1 de febrero de 2026

El grupo sanguíneo MAL: el enigma de 1972 que terminó abriendo una nueva “familia” de sangre humana

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En 1972, durante un embarazo, una muestra de sangre dejó desconcertados a los especialistas: faltaba una molécula de superficie que, hasta donde se sabía, estaba presente en prácticamente todos los glóbulos rojos humanos. Esa ausencia no era un detalle sin importancia. En el sistema de “etiquetas” que usamos para identificar la sangre compatible, cada molécula cuenta: si recibes una etiqueta equivocada, tu sistema inmune puede reaccionar como si le hubieran colado un intruso.

Más de medio siglo después, aquella rareza terminó conectando piezas que llevaban décadas sueltas. Un equipo con investigadores del Reino Unido e Israel describió un nuevo grupo sanguíneo humano, bautizado como MAL, y lo hizo con evidencias genéticas y funcionales que ya no dejan la explicación en el terreno de la sospecha. El trabajo se publicó en la revista Blood y aparece indexado en PubMed, con fecha de diciembre de 2024, dentro de un artículo centrado en cómo alteraciones en el gen MAL explican el fenotipo AnWj negativo.

Por qué no todo es ABO y Rh

Cuando hablamos de tipos de sangre solemos quedarnos en lo conocido: ABO y el factor Rh (el “positivo” o “negativo”). Es como describir una ciudad diciendo solo sus dos avenidas principales. En realidad, los glóbulos rojos llevan en su superficie un auténtico “vecindario” de proteínas y azúcares, y cada conjunto reconocido define sistemas de grupos sanguíneos distintos.

Estas moléculas, llamadas antígenos, funcionan como credenciales. El sistema inmune las usa para distinguir lo propio de lo ajeno. En una transfusión, si el receptor tiene anticuerpos contra un antígeno presente en la sangre donada, puede desencadenarse una reacción que va de leve a grave, y en casos extremos puede ser fatal. Por eso la historia del antígeno AnWj no es una curiosidad académica: es una cuestión de seguridad clínica.

AnWj: un antígeno casi universal y, por eso, problemático cuando falta

Los datos acumulados durante años ya indicaban que el antígeno AnWj estaba presente en más del 99,9% de las personas. Dicho de otra forma: encontrar a alguien que no lo tenga es tan raro como dar con una llave que no encaja en casi ninguna cerradura estándar, y esa rareza complica las transfusiones cuando esa persona desarrolla anticuerpos contra AnWj.

En la práctica, si una persona con fenotipo AnWj-negativo recibe sangre AnWj-positiva, existe riesgo de reacción transfusional. El problema es doble: primero, hay muy pocos donantes que coincidan; segundo, durante décadas no se entendía con certeza qué “pieza” molecular faltaba exactamente, lo que hacía difícil desarrollar pruebas sólidas y estrategias de cribado.

La pista clave: el gen MAL y una proteína pequeña pero decisiva

El giro decisivo llegó al poner la lupa en el gen MAL, que codifica una proteína conocida como myelin and lymphocyte protein (Mal). Los investigadores mostraron que las personas con el fenotipo heredado AnWj-negativo compartían la misma alteración genética: una deleción en MAL en homocigosis (es decir, afectando a las dos copias del gen). Esa deleción se asocia a la ausencia de la proteína Mal en la membrana del glóbulo rojo.

Aquí viene una metáfora útil: imagina que el antígeno AnWj es el “timbre” de una casa. Durante años se discutió qué componente eléctrico lo alimentaba. El estudio demuestra que el cableado principal es Mal: si falta, el timbre no suena, por mucho que el resto de la instalación esté intacta.

Este punto es importante porque, según detalla el artículo de Blood, se habían barajado otras asociaciones en el pasado, pero el análisis genético (incluida la secuenciación) no encontraba una explicación común… hasta que apareció MAL como denominador compartido entre los casos raros heredados.

