13 de enero de 2026

La ciencia está a las puertas de lograr algo que terminaría con nuestra experiencia humana tal como la conocíamos: el sufrimiento

La ciencia está a las puertas de lograr algo que terminaría con nuestra experiencia humana tal como la conocíamos: el sufrimiento

El Santo Grial de la medicina moderna contra el dolor ha sido siempre el mismo: lograr la potencia analgésica de la morfina sin sus efectos secundarios como la depresión respiratoria, la adicción o la tolerancia. Y aunque hasta ahora parecía algo imposible, un estudio ha sugerido que la clave no está en 'adormecer' el cuerpo, sino en 'atacar' la forma en la que el cerebro procesa el sufrimiento. 

El estudio. Un equipo liderado por Gregory Corder, de la Universidad de Pensilvania, ha desarrollado una terapia génica que actúa como un "interruptor" para el dolor crónico. 

Lo revolucionario no es solo que funciona, sino cómo lo hace: elimina la angustia emocional del dolor sin borrar la sensación física protectora, manteniendo al paciente a salvo pero libre de sufrimiento.

El problema no es sentir, es sufrir. El dolor tiene dos componentes muy claros: uno que es sensorial, que es necesario para la supervivencia del humano (como es retirar la mano cuando nos quemamos), y el otro es el afectivo o el emocional. Este segundo es el que genera la sensación de sufrimiento constante que puede destrozar la calidad de vida de un paciente que vive con dolor crónico o con dolor neuropático que afecta al sistema nervioso como por ejemplo la odiada 'ciática'. 

Según el estudio, titulado, los investigadores identificaron un grupo específico de neuronas en la corteza cingulada anterior (ACC). Estas neuronas son sensibles a los opioides y son las responsables de codificar la "desagradabilidad" del dolor, y es aquí donde se ha tratado de atacar, pero de manera quirúrgica y sin pastillas. 

La herramienta usada. Los científicos utilizaron una herramienta conocida como DREADD (Receptores de Diseño Activados Exclusivamente por Drogas de Diseño). Para ello, a través de un vector viral, insertaron receptores sintéticos específicamente en las neuronas de la corteza cingulada de ratones con dolor neuropático

A partir de ahí, administraron un fármaco que no tienen ningún efecto llamado DCZ. Este compuesto, pese a no hacer nada al cuerpo en los ratones, actúa como una llave que “apaga” las neuronas que se han modificado en su cerebro de manera muy específica. 

El resultado. El comportamiento del dolor crónico desapareció y comenzaron a actuar como animales completamente sanos. Sin embargo, cuando se les expuso a un estímulo térmico agudo, pudieron retirar la pata. De esta manera, su sistema de supervivencia estaba funcionando, pero el de la angustia estaba completamente apagado. 

La IA que lee el dolor. Uno de los mayores retos en la investigación del dolor es que los ratones no pueden decirnos "me duele un 7 sobre 10", y es por ello que de manera clásica los científicos dependían de pruebas sesgadas. Pero esto se ha acabado gracias a una IA llamada LUPE, que es una plataforma de Deep Learning y tiene la capacidad de analizar cientos de horas de vídeo de ratones moviéndose libremente. 

Pero lo relevante aquí es que tiene la capacidad de detectar micro-comportamientos espontáneos asociados al dolor que el ojo humano pasaría por alto. Gracias a LUPE, el equipo pudo confirmar objetivamente que el alivio de dolor era real y no un error de la interpretación humana. 

La crisis de los opioides. Lo más prometedor del estudio publicado hace escasos días es el perfil de seguridad. Al contrario que la morfina, que genera tolerancia, es decir, se necesita cada vez más dosis de medicamento para poder tener efecto, y adicción, esta terapia génica es totalmente lo contrario. 

De esta manera, no genera adicción, haciendo que el ratón no tenga que buscar una mayor dosis para mantener esa sensación y el efecto se mantuvo estable. 

La llegada de humanos. Aunque el éxito en ratones es rotundo, el salto a humanos es complejo, puesto que somos realmente diferentes y requiere de muchos más estudios de seguridad. Sin embargo, el camino está trazado. El equipo ya está planeando los siguientes pasos hacia ensayos clínicos, aunque es algo que se puede retrasar muchos años en ser una realidad en nuestro día a día. 

