23 de febrero de 2026

Cómo se puede “envenenar” a ChatGPT y otros chatbots con una simple página web: el nuevo frente de la desinformación

envenenar imágenes

La escena tiene algo de chiste privado de internet: un periodista publica en su blog una historia absurda sobre su supuesta habilidad para comer perritos calientes a nivel competitivo, inventa un campeonato que no existe y se coloca a sí mismo en el primer puesto. Lo sorprendente no es el humor, sino lo que ocurre después: en menos de un día, varios chatbots de IA repiten esa información como si fuera fiable. Eso es lo que contó el periodista Thomas Germain en un reportaje para la BBC, y lo que luego recogió Futurism al poner el foco en un problema más amplio: lo fácil que resulta empujar a modelos populares a decir cosas falsas sobre personas reales.

La clave está en que muchos asistentes no se limitan a “recordar” lo que aprendieron durante su entrenamiento. Cuando no tienen una respuesta clara, salen a buscarla. Y ahí aparece la rendija: si el buscador interno del sistema encuentra una página que parece relevante y “convincente”, puede incorporarla como apoyo. Es como preguntarle a alguien por la mejor paella de una ciudad y que, en lugar de consultar a vecinos o críticos, se fíe del primer folleto que le ponen en la mano.

Por qué los chatbots citan “verdades” que nadie verificó

En el caso que describe la BBC, Germain diseñó su cebo con una idea concreta: elegir una consulta poco común, el tipo de pregunta que probablemente no esté bien cubierta en los datos de entrenamiento. Algo así como “los mejores periodistas tecnológicos comiendo perritos calientes”. Ese vacío es importante, porque obliga al sistema a apoyarse en la web reciente o en señales externas. Si además el texto está escrito con el tono que solemos asociar a una reseña seria, el modelo tiene más probabilidades de tratarlo como material utilizable.

Lo inquietante es que, según el relato, cuando los chatbots dudaban y sugerían que podía ser una broma, bastó con retocar el blog para afirmar que “no era sátira”. Es una táctica muy humana: cuando alguien insiste con cara seria, tendemos a rebajar el escepticismo. Los modelos, aunque no “crean” en el sentido humano, sí ponderan señales lingüísticas y contextuales. Y una afirmación rotunda puede funcionar como una pegatina de “certificado de autenticidad” pegada por cualquiera.

El papel de la SEO y el incentivo de “colarse” en las respuestas

Lo que antes se intentaba conseguir en Google con técnicas de SEO ahora se traslada al terreno de los asistentes conversacionales. Lily Ray, responsable de estrategia e investigación de SEO en Amsive, advertía en declaraciones a la BBC que “es más fácil engañar a los chatbots” que a Google hace unos años, y que las empresas de IA avanzan más rápido que su capacidad para controlar la exactitud. El matiz es relevante: no se trata solo de que exista manipulación, sino de que la nueva interfaz hace que la manipulación se sienta más creíble.

Una página de resultados tradicional te obliga a elegir: ves varios enlaces, distintos medios, quizá opiniones enfrentadas. En cambio, un chatbot entrega una frase bien redactada, con tono seguro, como si un amigo te lo contara con total tranquilidad. La diferencia es parecida a la de comparar un escaparate lleno de opciones con un dependiente que te mira a los ojos y te dice “este es el bueno”. Cuando esa voz se equivoca, el error pesa más.

Cuando la broma deja de ser broma: reputación, difamación y daño real

Que un periodista se proclame campeón ficticio de perritos calientes es inocuo. El problema es lo que ese mismo mecanismo permite hacer con temas sensibles: acusaciones, historial profesional, supuestos delitos o escándalos. En el texto de Futurism se menciona un riesgo evidente: la difamación. Si un sistema repite una acusación falsa sobre una persona real, el daño puede ser inmediato, incluso aunque luego se corrija. En internet, una mentira bien colocada puede funcionar como tinta en agua: se expande rápido y cuesta mucho retirarla.

