25 de mayo de 2026

Creíamos que asaltar la nevera de madrugada era falta de voluntad. La ciencia ha descubierto al verdadero culpable

Creíamos que asaltar la nevera de madrugada era falta de voluntad. La ciencia ha descubierto al verdadero culpable

Cuando llega la noche, hay mucha gente que no concibe estar viendo una serie sin algo entre las manos para comer, y no precisamente un poco de zanahoria, sino un poco de helado o algún bollo ultraprocesado. Tradicionalmente, la cultura popular y las dietas de moda han despachado este comportamiento como una simple "falta de fuerza de voluntad" o un capricho goloso. Sin embargo, la evidencia científica más reciente apunta a que no es gula, sino el estrés crónico tomando el control. 

La alimentación nocturna. Comer por la noche no siempre es un trastorno, pero la literatura médica lleva décadas delimitando cuándo se cruza la línea. Ya en 1955, un investigador definió las bases del llamado síndrome de alimentación nocturna (NES, por sus siglas en inglés), caracterizado por una curiosa tríada: falta de apetito por la mañana, hiperfagia al final del día e insomnio con despertares para asaltar la despensa en mitad de la noche. 

Hoy en día, los criterios diagnósticos se han actualizado y apuntan a que este síndrome se padece cuando se consumen más del 25% de las calorías diarias después de la cena, o si hay dos o más episodios de atracones nocturnos a la semana durante al menos tres meses. 

El detonante no es otro que el odiado estrés y la desregulación emocional. Aquí diversos estudios apuntan a que este picoteo nocturno se asocia a un estado de ánimo deprimido, niveles elevados de estrés y la necesidad de comer para encontrar un poco de conforto tras un día bastante complicado. 

El reloj biológico. Cuando comemos tarde, habitualmente después de las nueve de la noche, o en las dos horas previas a dormir, la realidad es que estamos mandando señales contradictorias a nuestro 'primigenio' sistema endocrino. Por un lado, comer de noche prolonga la elevación del cortisol, que es la hormona del estrés, en un momento en el que debería estar en sus niveles más bajos para preparar al cuerpo para dormir. 

De esta manera, el cuerpo aplaza la secreción de la hormona que induce el sueño, que es la melatonina, y se alteran los receptores de serotonina y dopamina para responder a la ingesta de comida.

Un cóctel explosivo. Quizá uno de los hallazgos más sorprendentes recientes es el impacto devastador que esta combinación tiene sobre nuestro sistema digestivo, ya que si cruzamos un alto nivel de estrés con cenas tardías o visitas nocturnas a la nevera, el resultado es catastrófico para la microbiota.

La ciencia apunta a que quienes combinan malos hábitos de sueño, estrés y comida, tienen hasta 2,5 veces más probabilidades de ver su salud intestinal mermada, presentando además una diversidad notablemente menor en las bacterias de su microbioma.

La pescadilla que se muerde la cola. Al final, nos encontramos ante un ciclo vicioso de manual, maravillosamente documentado por la Universidad de Arizona. Según sus investigaciones, el 60% de los adultos confiesa picar por la noche de manera regular. De ellos, dos tercios admiten que es precisamente la falta de sueño la que desencadena los antojos de comida basura. Pero precisamente comer a estas horas hace que se tenga menos sueño. Y así sucesivamente. 

Imágenes | freepik

En Xataka | A los españoles nos encanta cenar a las 21:30 e incluso a las 22:00. Quien está pagando el precio es nuestro cuerpo

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Cómo evitar la fatiga ocular trabajando 8 horas en pantalla: regla 20-20-20, monitor E-Ink y los mitos del filtro de luz azul

Ilustración editorial flat vector de ojo con reloj 20-20-20 y monitor en paleta lavender y peach

La fatiga ocular trabajando 8 horas frente a pantalla en 2026 se previene con tres medidas técnicas y dos de hábito: iluminación ambiente que no contraste violentamente con el monitor (luz indirecta neutra de 3.500-4.500 K), monitor a altura del ojo y distancia de un brazo extendido (50-70 cm), resolución del monitor sin escalado abusivo para no forzar el enfoque, regla 20-20-20 cada 20 minutos (mirar a 20 pies/6 metros durante 20 segundos) validada por la American Academy of Ophthalmology, y parpadeo consciente porque la frecuencia de parpadeo baja de 15 a 5 veces por minuto al fijar pantalla, generando sequedad. Las gafas con filtro de luz azul son marketing: estudios de la Universidad de Granada en 2020 y la Cochrane Library en 2023 confirman que no reducen fatiga ni mejoran sueño. Llevo trabajando 10-12 horas diarias frente a monitor desde 2010 y la lección que mejor resume quince años es esta: el problema casi nunca es la luz azul; es la postura del cuello y la sequedad ocular.

Lo cuento porque la industria de las gafas filtro azul ha generado decenas de millones de euros vendiendo solución a un problema mal definido. Mientras tanto, el dolor cervical crónico, la sequedad ocular real y la pérdida de agudeza por enfocar constantemente a 50 cm quedan sin abordar. La fatiga ocular existe; la solución correcta no es lo que vende Amazon.

¿Qué dice la ciencia y qué dice el marketing sobre la luz azul?

La narrativa popular es que la luz azul de 380-500 nm emitida por móviles, monitores y LEDs causa fatiga ocular, daño retinal e insomnio. La realidad científica es más matizada:

Daño retinal: a las intensidades emitidas por dispositivos electrónicos, no hay evidencia clínica de daño retinal en humanos. Estudios de la AAO (American Academy of Ophthalmology) y posicionamiento oficial desde 2019 son consistentes: la luz azul de pantallas NO daña la retina ni acelera degeneración macular en humanos. Solo intensidades mucho mayores (sol directo, soldadura sin protección) tienen efecto demostrado.

Insomnio: la luz azul sí afecta a melatonina y por tanto al ritmo circadiano, pero no la luz azul de cualquier hora. El efecto significativo es en las 2-3 horas antes de dormir. Filtrar luz azul a las 11:00 de la mañana no tiene sentido biológico; activar el modo nocturno automático del móvil tras la puesta del sol sí.

Fatiga ocular: los estudios bien diseñados (incluido el metaanálisis Cochrane 2023 sobre filtros luz azul) concluyen que no hay diferencia significativa de fatiga entre usuarios con y sin filtro. La causa real de la fatiga es postura, distancia, sequedad y deshidratación, no la longitud de onda.

Para entender el contexto físico de cómo configurar el puesto correctamente, esta guía sobre ergonomía digital para colocar pantalla, silla y teclado sin destrozarte la espalda cubre el factor mecánico que más afecta a tu cuerpo en jornadas largas.

Las cinco medidas que sí funcionan

1. Iluminación ambiente equilibrada. La fatiga ocular sube cuando trabajas con monitor brillante en habitación a oscuras: tu pupila se contrae por el monitor y se dilata por el cuarto cada vez que apartas la vista. Solución: lámpara de escritorio de 800-1.200 lúmenes con temperatura 3.500-4.500 K apuntando a la pared o techo (no directamente al monitor para evitar reflejos). Coste: 35-80 euros por una lámpara LED decente tipo BenQ ScreenBar a 129 euros o BenQ Halo a 199 euros si quieres lo premium.

2. Altura y distancia del monitor. Borde superior del monitor a la altura de los ojos, monitor a 50-70 cm de distancia (un brazo extendido). Si tienes monitor demasiado bajo, el cuello se inclina 15-45° hacia delante y carga las vértebras cervicales por 3-5. Un brazo articulado VESA de 35-80 euros elimina el problema permanentemente.

3. Resolución y escalado. Texto pequeño forzado (4K a 24 pulgadas sin escalado) o texto demasiado grande borroso (escalado 175% en aplicaciones que no lo soportan) genera fatiga acumulada. La regla práctica: 27 pulgadas QHD 2560×1440 con escalado 100% es el sweet spot para 8 horas diarias.

4. Regla 20-20-20 obligatoria. Validada por la American Academy of Ophthalmology desde 2010: cada 20 minutos de pantalla, mira algo a 20 pies (6 metros) durante 20 segundos. Tu sistema de enfoque acomodativo se relaja, reduces fatiga del músculo ciliar. Apps como Eye Care 20 20 20 (gratis Mac/Windows) o Stretchly te recuerdan automáticamente. Sin recordatorio externo, el 80% de usuarios no lo hace.

5. Parpadeo consciente y lágrimas artificiales. La frecuencia de parpadeo baja de 15 a 5 veces por minuto al fijar pantalla. Resultado: sequedad ocular que se siente como fatiga. Solución: parpadear conscientemente cada minuto durante una sesión activa (te acostumbras en una semana), y gotas oftálmicas de lágrima artificial sin conservantes (Hyabak, Optava, Systane) 2-3 veces al día.

Para mantener el ritmo de descanso entre sesiones largas, esta guía sobre tecnología para dormir mejor con apps, wearables y gadgets del sueño en 2026 cubre el descanso nocturno que afecta directamente la tolerancia ocular del día siguiente.

Monitor E-Ink, modo lectura y trucos avanzados

Para usuarios que pasan 6-8 horas leyendo texto (programadores, escritores, abogados, académicos), los monitores E-Ink han madurado en 2024-2026 como alternativa seria. Onyx Boox Mira Pro 25,3 pulgadas a 1.799 euros y Daylight Computer DC-1 a 729 euros ofrecen pantalla de tinta electrónica con refresco aceptable para texto.

La pega: lentos en vídeo o gaming, color limitado o ausente, mucho más caros que monitores LCD equivalentes. Para uso 95% texto, justificable; para uso mixto, no.

Alternativa más asequible: el modo lectura del navegador (Safari Reader, Edge Reading Mode, Firefox Reader View) convierte cualquier artículo en formato limpio sin distracciones, con tipografía y fondo configurables. Combinado con modo oscuro a partir del atardecer (built-in Windows 11, macOS, Android, iOS desde 2018), reduce fatiga sin gadget adicional.

Las gafas de descanso visual con lentes neutras de baja potencia (+0,25 a +0,50 dioptías) recetadas por optometrista sí ayudan a usuarios con fatiga acomodativa documentada. No son las gafas filtro azul de Amazon (sin receta, sin estudio); son lentes específicas tras revisión profesional. Coste: 80-180 euros con optometrista.

Mi valoración

Lo que más me convence del estado actual es que la conciencia sobre ergonomía digital ha crecido drásticamente post-pandemia. En 2019 mencionar «regla 20-20-20» en oficina te miraban raro; en 2026 muchas empresas la integran en formación de salud laboral. La cultura cambió aunque el marketing siga vendiendo soluciones falsas.

Lo que más me preocupa es la persistencia del mito de la luz azul alimentado por marcas como BluBlocker, Felix Gray, BenQ ScreenBar (la lámpara es excelente pero su marketing exagera el papel de luz azul). Pagar 80-150 euros por gafas filtro azul es desviar presupuesto que daría más resultado en monitor mejor, lámpara de escritorio decente o sesión con optometrista. Mi predicción a 12 meses es que la regulación europea de publicidad sanitaria apriete las afirmaciones de marcas de gafas filtro azul tras varias denuncias de OCU y BEUC.

Lo más estructuralmente significativo es que trabajar 8 horas frente a pantalla es relativamente reciente en evolución humana —menos de 40 años a escala masiva— y nuestro sistema visual no está optimizado para enfoque sostenido a 50 cm. Esta guía sobre minimalismo digital para reducir el ruido tecnológico sin volver a la edad de piedra cubre el cambio cultural mayor: reducir tiempo total de pantalla cuando sea posible es la prevención más efectiva. Mi apuesta práctica: monitor 27″ QHD bien colocado + lámpara de escritorio BenQ ScreenBar Halo a 199 euros + regla 20-20-20 con app recordatorio + revisión optométrica anual + gotas Hyabak a demanda. Total inversión inicial ~350 euros que cambia jornadas enteras.

Preguntas frecuentes

¿Las gafas con filtro de luz azul reducen la fatiga ocular?

No, según evidencia científica disponible en 2026. Estudios independientes —Universidad de Granada 2020, Cochrane Library 2023, posicionamiento oficial AAO desde 2019— concluyen que no hay diferencia significativa de fatiga entre usuarios con y sin filtro azul. La causa real de la fatiga es postura, distancia, sequedad y deshidratación, no la longitud de onda. Las gafas filtro azul sin receta vendidas en Amazon o tiendas no especializadas son marketing, no medicina. Solo gafas con lentes neutras de baja potencia recetadas por optometrista ayudan a fatiga acomodativa documentada.

¿Qué es la regla 20-20-20 y funciona realmente?

Sí, validada por la American Academy of Ophthalmology desde 2010. Consiste en: cada 20 minutos de pantalla, mira algo a 20 pies (6 metros) durante 20 segundos. Esto relaja el músculo ciliar que enfoca tu cristalino, reduciendo fatiga acumulada. Sin recordatorio externo, el 80% de usuarios no lo cumple. Apps como Eye Care 20 20 20 (gratis Mac/Windows), Stretchly o Time Out te avisan automáticamente. Coste cero, efecto medible en una semana de aplicación constante.

