5 de junio de 2026

“Más que Algas”: serie web revela la ciencia que hay detrás de las macroalgas chilenas

La nueva producción audiovisual del Núcleo Milenio MASH invita a descubrir el fascinante mundo de las macroalgas a través de una historia familiar que conecta ciencia, biodiversidad, acuicultura y cambio climático. La serie, compuesta por nueve capítulos, está disponible gratuitamente en YouTube.

¿Qué tienen en común una leche chocolatada, una crema cosmética, los bosques submarinos y el futuro de los océanos? La respuesta está en las algas. Con esa premisa comienza “Más que Algas”, la nueva serie web documental impulsada por el Núcleo Milenio MASH del centro i~mar de la Universidad de Los Lagos, sede Puerto Montt.

La producción sigue a la investigadora Carolina Camus y a su hija Ignacia durante una jornada de trabajo en terreno. Lo que inicialmente parece una obligación para la niña se transforma en una experiencia de descubrimiento, donde conoce a científicas y científicos de distintas universidades chilenas que estudian la vida de las algas, su relación con microorganismos, sus procesos de cultivo y reproducción, las enfermedades que las afectan y los efectos del cambio climático sobre estos organismos.

A través de nueve capítulos de menos de cinco minutos, la serie traduce conceptos científicos complejos en contenidos cercanos y accesibles para todo público. Mediante preguntas cotidianas y situaciones familiares, los episodios acercan a las audiencias a las investigaciones de frontera desarrolladas por el Núcleo Milenio MASH.

La directora del núcleo, Carolina Camus, destacó que uno de los principales objetivos de la serie es acercar el conocimiento científico a la ciudadanía y visibilizar a las personas que hacen ciencia. “Las algas son organismos fundamentales para los ecosistemas marinos y para múltiples actividades productivas, pero muchas veces pasan desapercibidas. Con esta serie quisimos mostrar que detrás de cada descubrimiento existen preguntas, desafíos y años de trabajo científico, contados desde una perspectiva cercana y comprensible para cualquier persona”, señaló.

La realización audiovisual estuvo a cargo de la productora puertomontina Highticket, que trabajó junto al equipo de investigación en la construcción de una narrativa que combina rigor científico y relato documental.

Para Felipe Castro, director de la serie, el desafío fue transformar contenidos especializados en una historia capaz de conectar con diversos públicos. “Desde el inicio entendimos que no podía ser una sucesión de entrevistas. Necesitábamos construir una experiencia que permitiera acompañar el proceso de descubrimiento. La mirada de Ignacia nos ayudó a conectar la ciencia con la curiosidad natural de cualquier persona y a generar un relato más humano y cercano”, explicó.

Los capítulos abordan temas como los bosques submarinos de Macrocystis pyrifera, conocida como huiro flotador; la nutrición y reproducción de las algas; el concepto de holobionte; la complejidad de los ecosistemas marinos; el cultivo de Gracilaria chilensis o pelillo; las enfermedades que afectan a estos organismos y los desafíos que plantea el cambio climático para el futuro de los océanos.

La serie forma parte de las iniciativas de divulgación científica impulsadas por el Núcleo Milenio MASH a través de su línea de Proyección al Medio Externo, financiada por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID). Su propósito es contribuir a una mayor comprensión de la importancia ecológica, económica y social de las macroalgas para Chile y el mundo.

Los capítulos se estrenarán cada viernes a las 18:00 horas en el canal de YouTube de MASH (@nucleomileniomash), invitando a las audiencias a recorrer uno de los grupos de organismos más relevantes y menos conocidos de los ecosistemas marinos.

El primer episodio, titulado “No son solo cosas en el mar”, ya se encuentra disponible para su visualización.

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Educar en ciencia es también un acto de conservación

Por: Miguel Allende, académico Facultad de Ciencias. UChileMilena Murillo, Directora de comunicaciones IM-CRG 

Cada 5 de junio el debate ambiental gira en torno a cambio climático, reciclaje, emisiones de carbono y áreas protegidas. Son conversaciones necesarias, pero incompletas. Porque la conservación de la naturaleza no comienza cuando una especie entra en peligro ni cuando se publica un nuevo estudio. Comienza antes, y ocurre en un lugar que rara vez asociamos con el medio ambiente: la sala de clases.

Vivimos una época de desafíos ambientales sin precedentes y de sobreabundancia informativa, donde datos científicos y desinformación circulan con la misma velocidad. En ese escenario, la educación científica deja de ser un elemento del currículo para convertirse en una herramienta democrática. Una ciudadanía capaz de leer evidencia, evaluar información y comprender fenómenos complejos está mejor preparada para participar en las decisiones que definirán nuestro futuro.

Chile tiene una responsabilidad particular en esta discusión. Nuestro país es uno de los laboratorios naturales más extraordinarios del planeta: ecosistemas únicos, especies endémicas y condiciones que permiten estudiar procesos evolutivos y ecológicos de relevancia global. Además, el territorio es el epicentro de los procesos globales de cambio como la desertificación, la pérdida de glaciares y los cambios de distribución de especies. Pero ningún laboratorio natural es capaz de generar conocimiento por sí solo. Se necesitan personas, ciudadanos, capaces de observar, preguntar y comprender.

La pregunta relevante, entonces, no es cuántos investigadores estamos formando, sino qué tipo de ciudadanos estamos preparando.

La evidencia es clara: el aprendizaje activo y basado en la indagación (talleres prácticos, proyectos vinculados al territorio, trabajo colaborativo)  genera una comprensión más profunda y duradera que la transmisión pasiva de contenidos. Cuando estas metodologías se articulan con el currículo escolar y con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la ciencia deja de ser una asignatura para convertirse en un lente para interpretar el mundo y un argumento para cambiarlo.

Las herramientas de la biología molecular y la genómica están ampliando radicalmente nuestra capacidad para entender la biodiversidad. Hoy podemos identificar poblaciones vulnerables, reconstruir historias evolutivas y diseñar estrategias de conservación con una precisión que hace dos décadas era impensable. Lo notable es que estas mismas herramientas pueden acercarse a las comunidades educativas. Cuando una estudiante extrae ADN por primera vez, o cuando un joven descubre que comparte información genética con todos los seres vivos, la ciencia deja de ser abstracta. Se convierte en una experiencia definitoria.

Estamos impulsando este tipo de transformación desde iniciativas como el Proyecto 1000 Genomas y el Centro de Regulación del Genoma: ciencia de frontera para los expertos y para el ciudadano, con especial énfasis en conectarla con las nuevas generaciones. Porque despertar preguntas en una sala de clases es también un acto de conservación.

No podemos proteger lo que no conocemos. Tampoco podemos esperar que las futuras generaciones defiendan un patrimonio natural cuyo valor nunca tuvieron oportunidad de comprender.

La protección de la biodiversidad comienza cuando una niña descubre que la naturaleza tiene una historia que contar. Cuando un estudiante entiende que la vida comparte un lenguaje escrito con las cuatro letras del ADN. Cuando la educación convierte la curiosidad en conocimiento y el conocimiento en un compromiso.

Invertir en educación científica es invertir en conservación. Es, también, invertir en democracia y empoderamiento ciudadano.

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China ha encontrado el Santo Grial de las baterías: cargas en cuatro minutos y 6.000 horas de estabilidad para ir olvidándonos del litio

China ha encontrado el Santo Grial de las baterías: cargas en cuatro minutos y 6.000 horas de estabilidad para ir olvidándonos del litio

Creo que todos soñamos con ese momento: conectar el móvil a la corriente y que pase del 0 al 100% en lo que tardamos en prepararnos un café, sin que la batería sufra ningún daño a largo plazo ni pierda capacidad con el paso de los meses. Esto suena aún a ciencia ficción, pero es lo que acaba de plantear un equipo de investigadores en China y lo han conseguido.

En corto. Un consorcio formado por científicos de la Universidad del Sureste, HiNa Battery Technology y la Universidad de Yangzhou ha desarrollado un nuevo electrolito cuasi-sólido (QSE, por sus siglas en inglés) diseñado específicamente para baterías de metal de sodio. 

Los resultados de su investigación, publicados en la revista científica Nano-Micro Letters, muestran como han logrado una carga ultrarrápida (equivalente a llenar la batería en unos cuatro minutos, a una tasa de 15C) reteniendo un 90% de su capacidad tras 2.000 ciclos de carga y descarga a alta velocidad (3C). El sodio acaba de dar un golpe en la mesa frente al litio.

Más en profundidad. Para entender la magnitud de este hallazgo, hay que mirar el mercado actual. Las baterías de sodio llevan tiempo acaparando las miradas de la industria porque el sodio es un material infinitamente más barato y abundante en la Tierra que el litio, lo que permite esquivar los cuellos de botella de la cadena de suministro global y la volatilidad de precios.

