13 de junio de 2026

El Reino Unido tiene ya la ley que puede prohibir las redes sociales a menores de 16 años, pero la batalla real acaba de empezar

El Reino Unido tiene ya la ley que puede prohibir las redes sociales a menores de 16 años, pero la batalla real acaba de empezar

El Reino Unido dispone desde el 29 de abril de 2026 de la base legal para prohibir las redes sociales a menores de 16 años. El problema es que disponer de la ley no es lo mismo que tener la prohibición: son dos cosas distintas, y esa diferencia va a definir los próximos doce meses de política digital europea. La Children’s Wellbeing and Schools Act 2026 fue sancionada por la Corona hace poco más de un mes. Su tercera parte otorga al ejecutivo la capacidad de imponer restricciones de edad o de funcionalidades a través de reglamentos, sin necesidad de tramitar legislación primaria cada vez que una plataforma evolucione. Lo analiza The Next Web en una pieza publicada hoy. Lo que todavía nadie ha decidido es qué plataformas quedarán afectadas, si habrá toques de queda para menores de 16 y 17 años, ni cuáles serán los mecanismos de verificación. Un responsable del Departamento de Ciencia, Innovación y Tecnología (DSIT) lo confirmó en una conferencia en Bruselas esta misma semana: no hay ninguna decisión final. La ley existe. La prohibición, todavía no.

Una ley habilitante, no una prohibición directa

La arquitectura jurídica elegida por el gobierno Starmer tiene lógica: en lugar de fijar en la ley primaria una norma rígida que el Parlamento tardaría años en actualizar, el texto crea el marco para que el ejecutivo pueda actuar por reglamento con mayor agilidad. No es un modelo nuevo. La Unión Europea usa el mismo esquema en el Reglamento de Servicios Digitales (DSA) para adaptar las obligaciones de las grandes plataformas sin reformar el texto principal cada vez que aparece una amenaza nueva. Lo que aquí se añade es la dimensión de la infancia: la ley responde en parte a presiones de todos los partidos, después de que el Parlamento rechazara en marzo un texto más ambicioso que hubiera introducido la prohibición directa en la ley primaria. Esa votación se saldó por 307 votos a favor del rechazo frente a 173, lo que ilustra la resistencia parlamentaria a una norma demasiado rígida. El camino hacia el reglamento incluye además la digestión de los resultados de la consulta pública «Growing up in the online world», que recogió opiniones de padres, tutores y jóvenes entre el 2 de marzo y el 26 de mayo de 2026. Sus conclusiones marcarán el tono del texto regulatorio.

Lo que sí anticipa POLITICO según TNW: el objetivo serán funcionalidades concretas más que plataformas genéricas. Las candidatas a restricción son el livestreaming, los mensajes que desaparecen y las herramientas que permiten que adultos contacten directamente con menores sin supervisión parental. Los toques de queda para la franja de 16 a 17 años también están sobre la mesa pero sin formato confirmado.

El espejo australiano: seis meses de prohibición con fisuras evidentes

Antes de redactar el reglamento, el gobierno británico debería leer los datos que llegan desde el Pacífico. Australia se convirtió en diciembre de 2025 en el primer país del mundo en aplicar una prohibición de redes sociales para menores de 16 años. Lleva medio año activa y los resultados son suficientemente malos como para prestar atención. Según la Molly Rose Foundation, el 61% de los menores australianos entre 12 y 15 años que usaban redes sociales antes de la prohibición siguen teniendo al menos una cuenta activa. El 70% de quienes intentaron saltarse el bloqueo dice que fue fácil. La prohibición australiana, que ya muestra fisuras significativas en su implementación, sugiere que el problema no es de principio sino de herramientas: los sistemas de verificación de edad actuales son inadecuados para la tarea.

La razón técnica es concreta. Australia apostó por estimación de edad mediante tecnología biométrica, pero el propio estudio oficial encontró que el sistema se equivocaba en dos o tres años. Una herramienta diseñada para bloquear a un menor de 14 puede clasificarle como mayor de 16, y ahí la prohibición pierde toda su eficacia. Evan Spiegel, CEO de Snapchat, ha argumentado que la verificación debería hacerse a nivel de tienda de aplicaciones —App Store, Google Play— para reducir el número de veces que los usuarios ceden datos biométricos a terceros. La idea tiene sentido técnico, pero requiere la cooperación de Apple y Google, que hasta ahora no han dado señales claras de que vayan a asumirlo como responsabilidad propia.

La verificación de edad, el nudo que nadie ha desatado

Este es el punto ciego de toda la legislación sobre menores y redes sociales en Europa. Una verificación robusta exige que el usuario acredite su identidad: documento oficial o escaneo biométrico. En ambos casos la plataforma obtiene más información de la que tenía. Y eso contradice directamente el principio de minimización de datos que rige en el RGPD. No es un problema retórico: es el mismo obstáculo que ha paralizado varias iniciativas similares en Estados Unidos ante los tribunales. Chris Sherwood, director ejecutivo de la NSPCC, la mayor organización de protección a la infancia del Reino Unido, ha advertido que una prohibición sin mecanismos robustos podría empujar a los adolescentes «hacia rincones más oscuros y menos regulados de internet», lo contrario de lo que busca la ley.

Llevo más de una década cubriendo política regulatoria digital en Europa, y es la primera vez que varios países grandes están resolviendo este problema al mismo tiempo con enfoques diferentes. España, que avanza en su propio proyecto de ley de protección de menores digitales, apuesta por una combinación de controles parentales y conversaciones sobre el uso de internet que algunos expertos consideran más efectiva que la prohibición directa. El hecho de que el Reino Unido haya ejecutado ya un piloto con 300 adolescentes para comparar prohibición total, toque de queda nocturno y límite de una hora diaria indica que, por lo menos, alguien está intentando obtener datos reales antes de legislar definitivamente.

Mi valoración

En wwwhatsnew llevamos documentando la evolución regulatoria de las plataformas digitales desde antes de que el Parlamento Europeo presentara sus primeras propuestas para el Digital Services Act en 2020. Pocas veces hemos visto un marco legislativo construido con tanto cuidado arquitectónico y tanta incertidumbre operativa a la vez. Lo que más me convence de la Children’s Wellbeing and Schools Act es precisamente que no es una prohibición. El diseño habilitante —actúas por reglamento cuando tienes las herramientas— es más honesto que fijar en la ley primaria una norma que nadie sabe todavía cómo implementar. Lo que más me preocupa es la distancia entre la voluntad política y la capacidad técnica. Los datos australianos no dicen que la idea sea mala: dicen que las herramientas de verificación de edad son todavía insuficientes. Legislar sobre esa base es construir sobre arena. Lo más estructuralmente significativo de esta semana es que el gobierno Starmer tiene la ley pero ha reconocido en Bruselas que no tiene la respuesta. Eso es raro en política, y en este caso es lo correcto. La pregunta a 12 meses no es si habrá reglamento, sino si cuando llegue habrá tecnología de verificación que lo sostenga. Mi predicción: el reglamento llega antes de finales de 2026, y el primer año de aplicación muestra las mismas fisuras que Australia, lo que acelera la presión sobre App Store y Google Play para que asuman la verificación a nivel de tienda.

Preguntas frecuentes

¿Qué dice exactamente la Children’s Wellbeing and Schools Act 2026 sobre las redes sociales?

La tercera parte de la ley, que recibió la sanción real el 29 de abril, permite al gobierno imponer restricciones de edad o de funcionalidades a plataformas digitales mediante reglamentos, sin necesidad de aprobar nueva legislación. No fija una prohibición directa ni establece qué plataformas quedarán afectadas. Los detalles —plataformas específicas, franjas horarias, mecanismos de verificación de edad— serán objeto de un reglamento posterior. Aún no hay fecha fijada para ese reglamento.

¿Por qué fracasó la prohibición en Australia si lleva seis meses activa?