¿Monitor E-Ink tipo Daylight Computer merece la pena para fatiga ocular?

Solo si trabajas 90%+ con texto (programación, escritura, lectura académica) y aceptas las limitaciones técnicas. Daylight Computer DC-1 a 729 euros y Onyx Boox Mira Pro 25,3″ a 1.799 euros ofrecen pantalla de tinta electrónica con refresco aceptable para texto. Las pegas: lentos en vídeo o gaming, color limitado o ausente, más caros que monitores LCD equivalentes. Para uso mixto, un monitor 27″ QHD bien colocado por 250 euros + lámpara escritorio BenQ ScreenBar a 129 euros es alternativa más rentable y suficiente para el 90% de usuarios.




☞ El artículo completo original de Juan Diego Polo lo puedes ver aquí

Científicos alertan en Science que la política ambiental de Chile está en riesgo tras la retirada de 43 decretos

Una carta publicada en la revista Science advierte que la paralización de normas ambientales impulsada por el Gobierno de José Antonio Kast compromete avances en biodiversidad, acción climática y certeza regulatoria. Los autores de la misiva sostienen que la medida debilita la gobernanza ambiental del país y pone en entredicho su capacidad para cumplir metas internacionales.

La advertencia llega a una de las principales revistas científicas del mundo

La preocupación por el rumbo ambiental de Chile alcanzó esta semana visibilidad internacional. En una carta publicada en Science, los investigadores Juan G. NavedoHugo A. BenítezCristina Dorador, y Luis Vargas-Chacoff advirtieron que la retirada de 43 decretos ambientales impulsada por el Ejecutivo representa una amenaza para la continuidad de políticas públicas desarrolladas durante varios años en materias como conservación, cambio climático y salud ambiental.

El texto, titulado “Chile’s environmental policy at risk”, sostiene que la decisión adoptada al inicio de la nueva administración no solo afecta procedimientos regulatorios concretos, sino que además instala una señal de inestabilidad institucional en un ámbito que requiere planificación de largo plazo, coordinación intersectorial y cumplimiento sostenido de compromisos internacionales. Según la carta, seis de los decretos retirados fueron reingresados a tramitación, mientras que otros 37 continúan en evaluación.

La publicación se suma a las alertas ya planteadas en Chile por parte de la comunidad científica y recogidas por medios nacionales. Varios investigadores calificaron la medida como “un retroceso sustancial para la conservación”, al considerar que sus efectos podrían ir más allá del ámbito administrativo y repercutir sobre ecosistemas estratégicos, políticas climáticas y herramientas de protección ambiental.

Qué normas están en juego

Uno de los puntos centrales de la carta es el impacto de esta decisión sobre la Ley Marco de Cambio Climático y la implementación del Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP). Los autores explican que siete de los decretos retirados estaban vinculados precisamente a instrumentos contemplados en esa ley, entre ellos mecanismos como los mercados de compensación de gases de efecto invernadero y disposiciones necesarias para poner en marcha la nueva institucionalidad de biodiversidad.

A juicio de los investigadores, el retraso de estas normas puede debilitar los marcos legales que permiten desarrollar certificados transables asociados a reducción de dióxido de carbono, gestión de biodiversidad y servicios ecosistémicos. Esa dimensión es especialmente sensible porque conecta la regulación ambiental con mecanismos de financiación pública y privada destinados a apoyar resultados verificables de conservación. Si esos instrumentos se frenan, advierten, también se dificulta cerrar la brecha de financiación para la biodiversidad en línea con el Marco Global de Biodiversidad Kunming-Montreal.

En términos prácticos, lo que está en disputa no es únicamente la vigencia de una serie de decretos, sino el andamiaje normativo que permite traducir compromisos ambientales en políticas operativas, incentivos económicos y reglas estables para la acción pública y privada. Esa estabilidad, sostienen, es indispensable para que la transición ecológica no dependa de cambios coyunturales de gobierno.

Salares protegidos y presión por el litio

La carta pone además especial atención sobre los ecosistemas altoandinos. Entre los decretos retirados se encontraban propuestas orientadas a establecer una red de salares protegidos, con el objetivo de resguardar al menos un 30% de estos ecosistemas frente a la extracción de litio, en coherencia con la meta global de proteger el 30% de la superficie terrestre y marina para 2030.

