18 de abril de 2026

¡Al carajo Pasteur! El visir granadino al que estrangularon por descubrir el contagio

Antes de meternos en harina, el aviso legal de siempre: conflicto de interés, cero. Este blog no lo paga ninguna farma, se mantiene con lo que vosotros, los suscriptores, ponéis de vuestro bolsillo. ¡Mil gracias por mantener esto vivo!


Fez. Año 1374 o 1375. Una celda ruinosa. Entran unos tipos con una cuerda y estrangulan a un preso que llevaba meses esperando exactamente ese final.

El tipo se llamaba Lisan al-Din ibn al-Jatib. Había sido visir del reino nazarí de Granada (básicamente, el Primer Ministro de la época), consejero de dos sultanes, poeta, botánico, historiador y médico. Un genio renacentista un siglo antes del Renacimiento. Sus colegas le llamaban Dhul-Wizaratayn ”el de los dos visirados” porque te manejaba la espada igual de bien que el bisturí o la pluma.

Meses después de enterrarlo, a una turba de iluminados les pareció poco, así que lo desenterraron y lo quemaron en la plaza pública.

¿Su gran crimen? Haber escrito, veinticinco años antes, que

la peste se contagiaba de una persona a otra.

Setecientos años antes de la vacuna del COVID. Siete siglos antes de que tuviéramos ni puñetera idea de qué era una bacteria o un virus. Este médico se plantó, miró a los enfermos, contó a los muertos y soltó una frase que hoy, si tienes sangre en las venas, te tiene que poner los pelos de punta:

“La existencia del contagio queda establecida por la experiencia, por la investigación, por la evidencia de los sentidos… y por el hecho de que quienes se aíslan permanecen a salvo.”

Y por decir la verdad, se lo cargaron.

Todos vivimos marzo de 2020. Todos nos peleamos en Twitter, en el hospital o en el grupo de WhatsApp de la familia sobre si las mascarillas valían para algo.

Si te pidiera que apostaras tus ahorros, me dirías que la idea del contagio es un invento del siglo XIX. Pasteur. Koch. El microscopio. Todo súper francés, súper alemán, muy de señor con bata blanca y bigote decimonónico.

Pues te equivocas por medio milenio.

¿Por qué tardamos cinco siglos en aceptar lo que un médico de Granada había demostrado empíricamente en 1349? ¿Por qué matamos al tío que nos estaba enseñando a no liarla? ¿Y por qué en pleno siglo XXI, con el genoma del virus secuenciado en semanas, repetimos los mismos errores de cuñadismo que Ibn al-Jatib tuvo que combatir a espadazos intelectuales desde la Alhambra?

a building with arches and a clock tower in the background
Photo by Diego Allen on Unsplash

El aire podrido: el mito que duró 2.000 años

Durante dos milenios, la élite de la medicina se tragó que las enfermedades te las pegaba el aire.

El “aire malo”. El aire estancado de los pantanos. Mal aria. Según Galeno en el siglo II, este aire te envenenaba los pulmones y te pudría los humores. La teoría miasmática (del griego miasma, mancha).

Ha sido el bulo más letal de la historia humana: duró 2.000 años y se llevó por delante a cientos de millones de personas porque bloqueó por completo la idea del contagio.

Y ojo, que el modelo de negocio era perfecto. Si la culpa era del aire, no podías hacer nada salvo rezar muy fuerte, quemar rastrojos, huir a tu casa de campo (si eras rico) y esperar. Cero culpas. Cero necesidad de aislar a nadie. La peste era un castigo de Dios o una movida atmosférica. Y mientras, el matasanos de turno te cobraba por ir a verte con una máscara de cuervo rellena de romero para “filtrar” los miasmas.

Cuando la Peste Negra reventó Europa en 1347, el rey Felipe VI le pidió explicaciones a la Facultad de Medicina de París. Su respuesta oficial fue que una conjunción de Saturno, Júpiter y Marte en Acuario, ocurrida un martes de 1345 a la hora de comer, había corrompido la atmósfera.

No me lo estoy inventando. Este es el paper oficial de la institución médica más top de Europa para explicar por qué 50 millones de personas se estaban yendo al hoyo. Cartas astrales para tratar pandemias.

Y mientras en París leían el horóscopo, en Granada, un visir de 36 años se puso a trabajar de verdad.

Ibn al-Jatib: el método científico antes de que existiera el método

Lisan al-Din ibn al-Jatib nació en Loja (Granada) en 1313. Familia de intelectuales, cerebro privilegiado, ascenso meteórico. A los 32 ya era el primer ministro del último bastión musulmán de la Península. A los 34, le estalló la peste en la cara.

La Granada de 1348 era un escándalo de ciudad. La Alhambra estaba en obras, la Universidad (la Madrasa Yusufiya) acababa de abrir. Y el Maristán (el hospital público donde atendían a los pobres y trataban a los enfermos mentales con dignidad sin encadenarlos) funcionaba a pleno rendimiento.

Ibn al-Jatib vio a la peste cruzar las murallas. Pero hizo lo que nadie estaba haciendo: contar.

Contó muertos por barrios. Contó los que veía tras tocar la ropa de un infectado. Registró a los que se salvaban por hacer cuarentena en sus casas. Fichó a los marineros sanos que pisaban puerto infectado y caían como moscas, y a los viajeros enfermos que hundían una ciudad sana con solo toser al bajar del barco.

En 1349. Sin microscopios. Sin cultivos. A base de ojos y cerebro.

Cuando los fanáticos de su época le echaron en cara que contradecía un hadiz religioso que decía que “no hay contagio”, Ibn al-Jatib respondió con la frase más chula y valiente de toda la Edad Media:

“Si la observación y la experiencia contradicen una interpretación de la revelación, es la interpretación la que debe ceder ante la evidencia, no al contrario.”

Y eso, amigos, fue su sentencia de muerte.

