
2025 ha sido uno de esos años en los que el termómetro y las noticias parecen ponerse de acuerdo para incomodar. Las emisiones globales de gases de efecto invernadero volvieron a marcar máximos y la temperatura media del planeta se colocó entre las más altas registradas. A la vez, los impactos han sido muy concretos: incendios, inundaciones y daños millonarios que no se quedan en gráficos, sino en casas perdidas, negocios cerrados y comunidades enteras rehaciendo su vida.
El contexto político tampoco ayudó. En Estados Unidos, el giro de la administración Trump se notó en decisiones que, según la propia cobertura internacional, incluyeron la salida del Acuerdo de París, recortes a la investigación climática y la cancelación de apoyos a proyectos de tecnología climática. Cuando la economía más grande del mundo frena, el resto lo siente, como cuando en un edificio alguien apaga el ascensor: todos siguen subiendo, pero cuesta más.
Con ese panorama, conviene agarrarse a lo que sí se movió en la dirección correcta. No para maquillarlo, sino para entender qué engranajes están funcionando y dónde se podría acelerar.
China y el raro “desacople” entre crecimiento y contaminación
Una de las señales más llamativas de 2025 llega desde China, que suele aparecer en titulares por ser el mayor emisor y, al mismo tiempo, la mayor fábrica de tecnologías limpias. Un análisis de Carbon Brief indica que el país ha mantenido prácticamente planas sus emisiones de CO₂ durante alrededor de un año y medio, y con indicios de descenso, algo que en el pasado solo ocurría cuando la economía se enfriaba.
La diferencia es que ahora el crecimiento económico sigue. Si durante décadas el vínculo fue casi automático —más actividad industrial equivalía a más carbón quemado—, en 2025 se ve un intento real de separar ambas cosas. La explicación se parece a cambiar la cocina de gas por una de inducción: puedes preparar la misma cena, incluso más rápido, sin llenar la casa de humo.
Los números ayudan a entender el cambio de escala. En los primeros nueve meses del año, China incorporó del orden de 240 gigavatios de capacidad solar y unos 61 gigavatios de eólica, según el mismo análisis de Carbon Brief. Son cantidades tan grandes que dejan de sonar a “proyecto” y pasan a sonar a infraestructura nacional, como carreteras o redes de agua. A eso se suma la expansión de vehículos eléctricos, que reduce la demanda de combustibles fósiles en el transporte y empuja una electrificación más limpia si la red se vuelve renovable.
Esto no convierte a China en “caso resuelto”. El propio debate climático recuerda que el ritmo global aún no encaja con trayectorias de calentamiento consideradas seguras. China ha dicho que espera alcanzar su pico de emisiones antes de 2030, y 2025 sugiere que el pico podría acercarse, pero aún no es una meta conquistada. Lo valioso es la evidencia práctica: una economía industrial puede crecer sin que sus emisiones suban al mismo ritmo, algo que muchos países quieren imitar sin renunciar a prosperidad.
Baterías en la red: el “amortiguador” que evita tirar de gas por inercia
Si las renovables son como cocinar con ingredientes frescos, las baterías de almacenamiento son la nevera que evita el desperdicio. El problema clásico de la energía solar y la energía eólica no es que falten, sino que no siempre coinciden con la hora en la que más se necesita electricidad. Ahí entra el almacenamiento: cargar cuando hay abundancia y descargar cuando la demanda aprieta.
En 2025, el despliegue de baterías conectadas a la red eléctrica en Estados Unidos avanzó a una velocidad difícil de comparar con la década anterior. La industria había marcado hace años un objetivo ambicioso para 2035 y lo superó alrededor de una década antes, pasando posteriormente el umbral de los 40 gigavatios instalados. Es el tipo de curva que recuerda a cuando los móviles dejaron de ser un lujo y, de repente, todo el mundo tenía uno.
La economía del asunto también está empujando. Datos de BloombergNEF señalan que los precios de las baterías siguieron bajando y alcanzaron mínimos históricos, con caídas particularmente acusadas en los paquetes destinados a almacenamiento estacionario. Cuando el precio cae, no solo se venden más unidades; se abren usos que antes no cuadraban en una hoja de cálculo.
Lo interesante es que ya se observan efectos en redes complejas. En lugares como California y Texas, donde la penetración de baterías ha crecido, estas instalaciones están ayudando a cubrir la demanda al atardecer, justo cuando la solar se desploma y, tradicionalmente, entraban centrales de gas para “salvar” el pico. Menos gas en ese tramo significa electricidad más limpia y un sistema más estable. Para el consumidor, esto puede traducirse en menos volatilidad y, con el tiempo, en una red que se comporta más como un buen conductor: anticipa frenadas y acelerones sin sacudidas.
