3 de abril de 2026

Físicos de Waterloo proponen que el Big Bang surge naturalmente de una teoría más simple de la gravedad: sin partículas hipotéticas ni parches ad hoc

Supernova en el universo primitivo explosión estelar en galaxia enana con baja metalicidad

Un equipo de la Universidad de Waterloo y el Instituto Perimeter (Canadá) ha publicado en Physical Review Letters una teoría que plantea que la expansión explosiva del universo en sus primeros instantes —lo que llamamos Big Bang— emerge de forma natural de una versión más completa de la gravedad, sin necesidad de añadir las piezas extra que la cosmología estándar ha necesitado durante décadas. La teoría se llama gravedad cuadrática cuántica (Quadratic Quantum Gravity) y es, en esencia, «Einstein elevado al cuadrado», como la describe el coautor Jerome Quintin.

El problema que resuelven es fundamental: la relatividad general de Einstein funciona extraordinariamente bien para describir el universo a escalas cotidianas, pero se rompe en condiciones extremas como las del Big Bang (energías altísimas, densidades infinitas). Para explicar por qué el universo es tan uniforme y homogéneo, los cosmólogos introducen la inflación cósmica, una fase de expansión aceleradísima justo después del Big Bang. Pero la inflación estándar requiere una partícula hipotética —el inflatón— y parámetros ajustados a mano.

Lo que el equipo de Waterloo encontró es que al usar la gravedad cuadrática (que añade términos cuadráticos en curvatura a la ecuación de Einstein y se mantiene matemáticamente consistente a energías extremas), la inflación surge sola. No hay que inventar partículas nuevas ni ajustar parámetros. Los términos cuadráticos generan orgánicamente la expansión cósmica, después de la cual el espaciotiempo se estabiliza en los efectos conocidos de la relatividad general.

Lo más fascinante: el modelo predice un nivel mínimo de ondas gravitacionales primordiales (diminutas ondulaciones en el espaciotiempo creadas en los primeros instantes tras el Big Bang) que experimentos futuros como LISA (lanzamiento previsto para 2035) podrían detectar. Es decir, la teoría es testeable, no solo elegante.

Mi valoración: en cosmología, las teorías bonitas abundan y las verificables escasean. Que esta propuesta haga predicciones concretas y medibles la coloca en una categoría diferente. Además, sus predicciones matemáticas «encajan bien con observaciones del universo realizadas con las últimas tecnologías, que han estado en conflicto con modelos más convencionales de inflación», según el autor principal Ruolin Liu. Si se valida, podría simplificar radicalmente nuestra comprensión del origen del universo. Si no, al menos estamos en la mejor época de la historia para poner a prueba estas ideas: el telescopio Roman de la NASA, el observatorio Vera Rubin y LISA están en camino.

Preguntas frecuentes

¿Qué proponen exactamente? Que la inflación cósmica (la expansión rápida del universo primitivo) surge naturalmente de la gravedad cuadrática cuántica, sin partículas hipotéticas ni ajustes manuales. ¿Se puede verificar? Sí. El modelo predice ondas gravitacionales primordiales que LISA podría detectar a partir de 2035. ¿Reemplaza a la relatividad general? No la contradice: la extiende a energías extremas donde Einstein falla. A escalas normales, se reduce a la relatividad general estándar.




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El mayor problema de vivir en Marte no es el oxígeno: los humanos que nazcan allí dejarán de ser Homo sapiens

El mayor problema de vivir en Marte no es el oxígeno: los humanos que nazcan allí dejarán de ser Homo sapiens

Con la misión Artemis II operativa en torno a la Luna, la humanidad tiene a Marte entre sus anhelos colonizadores. Las misiones pasadas y presentes, como el rover Curiosity de la NASA, tienen como objetivo analizar su superficie para encontrar pistas de habitabilidad pasada. Y aunque los hemos encontrado, dejan bastantes incógnitas. Todavía no hemos pisado Marte y ya tenemos en mente cómo construiremos las casas allí (spoiler: con ladrillos y orina). Y que si algún día en una eventual colonia humana en Marte nace un ser humano, no será homo sapiens en el plano antropológico.