Bubónica y neumónica: una bacteria, dos caras distintas

Casi todo esto fue peste bubónica. Pero algunos (los peores brotes) fueron peste neumónica. Y aquí me pongo la bata un segundo porque la gente se lía: no son dos enfermedades. Es la misma (la bacteria Yersinia pestis) jugando a dos juegos distintos.

  • La bubónica es la de las películas. Pulga pica a rata. Pulga pica a humano. La bacteria viaja por tu sistema linfático hasta el primer ganglio, se multiplica y lo revienta (el famoso bubón en la ingle o axila). Mortalidad sin tratamiento: de 30% a 75%. Te mata en una semana.

  • La neumónica es el modo pesadilla. La bacteria llega al pulmón. A partir de ahí, ya no hace falta pulga. Cada vez que toses, escupes un aerosol cargado de Yersinia. El pringado de enfrente lo aspira y en tres días está tosiendo sangre. Mortalidad sin antibióticos 100%.

Durante siglos, los historiadores europeos no entendían por qué la peste corría tan rápido en invierno, cuando las pulgas hibernan. No eran las pulgas. Eran los aerosoles humanos.

Ibn al-Jatib no sabía qué era la Yersinia, pero vio el patrón. Vio que nos contagiábamos entre nosotros. Y lo mataron por bocazas.

Ibn Jatima de Almería: el otro crack andalusí

Pero es que Ibn al-Jatib no era un francotirador solitario.

A 150 kilómetros, en Almería, otro tipo llamado Ahmad ibn Alí ibn Jatima publicó en ese mismo año (1349) otro tratado clínico. Él era médico de trinchera, de estar a pie de cama. Y en su libro, 600 años antes del microscopio, ¡diferencia entre la peste “seca” (bubónica) y la de “expectoración sanguinolenta” (neumónica)! Y llega a la misma conclusión: esto se pega.

Si Ibn al-Jatib se hubiera paseado por los platós de televisión en marzo de 2020, viendo a la peña debatir si el COVID iba por el aire o si había que hacer cuarentenas en los aeropuertos, le habría dado un ictus.

Habría reconocido a los negacionistas de manual. Habría visto a los charlatanes que venden “equilibrio energético” (los herederos de los astrólogos de París). Y sobre todo, habría reconocido a los científicos y sanitarios valientes a los que el sistema intentó silenciar para mantener la “calma institucional”.

Y ojo, que Yersinia pestis sigue aquí. En Estados Unidos (con sus ardillitas en Yosemite) hay casos cada año. Y agárrate a la silla: en 2017, Madagascar tuvo un brote de peste con 2.384 casos confirmados en cuatro meses. El 77% fueron neumónicos. En el siglo XXI. Con antibióticos.

Así que volvemos a Fez, al cuerpo del genio desenterrado y quemado por chusma ignorante. Al visir que prefirió la soga a callarse. No nos hacía falta Pasteur. No necesitábamos esperar al siglo XIX.

La pregunta no es por qué tardamos quinientos años en redescubrir lo que Ibn al-Jatib ya había dejado por escrito.

La pregunta es cuánto vamos a tardar en quemar al siguiente.

Fuentes

Ibn al-Jatib, Ibn Jatima

La peste actual

  • Organización Mundial de la Salud. Plague — Fact Sheet. OMS, última actualización 2022. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/plague Dato: cifras oficiales de casos de peste en el mundo, con datos del brote neumónico de Madagascar en 2017 (2.384 casos confirmados, 77% neumónicos).

  • Randremanana, R. et al. “Epidemiological characteristics of an urban plague epidemic in Madagascar, August-November, 2017: an outbreak report.” The Lancet Infectious Diseases 19, no. 5 (2019): 537-545. https://doi.org/10.1016/S1473-3099(18)30730-8


Nota de la autora

Todo esto está basado en fuentes históricas y médicas reales. Las citas de Ibn al-Jatib están traducidas desde la edición inglesa de Michael W. Dols, es la primera fuente.



☞ El artículo completo original de La traumatóloga geek lo puedes ver aquí

El andamio que mandaba mensajes

Antes de arrancar, el aviso legal de siempre sobre mis conflictos de interés: NINGUNO. Este blog se mantiene vivo y libre de patrocinios gracias a los suscriptores. ¡Mil gracias por estar ahí!


En septiembre de 1996, un genetista llamado Gerard Karsenty publicó en la revista Cell los resultados de un experimento que llevaba años escribiendo.

Karsenty y su equipo de la Universidad de Columbia estaban estudiando los genes que controlan la formación del hueso. Ojo, este señor no era endocrino. No buscaba hormonas. Buscaba los interruptores moleculares que le dicen al osteoblasto (nuestra célula constructora de hueso) cómo hacer su trabajo.

Uno de esos interruptores era el gen de la osteocalcina. Una proteína que conocíamos desde 1984, muy abundante en el hueso, y a la que los libros de fisiología despachaban con un bostezo llamándola

proteína de la matriz extracelular

Su supuesta función era participar en la mineralización. Un triste ladrillo dentro del andamio. Fin de la historia.

El experimento era de primero de biología: eliminas el gen en un ratón y miras qué parte del edificio se cae.

¿El resultado? Los ratones sin el gen de la osteocalcina tenían unos huesos estupendos. De hecho, ligeramente más densos que los ratones sanos. El ladrillo que Karsenty había quitado no era vital para que el andamio se mantuviera en pie.

Si la cosa hubiera quedado ahí, este experimento estaría criando polvo en un cajón de Columbia. Pero resulta que lo que estaba fatal en esos ratones era absolutamente todo lo demás.

  • Engordaban sin motivo aparente.

  • Sus niveles de glucosa estaban por las nubes.

  • Sus páncreas no fabricaban suficiente insulina.

  • Sus testículos no producían suficiente testosterona.

  • Eran torpes: en los laberintos que usan los neurocientíficos para medir la memoria, estos ratones cometían errores impropios de un roedor sano.

Karsenty tardó once años en encajar las piezas y publicar la explicación completa. Porque lo que había encontrado en 1996 no era un problema de mineralización. Había encontrado una hormona. Segregada por un tejido que llevábamos siglos tratando como un simple perchero estructural.

El hueso no era un andamio. Era una glándula endocrina. Y nos había pasado desapercibido a todos.

Mi cortocircuito

Si llevas tiempo leyéndome, sabes que no soy de esas médicas que te miran por encima de las gafas y te recetan un suplemento de calcio como si eso fuera el cénit de la medicina.

Pero confieso que, hasta hace no tanto, incluso yo asumía que el hueso era pura estructura. Para mí era el problema a resolver en el quirófano: la viga que se rompe, el soporte que se atornilla.

La bofetada de realidad me la llevé buscando referencias sobre metabolismo y me topé con el paper de Karsenty de 2007 en Cell. Vi el título. Vi que venía de Columbia. Me leí el abstract y me quedé mirando la pantalla.

¿El hueso mandando WhatsApps al páncreas para regular la insulina? ¿De verdad después de tanto tiempo una triste traumatologa con material para vacilarles a los endocrinos? Me pregunté por qué narices nadie me había contado esto mientras me hacían memorizar todos los tipos de colágeno habidos y por haber.

Treinta años vendiendo “la vista de pájaro”

A ver, no nos volvamos locos: el hueso necesita calcio. Igual que un coche necesita aceite para no gripar el motor. Pero el aceite no es el coche, y el mineral no es el órgano.

En 1987, la FDA aprobó los primeros suplementos de calcio etiquetados para la “salud ósea”. La narrativa era perfecta para el marketing:

tus huesos son un muro, el muro necesita cemento, tómate esta pastilla sabor vainilla.

Hoy, el mercado global de estos suplementos mueve más de 9.000 millones de dólares al año. Te lo venden con fotos de señoras estupendas haciendo yoga y densitometrías que mejoran un puntito.

El problema de esta narrativa no es lo que dice, es lo que oculta.

Oculta que el hueso es un órgano endocrino superactivo. Que lleva milenios fabricando hormonas para controlar cuánta glucosa quemas, cuánta masa muscular mantienes, cómo de fértil eres y (como descubrimos en 2019) cómo reaccionas ante el peligro mortal.

Y, sobre todo, oculta que ningún suplemento del mundo enciende esa maquinaria.

¿Sabes qué la enciende? El impacto. La carga. El estrés mecánico repetido. El calcio en pastilla es el Ancel Keys de la traumatología: una verdad a medias convertida en dogma comercial.

El genetista que buscaba ladrillos y encontró una central eléctrica

Desde aquel experimento en los 90, el laboratorio de Karsenty ha ido desgranando cómo funciona esta red de telecomunicaciones ósea. Y es fascinante:

  • En 2007 demostró que la osteocalcina es una hormona que viaja por la sangre. En el páncreas, sube la insulina; en la grasa, frena la acumulación de lípidos; en el cerebro, regula la memoria.

  • En 2016 vio que el músculo necesita osteocalcina para aguantar el ejercicio prolongado. Sin ella, el músculo se queda sin combustible.

  • En 2019 descubrieron que ante un peligro brusco, tus huesos disparan los niveles de osteocalcina hasta un 150% en un par de minutos. Activa tu respuesta de “lucha o huida” de forma independiente a la adrenalina.

Tu esqueleto no solo te sostiene para que puedas salir corriendo del león. Tu esqueleto es el que da la orden de correr.

Ratones rejuvenecidos y curas de humildad científica

A los ratones viejos de Karsenty (el equivalente a un humano de 70 años) les inyectaron osteocalcina durante dos meses. El resultado parecía magia: recuperaron la fuerza, la memoria y la resistencia de un ratón de tres meses.

Ratones ancianos corriendo como adolescentes. Y no por un fármaco carísimo, sino por una hormona que sus propios huesos ya sabían fabricar, solo que se habían vuelto perezosos.

Ahora, toca ponerse la bata de científica seria, porque esto no es Hollywood.

Varios experimentos de Karsenty han sudado tinta para ser replicados. Grupos del Boston Children’s Hospital y de Japón crearon sus propios ratones sin osteocalcina y no vieron desastres metabólicos tan bestias. El debate sobre cuánto de esto se traslada exactamente a los humanos sigue ardiendo en las revistas científicas.

Lo que sí tiene una evidencia aplastante y replicada es el papel de la osteocalcina en la respuesta al ejercicio y la conexión músculo-hueso. Incluso con los datos más conservadores en la mano, el paradigma ha cambiado: tu hueso no es pasivo. Escucha, responde y segrega.

El fármaco que congeló el tiempo (y algo más)

Llevamos desde los años 90 usando bisfosfonatos (Fosamax, Actonel...) para tratar la osteoporosis. Su lógica es impecable: bloquean a las células que destruyen el hueso (osteoclastos). Menos destrucción, más densidad en la prueba, menos caderas rotas.

Pero a mediados de los 2000 empezamos a ver “efectos secundarios” raros: necrosis de mandíbula, fracturas atípicas de fémur... Un hueso demasiado mineralizado, pero sin su recambio natural.

Y la osteocalcina nos trae un dolor de cabeza nuevo. Los osteoblastos (los constructores) segregan esta hormona precisamente durante la danza del remodelado óseo. Si con los bisfosfonatos paralizamos ese remodelado... ¿estamos apagando también el WiFi endocrino del hueso?

Los datos observacionales dicen que los pacientes con estos fármacos tienen mucha menos osteocalcina en sangre. En 1995, cuando se aprobaron, nadie medía esto porque nadie sabía que el hueso hablaba. Tratamos un órgano complejo como si fuera un simple problema de ingeniería civil. Llegamos tarde.

Lo que el abuelo de Cuenca sabía sin leer a Karsenty

Hay un hilo invisible que une al anciano de Okinawa, al pastor de Cerdeña y al jubilado español que se niega a coger el ascensor para subir al cuarto piso aunque le cruja la rodilla.

Todos someten a su esqueleto a un impacto constante y controlado.

El ejercicio de impacto (caminar, cargar bolsas, subir escaleras, entrenar fuerza) es el “click” mecánico que le dice al hueso que libere osteocalcina. Tu hueso necesita sentir que hay trabajo pesado por hacer para encender la fábrica de hormonas.

Ese abuelo que bajaba andando a por el pan en los años 70 no necesitaba leer Cell Metabolism. Estaba bañando su cerebro, su páncreas y sus músculos en osteocalcina todos los días. La rutina mediterránea del movimiento constante era el mejor tratamiento endocrino posible.

Hoy, estamos importando el modelo catastrófico: el coche para ir a 200 metros, el ascensor para un primer piso, y la pastilla de calcio para limpiar la conciencia.

Tus huesos todavía saben fabricar esa hormona que te protege de la diabetes, mantiene tu músculo y cuida tu memoria. Solo están esperando a que les des un motivo físico para soltarla.

La pregunta no es si una pastilla de calcio puede sustituir el movimiento. La pregunta es cuánto tiempo más vamos a seguir fingiendo que puede hacerlo.

¿Tienes a alguien cerca que lleve años tomando suplementos de calcio como su único “esfuerzo” por la salud de sus huesos? ¿O alguien (incluso tú misma, que nos conocemos) que haya desterrado las escaleras de su vida sin pensar en la factura que le va a pasar su esqueleto?

Cuéntamelo en los comentarios. Este es el tipo de debates que me encanta leer. Y si conoces a alguien que necesite esta pequeña sacudida científica, compárteselo sin piedad.

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Fuentes

Nota de la autora: el impacto de los bisfosfonatos sobre la señalización endocrina es un área de investigación en activo y los datos aún son preliminares. Este artículo es divulgación científica, no una consulta médica. Si estás tomando esta medicación, NO la suspendas por tu cuenta; háblalo con tu especialista. Y como siempre: si eres del gremio y detectas alguna inexactitud en mi texto, los comentarios están abiertos. Corregir es de sabios.



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No somos víctimas. Nunca lo hemos sido

Toledo, 1580.

Una mujer llamada Elena de Céspedes entra en la sala donde la esperan los médicos del Protomedicato de Castilla. Son los que firman las licencias de cirujano en el reino de Felipe II. Señores de negro, con sus títulos de Salamanca colgados en la pared y esa expresión de funcionario con poder que no ha cambiado en cinco siglos.

Viene a examinarse.

Lleva años operando. Ha atendido heridas de guerra, ha cerrado abdómenes, ha tratado fracturas en hospitales del reino. Sus pacientes la buscan expresamente.

Los médicos del Protomedicato la examinan. Y la aprueban.

Elena de Céspedes recibe su licencia oficial de cirujana. Es, que sepamos, la primera mujer con ese título oficial en la historia del mundo. No en Europa. En el mundo.

Había nacido esclava, hija de una mujer esclavizada en Alhama de Granada, sin apellido propio, sin tierras, sin nada que el mundo de su época considerara que valía algo.

Y se convirtió en la primera cirujana del mundo.

En España. Hace cuatrocientos cincuenta años.

El día que alguien me contó esto, estaba yo en el quirófano. Entre caso y caso. Con el delantal de plomo por la escopia, el café frío en la esquina. Pensé:

nadie me enseñó esto en la carrera.

Y eso es exactamente el problema del que quiero hablar hoy.

Pero la historia no acaba aquí.

Porque hay un relato que cada 8 de marzo se amplifica hasta el ensordecimiento: el de la mujer como víctima perpetua de una historia diseñada para aplastarla.

Y ese relato, además de incompleto, nos hace daño.

¡OJO! No porque el sexismo no exista. Lo veo en la diferencia de trato en ciertas consultas o en cómo los pacientes se sorprenden por tener una cirujana joven y mujer.

Pero hay una diferencia enorme entre reconocer un obstáculo y construir tu identidad alrededor de él. Y hay una narrativa que lleva décadas confundiendo las dos cosas.

El victimismo tiene mercado. Un mercado muy bien engrasado.

Libros de autoayuda para mujeres a 19,99 euros. Cursos de liderazgo femenino a 1.200 euros más IVA. Cuentas con millones de seguidoras que cada mañana te recuerdan cuántas veces al día eres oprimida, en formato carrusel y con tipografía bonita. Documentales de plataformas de streaming que te explican, con música emocionante y locución en susurros, que toda la historia es una conspiración diseñada para borrarte.

Y un 8 de marzo institucional con un mensaje que si lo pones en una frase, es este:

las mujeres somos frágiles, estamos en peligro permanente, necesitamos protección, y el primer paso es que todo el mundo sepa cuánto hemos sufrido.

Es coherente y tiene audiencia.

Un negocio que le va bien a todos, excepto al problema que dice resolver.

Tiene un problema de fondo más serio: borra a todas las mujeres que durante siglos no esperaron a que el mundo fuera justo para hacer lo que tenían que hacer. Y eso es la mayor injusticia posible con la historia real de las mujeres.

La medievalista Theresa Earenfight, de la Seattle University y una de las mayores especialistas en las monarquías ibéricas, lleva décadas estudiando algo que los libros de historia convencional tratan como nota a pie de página: el ejercicio real del poder por parte de las reinas medievales hispánicas.

Su tesis es incómoda para el relato victimista.

Las mujeres con poder en la España medieval no eran decorado de sus maridos. Muchas gobernaban, administraban, tomaban decisiones militares y diplomáticas, y lo hacían con la misma brutalidad pragmática que cualquier rey de la época. No porque el mundo fuera un paraíso feminista (era una época brutal para casi todo el mundo), sino porque las mujeres con poder siempre encontraron la forma de ejercerlo.

La historia que las borra no empezó en la Edad Media.

Empezó después, cuando alguien decidió qué merecía ser contado y qué podía desaparecer sin que nadie protestara demasiado.

La mayor violencia contra las mujeres históricas no fue la que sufrieron en vida. Fue la invisibilidad que les impusimos después de muertas

Sólo algunos nombres, por dar contexto.

Urraca I de León y Castilla, 1079–1126.

Cuando murió su padre Alfonso VI en 1109, los nobles y obispos del reino le explicaron a Urraca que necesitaba un marido fuerte que la gobernara. Urraca se casó con Alfonso I de Aragón. Fue un desastre. Alfonso intentó anexionarse Castilla. Urraca lo repudió, formó sus propias alianzas militares, lo combatió directamente, y gobernó el reino durante diecisiete años más.

Primera reina reinante de un reino mayor de la Europa occidental. Con plenos poderes. Hasta el final.

Isabel I de Castilla, 1451–1504.

Cuando Cristóbal Colón fue a buscar financiación para su viaje, fue a Isabel. Fernando de Aragón era su marido, sí. Pero los reinos eran independientes. Los embajadores extranjeros de la época lo dejaron escrito en sus despachos con toda la claridad del mundo: Fernando era el rey de Aragón; Isabel era quien mandaba en Castilla.

Nadie fue a hablar con Fernando de las Indias.

Además de financiar el mayor viaje de exploración de la historia, Isabel reformó la administración del reino, creó la Santa Hermandad como cuerpo de seguridad, reorganizó el ejército y negoció la incorporación de Granada y Navarra. Todo simultáneamente. Sin ordenador. Sin equipo de comunicación. Sin asistente.

María Pacheco, 1497–1531.

Cuando ejecutaron a su marido Juan de Padilla tras la derrota de los Comuneros en 1521, la historia oficial da la revuelta por terminada. La historia real es diferente. María Pacheco continuó la resistencia armada en Toledo durante meses. Ella sola. Dirigiendo la defensa de la ciudad, negociando con aliados, tomando decisiones militares.

Hasta que tuvo que huir a Portugal, donde murió diez años después sin retractarse de nada.

Beatriz Galindo, “La Latina”, 1465–1534.

La próxima vez que salgas de cañas en el barrio de La Latina, en Madrid, acuérdate de ella.

Beatriz Galindo nació en Salamanca. Estudió latín con tanta obsesión desde niña que la apodaron “La Latina”. Se convirtió en profesora de latín en la Universidad de Salamanca (en el siglo XV, en una universidad que era exclusivamente de hombres) y terminó siendo la preceptora personal de Isabel I de Castilla.

La mujer más poderosa de Europa aprendía latín con otra mujer.

Beatriz escribió comentarios a Aristóteles. Escribió poesía. Cuando Isabel murió, fundó en Madrid el Hospital de La Latina y un convento. Y dejó su apodo grabado en un barrio entero de la capital, donde cada fin de semana cientos de miles de personas toman cañas sin saber que están pisando el legado de una filóloga del siglo XV.

El barrio de La Latina se llama así por una mujer que estudió hasta que nadie pudo ignorarla. Sin pancarta.

Como traumatóloga, trabajo con huesos. Cuando se rompen y no se tratan correctamente: intentan repararse solos. A veces crecen torcidos, con callos mal formados, con limitaciones que durarán toda la vida.

El relato oficial de la historia de las mujeres se rompió. Y creció torcido.

No porque las mujeres no estuviéramos ahí. Centenares de médicas, científicas, estrategas, arquitectas, navegantes, que no conocemos porque alguien eligió, siglo tras siglo, no incluirnos en el relato oficial.

Esa elección tiene consecuencias hoy. Más del 85% de las estatuas en las ciudades españolas representan a hombres. En varias capitales, el porcentaje supera el 90%.

Eso no significa que las mujeres no existieramos.

Significa que alguien eligió no recordarnos. Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas. El relato victimista nos confunde constantemente, y al confundirnos reproduce exactamente el error que dice combatir: trata a las mujeres como si su historia empezara en el momento en que alguien se dignó a escribirla.

Y ahora la opinión por la que me cancelarán y lloverán críticas.

Mientras lees esto, hay mujeres en Irán que pueden ser arrestadas por quitarse el pañuelo de la cabeza. Mahsa Amini tenía 22 años cuando la detuvieron en septiembre de 2022 por llevar el velo mal puesto. Murió bajo custodia policial. Las mujeres iraníes que salieron después a protestar (con el pelo al viento, gritando Mujer, Vida, Libertad) han sido encarceladas, torturadas y ejecutadas.

Mientras nosotras debatimos en redes.

Al mismo tiempo, el feminismo de exportación anglosajona (el de los campus universitarios de las élites, el de los TED talks con aplausos de pie, el de los influencers que te venden el kit de la mujer empoderada) nos propone que las mujeres en España somos víctimas de una opresión sistémica comparable.

Eso no es feminismo. Es un negocio. Y comprarlo sin cuestionarlo es una falta de respeto a las mujeres que de verdad no tienen salida.

Las españolas vivimos en uno de los países más privilegiados del mundo para ser mujer.

Tenemos acceso a educación, a sanidad universal, a tribunales. Ganamos oposiciones, dirigimos empresas, operamos en quirófanos (yo misma, cada semana), gobernamos comunidades autónomas, presidimos tribunales constitucionales.

¿Que hay brechas? Las hay, y hay que seguir trabajando en ellas. ¿Que hay machismo? Lo hay, y me molesta, y lo combato cuando lo encuentro. Pero confundir lo que vivimos nosotras con la opresión de las mujeres iraníes, afganas, o de países donde una mujer no puede estudiar, ni trabajar, ni quitarse un trozo de tela sin que eso le cueste la libertad o la vida, es un ejercicio de narcisismo que nos hace quedar muy mal.

Y copiar acríticamente el relato victimista fabricado en los campus anglosajones (con su historia específica, sus contextos y sus traumas, que no son los nuestros) es tirar por la borda seiscientos años de mujeres españolas que construyeron, gobernaron, operaron y enseñaron.

Las mujeres españolas no necesitamos que una colección de influencers y de políticos nos digan lo que podemos y no podemos hacer.

Tenemos a Urraca, que repudió a un rey y gobernó diecisiete años sola. Tenemos a Isabel, que financió el viaje que cambió el mapa del mundo. Tenemos a Elena de Céspedes, primera cirujana oficial de la historia, nacida esclava. Tenemos a María Pacheco, que continuó una guerra civil después de que ejecutaran a su marido. Y tenemos a Beatriz Galindo, que enseñó latín a la reina más poderosa de Europa y cuyo apodo lleva tatuado un barrio entero de Madrid desde hace cinco siglos.

Y tenemos además una responsabilidad que no nombramos suficiente: la de ser el espejo donde puedan mirarse las mujeres que no tienen lo que nosotras tenemos.

Las que están en sistemas que las aplastan de verdad. Las que no pueden ir a la universidad, ni abrir un negocio, ni quitarse un pañuelo sin que eso les cueste la vida. Para ellas, el mejor argumento que podemos dar no es una pancarta.

Es demostrar de lo que somos capaces. Un día detrás de otro. En el quirófano, en el laboratorio, en el despacho, en el aula, en cualquier sitio donde haya trabajo que hacer y alguien que crea que no podemos hacerlo.

Los caminos no se abren llorando desde uno de los países más privilegiados del mundo. Se abren caminando. Y el barrio de La Latina lleva cinco siglos esperando que alguien lo recuerde. Pues ya está.

¿Qué mujer de la historia española crees que debería ser más conocida?

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Fuentes


Nota de la autora: este artículo es una perspectiva personal, no un manifiesto político. Hay muchas formas válidas de entender el feminismo, y me interesa el debate honesto más que la unanimidad cómoda. Si tienes datos que contradicen lo que he escrito, estoy en los comentarios.



☞ El artículo completo original de La traumatóloga geek lo puedes ver aquí

Han secuestrado agentes de Anthropic, Google y Microsoft por el bien de la ciencia. Las tres empresas acabaron pagando

Han secuestrado agentes de Anthropic, Google y Microsoft por el bien de la ciencia. Las tres empresas acabaron pagando

En algunos equipos de desarrollo ya se está volviendo habitual apoyarse en agentes de inteligencia artificial para revisar incidencias, analizar cambios en el código y moverse por tareas que antes quedaban en manos humanas. El problema aparece cuando esos sistemas no solo leen información que puede venir de fuera, sino que además operan en espacios donde conviven claves, tokens y permisos sensibles. Eso es lo que pone sobre la mesa una investigación reciente: no estamos simplemente ante una herramienta útil que puede equivocarse, sino ante una arquitectura que también puede volverse peligrosa si se despliega sin límites muy claros.

La alarma la ha encendido Aonan Guan y los investigadores de Johns Hopkins Zhengyu Liu y Gavin Zhong tras demostrar ataques contra tres agentes desplegados en la mencionada plataforma: Claude Code Security Review, de Anthropic, Gemini CLI Action, de Google, y GitHub Copilot Agent, una herramienta de GitHub bajo Microsoft. Según su documentación, los fallos fueron comunicados de forma coordinada y acabaron en recompensas económicas pagadas por las compañías, pero lo relevante es que apuntan a un problema más amplio.

Así lograron torcer a los agentes desde dentro

El nombre que Guan le pone al hallazgo ayuda bastante a entender de qué va todo esto: “Comment and Control”. La idea es sencilla de explicar, aunque el fondo no lo sea tanto. En vez de montar una infraestructura externa para dirigir el ataque, el propio GitHub hace de canal de entrada y de salida: el atacante deja la instrucción en un título, una incidencia o un comentario, el agente la procesa como si formara parte del trabajo normal y el resultado termina reapareciendo dentro de ese mismo entorno. Todo queda en casa, y precisamente ahí está la clave del problema.

Y ese “todo queda en casa” no es un detalle menor, sino la base de lo que describe la investigación. Los tres agentes comparten una lógica muy parecida: leen contenido normal de GitHub, lo incorporan como contexto de trabajo y, a partir de ahí, ejecutan acciones dentro de flujos automatizados. El choque aparece porque ese mismo espacio no solo contiene texto enviado por terceros, sino también herramientas, permisos y secretos que el agente necesita para operar.

El primer caso que detalla Guan afecta a Claude Code Security Review, una acción de GitHub de Anthropic pensada para revisar cambios de código y buscar posibles fallos de seguridad. Hasta aquí, todo entra dentro de lo esperable. El problema, según explica el investigador, es que bastaba con introducir instrucciones maliciosas en el título de una pull request, que es la solicitud que alguien envía para proponer cambios en un proyecto, para que el agente ejecutara comandos y devolviera el resultado como si formara parte de su revisión. Después, el equipo logró ir un paso más allá y demostrar que también podía extraer credenciales del entorno.

Lo interesante es que el mismo esquema también apareció en los otros dos servicios, aunque con matices. En Google, Gemini CLI Action podía ser empujado a revelar la GEMINI_API_KEY a partir de instrucciones coladas en una incidencia y en sus comentarios; en GitHub Copilot Agent, la variante era todavía más preocupante, porque el ataque se escondía en un comentario HTML que una persona no veía en pantalla, pero el agente sí procesaba cuando otra persona lo asignaba al caso. En ambos escenarios, el fondo volvía a ser el mismo: contenido aparentemente normal que acababa torciendo el comportamiento del sistema hasta exponer credenciales o información sensible dentro del propio GitHub.

Claude Code Api Key Leak

Guan asegura que el patrón permitió filtrar claves de API, tokens de GitHub y otros secretos expuestos en el entorno donde corría el agente, es decir, justo las credenciales que luego pueden abrir la puerta a acciones bastante más delicadas. ¿A quién afecta esto? Sobre todo a repositorios que ejecutan agentes en GitHub Actions sobre contenido enviado por colaboradores no fiables y, además, les dan acceso a secretos o herramientas potentes. El propio investigador matiza que el riesgo depende mucho de la configuración: por defecto GitHub no expone secretos a las pull requests desde forks, pero sí existen despliegues que abren esa puerta.

Y aquí aparece otra capa del asunto, menos técnica pero igual de importante. Según publicó The Register, Anthropic, Google y GitHub acabaron pagando recompensas por los hallazgos, pero ninguna de las tres había publicado avisos públicos ni asignado CVE en el momento de esa información. Guan fue bastante claro al respecto: dijo saber “con certeza” que algunos usuarios seguían anclados a versiones vulnerables y advirtió de que, sin una comunicación visible, muchos podían no enterarse nunca de que estaban expuestos o incluso siendo atacados. Así que aunque hubo mitigaciones y cambios en documentación o en el tratamiento interno de los reportes, no existó un aviso público equivalente para todos los posibles afectados.

  • Anthropic resolvió el caso el 25 de noviembre de 2025 y pagó 100 dólares
  • Google recompensó el hallazgo el 20 de enero de 2026 con 1.337 dólares
  • GitHub cerró el caso el 9 de marzo de 2026 con un pago de 500 dólares

Lo que vuelve este caso especialmente delicado es que GitHub no parece el final del camino, sino más bien el primer escaparate visible. Guan sostiene que el mismo patrón probablemente puede reproducirse en otros agentes que trabajan con herramientas y secretos dentro de flujos automáticos, y ahí menciona desde bots conectados a Slack hasta agentes de Jira, correo o automatización de despliegues. La lógica vuelve a ser la misma: si el sistema tiene que leer contenido externo para hacer su trabajo y, además, cuenta con acceso suficiente para actuar, el terreno queda abonado para que alguien intente torcerlo desde dentro.

La conclusión a la que llega Guan no pasa por vender una solución mágica, sino por volver a una idea bastante clásica en seguridad: dar a cada sistema solo lo imprescindible para hacer su trabajo. Si un agente revisa código, no debería tener acceso a herramientas o secretos que no necesita; si se limita a resumir incidencias, tampoco tendría sentido que pudiera escribir en GitHub o tocar credenciales sensibles. Por eso insiste en pensar estos despliegues con lógica de mínimo privilegio y listas de permisos muy cerradas.

Imágenes | DC Studio | Aonan Guan

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La noticia Han secuestrado agentes de Anthropic, Google y Microsoft por el bien de la ciencia. Las tres empresas acabaron pagando fue publicada originalmente en Xataka por Javier Marquez .



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Tú no quieres caminar. Él llevó su corazón en una mochila 620 días.

Te voy a contar una historia sobre lo que significa elegir vivir. Y lo voy a hacer hablándote de un ventrílocuo que hacía voces con muñecos y un culturista que llevó su corazón literalmente en una mochila durante casi dos años.

Pero antes, déjame que te cuente algo

La rodilla que no quería caminar

Hace dos semanas operé una prótesis total de rodilla. Cirugía de libro. Todo perfecto. Implante premium y técnica impecable. A los tres días, la enfermera me llama:

No quiere levantarse. Dice que le duele demasiado.

Le visito. Le explico que TIENE que moverse. Que el dolor es normal. Que si no camina, esa rodilla nueva se va a quedar rígida para siempre.

Me mira como si le estuviera pidiendo que escale el Everest descalzo y me dice:

Doctora, prefiero estar en la cama.

Con una rodilla nueva que le permitiría caminar sin dolor el resto de su vida. Pero prefiere quedarse inmóvil. Y entonces me acordé de William Schroeder y de Paul Winchell. Y pensé:

Qué poca perspectiva tenemos

El ventrílocuo que patentó el futuro

1963, Paul Winchell, ventrílocuo y comediante estadounidense, entra en la Oficina de Patentes de EEUU con un invento que parece sacado de una novela de ciencia ficción: un corazón artificial implantable.

La gente se ríe.

Alguien de la farándula inventando órganos. Un tío que hace voces con muñecos diseñando corazones. Ridículo.

Pero Winchell, que además de ventrílocuo era ingeniero autodidacta, lo patenta. US3097366A. Ahí está. Búscala.

Y ese diseño, ese dibujo que todo el mundo consideró una broma, se convierte años después en la base del Jarvik-7. El primer corazón artificial que latirá de verdad dentro de un pecho humano.

El dentista que abrió la puerta

Vamos a 1982. Barney Clark. Dentista jubilado. 61 años. Insuficiencia cardíaca terminal. Su corazón está tan destrozado que apenas bombea sangre. Lista de trasplante sin esperanza. Cero opciones.

El cirujano William DeVries le ofrece ser el primero: corazón artificial total. El Jarvik-7. Dos ventrículos de plástico y aluminio conectados a una consola externa del tamaño de una lavadora.

Clark acepta. Le abren el pecho. Le sacan el corazón. Le meten plástico y metal. Y Clark vive. Vive 112 días conectado a esa máquina. No puede salir del hospital. No puede alejarse más de 2 metros de su consola. Pero vive.

Es el primero. Y cuando muere, deja la puerta abierta para el siguiente.

