Antes de nada, el conflicto de interés. No me paga el sueldo ninguna farmacéutica, ningún fabricante de marcapasos ni el gurú del bienestar de turno. Esto lo pagáis vosotros, los suscriptores de este Substack. Por eso puedo contaros la versión sin maquillar. Gracias, de verdad.
Ahora que medio planeta está pegado a la pantalla con el Mundial y a todos nos sale la vena patriótica gritando los goles, creo que ya va siendo hora de que los hispanoamericanos levantemos la cabeza. Tenemos que empezar a conocer y a sacar pecho por todo lo que hemos aportado al mundo, y no hablo solo de los que sudan la camiseta en el césped.
Hablo de los que se pusieron la bata, o el mono de trabajo, y cambiaron las reglas del juego.
Así que me ha parecido el momento perfecto para arrancar esta pequeña serie: una alineación titular de científicos ilustres de nuestros países. Nuestra propia selección de estrellas. Y hoy vamos a empezar el campeonato fuerte. Sacamos al campo al delantero titular indiscutible. Señoras y señores, demos la bienvenida a don Jorge Reynolds Pombo.
Le enchufaron el corazón a la batería de un coche. Y latió.
Un ingeniero al que los médicos miraban por encima del hombro construyó un trasto de 45 kilos en Bogotá. Dentro estaba el secreto que hoy llevan medio millón de personas en el pecho.
En 1958, un hombre se estaba muriendo y lo salvaron enchufándolo a una batería de coche. Los mismos que arrancan tu coche. Cables saliendo del pecho de un cura de setenta años al que ya le habían dicho que fuera encargando las flores.
El cacharro pesaba 45 kilos. Más que muchas de las personas a las que iba a mantener con vida. Y el tío que lo construyó no era médico. No sabía latín, no había pisado una facultad de medicina en su vida. Era un “chispas”. Y vio algo.
Su nombre casi no aparece en los libros de medicina. Pero lo que pasó cuando apretó aquel interruptor cambió el destino de un millón de personas que ahora mismo, mientras lees esto, llevan su idea metida en el pecho.
Ya me conocéis. Lo mío son los huesos, y el quirófano de trauma que suena a taller de chapa y pintura. Pero tengo un pasado oscuro que no suelo ir pregonando: antes de la medicina me dejé los codos en la carrera de Ingeniería de Telecomunicaciones. Por eso, hay una parte de mí que, cuando ve un circuito integrado o una placa base, se pone tonta.
Esta historia va de alguien que entendió el cuerpo humano como lo que es: una instalación eléctrica compleja, con sus cables y sus fusibles . He dejado que mi vena ingeniera escriba este artículo. Avisados quedáis.
Bogotá, 1958: la bata contra el muro
Pongámonos en situación. Años cincuenta. La cirugía ya sabe hacer auténticas virguerías: abrir un pecho, coser un corazón, recolocar un fémur astillado... mil cosas. Pero hay un muro contra el que se dan de bruces una y otra vez.
A veces, el corazón no se rompe. Simplemente, se apaga. No es que falle la bomba. Es que falla el interruptor. El paciente está vivo, el músculo está sano, y aun así el corazón se va parando, latido a latido, hasta que se queda frito. Y los médicos, con todo su latín y sus enciclopedias, no tienen ni idea de cómo volver a encenderlo.
Y entonces, a esa habitación llena de batas que no encuentran el interruptor, entra un señor con un destornillador.
Jorge Reynolds Pombo, el “chispas”
Nacido en Bogotá el 22 de junio de 1936 (sí, hoy es su aniversario, motivo de orgullo hispanoamericano donde los haya). Ingeniero eléctrico, formado entre Colombia e Inglaterra. Ni rastro de carrera de medicina en su currículum.
¿Y este qué hace aquí? ¿Qué sabrá un técnico de cables sobre el noble corazón humano?
Reynolds había pillado algo que a los del fonendo se les escapaba. El corazón no es solo biología. Sino que ahí dentro hay cables de verdad. Genera su propia corriente y manda la orden
¡late, maldita sea!
varias veces por minuto. Y si entiendes de corrientes, de electrodos y de voltajes, el problema no es de anatomía. Es electricidad. Así que pasó de las críticas, sacó el soldador y se puso al lío.