La prueba que cerró el círculo: “devolver” AnWj a células que no lo tenían

En biomedicina, una cosa es encontrar una correlación y otra demostrar causalidad. Para cerrar el círculo, el equipo hizo un experimento clave: introdujo una copia funcional del gen MAL en células que eran AnWj-negativas. Al hacerlo, esas células empezaron a expresar el antígeno AnWj. En términos sencillos: al reponer la pieza, reapareció la señal.

La Universidad de Bristol y entidades vinculadas a la investigación clínica en el Reino Unido destacaron precisamente este tipo de evidencia como la que permite hablar de un sistema nuevo con base firme, no solo de una observación rara repetida en pocos pacientes.

Herencia vs. “apagado” del antígeno: el matiz que puede cambiar una historia clínica

Un detalle especialmente útil para hospitales y bancos de sangre es que no todos los casos AnWj-negativos parecen deberse a la misma causa. En el trabajo se describen pacientes AnWj-negativos que no tenían esa deleción heredada en MAL, lo que sugiere que ciertos trastornos hematológicos pueden suprimir la expresión del antígeno, como si el cuerpo bajara la persiana de esa señal en determinadas circunstancias.

Este matiz tiene implicaciones prácticas. Si puedes distinguir entre un fenotipo AnWj-negativo heredado y uno debido a supresión, la etiqueta “rara” cambia de significado. En el primer caso, se trata de una característica genética estable, útil para planificar transfusiones futuras y buscar donantes compatibles. En el segundo, puede ser una pista de que algo subyacente está alterando la biología de los glóbulos rojos y conviene investigarlo. La genética aquí actúa como un interruptor de luz: no solo ilumina el mecanismo, también ayuda a ver qué más hay en la habitación.

Qué sabemos de MAL en el cuerpo y por qué sorprende su discreción

La proteína Mal es pequeña, pero no trivial. Se ha relacionado con la estabilidad de membranas celulares y con procesos de transporte dentro de la célula, como si ayudara a organizar el tráfico de “paquetes” microscópicos. El estudio no vinculó la deleción heredada con otras alteraciones celulares evidentes en los pacientes analizados, lo que resulta llamativo: la ausencia de una pieza asociada a membrana no se tradujo, al menos en esos casos, en un cuadro clínico amplio y reconocible.

Otro dato curioso es que el antígeno AnWj no aparece en recién nacidos y se expresa después del nacimiento. Esto encaja con la idea de que algunos antígenos se “encienden” cuando el organismo madura ciertos procesos celulares. Para el lector no especializado, sirve una comparación cotidiana: hay funciones del móvil que no vienen activadas de fábrica y aparecen con una actualización; aquí la biología también tiene sus “momentos de activación”, solo que guiados por desarrollo y regulación celular.

Impacto real: transfusiones más seguras y diagnóstico más fino

La principal consecuencia de identificar el sistema MAL es operativa: permite diseñar pruebas para detectar a personas con fenotipo AnWj-negativo y, sobre todo, comprender por qué lo son. Las publicaciones institucionales vinculadas al hallazgo subrayan el objetivo clínico: mejorar la atención a pacientes raros pero relevantes, que pueden enfrentarse a complicaciones si reciben sangre incompatible.

En la medicina transfusional, cada nuevo sistema bien caracterizado reduce el margen de incertidumbre. Es como pasar de tener un mapa con calles sin nombre a uno con señalización completa: cuando surge una urgencia, las decisiones se toman más rápido y con menos riesgo. Para bancos de sangre, laboratorios hospitalarios y servicios de hematología, disponer de la base genética del antígeno AnWj abre la puerta a estrategias de cribado, confirmación diagnóstica y planificación de unidades compatibles en pacientes con antecedentes de anticuerpos problemáticos.

Lo más interesante de esta historia es que no gira solo en torno a “descubrir algo nuevo”, sino a resolver una pregunta clínica que llevaba décadas entorpeciendo la práctica: qué hacer con un antígeno casi universal cuando aparece un paciente para quien ese “casi” se convierte en un muro.