Imágenes | Sasun Bughdaryan 

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Una piel robótica que “duele”: así es el e-skin neuromórfico que da reflejos rápidos a los humanoides

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Si apoyas la mano en una sartén caliente, no necesitas deliberar: la apartas antes de ser plenamente consciente del daño. Ese truco biológico no depende primero del cerebro, sino de un circuito rápido que convierte la señal de la piel en movimiento casi inmediato. En muchos robots humanoides, el proceso suele ser más torpe: el sensor detecta, la información viaja a una unidad central, se calcula la respuesta y, por fin, se envía la orden al motor. Ese pequeño “viaje burocrático” puede ser suficiente para que el contacto con una superficie caliente, un pellizco mecánico o un golpe termine en una avería.

Con la llegada de los humanoides a entornos menos controlados —hogares, hospitales, espacios de atención al público— el reto deja de ser solo ejecutar tareas programadas. También importa reaccionar con naturalidad, de forma segura, cuando algo sale mal. En ese contexto se enmarca una propuesta descrita por Phys.org y respaldada por un trabajo científico en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS): una piel robótica capaz de detectar tacto, daño y algo parecido al dolor robótico, con reflejos locales que no dependen de esperar al “cerebro” del robot.

Qué falta en las pieles robóticas tradicionales

Muchas soluciones de sensores táctiles en robótica se parecen más a un timbre que a un sistema nervioso. Saben que alguien los presiona, estiman intensidad, quizá localización, pero no interpretan el significado del estímulo. Para un humano, el tacto puede ser agradable, neutro o peligroso; para un robot típico, todo queda en una cifra que debe evaluarse después en la unidad central.

Ese enfoque funciona en entornos industriales muy estructurados, donde los riesgos están acotados y el robot opera con márgenes de seguridad amplios. En un entorno cotidiano, el problema es que el “tarde” importa. Un dedo mecánico que se engancha en una tela, una muñeca que golpea un borde metálico o una mano que toca un objeto caliente son situaciones que, si se prolongan apenas un instante, pueden dañar piezas y también comprometer la seguridad de quien está cerca.

La idea clave: una e-skin neuromórfica que se comporta como nervios

El equipo que desarrolla esta e-skin neuromórfica plantea una arquitectura inspirada en el sistema nervioso humano. La metáfora útil es pensar en dos carriles: uno “normal”, en el que las sensaciones viajan al centro de decisión para ser interpretadas, y otro de emergencia, que actúa como el reflejo de retirar la mano cuando algo duele.

Según la descripción del trabajo, la piel se organiza en cuatro capas. La capa superior hace de cubierta protectora, como una especie de epidermis artificial que aguanta el día a día. Debajo viven los elementos que detectan presión y los circuitos que convierten esa presión en señales eléctricas con un comportamiento parecido al de neuronas y sinapsis. No es solo “medir y enviar”; es “medir, codificar y priorizar”.

Esa priorización es lo que permite hablar de “dolor” en términos funcionales. No se trata de que el robot sufra como una persona, sino de que el sistema marque ciertos estímulos como críticos y active una respuesta inmediata de autoprotección.

Un latido eléctrico para vigilar daños sin tocar nada

Uno de los detalles más interesantes es que la piel no espera a que ocurra algo para “hablar”. Cada cierto tiempo —del orden de decenas de segundos, según la descripción— envía un pulso eléctrico pequeño a la CPU incluso cuando no hay contacto. Es como el “OK” periódico que manda un dispositivo para confirmar que sigue conectado. Mientras ese pulso llega, el robot interpreta que el tejido está íntegro.

La consecuencia práctica es elegante: si la piel se corta o se daña, ese pulso deja de aparecer. El silencio se vuelve información. Con ello, el robot puede localizar la zona afectada y notificar el problema al propietario o al sistema de mantenimiento. En lugar de necesitar un diagnóstico complejo, la piel incorpora una especie de autovigilancia. Como cuando una tira de luces navideñas deja de encenderse a partir de un punto y sabes exactamente dónde buscar el fallo.

