28 de mayo de 2026

Nos obsesionamos con dejar la carne por completo, pero la ciencia de la longevidad nos pide algo mucho más pragmático

Nos obsesionamos con dejar la carne por completo, pero la ciencia de la longevidad nos pide algo mucho más pragmático

El debate sobre si debemos consumir más o menos carne suele estar plagado en muchos casos de ideología, pero cuando nos ceñimos estrictamente a la ciencia, la realidad es que se intuye que un refuerzo de la proteína vegetal nos puede dar unos cuantos años más de vida. Y no se trata de eliminar por completo los alimentos de origen animal, sino de hacer matemáticas nutricionales para sustituir una pequeña fracción de la proteína animal por proteína vegetal. 

Grandes estudios hay detrás para poder llegar a esta conclusión, siendo uno de los más contundentes el publicado en The BMJ en 2020, que aglutinó a 31 estudios prospectivos y a más de 715.000 participantes. Aquí se vio claramente que una mayor ingesta de proteína vegetal se asoció con una menor mortalidad por todas las causas y, específicamente, por enfermedad cardiovascular.

Traducido a porcentajes, cada aumento del 3% de la energía diaria procedente de proteína vegetal se relacionó con un 5% menos de riesgo de muerte por cualquier causa. Por el contrario, la proteína animal no mostró una asociación clara (ni a favor ni en contra) con la mortalidad cardiovascular o por cáncer a nivel global.

Hay más. Ese mismo año, la revista JAMA publicó los datos de la cohorte prospectiva NIH-AARP, que siguió a más de 416.000 personas. Sus hallazgos afinaron aún más el tiro, ya que apuntaron que al sustituir solo un 3% de la energía de la proteína animal por proteína vegetal, se asoció con un 10% menos de mortalidad total. El efecto protector fue especialmente marcado cuando esa proteína vegetal entraba en la dieta para reemplazar al huevo y, sobre todo, a la carne roja.

El único problema es que, aunque la afirmación tiene una base científica sólida, únicamente se ha evidenciado la relación a través de estudios observacionales. Es decir, no estamos ante una prueba de causalidad inequívoca. 

La razón de que la proteína vegetal de la soja o las lentejas alargue la vida es algo que todavía está bastante discutido. La hipótesis biológica más sólida no defiende que la proteína vegetal sea un elixir mágico, sino que, al desplazar a las fuentes animales, suelen bajar varios factores de riesgo de golpe. Es lo que en nutrición se conoce como el efecto del "paquete". 

Al cambiar un filete por un plato de legumbres, no solo se cambian los aminoácidos que se introducen al cuerpo, sino que se reduce drásticamente la ingesta de grasa saturada, hierro, sodio y, si hablamos de carne procesada, compuestos proinflamatorios. A cambio, se introduce en el organismo fibra, polifenoles y otros compuestos bioactivos presentes en los cereales integrales, semillas y leguminosas que pueden reducir el riesgo carbiometabólico global. 

La letra pequeña. Aquí no se puede generalizar, y estos resultados no apuntan a que toda proteína animal sea un veneno ni que cualquier producto vegetal sea automáticamente un billete a la inmortalidad. 

El resultado esperado depende en buena medida del alimento concreto que estamos sustituyendo en nuestro plato, ya que no tiene el mismo impacto metabólico reemplazar una salchicha procesada que un yogur natural, ni es igual de beneficioso cambiar el pollo por las legumbres que por un sustituto vegetal ultraprocesado lleno de harinas refinadas. 

La edad importa. La edad es un factor muy relevante que la ciencia ha evidenciado a través de un estudio publicado en Nature que analizó los suministros nacionales de proteínas en 101 países durante 60 años. Aquí se ha visto que, aunque la mayor disponibilidad de proteína vegetal se asocia a una mayor esperanza de vida, en los niños menores de cinco años la relación parece invertirse, sugiriendo que la proteína animal puede ser fundamental para su desarrollo. 

Imágenes | Anna Pelzer Eiliv Aceron 

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Primero el agujero negro, luego la galaxia: el James Webb acaba de romper lo que creíamos que era el orden establecido del Universo

Primero el agujero negro, luego la galaxia: el James Webb acaba de romper lo que creíamos que era el orden establecido del Universo

Incluso un instrumento tan poderoso como el Telescopio Espacial James Webb puede detectar fenómenos desconcertantes a veces. Es el caso de los múltiples puntitos rojos que ha ido encontrando por el Universo en los últimos años. Muchos de ellos son un misterio difícil de descifrar con la tecnología disponible. Sin embargo, gracias a un fenómeno de la física muy propicio, el propio James Webb ha conseguido adentrarse en uno de estos puntitos rojos, para encontrar algo fascinante. Un agujero negro que va en contra de la física conocida, por haberse formado antes que la galaxia que lo alberga.

Los datos. El agujero negro en cuestión es enorme, con una masa 50 millones de veces mayor que la del Sol. Se encuentra dentro de una galaxia diminuta, llamada Abell 2744-QSO1, con un diámetro de 1.300 años luz. Para que nos hagamos una idea, nuestra Vía Láctea tiene un diámetro de más de 100.000 años luz. Se calcula que esta galaxia se formó 700 millones de años después del Big Bang, por lo que es muy antigua. Sin embargo, según los cálculos de un equipo de científicos de las Universidades de Cambridge y Florencia, el agujero negro pudo formarse un segundo después de la explosión que dio lugar al Universo. 

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Si cambiamos el huevo y la gallina por la galaxia y el agujero negro, la respuesta hasta ahora estaba más o menos clara. No todas las galaxias tienen un agujero negro en su centro, pero sí la mayoría de ellas. Tradicionalmente se ha pensado que el agujero negro se formó cuando algunas de las estrellas de la galaxia se quedaron sin combustible y colapsaron. Se formó tal concentración de masa que su gravedad empezó a atraer todo lo que se encontraba a una distancia concreta (la que hay a su horizonte de sucesos) y, así, se fue alimentando, haciéndose más y más grande. Eso es lo que se creía, pero es una hipótesis que a veces no cuadra del todo.

Un puntito rojo con truco. El sistema formado por una galaxia diminuta y un agujero negro inmenso en su interior compone uno de los puntitos rojos detectados por el James Webb. La mayoría de ellos son muy difíciles de analizar, pero este cuenta con una ventaja que facilita su observación. Y es que, entre la galaxia y el James Webb, hay un cúmulo de galaxias llamado Abell 2744 (cúmulo de Pandora) que actúa como lente. Es tan masivo que dobla el espacio-tiempo a su alrededor y forma una especie de lente que permite ver la galaxia QSO1 con mayor tamaño. Dicho de forma muy simplificada, actúa como una lupa. Además, gracias a ese mismo efecto se forma una imagen triplicada que se puede analizar con más detalle. 

Agujero negros primitivos. Al poder ver esas imágenes con lupa, se ha observado una galaxia diminuta y un agujero negro enorme, ambos muy antiguos. Generalmente, la masa de los agujeros negros no se puede medir. Los cálculos se hacen mediante suposiciones extrapoladas de lo que sabemos de los agujeros negros del Universo local. Así, se calculó que el agujero negro de QSO1 tenía una masa equivalente a 40 millones de veces la del Sol. Pero no cuadraba mucho para una galaxia tan pequeña. ¿Cómo podría haberse hecho tan grande “alimentándose” solo del material de la propia galaxia? Todo esto ha podido responderse, de nuevo, gracias al James Webb.

Punto Rojo

Más allá de la lupa. Para poder medir mejor este agujero negro, se ha usado la Unidad de Campo Integral (IFU) del espectrógrafo de infrarrojo cercano del James Webb. Este instrumento, en vez de centrarse en un solo punto, tiene la capacidad de realizar un mapa en 2D de una región del cielo. Así, puede rastrear los efectos de la gravedad sobre el gas que ocupa esa región concreta e incluso analizar la distribución de distintos elementos en ese mismo gas. 

Con todo ello se ha visto algo interesante. Que el gas gira en torno a un centro de un modo parecido a como lo hacen los planetas alrededor del Sol. Según las leyes de Kepler, cuanto más lejos del centro orbita un objeto, más despacio lo hace. Esto se cumple con los planetas, pero también con el gas. Por lo tanto, el agujero negro debe ser muy muy masivo. Hasta ahí bien. Eso ya lo habíamos supuesto, ¿pero cuál es su masa?

Los cálculos de la verdad. Sabiendo a qué velocidad orbita un gas a cierta distancia, se puede saber la masa de su centro. Dado que el centro era el agujero negro, estos científicos solo tuvieron que hacer los cálculos para saber que su masa es equivalente a 50 millones de soles. Las suposiciones apuntaban a 40 millones, así que se habían quedado relativamente cerca en términos astronómicos. Pero es raro, ya que su masa es igual a dos tercios la de la galaxia. Es demasiado grande para esa galaxia. 

Otro dato interesante. Dado que este instrumento del James Webb también permite determinar la composición del gas, se ha visto que el agujero negro consta principalmente de hidrógeno y helio. Hay muy poco oxígeno, como sería esperable si se hubiese formado únicamente a partir de las estrellas de su galaxia. De hecho, su metalicidad es menos de un 0,5% la del Sol. Todos estos datos no cuadran con un agujero negro que se formó a partir de su galaxia. Tuvo que formarse antes. 

Las hipótesis. Todo esto apunta a que el agujero negro se formó por un colapso directo. ¿Pero cuándo? Eso no está tan claro, aunque hay dos hipótesis. Por un lado, podría haberse formado por una semilla pesada que se originó en el primer segundo del Big Bang. O quizás se formó un poco después, por el colapso de una nube de gas. Sea como sea, este es un gran hallazgo, ya que se trata de la primera medición directa de la masa de un agujero negro dentro de los primeros mil millones de años tras el Big Bang. Y lo bueno es que concuerda con las suposiciones que se habían extrapolado desde el Universo local. 

Más puntos rojos. Los autores de los dos estudios que se han publicado sobre esta investigación consideran que puede haber más puntos rojos con detalles tan sorprendentes como este. Solo falta buscar las formas de adentrarse en ellos. 

Imagen | NASA, ESA, CSA, L. Furtak (Ben-Gurion University), R. Maiolino (Cambridge), F. D'Eugenio (Cambridge), I. Juodžbalis (Cambridge), H. Übler (MPE), C. Marconcini (University of Florence). Image processing: A. Pagan

En Xataka | El James Webb acaba de descubrir agua oxigenada en el sitio más insospechado que se nos podía ocurrir: la luna de Plutón



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La base lunar de la NASA empieza a tomar forma: Blue Origin gana el primer contrato y los rovers llegan antes que los astronautas

Base lunar futurista con cúpulas y rascacielos iluminados en la superficie de la Luna, con la Tierra visible en el cielo estrellado, representando los planes de SpaceX para colonizar la Luna antes que Marte

Menos de dos meses después de que cuatro astronautas completaran la misión Artemis II —el vuelo tripulado más profundo desde el programa Apollo— la NASA ha presentado los contratos y calendarios concretos de lo que considera la siguiente gran empresa de la humanidad: construir una base permanente en la Luna. El 26 de mayo de 2026, la administradora del programa, Lori Glaze, y el administrador Jared Isaacman convocaron una rueda de prensa en la sede de la NASA en Washington. Lo que anunciaron no son planos en papel: son contratos firmados, fechas de lanzamiento y una página web con cronograma detallado.

«La base lunar será el primer asentamiento de América y de la humanidad en otro mundo celeste», declaró Isaacman. La frase no es metáfora corporativa. La NASA quiere tener capacidad operativa en la superficie lunar entre 2029 y 2032, y una presencia semipermanente en 2032 o más tarde.

Los cuatro contratos y lo que llevarán a la Luna

La NASA distribuyó cientos de millones de dólares en contratos entre cuatro empresas, cada una con una función distinta en la cadena de infraestructura lunar.

Blue Origin se lleva el contrato más estratégico: proporcionar los módulos de aterrizaje para transportar los vehículos de terreno lunares hasta la superficie. El valor es de hasta 280 millones de dólares. Su primer módulo, el Blue Moon Mark 1 Endurance, protagonizará la misión Moon Base I, con objetivo de lanzamiento en otoño de 2026 desde Cabo Cañaveral. La misión aterrizará en el Shackleton Connecting Ridge, cerca del polo sur lunar, y llevará dos instrumentos científicos: las cámaras estéreo para estudiar el impacto de los propulsores sobre la superficie (Stereo Cameras for Lunar Plume-Surface Studies) y un array retroreflector láser para mejorar la navegación de futuras misiones.

Astrolab y Lunar Outpost se encargarán de fabricar los vehículos de terreno que los astronautas conducirán en la superficie —los sucesores modernos del Lunar Roving Vehicle del Apollo—. Astrolab llevará su rover FLIP en la misión Moon Base II, planeada para más tarde en 2026, a bordo del módulo Griffin de Astrobotic. Esa misión entregará más de 500 kg de carga en la superficie.

Firefly Aerospace —que ya logró el primer aterrizaje exitoso de una empresa privada en la Luna el año pasado— construirá la nave que transportará los cuatro drones de la misión MoonFall (2028). Esos drones volverán a lo largo de la superficie lunar cartografiando zonas de difícil acceso para identificar los mejores lugares de aterrizaje para los astronautas de las misiones tripuladas.

El calendario hacia los astronautas: 2027, 2028, y más allá

El programa Artemis tiene ahora una secuencia más precisa. Artemis III está prevista para mediados de 2027: no es un aterrizaje, sino una prueba de acoplamiento en órbita terrestre con los módulos de aterrizaje lunar que desarrollan SpaceX (Starship HLS) y Blue Origin. Artemis IV vendría después, con dos astronautas en la superficie lunar tan pronto como 2028 si todo va según el plan.

El contexto geopolítico está presente en cada decisión. China ha anunciado que quiere llevar taiconautas a la Luna antes de 2030, con el polo sur como objetivo prioritario. Ambas naciones buscan los mismos cráteres en permanente sombra donde el agua en forma de hielo podría sustentar una base de largo plazo.

La base necesitará energía nuclear para sobrevivir. El polo sur lunar tiene períodos de sombra que pueden durar meses, haciendo inviable la energía solar como fuente principal. La hoja de ruta incluye reactores nucleares para la fase permanente. Los desafíos de construir colonias en la Luna llevan años siendo analizados: soporte vital, protección de la radiación cósmica, gestión térmica en entornos con variaciones de temperatura de cientos de grados entre la luz y la sombra. La búsqueda de vehículos de terreno lunar para las misiones Artemis comenzó hace años como parte de la infraestructura de exploración de largo plazo, y los contratos de hoy son su materialización. El Starship de SpaceX, que en el vuelo 12 avanzó en estabilidad orbital pero sigue con problemas de motor, sigue siendo el vehículo designado por la NASA para los aterrizajes tripulados de Artemis IV y V.

Mi valoración

Después de décadas de anuncios lunares que quedaban en papel, lo que la NASA presentó el 26 de mayo de 2026 es diferente en un aspecto concreto: hay contratos firmados, hay dinero asignado y hay fechas de lanzamiento con nombres de misión. Moon Base I está a menos de seis meses.

Lo que más me convence es el enfoque de infraestructura progresiva: primero los instrumentos, luego los rovers no tripulados, luego los drones de cartografía, luego los astronautas. Es la lógica correcta: no enviar personas hasta que el terreno esté más o menos conocido y el hardware de soporte esté in situ.

Lo que más me preocupa es la dependencia de Starship como módulo de aterrizaje. SpaceX no ha demostrado aún la capacidad de reencendido del motor en órbita ni el acoplamiento para transferencia de combustible que requiere la misión lunar. Que Artemis III —en 2027— sea una prueba de acoplamiento (y no un aterrizaje) sugiere que la NASA también tiene dudas sobre si Starship estará listo para 2028. El factor China —que no tiene esos problemas de alineación de proveedores— es el que más acelerará o retrasará cualquier decisión política sobre el ritmo.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la misión Moon Base I y cuándo se lanza?

Moon Base I es la primera misión de la nueva fase de construcción de la base lunar de la NASA. Tiene objetivo de lanzamiento en otoño de 2026, usando el módulo de aterrizaje Blue Moon Mark 1 Endurance de Blue Origin. Aterrizará en la zona del Shackleton Connecting Ridge, cerca del polo sur lunar, y llevará instrumentos científicos que reducirán el riesgo para los futuros aterrizajes tripulados de Artemis.

¿Por qué el polo sur y no otras zonas de la Luna?

El polo sur lunar contiene agua en forma de hielo en los cráteres permanentemente en sombra. Esa agua puede descomponerse en hidrógeno y oxígeno: combustible de cohetes y soporte vital. Quien controle el acceso a esas reservas tendrá una ventaja decisiva para construir y sostener una base permanente. Por eso tanto EE.UU. como China han identificado el polo sur como destino prioritario.

¿Qué fue la misión Artemis II que la NASA menciona como catalizador?

Artemis II fue la primera misión tripulada del programa Artemis, llevada a cabo en abril de 2026. Cuatro astronautas sobrevolaron la Luna —viajando más lejos del que lo hicieran las tripulaciones del Apollo en los años 60 y 70— y regresaron a la Tierra. Fue la primera vez que humanos se acercaron tanto a la Luna desde el último Apollo en 1972. El éxito de la misión aceleró los planes de construcción de la base.




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Células solares en el cristal de tu ventana: investigadores de Singapur crean láminas de 10 nanómetros casi invisibles que generan electricidad

Células solares en el cristal de tu ventana: investigadores de Singapur crean láminas de 10 nanómetros casi invisibles que generan electricidad

La principal barrera para expandir la energía solar en ciudades no es el coste de los paneles. Es el espacio. Los paneles fotovoltaicos convencionales necesitan superficies planas orientadas al sur, lo que en una ciudad densa —donde el suelo cuesta una fortuna y los tejados ya están saturados— es un bien escaso. Los edificios, en cambio, tienen miles de metros cuadrados de superficie en sus fachadas y ventanas. El problema es que esa superficie tiene que dejar pasar la luz. Nadie quiere trabajar en una oficina oscura por culpa de los paneles solares.

Investigadores de la Nanyang Technological University (NTU) de Singapur, liderados por la profesora asociada Annalisa Bruno del Energy Research Institute (ERI@N), han desarrollado una célula solar de perovskita tan delgada —solo 10 nanómetros— que es prácticamente invisible a simple vista y puede instalarse directamente sobre cristales sin cambiar significativamente su apariencia. Lo publica New Atlas este 26 de mayo con datos del artículo original en la revista ACS Energy Letters.

Qué es la perovskita y por qué esta investigación es relevante

La perovskita es un material semiconductor que en los últimos diez años ha pasado de ser una curiosidad de laboratorio a convertirse en el rival más serio del silicio en fotovoltaica. Su principal ventaja: puede fabricarse con procesos mucho más baratos que el silicio cristalino y ofrece eficiencias de conversión que compiten con él. Su principal problema: la estabilidad a largo plazo bajo calor y humedad, que en aplicaciones convencionales ha limitado su comercialización.

Las células solares de perovskita convencionales tienen capas de entre 150 y 500 nanómetros de grosor. Las del equipo de la NTU tienen 10 nanómetros —unas 50 veces más delgadas que las estándares y 10.000 veces más delgadas que un cabello humano. Para lograrlo usaron un proceso llamado evaporación térmica al vacío: los materiales se calientan en una cámara de vacío hasta que se evaporan, el vapor se deposita sobre la superficie y forma una película ultrafina. A diferencia de otros métodos de fabricación de perovskita, este proceso no usa disolventes tóxicos y permite controlar el grosor con gran precisión.

Los resultados de rendimiento son los siguientes. En dispositivos opacos:

  • Capa de 10 nm: 7% de eficiencia de conversión
  • Capa de 30 nm: 11% de eficiencia
  • Capa de 60 nm: 12% de eficiencia

En el dispositivo semitransparente, usando una capa de 60 nm:

  • 41% de transmisión de luz visible — suficiente para ventanas de oficina
  • 7,6% de eficiencia de conversión — entre las mejores reportadas para células semitransparentes con materiales similares

Por qué la eficiencia del 7,6% importa aunque parezca baja

Una célula solar convencional de silicio en una instalación residencial tiene una eficiencia del 20-23%. ¿Por qué es interesante una célula del 7,6%? Porque el contexto cambia completamente lo que «eficiente» significa.

Una ventana que deja pasar el 41% de la luz y convierte el 7,6% de la energía solar en electricidad sigue siendo una ventana. No es un panel opaco. No bloquea la vista. No requiere modificar la arquitectura del edificio. Si aplicás esa tecnología a los miles de metros cuadrados de fachada acristalada de un edificio de oficinas, el agregado energético puede ser sustancial. La profesora Bruno lo pone en perspectiva: los edificios son responsables de aproximadamente el 40% del consumo energético global. Cualquier tecnología que pueda integrar generación eléctrica en la superficie de los edificios sin cambiar su función principal tiene un mercado potencial enorme.

Las células solares de perovskita-silicio ya han superado el 30% de eficiencia en laboratorio gracias a arquitecturas de triple unión, pero son dispositivos opacos para instalación en tejados. Los módulos solares flexibles de perovskita con nanotubos de carbono avanzan hacia aplicaciones en superficies curvas y textiles. Las láminas de la NTU abren el camino hacia las ventanas. Un panel híbrido del CSIC de Sevilla que combina perovskita con energía de lluvia explora otra dimensión de la fotovoltaica integrada en superficies urbanas.

La innovación del equipo de la NTU no está solo en el resultado sino en el proceso: es la primera demostración de células de perovskita ultrafinas fabricadas íntegramente por procesos al vacío, lo que los investigadores señalan como un paso hacia la producción industrial escalable, ya que las líneas de fabricación de semiconductores ya usan procesos al vacío y son compatibles con este método.

Mi valoración

Llevo años siguiendo la perovskita y la fotovoltaica integrada en edificios, y el avance de la NTU me parece genuinamente interesante por tres razones concretas. Primera: la neutralidad de color. Una ventana tintada de marrón o verde por la perovskita no sirve comercialmente; una con color neutro sí. Segunda: el proceso al vacío, que resuelve el problema de reproducibilidad que otros métodos tienen con la perovskita. Tercera: el 41% de transmisión de luz visible, que está dentro del rango de los vidrios de control solar que ya usan los edificios de oficinas.

Lo que más me preocupa es lo que no está en el artículo: los datos de estabilidad a largo plazo. Las células de perovskita tienen un historial complicado con la degradación por humedad y calor, y el equipo no publicó datos de estabilidad acelerada. En condiciones reales de uso en fachada —con lluvia, sol directo, variaciones de temperatura— el comportamiento puede ser muy diferente al de laboratorio. Los ensayos en áreas de pocos centímetros cuadrados no extrapolados directamente a ventanas de metro cuadrado.

La pregunta relevante no es si estas células van a llegar mañana a los edificios —no van a llegar—, sino si en tres o cinco años el proceso al vacío y la formulación de perovskita habrán madurado lo suficiente como para que alguien construya un edificio con estas ventanas. Los precedentes en fotovoltaica integrada en vidrio (BIPV) son de décadas de desarrollo. Pero el ritmo de la perovskita está siendo distinto.

Preguntas frecuentes

¿Qué hace que estas células solares sean «casi invisibles»?

La clave es el grosor de solo 10-60 nanómetros y la apariencia neutral de color. Las células solares de perovskita convencionales suelen tener tonos marrones o verdosos visibles que cambian el aspecto del vidrio. Las de la NTU tienen un color neutro que no altera significativamente el aspecto del cristal, y su grosor extremadamente fino hace que no se perciban visualmente. La versión semitransparente de 60 nm deja pasar el 41% de la luz visible, similar a un cristal de control solar de oficina.

¿Por qué se usa perovskita y no silicio en estas células?

El silicio es la base de la fotovoltaica convencional, pero no es compatible con aplicaciones de película ultrafina transparente: no puede fabricarse en capas de 10-60 nanómetros manteniendo rendimiento aceptable. La perovskita tiene una estructura cristalina que permite capas muy delgadas con buena absorción de luz, lo que la hace adecuada para fotovoltaica integrada en ventanas, fachadas y superficies curvas.

¿Cuándo podría estar disponible comercialmente esta tecnología?

El equipo no ofrece un plazo de comercialización. Las barreras pendientes incluyen: demostrar estabilidad a largo plazo bajo condiciones reales de exposición a la intemperie, escalar el proceso de fabricación al vacío a áreas de metros cuadrados (ahora demostrado solo en pocos centímetros cuadrados) y resolver los retos de encapsulación que protegen la perovskita de la humedad. En el panorama realista, una comercialización en fachadas de edificios estaría a un mínimo de cinco a diez años si el ritmo de mejora se mantiene.




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27 de mayo de 2026

"Comer frutos secos mixtos ayuda a tu salud cerebral": lo que la ciencia sabe sobre cómo una avellana afecta a tu memoria

"Comer frutos secos mixtos ayuda a tu salud cerebral": lo que la ciencia sabe sobre cómo una avellana afecta a tu memoria

Una recomendación nutricional que nos han ido diciendo durante mucho tiempo es que cada día hay que comer un puñado de frutos secos para poder mantener una buena salud a largo plazo. Aquí los expertos apuntan específicamente que no basta con comer nueces o almendras por separado, sino que la clave está en consumir frutos secos mixtos para prevenir el deterioro cognitivo. 

Cada vez más voces. Esto es lo que ha evidenciado el epidemiólogo genético y experto en microbioma Tim Spector, que ha apuntado de manera categórica que “la mejor forma de ayudar a tu salud cerebral es comer frutos secos mixtos". El problema es que, desde el punto de vista científico, aunque hay pruebas que refuerzan esta idea, también hay otros que no opinan igual y no ven que los frutos secos sean una prevención infalible contra la neurodegeneración. 

Está estudiado. Para entender cómo un pistacho o una avellana pueden afectar a nuestra memoria, primero hay que mirar al intestino. Aquí, una exhaustiva revisión sistemática publicada en 2024 en Signal Transduction and Targeted Therapy  detalla cómo la microbiota intestinal no solo digiere alimentos, sino que regula las funciones de las células gliales en el cerebro, convirtiéndose en un objetivo terapéutico para enfermedades neurodegenerativas. Y no es para menos, porque las células gliales actúan como el sistema de defensa que tiene nuestro cerebro. 

Cómo funciona. El mecanismo que se ha propuesto aquí se centra principalmente en la teoría de que consumir la fibra y los polifenoles presentes en los frutos secos provoca que nuestras bacterias intestinales los fermenten y produzcan ácidos grasos de cadena corta. Estos metabolitos son capaces de pasar directamente a nuestro cerebro, reduciendo la neuroinflamación y favoreciendo la plasticidad neuronal. 

De hecho, análisis recientes de más de 500 estudios confirman que una microbiota sana está directamente asociada con una mejor conectividad en áreas del cerebro dedicadas a la memoria, la atención y las emociones, como la amígdala y la corteza frontal.

A largo plazo. Las pruebas más claras que tenemos hasta la fecha que conectan el consumo de frutos secos, la microbiota y la cognición provienen de España. Aquí un estudio prospectivo publicado en la revista Age and Aging por investigadores de la Universidad de Rovira y Virgili, donde se analizó a 747 pacientes con sobrepeso y síndrome metabólico durante seis años. 

Sobre esta muestra comenzaron a darles diferentes raciones de 30 gramos de frutos secos a los pacientes y esperaron a ver lo que pasaba. Los resultados apuntaban a que con 3-7 raciones a la semana de frutos secos se puede mantener un declive cognitivo significativamente más lento. 

Más allá. Lo más interesante fue el "cómo" ya que al analizar las heces de los participantes, vieron que el consumo de frutos secos aumentaba el índice de Shannon, que es un marcador de cuán rica es nuestra vida microbiana en el intestino. De esta manera, se veía que el consumo de frutos secos provocaba un aumento de bacterias que son muy beneficiosas para nosotros, como por ejemplo Lachnospiraceae UCG-004, cuya abundancia se vinculó directamente con un mejor rendimiento mental. 

Por qué 'mixtos'. La insistencia en que los frutos secos sean variados tiene una base microbiológica, puesto que las revisiones sistemáticas muestran que cada tipo de fruto seco alimenta a familias bacterianas ligeramente distintas. De esta manera, mientras que las almendras pueden favorecer a ciertas cepas de bacterias tras cuatro semanas de consumo, las nueces, avellanas o pistachos potencian otras diferentes. Es por ello que, si damos alimento a todas las cepas, se va a maximizar la diversidad, que es lo que nos interesa para generar una mayor variedad de metabolitos neuroprotectores. 

No es magia. De momento, todos los estudios que tenemos encima de la mesa son observacionales, por lo que demuestran una fuerte asociación entre la toma de frutos secos y la mejora cognitiva, pero no es causalidad absoluta. Aquí, un metaanálisis de 2024 publicado en Frontiers in Nutrition, que revisó 5 ensayos clínicos con 928 adultos, no encontró un efecto global significativo del consumo de frutos secos sobre la cognición a corto o medio plazo. 

Pero los ensayos individuales más recientes también muestran algunas dudas, ya que, mientras que una dosis de 50 gramos al día de almendras no logró mejorar la memoria a largo plazo en adultos prediabéticos según un estudio en Nutrition Journal, otro ensayo similar en población asiática india sí reportó mejoras en la función ejecutiva tras 24 semanas. 

Imágenes | Pratik Bachhav 

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