
Los estallidos de rayos gamma (GRB, por sus siglas en inglés) suelen comportarse como un fogonazo: aparecen, golpean fuerte y se apagan rápido. Por eso, cuando el evento bautizado como GRB 250702B mantuvo actividad durante casi siete horas, el desconcierto fue inmediato. No se trató de una “llamarada larga” sin más, sino de una secuencia con episodios repetidos que estiró el fenómeno mucho más allá de lo habitual, hasta el punto de forzar a los equipos a replantearse qué tipo de motor cósmico puede sostener una emisión así.
El aviso inicial llegó el 2 de julio de 2025, cuando instrumentos espaciales detectaron la señal de alta energía. A partir de ahí, se activó el protocolo habitual de la comunidad: correr contrarreloj para capturar el posresplandor (afterglow), esa estela de luz que queda cuando el estallido principal se va apagando. La diferencia es que esta vez el “incendio” no se apagaba, y el margen para observar no fue de minutos, sino de horas.
Qué estamos viendo cuando vemos un GRB
Un GRB es una descarga extrema de radiación, dominada por rayos gamma, asociada a eventos violentos en el Universo. Una forma útil de imaginarlo es como el destello de una cámara en una noche cerrada: durante un instante ilumina todo, pero si pestañeas te lo pierdes. En cosmología, ese “instante” suele medirse en segundos o pocos minutos. En muchos casos, la explicación favorita incluye un chorro muy colimado de material —un chorro relativista— que se lanza a velocidades cercanas a la de la luz y apunta, por casualidad, hacia nosotros.
En el caso de GRB 250702B, la analogía cambia: no fue un flash, fue más parecido a una linterna potentísima que alguien enciende, apaga y vuelve a encender durante horas, mientras la batería parece no agotarse. Eso tensiona los modelos porque obliga a que el motor central (lo que sea que lo alimente) sostenga condiciones extremas mucho más tiempo del que solemos aceptar.
Siete horas de actividad: el detalle que lo vuelve incómodo
El equipo liderado en parte por investigadores de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill (UNC-Chapel Hill) describió este evento como el GRB más largo observado por humanos. Jonathan Carney, autor principal del estudio, lo expresó con una idea sencilla: la duración es tan grande que no encaja bien en los modelos estándar. Esa frase, traducida a la práctica, significa que no basta con ajustar parámetros; hay que considerar escenarios que no suelen ser los primeros de la lista cuando se interpreta un estallido de rayos gamma.
Igor Andreoni, coautor del trabajo, aportó otro dato que ayuda a dimensionarlo: los análisis sugieren que un fenómeno muy energético lanzó un chorro estrecho en nuestra dirección viajando al menos al 99% de la velocidad de la luz. Si lo piensas como una manguera a presión atravesando un cortinaje de humo, la imagen se aproxima: la señal que nos llega es la parte del “chorro” que logra abrirse camino, y en este caso tuvo combustible para seguir empujando durante horas.
La galaxia anfitriona: un “escenario” lleno de polvo que oculta pistas
Una de las sorpresas fue el lugar del que provino. Las observaciones del posresplandor llevaron a una galaxia masiva y muy polvorienta, donde el polvo actúa como una persiana bajada: bloquea gran parte de la luz visible y deja pasar mejor el infrarrojo y, por supuesto, las emisiones de alta energía. En términos cotidianos, es como intentar identificar un coche con los faros apagados en una calle con niebla espesa: se intuyen formas, se detectan señales indirectas, pero cuesta ver el detalle fino.
Esa opacidad cambia la estrategia de observación. Donde un GRB “típico” puede seguirse con telescopios ópticos de forma relativamente directa, aquí hizo falta apoyarse en instrumentación capaz de trabajar con infrarrojo y con señales complementarias. Imágenes profundas tomadas con el Gemini North mostraron una galaxia anfitriona extremadamente tenue en visible pese a horas de integración, coherente con la presencia de grandes cantidades de polvo. En paralelo, el hecho de estar en una galaxia compleja y lejana deja abierta la puerta a progenitores distintos a los que solemos asumir en ambientes menos “tapados”.