La inteligencia artificial empuja inversión en energía “firme”
La inteligencia artificial tiene una relación ambivalente con el clima. Por un lado, el auge de los centros de datos está disparando la demanda eléctrica. Por otro, ese apetito energético está llevando a gigantes tecnológicos a buscar fuentes de electricidad que funcionen de forma constante, las 24 horas, sin depender del sol o del viento. Es como montar una panadería que no puede cerrar: necesitas un horno que no falle cuando el barrio se llena.
Según la cobertura de 2025, la electricidad suministrada a centros de datos en Estados Unidos subió con fuerza y las proyecciones apuntan a que esa demanda seguirá creciendo hasta 2030. En el corto plazo, parte de la respuesta puede venir de nuevas plantas de gas, con el riesgo que eso implica para emisiones. Aun así, aparece un “efecto secundario” interesante: las compañías que se han comprometido a reducir su huella están poniendo dinero y reputación en tecnologías de generación constante con bajas emisiones.
Aquí entran la geotermia y la energía nuclear. En 2025 se conocieron acuerdos que ilustran esa apuesta. Meta firmó un pacto con XGS Energy para adquirir hasta 150 megavatios de electricidad de una planta geotérmica, mientras Google cerró un acuerdo orientado a facilitar la reapertura del Duane Arnold Energy Center en Iowa, una central nuclear que había cerrado. Estos movimientos, recogidos por la prensa especializada, no garantizan por sí solos un futuro limpio, pero cambian el tablero: cuando actores con músculo financiero se implican, aceleran permisos, cadenas de suministro y aprendizaje industrial.
Para la transición energética, esto importa por un motivo sencillo: incluso con mucha solar y eólica, se necesita una base que sostenga la red en noches largas, olas de calor o semanas con poco viento. La “energía firme” actúa como el esqueleto; las renovables, como los músculos. Si el esqueleto es fósil, el cuerpo no corre hacia una descarbonización real.
Un grado menos de peligro: lo que ya se ha conseguido evitar
Entre tantas curvas ascendentes, hay una lectura que suele pasar desapercibida porque no genera un titular dramático: el mundo ya se alejó de algunos de los escenarios más temidos hace una década. El grupo Climate Action Tracker, que sigue el progreso de políticas climáticas, estima que la trayectoria actual llevaría a alrededor de 2,6 °C de calentamiento para 2100. Es demasiado, con impactos serios, pero está por debajo de rutas cercanas a 3,6 °C que se manejaban antes de que casi 200 países firmaran el Acuerdo de París.
La diferencia de un grado puede sonar pequeña en una conversación cotidiana, pero en clima es como comparar una fiebre de 38 con una de 39: el cuerpo lo nota, y los riesgos cambian. Haber “recortado” parte del peligro sugiere que las políticas, las inversiones y la innovación tecnológica sí mueven la aguja.
El matiz incómodo es que esa mejora se ha estancado en los últimos años. Climate Action Tracker apunta que las proyecciones llevan varios años casi inmóviles, señal de que falta una nueva ola de acción para acercarse al objetivo de 2 °C planteado internacionalmente. La base técnica existe en forma de energías renovables, baterías y electrificación; lo que falta es convertir ese catálogo en despliegue masivo, con normas, incentivos y planificación que aguanten los vaivenes políticos.
Lo que estas señales significan para la próxima década
Estas cuatro historias comparten un hilo: la transición no avanza solo por “buena voluntad”, sino cuando se alinean infraestructura, costes y decisiones políticas o corporativas. China muestra que instalar renovables a escala puede empezar a romper el vínculo entre crecimiento y emisiones de carbono. Las baterías prueban que la red puede volverse más flexible y menos dependiente del gas en momentos críticos. La presión energética de la IA está empujando capital hacia tecnologías constantes como geotermia y nuclear. Las proyecciones de calentamiento, aunque insuficientemente buenas, indican que la humanidad ya ha evitado parte del daño que parecía inevitable.
Visto de forma práctica, esto sugiere que 2026 y los años siguientes dependerán menos de descubrir una tecnología milagrosa y más de repetir, escalar y sostener lo que ya funciona. Como con el ejercicio físico, el truco no está en comprar las zapatillas más caras, sino en salir a caminar cada día sin dejar que una semana mala lo arruine todo.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí
