Antes de nada, las cuentas claras: mi conflicto de interés es cero. No me paga ninguna farmacéutica, no vendo vacunas ni cobro por nombrarlas. Esto se sostiene única y exclusivamente con lo que aportan los suscriptores. Mi único jefe eres tú. Mil gracias por mantener esto vivo.
Si tienes más de cuarenta años, hay más de un 90% de probabilidades de que ahora mismo lleves un virus escondido. Se coló cuando pasaste la varicela de pequeño y no se ha ido jamás: vive agazapado dentro de los nervios de tu columna, en silencio, como un dragón dormido.
Y lo que se ha descubierto en los últimos dos años es que, cuando despierta, a veces no se conforma con quemarte la piel. Hay pruebas bastante consistentes de que puede subir al cerebro y empezar a apagarlo.
La vuelta de tuerca es que un pinchazo que en España ya tienes gratis a partir de los 65 parece reducir el riesgo de demencia alrededor de un 20%.
Y lo más increíble no es ese número. Es cómo lo descubrieron: por accidente, por una raya en un calendario y por una simple fecha de nacimiento.
El bicho que reptaba
Empecemos por el nombre, porque ya te lo cuenta todo.
En España a esto lo llamamos culebrilla. Y no es chiste de pueblo: es una de esas veces en que la sabiduría popular clavó la biología siglos antes que el microscopio. Cuando el bicho despierta, sale a la piel dibujando una línea, una raya roja y ardiente que repta por el costado como si te hubieran pintado una serpiente con rotulador. La gente vio una culebra. Y le puso culebra.
Los griegos vieron lo mismo. La familia de virus a la que pertenece este okupa se llama herpes, del verbo griego herpein, que significa, literalmente, reptar. De ahí viene también, agárrate, la palabra herpetólogo: el señor que estudia serpientes. Si en una cena te presentan a un herpetólogo, no es colega mío de hospital. Es un tío que se gana la vida persiguiendo víboras. Mi trabajo es raro, pero el suyo gana.
Los romanos, más prácticos, lo llamaron cingulum: cinturón. Porque cuando la culebrilla te rodea el tronco parece justo eso, un cinturón de fuego abrochado al cuerpo. Esa palabra acabó pariendo el término médico que usamos hoy, zóster, que en griego también era el cinturón del guerrero.
Pero mi nombre favorito es el medieval. En la Europa de la Edad Media a este dolor lo llamaban el fuego de San Antón.
Y aquí la historia se pone preciosa.
La orden de los monjes del cerdo
En el siglo XI, un grupo de monjes fundó una orden hospitalaria dedicada a cuidar a la gente que ardía. Porque “fuego de San Antón” era un cajón de sastre: metían ahí varias enfermedades distintas que tenían en común una cosa, que la piel quemaba como si el demonio te hubiera puesto un soplete. Llegaron a levantar cerca de 370 hospitales por toda Europa. Una red sanitaria continental, en plena Edad Media, montada para tratar pieles en llamas.
¿Y por qué San Antonio? Porque al santo lo representaban siempre con dos cosas: el fuego, por el dolor abrasador, y un cerdo. Sí, un cerdo. Los monjes usaban grasa de cerdo para calmar la piel quemada, así que el guarro pasó a ser el animal del santo. Durante siglos, en muchos pueblos, los cerdos de los antonianos campaban libres con una campanilla al cuello y nadie los tocaba: eran sagrados.
Te lo resumo: durante mil años, la humanidad respondió a este virus con grasa de cochino y oraciones.
Hoy tenemos algo un poco mejor. Pero para entender por qué, primero hay que entender cómo se mueve el bicho.
Por qué nunca se va
Cuando un niño pasa la varicela, se cura. Las costras se caen, vuelve al cole, fin de la historia. Eso creemos. Mentira. El virus no se muere: se esconde.
Piénsalo como un ex tóxico. El virus se retira a los ganglios nerviosos (unas estaciones de relevo que tienes repartidas a lo largo de la columna) y ahí se queda quieto, fabricando lo justo para sobrevivir sin que tus defensas lo pillen. Modo sigilo total.
¿Por qué no lo matas y punto? Porque es buenísimo escondiéndose. Lleva millones de años evolucionando con nosotros y ha aprendido la lección: el que monta mucho escándalo acaba cazado. El que sobrevive es el que no hace ruido.
El problema llega cuando bajas la guardia. Y eso pasa, sobre todo, con la edad. Tu sistema inmunitario, que de joven tenía a este preso bien vigilado, va envejeciendo y aflojando la vigilancia. También lo despiertan un estrés bestial, una enfermedad seria, ciertos tratamientos. Y entonces el dragón abre un ojo.
Cuando despierta no repite la varicela. Hace algo más teatral: baja por el nervio en el que estaba escondido, llega a la piel de esa zona concreta del cuerpo, y dibuja su firma. La culebra. La raya de ampollas ardientes que sigue, milímetro a milímetro, el recorrido exacto de ese nervio. Por eso siempre sale en una franja y de un solo lado: está calcando el mapa del cableado de tu cuerpo.
El dolor que no se va con la piel
No es el picor tonto de la varicela infantil. Es un dolor quemante, eléctrico, de calambrazo continuo, que muchos pacientes describen como tener un mechero pegado a las costillas. Empeora de noche. No te deja ni ponerte una camiseta.
En la mayoría de los casos se va en unas semanas, cuando cura la piel. Pero en una parte importante de la gente, no. El dolor se queda meses, a veces años, aunque en la piel ya no haya absolutamente nada que ver. A eso los médicos lo llamamos neuralgia postherpética, y es una de las pesadillas más difíciles de tratar que existen, porque el cable nervioso queda lesionado y sigue gritando aunque no le pase nada. Como una alarma de coche estropeada que aúlla a las cuatro de la mañana sin que nadie la haya tocado.
Le pasa a uno de cada tres mayores de 60 que cogen una culebrilla. Pasados los 80, si te toca, la probabilidad de dolor crónico es de una de cada dos. Y aun así, el dolor no es lo peor que puede hacer este virus.
Cuando el dragón sube al ático
A veces, cuando el virus se reactiva, no se conforma con bajar a la piel. Coge el ascensor en dirección contraria y sube hacia el sistema nervioso central. Hacia el cerebro. En los casos graves y evidentes puede provocar inflamación de los vasos del cerebro, un cuadro que se parece mucho a un ictus.
Pero lo inquietante es lo otro. Hay pruebas de que el virus puede reactivarse en silencio, sin sacar ni una ampolla, sin que nadie lo diagnostique, y aun así migrar hacia arriba y dejar al cerebro en un estado de inflamación crónica de bajo nivel. Un incendio lento durante años en el ático mientras tú haces vida normal.
Y la inflamación crónica del cerebro es uno de los sospechosos más estudiados detrás de las demencias. Cuando se lo comenté a mi padre, internista, enseguida vio la asociación.
El experimento que nadie diseñó
Aquí es donde la historia deja de dar miedo y empieza a ser una de las cosas más elegantes que he leído en años.
El gran problema de demostrar que una vacuna previene la demencia es el sesgo del santurrón (existe, aunque ese nombre se lo he puesto yo) la gente que se vacuna suele ser, de media, gente que también come mejor, anda más, va al médico y se cuida. Así que si los vacunados tienen menos demencia, ¿es por la vacuna o porque son campeones de la salud? Imposible de separar. Es el muro contra el que se estrella casi toda la investigación.
Hasta que Gales, sin querer, montó el experimento perfecto.
En septiembre de 2013, el sistema de salud galés empezó a ofrecer la vacuna contra el zóster, pero con presupuesto limitado. Así que pusieron una frontera arbitraria: solo entraban los nacidos a partir del 2 de septiembre de 1933. Si naciste un día antes, fuera de por vida. Un día después, dentro.
Pásmate con lo que pasó. Entre los que cumplían los años una semana demasiado pronto, se vacunó el 0,01%. Entre los que los cumplían una semana después, casi la mitad. Misma gente, misma vida, mismos hábitos. La única diferencia entre los dos grupos era una fecha en el DNI. El azar puro había repartido a la población en dos equipos casi idénticos, como cuando se echan a suertes los equipos en el patio.
Unos investigadores (Markus Eyting, Pascal Geldsetzer y su equipo de Stanford) se dieron cuenta de que aquello era oro y lo publicaron en Nature en abril de 2025.
¿El resultado? Los que entraron por un día en el grupo de la vacuna tuvieron, a lo largo de siete años, alrededor de un 20% menos de diagnósticos nuevos de demencia. ¡Efectivamente! Una raya en un calendario galés acabó decidiendo quién conservaba mejor la memoria.
