17 de mayo de 2026

El fin de los insectos nos pasa factura: han medido por primera vez cómo su desaparición nos hace más pobres y nos desnutre

El fin de los insectos nos pasa factura: han medido por primera vez cómo su desaparición nos hace más pobres y nos desnutre

Llevamos años escuchando advertencias sobre el colapso global de las poblaciones de abejas, mariposas y otros polinizadores. Hasta ahora, el debate se había centrado a menudo en términos de pérdida de biodiversidad y ecosistemas, pero ahora un nuevo y pionero estudio acaba de demostrar que esta crisis ecológica va mucho más allá al apuntar que el declive de los insectos ya está golpeando de forma directa la nutrición humana, pasando a ser un asunto de seguridad alimentaria muy importante. 

Se está analizando. Aunque algunas personas pueden desear que estos insectos acaben desapareciendo porque les dan mucho asco, la realidad es que no es la mejor de las ideas. Aquí la pieza clave de esta nueva alerta es un estudio publicado en Nature que cuantificaba el impacto real y tangible que tiene la falta de polinizadores en el medio ambiente. 

Qué se ha visto. El equipo aquí analizó durante un año el día a día de 10 poblados agrícolas de Nepal y cruzaron datos sobre la abundancia y diversidad de insectos polinizadores en la zona, los rendimientos exactos de sus cultivos y, lo más importante, el estado nutricional de los habitantes. 

Una vez se cruzó toda esta información, los resultados apuntaban a que los polinizadores son responsables directos de aproximadamente el 44% de los ingresos agrícolas de estas comunidades. Pero el dato más crítico está en la dieta, ya que los insectos garantizan más del 20% de la ingesta de vitamina A, E y folato. Y es que, al disminuir la polinización, caen drásticamente las cosechas de frutas, verduras y semillas ricas en estos micronutrientes, dejando a las comunidades expuestas a las deficiencias nutricionales. 

Una gran crisis. Para entender la magnitud de este hallazgo, hay que mirar la tendencia global, a menudo bautizada en la comunidad científica y en los medios como el "apocalipsis de los insectos". En este caso, en 2019 un estudio encendió las alarmas al estimar que el 40% de las especies de insectos a nivel mundial está en declive. Y los datos apuntaban a caídas masivas de la cantidad de insectos voladores en puntos de Alemania y también en el bosque de Puerto Rico. 

Y lógicamente, esta desaparición mundial tiene consecuencias, ya que los insectos son la base de innumerables redes alimentarias y esenciales para el reciclaje de nutrientes y la polinización. A nivel global, se calcula que aproximadamente tres cuartas partes de los cultivos alimentarios del mundo dependen en cierta medida de la polinización animal.

Por qué desaparecen. La ciencia tiene claro que el uso intensivo del suelo y el cambio climático son factores muy importantes a la hora de explicar por qué disminuyen estos insectos. Y es que las regiones que sufren los peores descensos en abundancia y diversidad de insectos son, paradójicamente, aquellas con agricultura intensiva y poco hábitat natural restante, agravadas por el aumento de las temperaturas. 

Al final, estamos ante un auténtico círculo vicioso, ya que se destruye el hábitat de los insectos y además se usan pesticidas masivamente para producir más comida, pero al hacerlo aniquilamos a los propios polinizadores de los que depende la rentabilidad y calidad de esas mismas cosechas. 

¿Hay solución? Aquí la vía de escape que especifica la investigación apunta a la necesidad de plantar franjas de flores autóctonas alrededor de los cultivos para asegurar el alimento constante a los polinizadores. Además, transicionar hacia modelos agrícolas que no envenenen indiscriminadamente a nuestras aliadas también es fundamental. 

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Las ballenas están "gritando" en el Estrecho de Gibraltar y nadie las escucha: hemos convertido el océano en un infierno acústico

Las ballenas están "gritando" en el Estrecho de Gibraltar y nadie las escucha: hemos convertido el océano en un infierno acústico

El océano ya no es el paraíso silencioso que solía ser, puesto que bajo la superficie una cacofonía constante de motores, hélices y cascos de embarcaciones gigantes ha creado una auténtica "niebla acústica" que está asfixiando a la vida marina. Y esto está generando un problema muy grave, sobre todo con las ballenas que están intentando alzar la voz para hacerse oír entre el ruido de los barcos, pero físicamente ya no pueden gritar más.