El punto no es menor. Chile figura entre los países con mayores reservas de litio del mundo, por lo que enfrenta crecientes presiones para expandir la explotación de este recurso en un contexto de demanda global asociada a la transición energética. Sin embargo, los salares son ecosistemas frágiles, con equilibrios hidrológicos delicados y una biodiversidad altamente especializada. Para los autores, cualquier retroceso en su protección supone un riesgo doble: por un lado, para la conservación de ecosistemas únicos; por otro, para la credibilidad del país en materia de sostenibilidad.

Esa tensión entre desarrollo extractivo y resguardo ambiental influiría en la paralización regulatoria, afectando directamente iniciativas de conservación y mecanismos orientados a limitar los impactos de actividades productivas sobre especies, áreas protegidas y salud ambiental.

La continuidad de la política ambiental no debería depender del ciclo político

Más allá del detalle técnico de cada decreto, el mensaje de fondo de la carta es político e institucional: el avance de Chile hacia una economía sostenible no debería quedar supeditado a los cambios de administración. Los investigadores advierten que una gobernanza ambiental robusta exige continuidad, previsibilidad y respeto por marcos regulatorios construidos a lo largo del tiempo, especialmente cuando esos marcos responden a obligaciones legales previas y a compromisos internacionales vigentes.

De hecho, los autores señalan que en 21 de los decretos retirados ya existían plazos establecidos por leyes anteriores para su redacción y promulgación. Si esos plazos no se cumplen sin una justificación explícita, las normas podrían incluso perder fuerza legal. Desde esa perspectiva, el problema no se limita al retraso administrativo, sino que afecta la capacidad del Estado para sostener políticas ambientales basadas en evidencia y con proyección de largo plazo.

La carta plantea que este tipo de reversas resulta difícil de conciliar tanto con el interés social como con los compromisos asumidos por Chile en acuerdos internacionales sobre clima y biodiversidad. En otras palabras, la señal que proyecta el país no solo se observa internamente: también es leída por organismos multilaterales, inversores, empresas y actores internacionales que siguen de cerca la consistencia de su trayectoria ambiental.

Transparencia y certeza regulatoria

Frente a este escenario, los firmantes piden que el Gobierno transparente los criterios con los que está evaluando los 37 decretos pendientes y explique con claridad las razones de sus decisiones finales. A su juicio, una comunicación pública oportuna y fundamentada permitiría reducir la incertidumbre y entregar señales más consistentes tanto a los actores nacionales como a las comunidades internacionales interesadas en la sostenibilidad y la inversión verde.

El llamado apunta a un aspecto clave del debate ambiental contemporáneo: la certeza regulatoria. En un contexto global en el que clima, biodiversidad, inversión y desarrollo productivo están cada vez más entrelazados, la fortaleza de las instituciones ambientales se ha convertido en un factor estratégico. Cuando esa fortaleza se debilita o se vuelve impredecible, no solo se ralentizan políticas públicas; también se erosiona la confianza de quienes deben planificar proyectos, orientar financiación o evaluar el cumplimiento de estándares internacionales.

Más que una controversia administrativa

La publicación de esta carta en Science amplifica una discusión que ya venía instalándose en Chile, pero la sitúa en un plano de mayor alcance. No se trata únicamente de una controversia administrativa sobre decretos retirados o reingresados, sino de una disputa sobre el tipo de gobernanza ambiental que el país quiere sostener en un momento decisivo para su futuro ecológico y productivo.

En un país con ecosistemas únicos, alta presión extractiva y un rol creciente en la economía verde global, la estabilidad de la política ambiental no aparece como un asunto secundario. Para los autores, su debilitamiento compromete simultáneamente la protección de la biodiversidad, la acción climática y la capacidad del Estado para actuar con coherencia frente a desafíos de largo plazo. La advertencia, por tanto, trasciende el caso puntual de los 43 decretos: pone sobre la mesa la pregunta de si Chile mantendrá una política ambiental como política de Estado o si esta quedará expuesta a los vaivenes de cada ciclo político.