La artillería: país por país
Y lo bonito de la ciencia de verdad es que un dato solo no vale. Hace falta que el mismo resultado aparezca una y otra vez, en sitios distintos, con métodos distintos. Y aparece:
Gales, 2025: la vacuna disminuye los nuevos diagnósticos de demencia
en torno a un 20% en siete años (Nature, experimento natural por fecha de nacimiento).
Australia, 2025: mismo truco de la fecha de corte, mismo resultado.
La vacuna previene o retrasa el diagnóstico de demencia.
Reino Unido, 2024: más de 200.000 personas. La vacuna recombinante
moderna baja el riesgo un 17% frente a la antigua (Nature Medicine, Oxford).
Y el detalle que casi nadie cuenta: el efecto fue mayor en mujeres (22%)
que en hombres (13%).
Cada uno es un experimento independiente que apunta a lo mismo, en cuatro poblaciones que no se conocen entre sí.
El segundo villano: el virus que despierta a otro virus
Y justo cuando crees que ya entiendes la trama, se abre una segunda puerta.
Resulta que el virus de la culebrilla quizá no actúe solo. La investigadora británica Ruth Itzhaki lleva décadas defendiendo, contra viento y marea y bastante mofa de sus colegas, que algunos virus que viven escondidos en nuestro cuerpo tienen algo que ver con el alzhéimer. Durante años la trataron poco menos que de hereje.
En 2022, su equipo enseñó algo inquietante en el laboratorio: cuando el virus de la varicela-zóster se reactiva, puede despertar a su vez a otro inquilino dormido, el virus del herpes simple, ese que vive latente en muchísima gente. Y ese despertar en cadena dispara, en el tejido cerebral, justo la acumulación de las proteínas basura que asociamos al alzhéimer.
O sea: el dragón de tu columna no solo hace ruido él. Puede llamar a la puerta del okupa del piso de arriba y montar la fiesta entre los dos.
A esto se suma un análisis de historiales médicos de más de 100 millones de personas en Estados Unidos que encontró, una y otra vez, la misma relación entre las reactivaciones del virus y la demencia.
Ruth Itzhaki tiene hoy más de 80 años. Lleva razón desde los 50. A veces la herejía solo era tener prisa.
El giro español
Y ahora la parte que más me gusta contar, porque va de nosotros.
Mientras medio mundo descubría todo esto a trompicones, ¿qué hacía España? Pues, para variar, algo bastante sensato sin hacer mucho ruido.
En 2023, el Ministerio de Sanidad metió la vacuna del zóster en el calendario público y gratuito, para toda la población a los 65 años. Y no metió cualquiera: puso la recombinante moderna (la misma que en los estudios enseñó el efecto más fuerte sobre la demencia).
Esto se ha ido implementando progresivamente desde 2023 y en 2026 ya está en la mayoría de comunidades autónomas (con variaciones según la región: Madrid, Andalucía, Castilla y León, etc.).
Entonces, ¿te vacunas o no?
Ya te veo venir con la pregunta del millón: vale, Inés, pero ¿me pincho o no me pincho?
Y aquí freno a propósito. Porque esa decisión (a quién le compensa, a qué edad, con qué matices, qué dice la evidencia de verdad y qué es ruido) no se despacha en dos líneas al final de un artículo. Se merece uno entero. Y lo va a tener: el próximo día nos sentamos a mirar, con la misma lupa de hoy, si vacunarse contra el zóster sale a cuenta y para quién.
Llevas un dragón dormido en la espalda desde los cuatro años. Está calladito. Y por primera vez en mil años de grasa de cerdo y oraciones, tenemos algo que decirle. La pregunta de qué hacemos con eso te la respondo en breves.
Y antes de irme: gracias. Por sostener todo este trabajo. Cada artículo que leo, escribo y reviso existe porque tú decidiste que valía la pena. Sin ti esto no se mantiene en pie. Nos vemos en la segunda parte.
Fuentes
El experimento natural de Gales
Confirmación en Gales y Australia
La vacuna recombinante moderna (Reino Unido)
El mecanismo: un virus que despierta a otro
La historia del nombre
Nota de la autora: este artículo se apoya en datos públicos y publicados. Si detectas un error o tienes información que lo contradiga, escríbeme. Corregir es parte del trabajo.
☞ El artículo completo original de La traumatóloga geek lo puedes ver
aquí