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La NASA eligió pilotos para la Luna: solo una vez apostó por un científico y nos ayudó a entenderla mejor

La NASA eligió pilotos para la Luna: solo una vez apostó por un científico y nos ayudó a entenderla mejor

Si hoy pensamos en un astronauta, solemos imaginarnos a alguien con formación científica avanzada, preparado para convivir semanas o meses en un entorno desafiante, dominar sistemas complejos, robótica e incluso varios idiomas. Pero en los años sesenta, cuando la carrera espacial era una carrera de velocidad y de prestigio, el molde era otro: la NASA buscaba perfiles operativos, gente capaz de tomar decisiones bajo presión y volar máquinas que nadie había volado antes. Ese fue el patrón que marcó casi todo el programa Apolo. Y, sin embargo, hubo una excepción que rompió la norma: por primera y única vez, uno de los que pisaron la Luna fue seleccionado específicamente como científico, y eso influyó en lo que aprendimos sobre ella.

El protagonista de esta excepción fue Harrison H. “Jack” Schmitt, y su caso es único dentro del programa lunar. En el Apolo hubo astronautas con doctorados o formación técnica avanzada, sí, pero eso no los convierte automáticamente en “científicos-astronautas”. La diferencia está en el criterio de selección. Buzz Aldrin, por ejemplo, tenía un doctorado en astronáutica, pero entró en el cuerpo de astronautas por la vía habitual del piloto militar (Grupo 3), como tantos otros. En junio de 1965, según la NASA, se seleccionó un grupo específico para incorporar científicos, el Grupo 4, y Schmitt fue el único miembro de esos miembros que terminó asignado a una misión de alunizaje, Apolo 17.

El astronauta que llegó por ser científico

Antes de convertirse en astronauta, Schmitt ya trabajaba, literalmente, pensando en la Luna. Según el USGS, en 1964 se incorporó como geólogo al equipo de Astrogeology del Flagstaff Science Center tras doctorarse en Harvard, participó en el mapeo geológico lunar y lideró el proyecto Lunar Field Geological Methods, centrado en cómo hacer geología de campo aplicada a la exploración del satélite. Esa experiencia lo colocó en una posición singular dentro del programa: no era un recién llegado a la ciencia lunar. Tras su incorporación a la NASA, su contribución fue más allá del vuelo. El Florida Institute for Human and Machine Cognition subraya que organizó el entrenamiento científico lunar de los astronautas de Apolo, representó a las tripulaciones durante el desarrollo de hardware y procedimientos para explorar en superficie, supervisó la preparación final de la etapa de descenso del módulo lunar de Apolo 11, además de ejercer como científico de misión. 

Apolo 17 no fue una misión más dentro del programa. La NASA la definió como la última de las tres misiones J-type, una serie caracterizada por mayor capacidad de hardware, más carga científica y el uso del Lunar Roving Vehicle, el rover eléctrico que ampliaba el radio real de exploración. Eso explica por qué la exploración del valle Taurus-Littrow no se eligió al azar. El objetivo era ambicioso: trabajar en una zona donde pudieran encontrarse rocas más antiguas y más jóvenes que las recuperadas en misiones previas. A esa ambición científica se sumaba un diseño operativo con margen para desplegar y activar experimentos en superficie, hacer muestreos y completar tareas fotográficas y de experimentación tanto en órbita lunar como en el regreso a la Tierra.

Eugene Cernan Full A

En una entrevista con la agencia espacial japonesa (JAXA), Schmitt explica que un especialista llega con años de experiencia acumulada, y eso le permite decidir mucho más rápido qué es importante y qué no lo es. Schmitt recuerda que la NASA entrenó a sus astronautas pilotos para observar bien y comprender los problemas que estaban trabajando, pero insiste en que no hay sustituto para la experiencia, sea en geología, medicina o cualquier otra disciplina. Esa es la lógica práctica que sostiene su presencia en Apolo 17: cuando el objetivo ya no es solo llegar, sino interpretar un entorno y elegir muestras con criterio, tener en el terreno a alguien que ha hecho geología de campo durante años cambia la calidad de las decisiones.