Porque en pocas palabras, si llegamos a Marte y empezamos a nacer allí, ya no seremos la misma especie: Scott Solomon, biólogo evolutivo en la Universidad de Rice, lleva años estudiando esta cuestión y ha llegado a esa conclusión, que ha publicado recientemente en su obra "Becoming Martian".

Si naces en Marte, no eres homo sapiens. Solomon diferencia entre quienes lleguen de la Tierra a Marte y sobrevivan allí, esos colonos que lleguen al planeta rojo con un cuerpo moldeado por millones de años de evolución aquí. Pero sus criaturas y las criaturas de estas no tendrán la misma suerte. En pocas palabras, será el principio del fin de los homo sapiens.

Marte tiene el 38% de la gravedad de la Tierra, una radiación dos o tres veces superior, no hay un campo magnético protector ni la biosfera microbiana con la que nuestro sistema inmunitario fue evolucionando. Todo lo anterior constituye un motor de cambio y evolución biológico que ha marcado nuestra anatomía y su ausencia, también. 

Por qué es importante. La biología evolutiva tiene un nombre para lo que sucederá: especiación alopátrica. Esto es, cuando una población queda aislada y se desarrolla en un ambiente nuevo, la selección natural y la deriva genética siguen su curso dentro de la adaptación al medio respecto a la población original (en este caso, quienes se queden en la Tierra). 

El paso del tiempo puede provocar que los dos grupos se vuelvan tan distintos que sean otra especie, una nueva especie humana. Y sucedería algo paradójico: al buscar planetas ajenos a la Tierra como alternativa para seguir preservando la especie, dejaríamos de ser los mismos.

Contexto. No hay que irse a generaciones futuras para ver las consecuencias de la vida espacial. Hay evidencias de astronautas en la ISS que han sufrido pérdida acelerada de masa ósea, atrofia muscular, problemas cardiovasculares, problemas de visión y estrés. Hasta su sangre está mutando. Las criaturas que nazcan allí desarrollarán su esqueleto y su sistema nervioso directamente en esas condiciones.

Salomon ofrece cambios concretos: huesos más densos y cortos, mayor producción de eumelanina (un tipo de melamina responsable de la coloración oscura) como protección frente a la radiación, un sistema inmunitario calibrado para el entorno cerrado de la colonia y potencialmente vulnerable a las enfermedades comunes en la Tierra. Sin embargo, el punto más sensible es la reproducción: no sabemos con certeza si los humanos podrán concebir, gestar y parir con éxito en Marte. Los experimentos con mamíferos en microgravedad son preocupantes. El biólogo anticipa además que el parto en Marte sería inevitablemente quirúrgico: la menor densidad ósea y la atrofia muscular lo convierten en una actividad aún más de riesgo.

Qué pasará después. Para Solomon hay dos posibilidades: dejar que la selección natural siga su curso y moldee a las generaciones futuras. El segundo es acudir a la ingeniería genética: adelantarnos al problema antes de enviarlos allí. En cualquier caso, el resultado macro es el mismo: dos ramas de la humanidad evolucionando por caminos separados, en condiciones distintas y en mundos diferentes. 

Un futuro distópico de genética y ética. Vaya por delante que para que se produzca una especiación hacen falta miles de generación, lo que da un margen de tiempo suficiente como para que la humanidad tome medidas, como por ejemplo viajes frecuentes o reproducción asistida con material genético transferido. O que la ingeniería genética pise el acelerador tanto que la selección natural pase a un segundo plano. 

Aquí entra también la ética: si un niño o niña nacen en Marte y no pueden volver a la Tierra porque su cuerpo no lo resiste, la humanidad habrá tomado una decisión irreversible sin su consentimiento. Solomon advierte también de esa brecha en la humanidad en términos de identidad y derechos. Son preguntas que ahora no podemos responder, pero que deberían estar claras antes de que se plantee seriamente la existencia de una colonia en Marte.