Sin embargo, hasta ahora, el gran talón de Aquiles del sodio era el "intercambio equivalente": si querías carga rápida, sacrificabas drásticamente la vida útil y la seguridad de la batería. Esto se debía al transporte lento de los iones de sodio y a la inestabilidad de las interfaces dentro de la pila. Este nuevo avance logra que una celda simétrica de sodio opere de forma estable durante 6.000 horas ininterrumpidas sin fallos relacionados con cortocircuitos. Para el usuario final, esto se traduce en un futuro cercano donde los vehículos eléctricos y los dispositivos electrónicos serán mucho más asequibles, seguros y tendrán tiempos de carga que eliminarán por completo la famosa "ansiedad de autonomía".

La ciencia detrás del hito. A esta solución, los investigadores la han bautizado como "ingeniería de mediadores entrelazados duales". En términos sencillos, han rediseñado por completo la autopista por la que viajan los iones dentro de la batería, eliminando los atascos y reforzando los arcenes, sin perder el rigor físico-químico del proceso.

En los electrolitos convencionales, el sodio se mueve de forma torpe, logrando un número de transferencia (la métrica que define la eficiencia y libertad con la que se mueven los iones) de apenas entre 0.4 y 0.7. El nuevo electrolito, denominado Sn-FB QSE, alcanza un índice casi perfecto de 0.94. Esto indica una "conducción de ion único": el sodio viaja de forma individual y directa, sin arrastrar elementos pesados a su paso.

Para lograr esto, han utilizado dos protagonistas químicos principales que actúan en equipo:

  • El liberador (Sal DFOB⁻): A nivel molecular, esta sal debilita la fuerte interacción de coordinación entre los iones de sodio y la red de polímeros del electrolito. Al eliminar este "pegamento" químico, el sodio queda libre. Las simulaciones mediante dinámica molecular muestran que la difusión de los iones alcanza los 16.8 Ų ns⁻¹, unas seis veces más rápido que en los electrolitos líquidos tradicionales.
  • El escudo constructor (Iones de estaño, Sn²⁺): Durante la carga, el Sn²⁺ se reduce primero en el ánodo. Esto crea una película protectora (conocida científicamente como Interfase Electrolito-Sólido o SEI) rica en una aleación de sodio-estaño. Esta capa actúa como un molde que homogeneiza el campo eléctrico, obligando al sodio a depositarse de forma plana y uniforme. Adiós a las temidas "dendritas", esas estructuras metálicas en forma de aguja que perforan la batería y causan cortocircuitos.

Además, el efecto dual se completa en el otro extremo de la pila. Mientras el estaño protege el ánodo, el DFOB⁻ se oxida de forma sacrificial en el cátodo para formar otra capa protectora (CEI, por sus siglas en inglés) extremadamente robusta e inorgánica de apenas 14 nm de grosor. Esta fina película frena en seco la degradación del electrolito frente a altos voltajes, garantizando la longevidad de la batería.

Del laboratorio al mundo real. A menudo, estos descubrimientos se quedan en minúsculas "pilas de botón" de laboratorio que nunca ven la luz. Pero lo más prometedor de esta investigación es su escalabilidad y aplicación práctica. Los investigadores construyeron "celdas de bolsa" (pouch cells) flexibles y libres de presión. En una demostración en vídeo, lograron utilizar una de estas baterías para cargar un teléfono inteligente de forma continua, incluso mientras la doblaban y manipulaban repetidamente con las manos, demostrando una flexibilidad y resistencia excepcionales.

A esto se suma que el electrolito se mantiene estable hasta los 4.7 voltios, abriendo la puerta a emparejarlo con materiales aún más potentes en el futuro. Y lo más importante para la industria: este enfoque es totalmente compatible con los métodos de fabricación actuales e incluso podría extenderse a baterías de metal de litio y potasio.

El futuro llama a la puerta. Cargar el móvil en cuatro minutos sin destrozar la batería en unos meses siempre ha sido el Santo Grial de la electrónica de consumo. Con innovaciones de ingeniería de materiales como este electrolito cuasi-sólido, el sodio deja de ser "el hermano barato" para posicionarse como una tecnología de altísimo rendimiento.

Aunque todavía queda camino por recorrer para ver estas baterías en los estantes comerciales, este descubrimiento deja claro que el futuro de la energía portátil pasa por abandonar la dependencia exclusiva del litio. La era de enchufar el móvil en un descuido y tener batería para todo el día está un gran paso más cerca de ser nuestra rutina diaria.

Imagen | Unsplash

Xataka | Suiza está excavando un foso de 27 metros de profundidad y más largo que dos campos de fútbol: todo para una batería gigante

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Pensábamos que los parques solares eran una trampa mortal para las aves. 19.000 horas de vídeo y una IA acaban de desmontar el mito

Pensábamos que los parques solares eran una trampa mortal para las aves. 19.000 horas de vídeo y una IA acaban de desmontar el mito

Durante la última década, el relato de la transición energética ha arrastrado una sombra de sospecha. La estampa visual de un mar de cristal y silicio, oscuro y geométrico, nos hizo creer que la instalación de grandes parques solares equivalía a esterilizar la tierra. Imaginábamos un ecosistema arrasado, un desierto industrial donde el zumbido de los transformadores ahuyentaba cualquier rastro de fauna. Parecía el precio inevitable a pagar por descarbonizar nuestra economía.

Sin embargo, cuando la ciencia ha decidido apagar el ruido del debate público y encender las cámaras para observar qué ocurre realmente bajo esas placas, el resultado ha roto todos los esquemas. 

La IA que vigiló el cielo. Uno de los temores más arraigados era la teoría de que los paneles solares actuaban como un espejismo letal para las aves. Para despejar esta incógnita, un exhaustivo estudio publicado en la revista científica Diversity ha recurrido a la última tecnología. Un equipo de científicos instaló cámaras de alta definición en cinco plantas fotovoltaicas de Estados Unidos (repartidas entre el suroeste desértico, el medio oeste y el noreste) y recopiló más de 19.000 horas de grabaciones diurnas a lo largo de varios años.

Ante la imposibilidad humana de revisar tal cantidad de metraje, los investigadores desarrollaron un modelo de Inteligencia Artificial (MODT) diseñado específicamente para detectar y rastrear objetos en movimiento. Tras filtrar más de 4.000 horas de vídeo, la IA y los revisores humanos identificaron 68.646 apariciones de aves.

Una hallazgo sin precedentes. No se confirmó ni una sola colisión de aves contra la infraestructura solar en todas las observaciones analizadas. Lejos de chocar o desorientarse por el supuesto "efecto lago" de los paneles, las imágenes mostraron que las aves integran la planta solar en su vida diaria: la sobrevuelan (una actividad que supuso en torno al 54% de las observaciones), la cruzan por debajo, buscan alimento en el suelo, se acicalan e incluso anidan en las propias estructuras metálicas.

Más vida dentro que fuera. Cruzando el Atlántico, la evidencia científica respalda esta convivencia. Según un estudio publicado en Agriculture, Ecosystems & Environment, llevado a cabo por investigadores en Polonia, las granjas solares de pequeña escala situadas en entornos agrícolas aumentan significativamente la diversidad de la avifauna.

Tras analizar 43 parques fotovoltaicos y compararlos con 43 zonas de control colindantes, los expertos polacos documentaron que la inmensa mayoría de las especies mejoraban su presencia. Salvo la alondra común, que mostró una reacción negativa, especies típicamente amenazadas en el ámbito rural como el triguero o la tarabilla norteña aparecían en números mucho mayores dentro del parque. Como explica el estudio, las instalaciones les proporcionan áreas de cría seguras, hierba alta (que se siega tarde o se deja crecer) y vallas perfectas para posarse, cantar y vigilar a sus presas.

Esta realidad es idéntica en nuestro país. Como explicamos recientemente en Xataka, los recintos fotovoltaicos españoles están actuando como auténticos santuarios. Los datos recabados por la Unión Española Fotovoltaica (UNEF) y auditados por la consultora ambiental EMAT en 2025 muestran un patrón irrefutable. En Minglanilla (Cuenca), se encontraron 32 especies de aves dentro de la planta solar frente a las 19 del área agrícola exterior. En Revilla Vallejera (Burgos) la balanza fue de 39 frente a 34, y en Trujillo (Cáceres), de 31 frente a 25. Además, estos recintos no solo acogen a pájaros comunes, sino que se ha convertido en hogar de especies protegidas o en grave declive como el alcaraván, el sisón o el cernícalo primilla.

¿Cuál es el secreto de esta explosión de vida? La respuesta requiere cambiar la perspectiva. Estos parques no se están instalando sobre bosques vírgenes, sino sobre campos que llevaban décadas sometidos a la agricultura intensiva. Según relata Martín Behar, director de Estudios y Medio Ambiente de UNEF, al levantar un parque solar se crea de facto una "zona de exclusión ecológica" donde desaparecen los tractores, los pesticidas y los herbicidas. El silencio humano atrae a la maleza; la maleza a los insectos; los insectos a las pequeñas aves, y estas, a las grandes rapaces.

La clave: gestión activa. Si las empresas energéticas se limitan a fumigar el terreno o pasar la desbrozadora al ras para dejar el suelo desnudo por comodidad, el parque será, efectivamente, un desierto inerte. Para que la flora y la fauna regresen se requiere voluntad y gestión activa: usar semillas autóctonas, dejar franjas ecológicas salvajes en los márgenes, permitir pastoreo extensivo para el control natural del forraje y evitar a toda costa los agrotóxicos.

Los datos han hablado. Llevábamos años temiendo que los paneles solares destruyeran la vida en el campo. Resulta que, gestionados con rigor y sensibilidad, tienen el poder exacto para hacer justo lo contrario: sanar las heridas ecológicas de siglos de explotación agrícola y devolverle la voz a la naturaleza.

Imagen | AnkerSolix

Xataka | El mayor estudio hasta la fecha sobre paneles solares y su efecto en el campo desmonta varios mitos persistentes

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El mayor culpable de la adicción infantil a las pantallas no es el algoritmo de TikTok: son los propios padres

El mayor culpable de la adicción infantil a las pantallas no es el algoritmo de TikTok: son los propios padres

Tener hijos parece que activa en el cerebro una parte que obliga a decir la repetida frase "Deja ya la maquinita" haciendo referencia al móvil o a la videoconsola portátil. Aquí, lógicamente, la preocupación por el tiempo de pantalla de los más pequeños monopoliza las conversaciones de los padres más actuales, pero la realidad es que la ciencia está comenzando a ver que la culpa de estos comportamientos está realmente en los propios padres. 

Una realidad. El debate sobre si los niños nacen "adictos" a la tecnología se desvanece cuando observamos la evidencia empírica. No es solo que los dispositivos estén diseñados para captar la atención; es que el primer y más poderoso algoritmo de aprendizaje de un niño es observar a sus padres que se pasan el día delante de la pantalla. 

La teoría de Bandura. Para entender por qué los más pequeños no sueltan la tablet, primero hay que viajar unas décadas atrás, a la teoría del aprendizaje social del psicólogo Albert Bandura. Este marco teórico, ampliamente validado, establece que los niños no aprenden principalmente por lo que se les dice, sino por la observación y la imitación, especialmente de aquellos que perciben como cercanos y competentes, como son sus padres. Literalmente, hablamos de esponjas que no pierden detalle de nada. 

Cuatro fases. Para que se aprenda a través de esta vía, es necesario primero que el niño preste atención al comportamiento que tiene su adulto 'de referencia' como puede ser su padre o su madre. A partir de ahí, va a comenzar a retener el patrón que realice su cuidador en su memoria, casi como una conducta normativa, y desarrolla la capacidad física para imitar el gesto. 

Pero va más allá, puesto que al observar los refuerzos, como por ejemplo que sus padres se rían al ver el móvil, se crea una asociación con un estímulo positivo. Esto es realmente importante porque ve que hacer esa acción es algo que no es para nada peligroso, sino que es divertido y agradable. 

La pediatría moderna. Más allá de esta teoría, un reciente metaanálisis publicado este mismo año en la prestigiosa revista JAMA Pediatrics ha analizado el impacto del uso de la tecnología por parte de los padres en presencia de sus hijos. Este agrupa a un total de 21 investigaciones previas y abarca a 14.900 participantes de 10 países, demostrando empíricamente que existe una asociación directa entre el tiempo que los padres pasan frente a una pantalla y el tiempo que acaban pasando sus hijos con ellas. 

Pero además, también se ha visto cómo puede generar un impacto negativo en la cognición infantil o un aumento de conductas externalizantes como rabietas o ansiedad. 

El móvil en la mesa. La desconexión que genera el smartphone no solo crea un modelo a imitar, sino que rompe la interacción bidireccional que los niños necesitan para un desarrollo cerebral sano. Algo relevante es que el 70% de los padres admite distraerse con el teléfono móvil cuando están con sus hijos, y aquí hay un estudio en Pediatrics en 2014 donde se observó este fenómeno; ya se observó este fenómeno en el entorno de los restaurantes de comida rápida. 

Según sus datos, el 40% de los padres estaban tan absortos en sus dispositivos durante las comidas que ignoraban a sus hijos por completo. Pero peor aún fue cuando los niños intentaban llamar su atención, a menudo escalando su comportamiento, y provocaba simplemente que los padres respondieran con mayor dureza física o verbal al sentirse interrumpidos.

Las recomendaciones. La Asociación Americana de Pediatría lo tiene bastante claro al apuntar que los menores de 18 meses deben evitar por completo las pantallas, y en la franja de 2 a 5 años se puede introducir con un máximo de 1 hora al día y siempre que se vea contenido de alta calidad y acompañado. 

Imágenes |  hessam nabavi

En Xataka | Decimos que estamos "deprimidos" por encima de nuestras posibilidades: dónde termina y dónde empieza la enfermedad

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