27 de julio de 2026

"Temperatura" y "longitud de respuesta": dos parámetros muy poco conocidos que lo cambian todo con la IA

"Temperatura" y "longitud de respuesta": dos parámetros muy poco conocidos que lo cambian todo con la IA

ChatGPT, Gemini, Claude, DeepSeek y otras inteligencias artificiales (IA) parecen simples: escribimos, les entregamos nuestra petición o pregunta y recibimos una respuesta. No obstante, detrás de esta sencillez de uso hay dos parámetros que condicionan en gran medida la calidad de la respuesta que obtenemos. Y a menudo pasan inadvertidos.

La temperatura y la longitud de respuesta no podemos manipularlas directamente desde el chat convencional. De hecho, solo se tocan desde la API o utilizando herramientas avanzadas, pero la buena noticia es que podemos simular su efecto recurriendo al prompt adecuado.

La temperatura afecta a la creatividad de la respuesta. Y la longitud a cuánto se explaya el modelo de IA. Lo importante es que al combinarlas podemos transformar por completo el resultado de una misma pregunta.

Qué hacen realmente estos dos parámetros

Los modelos de lenguaje que utilizamos actualmente no "conocen" las respuestas a nuestras preguntas. En realidad calculan, expresado a grandes rasgos, palabra a palabra cuál es la siguiente más probable. Esto es todo. En este contexto la temperatura decide en qué medida se aparta el modelo de esa opción más probable.

Una temperatura baja (y por lo tanto cercana a 0) elige casi siempre lo previsible. Una alta, sin embargo, se permite opciones menos probables, con más variedad, pero también con más riesgo de desvíos. Sea como sea, no existe una temperatura "correcta": depende de la tarea. Para resumir un contrato, explicar un concepto o traducir un texto nos interesa que sea baja. Pero para buscar nombres, escribir un e-mail o proponer ideas nos interesa justo lo contrario.

Casi ninguna interfaz de las aplicaciones de IA nos deja tocar este parámetro directamente, pero podemos simular su efecto recurriendo a instrucciones explícitas. Si escribimos en Claude o ChatGPT:

"Dame una respuesta muy conservadora y literal, sin especular ni añadir matices propios"

le estamos pidiendo en la práctica un comportamiento equivalente a una temperatura baja. Si en cambio escribimos:

"Sé todo lo original que puedas. Prefiero ideas poco convencionales, incluso arriesgadas, antes que las más obvias"

el modelo se comportará de una forma mucho más parecida a como lo haría con la temperatura al máximo.

Con la longitud de respuesta ocurre algo parecido, aunque el mecanismo es distinto. El modelo genera texto hasta que decide parar o hasta que alcanza un límite de tokens fijado de antemano, y una respuesta más larga no equivale a una respuesta mejor. Casi nunca lo es.

La solución es sencilla: basta incluir en el 'prompt' una instrucción explícita de extensión

Sin instrucciones la mayoría de los modelos tiende a extenderse con matices que no siempre necesitamos. En cambio, si buscamos un desarrollo en profundidad, una respuesta corta se quedará a medias. El problema no reside en el modelo: está en que no le hemos indicado cuánto espacio debe ocupar.

La solución es sencilla: basta incluir en el prompt una instrucción explícita de extensión, desde "respóndeme en una sola frase" hasta "desarróllalo con la máxima profundidad posible". Y los dos parámetros, además, se combinan: una temperatura baja y una respuesta corta dan respuestas quirúrgicas, ideales para lo técnico. Sin embargo, una temperatura alta y una longitud generosa habilitan una IA que se explaya y arriesga, perfecta para generar nuevas ideas.

Conocer ambos parámetros, aunque sea de una forma indirecta a través del itinerario que le marcamos al modelo en cada prompt, nos permite pedir exactamente lo que necesitamos en vez de conformarnos con lo que la IA entrega por defecto.

