29 de mayo de 2026

La materia oscura lleva décadas siendo un misterio. Un extraño suceso de 2019 podría ser la prueba que estábamos buscando para desentrañarlo

La materia oscura lleva décadas siendo un misterio. Un extraño suceso de 2019 podría ser la prueba que estábamos buscando para desentrañarlo

18 de diciembre de 2019. Una estrella de la gran nube de Magallanes aumenta su brillo. Lo hace de una forma suficientemente intensa como para no pasar desapercibido a los científicos que analizan los datos del telescopio Víctor M. Blanco del Observatorio Interamericano de Cerro Tololo (Chile), pero no tan intensamente como para corresponderse con una explosión. Se trata más bien de un aumento suave del brillo, seguido de un descenso simétrico del mismo. Todo el proceso dura 1 hora y desconcierta a los científicos, que bautizan al objeto causante de este fenómeno como Phoebe. 

Desde entonces, el origen de Phoebe ha sido un misterio. Ahora, los mismos científicos que hicieron el descubrimiento tienen respuestas que apuntan a lo que sería uno de los objetos más antiguos que se han detectado jamás. 

El origen de Phoebe. Existen tres hipótesis para el origen de Phoebe. Por un lado, podría ser un planeta flotante libre en la Vía Láctea. Es decir, un planeta que fue expulsado de su sistema solar y que ahora vaga por nuestra galaxia. También podría ser exactamente lo mismo, pero en la gran nube de Magallanes en vez de en la Vía Láctea. 

Finalmente, podría tratarse de un agujero negro primordial. Es decir, un agujero negro muy pequeño que, en vez de formarse por el colapso de una estrella, se originó por fluctuaciones en la densidad de la materia del cosmos durante los primeros segundos del Big Bang. Los autores del estudio que se acaba de publicar han calculado las probabilidades de cada hipótesis y la tercera gana al resto en un factor de 100.000.

Una microlente gravitacional. Si bien el origen de Phoebe ha sido un misterio todo este tiempo, los científicos no tardaron en comprender el fenómeno que había causado la fluctuación del brillo de la estrella en 2019. Debía tratarse de una microlente gravitacional. 

Este es un fenómeno que se forma cuando un objeto muy masivo se sitúa entre nuestros telescopios y otro objeto. La masa del objeto central es tan grande que su gravedad es capaz de curvar el espacio-tiempo, formando una especie de lente que magnifica la imagen de lo que hay detrás. Por otro lado, si lo que hay detrás es una estrella muy lejana, lo que se magnifica es su brillo. Por eso se produjo ese aumento del brillo, porque Phoebe estaba pasando entre la estrella y los telescopios del observatorio chileno.

La clave está en la duración. Los estudios previos con lentes gravitacionales demuestran que la duración del evento puede darnos una idea de la masa del cuerpo que provoca la formación de la lente. Cuanto más ligero es el objeto, más rápido se mueve y menos tiempo dura el aumento de brillo. En este caso, el fenómeno duró una hora. Puede parecernos muchísimo, pero en términos cósmicos es bastante poco. De hecho, se encuentra justo sobre el límite detectable. 

Esto nos indica que el objeto que causó ese aumento del brillo debía ser muy ligero. Según los cálculos realizados por los científicos de la Universidad de Swinburne teniendo en cuenta las fluctuaciones en el brillo, tendría aproximadamente una masa equivalente a tres lunas. 

Una opción ganadora. Los agujeros negros que se forman a partir de estrellas suelen tener como mínimo la masa de alrededor de 5 soles. 3 lunas es muchísimo menos. También es un objeto demasiado pequeño para corresponderse con un planeta que vaga por la Vía Láctea o por la gran nube de Magallanes. Esto, junto a la geometría del evento y la distribución espacial esperada ha sido lo que ha llevado a que el cálculo de probabilidades se decante tan claramente hacia el agujero negro primordial.

Primordial Black Holes Agujeros negros primordiales

Una gran noticia sobre algo muy pequeño. Los agujeros negros primordiales son fenómenos teóricos. Se cree plausible que pudieron formarse en los primeros segundos del Big Bang, cuando las fluctuaciones en la densidad de la materia del cosmos provocaron una acumulación de la misma suficientemente densa como para colapsar. La mayoría de ellos serían muy pequeños. Tendrían la mayoría de características de un agujero negro, pero con un tamalo radicalmente menos. Se formarían antes de que hubiese estrellas o materia tal y como la conocemos, pero sí que podrían estar relacionados con uno de los mayores misterios de la astrofísica: la materia oscura. 

Solo el 5% del cosmos está formado por átomos “normales”. Lo demás es desconocido. Una parte se conoce como materia oscura y otra como energía oscura. No se sabe qué son, pero una de las hipótesis sobre la materia oscura es que podría estar compuesta en parte por agujeros negros primordiales. Por eso, si se demuestra que Phoebe es realmente un agujero negro primordial, estaríamos, quizás, ante una de las primeras demostraciones de la composición de la materia oscura.

¿Y ahora qué? Lógicamente, esto es solo el principio. Habrá que seguir buscando más objetos como Phoebe para poder demostrar que estos científicos están en lo cierto. Para ello, hay que saber bien a dónde apuntar con los telescopios. Para empezar, no vale cualquiera de ellos. Se necesita que sean suficientemente sensibles para detectar cambios suaves en el brillo de las estrellas. También es necesario que puedan enfocar campos visuales grandes. Y, a ser posible, que se centren en lugares con una gran concentración de estrellas, ya que ahí es más fácil que se produzca el fenómeno de las lentes gravitacionales. 

Se espera que algunos observatorios, como el Vera Rubin, den datos interesantes en este sentido. Ahora habrá que analizarlos y buscar puntos en común con Phoebe. Aquel 18 de diciembre de 2019 se estaba gestando una pandemia en la Tierra, pero en el espacio podría estar saltando la pista que daría por resuelto uno de los mayores misterios de la historia de la astrofísica. 

Imagen |Martin Bernardi |NASA

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La noticia La materia oscura lleva décadas siendo un misterio. Un extraño suceso de 2019 podría ser la prueba que estábamos buscando para desentrañarlo fue publicada originalmente en Xataka por Azucena Martín .



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Si queremos cuidar nuestra microbiota, esto dice la ciencia sobre a qué hora es ideal cenar

Si queremos cuidar nuestra microbiota, esto dice la ciencia sobre a qué hora es ideal cenar

Cada vez le damos más importancia a lo que comemos, y comenzamos a tener muy en cuenta la información que hay en las etiquetas de los alimentos, e incluso a demonizar los ultraprocesados. Sin embargo, es tan importante el qué comemos como el cuándo comemos, aunque esto último es algo a lo que le podemos dar muy poca importancia en nuestro medio, pero que en verdad tiene un gran efecto sobre nuestra microbiota

Lo que ocurre. No somos los únicos que nos vamos a dormir, puesto que los dos billones de bacterias que habitan nuestro tracto digestivo tienen su propio reloj circadiano. Alterarlo cenando a deshoras no solo empeora nuestras digestiones, sino que, según los últimos estudios, nos empuja hacia un metabolismo proinflamatorio y obesogénico en cuestión de días. De esta manera, cambiar la hora a la que se cena puede ser fundamental para mejorar nuestra salud metabólica general. 

Las bacterias. Para entender por qué la hora de la cena es crítica, primero hay que comprender que nuestra microbiota no es estática, sino que la composición y función de nuestras bacterias oscilan en ciclos de 24 horas como nosotros mismos. De esta manera, durante el día, cuando comemos, van a proliferar bacterias como Firmicutes, que están activas para ayudarnos a procesar los nutrientes. 

Sin embargo, cuando llega el ayuno nocturno, el ecosistema cambia el turno y toman el relevo familias como los Bacteroidetes y Verrucomicrobia. Y esto es algo fundamental, porque es el momento en el que nuestras bacterias fermentan la fibra y producen ácidos grasos de cadena corta como el butirato, que van a actuar como escudo protector de la barrera intestinal y regulan nuestros niveles de glucosa. 

Es sensible. Hasta aquí todo parece maravilloso, pero en el momento que cenamos tarde o si rompemos el ayuno con alcohol y una comida rápida nocturna como el clásico kebab después de fiesta, este delicado ecosistema se desincroniza. En ese momento, los Bacteroidetes disminuyen, el intestino se inflama y perdemos ese escudo protector.

El experimento. La teoría suena bien, pero ¿cuánto tardamos en dañar este ecosistema por cenar tarde? La respuesta la tiene un equipo conjunto del CSIC, la Universidad de Murcia y la Universidad de Harvard a través de un riguroso ensayo donde se sometió a un grupo de mujeres jóvenes y sanas a un experimento cruzado. 

En este caso, las mujeres durante una semana hicieron la comida principal a las 14:00 horas, y a la semana siguiente se retrasó hasta las 17:30. Todo lo demás, como las calorías, el tipo de dieta o las horas de sueño, se mantuvo idéntico. 

Los resultados fueron contundentes, ya que bastaron siete días de comer tarde para invertir por completo el ritmo diario de la microbiota. Y es que, como hemos visto antes, al desplazar los horarios hacia la noche, la diversidad microbiana se alteró y comenzaron a proliferar bacterias asociadas a procesos proinflamatorios (como Fusobacterium o Porphyromonas). En términos clínicos, este patrón tardío empuja al cuerpo hacia un estado metabólico que facilita la obesidad y aumenta el riesgo de enfermedades intestinales.

La hora ideal. El consenso científico apunta a una ventana muy específica que para los españoles supone un reto cultural importante, puesto que se cree que la cena debería realizarse antes de las 20:00 o 21:00 horas, mientras que la comida no debería pasar de las 14:00. Aunque si vamos más allá, investigadores en microbiota coinciden en que la franja ideal se sitúa entre las 18:00 y las 20:00 horas, garantizando siempre que pasen al menos de dos a tres horas antes de irnos a dormir.

Es bastante importante, porque se ha visto que las personas que cenan temprano o al menos dejan dos horas de margen antes de acostarse tienen un 20% menos de riesgo de desarrollar cáncer de mama y de próstata. La clave parece estar en la melatonina, la hormona del sueño, que al segregarse de forma natural despliega un potente efecto antioxidante y antiinflamatorio, siempre y cuando no estemos en plena digestión.

Imágenes | Caroline Attwood  CDC

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La noticia Si queremos cuidar nuestra microbiota, esto dice la ciencia sobre a qué hora es ideal cenar fue publicada originalmente en Xataka por José A. Lizana .



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Un experimento de hace 20 años con muchachas caminando en pareja reveló uno de los pegamentos invisibles de la sociedad

Un experimento de hace 20 años con muchachas caminando en pareja reveló uno de los pegamentos invisibles de la sociedad

Entre 2005 y 2006, un par de investigadores israelíes seleccionaron a veinticuatro muchachas jovenes y las pusieron a andar por parejas. Eso era todo. No les explicaron nada más, ni les pidieron ninguna cosa extra: ensayo tras ensayo, Zivotofsky y Hausdorff grabaron a las chicas mientras caminaban juntas. 

Parece algo trivial, pero bajo esas trivialidades hay cosas sorprendentes. Y es que "a menudo, la mirada distraída no lo percibe, pero la sincronización entre personas que caminan juntas es bastante común". Los investigadores se dieron cuenta que, en la mitad de los casos (muchos más si iban cogidas de las manos), las chicas coordinaban espontáneamente sus pasos con quien caminaba a su lado. 

Lo interesante es que, lejos de ser una curiosidad, es un elemento clave de lo que somos como sociedad. No es casual que los robots aún no lo hayan llegado a dominar.

Los seres humanos nos sincronizamos. No es solo el trabajo de Zivotofsky y Hausdorff sobre caminar en parejas, ni los estudios que lo han ido confirmando. La sincronización cardiorrespiratoria está bien documentada en contextos sociales (parejas tocándose, coros, conversaciones con amigos o familia, etc.). Son solo dos ejemplos de un campo de investigación que, en los últimos 20 años, ha rastreado los efectos prosociales de este tipo de cosas. 

¿Por qué lo hacemos? Hay dos grandes redes cerebrales que parece que están implicadas en todo esto: la red de mentalización (permite inferir intenciones, creencias y estados mentales ajenos) y el sistema de neuronas espejo (que, según se cree tradicionalmente, son la base de la empatía; y se co-activan durante las tareas de acción conjunta). Pero nada de esto responde a la pregunta que nos interesa: ¿por qué lo hacemos? A nivel evolutivo, digo.

Y aunque hay discusión sobre ello, los investigadores tienden a pensar que los beneficios prosociales de esa sincronización nos ayudan a vivir en sociedad. Al fin y al cabo, los estudios sugieren que caminar sincronizado con un extraño mejora la impresión que se tiene de él, incluso sin hablar. 

Es tan efectivo, que no faltan los estudios que analizan cómo esta sincronía motora se ha usado históricamente como herramienta de cohesión grupal. También en contextos de agresión, guerra y deshumanizanción de grupos ajenos. 

Dos caminando juntos. Sorprende, en este contexto, que ya Homero definiera la amistad como "dos caminando juntos". Porque es exactamente eso. También es una herramienta para romper dinámicas negativas. No es automático, no es algo directo; pero salir a pasear, cogidos de la mano, es una manera conectar que, últimamente, estamos abandonando

Es verdad que, con estos estudios en la mano, la causalidad es compleja de determinar. Uno nunca puede estar seguro de si es la sincronización lo que hace que 'encajemos' o el hecho de que seamos compatibles lo que facilita la sincronización. No obstante, el impacto de un mundo en el que cada vez interactuamos y nos tocamos menos está aún por conocer. 

Imagen | Richard Bell

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La noticia Un experimento de hace 20 años con muchachas caminando en pareja reveló uno de los pegamentos invisibles de la sociedad fue publicada originalmente en Xataka por Javier Jiménez .



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Quizá envejecer mejor no dependa solo del cuerpo: la ciencia empieza a estudiar también el efecto del arte y la cultura

Quizá envejecer mejor no dependa solo del cuerpo: la ciencia empieza a estudiar también el efecto del arte y la cultura

"Ah, mucho gimnasio. Pero trabaja el cerebro un poquito también". Cuando Shakira soltó esta frase, convertida de inmediato en meme global gracias a su sesión con Bizarrap, seguro que no pretendía sentar las bases de una nueva hipótesis científica sobre el envejecimiento. Y, sin embargo, en plena era del biohacking, los suplementos para la longevidad y las rutinas de bienestar cronometradas, un reciente estudio británico acaba de poner el foco exactamente ahí: en el cerebro, las emociones y la cultura.

Llevamos años escuchando que el secreto para envejecer con gracia pasa por contar los gramos de proteína, levantar pesas, clavar las ocho horas de sueño, esquivar los picos de glucosa y, por supuesto, alcanzar los sacrosantos 10.000 pasos diarios. La longevidad se ha transformado en un cóctel de ciencia, obsesión estética e industria multimillonaria. Sin embargo, un equipo de investigadores del University College London (UCL) ha metido un ingrediente inesperado en la coctelera: visitar museos, perderse en un buen libro o vibrar en un concierto también influye de manera tangible en cómo envejece nuestro cuerpo.

La investigación, publicada en la revista científica Innovation in Aging, analizó los datos de 3.556 adultos británicos mayores de 50 años. Tirando del hilo del English Longitudinal Study of Ageing (ELSA) —uno de los proyectos europeos más ambiciosos sobre la materia—, los científicos cruzaron dos mundos aparentemente inconexos: los hábitos culturales y los biomarcadores físicos.

Por un lado, registraron con qué frecuencia estas personas iban al teatro, visitaban galerías, escuchaban música, bailaban o pintaban. Por otro, midieron su reloj biológico a través de análisis de sangre y datos epigenéticos. La conclusión principal fue que quienes participaban en actividades culturales al menos una vez por semana mostraban un envejecimiento biológico aproximadamente un 4% más lento que quienes apenas realizaban este tipo de actividades unas pocas veces al año.

Además, según uno de los indicadores utilizados por el equipo, las personas más involucradas culturalmente presentaban una edad biológica cercana a un año menos respecto a los participantes menos activos culturalmente. La profesora Daisy Fancourt, autora principal del estudio, explicó en el comunicado de UCL que los resultados sugieren que "las actividades artísticas y culturales deberían considerarse comportamientos beneficiosos para la salud, de manera similar a la actividad física".

El museo no es una píldora mágica

Conviene frenar el entusiasmo: el estudio no dice que leer a Tolstói te quite las arrugas ni que una exposición sustituya a una buena sesión de cardio. Tampoco garantiza que escuchar a Clara Schumann alargue automáticamente la vida. Lo que evidencia es una fuerte correlación. Las personas que participan a menudo en actividades culturales tienen mejores indicadores de envejecimiento, pero correlación no implica causalidad.

Como bien recordaba The Guardian, muchos expertos insisten en que este tipo de investigaciones deben interpretarse con cautela. Las personas que consumen cultura con frecuencia también suelen compartir otros factores: mayor nivel educativo, mejores ingresos, menos estrés financiero, estilos de vida más saludables y una red de apoyo emocional más sólida. Aunque los autores ajustaron la estadística para aislar variables como el tabaquismo, el ejercicio físico previo o el estatus socioeconómico, limpiar la ecuación de todos los factores de confusión es tarea casi imposible.

