturaleza para dejar escapar a los insectos de mayor tamaño, asegurando así que sus polinizadores principales no acaben siendo la cena. 

Una captura infalible. Una vez se ha diseñado el modo de atraer al insecto, hace falta que los tallos y las hojas de la planta estén recubiertos de pelos glandulares extremadamente pegajosos. Un sistema que es sumamente eficaz en esta Saxifraga candelabrum puesto que los investigadores, tras analizar 45 especímenes históricos conservados en los herbolarios, vieron que contaban con insectos atrapados en 43 de ellos. 

Pero no se queda aquí, puesto que esta planta no 'espera' de manera pasiva a que las bacterias hagan el trabajo sucio, sino que estos pelos glandulares secretan fosfatasa, una enzima capaz de digerir activamente a sus presas. Algo que está completamente ausente en especies emparentadas que no son carnívoras. 

El último paso. Una vez que esta planta, que estuvo detrás de la oreja de Darwin, consigue digerir a sus presas, hace falta recoger lo que buscaba, que son los nutrientes. Y aquí los investigadores, tras probar con moscas de la fruta previamente marcadas con nitrógeno-15, vieron que conseguían digerirlas, pasando el nitrógeno a través de los tejidos de la planta.

Un hito genético. La importancia de este descubrimiento va mucho más allá de tachar un punto en la lista de tareas pendientes de Darwin, sino que se trata de la primera planta carnívora confirmada dentro del orden de las saxifragales, lo que amplía significativamente nuestro árbol de la vida botánico.

Pero lo que más ha fascinado a los biólogos es la constatación de una convergencia genómica a gran escala, puesto que al comparar el ADN de la Saxifraga candelabrum con el de otras líneas carnívoras célebres, los investigadores han descubierto que todas ellas llegaron a las mismas soluciones biológicas partiendo de caminos evolutivos totalmente independientes. 

Imágenes | Agencia SINC

Vía | elDiario

En Xataka | Siempre habíamos creído que la evolución llevaba miles de años detenida. Los pelirrojos nos estaban diciendo lo contrario


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La noticia Darwin murió sin poder demostrarlo. 150 años después, la ciencia acaba de darle la razón con una planta carnívora fue publicada originalmente en Xataka por José A. Lizana .



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Desafíos de la Ley de Transferencia Tecnológica: un nuevo puente entre ciencia y sociedad

Autor: Mg. Franklin Valdebenito Godoy, experto en innovación, estudiante de Doctorado en Economía y Empresa en la Universidad de Málaga (España)

Luego de casi una década de trabajo continuo, discusiones complejas y diagnósticos compartidos sobre la arquitectura de la ciencia e innovación nacional, la promulgación de la Ley N° 21.838 de Transferencia Tecnológica marca un hito sin precedentes para Chile. En su origen, tuve la valiosa oportunidad de participar en múltiples discusiones tanto a nivel universitario como legislativo, invitado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. Me atrevo a afirmar que no estamos frente a un ajuste administrativo menor, sino ante una legislación ambiciosa que nos provoca a cambiar la forma en que el conocimiento se conecta con la sociedad y el sector productivo.

El primer gran salto de esta ley es de orden institucional, por primera vez en nuestro ordenamiento jurídico, se reconoce expresamente que la innovación, la transferencia tecnológica y el emprendimiento científico forman parte del quehacer inherente de las instituciones de educación superior. Las operaciones asociadas a la creación o participación en Empresas de Base Científico-Tecnológica (EBCT) se entienden formalmente como necesarias para la consecución de los fines institucionales.

En ese sentido, la ley mandata a las universidades a promover relaciones estrechas entre la investigación, las necesidades sociales y la articulación territorial, exigiendo capacidades de transferencia, estructuras dedicadas e investigación interdisciplinar. Con ello, la ley sitúa en un lugar de privilegio el rol profesional del Gestor Tecnológico, consagrándolo como pilar fundamental para la detección temprana de desarrollos con potencial de aplicación e intermediación con el tejido productivo y las pymes.

Al mismo tiempo, el marco legal compromete a impulsar iniciativas colaborativas e incentivar programas conjuntos con actores internacionales, abriendo una oportunidad estratégica, para articular esfuerzos con la diáspora chilena posicionada en importantes ecosistemas de innovación en el mundo, un capital humano de alto valor subutilizado.

En primer lugar, las universidades enfrentarán el gran desafío institucional de adecuar las normativas internas y la cultura universitaria para hacer sostenible la participación académica. Para que la ley se despliegue en su totalidad, las instituciones de educación superior deben diseñar reglamentos de participación en EBCTs y prevención de conflictos de interés que resguarden el balance con la docencia -y la fortalezcan-. Sin embargo, el obstáculo más determinante será cultural: resulta urgente construir incentivos concretos para que las actuaciones en transferencia y emprendimiento aporten un peso real en la carrera académica de los involucrados, evitando que la innovación quede relegada frente a la publicación tradicional.

Por su parte, el desafío del Estado para adecuar el modelo de financiamiento universitario constituye un pilar estratégico y decisivo. Esto requiere, en primer lugar, revisar las ecuaciones que determinan el financiamiento basal que reciben las instituciones de educación superior según esta nueva realidad, incorporando la innovación y la transferencia tecnológica como un incentivo presupuestario claro y permanente dentro de su asignación institucional. De la mano con este impulso estructural, el Estado debe asegurar recursos sostenidos para mantener y consolidar las unidades de soporte a la transferencia al interior de las universidades. Estableciendo además, una sinérgica coordinación entre ANID y CORFO para articular por parte del Estado un acompañamiento integral, fluido y eficiente desde la investigación básica hasta la comercialización.

Por último, la imperiosa necesidad que la Comisión Nacional de Acreditación incorpore la transferencia tecnológica en sus criterios de calidad se erige como el tercer desafío clave. Si la Ley reconoce estas actividades como inherentes a las instituciones de educación superior, la CNA debe reflejar el impacto de la transferencia, la propiedad intelectual y la creación de EBCTs dentro de los procesos de evaluación de la calidad institucional. La acreditación es la principal palanca de transformación del sistema universitario, sin esta señal explícita, la integración real de la innovación será incompleta.

La “Ley de Transferencia”, como la denominan informalmente los Gestores, es el fruto de casi una década de convicción y trabajo colectivo, pero el texto legal es solo el punto de partida. Nos encontramos ante una norma que nos provoca a transformar la esencia de nuestro sistema de educación superior, exigiendo un compromiso orquestado entre el Estado, la academia y el entorno productivo. El verdadero trabajo comienza hoy, es momento de abrir una discusión amplia, valiente y generosa sobre estos cambios estructurales para convertir la investigación científica en verdadero bienestar, equidad y desarrollo sostenible para todo Chile.

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