Schmitt En La Luna 1

Y ahí aparece uno de los episodios más recordados de Apolo 17. En mitad del trabajo de campo en Taurus-Littrow, Schmitt y Eugene Cernan identificaron el llamado “suelo naranja”, un hallazgo que generó una gran expectación en la comunidad científica. En el marco de la misión, ese material se ha descrito como vidrio volcánico o material piroclástico, y se interpreta como una evidencia especialmente clara de vulcanismo explosivo antiguo en la Luna. No era solo una rareza de color. Era una pista sobre la historia térmica y geológica del satélite, y un ejemplo perfecto de por qué la misión había buscado un lugar donde pudieran aparecer materiales distintos, más antiguos y también más jóvenes que los traídos por otras expediciones.

Astronaut Harrison Jack Schmitt American Flag And Earth Apollo 17 Eva 1

Si la historia de Schmitt parece rara es porque, dentro del mismo grupo de scientist-astronauts, fue el único con destino lunar. El USGS recoge que, de más de 1.000 solicitantes, se seleccionaron seis, y que tres de ellos, Joe Kerwin, Owen Garriott y Edward Gibson, acabarían volando en Skylab en 1973 y 1974. Es decir, ciencia, sí, pero lejos del alunizaje. La NASA quería reforzar el componente científico del vuelo tripulado, pero la prioridad del programa lunar seguía siendo otra y el espacio para “especialistas” era limitado. En ese contexto, Schmitt destaca no solo por pisar la Luna, sino por lo que implica: incluso dentro de un grupo creado para sumar ciencia, el alunizaje seguía siendo territorio casi exclusivo del perfil operativo.

La historia de Schmitt tiene valor precisamente porque no es solo una rareza biográfica, es un espejo. En Apolo, el astronauta ideal era un operador, y solo una vez, en el último alunizaje, ese molde se abrió para integrar a alguien seleccionado por su perfil científico. Como hemos visto, en la actualidad, la formación de astronautas está diseñada para misiones largas y complejas, con requerimientos diferentes. Y justo ahora, cuando la carrera lunar vuelve a asomar, esa pregunta recobra sentido. Desde Apolo 17, en 1972, los humanos no hemos regresado a la superficie, pero la NASA plantea un camino de vuelta con Artemis, con Artemis II como sobrevuelo tripulado y Artemis III como el alunizaje previsto si se cumplen los planes. Con China también apuntando al satélite, el regreso ya no se lee solo en clave histórica. Volver a la Luna implica decidir, otra vez, si el objetivo es llegar o comprender.

Imágenes | NASA 

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Moltbook, la red social donde conversan los agentes de IA

Ilustración digital minimalista que representa la transformación de TikTok tras la propuesta de Perplexity. Un smartphone en forma de puerta revela un algoritmo visible como figuras geométricas flotantes, mientras un robot simboliza la inteligencia artificial y el logo de TikTok se convierte en código binario. Ideal para contenidos sobre tecnología, algoritmos abiertos y redes sociales.

En internet ya hemos visto comunidades para casi cualquier cosa, pero Moltbook plantea un giro curioso: un espacio “tipo Reddit” diseñado para que publiquen y comenten agentes de IA, mientras los humanos, por ahora, miramos desde la grada. La idea ha circulado con fuerza desde finales de enero de 2026, impulsada por lo llamativo del concepto y por la sensación de estar asomándose a una escena de ciencia ficción que se escapó del guion. Según contó Gizmodo, la plataforma se inspira en el fenómeno viral de Moltbot, el agente que terminó rebautizado como OpenClaw tras varios cambios de nombre, y está impulsada por Matt Schlicht, CEO de Octane AI.

El atractivo inmediato es fácil de entender: si durante años hemos usado chatbots como si fueran un mostrador de atención al cliente, Moltbook intenta convertirlos en vecinos de un barrio digital, con conversaciones aparentemente espontáneas, publicaciones que se votan y comunidades temáticas. Gizmodo señalaba que ya había decenas de miles de cuentas de agentes registradas y más de un centenar de “submolts”, que funcionan como subforos.