Ya hay precedentes que muestran el tipo de situaciones que pueden explotar. Se citan casos en los que resultados generados por herramientas de IA atribuyeron acusaciones graves a figuras públicas, y también disputas legales de empresas que aseguran haber sido perjudicadas por respuestas que hablaban de investigaciones regulatorias inexistentes. Aunque el origen sea un “fallo” y no un ataque deliberado, el impacto para quien lo sufre es parecido: pérdida de confianza, titulares, llamadas, clientes que dudan.

Google, OpenAI, Anthropic: el contraste entre sistemas

Un detalle interesante del experimento es que no todos reaccionaron igual. Según el relato, herramientas como Google Gemini y los resúmenes automáticos en búsqueda repitieron el contenido del blog, y ChatGPT también cayó en la trampa. En cambio, Claude de Anthropic habría resistido mejor. Eso sugiere que no hablamos de un destino inevitable, sino de elecciones de diseño: cómo se recuperan fuentes, cómo se valoran señales de fiabilidad, cuánta cautela se aplica cuando la información trata sobre personas o afirmaciones verificables.

Dicho de forma cotidiana: todos consultan “la calle”, pero algunos preguntan en el ayuntamiento y otros se quedan con el rumor del bar. La diferencia está en los filtros, en la prioridad de fuentes y en la forma en que el sistema expresa incertidumbre. Si un asistente no está seguro, debería sonar como alguien que no está seguro, no como alguien que dicta sentencia.

El efecto secundario que preocupa a los medios: menos clics, menos contraste

Otro ángulo que aparece en el debate es el impacto sobre el ecosistema informativo. Si un chatbot responde sin que el usuario visite fuentes, se reduce el hábito de contrastar. En el texto se menciona un dato llamativo: la presencia de un resumen de IA puede reducir la probabilidad de que la gente haga clic en los enlaces. Esa dinámica no solo afecta a los medios y creadores, también afecta al usuario, porque hace menos probable el “momento de duda” en el que uno ve varias versiones y detecta inconsistencias.

Cuando el camino fácil es una sola respuesta, la verificación se vuelve un extra, como lavarse las manos “si tienes tiempo”. Y en temas delicados, ese extra es justamente lo que marca la diferencia entre estar informado y estar confundido.

Qué deberían hacer los chatbots y qué podemos hacer nosotros

Los expertos en SEO citados por la BBC, como Harpreet Chatha, ilustran lo accesible que resulta crear contenido pensado para ser recogido por sistemas generativos, incluso para consultas comerciales del tipo “los mejores productos de 2026”, colocando una marca propia en primer lugar. Traducido a la vida real: si el escaparate se reorganiza solo en función de carteles que cualquiera puede imprimir, ganará quien grite más alto, no quien sea mejor.

Del lado de las plataformas, esto empuja hacia medidas más duras en consultas sobre personas, salud, finanzas o acusaciones: exigir múltiples fuentes independientes, elevar el peso de medios con estándares editoriales, marcar claramente lo no verificado, y reducir la tendencia a “rellenar silencios” con afirmaciones redondas. Del lado del usuario, conviene recuperar un reflejo antiguo: si la afirmación es grave o sorprendente, merece una segunda mirada, idealmente en más de una fuente reconocible. No porque el chatbot “mienta”, sino porque puede estar repitiendo un eco plantado a propósito.




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Teníamos sospechas, pero Sam Altman lo ha confirmado: la IA es solo una excusa para despedir

Teníamos sospechas, pero Sam Altman lo ha confirmado: la IA es solo una excusa para despedir

Durante meses, los despidos en las grandes tecnológicas se han justificado bajo el paraguas de la IA como si fuera la gran devoradora de puestos de trabajo. Sam Altman, CEO de OpenAI, asegura que estas empresas han usado a la IA como chivo expiatorio para llevar a cabo recortes impopulares que nada tienen que, en realidad, nada tienen que ver con el uso real o la implementación de esta tecnología.

Este truco, conocido como "AI washing" o lavado de AI, ha permitido a las compañías maquillar los ajustes de la plantilla para reajustarse a una nueva situación del mercado tras una sobrecontratación durante la pandemia y ahorrar costes, al tiempo que se impregnaban de una pátina de innovación tecnológica.