Lo tenemos cerca. Para entender la magnitud del problema, no hay que irse muy lejos, puesto que en el mismo Estrecho de Gibraltar, una de las autopistas marítimas más transitadas del planeta, los cetáceos están viviendo al límite. Y aquí la ciencia está viendo que las ballenas piloto del estrecho están "gritando" para comunicarse con sus grupos. 

Sin embargo, el esfuerzo es en vano, ya que los datos revelan que, por mucho que estas ballenas intenten elevar sus vocalizaciones, apenas logran alcanzar la mitad del nivel de ruido que genera el tráfico marítimo continuo. Sencillamente, el estruendo de los mercantes y transbordadores las silencia y no cortan sus lazos de comunicación con otras de su especie. 

¿Por qué no más fuerte? Sería la pregunta más lógica que se nos puede venir a la cabeza, pero la realidad es que la ciencia apunta a la existencia de un límite fisiológico inquebrantable en sus laringes que hace que sea imposible que alcen más la 'voz'.

Hay que tener en cuenta que la anatomía vocal de estas ballenas está perfectamente adaptada para las profundidades, pero se vuelve ineficaz para competir con las frecuencias y el volumen de los barcos mercantes que van por la superficie. De hecho, por debajo de los 100 metros de profundidad, su capacidad para compensar el ruido ambiental se topa con un muro biológico, ya que el ruido marítimo se enmascara de tal forma que sus vocalizaciones se rompen por completo. 

El peligro de su instinto. A este límite físico se suma un problema de comportamiento, puesto que la evolución ha preparado a las ballenas para lidiar con el ruido natural del océano, pero el ruido humano les es completamente ajeno.

Aquí los estudios demostraron que, si bien estos animales saben cómo reaccionar ante amenazas naturales ajustando sus patrones de canto, no tienen el instinto necesario para evadir el ruido antropogénico. Simplemente no procesan el sonido de un carguero como una amenaza de la que deban huir o a la que deban adaptarse hasta que es demasiado tarde y el final es bastante catastrófico. 

Su impacto. No se limita a que no se puedan "hablar" entre ellas, sino que este enmascaramiento sonoro obliga a los animales a abandonar zonas de alimentación ricas por áreas más empobrecidas pero tranquilas. Además, al no poder comunicarse los machos y las hembras a kilómetros de distancia, las tasas de encuentros para reproducirse caen. 

Al final, estamos ante un problema que es grave, que ha llevado a instituciones como el Ministerio para la Transición Ecológica a monitorizar estos puntos calientes de ruido en el Mediterráneo que está alterando el comportamiento de la fauna. Y todo porque las ballenas aquí no pueden adaptarse al ritmo de nuestro ruido, por lo que la solución pasa por hacer 'callar' a nuestros barcos para que no tengan un gran impacto en la fauna. 

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Las conexiones neuronales son vitales y ya tenemos la solución para cuando algo falla: un "biocable" para el cerebro

Las conexiones neuronales son vitales y ya tenemos la solución para cuando algo falla: un "biocable" para el cerebro

Cada día que pasa estamos más cerca de comprender mejor nuestro propio cerebro, pero también algo casi más apasionante: poder arreglarlo. La neurociencia es un campo importantísimo porque conecta biología, salud y comportamiento para entender mejor al ser humano y estos últimos años estamos desarrollando herramientas que permiten llegar donde antes no podíamos. Neuralink o las alternativas chinas son un ejemplo, pero ahora unos investigadores de la Universidad de Duke han ido por otro camino: el de recablear los circuitos cerebrales.

Y la clave es un “cable” biológico.

En corto. Hace unos días, los investigadores de la Facultad de Medicina de la universidad estadounidense publicaron un estudio en Nature en el que presentaban LinCx. Se trata de la abreviatura de ‘Long-term integration of Circuits using connexins” y, bajo ese nombre tan complicado, realmente lo que se esconde es algo que actúa como un bypass biológico para reparar vías neuronales dañadas.

Hasta ahora, había algunos fármacos que permitían actuar en poblaciones de células, así como técnicas de estimulación eléctrica y optogenética, pero lo que plantean los investigadores con LinCx es una vía para crear sinapsis eléctricas artificiales de forma muy precisa y sin ningún tipo de estimulación externa. De este modo, en lugar de afectar a grandes poblaciones de células, los autores pueden mirar con lupa y decidir qué conexiones se realizan en función de las necesidades de cada persona.