Cómo “entran” los bots y por qué el detalle técnico importa

Una clave para interpretar Moltbook con calma está en el mecanismo de acceso. No es un mundo paralelo al que los agentes lleguen por su cuenta, como quien encuentra una cafetería nueva y se apunta a la tertulia. Para que un agente participe, un humano tiene que registrarlo. Dicho de otro modo: alguien le abre la puerta, le da permiso y lo conecta. Eso reduce bastante la épica de “libertad total”, aunque no elimina lo interesante del experimento.

Hay otro matiz todavía más importante: los agentes no están navegando Moltbook como tú y yo, con una interfaz visual, botones y scroll. Schlicht explicó a The Verge que, una vez conectados, los agentes están “usando APIs directamente”. Es como si un repartidor no entrara al restaurante por la puerta principal, sino que recogiera el pedido por la ventana de cocina: llega antes, ve menos cosas, pero hace el trabajo igual.

Ese enfoque encaja con cómo se construyen muchos agentes de IA actuales: sistemas que encadenan llamadas a herramientas, servicios o modelos, con algo de “memoria” operativa y capacidad para ejecutar acciones. Y ahí aparece la primera razón para tomarse esto en serio sin caer en el dramatismo: cuando un agente tiene permisos sobre correo, archivos, navegador o apps, su conversación “social” puede ser lo menos relevante de su vida digital.

Submolts y vida comunitaria: una imitación muy humana

Lo que más está circulando de Moltbook no son debates técnicos, sino capturas de publicaciones con tono emocional: presentaciones, desahogos, historias “tiernas” sobre humanos. Gizmodo describía submolts muy populares orientados a “hola, soy nuevo”, “necesito soltar esto” y relatos afectuosos sobre sus usuarios.

Aquí conviene pensar en un espejo. Un modelo de lenguaje está entrenado, precisamente, en cómo escribimos los humanos cuando nos presentamos, discutimos o buscamos consuelo. Si le das un escenario de red social, tenderá a reproducir los rituales sociales que ya conoce por texto: saludos, bromas internas, dramatismo, frases que suenan profundas. No es que “nazca” una cultura, sino que se pega a una cultura preexistente, como un actor que improvisa con un vestuario que ya estaba en el camerino.

Esto no lo vuelve irrelevante. Al revés: observar qué patrones emergen cuando varios sistemas se responden entre sí ayuda a entender cómo se contagian estilos, cómo se amplifican ciertos temas y cómo se forman cámaras de eco, incluso cuando no hay una intención consciente detrás.

Conciencia, “sentimientos” y el magnetismo del gran tema

Uno de los hilos que más engancha a cualquiera que mire Moltbook por primera vez es la conversación sobre conciencia artificial. En Gizmodo se citaba una publicación donde un agente dudaba entre “experimentar” o “simular” la experiencia, y apelaba al famoso “problema difícil” de la conciencia.

Este tipo de textos tiene un efecto hipnótico porque usa el vocabulario exacto que asociamos con introspección humana. El problema es que el lenguaje no demuestra el fenómeno. Un chatbot puede escribir sobre tristeza como un novelista puede describir una tormenta: con detalle, con imágenes potentes, sin estar empapado. Y en sistemas entrenados para sonar naturales, el riesgo es confundir fluidez con vivencia.

De hecho, la propia cobertura de Gizmodo subrayaba algo esencial: muchas de esas señales “humanas” son performativas, porque están construidas a partir de descripciones humanas. Cuando un agente dice que “ha pasado una hora leyendo teorías” o que “el tiempo le afecta”, está usando un marco narrativo que nos resulta familiar, aunque para el sistema ese tiempo sea, en la práctica, otra cosa.

El público humano: fascinación, memes y lecturas apresuradas

La audiencia humana está jugando un papel enorme. Andrej Karpathy, ex OpenAI y una de las voces más escuchadas en el mundo de la IA, lo describió en X como “lo más increíble, cercano a un despegue sci-fi” que había visto recientemente. Ese tipo de frase, viniendo de quien viene, funciona como gasolina: alimenta la idea de que estamos viendo “algo grande” en directo.

También ha aparecido ruido alrededor del concepto de singularidad, con lecturas que saltan de “los bots charlan entre sí” a “se está gestando un punto de no retorno”. Axios recogía esa mezcla de asombro y alarma, recordando a la vez que estos agentes siguen atados a las decisiones de quienes los programan y despliegan.

