
Los inspectores de abejas de Carolina del Sur describen la batalla que libra Estados Unidos contra un invasor diminuto, pero devastador, con citas bíblicas. Hablamos del avispón asiático de patas amarillas, un depredador que, en apenas tres años, ha pasado de llegar oculto en un carguero a obligar a desplegar miles de trampas, rastreadores electrónicos y equipos especializados para evitar que convierta una de las regiones con mayor población de abejas del país en un inmenso bufé.
La invasión silenciosa. Jackie Currie contaba al New York Times que llevaba más de una década criando abejas en Carolina del Sur cuando observó un comportamiento que jamás había visto. En lugar de abandonar la colmena para buscar polen, cientos de ellas permanecían inmóviles en la entrada, apiñadas como bañistas que se niegan a volver al agua tras ver un tiburón.
Frente a ellas flotaban dos avispones asiáticos de patas amarillas. Las abejas sabían que salir significaba jugarse la vida, pero quedarse dentro suponía condenar lentamente a toda la colonia por falta de alimento. "Lo más triste es que mis abejas no saben cómo defenderse. Las que saben enfrentarse a estos avispones viven en Asia, no aquí", resume la apicultora.
Convierte colmenas en mataderos. El avispón asiático de patas amarillas mide menos que un clip, pero es uno de los cazadores más eficaces del mundo de los insectos. Se queda suspendido frente a la colmena como un colibrí hasta que una abeja se aventura a salir. Entonces la captura en pleno vuelo y la despieza con una precisión inquietante, arrancándole cabeza, patas y alas para quedarse únicamente con el abdomen, la parte más nutritiva.
A diferencia de las abejas asiáticas, que han desarrollado estrategias colectivas para rodear y asfixiar a estos depredadores elevando la temperatura, las abejas europeas introducidas en Estados Unidos carecen de esas defensas naturales. Para ellas, el avispón representa un enemigo completamente nuevo.
El paraíso del invasor. Originario del sudeste asiático, este avispón apareció por primera vez en Estados Unidos en 2023, probablemente tras llegar oculto en un barco de mercancías que atracó en el puerto de Savannah. Desde allí cruzó rápidamente a Carolina del Sur y encontró un escenario perfecto para multiplicarse.
Georgia es el tercer productor de miel del país y Carolina del Sur alberga decenas de miles de colonias de abejas, un auténtico festín para un insecto que, además, no desprecia prácticamente ningún alimento. Puede alimentarse de abejas, otros insectos, restos de ciervos, cabezas de gambas abandonadas, conchas de ostras e incluso cadáveres de caimanes. El clima cálido y la abundancia de presas han convertido la región costera conocida como Lowcountry en el equivalente a un resort para esta especie invasora.
El mal personificado. Quien mejor resume la gravedad de la situación es Brad Cavin, inspector jefe de abejas del estado y una de las personas que lideran la respuesta contra la invasión. Hijo de un pastor, suele describir su trabajo con referencias bíblicas que reflejan hasta qué punto considera trascendental la misión.
"Esto es el Jardín del Edén y estamos luchando contra Satanás", afirma al NYT al explicar por qué dedica buena parte del año a recorrer cientos de kilómetros buscando nidos escondidos entre árboles, edificios y jardines. La comparación puede sonar exagerada, pero basta mirar las cifras para entenderla: en 2024 su equipo localizó 16 nidos; antes de terminar junio de 2026 ya había eliminado 345. Cada uno de ellos puede albergar miles de avispones capaces de extender aún más la invasión.
Miles de litros de zumo para encontrar al enemigo. Sí, porque la guerra contra el avispón se libra con herramientas poco convencionales. Los investigadores han desplegado más de 4.300 trampas fabricadas con cubos y garrafas de plástico colgadas de los árboles. El cebo tampoco tiene nada de sofisticado: una mezcla de zumo de uva y sirope de azúcar moreno bautizada como "Georgia Juice", tan irresistible para los avispones como inocua para las abejas.
Solo durante la primera mitad de 2026 el equipo había utilizado más de 15.000 litros de zumo y más de cuatro toneladas de azúcar. Cuando las trampas capturan numerosos ejemplares comienza la auténtica investigación: los científicos colocan nuevos cebos, triangulan las rutas de vuelo e incluso marcan algunos insectos con pintura de colores para seguirlos entre la vegetación.
Pequeños “espías” electrónicos. El siguiente paso parece sacado de una película de espionaje. Algunos avispones capturados son anestesiados sobre hielo y equipados con diminutos transmisores de radio, apenas un poco mayores que un grano de arroz y con un peso similar al de un cuarto de una pasa.
Sujetos al cuerpo mediante hilo de Kevlar y alimentados con miel antes de ser liberados, estos insectos regresan instintivamente a su nido mientras los investigadores los siguen con receptores que emiten pitidos cada vez más intensos cuanto más cerca se encuentran del objetivo. El sistema permite localizar colonias ocultas a decenas de metros de altura entre las copas de los árboles, donde de otro modo pasarían completamente desapercibidas.
Eliminar un nido exige precisión. Una vez localizado el escondite, entran en acción equipos especializados de exterminadores. Equipados con trajes de apicultor y escaleras o plataformas elevadoras, se enfrentan a enjambres que reaccionan de forma extremadamente agresiva cuando perciben una amenaza. Para reducir el uso de pesticidas, los operarios taponan primero la entrada del nido con una pequeña esponja, convirtiéndolo en una cámara cerrada donde el tratamiento resulta mucho más eficaz.
Después desprenden cuidadosamente la estructura, la introducen en una bolsa de plástico y la trasladan a un laboratorio, donde se congela para eliminar cualquier superviviente y posteriormente se conserva como material de estudio. Algunos de estos nidos alcanzan el tamaño de una pelota de playa y albergan miles de individuos.
Salvar abejas es mucho más que proteger la producción. Si se quiere también, la lucha contra el avispón asiático va mucho más allá de evitar pérdidas para los apicultores. Las abejas desempeñan un papel esencial en la polinización de cultivos y ecosistemas enteros, de modo que su desaparición tendría consecuencias económicas y medioambientales de enorme alcance. Por eso la batalla que hoy se libra en Carolina del Sur se sigue con atención en todo Estados Unidos.
Lo que comenzó con una apicultora viendo a sus abejas paralizadas por el miedo ha terminado convirtiéndose en una campaña científica que combina trampas, radiobalizas, cartografía y equipos de eliminación especializados. Para Brad Cavin, sin embargo, todo sigue resumiéndose en la misma imagen: un pequeño rincón del planeta donde alguien intenta impedir que un invasor convierta el Jardín del Edén en el territorio de Satanás.
Imagen | Gilles San Martin, The High Fin Sperm Whale
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La noticia “Estamos luchando contra Satanás”: La guerra de EEUU por salvar a las abejas de la invasión de una criatura asesina fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
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