El resultado fue un armatoste de 45 kilos alimentado por una batería de coche de 12 voltios. Nada de elegancia ni diseño. Pero la idea que llevaba dentro era de otro planeta: meter unos cables finísimos directos al tejido del corazón y mandarle, desde fuera, el chispazo eléctrico que ya no era capaz de generar.
El primer paciente fue un sacerdote, Gerardo Flórez, que había llegado a Bogotá con el corazón apagándose y llamando a las puertas de San Pedro. Desahuciado. Le conectaron los cables. Apretaron el interruptor. Chispazo.
El corazón latió. Y siguió latiendo, marcado por aquel motor de arranque gigantesco que el pobre hombre tenía que llevar a rastras. Pero latía. Y eso, en 1958, era pura ciencia ficción.
El mito que nos venden (y por qué es mentira)
Aquí viene la parte que te van a contar mal en los libros oficiales. Cuando preguntas quién inventó el marcapasos, la historia te da una respuesta de portada de revista: Suecia, 1958, un equipo de médicos rubios, un paciente, una fecha bonita. Fin.
Esa versión es comodísima. Tiene un héroe con bata, un país del primer mundo y un final de película. Es marketizable, como diría cualquier vendehúmos de manual.
Solo tiene un problema. A finales de los cincuenta no había un inventor iluminado. Había media docena de científicos en distintos puntos del planeta, sin saber los unos de los otros. Un norteamericano en un garaje de Minnesota. Un sueco con una resina y un molde. Y un colombiano con una batería de coche y los bemoles muy bien puestos.
La historia, que es muy de capital y muy poco de provincias, se quedó con la versión que mejor vestía para la foto.
Y mientras tanto, en Estocolmo...
Pero hagamos justicia a los otros, que también se lo curraron. El 8 de octubre de 1958, en Estocolmo, a un paciente llamado Arne Larsson le metieron dentro del cuerpo el primer marcapasos implantable de la historia. Lo había fabricado el ingeniero Rune Elmqvist. Otra vez un ingeniero salvando los muebles, fíjate qué casualidad. Dentro de un molde de resina con forma de vasito de plástico. Lo operó el cirujano Åke Senning.
¿El final? El primer aparato aguantó unas pocas horas. A la mañana siguiente tuvieron que abrirlo y cambiarlo. Una chapuza gloriosa. Sin embargo, Arne Larsson, el primer humano con un marcapasos interno, vivió cuarenta y tres años más. Por el camino gastó veintiséis aparatos. Y murió en 2001, con 86 añazos, de algo que no tenía absolutamente nada que ver con el corazón.
Enterró a su cirujano, enterró a su ingeniero. El paciente sobrevivió a los dos genios que lo salvaron.
Lo que de verdad pasa dentro de tu chasis
Vale, dejemos a los inventores en paz un rato y vámonos a tu pecho, que es lo que nos interesa. ¿Cómo demonios funciona el corazón y qué carajo tiene eso que ver con la electricidad?
Arriba del todo, en la aurícula derecha, tienes a un director de orquesta que marca el ritmo. Da un golpe de batuta unas sesenta veces por minuto y todo el corazón obedece. Los de la bata a ese director lo llamamos el nodo sinusal. Es tu marcapasos de fábrica, el que traes de serie.
Ese golpe de batuta viaja por un cableado interno hasta una segunda estación que hace las veces de semáforo: retiene el impulso una décima de segundo (lo justito para que las cámaras de arriba terminen de vaciarse) y luego lo deja pasar a las de abajo. Esa estación de paso es el nodo auriculoventricular.
¿Qué pasa cuando esto se fastidia? Pues lo mismo que en una casa vieja: los cables se vuelven duros, se llenan de óxido, dejan de conducir bien. La señal sale del director pero no llega abajo. Salta el plomo. A eso lo llamamos bloqueo, y es una de las razones más típicas por las que a alguien le ponen un marcapasos.
Y aquí tienes la idea brutal de Reynolds y de toda aquella panda de frikis: si el interruptor de fábrica ya no manda la orden, le metemos uno de repuesto que la mande por él. No nos liamos a intentar arreglar el cable roto. Tu corazón no se cura. Se resetea. Para siempre.