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Los astrónomos tienen clarísimo que hay vida extraterrestre. También que tardaremos 1.500 años en encontrarla

Los astrónomos tienen clarísimo que hay vida extraterrestre. También que tardaremos 1.500 años en encontrarla

Llevamos casi un siglo enviando señales hacia el cosmos a través de transmisiones de radio de alta potencia o incluso con los radares militares que hay alrededor de todo el planeta. Poco a poco, la humanidad ha ido creando una "burbuja" electromagnética que se expande a la velocidad de la luz, pero para desgracia de algunos, todavía no hemos recibido una respuesta a todas estas señales, y es fácil caer en el pesimismo sobre la ausencia de otros seres vivos más allá de nuestra atmósfera.

Las matemáticas. La cuestión aquí no es si conectaremos con la inteligencia extraterrestre, sino cuándo. Y aquí la comunidad científica cuenta con un gran optimismo, puesto que la comunidad astronómica no se basa en avistamiento de ovnis, sino en la estadística pura. Aquí instituciones como el SETI llevan décadas escaneando el cielo, y aunque todavía no hay evidencia de interferencia o señales de origen artificial, la convicción de que no estamos solos es más fuerte que nunca. 

La burbuja. Para entender por qué los científicos están tan seguros de esto, primero hay que mirar la escala del problema que está en nuestra Vía Láctea, que cuenta con 100.000 años luz de diámetro. Esta cifra tan monstruosa choca contra nuestra burbuja de radio que apenas roza los 100 años luz, por lo que a escala galáctica, ni siquiera hemos cruzado la calle. 

Aquí es donde entra en juego la famosa paradoja de Fermi, que apunta a que, si el universo es tan vasto y antiguo, debería haber alguien a nuestro alrededor, y es por eso que la pregunta que se hizo este investigador pasó a la historia: ¿dónde está todo el mundo? La respuesta más respaldada por la astrobiología moderna se apoya en el "Principio de Mediocridad", un concepto astronómico que sostiene que la Tierra no tiene nada de especial y apunta a que, si la vida surgió aquí bajo ciertas condiciones físicas y químicas, es estadísticamente inevitable que haya surgido en una fracción de los miles de millones de exoplanetas que orbitan zonas habitables en nuestra galaxia.

Se sigue investigando. En 2016, un influyente estudio de la Universidad de Cornell puso números a esta paradoja. Para ello, se cruzó la ecuación de Drake con la expansión de nuestra burbuja de radio con el objetivo de calcular cuánto tendría que viajar nuestra señal para alcanzar un número suficiente de estrellas que garantizara, por pura probabilidad estadística, una respuesta.

El resultado arrojó una cifra que se ha convertido en una referencia recurrente en la divulgación espacial: el contacto no debería esperarse antes de unos 1.500 años. Según este modelo matemático, que nuestras señales lleguen a oídos extraterrestres requiere que abarquemos al menos la mitad de la galaxia. Hasta entonces, parecerá que estamos solos, aunque el universo rebose de vida.

¿Dónde buscamos? Mientras que el reloj de los 1.500 años sigue corriendo, los científicos no se quedan de brazos cruzados, y es por eso que tenemos iniciativas como la del SETI que no solo buscan escuchar algo, sino entender cómo deberíamos escucharlo. Y es que durante décadas, la búsqueda de vida se ha centrado en frecuencias de radio muy específicas, destacando la famosa línea de emisión de hidrógeno de 1420 MHz, asumiendo que cualquier civilización avanzada usaría esa frecuencia universal para comunicarse. Pero... ¿Y si no es así?

Nuevos enfoques apuestan por diversificar la búsqueda hacia tecnofirmas más amplias, puesto que ya no se trata solo de buscar un "hola" intencionado en forma de onda de radio, sino de detectar la contaminación electromagnética de otras civilizaciones, el uso de láseres ópticos para comunicación interplanetaria, o incluso buscar señales en frecuencias de radio de baja frecuencia que hasta ahora habían sido ignoradas o descartadas por la interferencia terrestre.

Imágenes | Graham Holtshausen 

En Xataka | Si queremos encontrar vida extraterrestre, ya sabemos en qué punto del espacio debemos buscar: la "zona terminator"

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Llevamos años preocupados por los "falsos positivos". El problema es otro: encontrar vida extraterrestre e ignorarla

Llevamos años preocupados por los "falsos positivos". El problema es otro: encontrar vida extraterrestre e ignorarla

Estamos acostumbradísimos a escuchar que alguien ha encontrado posibles signos de vida en el espacio. Luego nunca se encuentra vida, pero el rastro parece estar ahí. Todos esos hallazgos suelen acabar siendo falsos positivos, algo con lo que los astrobiólogos están más que familiarizados. Sin embargo, según un estudio que se acaba de publicar en Nature Astronomy, podrían estar pasando por alto los falsos negativos y eso sí que sería grave.