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La noticia El mayor problema de vivir en Marte no es el oxígeno: los humanos que nazcan allí dejarán de ser Homo sapiens fue publicada originalmente en Xataka por Eva R. de Luis .



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Llevamos años pegándonos tiras de colores para aliviar el dolor: un estudio cree que la kinesiología solo es placebo

Llevamos años pegándonos tiras de colores para aliviar el dolor: un estudio cree que la kinesiología solo es placebo

Cuando se tiene un problema muscular como una tendinitis o una sobrecarga, es probable que el fisioterapeuta te haya colocado las famosas tiras adhesivas de algodón con colores muy vistosos pegados sobre la piel. Esto es lo que se conoce como kinesiotaping o vendaje neuromuscular, y se ha vendido como un tratamiento eficaz para aliviar el dolor. Aunque la ciencia lleva años estrechando el cerco sobre su verdadera utilidad, haciendo que ahora apunten a que sean irrelevantes. 

Un estudio masivo. Tal y como ha recogido El País, un reciente artículo publicado en la revista BMJ ha dado los números necesarios para afirmar que la colocación de estas tiras sobre las lesiones musculares no es lo más recomendable. Y no es que hayan mirado a un puñado de pacientes, sino que han analizado 128 revisiones sistemáticas publicadas, lo que equivale a la friolera cifra de 310 ensayos clínicos aleatorizados con un total de 15.812 participantes, cubriendo 29 trastornos musculoesqueléticos distintos. 

Qué se ha visto. Los defensores de esta técnica suelen argumentar que la cinta levanta microscópicamente la piel, mejorando el flujo sanguíneo y linfático, lo que alivia el dolor al momento. El problema es que la nueva evidencia apunta a que la kinesiotaping ofrece, en el mejor de los casos, una reducción del dolor de un punto en una escala del 1 al 10. Esto es algo insignificante en el campo de la medicina, puesto que no marca un gran cambio en la calidad de vida del paciente. 

Pero los pocos beneficios observados, que son leves mejoras en la movilidad o en la reducción del dolor inicial, son completamente pasajeros. Tal y como ha quedado claro en los pacientes analizados, estos síntomas desaparecen en cuestión de días o unas pocas semanas. Pero a largo plazo llevar la tira o no da exactamente igual. 

Lo que se sabía antes. Obviamente, si esto es algo tan extendido que hasta lo vemos en deportistas de élite, algo se tenía que haber investigado. Aquí los investigadores apuntan a que en la bibliografía previa hay graves inconsistencias en la metodología que abre la puerta a un alto riesgo de sesgo. De esta manera apuntan a que gran parte de la mejoría inicial de la que informaban los pacientes se podría explicar por el efecto placebo. 

Nos avisaban. Aunque este macroestudio es muy reciente, no es el primero en pinchar la burbuja del uso de estas cintas. Si buceamos entre toda la bibliografía disponible, nos podemos encontrar un análisis hecho en 2021 donde se apuntaba que, aunque la reducción del dolor se evidenciaba, solo servía como un "complemento adjunto" temporal, no como la solución. 

El veredicto. La conclusión de la ciencia es clara: las tiras de colores no tienen superpoderes biomecánicos, y su éxito se ha basado en una mezcla de marketing brillante, adopción masiva por parte de los deportistas famosos y el innegable poder del efecto placebo. Aunque si es verdad que de manera inicial es probable que reduzca el dolor.

Imágenes | Flickr Edward Muntinga 

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La noticia Llevamos años pegándonos tiras de colores para aliviar el dolor: un estudio cree que la kinesiología solo es placebo fue publicada originalmente en Xataka por José A. Lizana .