La prohibición australiana entró en vigor en diciembre de 2025 y cubre Instagram, TikTok, Snapchat, YouTube, X y otras plataformas. El problema no es la ley sino la ejecución: el sistema de estimación de edad basado en tecnología biométrica utilizado para verificar que los usuarios superan los 16 años se equivoca en dos o tres años según los propios estudios del gobierno. En la práctica, el 61% de los menores de 12 a 15 años sigue teniendo al menos una cuenta activa y el 70% de quienes intentaron saltarse el bloqueo lo lograron sin dificultad.

¿Qué alternativas hay a la prohibición directa de redes sociales para menores?

Los expertos en infancia digital y derecho tecnológico proponen tres alternativas principales: verificación de edad a nivel de tienda de aplicaciones (App Store, Google Play) para evitar que cada plataforma recopile datos biométricos de forma independiente; eliminación de funcionalidades adictivas como el scroll infinito, las notificaciones nocturnas y el feed de recomendaciones algorítmicas para usuarios menores de una determinada edad; y sistemas de consentimiento parental granular que permiten a los padres autorizar funcionalidades específicas en lugar de bloquear o permitir el acceso total.




☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí

12 de junio de 2026

Aún no sabemos cómo curar la ceguera. Así que nos vamos a ir al espacio para intentar solucionarlo de una vez por todas

Aún no sabemos cómo curar la ceguera. Así que nos vamos a ir al espacio para intentar solucionarlo de una vez por todas

A menudo nos preguntamos para qué sirve la investigación espacial. ¿Vale la pena invertir ingentes cantidades de dinero en explorar más allá de nuestro planeta? Según con quién hablemos, puede que nos dé una respuesta distinta, pero si hay algo que está claro es que parte de la investigación que se hace en el espacio genera un retorno sobre la Tierra. Por ejemplo, ciertas investigaciones realizadas en la Estación Espacial Internacional (EEI) pueden ayudar a tratar ciertos tipos de ceguera en nuestro planeta. 

Esta investigación la ha llevado a cabo durante los últimos 10 años la compañía LambdaVision, en colaboración con el proveedor de servicios comerciales del Laboratorio Nacional de la EEI Tango Space. Básicamente, esta empresa se dedica a fabricar retinas artificiales para ayudar a recuperar la visión a personas con degeneración macular asociada a la edad o retinitis pigmentaria. La fabricación de retinas artificiales no es nueva. Es algo que lleva tiempo investigándose en la Tierra, pero hay algunos hándicaps en el proceso que se resuelven bastante bien en el espacio. 

Todo ventajas. En los últimos 9 años se han llevado a cabo 10 misiones de investigación en la EEI dirigidas a perfeccionar el desarrollo de retinas artificiales en microgravedad. En este tiempo, han conseguido mejorar la uniformidad, el rendimiento óptico y la reproducibilidad. Además, se necesita menos material, lo cual no solo es ventajoso en términos económicos. También mejora la biocompatibilidad del producto final. 

Una solución microbiana. Tanto la degeneración macular asociada a la edad como la retinitis pigmentaria causan problemas de visión por la pérdida de células fotorreceptoras en la retina. En condiciones normales, estas células se encargan de captar la luz que llega al ojo y convertirla en señales eléctricas que se envían a través del nervio óptico hasta el cerebro, donde se interpretan y se transforman en lo que vemos. Si se dañan, las señales no se envían correctamente y se entorpece o impide la visión. 

Por eso, hace tiempo que se están llevando a cabo investigaciones con bacteriorrodopsina, una proteína usada por algunas bacterias extremófilas para obtener energía a partir de la luz. En cierto modo, es parecido a lo que ocurre en la retina. La luz se transforma en energía, que se puede usar para enviar señales al cerebro. Por eso, se pueden hacer retinas artificiales utilizando esta proteína.

Capas y más capas. De forma muy resumida, las retinas artificiales están compuestas por cientos de capas de bacteriorrodopsina, dispuestas unas encima de otras. Aunque en realidad el proceso es algo más complejo. Normalmente se usa un sustrato que se introduce en un vaso de precipitados en el que se deposita bacteriorrodopsina, un polímero policatiónico que ayuda a ensamblar las capas sobre el sustrato, y una solución de lavado. Así, se van disponiendo las capas que dan lugar a la retina definitiva.

El problema de la gravedad. Igual que al poner azúcar en el café se va al fondo de la taza si no lo removemos constantemente, en el vaso de  precipitados pasa lo mismo. Las moléculas más densas se van al fondo. Por otro lado, precisamente por esa diferencia de densidades, se crean corrientes de convección que provocan un recubrimiento desigual. 

En definitiva, las capas no quedan iguales. Esto podría afectar a la visión, ya que la luz no se distribuye igual y las señales resultantes no son uniformes. Se generarían imágenes, pero estarían distorsionadas. Para evitar que esto ocurra, se corta la zona en la que las capas son más homogéneas y se desecha el resto. Esto supone un gasto enorme de material y, a la vez, una gran dificultad para escalar el proceso de modo que sea rentable llevarlo a cabo en grandes cantidades.

Cubelab Contenido del CubeLab

La solución está en el espacio. Todos los problemas que dan lugar a la distribución heterogénea de capas se deben a la gravedad. Si no tenemos esa atracción que empuja hacia abajo, el azúcar no se depositaría en el fondo de la taza. Por esa razón, en LambdaVision se asociaron hace 4 años con Space Tango para usar su CubeLab, un módulo experimental compacto en el que se pueden llevar a cabo experimentos de forma automatizada. 

Para fabricar las retinas artificiales, en vez de hacer el procedimiento del sustrato y el vaso de precipitados, se usan una bolsa con líquido y una cámara con el sustrato, de forma que la solución se va bombeando a la cámara de forma alternada.

Todo ventajas. Además de las ventajas que ya hemos visto, que van desde la reproducibilidad hasta el aumento del rendimiento óptico, este proceso cuenta con más beneficios. Para empezar, se lleva a cabo de forma automática. Una vez que se pone en marcha, no necesita la intervención de ningún astronauta. De hecho, si hay algún problema, el proceso se para y se envía un aviso a la Tierra, desde donde se pueden buscar y ejecutar soluciones en remoto. 

Por otro lado, todo el material y la maquinaria están muy compactados. La carga útil que supone dentro de la EEI es mínima, por lo que se pueden obtener muchas retinas con una huella mínima. 

¿Y ahora qué? Para finales de este año, LambdaVision quiere lanzar una nueva misión, en la que se espera buscar formas de aumentar el volumen de producción y optimizar los procesos. Así, si todo va bien, podrán empezar con los ensayos preclínicos para finales de 2027 o principios de 2028. Aún queda mucho para que estas retinas artificiales puedan usarse para tratar la ceguera, pero la investigación va viento en popa. Desde luego, hay investigaciones en el espacio que sí son de lo más útiles aquí en la Tierra. 

Imagen |Magnific | Tango Space

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La IA está aligerando el trabajo diario, pero tiene un efecto secundario: se trabaja más para rehacer lo que hace la IA

La IA está aligerando el trabajo diario, pero tiene un efecto secundario: se trabaja más para rehacer lo que hace la IA

Cuando la IA empezó a demostrar que podía ser competente a la hora de escribir código, todo un sector se echó a temblar. El de los ingenieros de software parecía uno de esos trabajos que iba a ser rápidamente eclipsado por la llegada de la IA, pero resulta que al final ha sido al revés

Los empleados siguen ahí, los CEO de empresas muy optimistas con el futuro de la IA dicen que, precisamente, se necesitarán más ingenieros en software que nunca y la IA está comprimiendo trabajo que lleva horas a apenas unos segundos. Pero hay un problema: esto no se está traduciendo en jornadas más cortas, sino todo lo contrario.

Y todo ello por un problema de gestión que obliga a los trabajadores a saltar entre proyectos sin orden ni concierto.

Un problema de gestión, no de tecnología

En un reciente artículo, Business Insider expone cómo la IA ha transformado la rutina de seis trabajadores de empresas tecnológicas de la talla de Amazon. En la entrevista, detallaron que usar la IA les está ahorrando mucho tiempo y lo más interesante: cuantifican ese trabajo ahorrado.