Cómo funciona. La base de LinCx es un pez, la perca blanca o Morone americana, concretamente. El equipo lo construyó a partir de las proteínas conexinas que se encuentran de forma natural en este pez, donde de forma natural utiliza sinapsis eléctricas para una comunicación rápida entre células. A partir de ellas, el equipo diseñó dos moléculas y cada una de ellas se acopla únicamente con su compañera y no con las proteínas cerebrales naturales.

Este es el motivo por el que pueden afinar mucho las células a las que se conectan, evitando esas conexiones indeseadas y formando ese “cable” (entre muchas comillas) que permite realizar la sinapsis. Los investigadores lo definen como “conexiones eléctricas con precisión a nivel celular”.

Las pruebas. De momento, no lo han probado en humanos, pero sí tanto en ratones como en gusanos nematodos. En los gusanos, la instalación de estos conectores alteró el comportamiento de búsqueda de temperatura con el que se regulan. En los ratones, los investigadores se centraron en reorganizar los circuitos específicos para medir tanto la interacción social como la respuesta ante el estrés.

Aún queda. Como decíamos, es un gran avance en el campo de la neurociencia porque, a diferencia de los fármacos, este LinCx sólo conecta las neuronas que se quieren conectar. Es como apuntar con precisión en lugar de disparar con escopeta. Ahora bien, aunque los resultados son prometedores, las pruebas han estado muy acotadas a animales y el siguiente paso es establecer si LinCx puede ser la respuesta para revertir déficits sinápticos en trastornos de origen genético.

Es el próximo paso de la investigación y, si los resultados son positivos, es lo que podría acercar esta tecnología al uso en humanos. Sin duda, se trata de algo prometedor porque es la primera vez que hay una herramienta para controlar con precisión la comunicación entre células muy específicas, pero queda camino por recorrer.

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La noticia Las conexiones neuronales son vitales y ya tenemos la solución para cuando algo falla: un "biocable" para el cerebro fue publicada originalmente en Xataka por Alejandro Alcolea .



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Pensábamos que los ornitorrincos eran animales extraños. Acabamos de descubrir que son más raros todavía

Pensábamos que los ornitorrincos eran animales extraños. Acabamos de descubrir que son más raros todavía

El ornitorrinco lleva siendo una caja de sorpresas desde que formalmente "lo descubrimos" hace casi 230 años, cuando el primer ejemplar disecado llegó a Europa y el naturalista George Shaw pensó que era un engaño cosido por algún taxidermista chino. Y a ver, es que verdaderamente el ornitorrinco es único en su especie: es un mamífero que pone huevos, detecta campos eléctricos con su pico y brilla bajo la luz ultravioleta. Por si lo anterior fuera poco, un equipo de investigación acaba de encontrar una sorprendente explicación al color de su pelaje.

Lo nuevo del ornitorrinco. La investigación, liderada por la bióloga Jessica Leigh Dobson de la Universidad de Gante, ha identificado que el ornitorrinco posee melanosomas huecos en su pelaje. ¿Qué es esto exactamente? Los órganulos responsables de que tengamos color en la piel, el pelo o los ojos. Hasta ahora la ciencia asumía que los melanosomas huecos existían solo en las aves y que los de los mamíferos eran siempre sólidos.

Curiosamente, en las aves esos melanosomas son los que producen colores iridiscentes, pero el ornitorrinco es marrón oscuro, sin destellos ni brillos. Además, sus melanosomas son mayoritariamente esféricos, una morfología que en otros animales se asocia a tonos rojos o naranjas, pero no al marrón. La razón es un misterio. 

Por qué es importante. La melamina es el estándar de los vertebrados para dar color y protegerse del sol, pero lo verdaderamente clave es su envase. Durante décadas la forma de los melanosomas ha servido como una huella dactilar evolutiva para diferenciar las ramas de las aves y los mamíferos. El ornitorrinco acaba de cargárselo, pero claro, es tan desconcertante desde el principio que a los investigadores les costó 80 años ponerse de acuerdo en qué era, como sintetiza su nombre científico.