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Ante el precio prohibitivo del petróleo, Japón mira al océano: tiene un plan para convertir las olas en electricidad

Ante el precio prohibitivo del petróleo, Japón mira al océano: tiene un plan para convertir las olas en electricidad

Si echamos un vistazo al peso de las energías renovables en la generación energética (por ejemplo, en Europa), vamos a encontrarnos que algunas como la eólica y la solar son las que llevan la voz cantante mientras que otras tienen una aportación testimonial: es el caso de la undimotriz, más conocida como energía de las olas. Sí, el recurso está ahí para aprovecharlo (y en algunos sitios como en la cornisa cantábrica para dar y regalar), pero una cosa es surfear y otra muy diferente obtener energía. 

Porque las olas que llegan a la boya esta mañana no tienen nada que ver con las que lo hacen a la tarde: otra altura, otro ritmo, otra dirección... forma parte del encanto de hacer surf pero también es una pesadilla para lograr conseguir electricidad. La undimotriz funciona, pero es imprevisible y nada constante, lo que desploma la eficiencia. Así que a Takahito Iida, un investigador del Departamento de Arquitectura Naval e Ingeniería Oceánica de la Universidad de Osaka se le ha ocurrido una solución a ese problema que ha publicado en el Journal of Fluid Mechanics: un volante giratorio.

El invento. El dispositivo se llama GWEC (Gyroscopic Wave Energy Converter, un convertidor giroscópico de energía undimotriz). La idea en esencia es un volante giratorio dentro de una boya flotante que le permite extraer el máximo de de energía de las olas independientemente de su frecuencia. 

No sigue el movimiento de las olas, sino que lo convierte en un giro perpendicular que mueve un generador. El truco está en ajustar la velocidad de rotación del volante en tiempo real: así el sistema se adapta al mar en lugar de esperar que el mar se adapte a las condiciones ideales del dispositivo. 

Por qué es importante. Porque la undimotriz sigue siendo la eterna promesa de las energéticas y los océanos cubren el 71% de la Tierra, acumulando una gran cantidad de energía. Todos los sistemas anteriores fallaban en algo: están optimizados para la frecuencia de resonancia, una sola y puntual. En ese momento alcanza su eficiencia máxima del 50%, lo máximo que permite la física. El GWEC de Iida es capaz de mantenerla en toda la banda de frecuencias.

Contexto. El momento para publicar el paper no puede ser mejor: el precio del petróleo supera los 100 dólares el barril y Japón importa el 95% del suyo de Oriente Medio, por lo que la búsqueda de alternativas es urgente.

La idea de base no es nueva, la novedad está en saber cómo controlarlo para que rinda al máximo esté como esté el mar. De hecho, el concepto fue patentado en 1981 por los ingenieros Laithwaite y Salter y desde entonces se han probado probado prototipos en Japón, España e Italia. Lo que nadie había hecho hasta ahora es un análisis teórico completo que explique como "sintonizar" el sistema en cualquier condición de oleaje.

Cómo lo hace. Iida desarrolla por vez primera las ecuaciones completas del sistema en su conjunto, lo que incluye las olas, la plataforma y el giroscopio y además identifica los parámetros de control óptimos (la rigidez del generador, su amortiguamiento y la velocidad del volante). Asimismo, demuestra que con el sistema bien ajustado, el sistema puede alcanzar el límite físico teórico de absorción de energía: exactamente la mitad de la energía que lleva cada ola. 

¿Por qué la mitad? Una ola que llega a un cuerpo simétrico que llega a un cuerpo simétrico se divide en partes iguales entre componentes simétricas y asimétricas. Un dispositivo con un solo tipo de movimiento solo puede capturar la componente asimétrica. Ojo, no es que no se pueda absorber más, pero sería necesario contar con geometrías asimétricas (como el pato de Salter) o sistemas más complejos.