Una investigación coral: telescopios en tierra y en órbita siguiendo la estela
El trabajo se apoyó en una campaña coordinada internacional en la que participaron grandes telescopios terrestres en Estados Unidos, junto con datos del Very Large Telescope del Observatorio Europeo Austral (ESO), observaciones del Telescopio Espacial Hubble de la NASA, y seguimiento en rayos X. Esa combinación es clave porque cada ventana del espectro cuenta una parte distinta de la historia.
El posresplandor funciona como una especie de “eco” del estallido: no te dice solo cuánto brilló, también sugiere cómo era el entorno que atravesó el chorro. Si el medio está cargado de polvo, si hay gas denso, si el sistema está en una región de formación estelar intensa, todo eso deja huellas en cómo decae la luz con el tiempo y en qué longitudes de onda es más visible. Con GRB 250702B, la lectura conjunta apunta a un evento extragaláctico a miles de millones de años luz, incrustado en un entorno particularmente difícil de observar en óptico.
Tres explicaciones plausibles, ninguna ganadora por ahora
Lo más honesto del estudio es que no fuerza una respuesta única. Los datos son compatibles con varios escenarios. Uno es el colapso de una estrella muy masiva, un final catastrófico que puede formar un objeto compacto y lanzar chorros relativistas. Otro escenario contempla una colisión o interacción entre remanentes estelares inusuales, incluyendo posibilidades como la participación de una estrella rica en helio. También se considera un evento de disrupción por marea: una estrella desgarrada por un agujero negro, donde parte del material cae y puede alimentar emisiones de alta energía durante un tiempo prolongado.
El problema no es imaginar mecanismos, sino casar cada uno con la duración, la estructura de episodios repetidos, la firma del posresplandor y el hecho de que todo ocurra tras un “telón” de polvo. Con la información disponible, el equipo concluye que todavía no se puede distinguir de forma concluyente el origen. En ciencia, esto no es una debilidad; es una fotografía nítida del punto exacto donde la evidencia manda y la especulación se queda en su sitio.
Por qué importa: física extrema y el reparto de elementos pesados
Los rayos gamma son una puerta de entrada a condiciones que no podemos recrear en laboratorios: materia moviéndose casi a la velocidad de la luz, densidades enormes, campos gravitatorios capaces de deformar el espacio-tiempo. Cada GRB es como un banco de pruebas natural, y uno tan largo como GRB 250702B amplía el tiempo de exposición de ese experimento.
Hay otra capa igual de relevante: estos estallidos participan en la historia química del cosmos. Las explosiones más energéticas contribuyen a dispersar elementos pesados en el medio interestelar, materiales que con el tiempo acaban formando nuevas estrellas, planetas y, en el caso de la Tierra, parte de lo que hace posible la vida. No hace falta imaginarlo como una “fábrica” perfecta; basta con pensar en cómo el humo de una hoguera se mezcla con el aire del valle: se reparte, se diluye y termina siendo parte del ambiente. En escalas cósmicas, ese reparto es una de las razones por las que estudiamos estos fenómenos con tanto interés.
Un “patrón de referencia” para lo que venga después
El equipo plantea una idea práctica: GRB 250702B puede convertirse en un punto de comparación. Cuando aparezcan nuevos estallidos excepcionalmente largos, la pregunta será si se parecen a este en duración, entorno y evolución del posresplandor, o si estamos ante una familia distinta de eventos. En otras palabras, esta detección no solo es una rareza; puede ser una regla para medir futuras rarezas.
El estudio fue publicado en The Astrophysical Journal Letters con fecha del 26 de noviembre de 2025, firmado por Jonathan Carney, Igor Andreoni y una larga colaboración internacional, y recoge precisamente esa prudencia: varias hipótesis sobreviven, ninguna se impone todavía. A veces la astronomía avanza así, no con una respuesta definitiva, sino con una anomalía bien medida que obliga a mejorar las preguntas.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí
