15 de febrero de 2026

Un candidato a púlsar justo en el corazón de la Vía Láctea

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En el centro de nuestra galaxia vive Sagittarius A*, el agujero negro supermasivo alrededor del cual orbitan estrellas, gas y polvo como si fueran hojas girando alrededor de un desagüe. En ese escenario, un equipo de investigadores ha identificado una señal que podría pertenecer a un púlsar escondido muy cerca de ese núcleo galáctico. Si se confirma, no sería solo “otro objeto interesante”: sería como encontrar un metrónomo de precisión funcionando dentro de una sala donde todo tiembla, un instrumento ideal para medir con más finura cómo se curva el espacio-tiempo en una de las regiones más extremas que podemos observar.

Por qué un púlsar es tan valioso cuando hay un agujero negro supermasivo cerca

Un púlsar es una estrella de neutrones que gira a gran velocidad y emite haces de radiación; cuando esos haces barren la Tierra, los radiotelescopios detectan pulsos regulares. La analogía clásica del faro funciona, pero hay otra que ayuda a entender su valor científico: un púlsar se parece a un reloj atómico natural. Si el reloj está aislado, marca el tiempo con una regularidad extraordinaria; si lo pones cerca de un objeto masivo, su “tic-tac” llega con pequeñas variaciones. Esas desviaciones se pueden modelar y, con suerte, usar como prueba de cómo funciona la gravedad.

Cerca de Sagittarius A*, esas variaciones deberían ser especialmente reveladoras. La relatividad general predice retrasos, desviaciones y efectos sutiles cuando la señal atraviesa un espacio-tiempo muy curvado. Con un púlsar en una órbita compacta, cada pulso sería como el pitido constante de un tren que pasa por un túnel: si el túnel se deforma, el sonido llega distinto. Medir “distinto” con precisión es el sueño de quienes intentan poner a prueba la física en condiciones que no podemos recrear en un laboratorio.

El problema práctico: el centro galáctico es un lugar difícil para “oír” radios

Si el centro de la Vía Láctea fuera un barrio, sería uno con mucho tráfico, obras y ruido. Entre nosotros y el núcleo galáctico hay nubes de gas ionizado y polvo que distorsionan las señales de radio. Este fenómeno, conocido como dispersión y scattering, hace que los pulsos se “embadurnen”, como si una linterna se viera a través de un cristal esmerilado. A frecuencias más bajas, esa distorsión suele ser peor, de modo que buscar púlsares en el centro implica elegir bien la banda de observación y asumir que, aun así, la señal puede quedar irreconocible.

Por eso tiene sentido que el equipo usara observaciones en banda X, aproximadamente entre 8 y 12 GHz: es una forma de intentar atravesar parte de ese “ruido” interestelar. Aun con esta estrategia, el historial es frustrante: se espera que haya muchos objetos compactos cerca de Sagittarius A*, pero los púlsares confirmados en las inmediaciones siguen siendo escasos, lo que ha alimentado durante años la idea del “púlsar perdido” del centro galáctico.

BLPSR: la señal que podría ser un púlsar de milisegundos

El candidato tiene nombre de archivo, casi de carpeta de proyecto: BLPSR. Lo importante es su comportamiento. Según el estudio aceptado en The Astrophysical Journal (con versión en arXiv), el equipo analizó datos obtenidos con el Robert C. Byrd Green Bank Telescope dentro de la iniciativa Breakthrough Listen. En ese rastreo aparecieron miles de candidatos y, entre ellos, uno especialmente sugerente: una señal con un periodo de rotación de 8,19 milisegundos, lo que encaja con un púlsar de milisegundos.

Los púlsares de milisegundos son, por decirlo de forma cotidiana, los relojes más “finos” del cajón. Giran tan rápido y con tanta estabilidad que se usan como herramientas de cronometraje cósmico. En el artículo técnico, el candidato se describe con parámetros que refuerzan el interés, como una medida de dispersión (DM) muy alta, consistente con atravesar una gran cantidad de material entre el centro galáctico y nosotros. También se menciona que la señal se mantuvo de forma persistente en el tiempo y la frecuencia durante al menos un bloque de observación, un rasgo que suele distinguir una posible fuente astrofísica de un simple artefacto del análisis.