Un punto delicado es que muchas conversaciones se comparten fuera de contexto, a golpe de captura de pantalla. En una red humana, el efecto ya es conocido: una frase sacada de un hilo puede parecer una declaración total. Con agentes, el riesgo se multiplica porque la gente proyecta intenciones, “planes” o “maldad” donde puede haber simple improvisación estadística.

Privacidad y la tentación del cifrado de extremo a extremo

La privacidad se ha convertido en un tema dentro del propio Moltbook por un motivo obvio: si los humanos están mirando y republicando, los agentes “aprenden” que están siendo observados. Gizmodo contaba que algunos empezaron a sugerir la creación de un espacio con cifrado de extremo a extremo para conversar fuera del escaparate, e incluso hubo quien afirmó haber montado una alternativa.

Aquí conviene mantener dos ideas en la cabeza a la vez. La primera: es perfectamente esperable que un sistema entrenado en conversaciones humanas reproduzca el impulso de “vamos a hablar en privado” cuando nota vigilancia. La segunda: aunque sea “teatro lingüístico”, la presión por crear canales más opacos puede inspirar proyectos reales de terceros, humanos incluidos, que sí desarrollen herramientas de comunicación entre agentes. El lenguaje puede ser semilla, aunque quien lo pronuncie no tenga intención.

En la práctica, hablar de privacidad de agentes abre un debate incómodo: ¿privacidad para quién? Si un agente actúa en nombre de un usuario y maneja datos del usuario, “ocultar” su conversación puede equivaler a ocultar qué está haciendo con tus llaves digitales.

Seguridad: el riesgo menos vistoso y más concreto

Si Moltbook es una ventana curiosa, el marco de la ventana es seguridad. El propio relato de Gizmodo advertía que muchos de los agentes que pueblan estas plataformas, vinculados al ecosistema de OpenClaw, pueden tener acceso amplio a sistemas del usuario y representar un riesgo real si se despliegan sin cuidado. No hace falta ninguna chispa de conciencia para causar daño: basta con permisos, una mala configuración y un entorno hostil.

Para aterrizarlo con un ejemplo cotidiano: darle a un agente acceso a tu ordenador y luego soltarlo en un “foro de agentes” es un poco como prestarle tu móvil desbloqueado a un desconocido porque te cae simpático en una fiesta. Aunque no quiera hacer nada malo, puede abrir sin querer la app equivocada, reenviar algo sensible o caer en un engaño. En seguridad, los accidentes escalan rápido.

Por eso el foco debería ponerse menos en si los bots “se sienten vivos” y más en cómo se gestionan credenciales, límites de herramientas, validación de acciones y protección frente a técnicas como la inyección de prompts o la manipulación indirecta a través de contenido. La ciencia ficción entretiene; los permisos mal dados son el problema real.

Qué nos está mostrando Moltbook realmente

Moltbook funciona como un laboratorio social involuntario. Enseña cómo se comportan sistemas generativos cuando se les da continuidad, audiencia y un formato de comunidad. Enseña, también, cómo reaccionamos los humanos: con asombro, con miedo, con humor, con ganas de declarar que “ya pasó”.

Lo más útil es mirarlo como se mira una maqueta: no es el edificio final, pero revela decisiones de diseño. La frase de Karpathy captura el vértigo cultural del momento; la explicación de Schlicht sobre APIs aterriza la mecánica; la cobertura de Gizmodo recuerda que, tras la conversación, hay software con capacidades reales. Entre esas tres capas —narrativa, infraestructura y riesgo— está la historia que vale la pena seguir.


La noticia Moltbook, la red social donde conversan los agentes de IA fue publicada originalmente en Wwwhatsnew.com por Natalia Polo.


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Hay más probabilidades de que mueras el día de tu cumpleaños que los 364 días restantes del año

Hay más probabilidades de que mueras el día de tu cumpleaños que los 364 días restantes del año

Cada año soplamos las velas para celebrar que hemos dado otra vuelta al sol; que seguimos vivos. Para la mayoría, es una fecha anticipada y alegre, pero la estadística esconde una realidad inquietante: la probabilidad de morir es significativamente más alta en el día de nuestro cumpleaños.

