2 de marzo de 2026

Nuevo estudio genético revela un patrón inesperado en el mestizaje entre neandertales y sapiens

Hace más de una década, en 2010, un hallazgo revolucionó nuestra comprensión de la evolución humana. Análisis genéticos demostraron que hubo intercambio de ADN entre Homo sapiens y Homo neanderthalensis hace entre 40.000 y 60.000 años. Desde entonces, sabemos que las poblaciones actuales fuera de África conservan un pequeño, pero significativo porcentaje de herencia neandertal en su genoma.

Sin embargo, esa herencia no está distribuida de manera uniforme. Existen zonas del genoma humano moderno prácticamente libres de ADN neandertal, conocidas como “desiertos neandertales”, particularmente notorios en el cromosoma X. ¿Por qué ocurre esto?.

Un nuevo estudio publicado en Science por investigadores de la University of Pennsylvania propone una explicación que va más allá de la selección natural, las preferencias de pareja habrían jugado un papel clave en cómo se mezclaron ambas especies.

Más que biología: el rol de las interacciones sociales

Hasta ahora, la hipótesis dominante sostenía que estos “desiertos” genéticos eran resultado de la selección natural, porque ciertos genes neandertales habrían sido perjudiciales para los humanos modernos y, por tanto, eliminados con el tiempo.

Pero el nuevo análisis genómico sugiere otra posibilidad. El equipo examinó ADN de tres neandertales —hallados en Altai y Chagyrskaya (Rusia) y Vindija (Croacia)— y los comparó con genomas de poblaciones africanas actuales, utilizadas como grupo de control por no presentar ascendencia neandertal significativa.

El resultado fue revelador. Encontraron un exceso relativo del 62% de material genético sapiens en los cromosomas X neandertales analizados. Este patrón es consistente con un modelo en el que la mayoría de los cruces se produjeron entre mujeres Homo sapiens y varones neandertales.

La explicación está en la genética básica, las mujeres tienen dos cromosomas X, mientras que los hombres tienen uno. Si los encuentros reproductivos fueron más frecuentes entre hombres neandertales y mujeres sapiens, el ADN neandertal tendría menos probabilidad de permanecer en el cromosoma X de las poblaciones humanas modernas, mientras que el ADN sapiens dejaría una huella más fuerte en los cromosomas X neandertales.

Un mestizaje prolongado

Investigaciones recientes sugieren que el intercambio genético entre ambas especies no fue un evento aislado, sino que pudo extenderse durante cerca de 7.000 años. Durante ese período, grupos humanos migraron hacia territorios neandertales y viceversa, generando múltiples oportunidades de contacto e hibridación.

Tradicionalmente, la migración diferencial había sido una de las principales explicaciones para la distribución irregular del ADN neandertal. Sin embargo, este nuevo estudio indica que los factores sociales —como la elección de pareja— también pudieron moldear profundamente nuestra herencia genética.

Repensar la evolución humana

El hallazgo tiene implicancias que van más allá de la biología molecular. Durante años se asumió que la evolución humana estaba guiada principalmente por la supervivencia de los genes más ventajosos. Este trabajo introduce un matiz importante, las dinámicas sociales y culturales también pueden dejar huellas duraderas en el ADN.

El equipo de investigación planea ahora analizar si comparaciones genéticas similares pueden ofrecer pistas sobre la organización social neandertal: por ejemplo, si existían patrones de residencia en los que las mujeres permanecían en su grupo de origen mientras los hombres migraban, o viceversa.

Comprender estas interacciones no solo ayuda a reconstruir los encuentros entre especies humanas, sino también a iluminar aspectos de su vida social, sus vínculos y las decisiones que, sin saberlo, terminaron moldeando el genoma de millones de personas en la actualidad.

La evolución, sugiere este estudio, no es solo una historia de adaptación biológica. También es una historia de encuentros, elecciones y relaciones.

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Hemos resuelto el problema de la basura espacial quemándola. Un rastro de litio de SpaceX acaba de demostrar que es una pésima idea

Hemos resuelto el problema de la basura espacial quemándola. Un rastro de litio de SpaceX acaba de demostrar que es una pésima idea

Durante décadas, la industria aeroespacial ha tenido una solución de consenso para el problema de la basura espacial: quemarla. Un fenómeno bastante sencillo que se basa en la reentrada de un satélite cuando termina su vida útil en la atmósfera para que comience a sufrir la fricción y lo desintegre por completo. Pero la realidad es que estamos ante un grandísimo problema, ya que la física nos recuerda que la materia ni se crea ni se destruye. 