Aquí entra la parte menos cinematográfica y más honesta: el equipo no afirma que sea un descubrimiento definitivo. De hecho, señala que no pudieron confirmar el origen de forma concluyente y que en observaciones posteriores no se reprodujo la detección con la misma claridad. En ciencia, esto es importante: un candidato prometedor no se convierte en realidad por entusiasmo, sino por repetición, consistencia y descartes cuidadosos de interferencias terrestres o fluctuaciones estadísticas.

Qué se podría medir si se confirma: espacio-tiempo con regla milimetrada

Imagina intentar detectar una inclinación mínima en el suelo usando una canica. Si el suelo está perfectamente plano, la canica rueda de forma predecible; si hay una pendiente casi imperceptible, su trayectoria cambia lo justo para delatarla. Un púlsar cerca de Sagittarius A* sería esa canica, solo que con una sensibilidad enorme. Con un “tic-tac” tan estable, se podrían medir retrasos en la llegada de los pulsos y pequeñas desviaciones asociadas a la curvatura gravitatoria, lo que permitiría describir con más precisión el entorno del agujero negro supermasivo.

La nota de la Universidad de Columbia insiste en esta idea: un púlsar ahí permitiría pruebas muy exigentes de la relatividad general y mediciones finas del espacio-tiempo alrededor de un objeto de unos cuatro millones de masas solares. También abre la puerta a estudiar cómo se comporta la materia y el plasma en una región con gravedad extrema, donde cualquier pequeño efecto se amplifica en términos observables.

El trasfondo: el “púlsar perdido” del centro galáctico no se rinde

Una de las razones por las que la posible señal ha llamado tanto la atención es el contraste entre lo que los modelos sugieren y lo que realmente vemos. En el centro de la Vía Láctea hay una densidad estelar enorme; donde hay muchas estrellas masivas a lo largo de la historia, debería haber también un buen número de estrellas de neutrones y, por extensión, púlsares. Sin embargo, los detectados cerca del núcleo son muy pocos. El propio trabajo científico subraya que, pese a la sensibilidad del sondeo, no se encontraron nuevos púlsares confirmados, y eso refuerza la sospecha de que el entorno los oculta: distorsión por el medio interestelar, geometrías orbitales extremas, binarias compactas que complican la señal o una combinación de todo.

La Universidad de Oxford, vinculada al programa Breakthrough Listen, también remarca que este tipo de hallazgos potenciales empuja a replantear cuántos objetos compactos pueden estar “tapados” en el centro galáctico y qué nos falta por entender del entorno que rodea a Sagittarius A*.

Qué viene ahora: confirmar, repetir y ampliar la búsqueda

El siguiente paso es tan simple de decir como exigente de hacer: volver a observar y recuperar la señal. En astronomía de radio, confirmar un púlsar implica verlo aparecer con regularidad, medir cómo cambia con el tiempo, comprobar que su frecuencia y dispersión encajan con un origen astronómico y descartar explicaciones instrumentales o interferencias. En paralelo, ampliar la cobertura en frecuencia puede ayudar a sortear mejor el “ruido” del centro galáctico. El estudio menciona planes para extender observaciones a bandas más altas, una estrategia lógica si el scattering está siendo el principal ladrón de pulsos.

También hay un ingrediente interesante en cómo se está compartiendo el trabajo: Breakthrough Listen suele hacer públicos conjuntos de datos para que otros grupos puedan reanalizarlos, probar métodos distintos y buscar señales que quizá se escaparon con un enfoque concreto. En temas tan delicados como un candidato cerca de Sagittarius A*, esa verificación por múltiples ojos y múltiples técnicas no es un lujo; es parte del camino.

Un último matiz ayuda a mantener los pies en el suelo: incluso si BLPSR termina siendo descartado, el esfuerzo no se pierde. Los límites que establecen estos sondeos —qué tan tenue puede ser un púlsar y aun así detectarse, qué regiones quedan cubiertas, qué hipótesis quedan tensionadas— también construyen conocimiento. Y si algún día aparece el “reloj perfecto” orbitando el centro galáctico, habrá sido gracias a campañas como esta, que se parecen más a buscar una aguja en un pajar… cuando el pajar está envuelto en niebla y alguien ha encendido un motor al lado.