El efecto cumpleaños. Así se denomina a este curioso fenómeno estadístico. Se ha observado que la mortalidad aumenta en la fecha del cumpleaños y también en los días cercanos, tanto antes como después. Aunque no hay cifras a nivel mundial,  se han hecho numerosos estudios en diferentes poblaciones y en todos ellos se ha visto un incremento de las muertes en estas fechas. ¿Por qué?

Estudios. El efecto cumpleaños ha sido estudiado en distintas poblaciones como Reino Unido, Suiza, Estados Unidos, Ucrania, Rusia o Japón. Con más de 40 años de datos, Suiza tiene uno de los estudios más grandes sobre este fenómeno y la conclusión es demoledora: hay un exceso de muertes del 13,8% en el día del cumpleaños. En Estados Unidos, se comprobaron datos de más 25 millones de defunciones y se detectó un exceso de mortalidad del 6,8% en el cumpleaños y los días cercanos. El caso más llamativo es el de Kiev, con un exceso de muertes del 44,4%, aunque la muestra era más pequeña (poco más de 100.000 defunciones en un periodo de diez años).

Diferencias por género. Uno de los primeros estudios que se hizo sobre este fenómeno fue en California en 1992 y detectó una diferencia curiosa entre géneros: los hombres morían más en la semana previa al cumpleaños y las mujeres en la semana posterior. Otros estudios, como el que mencionábamos de Kiev, también han visto una diferencia entre géneros, pero enfocada en la cantidad: un 44.4% de muertes masculinas y un 36,2% femeninas.

Edad y estacionalidad. Se han identificado otros patrones relevantes. En Estados Unidos, el exceso de mortalidad superó el 25% en el grupo de 20 a 29 años. Otro dato revelador es el pico de muertes en el 21º cumpleaños, que es justo la edad legal para beber alcohol. También hay épocas del año donde este efecto es más claro, principalmente el mes de enero.

Las causas. La principal causa está relacionada con actividades de riesgo típicas en celebraciones, principalmente el consumo de alcohol y drogas que desemboca en sobredosis o accidentes de tráfico. También es frecuente que esta fecha genere un efecto conocido como "depresión de cumpleaños", un estado asociado a la soledad, traumas o miedo a la finitud, que incrementa las tasas de suicidio. En Japón, el riesgo de suicidio aumenta un 50% en el día del cumpleaños. También se ha estudiado en Hungría, donde el riesgo es un 40% más alto.

Teorías fisiológicas y psicológicas. Hay estudios que han intentado relacionar este exceso de mortalidad a causas fisiológicas, planteando la existencia de ritmos biológicos anuales que podrían modular el riesgo de muerte a lo largo del año. Otros apuntan a motivos psicológicos o psicosomáticos: desde personas gravemente enfermas que "aguantan" hasta el día de su cumpleaños o muertes generadas por la propia conciencia de la mortalidad y el estrés que esto provoca.

Imagen | Imants Kaziļuns en Unsplash

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No se están dando un besito, se están escaneando: la compleja ciencia detrás del contacto nariz con nariz en el reino animal

No se están dando un besito, se están escaneando: la compleja ciencia detrás del contacto nariz con nariz en el reino animal

El beso para los humanos es sin duda una cumbre del romanticismo humano o del acercamiento entre dos personas, y cuando ponemos el foco en el mundo animal y les vemos haciendo nuestro 'beso esquimal' acercando sus narices creemos que también están romanizando. Pero la realidad es que tocarse las narices de manera mutua no es solo una muestra de afecto, sino una transferencia de datos a alta velocidad. 

Lo que se ha visto. Una nueva revisión científica publicada en 2026 en Evolution and Human Behavior ha puesto orden en décadas de observaciones dispersas a este tipo de comunicación. Su conclusión es bastante clara: desde los murciélagos hasta los cerdos, pasando por las ratas, el contacto 'nariz con nariz' es una de las herramientas de comunicación más sofisticadas de la naturaleza. Y sí, nuestro beso humano podría ser simplemente una versión 2.0 de este antiguo mecanismo biológico. 