Imagen | Generada por Xataka con un prompt creado por Gemini y entregado a ChatGPT

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Científicos advierten: el agua de la Tierra se está quedando sin oxígeno. Y eso es un problema

Científicos advierten: el agua de la Tierra se está quedando sin oxígeno. Y eso es un problema

Tendemos a relacionar el oxígeno con el aire que respiramos, pero la realidad es que también es un componente esencial de todas las aguas del planeta, desde los océanos hasta los ríos y los lagos. Por eso es tan importante el llamamiento que acaba de hacer un equipo de científicos de la Universidad de California San Diego. En un estudio publicado recientemente, demuestran que el oxígeno disuelto en todas esas aguas está cayendo en picado y que esto podría tener consecuencias desastrosas. Por eso, señalan que sería recomendable establecer el oxígeno acuático como uno de los factores que pueden convertirse en puntos de no retorno del declive de nuestro planeta.

El ritmo es alarmante. Según estos científicos, el ritmo al que están cayendo los niveles de oxígeno acuático es muy alarmante. Se debe a varios motivos. Para empezar, puede ser una consecuencia de un exceso de nutrientes conocido como eutrofización. Los fertilizantes, por ejemplo, son muy ricos en nitrógeno, que es uno de los nutrientes más importantes para el crecimiento de las algas. Cuando estas proliferan demasiado, enturbian el agua e impiden que la luz del sol llegue adecuadamente hasta los organismos fotosintéticos acuáticos. He ahí una primera causa del descenso de los niveles de oxígeno acuáticos. Por otro lado, cuando esas algas mueren caen al fondo y son degradadas por bacterias que consumen mucho oxígeno. Ahí tendremos aún menos. 

Por otro lado, el agua caliente disuelve menos oxígeno que el agua fría. Y ya sabemos cuánto se está calentando el agua del planeta últimamente. Finalmente, los cambios en el movimiento y la ventilación de las aguas, por ejemplo por la construcción de presas, pueden dificultar la distribución del oxígeno en el agua. 

Las consecuencias. La disminución de los niveles de oxígeno acuático es perjudicial por muchos motivos. Para empezar, los seres vivos que respiran directamente en el agua pueden sufrir claramente las consecuencias. Esto va desde los organismos microscópicos hasta los peces y los tiburones. No obstante, incluso los mamíferos marinos, que salen a la superficie a respirar, sufren las consecuencias de esta desoxigenación, ya que sus presas se reubican y sus hábitats se ven dañados.

Por otro lado, muchos procesos químicos que ayudan a regular el clima en la Tierra sufren los efectos de la desoxigenación acuática. Es el caso del ciclo del carbono, por ejemplo

Los nueve límites planetarios. Los límites planetarios son nueve escenarios con umbrales dentro de los cuales la humanidad puede seguir desarrollándose sin que haya un peligro inminente para el planeta. Una vez que se superan, se supone que el punto de no retorno en el deterioro de la Tierra está muy cerca. Dichos límites se establecen para el cambio climático, la integridad de la biosfera, el cambio en el uso del suelo, el uso de agua dulce, los flujos biogeoquímicos, la acidificación de los océanos, el agotamiento de la capa de ozono estratosférico, la carga de aerosoles atmosféricos y las entidades nuevas, antes conocidas como contaminación química.

Para cada uno de estos contextos, hay un límite establecido que no debería rebasarse. Sin embargo, según la última revisión que se hizo del estado de los mismos, ya se ha rebasado el umbral en siete de ellos.

El oxígeno acuático como décimo límite planetario. Los autores del estudio que se acaba de publicar señalan que el oxígeno acuático debería considerarse también un límite planetario. Sus niveles están disminuyendo peligrosamente y se deben tomar cartas en el asunto cuanto antes, pues afectan a los ecosistemas y el clima de forma muy directa. Si se le diese este “título” quizás estaríamos más pendientes de su evolución y se podría tomar cartas en el asunto a tiempo. De momento, es solo una propuesta. No obstante, visto lo visto, es algo que debería tomarse muy en serio. Hablamos de los bosques como pulmón del planeta, pero no nos podemos olvidar del pulmón acuático. Al fin y al cabo, es ahí donde primero surgió la vida. 

Imágenes | Magnific

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GitHub y PyPI endurecen la cadena de suministro con barreras temporales en las actualizaciones y las releases

GitHub y PyPI han activado nuevas barreras basadas en el tiempo para frenar ataques a la cadena de suministro. Dependabot espera por defecto 72 horas antes de proponer actualizaciones de versión, y PyPI ya no permite añadir ficheros nuevos a una release con más de 14 días.