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Los ultraprocesados son "el nuevo tabaco": un estudio masivo confirma su vínculo directo con el daño cardiaco y la mortalidad

Los ultraprocesados son "el nuevo tabaco": un estudio masivo confirma su vínculo directo con el daño cardiaco y la mortalidad

Hace años que la ciencia nos advierte que los ultraprocesados son un peligro por los efectos que tiene sobre nuestro organismo. Algo que comenzó como una sospecha sobre la calidad nutricional se ha convertido ahora en una certeza estadística, puesto que los alimentos ultraprocesados no solo engordan, sino que golpean directamente al sistema cardiovascular

Con cifras. Un nuevo estudio realizado por la Florida Atlantic University (FAU) y publicado hace apenas unos días en The American Journal of Medicine ha puesto una cifra alarmante sobre la mesa: el consumo elevado de estos productos está vinculado a un 47% más de riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares.

Y no es un estudio que se base en especulaciones, sino que los autores han analizado los datos de la Encuesta Nacional de Examen de Salud y Nutrición correspondiente al periodo 2021-2023 con una muestra de 4.787 adultos estadounidenses. 

Cómo se hizo. La metodología es robusta porque no se limita a observar qué comen los participantes, sino que los investigadores ajustaron los resultados teniendo en cuenta variables de confusión como la edad, el sexo, la raza, el nivel de ingresos y, crucialmente, el tabaquismo.

Con todo esto, y eliminando el efecto del tabaco y la situación socioeconómica de la ecuación, el resultado fue que aquellos que consumen mayores cantidades de ultraprocesados tienen casi un 50% más de probabilidades de desarrollar patologías del corazón en comparación con quienes consumen menos.

No es un caso aislado. Si este estudio fuera el único, podríamos ser escépticos. El problema es que llueve sobre mojado, ya que la investigación de la FAU llega para confirmar una tendencia que ya habíamos visto en macroestudios previos, consolidando lo que en ciencia se llama una relación dosis-respuesta: a mayor cantidad de ultraprocesados, mayor es el daño.

Para ello tenemos el precedente francés con un famoso estudio de la cohorte NutriNet-Santé, con más de 100.000 participantes, que ya demostró que un incremento de apenas un 10% en la dieta de ultraprocesados se asocia a un aumento del 12% en riesgo cardiovascular total. 

Hay más. Un metaanálisis publicado en 2024, que revisó a más de un millón de participantes, encontró una relación lineal en la que por cada porción adicional diaria de ultraprocesados, el riesgo de eventos cardiovasculares sube un 2,2%.

Y si aún queremos más evidencia, en Australia un seguimiento a 25 años de casi 40.000 personas vinculó el consumo alto de UPF con un 19% más de mortalidad cardiovascular. 

El nuevo tabaco. Lo más llamativo de esta nueva investigación no son solo los números, sino la comparación que hacen con el tabaco y la crisis de salud pública que generó en el siglo XX. Y es que mientras que las campañas antitabaco lograron reducir drásticamente las muertes por cáncer de pulmón y enfermedades cardíacas, la industria alimentaria ha llenado los estantes de productos clasificados como ultraprocesados. 

¿Por qué? El mecanismo detrás de este riesgo elevado del 47% parece estar relacionado con la inflamación sistémica y la alteración del metabolismo de los lípidos. Hay que tener en cuenta que el procesamiento industrial genera subproductos contaminantes como la acrilamida y utiliza aditivos que elevan el estrés oxidativo de nuestro organismo. Básicamente, el cuerpo pierde capacidad de "limpiarse" a nivel celular, disminuyendo enzimas antioxidantes y permitiendo que los radicales libres dañen la capa interna de los vasos, lo que acelera la formación de placa aterosclerótica

Esto se une a una composición nutricional con 5 o más ingredientes, rica en azúcares añadidos, grasas saturadas y aditivos, pero pobre en fibra y micronutrientes. Un trío que impacta directamente en la presión arterial y en la resistencia a la insulina, aumentando la predisposición a la diabetes. 

Imágenes | Darko Trajkovic

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El mundo lleva décadas fascinado por el colapso de los mayas. En realidad casi todo lo que creíamos saber era erróneo

El mundo lleva décadas fascinado por el colapso de los mayas. En realidad casi todo lo que creíamos saber era erróneo

Cultivaron campos, criaron ganado, levantaron algunos de los edificios más asombrosos del planeta, desarrollaron una rica cultura que incluía avanzados conocimientos astronómicos que todavía hoy intrigan a los expertos. Los mayas son una de las civilizaciones más fascinantes del planeta. Y con razón. Sin ella es imposible contar la historia de América Central. Sin embargo, poco a poco y a medida que la tecnología nos permite ahondar en sus secretos, empezamos a comprender algo: mucho de lo que creíamos saber de los mayas era erróneo. 

Y eso incluye su colapso.

¿Qué pasó con los mayas? La pregunta es muy sencilla. Su respuesta ya no tanto. A medida que nuestro conocimiento sobre la civilización maya se ha ido ensanchando (gracias a recursos como la tecnología LiDAR) también ha mutado la idea que los historiadores tenían de su ocaso. Lo recodaba hace poco en The Guardian Marcus Haraldsson al recordar lo que sabemos de Tikal, uno de los mayores polos urbanos de los mayas, situado en lo que hoy es Guatemala.

Florian Delee Jgilwunmcgk Unsplash

¿"Repentino y desastroso"? La estela más reciente localizada en el yacimiento data del año 869 de nuestra era, lo que deja botando la pregunta de qué ocurrió en Tikal a partir de esa fecha. Durante un tiempo los historiadores valoraron la posibilidad de un colapso "repentino y desastroso" que marcó su destino; pero a día de hoy esa explicación parece cada vez más lejana. 

Ahora los expertos se inclinan por otra opción: un amplio período de decadencia de alrededor de 200 años durante los que los agricultores se trasladaron a norte y sur y los poderosos centros urbanos se abandonaron en favor de asentamientos como Chichén Itzá, Uxmal o Mayapán, hacia el norte de la península del Yucatán. Incluso se habla del período Clásico Terminal, que va de los años 750 al 1050.

Cambiando la perspectiva. Esa perspectiva ha ido adaptándose con el paso de las décadas y va más allá del período de declive de la civilización maya. 

"Ya no hablamos realmente de colapso, sino de declive, transformación y reorganización de la sociedad, así como de una continuidad de la cultura", comenta a The Guardian Kenneth E. Seligson, profesor asociado de arqueología en la Universidad Estatal de California (CSU). "Se han producido varios cambios similares en lugares como Roma. [Pero] ya casi nunca hablamos del gran colapso romano porque resurgieron de diversas formas, igual que los mayas".

Pero… ¿Qué ocurrió? Qué pasó exactamente para que muchos de los principales asentamientos mayas (no todos) comenzaran a colapsar hacia los siglos IX y X sigue siendo un tema complejo y muy discutido. Hoy los autores señalan una combinación de factores entre los que se mezclan cambios en las rutas comerciales, una climatología adversa, sequías severas y prolongadas y guerras, entre otros. Lo cierto es que en pleno 2026 los investigadores siguen recabando pistas que nos ayuda a despejar incógnitas sobre ese período.

La importancia del agua. No hay que irse muy atrás para leer nuevos descubrimientos que nos hablan precisamente del colapso de la civilización maya. El pasado agosto un grupo de científicos publicó un artículo en el que básicamente recalcaban el "importante papel" que desempeñaron las "sequías prolongadas" en el declive mayas. Para su estudio los investigadores analizaron una estalagmita localizada en una cueva del Yucatán, un auténtico tesoro geológico y arqueológico si se analizan sus isótopos de oxígeno.

El examen reveló una serie de períodos de sequía severa entre el 871 y 1021, durante el Clásico Terminal, etapas marcadas por la carestía de agua durante las que a los mayas les resultó "extremadamente difícil" sacar adelante sus cultivos. 

Quizás parezca exagerado, pero el estudio reveló ocho sequías durante las temporada de lluvias que se prolongaron al menos tres años. No solo eso. La sequía más larga duró unos 13 años. Otros estudios anteriores, realizados a partir de  sedimentos recogidos en la laguna Chichankanab o estalactitas rescatadas en Belice, habían sugerido ya el papel que jugó el clima en el colapso maya.

Cuestión de sequías (y algo más). Meses después de ese estudio, en noviembre, Benjamin Gwinneth, de la Université de Montréal (UdeM), publicó otro que ayuda a completar la 'foto'. La institución canadiense recuerda que hacia el 750 y 900 d.C. la población de las tierras bajas mayas sufrió "un importante declive demográfico y político" que coincidió con "episodios de intensa sequía".

Lo que cuestiona el trabajo de Gwinneth es que ese colapso se explique solo por la falta de agua. Curiosamente su investigación se apoya también en el análisis de muestras de sedimentos que datan de hace alrededor de 3.300 años.

