
En una red de cuevas del norte de Arabia Saudí, cerca de la ciudad de Arar, un equipo de investigadores ha encontrado algo que parece sacado de una vitrina de museo: siete guepardos con tejidos conservados de forma excepcional, junto a los restos óseos de decenas de ejemplares más. No se trata de momias “preparadas” por manos humanas al estilo egipcio, sino de un caso raro de momificación natural en grandes mamíferos. La noticia describe un conjunto de hallazgos que va mucho más allá de lo llamativo: abre una ventana concreta al pasado de una especie desaparecida de la península arábiga desde hace décadas.
Cuando el desierto actúa como deshidratador
La momificación natural es, en esencia, una carrera contra el tiempo. Para que un cuerpo no se descomponga, el entorno tiene que frenar a bacterias, hongos e insectos; también debe impedir que carroñeros y depredadores lo desarmen pieza a pieza. En glaciares, turberas o arenas extremadamente secas pueden darse las condiciones adecuadas. En estas cuevas, los autores del estudio apuntan a un cóctel muy particular: sequedad, oscuridad y temperaturas relativamente estables, un tipo de “nevera” sin electricidad que no congela, pero sí deseca. El resultado se parece a lo que ocurre con una fruta cuando se convierte en pasa: pierde agua, se encoge y se endurece, mientras conserva rasgos reconocibles.
Las descripciones publicadas muestran ojos velados, extremidades retraídas y piel reseca, rasgos que han sorprendido incluso a especialistas externos consultados en la cobertura periodística. En grandes mamíferos, esa integridad es poco frecuente porque el tamaño juega en contra: más masa, más tiempo para que la descomposición avance, más olor para atraer oportunistas.
Siete momias y un “cementerio” de guepardos
El recuento impresiona por sí solo: siete individuos con tejidos preservados y los esqueletos de otros 54 guepardos recuperados en el mismo sistema de cuevas. Las dataciones sitúan los restos a lo largo de un arco temporal amplio: desde épocas relativamente recientes —alrededor de 130 años— hasta más de 1.800 años. Es como encontrar, en un mismo archivo, páginas escritas con tinta moderna y pergaminos mucho más antiguos, todos guardados en el mismo cajón.
El estudio combina técnicas de datación, análisis radiográficos y observación anatómica para estimar edades y estados de los animales. Ese enfoque importa porque ayuda a responder una pregunta básica: ¿estamos ante un evento puntual (una catástrofe, por ejemplo) o ante un uso recurrente del lugar durante generaciones? La dispersión temporal sugiere lo segundo: las cuevas no “recibieron” a los guepardos una sola vez, sino que formaron parte de su paisaje durante mucho tiempo.
El gran giro: recuperar ADN antiguo de grandes felinos
La parte más valiosa no es solo lo que se ve, sino lo que todavía está escrito en el interior de esos cuerpos. Los investigadores consiguieron extraer y secuenciar ADN antiguo a partir de tejidos preservados, algo especialmente relevante porque no es habitual obtener material genético utilizable de grandes felinos en condiciones naturales. Es, literalmente, un pasaporte biológico: permite comparar aquellos guepardos con poblaciones actuales y reconstruir parentescos.
Los resultados señalan afinidades con linajes hoy asociados al guepardo asiático y a poblaciones del noroeste de África, lo que encaja con la idea de que la península arábiga fue, históricamente, una zona de conexión biogeográfica entre continentes, no una “isla” aislada. Esto no significa que vayan a “volver” exactamente los mismos animales, pero sí que la genética ofrece pistas sobre qué subpoblaciones podrían estar mejor adaptadas a ambientes áridos similares si se plantean proyectos de reintroducción con rigor.
¿Por qué había tantos en una cueva?
La ciencia también convive con el misterio, y aquí hay uno grande: ¿qué hacían tantos guepardos en cuevas? La explicación más sencilla es que fueran madrigueras o refugios usados por hembras para criar, una hipótesis mencionada por los investigadores y compatible con un uso repetido a lo largo del tiempo. Un lugar con sombra y temperatura más estable puede ser, para un cachorro, lo que una casa fresca en agosto: un alivio que marca la diferencia.
Otra posibilidad es que el sistema de cuevas actuara como trampa natural o punto de riesgo. Sin forzar conclusiones, conviene recordar que las cavidades pueden convertirse en zonas de caída o encierro para animales, o en lugares donde los restos se acumulan por dinámicas complejas. El propio estudio subraya que aún no se conoce con certeza el mecanismo exacto de conservación ni el motivo del agrupamiento. Esa prudencia es clave: cuando un hallazgo es tan raro, la tentación de construir una historia cerrada es alta, pero los datos todavía no la sostienen del todo.
Lo que cuenta este hallazgo sobre la desaparición regional del guepardo
Que hoy no haya guepardos en la península arábiga no significa que siempre fuera así. La especie llegó a ocupar una fracción enorme de África y partes de Asia, y su contracción ha sido drástica: pérdida de hábitat, disminución de presas, conflictos con humanos y caza no regulada aparecen como factores recurrentes. Cuando una especie se queda “arrinconada” en pequeños parches, es como si una ciudad pasara de tener muchas rutas de transporte a depender de una sola carretera: cualquier problema la deja incomunicada.
El valor de estas momias es que ofrecen evidencia directa, localizada y fechada de la presencia de guepardos en un territorio del que se habían desvanecido. No es un relato basado en crónicas o suposiciones: son cuerpos y genomas que se pueden medir, comparar y volver a analizar a medida que mejoren las técnicas.
Implicaciones reales para conservación y posibles planes de reintroducción
La palabra “reintroducir” suena sencilla, como si bastara con soltar animales y cruzar los dedos. En la práctica, un proyecto serio de reintroducción funciona más como rehacer un ecosistema que como repoblar un parque. Necesitas hábitat continuo, presas suficientes, control de amenazas, aceptación social y un plan genético que evite introducir individuos mal adaptados o con diversidad insuficiente. Aquí el ADN antiguo ayuda porque pone límites a la improvisación: si el pasado genético del lugar se parece más a ciertos linajes, se puede debatir con más base qué estrategias tendrían sentido y cuáles serían un gesto simbólico sin futuro.
También hay una lectura indirecta: si estas cuevas conservaron tejidos durante tanto tiempo, podrían existir otros yacimientos similares en regiones áridas, con información biológica útil para comprender cómo cambiaron las poblaciones animales con el clima y la presión humana. Es una invitación a mirar el desierto no como un “vacío”, sino como un archivo natural que guarda documentos frágiles.
Preguntas abiertas: ciencia que avanza con cautela
Quedan piezas por encajar. Saber si las cuevas fueron refugio, trampa o incluso un lugar con algún tipo de interacción humana antigua requiere más excavaciones, más contexto arqueológico y más datos ambientales. También será importante comparar estos genomas con bases de datos más amplias de guepardos actuales y pasados para afinar parentescos y rutas de dispersión. La historia que emerge es potente, sí, pero su fuerza está en los detalles verificables: fechas, huesos, tejidos, secuencias genéticas.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí