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Las plataformas GitHub y PyPI han introducido en las últimas semanas dos cambios con una idea común: meter tiempo de por medio para reducir el daño típico de los ataques a la cadena de suministro. En Dependabot, el bot de GitHub para gestionar dependencias, la novedad llega como una espera por defecto de 72 horas antes de abrir una pull request cuando aparece una nueva versión de un paquete. En PyPI, el repositorio central del ecosistema Python, la plataforma rechaza desde julio la subida de ficheros nuevos si la release se publicó hace más de 14 días.

El ajuste de Dependabot no pretende frenar parches urgentes. La espera se aplica a las version updates, es decir, a cambios de versión que no se consideran de seguridad. Las security updates se mantienen inmediatas, para no penalizar correcciones críticas cuando el riesgo ya está identificado. El objetivo es otro: evitar que un proyecto absorba en cuestión de minutos una versión recién publicada que todavía no ha pasado el filtro natural de la comunidad, o que un atacante haya logrado colar tras comprometer una cuenta o un flujo de publicación.

Los equipos que se apoyan en automatización notarán el cambio en su cadencia. La espera se puede ajustar o desactivar con la opción cooldown en el fichero dependabot.yml, algo relevante para repositorios con ventanas de mantenimiento estrictas o con procesos de validación propios. GitHub Enterprise Server también lo incorporará, con despliegue previsto en GHES 3.23.

En PyPI, la restricción de los 14 días apunta a una táctica que ha dado dolores de cabeza: el envenenamiento de versiones antiguas y estables. Si un atacante obtiene acceso a tokens de publicación o a un CI/CD mal protegido, puede intentar subir un nuevo artefacto a una versión pasada, con el mismo número, pero con contenido distinto. Eso complica auditorías y rompe supuestos básicos en muchos entornos de construcción. El cambio se integró el 8 de julio de 2026 y se adoptó después de que el debate volviera a primera línea en marzo, tras compromisos en proyectos como LiteLLM y Telnyx ligados a una referencia mutable al usar la GitHub Action Trivy.

La propia PyPI reconoce que el ecosistema aún carece de una semántica y unas APIs estandarizadas para declarar si una release está ‘abierta’ o ‘cerrada’. La plataforma anticipa avances en esa dirección con iniciativas como Upload 2.0 API y Staged Previews, que deberían facilitar flujos más seguros sin depender solo de reglas rígidas.

Para los equipos de desarrollo, estas medidas obligan a ajustar hábitos. Conviene asumir el retraso de 72 horas en las PR automáticas de Dependabot, mantener como prioridad las actualizaciones de seguridad y fijar una política explícita con cooldown cuando la cadencia del proyecto lo exija. También ayuda reforzar lockfiles y la fijación de dependencias, que reducen cambios inesperados en el grafo de paquetes.

En el caso de PyPI, los mantenedores deben planificar la publicación completa de wheels y artefactos dentro de los 14 días posteriores a la release. Si aparece la necesidad de dar soporte a una nueva versión de Python pasado ese plazo, la vía recomendada pasa por publicar una versión nueva del paquete, no por modificar una release antigua. Y, como siempre, el cinturón de seguridad real está en otro sitio: permisos mínimos en tokens, rotación de credenciales, controles antifraude y una higiene estricta en CI/CD para evitar que un compromiso se convierta en una limpieza interminable.

No hay CVE asociado a estos cambios. No corrigen una vulnerabilidad concreta, reescriben el comportamiento de plataformas críticas para que un fallo de credenciales o un paquete malicioso tenga menos margen de maniobra y sea más difícil de colarse con rapidez.

Más información

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La NASA fotografió un cristal que parece violar las leyes de la física: lo cultivaron en la ISS y la microgravedad lo hizo posible

La NASA fotografió un cristal que parece violar las leyes de la física: lo cultivaron en la ISS y la microgravedad lo hizo posible

El astronauta de la NASA Don Pettit compartió el 18 de julio de 2026 una imagen que, sacada de contexto, parece generada por IA o diseñada por un arquitecto futurista: una pirámide escalonada de cloruro de potasio que se enrolla sobre sí misma en capas huecas, con una geometría demasiado precisa y demasiado extraña para parecer natural. Pero es real, y la razón por la que existe tiene más que ver con física que con estética. El cristal se cultivó a bordo de la Estación Espacial Internacional, donde la gravedad es un millón de veces más débil que en la superficie terrestre, y eso cambia de forma fundamental cómo se forman los materiales.

La imagen y el vídeo adjunto circulan esta semana en medios de ciencia de todo el mundo. El Confidencial la analiza el 25 de julio. El cristal es cloruro de potasio (KCl), el mismo compuesto que se usa como sustituto de la sal en alimentos y bebidas deportivas. En la Tierra forma cubos perfectamente sólidos. En órbita, forma esto.

Por qué la gravedad cambia cómo crecen los cristales

Para entender la imagen hay que entender lo que hace la gravedad durante la formación de un cristal. En la Tierra, cuando una sustancia disuelta en agua se cristaliza, la gravedad crea corrientes de convección: las partes más frías y más densas de la solución se hunden, las más cálidas suben, y ese movimiento constante impone un orden en cómo se depositan los iones sobre el cristal en crecimiento. La forma cúbica del cloruro de potasio terrestre es, en parte, el resultado de esa dinámica convectiva.

En microgravedad, la convección prácticamente desaparece. Las corrientes que movían el fluido ya no existen. Sin esa fuerza dominante, otras interacciones moleculares — la atracción eléctrica entre los iones, la polaridad de la molécula — pasan a primer plano. Es como silenciar el instrumento más ruidoso de una orquesta: de repente escuchas todos los demás.

El resultado es lo que los cristalógrafos llaman «hopper growth» (crecimiento en escalones): los bordes y las esquinas del cristal crecen significativamente más rápido que las caras planas. Las esquinas tienen más acceso al fluido que las rodea; los iones en solución llegan antes ahí que al centro de cada cara. Conforme el cristal crece, esa diferencia se acumula y produce la estructura escalonada que se ve en la imagen: pirámides huecas, capas que se enroscan, una geometría que en la Tierra nunca podría sostenerse el tiempo suficiente para formarse porque la gravedad rompería el cristal antes.

Lo que esto puede significar para los materiales del futuro

La investigación de cristales en microgravedad no es solo una demostración de física curiosa. La ISS lleva más de 25 años siendo un laboratorio permanente donde la microgravedad permite hacer ciencia que en la superficie es casi imposible. En 2025 se apoyaron más de 750 experimentos activos en la estación.

Los cristales cultivados en microgravedad tienden a tener significativamente menos defectos que los equivalentes terrestres. Menos defectos significa mejor conductividad eléctrica, mayor dureza y propiedades ópticas más limpias. Para sectores como la fabricación de semiconductores, eso no es un detalle menor: los chips actuales de alta precisión se topan con limitaciones en la calidad del cristal de silicio que los compone. Los defectos en la red cristalina son uno de los factores que limitan hasta dónde se pueden miniaturizar los transistores.

Anne Wilson, profesora de química y bioquímica en Butler University, explicó a Live Science que la microgravedad no elimina completamente la gravedad: los astronautas experimentan un campo gravitacional aproximadamente un millón de veces menor que en la superficie terrestre, no cero. Pero esa reducción es suficiente para que las fuerzas moleculares dominen el proceso de cristalización de una forma que en la Tierra está siempre enmascarada.

El trabajo en la ISS sobre comportamiento de materiales en microgravedad también incluye experimentos biológicos más inusuales: como el estudio de fagos víricos que en el espacio desarrollan mutaciones distintas a las terrestres, lo que podría abrir nuevas vías para la terapia de fagos.

Mi valoración

Lo que más me convence de esta imagen más allá del impacto visual es la pedagogía implícita. Cuando Don Pettit comparte una fotografía que parece «imposible» pero es física normal bajo condiciones distintas, está haciendo exactamente lo que la divulgación científica debe hacer: mostrar que nuestras intuiciones sobre el mundo natural están moldeadas por el entorno en el que vivimos, no por las leyes fundamentales del universo. La gravedad no es una constante del universo: es una condición local de la Tierra.

Lo que más me preocupa en sentido más amplio es el cierre programado de la ISS, previsto para 2030. La estación ha producido décadas de ciencia imposible en ningún otro entorno, y su sustitución por estaciones comerciales privadas como Axiom o Starlab no está garantizada ni en términos de capacidad ni de acceso para investigadores sin relación directa con las empresas operadoras.