Tacto “normal” y tacto “peligroso”: dos rutas de señal

Cuando alguien toca al robot, la piel genera señales tipo “spike” que codifican la presión aplicada. En contactos habituales, esos spikes siguen el carril estándar hacia la CPU, donde se puede interpretar el contexto: si es un apretón de manos, si el robot está sosteniendo un objeto frágil o si un usuario necesita asistencia.

La parte diferencial llega cuando el estímulo supera un umbral predefinido, interpretado como señal de dolor robótico. En ese caso, la piel emite un spike de mayor voltaje que no espera el procesamiento central: va directo a los motores. Es, en la práctica, un atajo para ejecutar un reflejo local. La reacción típica sería retirar el brazo o modificar la postura de inmediato para reducir el daño.

Visto desde fuera, es como pasar de una atención al cliente con cola a un botón de emergencia que corta la corriente. No todo necesita el modo emergencia, pero cuando algo está a punto de romperse, la latencia se vuelve el enemigo.

Seguridad e interacción: por qué importa en robots de servicio

En un robot de asistencia, la seguridad no se mide solo por “no hacer daño”, sino también por “no dañarse”, porque un robot averiado puede comportarse de forma impredecible o quedar inmovilizado en un lugar inadecuado. Una piel robótica que distingue contacto normal de contacto peligroso puede ayudar a que la interacción sea más intuitiva. Un usuario no experto no tiene por qué conocer los límites de fuerza exactos; el robot puede protegerse y, al mismo tiempo, señalizar que algo fue demasiado brusco.

El propio equipo lo enmarca en términos de una arquitectura jerárquica inspirada en redes neuronales biológicas, con detección de alta resolución y reflejos locales, orientada a una interacción humano-robot más natural. La publicación científica se atribuye a PNAS, y la noticia divulgativa fue difundida por Phys.org, lo que sugiere un interés tanto académico como aplicado.

Reparación rápida: parches magnéticos como piezas de Lego

La durabilidad es otro cuello de botella cuando se piensa en robots que conviven con personas. Una piel compleja y delicada sería un quebradero de cabeza si repararla exige desmontar medio brazo. Aquí aparece un enfoque práctico: la piel está hecha de parches modulares sujetos magnéticamente. Si una sección se daña, se puede retirar y reemplazar en segundos, “clic” mediante, como cambiar una pieza de un juguete de construcción.

Este detalle es menos vistoso que el “dolor”, pero puede ser igual de decisivo para la adopción real. En entornos de servicio, el mantenimiento tiene que ser rápido y barato. Una e-skin que se repara como quien cambia una baldosa rota evita paradas largas y reduce el coste operativo.

El siguiente obstáculo: sentir varias cosas a la vez sin confundirse

Un reto típico del tacto es que la realidad rara vez es un toque único y aislado. Imagina que sostienes una caja mientras alguien apoya la mano en tu antebrazo: tu piel y tu sistema nervioso distinguen ambos estímulos sin colapsar. En robótica, cuando se sube la resolución y la cantidad de sensores, aparece la complejidad de interpretar múltiples contactos simultáneos.

El equipo señala como siguiente paso aumentar la sensibilidad y la capacidad de manejar varios toques a la vez sin confusión. Dicho en sencillo: que el robot pueda leer su piel como nosotros leemos un teclado con varios dedos, sin que cada pulsación se convierta en ruido para las otras.




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Venezuela tiene algo mucho más valioso que el petróleo y EEUU lo sabe. El gran problema es que no sabe dónde está

Venezuela tiene algo mucho más valioso que el petróleo y EEUU lo sabe. El gran problema es que no sabe dónde está

El anuncio de que empresas estadounidenses podrían acceder al vasto petróleo de Venezuela ha reactivado una ambición mucho más amplia de la administración de Donald Trump. Porque la nación latinoamericana tiene algo que Washington busca desesperadamente, algo que a China le sobra

El quid es cómo y cuánto.

Más allá del crudo. Sí, la cara “b” del “desembarco” norteamericano en Venezuela también busca explorar el potencial mineral del país como parte de “la seguridad nacional de Estados Unidos”. Los expertos señalan que, además del crudo, existirían reservas no verificadas de minerales críticos y posibles grandes cantidades de tierras raras, insumos clave para la defensa y la tecnología

Sin embargo, la falta de datos fiables, la duda sobre la viabilidad económica y los riesgos operativos en zonas con presencia de grupos armados e ilegalidad minera convierten el objetivo en una empresa mucho más compleja que la propia reapertura petrolera, con impactos ambientales significativos asociados a la minería intensiva en energía.