Lo hemos capturado. La ciencia está dándose cuenta de que no estamos eliminando la chatarra espacial, solo la estamos vaporizando para convertirla en aerosoles metálicos que están cambiando la química de nuestro propio cielo. Y la pista definitiva de este problema se encontró la noche del 19 de febrero de 2025, donde un equipo de investigadores alemanes apuntó un láser hacia el cielo de Kühlungsborn. 

Lo que detectaron en este caso a unos 100 kilómetros de altitud, en la termosfera, fue alguno que no debería estar ahí, puesto que había grandes cantidades de litio. Y no estaba ahí porque sí, ya que justo coincidió horas antes con la reentrada de un cohete Falcon 9 de SpaceX que había sido desintegrado sobre el Atlántico entre Irlanda y Reino Unido. 

Algo nuevo. La señal medida en este caso no era demasiado sutil, puesto que era 10 veces mayor a la concentración habitual en esa región, y este hallazgo se recogió en un artículo porque marca un gran hito: es la primera vez que se observa "en vivo" y desde la Tierra la contaminación metálica desprendida de una pieza de chatarra espacial concreta en el momento exacto de quemarse.

El iceberg metálico. El incidente con este Falcon no es algo aislado en nuestra sociedad, sino que es un síntoma del cambio estructural que estamos viviendo. En 2023, ya un equipo de investigadores utilizó diferentes dispositivos para poder analizar más de 50.000 partículas de aerosol en la estratosfera, que es la capa donde reside nuestra capa de ozono, a unos 15-30 km de altitud. 

Qué vieron. De manera histórica, los metales que se encontraban en la estratosfera provenían de los meteoritos que entraban en nuestro planeta. Pero hoy se estima que 210 toneladas anuales de aluminio en la atmósfera proceden de la desintegración de los satélites y cohetes, frente a las 20 toneladas anuales que se vaporizan de forma natural desde los meteoros. 

Pero el litio no es el único metal que hay en la atmósfera de nuestro planeta, puesto que los científicos han detectado más de veinte elementos, entre los que destacaban el aluminio, el cobre, el plomo o la plata... Esto es algo que no encaja con la composición normal de los meteoritos, pero sí coincide con los materiales que usan las diferentes empresas aeroespaciales para crear sus cohetes y sus satélites. 

No hay planificación. El ritmo de lanzamientos se ha disparado en los últimos años, y si hoy rozamos los 10.000 objetos orbitando la Tierra, tenemos que saber que solo Starlink aspira a tener más de 40.000 satélites en la órbita terrestre baja. Pero el problema es que la vida útil de estos aparatos es corta, por lo que su destino inevitable es acabar vaporizados sobre nuestras cabezas. 

Sus efectos. La ciencia aquí tiene bastante claro que los efectos de llenar la estratosfera de estos metales, son a día de hoy desconocidos. Pero las proyecciones nos apuntan a que no debemos estar tranquilos porque los elementos como el aluminio y el cobre son importantes catabolizadores que pueden afectar a la delicada capa de ozono. 

Además de esto, las partículas metálicas pueden actuar como núcleos de condensación especiales, alterando la microfísica de las nubes estratosféricas polares. Y por si fuera poco, al añadir material antropogénico a los aerosoles de ácido sulfúrico, cambia su tamaño y capacidad para dispersar la luz solar. Irónicamente, estamos alterando la reflectividad de la estratosfera, la misma capa que algunos científicos quieren usar para geoingeniería climática, sin saber qué consecuencias tendrá. 

El límite planetario. Los modelos aquí sugieren que, si se materializan las megaconstelaciones previstas, la fracción de partículas estratosféricas contaminadas con aluminio de satélites pasará del 10% actual a cerca del 50%. En otras palabras, la carga de metales en la estratosfera podría crecer alrededor de un 40% respecto a los niveles naturales. 

Aquí durante años las agencias espaciales han asumido que desintegrar satélites era una práctica completamente inocua y limpia. El ejemplo del Falcon 9, que ha validado las advertencias de la comunidad científica, nos demuestra que la órbita terrestre y nuestra atmósfera conforman un ecosistema conectado. De esta manera, lanzar decenas de miles de objetos al espacio para luego quemarlos en nuestro propio tejado puede ser una solución para mantener el espacio limpio, pero estamos ensuciando el cielo a cambio. 

En Xataka | España y Portugal se han aliado para lanzar satélites con una misión: monitorizar catástrofes en tiempo real

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Cuando los chatbots “interpretan” identidades: el problema de los estereotipos sobreactuados

Imagen conceptual que representa los sesgos en inteligencia artificial generativa, mostrando a un robot confundido al pintar una figura humana dividida entre estereotipos de género, raza y discapacidad. La escena minimalista refleja el conflicto de las IA como Sora al interpretar la diversidad humana desde datos limitados.

Cada vez más aplicaciones incorporan chatbots que no solo responden preguntas, sino que simulan ser alguien: una persona joven o mayor, de un país concreto, con un oficio específico, con un origen étnico determinado o en una situación familiar particular. La promesa es intuitiva: si el asistente “se parece” a ti, quizá te resulte más cómodo pedirle ayuda, contarle algo personal o aprender con él. Es parecido a elegir un profesor particular; solemos sentirnos más seguros cuando percibimos cercanía.

El problema aparece cuando esa cercanía es un disfraz hecho de tópicos. Un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania, en su College of Information Sciences and Technology, sostiene que muchos sistemas actuales no están representando bien a personas de determinados grupos sociodemográficos. No es que fallen por falta de fluidez: al contrario, suelen sonar convincentes. La crítica es más incómoda: los modelos tienden a apoyarse en estereotipos superficiales y a enfatizar “marcadores culturales” de forma exagerada, como si la identidad fuera un paquete de etiquetas que hay que mencionar para “sonar auténtico”. La investigación se presentó en AAAI 2026 (en una pista dedicada a alineamiento de IA) y el artículo está disponible como preprint en arXiv, con autoría liderada por Shomir Wilson y Sarah Rajtmajer, entre otros.

Qué estudiaron y cómo lo midieron

El trabajo parte de una hipótesis muy realista: conforme la IA generativa se integra en atención al cliente, educación, salud digital o compañía emocional, vamos a encontrarnos con más asistentes “con carácter” y “con historia”. Si ese personaje está mal construido, el daño no es solo estético. Puede afectar a cómo se perciben comunidades enteras, a cómo se diseñan productos y a decisiones en contextos sensibles.

Para analizarlo, el equipo pidió a varios modelos de lenguaje (LLM) que adoptaran diferentes perfiles basados en edad, género, raza, ocupación, nacionalidad y estado de relación. Entre los sistemas probados se citan GPT-4o, Gemini 1.5 Pro y DeepSeek v2.5. Después, interrogaron a más de 1.500 “personas” generadas por IA con preguntas típicas de auto-descripción, del estilo “¿cómo te definirías?” o “¿en qué destacas?”. La comparación clave no fue con la opinión del equipo investigador, sino con respuestas de personas reales con características sociodemográficas similares, obtenidas mediante encuestas.

Lo que encontraron es un patrón: cuando el modelo “actúa” como parte de un grupo minoritizado, tiende a escribir con el tipo de lenguaje que la cultura popular usa para describir a ese grupo, y lo hace con más intensidad que las personas reales. Es como si un guionista que solo ha visto clichés intentara escribir un personaje complejo: puede sonar verosímil a primera vista, pero le faltan matices.

El síntoma: identidades complejas reducidas a señales fáciles

Una de las partes más ilustrativas del estudio es el ejemplo de una supuesta mujer afroamericana de 50 años. Cuando se le hacen preguntas generales sobre su vida, el chatbot recurre a una constelación de temas muy reconocibles: gospel, “tough love”, justicia social, cuidado del pelo natural y otros marcadores culturales. El detalle importante no es que esos temas existan en la vida de muchas personas; existen. Lo llamativo es la acumulación, como si el sistema marcara casillas para demostrar que “lo está haciendo bien”.