El final loquísimo: las ballenas
Y ahora, el momento en que Reynolds se pasa el juego. Porque el hombre no se conformó con el mueble de 45 kilos. Se obsesionó con la pregunta:
quiero entender el corazón más bestia del planeta, ¿de quién es?
Bingo. De la ballena. Un corazón del tamaño de un Seat Ibiza que late en las profundidades durante un siglo sin griparse.
Así que Reynolds se echó al mar. El “chispas” de Bogotá, ya con setenta y pico años, persiguiendo cetáceos gigantes para preguntarle a la naturaleza cómo se construye un motor infinito. Inventó unos dardos con sensores (básicamente electrodos gigantes resistentes al agua salada) que se disparaban desde barcos y submarinos para pegarse temporalmente a la piel de ballenas jorobadas en mar abierto.
Con eso, consiguió registrar por primera vez en la historia el electrocardiograma de una ballena nadando en libertad. Su objetivo era diseccionar cómo narices se transmitía el impulso eléctrico en una masa muscular tan inmensa sin perder fuerza, sin cortocircuitarse y con una eficiencia perfecta.
¿Y para qué semejante locura? Para diseñar un marcapasos del tamaño de un tercio de un grano de arroz. Sin batería. Que se alimenta de la propia energía mecánica del latido del corazón. Aunque esta tecnología tan extrema está en fases de desarrollo y experimentación, representa el culmen de su carrera.
Reynolds salvó esa primera vida con una dichosa batería de coche. Con lo que tenía a mano en la Bogotá del 58. Eso es el ingenio del que no tiene medios. El “apaño” elevado a obra de arte.
Y eso en nuestra cultura hispana lo entendemos a la perfección. La cultura de MacGyver, del que mira un problema imposible, se rasca la barbilla y dice:
tranquilo, que esto lo apaño yo
Todo arde si le aplicas la chispa adecuada
Como cantaba Bunbury con los Héroes del Silencio, todo arde si le aplicas la chispa adecuada. Aquella noche en Bogotá, un “chispas” que sobraba le aplicó la chispa exacta a un motor que se apagaba.
Este artículo tiene trampa, pero de las honestas. ¿Inventó Jorge Reynolds Pombo “el marcapasos”? Depende de a quién le preguntes y de qué se considere “el primero”. Su aparato de 1958 era externo y convivió en el tiempo con el primer implantable sueco de ese mismísimo año y con los pioneros yanquis. Hay historiadores que le dan la corona y otros que se la pelean.
Lo que absolutamente nadie le discute es que estuvo ahí, en plena carrera mundial, resolviendo con una batería de coche de 12 voltios lo que el primer mundo intentaba con presupuestos obscenos.
¡Cuéntame qué otro cientifico quieres ver en la plantilla de nuestro equipo común HISPANO! Pero que tenga una historia por lo menos la mitad de buena que nuestro Jorge Reynolds.
Fuentes
“Jorge Reynolds: The Colombian Inventor of the Pacemaker”. Colombia One, 2026. https://colombiaone.com/2026/01/21/jorge-reynolds-colombia-inventor-pacemaker/
“Jorge Reynolds, el hombre que no inventó el marcapasos”. ASMEDAS Antioquia, 2019. https://asmedasantioquia.org/2019/06/29/jorge-reynolds-el-hombre-que-no-invento-el-marcapasos/
“Jorge Reynolds: del corazón de las ballenas al corazón de los humanos”. Nómadas, Universidad Central. https://nomadas.ucentral.edu.co/index.php/inicio/30-las-guerras-contemporaneoas-nomadas-19/758-jorge-reynolds-del-corazon-de-las-ballenas-al-corazon-de-los-humanos
“A Lifesaver in a Plastic Cup”. Siemens Healthineers MedMuseum. https://www.medmuseum.siemens-healthineers.com/en/stories-from-the-museum/herzschrittmacher
“Nodo sinusal: donde nace el impulso eléctrico del corazón”. Fundación Cardioinfantil (SHAIO). https://www.shaio.org/nodo-sinusal-marcapasos-natural
“¿Cómo funcionan los marcapasos? ¿En qué casos se utilizan?”. Cardio Don Benito. https://cardiodonbenito.com/como-funcionan-marcapasos/
☞ El artículo completo original de La traumatóloga geek lo puedes ver aquí