La IA ya está llegando a la ISS para controlar robots como Astrobee con más autonomía: no es descabellado pensar que en la próxima década los experimentos de cristalización en microgravedad puedan estar asistidos por IA que optimiza en tiempo real las condiciones de crecimiento para producir materiales de mayor calidad.

Preguntas frecuentes

¿Por qué el cristal de cloruro de potasio tiene esa forma tan extraña en el espacio?

En la Tierra, la gravedad crea corrientes de convección durante la cristalización que empujan los iones de forma uniforme sobre todas las superficies del cristal, produciendo cubos compactos. En microgravedad, esas corrientes desaparecen. Sin ellas, los bordes y las esquinas del cristal — donde hay más acceso al fluido circundante — crecen más rápido que las caras planas, produciendo el patrón escalonado llamado «hopper growth». El resultado son pirámides huecas con capas que se enrollan sobre sí mismas.

¿Para qué sirve investigar cómo crecen los cristales en el espacio?

Los cristales cultivados en microgravedad tienden a tener menos defectos estructurales que los terrestres. Eso los hace más puros y con mejores propiedades eléctricas, ópticas y mecánicas. Las aplicaciones potenciales incluyen semiconductores de mayor calidad para chips, materiales para energía solar, proteínas cristalizadas para investigación farmacéutica y materiales ópticos de precisión. El problema es la escala: cultivar cristales en la ISS es caro y difícil de hacer en cantidad. Las investigaciones actuales buscan entender exactamente qué condiciones producen los mejores resultados para poder replicarlos eventualmente en instalaciones más accesibles.

¿Es el hopper growth exclusivo de la microgravedad?

No. El hopper growth ocurre también en la Tierra en condiciones específicas: cuando una solución se enfría o evapora muy rápidamente, los bordes también pueden crecer más rápido que las caras. La sal marina forma a veces estructuras de hopper visibles a simple vista. Lo que hace especial la microgravedad es que permite que el proceso se desarrolle de forma mucho más simétrica y durante mucho más tiempo, produciendo las estructuras escalonadas en espiral que aparecen en la imagen de Pettit.




☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí

26 de julio de 2026

No sabemos si la música pop actual es mejor o peor que la de 1960, pero sí sabemos algo: es mucho más deprimente

No sabemos si la música pop actual es mejor o peor que la de 1960, pero sí sabemos algo: es mucho más deprimente

¿Qué dice de ti la música que escuchas? ¿Y qué dice de nosotros, como sociedad, la música que se publica? Un grupo de científicos de la Universidad Queen Mary de Londres (QMUL) ha intentado responder esas y otras cuestiones analizando decenas de miles de canciones estrenadas entre 1960 y 2023. El resultado es un vasto estudio que acaba de publicarse en Nature y deja botando una conclusión fascinante: en las últimas seis décadas el pop se ha vuelto más deprimente.

La pregunta es obvia: ¿Por qué?

Mucho más que música. Cualquiera que haya escuchado música mientras trabaja, hace deporte o sencillamente camina por la calle habrá experimentado que las canciones son muchos más que una expresión artística: son también una poderosa palanca capaz de alterar nuestro estado de ánimo. No solo eso. 

La música, desde la más sofisticada a la más popular, apunta directamente a nuestras emociones y obsesiones. Conscientes de ello un grupo de investigadores entre los que se cuenta Vjosa Preniqui, de la Universidad Queen Mary, decidió hace un tiempo lanzarse a un ejercicio peculiar: coger decenas de miles de canciones mainstream y analizar su letra para saber de qué hablan.

Casi 400.000 temas. El equipo examinó más de 380.000 canciones publicadas entre 1960 y 2030, horas y horas y horas de música compuesta por artistas de varias generaciones que se dedican a cantar sobre sus obsesiones. 

Para ser más precisos, los investigadores trabajaron con dos grandes archivos musicales. El primero consta de más de 377.000 canciones con letras en inglés estrenadas entre 1960 y 2010 y que se han sumado a la base de datos WASABI. El segundo lo componen 5.500 canciones extraídas de las listas de Billboard y que abarcan un período mayor que se extiende desde inicios de los 60 a 2023.