Pasar la vida de largo. Lo que señalan los autores de este estudio es que los falsos negativos podrían ser más comunes de lo que pensamos. Es decir, muchas de las veces que se concluye claramente que no hay vida en un lugar del espacio, podría ser que sí existiese, pero se hubiese pasado de largo sin detectarla. 

Las causas. Podría haber tres motivos por los que se dan esos falsos negativos. Por un lado, que no se preserven huellas de vida. Es decir, existe o ha existido, pero no ha dejado un rastro detectable. También podría ser que esa huella sea difícilmente detectable. O, quizás, que los métodos que se usan para detectarla tengan limitaciones. 

En esa línea, los autores del estudio ponen un ejemplo. Imaginemos que hay un ser vivo que, a través de sus reacciones metabólicas, genera algún gas que se entienda como rastro de vida. Quizás oxígeno o metano. Pero imaginemos también que hay una actividad geológica en ese lugar que capta ese gas del ambiente. No daría tiempo a medirlo. Por eso, habría que abarcar la detección de vida desde otros puntos.

Los riesgos. Hay dos riesgos principales de no prestar atención a los falsos negativos. Por un lado, se le estaría restando prioridad a instrumentos que ayudarían a encontrar aún más rastros de vida. Si no encontramos nada que justifique su desarrollo, limitamos las posibilidades de seguir buscando. Por otro lado, si no se busca vida adecuadamente, se podrían explotar recursos de otros planetas en los que se encuentre dicha vida. La destruiríamos antes de saber ni siquiera que existió. 

Soluciones. Estos científicos creen que la búsqueda de patrones mediante inteligencia artificial podría ser una opción. Si hasta ahora los métodos habituales no han funcionado, quizás habría que pedirle a un algoritmo que detecte patrones que nos han pasado desapercibidos para encontrar nuevas vías de búsqueda. 

En esa misma línea, también habría que estudiar mejor el terreno y prestar atención a anomalías. Por ejemplo, si en un planeta se detecta un tipo de oxidación poco convencional, inexplicable con lo que conocemos en la Tierra, podría ser que estuviese asociada a alguna forma de vida. Quizás no se parezca a la oxidación que llevan a cabo los seres vivos terrestres, ¿pero quién dice que deba ser igual? Hay que pensar fuera de la caja.

Combinar distintos tipos de trabajo. En definitiva, estos científicos consideran que para buscar vida adecuadamente hay que combinar experimentos de laboratorio con modelización y trabajo de campo. Pero, sobre todo, es importante cambiar las preguntas que nos hacemos. 

¿Y si se ha encontrado ya? En 2019, un ex científico de la NASA contó en un artículo para Scientific American que, según él, su agencia encontró vida en Marte, pero la destruyó sin querer. Supuestamente, todo ocurrió en la década de 1970, en un experimento que formaba parte de la misión Viking. Este consistía en depositar nutrientes en el suelo y comprobar si se producían gases típicos de la descomposición microbiana. Después, para asegurar que no fuese casualidad, repetirían el proceso, pero añadiendo al suelo una sustancia letal para organismos vivos. En ese caso, no se deberían producir los gases. Y no, no se produjeron, así que había algo vivo generando los gases. 

Fue una gran noticia, pero la NASA no llegó a publicar ese resultado, porque al intentar replicar el experimento dio negativo. En ciencia es muy importante replicar los resultados, así que concluyeron que debió ser un falso positivo. Sin embargo, este ex miembro de la NASA, Gilbert V. Levin, considera que destruyeron la vida sin querer y por eso no pudieron replicarlo. Esta no deja de ser una anécdota. Lo más probable es que, efectivamente, no hubiesen encontrado vida. Sin embargo, esta historia demuestra que siempre estamos más predispuestos al falso positivo que al falso negativo. Habría que cambiar un poco el foco. Quizás así encontremos por fin algo de vida más allá de nuestro propio planeta. 

Imágenes | Eric Erbe y Christopher Pooley (imagen ilustrativa de E.coli, no tiene que ver con el estudio)/ Brett Ritchie (Unsplash)

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La noticia Llevamos años preocupados por los "falsos positivos". El problema es otro: encontrar vida extraterrestre e ignorarla fue publicada originalmente en Xataka por Azucena Martín .



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