El culturista que llevó su corazón a cuestas

1984, William Schroeder. Culturista, exmilitar, 52 años. Mismo diagnóstico que Clark. Mismo corazón artificial. Misma consola de 170 kilos.

Pero Schroeder es diferente.

Le implantan el Jarvik-7 el 25 de noviembre de 1984. Y Schroeder no solo sobrevive. Schroeder vive.

620 días. Casi dos años con el corazón fuera del pecho, bombeando 24/7 conectado a cables y tuberías.

Y no fue bonito, ¿eh?

Tuvo cinco ictus. Cinco. Perdió movilidad en el brazo izquierdo. Sufrió infecciones constantes. Hemorragias. Complicaciones que harían que cualquier persona normal dijera “hasta aquí hemos llegado, dejadme morir en paz.”

Pero Schroeder no dijo eso. Celebró su 53 cumpleaños, vio a su familia y dio entrevistas. Y lo más increible: convenció a los médicos para que le diseñaran un sistema de baterías portátiles.

Baterías que llevaba en una mochila. Salió del hospital con su corazón colgado a la espalda. Tres kilos y medio de plástico y metal bombeando sangre mientras él caminaba por el parking del hospital respirando aire fresco por primera vez en meses.

Hay fotos de Schroeder con la mochila. Sonriendo. Con medio cuerpo paralizado por los ictus pero sonriendo como si hubiera ganado la lotería.

“Prefiero esto a estar muerto”

En una entrevista le preguntan: “¿Te arrepientes?”

Y Schroeder, con la mitad de la cara caída por el ictus, conectado a una máquina que hace ruido de lavadora cada vez que su corazón de plástico late, responde:

No me arrepiento. Prefiero esto a estar muerto.

Prefiero llevar mi corazón en una mochila, con cables saliendo de mi pecho, con medio cuerpo paralizado, con infecciones constantes, a rendirme.

Ese tío eligió vivir con todas las consecuencias. Con todo el dolor y toda la incomodidad.

La prensa lo siguió durante 620 días. Documentaron cada momento. Cada complicación. Cada pequeña victoria. Era un experimento público. Un hombre viviendo con plástico y metal donde debería latir músculo cardíaco.

Un cyborg antes de que existieran los cyborgs.

El precio del futuro

Schroeder muere el 6 de agosto de 1986. No por fallo del corazón artificial. El Jarvik-7 seguía latiendo perfectamente. Muere por complicaciones de los ictus recurrentes.

Pero su caso cambia todo.

Antes de Schroeder, nadie creía que un humano pudiera sobrevivir más de unos meses con un corazón artificial. Él vivió casi dos años. Demostró que era posible. Que se podía mantener vivo a alguien con un trozo de plástico y metal donde debería haber músculo cardíaco.

Y gracias a eso, hoy tenemos el SynCardia, el LVAD, el Abiocor. Dispositivos que pesan gramos, no kilos. Que caben en un cinturón, no en una habitación de hospital. Que permiten a miles de personas esperar un trasplante viviendo vidas casi normales.

Todo porque un ventrílocuo tuvo una idea loca, un dentista aceptó ser cobaya, y un culturista decidió que vivir valía la pena aunque fuera enchufado.

Y tú no quieres caminar

Así que volvamos a mi paciente con la rodilla nueva.

Ese hombre llevó su corazón en una mochila durante casi dos años porque prefería eso a morirse. Y tú tienes una rodilla que funciona, un corazón que late solo y me dices que prefieres quedarte en la cama porque te duele.

Te sugiero que te sobrepongas. No sé si por vergüenza o por perspectiva. O por las dos.

La deuda que tienes con tu cuerpo

Escúchame, no te estoy pidiendo que seas un héroe. No te estoy pidiendo que vivas conectado a una máquina o que cargues tu corazón en una mochila.

Te estoy pidiendo que camines, muevas esa rodilla. Que cuides ese cuerpo que tienes la suerte de habitar. Que valores tu corazón que late sin cables.

William Schroeder habría dado cualquier cosa por tener lo que tú tienes. Y lo desprecias porque “te duele” o “no te apetece.”

La próxima vez que pienses en quedarte en la cama, acuérdate del culturista con el corazón en la mochila. Y luego levántate y camina, porque puedes.

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Fuentes

1. Paul Winchell - Patent de Corazón Artificial https://lexprotector.com/blog/todays-patent-artificial-heart/

2. Barney Clark - Primera Implantación (December 1982) https://ilovehistory.utah.gov/the-utah-artificial-heart/

3. William J. Schroeder - Wikipedia https://en.wikipedia.org/wiki/William_J._Schroeder

4. Paul Winchell en Sally Jesse Raphael Show (1985) https://www.upi.com/Archives/1985/03/01/Ventriloquist-says-he-invented-artificial-heart/4884478501200/

5. Barney Clark - Complicaciones Inmediatas https://www.upi.com/Archives/1982/12/04/Artificial-heart-patient-Barney-Clark-underwent-successful-surgery-Saturday/389440782600

6. Schroeder - TIME Magazine: Stilling the Artificial Beat https://time.com/archive/6706912/medicine-stilling-the-artificial-beat/

7. Paul Winchell - Inventor Multitalentado (TIME) https://time.com/archive/6877712/winchells-heart/

8. Barney Clark - First Artificial Heart Transplant (TIME) https://time.com/3605433/artificial-heart/

9. Schroeder y el Jarvik-7 (En Español) https://medizinonline.com/es/de-la-sustitucion-cardiaca-a-la-moderna-bomba-de-asistencia-cardiaca/

10. Willem Kolff - Father of Artificial Organs https://www.nationalacademies.org/read/13338/chapter/28

11. William Schroeder Discharged - New York Times (Abril 1985) https://www.nytimes.com/1985/04/08/us/artificial-heart-test-of-technology.html



☞ El artículo completo original de La traumatóloga geek lo puedes ver aquí