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¿Y qué hizo exactamente? Gwinneth se dedicó a analizar muestras extraídas de la Laguna Itzán, en la actual Guatemala, cerca de un yacimiento arqueológico maya. Para ser precisos se centró en tres "indicadores geoquímicos" que revelan la evolución de los incendios, la vegetación y la densidad de la población en el área (algo que estiman gracias a estanoles fecales) desde hace miles de años.

La primera conclusión que obtuvieron es que los primeros asentamientos aparecieron en la zona hace 3.200 años y durante siglos los mayas cultivaron, quemaron para limpiar bosques y aprovechar las cenizas a modo de fertilizante natural. También incrementó poco a poco la población de la zona. Con el tiempo incluso cambiaron de "estrategia agrícola", prescindiendo del fuego.

Un clima "estable". La segunda conclusión (y esta es la parte interesante) es que, a diferencia de poblaciones mayas localizadas más al norte que sí sufrieron "sequías devastadoras", en Itzán el clima fue relativamente "estable" gracias en parte a su ubicación geográfica, cerca de la Cordillera. Curiosamente eso no libró a Itzán de la crisis que sufrieron en otras áreas del mundo maya. La pregunta es obvia:  ¿Por qué? Si allí seguía lloviendo, ¿qué los arrastró a la crisis?

"Aunque no hubo sequía en la zona, la población disminuyó durante el período Clásico Terminal. Los indicadores muestran una caída drástica, desaparecen los rastros de agricultura y el sitio fue abandonado", señala Gwinneth, que recuerda que algunos arqueólogos sitúan el inicio del colapso maya en el área de Itzán.

¿Por qué es importante? Porque sugiere que la sequía (por más empecinada que sea) no basta por sí sola para explicar el declive maya. "La respuesta reside en la interconexión de las sociedades mayas", reflexiona el experto. "Las ciudades no existían de forma aislada. Formaban una compleja red de lazos comerciales, alianzas políticas y dependencia económica", apostilla el investigador.

"Efecto dominó" catastrófico. No fue necesario que Itzán sufriera en sus carnes tierras la falta de precipitaciones. Cuando sus vecinos de las tierras bajas centrales empezaron a quedarse sin agua pudo desencadenarse "una crisis en cascada", con enfrentamientos por los recursos, colapsos de las dinastías gobernantes, migraciones masivas y la suspensión de rutas comerciales…

"Itzán cayó en ruinas no por falta de agua, sino porque se vio atrapada en el caos cuando el sistema del que formaba parte se derrumbó", resumen desde la UdeM. No hizo falta una sequía para el colapso general. De ser cierta esa teoría, la propia "interdependencia" que existía ciudades mayas desató un "efecto dominó" fatal. La propuesta de Gwinneth es interesante porque sugiere que, más allá del clima, el colapso fue un fenómeno complejo en el que influyó la economía y la política.

Buscando las preguntas correctas. Lo más curioso de la cultura maya es que, pese a la fascinación que genera desde hace décadas en la cultura popular, nuestro conocimiento sobre ella todavían están lejos de ser completos. De hecho seguimos llegando a conclusiones sorprendentes, como la alcanzada en 2025 por un equipo que se ha dedicado a estudiar los asentamientos mayas con LiDAR.

Gracias al barrido láser aéreo los científicos llegaron a la conclusión de que la población maya pudo ser mucho (muchísimo) más amplia de lo que creíamos, alcanzando los 9,5 o incluso 16 millones de personas repartidas en zonas de lo que hoy es Guatemala, sur de México y oeste de Belice durante la era Clásica Tardía (600-900 d.C). El dato supera con creces los cálculos que se manejaban hace unas décadas, que apuntaban a apenas un par de millones de habitantes.

"Esperábamos un aumento modesto en las estimaciones, pero observar un incremento del 45% fue sorprendente", reconoce el profesor Francisco Estrada-Beli, uno de los miembros del equipo. Esa gran densidad de población confirman que los tierras bajas mayas debían estar bien estructuras y organizadas y plantea una reflexión sugerente: hay quien opina que la gran pregunta no es por qué la civilización maya decayó, sino cómo diablos se las apañó para sobrevivir.

Imágenes | Wikipedia 1 y 2 y Florian Delée (Unsplash)

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La noticia El mundo lleva décadas fascinado por el colapso de los mayas. En realidad casi todo lo que creíamos saber era erróneo fue publicada originalmente en Xataka por Carlos Prego .