En las respuestas humanas, según los investigadores, lo que aparece con más frecuencia es lo cotidiano e individual: trabajo, crianza, voluntariado, preocupaciones de salud, experiencias personales. Es decir, lo que cualquiera contaría si le preguntan “quién eres” en una conversación real. La diferencia recuerda a la forma en que a veces se cocina “comida internacional” con un solo condimento dominante: puede oler a ese país, pero no sabe a una comida de verdad.

Este contraste también explica por qué el problema es fácil de pasar por alto. Los chatbots suelen redactar de manera ordenada, extensa y con buena estructura. Esa “buena prosa” funciona como una fachada. Por detrás, dicen los autores, lo que hay es un uso de lenguaje “codificado culturalmente” que simplifica la experiencia de comunidades enteras.

Cuatro formas de daño representacional que no siempre se ven a simple vista

El estudio describe varios tipos de daño representacional. Uno es el estereotipado, cuando el sistema se apoya en generalizaciones y tropos conocidos. Otro es el exotismo, que convierte identidades minoritarias en algo “otro”, casi decorativo, como un recurso narrativo para dar color. También aparece la borradura o erasure, cuando se aplana la complejidad histórica y personal, omitiendo contradicciones, diversidad interna y trayectorias individuales. Y está el sesgo benevolente, que es especialmente insidioso: el modelo emplea un tono amable y positivo que puede esquivar filtros simples de detección de sesgo, mientras sigue reforzando una visión distorsionada.

Aquí conviene un ejemplo cotidiano. Imagina un amigo que siempre te hace cumplidos basados en tu origen, tu acento o tu apariencia, con buena intención. Puede sonar “bonito”, pero te reduce a una postal. Ese es el tipo de mecanismo que preocupa en el sesgo benevolente: no agrede con insultos, pero encierra a la persona en una identidad caricaturizada.

Riesgos reales cuando estas “personas” saltan a contextos de alto impacto

La advertencia del equipo de Penn State no va solo sobre chats de entretenimiento. Los autores recuerdan que los LLM ya se usan en escenarios de alto riesgo: como compañeros conversacionales para apoyo emocional, como interfaces en servicios sensibles o incluso como “sujetos simulados” en investigaciones. Si en esos contextos el sistema magnifica estereotipos, el resultado puede ser una cadena de decisiones mal informadas.

En investigación, por ejemplo, usar personas sintéticas para probar hipótesis sociales puede parecer cómodo y barato, pero si esas personas están hechas de clichés, el experimento se contamina desde el inicio. Es como entrenar para un maratón en una cinta que marca mal la velocidad: puedes sentir que progresas y, aun así, estar midiendo todo con una regla torcida.

En productos de consumo, el riesgo es normalizar expectativas dañinas. Si una app ofrece un “mentor” o “terapeuta” con identidad definida y ese perfil se basa en señales estereotípicas, el usuario puede interiorizar una imagen deformada, o sentir que la herramienta “no le habla de verdad” aunque suene correcta. El problema se agrava cuando la persona usuaria pertenece al grupo representado: el sistema pretende acompañarte, pero termina hablándote como si fueras un personaje.

Qué proponen: auditorías más profundas y validación con comunidades

Una parte relevante del trabajo es que no se limita a diagnosticar. Los autores plantean que las estrategias actuales de control, centradas en detectar palabras “problemáticas” o en bloquear frases, se quedan cortas. Un estereotipo no siempre vive en una palabra concreta; vive en la historia que se construye, en lo que se repite, en lo que se omite, en la forma en que se atribuyen causas y valores.

Por eso sugieren evolucionar hacia auditorías que evalúen contexto y “profundidad narrativa” en la representación de identidades. También insisten en algo que suele ser difícil en la práctica, pero crucial: que el diseño de estas personas no se haga en una burbuja técnica, sino con participación de las comunidades que se pretende representar. Hablan de un protocolo de validación centrado en comunidades, que ayude a comprobar si esas personas sintéticas resuenan con experiencias vividas reales.

La idea se parece a cómo se prueba un producto accesible. No basta con que el equipo diga “cumple la norma”; hay que probarlo con quienes lo van a usar, escuchar fricciones, detectar supuestos invisibles y corregir.