La cadena de suministro y el cuello de botella. Incluso si se superaran los obstáculos de extracción, el desafío decisivo aparece en el procesamiento. La refinación de tierras raras está concentrada en más de un 90% en China, un dominio construido durante décadas mediante subsidios, expansión industrial y regulaciones ambientales laxas. 

Esta posición ha convertido a las tierras raras en un punto sensible de las tensiones comerciales entre Washington y Pekín, con controles de exportación que han puesto en evidencia la fragilidad de las cadenas de suministro estadounidenses. El consenso entre analistas es que esa ventaja industrial y geopolítica no puede revertirse rápidamente, por lo que nuevos yacimientos sin capacidad de refinado propia aportarían poco a la resiliencia estratégica a corto plazo.

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Por qué es importante. Lo hemos contado otras veces. La clasificación de “minerales críticos” abarca un conjunto amplio de materias primas esenciales para la economía y la seguridad, desde aluminio y cobre hasta un grupo específico de 17 elementos conocidos como tierras raras, indispensables para imanes de alto rendimiento, electrónica avanzada y sistemas militares. Aunque estos elementos no son escasos en la corteza terrestre, su extracción y refinado resultan técnicamente exigentes y costosos. 

En Estados Unidos existen esfuerzos para desarrollar capacidades domésticas, pero los plazos de puesta en marcha suelen medirse en años o décadas, lo que explica la tentación de buscar soluciones externas que, en la práctica, rara vez ofrecen resultados inmediatos.

Potencial geológico y límites estructurales. Ocurre que, a diferencia de otros países con reservas confirmadas, Venezuela no figura en los listados internacionales como productor relevante de tierras raras, una ausencia explicada por décadas de opacidad institucional durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Aun así, se cree que el país alberga depósitos de coltan y bauxita, fuentes de metales considerados críticos como tantalio, niobio, aluminio y galio. 

Proyectos como el Arco Minero del Orinoco pretendieron capitalizar ese potencial, pero han quedado marcados por la minería ilícita, la falta de inversión, la escasez de mano de obra cualificada y un entorno regulatorio volátil que desalienta a operadores internacionales.

Un espejismo estratégico a medio plazo. Si se quiere también, la evaluación final de los expertos es clara: aunque el subsuelo venezolano pueda esconder recursos valiosos, su contribución a la seguridad de suministro de Estados Unidos sería marginal en el horizonte cercano. Sin datos geológicos sólidos, sin garantías de seguridad y sin capacidad de procesamiento independiente del circuito chino, el interés mineral de Venezuela parece más una extensión del pulso geopolítico que una solución práctica, al menos en el corto plazo.

En ese contexto, la apuesta estadounidense enfrenta una paradoja: el país ofrece mucho sobre el papel, pero poco que pueda traducirse en ventajas reales durante la próxima década.

Imagen | Mauricio Campello, RawPixel

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China ha dado un paso silencioso en la nueva carrera espacial: el primer sistema del mundo para medir el tiempo en la Luna

China ha dado un paso silencioso en la nueva carrera espacial: el primer sistema del mundo para medir el tiempo en la Luna

La Luna está cerca de pasar de ser un destino ocasional a un lugar donde ocurren muchas cosas a la vez, y eso obliga a replantear incluso las bases más elementales de cómo se opera allí. Cuando varias naves maniobran, cuando se quiere aterrizar con precisión o cuando se piensa en una futura red de navegación, ya no basta con usar la hora de la Tierra y hacer correcciones sobre la marcha. El tiempo se convierte en una herramienta operativa, y cualquier desfase, por pequeño que sea, empieza a importar. Ese es el trasfondo del paso que acaba de dar China.

El anuncio llega desde Nanjing y tiene un objetivo muy práctico. Según Global Times, un equipo del Purple Mountain Observatory ha desarrollado y publicado LTE440, un software que permite comparar directamente el tiempo en la Luna con el de la Tierra sin recurrir a cálculos manuales. El sistema se basa en un modelo que integra la gravedad lunar y el movimiento del satélite, y la Academia China de Ciencias lo presentó oficialmente como un producto utilizable el pasado diciembre, no solo como un ejercicio académico, con la vista puesta en futuras operaciones en el entorno lunar.

Por qué el tiempo no corre igual en la Luna. El desfase que intenta resolver el software chino no es una curiosidad, sino una consecuencia directa de la física. Al tener una gravedad menor, la Luna hace que sus relojes se adelanten unos 56 microsegundos al día respecto a los de la Tierra. Esa diferencia, imperceptible a corto plazo, se va acumulando y acaba introduciendo errores crecientes si se sigue usando el tiempo terrestre como única referencia para misiones que duran meses o incluso años.

Aterrizajes y navegación en juego. Ese desfase, por pequeño que parezca, tiene consecuencias directas cuando se pasa de la teoría a la operación. Jonathan McDowell, astrónomo de Harvard y citado por el South China Morning Post, explicó que diferencias de apenas un microsegundo pueden volverse relevantes en sistemas de navegación, afectando a los cálculos incluso en escalas de un minuto.

Qué es LTE440. LTE440 calcula la relación entre el tiempo de coordenadas de la Luna y el tiempo dinámico del baricentro del sistema solar, una referencia astronómica usada para describir el movimiento de los cuerpos. Esa correspondencia es uno de los pasos necesarios para convertir después el tiempo lunar al tiempo terrestre de forma trazable.

Chinese Next Gen Crewed Rocket Mockup 2022 Un modelo del "Long March 10”, el sistema de lanzamiento que China quiere utilizar para su primera misión tripulada a la Luna

El marco internacional. La presión por ordenar este problema no viene solo de China. En 2024 la Unión Astronómica Internacional adoptó un marco amplio para que la Luna disponga de su propia referencia temporal, ante la perspectiva de múltiples misiones operando al mismo tiempo. En ese contexto, el trabajo del equipo de Nanjing se presenta como un paso de ingeniería que intenta convertir esa idea general en una herramienta utilizable.

Alcance ambicioso. El artículo científico en Astronomy and Astrophysics sostiene que el método se mantiene en el orden de unas pocas decenas de nanosegundos incluso según sus cálculos al proyectarlo a 1.000 años.

Por otra parte, ese avance técnico llega en un momento muy concreto del programa espacial chino. La Agencia Espacial Tripulada de China (CMSA) mantiene su objetivo de llevar astronautas a la Luna para 2030 y ya ha completado el prototipado preliminar de los principales sistemas, desde el cohete Long March-10 hasta la nave Mengzhou y el módulo lunar Lanyue.

Imágenes | Ganapathy Kumar | engin akyurt

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NVIDIA y Siemens han llegado a la misma conclusión: el reactor de fusión SPARC es el "microchip" del futuro para la IA

NVIDIA y Siemens han llegado a la misma conclusión: el reactor de fusión SPARC es el "microchip" del futuro para la IA

El chiste de los "30 años para la fusión" ha muerto oficialmente en Massachusetts. Con la instalación del primer imán superconductor de alta temperatura en el reactor SPARC, la era de la experimentación ha dado paso a la era de la manufactura. Con un calendario que marca 2027 como el año del 'Primer Plasma', la humanidad está a solo unos meses de demostrar que el Sol puede ser embotellado de forma comercial.

El renacimiento en el desierto. El epicentro de este cambio es la alianza entre Commonwealth Fusion Systems (CFS), el gigante de los chips Nvidia y la potencia industrial Siemens en el CES 2026 en Las Vegas. Según han detallado las agencias, las tres compañías han unido fuerzas para crear un "gemelo digital" de SPARC, el reactor de demostración que CFS está construyendo en las afueras de Boston.

Este anuncio no es solo una declaración de intenciones. Como informa Seeking Alpha, CFS ya ha instalado el primero de los 18 imanes superconductores de alta temperatura que forman el corazón de SPARC. Según el CEO de CFS, Bob Mumgaard, en declaraciones para Fortune: "Estos imanes son lo suficientemente potentes como para elevar un portaaviones del agua".