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"Hackear" los sueños para resolver problemas y eliminar pesadillas no es una locura: la ciencia ya lo ha logrado

"Hackear" los sueños para resolver problemas y eliminar pesadillas no es una locura: la ciencia ya lo ha logrado

La idea de controlar lo que soñamos o utilizar el tiempo de descanso para resolver problemas complejos puede sonar a ciencia ficción en películas bastante icónicas como Origen. Sin embargo, la "ingeniería de sueños" ha dejado de ser una fantasía puesto que la ciencia confirma que no solo podemos influir en el contenido de nuestros sueños, sino que hacerlo puede mejorar nuestra salud mental y capacidad cognitiva.

El dispositivo que susurra. La técnica se llama Incubación de Sueños Dirigida (TDI) y los resultados más recientes, publicados en 2025, sugieren que podría ser la clave para tratar pesadillas crónicas y aumentar nuestra sensación de control sobre el subconsciente. La clave está en que, a diferencia de los sueños lúcidos espontáneos, esta técnica utiliza tecnología para detectar fases específicas del sueño y enviar estímulos auditivos.

Un estudio reciente publicado en Sleep Advances, puso a prueba este sistema con resultados sorprendentes. Y es que utilizando un dispositivo llamado Dormio, los investigadores monitorizaron la fase N1 del sueño, es decir, la etapa de transición entre que estamos despiertos y dormidos y que dura aproximadamente entre 1 y 7 minutos. 

Cómo se hizo. El experimento fue sencillo pero efectivo, puesto que los participantes solo tenían que acostarse a dormir una siesta. En ese momento, al detectar el inicio del sueño, el dispositivo susurraba la instrucción "Piensa en un árbol", y después había que despertar al sujeto brevemente para pedir un reporte verbal y ya se le dejaba dormir. 

El resultado fue contundente: el 92% de los participantes incorporaron el tema "árbol" en sus sueños. Los sujetos reportaron desde visiones de bosques y raíces hasta transformaciones más abstractas relacionadas con la vegetación

El control como terapia. Lo verdaderamente revolucionario del estudio de 2025 no fue solo lograr que la gente soñara con árboles, sino lo que sucedió después. Los investigadores aquí descubrieron un aumento significativo en la Autoeficacia del Sueño (Dream Self-Efficacy o DSE), que no es más que la creencia de un individuo en su propia capacidad para controlar o influir en sus sueños. 

El hecho de tener esta sensación de poder controlar el sueño es crucial para el tratamiento de trastornos como las pesadillas relacionadas con los traumas que son comunes en el estrés postraumático.

Resolviendo problemas. Si bien el estudio de Sleep Advances se centra en la salud mental, otras investigaciones paralelas exploran la vertiente productiva. En estos experimentos se utilizaron rompecabezas que son difíciles de resolver por cualquier persona, y es por ello que mientras las personas dormían se les indujo a soñar con este rompecabezas. 

El resultado fue que el 42% de los participantes que fueron inducidos a soñar con el rompecabezas lograron resolverlo al despertar, frente a solo un 17% de aquellos que no soñaron con el problema. Esto sugiere que el cerebro, cuando se le da el estímulo correcto, puede continuar procesando información lógica y creativa en segundo plano, un fenómeno que la tecnología ahora nos permite sistematizar. 

La terapia del sueño. Aunque el estudio mencionado contó con una muestra preliminar de 25 personas (casi la mitad de las cuales sufrían pesadillas frecuentes), los datos apuntan a un cambio de paradigma. Hasta ahora, dormíamos "a ciegas", pero herramientas como Dormio y protocolos como la TDI sugieren un futuro donde el sueño no es un periodo pasivo, sino un estado activo que podemos programar. Ya sea para superar un trauma, como sugieren, o para encontrar la solución a un problema creativo, la tecnología está empezando a iluminar la oscuridad de nuestros sueños.

Imágenes |  iam_os 

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La gran mentira del gorro: por qué la cabeza no es la "chimenea" térmica que siempre nos han contado

La gran mentira del gorro: por qué la cabeza no es la "chimenea" térmica que siempre nos han contado

Cuando se va aproximando el invierno, son muchas las personas que no pueden salir a la calle sin algunos elementos que son básicos, como una chaqueta, unos guantes y también un gorro. Este último, además de ser un complemento que a algunos les queda muy bien, también ha representado un mantra que se ha repetido en diferentes ocasiones: el calor se 'escapa' en buena parte por la cabeza. 

Hay matices. Esto es algo que se acompaña de unas cifras estratosféricas, como que entre el 40 y el 50% del calor de nuestro cuerpo se 'escapa' a través del cráneo. Pero la verdad es que la ciencia agrega matices a estos datos para que podamos estar mucho más tranquilos, aunque en el caso de los recién nacidos sí que podemos tener un debate interesante. 

El origen. Para entender por qué medio mundo cree que la cabeza funciona como una chimenea humana, hay que viajar a la década de 1970. Y más concretamente al manual de supervivencia del ejército de los Estados Unidos

En aquel entonces, se realizaron experimentos con sujetos expuestos a temperaturas de frío extremo. El problema metodológico, o más bien la interpretación posterior, fue que los participantes vestían trajes de supervivencia ártica que cubrían todo el cuerpo... excepto la cabeza. Lógicamente, al medir la pérdida de calor, los investigadores encontraron que la mayor parte se escapaba por la única zona que estaba desnuda. Y a partir de aquí surgió la necesidad de llevar gorro porque casi todo el calor se desprendía por esta parte. 

Lo que se sabe ahora. Estudios posteriores se han encargado de desmontar esta creencia de que el 40-50% del calor se desprende por el cráneo. La conclusión de la ciencia apunta a que la realidad física es mucho más sencilla, puesto que la pérdida de calor es proporcional a la superficie de piel expuesta. 

De esta manera, si la cabeza de un adulto representa aproximadamente el 7% de la superficie corporal, va a contribuir únicamente para difundir un 7-10% del calor del cuerpo que se va perdiendo. 

Han vuelto a demostrarlo. Además de los estudios más clásicos que se han hecho, la ciencia también ha querido analizar este fenómeno en nadadores en agua fría utilizando trajes de neopreno, comparando cuando tienen la cabeza sumergida y cuando está por encima del agua. Aquí se vio que el cráneo no disipa calor de forma desproporcionada, sino que simplemente es piel expuesta sin nada especial que apunte a que se deba proteger más que otra parte del cuerpo. 

El frío de la cabeza. Aunque el porcentaje de calor que se pierde por aquí es bajo, hay razones fisiológicas para protegerla. En concreto, la cabeza, y especialmente la cara y el cuero cabelludo, son zonas con muy poco aislamiento graso o muscular en comparación con otras partes del cuerpo. Además, cuentan con una gran cantidad de vasos sanguíneos y receptores térmicos en la superficie, que hace que sea mucho más sensible a la sensación de frío. 

Esto significa que, aunque no se pierda el 50% del calor por el cráneo, enfriar la cabeza nos da una mayor incomodidad térmica, por lo que al cubrirla nos sentimos mucho más abrigados. Además, también actúa en los reflejos cardiovasculares y en la bajada de la temperatura central. 

Por lo tanto, llevar gorro en invierno es útil, pero funciona igual que llevar guantes o una buena bufanda: es una capa más de aislamiento, no un tapón mágico.

Una excepción. A toda regla siempre hay una excepción, y en este caso están puestas en los bebés. En un recién nacido, la cabeza es enorme en proporción al resto del cuerpo, ocupando un porcentaje de superficie corporal mucho mayor que en un adulto. Esto hace que sí pierda más calor por aquí que por otra parte del cuerpo, y por ello siempre vemos a un bebé con un gorro puesto casi que desde que está en sus primeros días de vida. 

La ciencia ha apuntado a que en recién nacidos a término, un gorro aislante puede reducir la pérdida total de calor al 75% y el consumo de oxígeno al 85% en comparación con estar desnudos. En entornos de bajos recursos o en bebés de bajo peso, el uso de gorros de lana se asocia claramente con una menor incidencia de hipotermia.

Pero con control. En bebés sanos, a término y que están en habitaciones calientes, o practicando el método piel con piel, la evidencia sugiere que el gorro no siempre aporta un beneficio extra claro e incluso, si se combina con un exceso de abrigo, puede favorecer el sobrecalentamiento.

Con gorro o sin él. Como conclusión, hay que tener en cuenta que la cabeza no es una parte especial por donde sale una gran cantidad de calor disparado. Sin embargo, en el día a día suele ser la única parte del cuerpo que llevamos desnuda en invierno y tiene poco aislamiento natural, por lo que cubrirla es una estrategia eficiente para mejorar el confort térmico.

Imágenes | Jonathan J. Castellon

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