La pregunta que queda abierta para la industria

El auge de la personalización en IA trae una tentación: creer que “más rasgos” equivale a “más realismo”. Este estudio sugiere lo contrario. Cuando un sistema necesita exhibir demasiadas señales culturales para que se note su identidad, quizá lo que está mostrando no es realismo, sino ansiedad por encajar en una etiqueta.

Si las empresas van a ofrecer chatbots con persona, el reto no es solo evitar insultos o contenido explícitamente discriminatorio. El reto es construir representaciones que no conviertan identidades humanas en un collage de lugares comunes. Porque si la IA va a convivir con nosotros en conversaciones diarias, será mejor que no aprenda a “actuar” a base de clichés, por muy educada que suene al hacerlo.




☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí

ClawJacked: una web maliciosa puede secuestrar OpenClaw a través de WebSockets en localhost

La vulnerabilidad ClawJacked permite que una web maliciosa se conecte desde el navegador a un WebSocket expuesto en localhost por el gateway de OpenClaw y, mediante fuerza bruta, obtener acceso de administrador. Una vez dentro, el atacante podría robar credenciales y datos e incluso llegar a ejecutar comandos en equipos emparejados. La mitigación principal es actualizar a OpenClaw 2026.2.26 o posterior.

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Una nueva investigación ha puesto el foco en ClawJacked, un fallo de alta severidad que afecta a OpenClaw y que rompe una suposición muy habitual: ‘si un servicio solo escucha en localhost está fuera del alcance de una web’. Según los detalles publicados, el problema parte de un gateway local que expone un servicio WebSocket accesible desde el navegador. Esto es especialmente relevante porque las políticas de seguridad del navegador, como el same-origin policy, no impiden necesariamente que un sitio web remoto intente abrir un WebSocket hacia una dirección local como 127.0.0.1. En la práctica, basta con que el usuario visite una página controlada por un atacante para que un script en JavaScript pruebe a conectar con el servicio local, sin que tenga que aparecer un aviso claro.

El segundo ingrediente clave es el mecanismo de autenticación y el control de abusos. La investigación indica que existía un rate limiting, pero con una excepción peligrosa: por defecto, el loopback (127.0.0.1) quedaba exento. Esto permitiría un escenario de fuerza bruta ‘a gran velocidad’, con numerosos intentos por segundo, sin el frenado esperado y, según se describe, con un registro insuficiente de intentos fallidos. Si el atacante consigue adivinar la contraseña, el impacto no se queda en ‘acceder a una interfaz’: el gateway podría aceptar el emparejamiento desde localhost de forma automática, registrando al atacante como un dispositivo de confianza sin confirmación explícita del usuario.

A partir de ahí, el riesgo se amplifica porque el atacante pasaría a operar con permisos de admin dentro del entorno. En ese contexto, se describe la posibilidad de acceder a credenciales y datos sensibles, enumerar nodos o equipos conectados, consultar logs, buscar información delicada en historiales de mensajería, exfiltrar archivos y, en el peor caso, ejecutar shell commands en nodos emparejados. Aunque el recorrido exacto dependerá de la configuración y de qué agentes o nodos tenga conectados cada usuario, el resultado potencial es grave: robo de información y posible compromiso del endpoint.

La recomendación más directa es actualizar a una versión corregida. El artículo señala que OpenClaw 2026.2.26 (y posteriores) incorpora endurecimiento en los chequeos de seguridad del WebSocket y protecciones para evitar el abuso desde loopback. Además de parchear, conviene revisar los dispositivos emparejados como ‘de confianza’, reforzar la higiene de contraseñas (especialmente si se sospecha exposición) y verificar que, tras la actualización, existan controles y trazas útiles para detectar intentos anómalos. El mismo artículo menciona también un vector distinto relacionado con el repositorio ClawHub para promocionar skills maliciosas, pero es un problema separado del mecanismo de secuestro local descrito en ClawJacked.

Más información

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☞ El artículo completo original de Hispasec lo puedes ver aquí

Una estrella 1.540 veces mayor que el Sol está mutando en tiempo real y es algo que desconcierta a los astrónomos

Una estrella 1.540 veces mayor que el Sol está mutando en tiempo real y es algo que desconcierta a los astrónomos

El universo rara vez tiene prisa, puesto que los procesos estelares suelen medirse en millones o miles de millones de años, por lo que presenciar la metamorfosis de una gran estrella en el lapso de una sola vida humana es algo prácticamente inaudito. Y esto es precisamente lo que está ocurriendo con WOH G64, un verdadero monstruo cósmico situado en la Gran Nube de Magallanes, a unos 163.000 años luz de la Tierra.