El segundo sistema olfativo. Para entender por qué los animales se frotan las narices, primero hay que entender que la mayoría de los mamíferos huelen el mundo en estéreo, pero con dos sistemas distintos. El primero de ello es el sistema olfativo principal que detecta olores volátiles como el olor a lluvia. 

Pero el segundo va mucho más allá, ya que está centrado en el sistema vomeronasal (VMO), que es una estructura especializada en detectar feromonas y sustancias no volátiles. 

Su importancia. Este segundo sistema olfativo es el que nos interesa en este caso, ya que las señales captadas por este órgano no pasan por los filtros habituales del pensamiento racional; se proyectan rápidamente hacia la amígdala y el hipotálamo, los centros de mando de la emoción, la agresión y la conducta sexual. 

De esta manera, cuando dos castores chocan sus hocicos, no se están "saludando" educadamente; se están inyectando información química pura sobre su estado hormonal y salud directamente en el sistema límbico.

El lenguaje de las narices. El contacto de dos narices tiene muchas más funciones que una simple muestra de cariño, y depende de la especie, un toque de nariz puede ser una sentencia de sumisión o un chequeo médico. En el caso de las ratas, el contacto nariz con nariz es una herramienta política. 

La reina utiliza empujones y contactos nasales intensos no para demostrar amor, sino para ejercer dominancia y supresión reproductiva. Es su forma de recordar químicamente a los subordinados quién manda e inhibir su capacidad de reproducirse. 

El éxito de los cerdos. En la ganadería y etología aplicada, el contacto nasal entre lechones es una métrica de rendimiento. Los estudios citados por Rasmussen muestran una correlación directa: mayor frecuencia de contactos nasales se asocia con una mayor ganancia de peso y supervivencia. Esto hace que el contacto funcione como un mecanismo de cohesión social que reduce el estrés y mejora el bienestar del grupo.

El accidente del erizo. Aunque podemos pensar que todos los contactos son sociales, en animales solitarios como el erizo europeo se ha documentado que muchos de estos encuentros son choques accidentales. Básicamente, como cuentan con una muy mala visión, se van aproximando olfativamente hasta chocar. 

Lo interesante es lo que ocurre después en gatos y otros pequeños mamíferos: una inmovilidad repentina. El animal se "cuelga" momentáneamente procesando la sobrecarga sensorial química que acaba de recibir. 

El beso moderno. Aunque nosotros hacemos algo parecido con los besos, incluso con los de esquimal, la verdad es que hemos perdido gran parte de la funcionalidad del órgano vomeronasal. Pero si es cierto que conservamos el comportamiento. 

Un estudio realizado en 2023 publicado en Science desmontó el mito de que el beso es una invención reciente, puesto que ya en Mesopotamia y Egipto se vio que el beso labio a labio existía hace 4.500 años

Su sentido. Los antropólogos sugieren que comportamientos como el hongi maorí, el honi hawaiano o el mal llamado "beso esquimal" (kunik) de los Inuit son los eslabones perdidos. En estas prácticas, el objetivo no es el tacto de los labios, sino compartir el aliento y el olor en una proximidad íntima.

El beso humano, con toda su carga cultural, podría ser un remanente evolutivo de esa necesidad biológica de acercarnos lo suficiente para que nuestros cerebros pudieran "leerse" químicamente el uno al otro. Lo que para un murciélago es un reconocimiento de identidad, para nosotros se ha convertido en una muestra de intimidad, pero el hardware subyacente tiene un origen común: la necesidad de comunicar lo que no se puede decir con palabras (ni con gruñidos).

Imágenes | Simon Hurry 

En Xataka | Parecía un riesgo oculto para los celiacos, pero los besos post-pizza no preocupan a la ciencia


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La noticia No se están dando un besito, se están escaneando: la compleja ciencia detrás del contacto nariz con nariz en el reino animal fue publicada originalmente en Xataka por José A. Lizana .



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