Objetivo: el lenguaje. Para manejar semejante colección musical los investigadores recurrieron a la IA y técnicas de análisis del lenguaje. También centraron el foco en un aspecto muy concreto de las canciones: no les interesaba tanto la armonía, instrumentación, ritmo o complejidad de las composiciones, como sus letras. El foco lo pusieron en el idioma, el lenguaje emocional y su relación con la moralidad. Es decir, ¿de qué hablaban las canciones? ¿De fidelidad, decencia y amistad o de conflictos, engaños y rebeldía?

El objetivo, como explican Preniqi y sus colegas en su paper, es examinar "la evolución de las expresiones morales en las letras de la música pop" durante seis décadas. Quizás suene muy abstracto, pero los investigadores prestaron atención a diez grandes tópicos atemporales: 'cuidado', 'daño', 'justicia', 'trampa', 'lealtad', 'traición', 'autoridad', 'subversión', 'pureza' y 'degradación'. También se fijaron en el artista que cantaba: si era un hombre, una mujer o un grupo mixto.

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¿Qué averiguaron? Que la música popular actual resulta mucho más oscura que la que escuchaban nuestros abuelos y padres. Al comparar las letras de los 60 con las más recientes Preniqi y sus compañeros comprobaron que se han vuelto "cada vez más negativas". "Nuestros resultados revelan un aumento de los vicios morales y un descenso en las expresiones de virtudes, junto con un incremento del sentimiento negativo, la ira y el asco", explican en el artículo de Nature.

En resumen, hoy es mucho más fácil escuchar canciones que tratan sobre infidelidades, heridas o degradación que en los 60, cuando era más habitual cantar a la pureza o el cuidado mutuo. "Este cambio, que se extiende hasta la década de 2020 y varía según el género de los artistas, pone de relieve que las expresiones orientadas a los vicios y cargas de emotividad han cobrado cada vez más protagonismo en las letras de la música mainstream", concluye el estudio.

¿Puede irse más allá? La investigación aporta algunas cifras que ayudan a comprender mejor esa transformación. En WASABI las letras relacionadas con degradación se dispararon un 52%, las asociadas a daños un 49% y las referidas a engaños un 48%. Las referencias a actos subversivos también subieron un 41%. 

En las listas de Billboard, que extienden la 'fotografía' hasta 2023, el panorama no es muy distinto: las referencias a engaños se dispararon cerca de un 71%, a la degradación un 62%, a la subversión un 50% y a las heridas un 36%.

Menos edificantes. Si nos fijamos en las letras que tratan sobre comportamientos 'virtuosos' la tendencia es la opuesta: las canciones que hablan de cuidar a otros se redujeron un 24%, las dedicadas a la pureza un 12% y las de lealtad un 11%. De nuevo la tendencia es similar en WASABI y Billboard. 

Los investigadores sí apreciaron cambios en función del género del artista (los hombres y grupos mixtos parecen más dados a las letras negativas) o géneros musicales, aunque esos últimos datos deben manejarse con cuidado porque puede haber desequilibrios importantes en las muestras analizadas.

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¿Y qué dicen los autores? Reivindican que su estudio nos ayuda a comprender tanto la evolución de la música popular como nuestras propias obsesiones. "La música es mucho más que entretenimiento, es una de las formas en que las sociedades cuentan historias sobre sí mismas. Al alanzar las letras de las canciones durante varias décadas podemos ver cómo evoluciona la expresión emocional y las narrativas morales con el tiempo", reflexiona Preniqi.

"Lo que descubrimos fue un cambio gradual que se alejaba del lenguaje asociado a virtudes como el cuidado y la decencia para orientarse hacia temas que reflejan el conflicto, el daño y otras preocupaciones morales. Estos patrones dependen de varios factores, como el género musical e impacto, pero ofrecen una perspectiva fascinante sobre la evolución de los valores culturales y la expresión emocional".

Imágenes | Spencer Davis (Unsplash), QMUL y Vjosa Preniqi et al. en Nature 

En Xataka | En 1992, Black Sabbath grabó una canción sobre la tecnología sustituyendo a los humanos. En 2026, sirve como premonición

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