Según sus declaraciones, el uso de la IA para resumir reuniones, revisar código, automatizar informes que tienen que hacer de forma frecuente y redactar documentos les ha permitido ahorrar un día de trabajo cada semana, que se dice pronto. ¿Significa eso que tienen un día de descanso adicional a la semana? Evidentemente... no. De hecho, alguno trabaja más horas que antes.

En estas declaraciones, uno de los empleados de Amazon afirmó que ese tiempo ahorrado no es para tomarse un par de cafés viendo vídeos para despejar la mente, sino que se redirige automáticamente a otros proyectos. Otro de los ingenieros comentó que construir esos sistemas de automatización está añadiendo más horas de trabajo a su semana, ya que también hay que revisar esos procesos constantemente.

El artículo de BI es muy limitado porque las fuentes son escasas, pero un informe de Boston Consulting Group llamado Global AI en el que se entrevistaron a 12.000 empleados de empresas tecnológicas de primera línea expone que el 42% ahorró el equivalente a un día de trabajo por semana, pero el 66% afirmó que no tienen ni idea de qué hacer con ese tiempo "recuperado".

Descansar no, desde luego, sino ir a otros proyectos para los que no tienen ningún tipo de gestión. Es como si yo tuviera que hacer tres artículos diarios y luego, como me sobra tiempo al hacerlos con la IA, empezara a editar un vídeo para echar un cable al departamento de vídeo porque... bueno, pues porque tengo tiempo y algo tengo que hacer.

El de Global AI no es la única empresa con una muestra más importante. Otro estudio en el que se entrevistó a 3.200 líderes empresariales halló que el 85% de los empleados ahorran entre una y siete horas de trabajo a la semana gracias a las nuevas herramientas, pero casi el 40% de ese tiempo recuperado se pierde de inmediato en revisar, corregir y rehacer parcial o totalmente esos resultados generados por la IA. No tiene ningún tipo de sentido.

"Por favor, no usen la IA sólo por el hecho de usarla" - Dave Treadwell, vicepresidente sénior de Amazon, a su equipo

Desde las empresas tecnológicas ya se está apuntando que hay un enorme problema de gestión. Frente al optimismo desbocado de algunos y el "hay que usarla porque sí, porque ahora somos una empresa de IA" (Meta, por ejemplo, creando competiciones a ver quién la usa más), está la otra cara de la moneda. 

Ya hay mandamases que están apuntando que los directivos siguen obsesionados con la plantilla en lugar de con replantear los flujos de trabajo, así como voces que apuntan que no se use la IA sólo por usarla.

Como ves, no son pocos los estudios que apuntan que, efectivamente, la IA está ahorrando tiempo en ciertos trabajos, pero todo ese tiempo se malgasta porque nadie tiene indicaciones de qué hacer con él. 

En The Next Web hicieron una investigación al respecto y la conclusión fue la misma: una herramienta que es capaz de ahorrar una hora a un empleado sólo es tan útil como la capacidad de la empresa de hacer algo con esa hora. Y, según el artículo, "la evidencia hasta ahora indica que la mayoría no lo están haciendo".

De hecho, esta misma semana, otro reportaje de 404 en el que detallaron cómo los propios ingenieros de Google que escriben el código de la IA se ríen de la IA de Google recalcó que hay una desconexión entre las políticas de trabajo y la necesidad de empujar el desarrollo de la IA. 

“Estamos descubriendo que las IA han aliviado la presión y el cuello de botella en la generación de código”, afirmó un empleado, “pero todo lo demás se ha convertido en un cuello de botella: tiempos de compilación, pruebas, los retrasos en la revisión humana, la infraestructura comparativamente lenta y el sistema de comparación de versiones”.

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11 de junio de 2026

Pensábamos que el problema del insomnio estaba en el pantalla del móvil. La ciencia apunta al inofensivo café de las cinco de la tarde

Pensábamos que el problema del insomnio estaba en el pantalla del móvil. La ciencia apunta al inofensivo café de las cinco de la tarde

Hay un ritual que muchos cumplimos sin cuestionarlo. Llegamos a las cinco de la tarde con el cerebro frito, pedimos un café —o un té, o una Coca-Cola— y seguimos. Es el empujón que necesitamos para aguantar el resto del día. Lo que casi nadie sabe es que ese café de las cinco puede estar saboteando el sueño de las once de la noche. 