La paradoja de la IA. Como advirtió Roland Busch, CEO de Siemens, en el escenario del CES, las fábricas y los centros de datos de IA requieren gigavatios de electricidad constantes para funcionar, pero la IA es, a su vez, la herramienta que permitirá conseguir esa energía. 

Controlar un plasma a 100 millones de grados centígrados es un desafío de ingeniería que la mente humana no puede resolver sola. Como explica Latitude Media, la colaboración con Nvidia permite comprimir "años de experimentación manual en apenas semanas de optimización virtual".

El "Cerebro" Digital de la Fusión. La clave para que CFS logre lo que nadie ha podido en décadas reside en una infraestructura digital sin precedentes. La compañía no solo está soldando acero; está construyendo el reactor dos veces: una en el mundo real y otra en el virtual. Para ello, utiliza el ecosistema Siemens Xcelerator en el diseño industrial y la plataforma Omniverse de Nvidia para dar vida a una réplica exacta del reactor SPARC.

Este sistema funciona como un sofisticado simulador de vuelo. Bob Mumgaard, CEO de CFS, detalla que utilizan una analogía aérea para explicar esta jerarquía tecnológica; mientras el gemelo digital desarrollado con Nvidia actúa como el "avión virtual", la inteligencia artificial de Google DeepMind funciona como el "copiloto" que ayuda a navegar las turbulencias del plasma.

Esta estrategia permite decir "adiós a las conjeturas". Como afirma Del Costy, directivo de Siemens, "los datos no mienten". El valor real de esta colaboración es la capacidad de ejecutar miles de escenarios virtuales antes de mover un solo imán en la planta física. Esta tecnología es la que permite a los ingenieros observar en tiempo real qué ocurre dentro de la "rosquilla" magnética (el tokamak) sin necesidad de abrir la maquinaria, eliminando la incertidumbre que ha frenado a la industria durante medio siglo.

El tablero político. Hasta ahora, la fusión es uno de los pocos temas que goza de un apoyo bipartidista en Estados Unidos. Sin embargo, un nuevo jugador ha sacudido el tablero: Trump Media & Technology Group. Según informa World Nuclear News, la empresa del presidente Donald Trump se ha fusionado con TAE Technologies en una operación de 6.000 millones de dólares. El objetivo es crear el primer actor de energía de fusión que cotice en bolsa para asegurar la "supremacía energética y de IA" de Estados Unidos.

Aunque CFS y TAE utilizan tecnologías distintas —CFS apuesta por el tokamak e imanes superconductores, mientras que TAE usa aceleradores de partículas y combustible de hidrógeno y boro—, la competencia por ser el primero en inyectar electricidad a la red es total. CFS también mira de reojo a Helion, la startup respaldada por Sam Altman (OpenAI), que ya tiene un contrato para suministrar energía a Microsoft.

El horizonte. La hoja de ruta presentada por CFS, apoyada por capital de Bill Gates y Mitsubishi, parece por primera vez tangible:

  • Finales de 2026: El fin de la construcción de SPARC en Massachusetts. Será el momento en que el "avión virtual" diseñado por Nvidia y Siemens se materialice por completo en el mundo físico.
  • 2027: El momento del "Primer Plasma". SPARC deberá encender su corazón magnético para producir su primer plasma y demostrar científicamente el "Q mayor a 1": generar más energía de la que consume. 
  • Principios de 2030: El debut de ARC en Virginia. Una planta comercial de 400 megavatios capaz de abastecer a 300.000 hogares con energía limpia extraída, literalmente, de partículas de hidrógeno presentes en el agua.

El fin del chiste de los "30 años" Durante décadas, la comunidad científica bromeaba con que la fusión siempre estaba a 30 años de distancia. Pero con el respaldo de Nvidia y Google, la fusión ha dejado de ser un proyecto de laboratorio para convertirse en una industria manufacturera. El "Lego" es complicado, pero con las instrucciones de la IA y el capital de los gigantes tecnológicos, el Sol está más cerca que nunca de ser embotellado en la Tierra.

Imagen | CFS

Xataka | Rusia quiere ser quien encienda la luz en la Luna: su plan pasa por un reactor nuclear operativo antes de 2036

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