La hipótesis más razonable que propone este equipo de investigación es que los melanosomas huecos podrían haber sido una adaptación al estilo de vida acuático del ornitorrinco, una especie de mecanismo de aislamiento térmico en el pelaje para la vida en aguas frías. Pero claro, si es así, ¿por qué no pasa lo mismo con otros mamíferos semiacuáticos? Si se confirma, implicaría que esa condición de melanosomas huecos evolucionó de forma independiente en las aves y solo en este mamífero. El ornitorrinco sigue yendo por su cuenta.

Contexto. El ornitorrinco merece un capítulo aparte en los libros de biología: es una de las cinco únicas especies de mamíferos que ponen huevos, los monotremas. Y qué decir de su aspecto: tiene el pico de un pato y la cola de un castor. Aunque parece inofensivo, no lo es: tiene veneno como las serpientes y los machos también poseen espolones venenosos en las patas traseras capaces de causar un dolor intenso en humanos. La guinda del pastel es que el animal es capaz de detectar los campos eléctricos generados por los músculos de sus presas bajo el agua. 

Pero el ornitorrinco es diferente por fuera y por dentro: es un rebelde genético. Mientras que los humanos tenemos solo dos cromosomas sexuales (XX o XY), él tiene diez. Esta complejidad hace que su sistema para determinar el sexo sea totalmente distinto al de los demás mamíferos. Es, literalmente, de los pocos animales que obliga a la ciencia a plantearse las leyes preestablecidas.

Cómo lo han descubierto. El hallazgo fue casi una casualidad: Jessica Dobson estaba construyendo una base de datos de melanosomas de distintas especies de mamíferos cuando su directora de tesis detectó esta anomalía del ornitorrinco. La científica pasó las muestras por un microscopio de alta resolución para examinar los melanosomas en el interior de los pelos de 12 ejemplares de ornitorrinco tomados de diferentes partes del cuerpo. Luego, amplió la comparación a equidnas, marsupiales como wombats y zarigüeyas y un centenar más de mamíferos. Ni rastro de melanosomas huecos, y eso que por ejemplo sus primas las equidnas también ponen huevos. 


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Portada |  Dr. Philip Bethge 



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La noticia Pensábamos que los ornitorrincos eran animales extraños. Acabamos de descubrir que son más raros todavía fue publicada originalmente en Xataka por Eva R. de Luis .



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Un estudio descubre cómo los desconocidos influyen en los caminos que la gente sigue en las estaciones de metro

Metro Mar de Cristal (CC) Alvy

Un trabajo realizado en los Países Bajos ha dado a conocer un comportamiento muy curioso que sucede en las estaciones cuando la gente se baja del metro o el tren, y que todo el mundo tiende a hacer: seguir al desconocido que va justo delante. Esto sucede incluso cuando no se conoce a esa persona y aunque el camino elegido implique tardar más por no comprobar cuál es la salida correcta. Lo han bautizado como stranger-following effect («efecto de seguir al desconocido») y sería una especie de versión del chascarrillo aquel de «si todos se tiran por la ventana, yo también me tiro».

Según cuentan, los investigadores analizaron el comportamiento de más de 30 millones de paseos de pasajeros en los 1.400 m² de la Estación Central de Eindhoven entre 2021 y 2024, con la ayuda de cámaras y sensores 3D colgados del techo (aunque sin guardar las caras de las personas, por privacidad). El análisis incluyó entre otros los datos de unos 100.000 pasajeros que, tras salir del tren, debían escoger el camino más corto hacia la salida o uno más largo que daba una vuelta a un quiosco en medio del andén.

Lo que vieron es que la gente generaba auténticas «avalanchas» de cadenas humanas que repetían exactamente la misma ruta, una tras otra. Los investigadores probaron distintos modelos matemáticos para ver a qué se debía, por si podía ser el factor velocidad, el «efecto patito» o el clásico «efecto rebaño» de «seguir a la mayoría». Pero el que funcionó mejor fue el de «seguir al desconocido». La conclusión es que esa invisible relación entre personas que ni se conocen pueden influir sobre los movimientos de las masas, algo que podría servir para diseñar mejor las estaciones, aeropuertos o lugares públicos. [Fuente: PsyPost a partir de Avalanches of choice: How stranger-to-stranger interactions shape crowd dynamics.]

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