Lo que solemos hacer cuando no dormimos bien es señalar al móvil, al estrés, a la cena tardía o a los pensamientos en bucle. Rara vez señalamos a la taza. Y sin embargo, para el médico Pablo Ferrero, especialista en medicina del sueño, la respuesta está ahí: "La cafeína es el enemigo número uno del buen descanso".

La química detrás del problema. Para entender por qué la cafeína es tan disruptiva, hay que conocer a la adenosina. Es una sustancia que el cerebro va acumulando durante las horas de vigilia y que, cuando llega a cierto nivel, nos genera esa sensación de cansancio, de que ya es hora de parar. Es, en cierto sentido, la alarma biológica del sueño. La cafeína lo que hace es bloquear los receptores de adenosina: silencia la alarma sin desactivar el cansancio real. El cuerpo sigue acumulando fatiga, pero el cerebro deja de percibirla.

El problema no es solo que cueste dormirse. Es lo que ocurre dentro mientras dormimos. Un estudio publicado en el Journal of Clinical Sleep Medicine encontró que una dosis de 400 miligramos de cafeína consumida seis horas antes de acostarse reducía significativamente la eficiencia del sueño. Otro trabajo en Neuropsychopharmacology fue más específico: el consumo de cafeína antes de dormir reduce la cantidad de sueño REM, la fase en la que el cerebro consolida recuerdos y regula el estado de ánimo.

Más en profundidad. Los números son concretos y poco tranquilizadores: esa dosis puede retrasar el inicio del sueño hasta 45 minutos y reducir el sueño profundo —las fases NREM 3 y 4— hasta en un 20%. Llevado a la práctica cotidiana: si te tomas un café a las 17:00 y te acuestas a las 23:00, tu sueño profundo puede pasar de los 120 minutos habituales a apenas 96. Son 24 minutos menos de reparación cerebral y física. Cada noche.

Pero hay algo más perturbador todavía: una revisión científica publicada en la revista Nutrients concluyó que la cafeína puede reducir el sueño profundo incluso cuando la persona duerme ocho horas continuas. Es decir, no basta con sumar horas. La calidad no siempre coincide con la percepción de haber descansado bien. Puedes levantarte creyendo que has dormido fenomenal mientras tu cerebro no ha pasado por los ciclos que necesitaba.

El tiempo importa. Uno de los errores más comunes es pensar que el café de la tarde "ya no hace efecto" porque uno está acostumbrado. La tolerancia reduce la percepción del estímulo, pero la vida media de la cafeína en el organismo es de entre 4 y 9 horas: eso significa que la mitad de lo que tomaste a las tres de la tarde sigue activo a las once de la noche. Y el problema no se limita al café. La cafeína también está presente en algunas gaseosas, bebidas energéticas, tés y chocolates, algo que Ferrero señala expresamente como un factor que pasa desapercibido. No es solo la taza del desayuno: es todo el circuito de consumo del día.

El reloj roto. La cafeína, sin embargo, no actúa sola. Ferrero apunta a otro factor que puede ser incluso más determinante: el desorden horario. El organismo funciona a través del ritmo circadiano, un reloj biológico interno que regula cuándo sentimos sueño y cuándo estamos alerta. Cuando los horarios cambian constantemente —nos acostamos a las once de lunes a jueves y a la una los viernes y sábados, y nos levantamos tres horas más tarde el domingo—, ese sistema pierde sincronización.

La ciencia respalda esto con datos: dormir a horas irregulares puede causar insomnio, somnolencia diurna y alterar la producción hormonal, el metabolismo y los hábitos alimentarios, aumentando el riesgo de enfermedades como diabetes, obesidad y depresión. El impacto no se queda en sentirse cansado ya que mientras dormimos, el cerebro elimina la proteína beta-amiloide, acumulada durante la vigilia y directamente relacionada con el Alzheimer y otros trastornos neurológicos. Dormir mal no es solo un problema de mañana: es una inversión —o una deuda— a largo plazo.

El móvil tampoco es inocente. Pero el mecanismo es más preciso de lo que se suele explicar. La luz azul que emiten las pantallas suprime la producción de melatonina, la hormona que le indica al cerebro que es hora de dormir. Un estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona advirtió que esta sobreexposición altera directamente el ciclo de sueño-vigilia.

Solo dos horas de exposición a pantallas brillantes antes de dormir pueden reducir los niveles de melatonina en un 20% o más, y el tiempo de conciliación del sueño puede pasar de 15 minutos a más de una hora. El uso de una tablet antes de dormir puede retrasar el sueño nocturno hasta 96 minutos; el de un smartphone, hasta 67. La Escuela de Medicina de Harvard señaló que "solo unos minutos de estimulación de pantalla pueden retrasar la liberación de melatonina varias horas y desincronizar el reloj biológico."

El problema es que vivimos en una sociedad con patrones cada vez más irregulares: exposición lumínica alta en horarios nocturnos, horarios laborales cambiantes, pantallas hasta el último momento. Estamos enviándole a nuestro cerebro señales de que sigue siendo de día cuando ya no lo es.

Entonces, ¿qué funciona? La respuesta de Ferrero no es particularmente glamurosa, pero tiene el respaldo de la evidencia. Acostarse y levantarse todos los días a horarios similares —incluso los fines de semana— es el consejo más básico y el más ignorado. A eso se suma un dormitorio oscuro, silencioso y fresco: la luz artificial y las temperaturas elevadas envían señales de alerta al cerebro que dificultan el descanso. Evitar pantallas antes de acostarse —al menos 30 minutos— y cenar de forma ligera, sin exceso de grasas ni picantes cerca de la hora de dormir.

Para quienes no tienen insomnio, una siesta breve puede ser beneficiosa; la clave es que no supere los 25 minutos para no alterar el sueño nocturno. Y frente a la ansiedad o los pensamientos en bucle, Ferrero señala herramientas con evidencia científica: meditación, mindfulness, técnicas de respiración consciente, yoga y terapia cognitivo-conductual. No son alternativas de segunda: son las que mejor funcionan.

El bucle que nadie quiere ver. Hay algo circular en todo esto que merece nombrarse. Cada vez hay más estudios que muestran que el consumo de café impacta en la calidad del sueño, y que esto lleva a sentirse cansado por la mañana y a aumentar el consumo de cafeína para compensar. En otras palabras, el remedio que buscamos es parte del problema. Tomamos café para aguantar porque dormimos mal, y dormimos mal en parte porque tomamos café.

Romper ese ciclo no requiere grandes gestos. Requiere, sobre todo, mover el café de las cinco a las once de la mañana. Y asumir, de una vez, que el sueño no es negociable.

Imagen | Unsplash

Xataka | El mundo del café afronta una pequeña gran revolución: por primera vez, la V60 va a modificar su diseño

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La noticia Pensábamos que el problema del insomnio estaba en el pantalla del móvil. La ciencia apunta al inofensivo café de las cinco de la tarde fue publicada originalmente en Xataka por Alba Otero .



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Un conductor alemán se ha propuesto descubrir cuánto podía estirar el depósito de su viejo coche diésel. Y ha hecho 2.400 kilómetros

Un conductor alemán se ha propuesto descubrir cuánto podía estirar el depósito de su viejo coche diésel. Y ha hecho 2.400 kilómetros

Autonomía de 1.000 kilómetros. 

Es la barrera psicológica que parece haberse instalado en el imaginario colectivo cuando se trata de hablar de coches eléctricos o altamemte electrificados. Da igual que sea una cifra que no vale para nada porque, evidentemente, es totalmente desaconsejable sentarse en el coche y meterse 1.000 kilómetros del tirón entre pecho y espalda. 

Ahora mismo, con buena parte del mercado del coche eléctrico recargando 300 kilómetros o más (reales) en unos 20 minutos, tampoco hay muchos motivos para defender esas autonomías de más de 1.000 kilómetros

Y, sin embargo, tanta ha sido la insistencia de quienes no confían en el coche eléctrico que los propios fabricantes de híbridos enchufables han centrado su comunicación en vendernos autonomías que superan esos 1.000 kilómetros. Y prometer, entre los eléctricos, que veremos baterías que los aguanten.

Sin embargo, y aunque para el día a día sea algo completamente absurdo, uno siempre se siente atraído por retos como el que ha presentado el conductor y dueño del canal Offroadventure en Youtube.

¿Cuántos kilómetros puede llegar a hacer su viejo Volkswagen Passat diésel?

2.300 kilómetros con sus truquitos

Prometió que lo repetiría si el vídeo se hacía viral. 

Y lo ha hecho. 

Elias es un youtuber alemán especializado en vídeos de viajes en coche. Su canal de Youtube está plagado de paisajes increíbles, retos a bordo de sus coches o vídeos en los que explica cómo ha transformado los vehículos. En uno de ellos, cogió un viejo Volkswagen Passat B5 diésel de 1998 y se propuso saber hasta dónde podía llegar. 

Hizo más de 1.900 kilómetros pero no consiguió romper el techo de los dos millares con un solo depósito. La promesa parecía evidente: likes al vídeo y nuevo reto por delante. Dicho y hecho. 

¿Más de 2.400 kilómetros con sólo depósito? Así se titula el vídeo en el que Elias cuenta su nueva experiencia con este familiar diésel con casi 30 años a sus espaldas. El coche, por aquel entonces, homologaba un consumo medio de 5,6 l/100 km (4,5 l/100 km en el extraurbano) y un depósito de 62 litros en España pero en Alemania, según los datos aportados por el Youtuber, alcanzaba los 72 litros. Es decir, para hacer 2.400 kilómetros era necesario mantenerse en un consumo de unos 3 l/100 km.

Y con estas herramientas, se planteó lo que parecía imposible: ¿cómo llegar desde Hildesheim (Alemania) hasta el Círculo Polar Ártico con un solo depósito de combustible?

Manos a la obra. Elias cambió las llantas originales por tapacubos cerrados para mejorar la aerodinámica en las ruedas y reducir la resistencia. Eliminó todo lo que podía interferir en el exterior: adiós a las barras del techo y la antena. También señala que cambió algunos filtros del coche para mejorar la eficiencia, así como las luces, sustituidas por unas LED que consumen menos energía. Se taparon algunas salidas de aire para mejorar todavía más la eficiencia. 

El youtuber señala además que instaló un sistema de control de crucero, utilizó aceites de baja fricción y Michelin, que es uno de los patrocinadores, le dio un juego de neumáticos de baja fricción que han sido inflados al máximo de presión permitido para reducir la resistencia. 

Buscando el punto dulce entre conducir a una velocidad constante lo suficientemente alta para que el coche se mueva a un régimen de vueltas bajo pero sin obligarle a reducir una marcha y disparar el consumo, el youtuber consigue alcanzar su objetivo y muestra cómo el coche acaba por detenerse después de 2.398,7 kilómetros, registrando una velocidad media de 74 km/h y un consumo de 3,0054 l/100 km. 

El coche, de hecho, llega a marcar en algún momento una cifra muy inferior, de unos 2,5 l/100 km de consumo. Sin embargo, en los últimos kilómetros esta cifra "se dispara" y le deja a nuestro protagonista a punto de romper la barrera de los 2.400 kilómetros. Momento en el que quita el selló del tanque del combustible para echar un poco más de diésel y poder llegar hasta una gasolinera. 

Con la prueba demuestra hasta dónde eran capaces de llegar los diésel de unas décadas atrás pero también confirma que si la carretera está despejada y utilizándolo correctamente, el control de crucero adaptativo puede ahorrar mucho combustible manteniendo al coche a una velocidad sostenida. 

Foto | offroadadventure

En Xataka | Circular a 110 km/h en lugar de a 120 km/h para ahorrar gasolina parece una buena idea. Sólo es un parche

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La noticia Un conductor alemán se ha propuesto descubrir cuánto podía estirar el depósito de su viejo coche diésel. Y ha hecho 2.400 kilómetros fue publicada originalmente en Xataka por Alberto de la Torre .



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