Sí, pero. Iida ha probado su dispositivo y ecuaciones a escala de laboratorio, donde la práctica se ha ajustado a la teoría, pero no deja de ser un dispositivo en condiciones controladas. El siguiente paso declarado son ensayos con modelo físico en el canal de olas de la Universidad de Osaka

Además, hay otras limitaciones como que solo funciona con olas pequeñas (si las olas crecen, la física ya no es lineal), lo que reduce su eficiencia. El autor es claro: el rango válido de la amplitud es demasiado pequeño para un uso real. Del mismo modo, aún no se han cuantificado las pérdidas mecánicas. 



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Tenemos una nueva y sorprendente "arma secreta" contra el cambio climático: los castores

Tenemos una nueva y sorprendente "arma secreta" contra el cambio climático: los castores

Cuando pensamos en formas de capturar carbono de la atmósfera, solemos imaginar enormes y costosas instalaciones tecnológicas; sin embargo, la naturaleza cuenta con sus propios sistemas para poder limpiar el ambiente. Uno de estos sistemas, como ha evidenciado un nuevo estudio, es que los castores son unas auténticas máquinas de secuestrar carbono gracias a las presas y los sistemas de canales que construyen estos roedores. 

Un experimento suizo. Hasta ahora, sabíamos que los ecosistemas húmedos eran importantes, pero faltaban datos precisos para entender el porqué. Ahora sabemos que la clave estaba justamente en estos animales, como ha evidenciado un estudio publicado en Nature

Aquí los investigadores analizaron detalladamente un tramo de 800 metros de un arroyo en el norte de Suiza que había sido modificado por una colonia de castores. Lo que vieron fue que el corredor fluvial, tras transformarlo, actuaba como un sumidero neto que podía retener en torno a 100 toneladas de carbono al año. 

En perspectiva. Estas cifras equivalen a atrapar el 26% de todos los aportes de carbono que entran en ese sistema, por lo que a lo largo de 13 años el humedal creado por los castores ha llegado a almacenar la friolera de 1.194 toneladas de carbono. De manera resumida, esto significa que el área almacena hasta 10 veces más carbono que tramos fluviales similares donde no habitan estos roedores, con una tasa de secuestro de aproximadamente 10,1 toneladas de dióxido de carbono equivalente por hectárea y año. 

Cómo lo hacen. Uno podría pensar que el carbono se guarda en la madera acumulada o en las plantas del pantano, pero la realidad es mucho más compleja. El estudio atribuye que más de la mitad del carbono que ha sido retirado del ambiente queda atrapado bajo la superficie, en el subsuelo del humedal. 

A esto se le suma el enterramiento de carbono orgánico en forma de partículas en los sedimentos. Al inundar la zona y frenar la corriente, los castores crearon las condiciones perfectas para que el carbono se pudiera asentar y quedar bloqueado bajo la tierra a largo plazo. 

El problema del metano. Cuando hablamos de crear nuevos humedales, cualquier experto en clima podría arquear una ceja, ya que estas zonas de agua estancada son conocidas por ser grandes emisoras de metano, que es uno de los gases que interviene en el efecto invernadero. Encima, mucho más potente que el CO₂. 

Sin embargo, los autores del estudio midieron también este factor y se llevaron una grata sorpresa: las emisiones de metano en este sistema fueron sorprendentemente bajas, representando menos del 1% del balance total. Pero además, las emisiones de dióxido de carbono que venían de los sedimentos también fueron muy inferiores al carbono que el sistema lograba secuestrar. De esta manera, se puede concluir que el humedal de castores es un sumidero, no una fuente de emisiones. 

Cumpliendo objetivos. Los datos que se recogieron en este arroyo suizo abren una puerta fascinante para las políticas de migración climática, puesto que fomentar el regreso de los castores puede aumentar drásticamente la resiliencia de nuestras riberas. De hecho, los cálculos apuntan a que la recolonización de las llanuras de inundación por parte de los castores podría compensar entre el 1,2% y el 1,8% de las emisiones anuales de carbono de Suiza. 

Imágenes | Francesco Ungaro 

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