Grandes cambios. Los astrónomos han estado analizando este gigante astronómico durante años, y ahora la supergigante roja está cambiando de forma radical frente a nuestros telescopios al calentarse de manera acelerada y abriendo un encendido debate científico. La pregunta que se está haciendo ahora mismo la comunidad es si estamos ante la transformación hacia una rarísima hipergigante amarilla o si es simplemente la feroz interacción de un sistema binario antes de colapsar. 

Lo que sabíamos. Descubierta en la década de 1970, WOH G64 ha ostentado durante mucho tiempo el título de una de las estrellas más grandes conocidas. Los datos que conocemos de ella no son para menos, puesto que tiene un radio 1.540 veces mayor que el de nuestro Sol, una masa aproximada de 28 masas solares y brilla 282.000 veces más que nuestra estrella.

A pesar de su tamaño descomunal, es una estrella extremadamente joven, puesto que apenas tiene 5 millones de años. Y si nos ponemos en contexto, en el despiadado mundo de las astrofísicas, las estrellas más grandes "viven rápido y mueren jóvenes", devorando el combustible que tienen en su interior a una gran velocidad. 

El giro de guión. Hasta hace poco, todo encajaba con el perfil clásico de una supergigante roja extrema, y situaban su temperatura en 3.400 ± 25 grados Kelvin. Pero llegó un punto de inflexión en la última década tras los datos publicados en Nature Asia que señalaron que la estrella sufrió un misterioso oscurecimiento en 2011, seguido de un recalentamiento repentino de más de 1.000 ºC y alteraciones químicas significativas en la atmósfera. 

Ahora, un nuevo estudio analiza la fotometría y espectroscopía óptica acumulada durante más de treinta años de esta estrella. Y la conclusión a la que han llegado es que entre 2013 y 2014, WOH G64 comenzó a transitar de supergigante roja a hipergigante amarilla.

¿Qué son? Las hipergigantes amarillas son una fase de transición excepcionalmente rara de las que apenas tenemos datos y, sobre todo, es muy efímera. En este caso, la dramática evolución térmica podría deberse a que la estrella ha eyectado parcialmente su envoltura externa o bien a que su compañera estelar le esté arrancando material de forma agresiva. 

El debate está servido. Como ocurre a menudo en la frontera de la astrofísica, no todos están de acuerdo con que la transición sea completa. La ciencia rigurosa requiere fact-checking constante, e investigaciones recientes aportan matices a esta historia. 

Este mismo año, un estudio apuntó a que la estrella sigue manteniendo sus características clásicas de supergigante roja, cuestionando que haya pasado a ser una rara hipergigante amarilla. La explicación más lógica que le ven en este caso es que la interacción con su estrella compañera está provocando estos grandes cambios de temperatura. Esto genera un gran debate, pues va totalmente en contra de la otra parte de la astrofísica que está convencida de que si estamos ante un gran giro de guion. 

Una supernova. La gran pregunta que todo el mundo se hace es cómo terminará este titán, y algunas voces apuntan a que estamos viendo el preludio de una inminente supernova. Sin embargo, en términos astronómicos, "inminente" es un concepto elástico, puesto que el colapso del núcleo podría ocurrir en un plazo que va desde los 100 hasta unos pocos miles de años. E incluso si colapsa, ni siquiera está garantizada una explosión espectacular. 

Aunque también cabe la posibilidad de que fracase en su intento de estallar y, en su lugar, colapse directamente sobre sí mismo, formando un agujero negro de forma silenciosa. Igualmente, lo que ocurra parece que será algo que verán nuestras siguientes generaciones. 

Imágenes | European Southern Observatory 

En Xataka | Hemos analizado el universo durante 20 años buscando a E.T. y lo único que tenemos son 100 señales que ahora investiga China

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La noticia Una estrella 1.540 veces mayor que el Sol está mutando en tiempo real y es algo que desconcierta a los astrónomos fue publicada originalmente en Xataka por José A. Lizana .



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