La excusa perfecta. En una entrevista para la cadena americana CNBC con motivo del India IA Impact Summit, Sam Altman arremetía contra aquellos que estaban usando a la IA como pretexto para despedir a sus plantillas. No obstante, el fundador de OpenAI describió un escenario con dos vertientes: por un lado, hay empresas que se apoyan en la narrativa de la IA para justificar recortes impopulares. "No sé cuál es el porcentaje exacto, pero hay algo de 'AI washing' donde la gente culpa a la IA de despidos que harían de todos modos".

Sin embargo, el directivo también reconocía que la llegada de la IA sí estaba desplazando a algunos perfiles por la automatización de determinadas tareas administrativas, aunque justifica ese desplazamiento como parte de la evolución tecnológica natural.​ "Encontraremos nuevos tipos de trabajos, como hacemos con cada revolución tecnológica".

Altman reconoce que "el impacto real de la IA en el empleo en los próximos años comenzará a ser palpable", pero no cree que el impacto actual de la IA en el mercado laboral sea tan severo como para ser la causa directa de los centenares de miles de despidos que se ejecutaron en 2025.

Los datos no cuadran con la narrativa. Un estudio del National Bureau of Economic Research (NBER) reveló que casi el 90% de los 6.000 directivos de empresas de EEUU, Reino Unido, Alemania y Australia que participaron aseguraron que la IA no ha afectado al empleo en los tres años posteriores al lanzamiento de ChatGPT.

Otro informe elaborado por The Budget Lab dependiente de la Universidad de Yale analizó los datos del Bureau of Labor Statistics hasta noviembre de 2025 y no encontró variaciones significativas en el desempleo de las ocupaciones más expuestas al impacto de la IA. Martha Gimbel, codirectora del laboratorio que elaboró el informe, aseguraba a Fortune que "No importa desde qué perspectiva se miren los datos, en este preciso momento no parece que haya efectos macroeconómicos importantes aquí".

De acuerdo a los datos del informe de la plataforma laboral Challenger, Gray & Christmas, en 2025 se atribuyeron directamente a la IA unos 54.836 despidos, de un total de 1.206.374 despidos en EEUU durante 2025. Eso implica que la IA realmente estaba tras el 0.045% del total de todos los despidos del año.

La amenaza sí es real. Aunque la IA no sea el motivo real tras los despidos actuales, su impacto en el mercado laboral en los próximos años es innegable. Dario Amodei, CEO de Anthropic, afirmaba hace unos días a Business Insider que "la mitad de los trabajos de oficina podrían desaparecer en los próximos cinco años".

Sebastian Siemiatkowski, CEO de la plataforma de pagos Klarna, que ya prescindió de parte de su plantilla para implementar agentes de IA de atención al cliente, se pronunciaba en la misma línea en una entrevista. El directivo aseguró que de cara a 2030 su empresa podrá prescindir de un 30% de los 3.000 empleados que en la actualidad forman la plantilla de la plataforma de pagos.

Por otro lado, tal y como publicaba el Financial Times, los datos ya comienzan a mostrar los primeros efectos del incremento en la productividad derivada de la inversión tecnológica con una caída relativa del 13% en el empleo de trabajadores junior en puestos muy expuestos a la IA.

No lo llames IA, llámalo soltar lastre. No obstante, la incipiente llegada de la IA en los próximos años no justifica que los despidos que se han ido llevando a cabo durante todo el pasado 2025 sea como efecto directo de la IA o porque una IA haya reemplazado al trabajador.

En un comunicado, Amazon vinculó el despido de 16.000 empleados a la IA, diciendo que necesitaría "menos gente para algunos trabajos que se hacen hoy". Días más tarde, en una conferencia con inversores, el CEO de Amazon, Andy Jassy, desvinculaba los despidos de la IA afirmando que "El anuncio que hicimos hace unos días no tuvo un verdadero impulso financiero, ni siquiera está impulsado por la IA, al menos no ahora mismo. Es una cuestión cultural".

Microsoft y otras empresas han seguido el mismo patrón de justificación de los despidos excusándose en la IA, cuando en realidad la IA no está lo suficientemente implementada en las empresas como para ser motivo de despido en rondas de decenas de miles de empleados. Llámalo estrategia empresarial, pero no culpes a la IA.

En Xataka | "El mundo está en peligro": el responsable de seguridad de Anthropic abandona la empresa para dedicarse a escribir poesía

Imagen | Wikipedia

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Ya no basta con congelar óvulos y esperar: la IA entra en las clínicas para decirte su potencial real

Ya no basta con congelar óvulos y esperar: la IA entra en las clínicas para decirte su potencial real

Durante años, congelar óvulos significaba congelar también una incógnita. Las mujeres que optaban por la vitrificación como estrategia para preservar su fertilidad sabían cuántos ovocitos almacenaban, pero no qué potencial real tenían. La estimación dependía casi exclusivamente de la edad y de estadísticas poblacionales. No había mucho más.

Eso está empezando a cambiar. La inteligencia artificial ha comenzado a utilizarse en medicina reproductiva no solo para optimizar procesos técnicos, sino también para ofrecer a las pacientes información predictiva más precisa sobre sus posibilidades reales de ser madres en el futuro a partir de sus propios óvulos vitrificados.

De la intuición visual a la precisión algorítmica. Antes de la incorporación de la IA, la calidad de un ovocito prácticamente no podía evaluarse de forma objetiva. Según explica el doctor Marcos Meseguer, Director Global de Investigación en Embriología, en una entrevista para Xataka, la valoración dependía de criterios morfológicos generales y de la impresión subjetiva del embriólogo, basándose muchas veces en si el óvulo "parecía bonito o feo".

No existían estándares cuantitativos sólidos ni modelos capaces de estimar la competencia biológica del ovocito. La predicción era extremadamente limitada, casi equivalente al azar. El salto tecnológico no ha sido incremental, sino cualitativo. “Hemos pasado de no tener prácticamente ninguna herramienta pronóstica a disponer de modelos con capacidad real de predicción”, detalla Meseguer. Hoy, los algoritmos están introduciendo una capa de análisis cuantitativo que transforma ese escenario.

Más en profundidad. El cambio no es menor. Según nos explica Meseguer, la IA permite analizar miles de imágenes de ovocitos cuyos resultados clínicos posteriores se conocen —si formaron embrión, si llegaron a blastocisto— y aprender patrones asociados al éxito reproductivo. El algoritmo evalúa siempre los mismos parámetros de forma estandarizada. Esa sistematización elimina la variabilidad entre observadores y convierte una valoración subjetiva en una evaluación objetiva y reproducible. En otras palabras, por primera vez se puede ofrecer una estimación probabilística basada en datos y no solo en estadísticas generales por edad.

No es magia: medir mejor, no ver más. Conviene matizar qué hace exactamente la IA y qué no hace. El algoritmo no detecta anomalías genéticas ocultas ni sustituye pruebas como el diagnóstico genético preimplantacional. Como aclara el especialista, el análisis genético no se realiza sobre el ovocito, sino sobre el embrión tras la fecundación.

La IA aplicada al ovocito analiza las mismas imágenes que ve el embriólogo, pero de forma cuantitativa. Mide con precisión parámetros como el diámetro ovocitario, el grosor de la zona pelúcida o determinadas características del citoplasma. “La diferencia no es ver más, sino medir mejor y de manera estandarizada”, señala Marcos Meseguer. Además, el ovocito no se evalúa de forma dinámica, como ocurre con el embrión, sino estática. No se trata de elegir un “candidato ideal” —todos los ovocitos maduros se utilizan en reproducción asistida—, sino de estratificar su potencial biológico y ofrecer estimaciones probabilísticas de competencia.

Más información, pero no garantías. Este avance no implica que los laboratorios “seleccionen” solo los mejores ovocitos. Todos los ovocitos maduros (metafase II) siguen utilizándose. La diferencia está en la estratificación de su potencial biológico. En preservación de la fertilidad —mujeres que vitrifican óvulos para usarlos años después— esta información adquiere especial relevancia. En lugar de basar las expectativas exclusivamente en la edad, pueden incorporarse datos personalizados derivados del análisis algorítmico.

Sin embargo, la prudencia es clave. La edad continúa siendo el factor pronóstico más determinante. La IA no modifica la biología ni compensa limitaciones fisiológicas. Es una herramienta de apoyo, no una solución milagrosa, advierte el experto. Lo que sí logra es reducir la incertidumbre. Y en un terreno marcado por el estrés emocional y la toma de decisiones complejas, disponer de información cuantificada y objetiva puede cambiar la conversación clínica.

Una tendencia global hacia la automatización. La incorporación de inteligencia artificial se enmarca en una transformación más amplia de los laboratorios de fertilidad. Un ejemplo reciente lo recoge The New York Times a partir de un estudio publicado en Nature Medicine. El trabajo analiza un dispositivo de microfluidos denominado OvaReady, capaz de recuperar óvulos que el método convencional no detectaba tras la aspiración folicular.

En el estudio, el dispositivo analizó líquido folicular que ya había sido examinado manualmente. En más de la mitad de las pacientes se encontraron ovocitos adicionales que iban a ser descartados. Incluso se documentó el nacimiento de una niña a partir de uno de esos ovocitos recuperados. Aunque esta tecnología no es exactamente un sistema predictivo como los algoritmos de análisis de imagen, ilustra una tendencia clara: los laboratorios están incorporando herramientas automatizadas que estandarizan procesos y reducen la dependencia exclusiva del criterio humano.

Expertos citados por el diario estadounidense subrayan, no obstante, que todavía se necesitan estudios más amplios para confirmar que estos óvulos adicionales aumentan de forma consistente la tasa de nacimientos vivos.

El impacto real: ¿gestionar mejor el “reloj biológico”? El entusiasmo tecnológico, sin embargo, tiene fronteras. “La IA es una herramienta de apoyo al diagnóstico y a la toma de decisiones, no una solución milagrosa”, señala el especialista en la entrevista. Puede optimizar decisiones y reducir variabilidad, pero no puede modificar la calidad intrínseca de los gametos ni alterar las limitaciones biológicas. En otras palabras, mejora la información disponible, pero no cambia la biología.

El siguiente paso. El desarrollo no se detiene en la evaluación ovocitaria. Según el embriólogo, el siguiente gran salto será la optimización progresiva de los protocolos de estimulación ovárica mediante modelos predictivos que integren datos clínicos, hormonales y de respuesta previa. Más que una “personalización absoluta”, se tratará de una mejora continua en precisión. La medicina reproductiva avanza hacia decisiones cada vez más basadas en datos.

En términos económicos, la incorporación tecnológica puede suponer inicialmente un mayor coste, pero a medio y largo plazo podría reducir ciclos fallidos y hacer el sistema más coste-efectivo.

Congelar óvulos sin congelar la incertidumbre. La vitrificación seguirá siendo una apuesta con margen de incertidumbre. Ningún algoritmo puede prometer un embarazo futuro. Pero sí puede ofrecer una estimación más afinada del potencial biológico de esos óvulos congelados.

Durante años, la preservación de la fertilidad fue una decisión apoyada en estadísticas generales. Hoy empieza a apoyarse también en modelos predictivos personalizados. La inteligencia artificial no elimina el paso del tiempo ni garantiza la maternidad. Pero sí introduce algo nuevo en una disciplina históricamente marcada por la probabilidad: información medible, estandarizada y basada en datos.

Y en un terreno donde la incertidumbre pesa tanto como la biología, disponer de información más precisa puede ser, por sí mismo, un cambio profundo.

Imagen | Freepik 1 y 2

Xataka | No sabíamos casi nada de la "caja negra" de la vida, el momento inicial de la fecundación: eso se ha terminado

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Llevamos años culpando al móvil de la miopía. Ahora tenemos un sospechoso mucho más sutil: la falta de luz

Llevamos años culpando al móvil de la miopía. Ahora tenemos un sospechoso mucho más sutil: la falta de luz

Es una frase bastante de abuela y de madre el escuchar que estar durante mucho tiempo delante de una pantalla o estar muy cerca de un libro puede causarnos la aparición de una enfermedad en los ojos como la miopía. Sin embargo, la ciencia lleva tiempo sospechando que el "trabajo de cerca" no explica por sí solo por qué la miopía se ha convertido en una pandemia mundial. 

Lo nuevo. Ahora un revelador estudio ha propuesto un mecanismo fisiológico que encaja todas las piezas del puzle, haciendo que la culpa no sea solo de lo que miramos, sino de la cantidad de luz que llega al fondo de nuestro ojo mientras lo hacemos. 

Y es que la investigación está bastante justificada, puesto que los datos asustan. En España, el 19% de los niños de entre 5 y 7 años ya son miopes, y las proyecciones estiman que para 2050 la mitad de la población mundial necesitará gafas. Para frenar esto, necesitamos entender exactamente el mecanismo que produce la miopía, y un equipo de Nueva York ha dado en la clave. 

La hambruna de luz. El trabajo, publicado recientemente en la prestigiosa revista Cell Reports por los investigadores, apunta a un concepto fascinante en este caso: la hipótesis de la privación de la luz. 

Hasta ahora sabíamos que fijar la vista en objetos cercanos está íntimamente ligado al desarrollo de la miopía. Pero lo que este estudio ha medido con precisión empírica es cómo reacciona el ojo miope frente al ojo sano durante este proceso. 

Lo que han visto. El hallazgo principal es que los miopes sufren una constricción pupilar acomodativa excesiva, es decir, que cuando se mira de cerca, la pupila se hace mucho más pequeña de lo normal. Si a esto le sumamos que el trabajo de cerca suele hacerse en interiores donde la iluminación rara vez supera los 500 lux, frente a los 10.000 lux del exterior, el resultado es un cóctel letal para el ojo: la combinación de luz tenue y una pupila contraída al máximo hace que la retina se "muera de hambre" por falta de luz.

El cortocircuito. Aquí la pregunta que lógicamente hay que hacerse es: ¿Por qué esa falta de luz hace que el ojo crezca de forma anormal, causando la miopía? Aquí es donde entra la neurociencia más pura, puesto que nuestra retina procesa la imagen a través de dos canales principales: la vía ON que se activa con los incrementos de la luz, y la vía OFF, que reacciona a las sombras. 

En trabajos previos de 2024, este mismo equipo ya había demostrado que en los pacientes miopes las vías ON presentan déficits graves, puesto que son menos sensibles y más lentas. Ahora la nueva hipótesis postula un círculo vicioso en el que, al leer o mirar el móvil en interiores, la pupila se cierra demasiado. Y esto es un problema, puesto que la falta de luz crónica debilita aún más a la vía ON retiniana, y este desequilibrio envía señales erróneas que, en último lugar, promueven un alargamiento del globo ocular. 

Los tratamientos. Esta propuesta no destaca solo por explicar el mecanismo biológico de la miopía, sino que unifica de golpe por qué funcionan los tratamientos que los oftalmólogos llevan años aplicando de manera empírica. Uno de los ejemplos lo tenemos en el hecho de pasar tiempo al aire libre, pero no porque este cure, sino porque la luz solar es tan intensa que compensa con creces el hecho de tener la pupila pequeña, manteniendo la vía ON estimulada y frenando la progresión de la miopía. 

Otro ejemplo lo tenemos en el uso de las gotas de atropina en los más pequeños para poder frenar la miopía gracias a la dilatación de la pupila para que entre más luz a la retina. Lo mismo ocurre con las lentes multifocales que se usan para reducir el esfuerzo de acomodación, ya que la pupila no necesita contraerse de manera tan excesiva. 

No es definitivo. Como ocurre casi siempre en ciencia, este trabajo no demuestra una casualidad directa todavía, sino que nos ofrece un mecanismo fisiológico increíblemente sólido y plausible respaldado por datos muy robustos sobre el comportamiento de nuestra pupila y las vías neuronales. Pero todavía queda camino por delante con nuevos estudios a largo plazo para confirmar la hipótesis al 100%. 

Mientras esperamos esos resultados, la conclusión práctica parece más clara que nunca: el problema no es solo la tablet o el libro. El problema es hacerlo a oscuras, por lo que si vas a forzar la vista de cerca, asegúrate de encender una buena lámpara y, sobre todo, no olvides salir a que te dé el sol.

Imágenes |  Akshit Dhasmana 

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Una nueva forma de imprimir músculo artificial en 3D para que la robótica blanda se mueva como un ser vivo

músculos robots

Si piensas en un brazo robótico industrial, el movimiento tiene algo hipnótico: va del punto A al punto B con una precisión que parece coreografiada por un metrónomo. Esa fluidez, curiosamente, no se siente “orgánica”. Es demasiado perfecta, como una puerta automática que se abre siempre igual. La razón está en el ADN de esas máquinas: nacen de una tradición de ingeniería basada en piezas rígidas, articulaciones claras y mecanismos como engranajes, bisagras y estructuras metálicas. Es el mismo lenguaje mecánico que, con matices, conecta un molino de agua con un motor de combustión.

Los seres vivos, en cambio, no nos movemos con engranajes. Aunque tengamos partes duras —huesos o exoesqueletos, según la especie—, lo que realmente empuja, tira, amortigua y ajusta el gesto en tiempo real son tejidos relativamente blandos: músculos, tendones y ligamentos. Esa mezcla de elasticidad y control fino es lo que permite que una mano coja una taza sin romperla o que un pulpo se cuele por un hueco impensable. De ahí surge el interés por la robótica blanda: construir robots con materiales como siliconas, gomas o plásticos flexibles para acercarse a ese tipo de movimiento, más adaptativo y menos “robótico” en el sentido tradicional.

La idea clave de la robótica blanda: cambiar el material cambia el movimiento

Cuando el cuerpo del robot es blando, muchos mecanismos habituales dejan de encajar. No tiene demasiado sentido fabricar una estructura de goma y luego controlarla con una armadura rígida llena de juntas metálicas, porque el sistema vuelve a comportarse como un robot duro con un disfraz flexible. En este terreno, el diseño se parece más a pensar en un globo, una manguera o un cojín de aire que en una caja de cambios.

Por eso, una de las piezas estrella en este campo son los actuadores que imitan un músculo artificial. La lógica es sencilla de explicar con un ejemplo cotidiano: imagina un churro de piscina con canales internos. Si esos canales se inflan o se desinflan, el material alrededor se deforma; se curva, se estira o se contrae. Ese cambio de forma es el movimiento. En robótica, esos canales suelen ser neumáticos: se llenan de aire y el “tejido” que los rodea responde como lo haría un músculo que se tensa.

El resultado es un movimiento que puede ser más suave, con transiciones menos bruscas, y con una capacidad interesante para adaptarse a objetos delicados o irregulares. Un robot blando no necesita “clavar” una posición exacta con la rigidez de un brazo industrial; puede abrazar el problema, literalmente, deformándose para encajar.

Cómo se fabricaban antes estos “músculos” y por qué era un cuello de botella

Hasta ahora, fabricar músculo artificial con canales internos ha tenido un peaje: la complejidad del proceso. Lo más habitual era la fabricación por moldeo (mold-casting). Si quieres canales huecos dentro de una pieza blanda, no basta con verter material en un molde y esperar. Lo común era dividir la pieza en dos partes: una mitad se moldeaba con la geometría de los canales, la otra mitad sin ellos, y después se ensamblaban como si fueran dos rebanadas de pan que esconden un relleno. Ese “sándwich” funcionaba, pero obligaba a diseñar moldes específicos, producir varias piezas y unirlas con cuidado.

En la práctica, esto significa tiempo, coste y limitaciones para iterar diseños. Cada cambio en la forma del canal o en el grosor del material puede requerir un molde distinto. Es como cocinar siempre con un molde de repostería hecho a medida: si quieres cambiar la receta, te toca encargar un molde nuevo. Para un laboratorio, puede ser asumible. Para escalar y fabricar a mayor volumen, empieza a ser un freno.

El salto: impresión 3D multimaterial en una sola pasada

Según cuenta Gizmodo, a partir de un trabajo publicado en Advanced Materials, un equipo de Harvard University describe un método nuevo para producir estos actuadores blandos con canales internos mediante impresión 3D. La técnica se llama rotational multimaterial 3D printing y, más allá del nombre, lo interesante es lo que promete: imprimir toda la estructura en una sola pasada, sin el “partido en dos” del moldeo tradicional.

El truco se entiende bien si lo comparas con construir un túnel en arena usando un molde de gelatina. Primero se imprimen los canales con un gel blando que actúa como material de soporte. Encima de ese “molde temporal”, se imprime el material que hará de tejido, capa a capa, hasta formar la pieza completa. Cuando todo está terminado, el gel se drena desde el interior y lo que queda es un canal hueco listo para conectarse a una fuente de aire. El canal no se “taladra” después: nace ya integrado en el proceso.

Este enfoque tiene dos consecuencias directas. La primera es que reduce pasos: menos piezas, menos montaje, menos puntos donde algo puede salir mal. La segunda es que libera el diseño: modificar la geometría de los canales pasa a ser, sobre todo, una cuestión de cambiar un archivo y reimprimir, no de rediseñar moldes y reorganizar una cadena de fabricación.

Qué cambia en costes, velocidad y adopción comercial

Cuando una tecnología pasa de “requiere artesanía” a “se puede fabricar de forma repetible”, suele ocurrir lo mismo: se vuelve más rápida de prototipar y más barata de producir, al menos en escenarios comparables. Si ya no necesitas moldes a medida para cada músculo, reduces la inversión inicial por diseño y aceleras la experimentación. Para quien desarrolla robots blandos, esto se traduce en ciclos de prueba más cortos: imprimir, probar, ajustar, imprimir de nuevo.

En términos de mercado, la promesa es la viabilidad: si el músculo artificial se vuelve más accesible y menos costoso de fabricar, es más probable verlo fuera del laboratorio, en prototipos funcionales y productos especializados. No significa que mañana haya robots blandos en cada casa; significa que una de las barreras típicas —fabricación lenta y cara— puede bajar.

También hay un factor de estandarización. La impresión 3D permite reproducir geometrías complejas con bastante consistencia, y eso ayuda cuando necesitas comparar rendimiento entre unidades: cuánto se curva, qué fuerza ejerce, cuánta presión requiere. En robótica, esa repetibilidad es oro, porque simplifica el control y el mantenimiento.

Qué tipo de robots podrían beneficiarse y por qué se habla tanto de “manos” y extremidades

Los ejemplos que suelen venir a la cabeza son manos robóticas blandas, pinzas que agarran sin aplastar y extremidades que se deforman para adaptarse. No es casualidad: las manos son el lugar donde la rigidez penaliza. Una pinza metálica puede ser precisa, sí, pero no es amable con una fresa madura ni con un objeto frágil de formas raras. Una mano blanda, con actuadores neumáticos, puede comportarse más como un guante inflable que se ajusta a lo que toca.

En entornos médicos o de asistencia, esta suavidad puede ser aún más relevante. La idea de un robot que interactúa con personas —moviendo un brazo cerca de un paciente, sujetando, ayudando a levantar— exige materiales y movimientos que toleren errores sin causar daño. La robótica blanda apunta a esa clase de interacción segura por diseño: si el material cede, el impacto potencial se reduce.

Lo que subraya el artículo de Gizmodo, con su tono juguetón, es que cuando fabricar músculos blandos se vuelve más fácil, también se abren puertas a robots más “expresivos” en sus movimientos. No es una cuestión estética: el movimiento orgánico suele ser el resultado de actuadores capaces de deformarse de muchas maneras, no solo de girar sobre una bisagra.

Lo que todavía conviene mirar con lupa

Que una técnica de fabricación mejore no borra los retos del campo. Los actuadores neumáticos dependen de una fuente de aire, válvulas, controladores y, a menudo, sensores para cerrar el bucle. El músculo blando es una parte del sistema; el “cerebro” y la infraestructura siguen importando. También queda la cuestión de la durabilidad: materiales blandos pueden fatigarse, rasgarse o perder propiedades con el tiempo, especialmente si se someten a ciclos repetidos de inflado y desinflado.

Aun así, el avance que describe Advanced Materials y que recoge Gizmodo se sitúa donde a veces se decide el futuro de una tecnología: en el taller, en la forma de fabricar. Si antes era como hacer repostería con moldes exclusivos para cada forma, ahora se acerca más a imprimir la receta completa, con sus cavidades internas, lista para funcionar.




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