Aun así, los hallazgos encajan a la perfección con una línea científica cada vez más robusta que subraya el impacto biológico de la salud emocional y la conexión social. Según la revista Health, el secreto no está en el museo o en el libro en sí, sino en lo que ocurre dentro de nosotros al disfrutarlos: se reduce el estrés, disminuye el aislamiento, el cerebro se estimula, regulamos mejor nuestras emociones y recibimos un buen chute de dopamina. El arte no curaría por sí solo, pero desencadenaría procesos fisiológicos que sí frenan el deterioro biológico. Y eso, sin duda, cambia los términos de la conversación.

Más allá del músculo y el metabolismo

Quizá lo verdaderamente revolucionario de este estudio no sea ese "4% más lento", sino el cambio de paradigma que pone sobre la mesa. Llevamos décadas entendiendo el envejecimiento saludable casi en exclusiva a través de parámetros físicos: dieta, sudor y prevención cardiovascular.

Todo eso sigue siendo esencial. De hecho, el propio estudio no cuestiona en ningún momento los beneficios del ejercicio físico. Pero la ciencia contemporánea está abrazando una idea más amplia: envejecer no es solo un trámite metabólico o muscular. Es un proceso emocional, mental y profundamente social.

Conceptos como la "reserva cognitiva" —el escudo protector que crea el cerebro frente al deterioro gracias a la estimulación intelectual continua— ya son habituales en neurociencia. Aprender, mantener charlas estimulantes o dejarse impactar por una obra de arte fortalecen ese escudo. Paralelamente, disciplinas como la psicoinmunología nos están enseñando cómo la soledad, el estrés crónico o la depresión castigan el cuerpo a base de inflamación y desajustes hormonales. El aislamiento social es ya un factor de riesgo cardiovascular de primer orden. Aquí es donde la cultura salta del cajón del mero "entretenimiento" para revelarse como una herramienta clave de bienestar fisiológico.

Lo interesante es que el estudio no habla de hábitos extraordinarios ni de rutinas imposibles. Habla de prácticas cotidianas como leer unas páginas antes de dormir, escuchar música en el trayecto al trabajo, comentar una película después del cine e ir a una exposición un domingo cualquiera. Pequeños gestos culturales que, según esta línea de investigación, podrían tener más impacto biológico del que parecía.

De hecho, en el Reino Unido esto ya ha saltado de la teoría a la práctica. El sistema sanitario británico lleva tiempo impulsando la "prescripción social" (social prescribing), una estrategia donde los médicos derivan a pacientes hacia actividades comunitarias y culturales como complemento a la medicina tradicional. Grupos de lectura, talleres de arte, coros o jardinería se recetan para combatir la ansiedad, el deterioro cognitivo o la depresión en personas mayores. La propia Daisy Fancourt es pionera en este campo, documentando en su libro Art Cure cómo el arte interviene de manera tangible en la salud física y mental.

El antídoto contra el estrés de la hiperoptimización

Que este estudio se haya hecho viral revela algo profundamente contemporáneo: el agotamiento colectivo frente a la tiranía del bienestar productivo. Hoy, querer vivir más se parece demasiado a una hoja de cálculo interminable: medir los pasos, los macronutrientes, la frecuencia cardíaca, las horas de sueño REM y las inmersiones en agua helada.

En un panorama tan cuadriculado, resulta casi subversivo que la ciencia vuelva a hablarnos de emoción, placer, sensibilidad y ocio improductivo. Nos sugiere algo tremendamente liberador: que cuidarnos también pasa por vivir experiencias humanas y menos utilitarias. No como excusa para abandonar el gimnasio, sino como la pieza que faltaba en el rompecabezas del bienestar.

¿Nos salvará la cultura?

Por ahora, la respuesta científica es una prudencia esperanzadora: probablemente sí, aunque queda mucho camino por explorar. Este trabajo no dicta una sentencia de causalidad definitiva, pero apuntala una idea imparable en salud pública: lo que pasa en la mente y en nuestras relaciones sociales tiene un eco directo en nuestro cuerpo.

Ahí reside el verdadero hallazgo, y quizá el más incómodo para una sociedad obsesionada con optimizar su cuerpo. Resulta que algunas de las herramientas más potentes para vivir mejor no producen dinero, no se pueden cuantificar y no caben en una pulsera inteligente. A lo mejor, el secreto de la longevidad no solo se esconde en una mancuerna o un suplemento de moda, sino también en el patio de butacas de un teatro, en una buena lista de reproducción o en una gran conversación.

Imagen | Photo by kevin laminto on Unsplash

Xataka | Los influencers han puesto de moda darte calambrazos en el nervio vago para curar el estrés. La ciencia tiene malas noticias

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La noticia Quizá envejecer mejor no dependa solo del cuerpo: la ciencia empieza a estudiar también el efecto del arte y la cultura fue publicada originalmente en Xataka por Alba Otero .



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Hemos encontrado un "interruptor" oculto del alzhéimer. Y lo mejor es que tenemos candidatos prometedores para apagarlo

Hemos encontrado un "interruptor" oculto del alzhéimer. Y lo mejor es que tenemos candidatos prometedores para apagarlo

El alzhéimer sigue siendo uno de los mayores desafíos médicos de nuestro siglo, puesto que estamos ante una enfermedad con una incidencia muy importante y sobre todo que conlleva una gran cantidad de problemas sociales a su alrededor. Aquí la investigación durante la década se ha centrado en la acumulación de placas de proteína beta-amiloide en el cerebro para explicarla. Sin embargo, la comunidad científica ha comenzado a prestar mucha más atención a un factor igualmente devastador: la neuroinflamación.

Un nuevo gen. La ciencia sigue avanzando y uno de los últimos descubrimientos que se ha hecho radica en el gen APOE4, que es un conocido factor de riesgo para la enfermedad de Alzheimer. Y no es para menos, puesto que las personas que heredan esta variante tienen una probabilidad mucho mayor de desarrollar la enfermedad, y a menudo lo hacen a edades más tempranas.

Pero ahora un equipo de investigación ha estado investigando exactamente por qué tener esta variante genética predispone a tener Alzheimer y la respuesta parece estar en la inflamación crónica. Más concretamente, en los portadores de APOE4, el sistema inmunológico del cerebro reacciona de forma exagerada, creando un entorno tóxico que daña las neuronas y acelera el deterioro cognitivo. Y en el centro de esta tormenta inflamatoria los investigadores han señalado a la enzima cPLA2 como culpable principal. 

Es un reto. Sabiendo que la cPLA2 juega un papel crucial en la cascada inflamatoria asociada al alzhéimer, el objetivo lógicamente está puesto en apagarla de manera permanente. Sin embargo, inhibir enzimas en el cerebro no es tarea fácil, ya que el cerebro se encuentra muy bien protegido por la barrera hematoencefálica, que actúa como un auténtico control de aduanas que deja pasar solo algunos elementos muy seleccionados. Es por ello que crear un fármaco que la atraviese sin causar efectos secundarios en otras partes del cuerpo es un gran reto. 

Las estrategias. Para llegar a este objetivo, la ciencia ahora mismo se encuentra haciendo simulaciones computacionales de miles de moléculas para poder encontrar aquellas con la forma y las propiedades exactas para "encajar" en la enzima cPLA2 y desactivarla. Una vez se identifique esta 'llave' que encaje con la enzima que se ve como una cerradura, es cuando se pueden refinar los compuestos candidatos para llevar a cabo pruebas en modelos animales. 

Hasta ahora, la investigación ya cuenta con varios inhibidores selectivos de cPLA2 que han demostrado ser potentes y capaces de penetrar en el cerebro, haciendo que en los modelos estudiados se consiga reducir la neuroinflamación. 

Medicina personalizada. El estudio, respaldado por múltiples instituciones de peso como el National Institute on Aging y la Alzheimer's Drug Discovery Foundation, no solo es relevante por el diseño de los nuevos fármacos, sino por su enfoque de medicina personalizada.

Si miramos atrás, los ensayos clínicos para el alzhéimer han tratado a todos los pacientes por igual, a menudo resultando en fracasos millonarios. Pero ahora, al dirigir estos nuevos inhibidores de cPLA2 específicamente a la neuroinflamación potenciada por el gen APOE4, los científicos están creando tratamientos a medida para los pacientes biológicamente más vulnerables. Aunque todavía estamos en una fase muy precoz de la investigación, haciendo que deban pasar años hasta poder ver un resultado tangible. 

Imágenes | Robina Weermeijer

En Xataka | El Alzheimer ya no parece irreversible: la ciencia logra que cerebros con daños avanzados se recuperen por primera vez en animales

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