Llevas dos horas, tres, en una postura imposible mirando el móvil en medio de una especie de trance. Una notificación te ha hecho desbloquearlo y tras saltar de una aplicación a otra durante unos minutos, has caído en el agujero negro del scroll infinito. Difícilmente podrías decir qué has visto o si has disfrutado de algún vídeo de las decenas que te han pasado por delante. ¿Qué mecanismo perverso ha sido capaz de secuestrar tu atención durante horas?
Lo primero que tienes que saber es que a este hechizo no escapan ni las ratas. En los años 40, un psicólogo llamado B. F. Skinner intentó averiguar cómo funciona el sistema de recompensa de nuestro cerebro estudiando las reacciones de ratas de laboratorio con un experimento: los animales aprendieron que si pulsaban una palanca, obtenían alimento. Fácil, pero se complica.
La parte más interesante del experimento, conocido como caja de Skinner, y la que más puede compararse al coladero de tiempo que son las redes sociales es la siguiente parte: Skinner dejó de recompensar a las ratas cada vez que pulsaban la palanca y empezó a darles comida unas veces sí y otras no. ¿Fue esto suficiente para desalentarlas? Ni mucho menos: habían probado las mieles del refuerzo intermitente.
La lógica del refuerzo intermitente
A las ratas les bastaba la posibilidad de que hubiera comida del mismo modo que a ti solo te han llegado notificaciones interesantes pocas de las muchas veces que miras el móvil, o solo una de las publicaciones que has consumido compulsivamente ha saciado tu curiosidad. El refuerzo intermitente es un patrón psicológico que se caracteriza porque las recompensas se dan de forma impredecible, de forma que crea un enganche y fuerte apego.
“Los mecanismos que están detrás de las redes sociales son los mismos que los de las máquinas tragaperras”, explica a Xataka David Ezpeleta, neurólogo y vicepresidente de la Sociedad Española de Neurología.
El refuerzo intermitente también es un vicio de las relaciones humanas tóxicas, donde se mercadea afecto, atención, y validación. En el caso que nos ocupa, tanto las ratas con la comida como tú con los likes, DMs, o encontrar algo que te apetezca comprar, reciben un chute de dopamina, un neurotransmisor que se libera en situaciones relacionadas con el placer, cuando la recompensa aleatoria por fin aparece.
“Son estímulos de corta duración y alta intensidad con posibilidad de recompensa. De cada diez veces que miramos las redes, quizá solo recibimos recompensa en una. Y esa posibilidad es más adictiva que una recompensa segura las diez veces”, señala.
“Las tecnologías son capaces de hacer cualquier cosa para que sigas leyendo titulares, pinchando enlaces, añadiendo favoritos, comentando posts, retuiteando artículos, buscando el GIF perfecto para contestar a un hater”, escribe Marta Peirano en El enemigo conoce el sistema (Debate). El texto es de 2019, y aunque algunos comportamientos han podido cambiar desde entonces (¿quién contesta ya con GIF?) y ni TikTok ni los reels dominaban aún nuestra atención, los mecanismos que andan detrás de nuestro enganche son los mismos desde Skinner.
Cada vez hay son más las personas que tienen perfil en alguna plataforma y las usan para más actividades. Son fuente de socialización, entretenimiento e información: el 49% de los españoles entre 16 y 30 años dice informarse de lo que pasa a través de las redes sociales, sobre todo Instagram, según la última encuesta sobre juventud del Eurobarómetro.
No salgas de la plataforma
Es precisamente esta plataforma la que más ha crecido en España en el último año, seguida de Tik Tok. Las más antiguas como X (Twitter) y Facebook están en descenso aunque esta última sigue siendo la segunda más usada (después de Instagram), según un informe de la CNMC.
Los algoritmos son el corazón de este diseño. Son un conjunto de operaciones matemáticas hipercomplejas, cambiantes y opacas, que deciden lo que ves. No son neutros ni “objetivos”: son sistemas de aprendizaje automático que seleccionan y priorizan contenido que maximiza la interacción del usuario. Es decir, el algoritmo observa a qué le dedicas más atención, y repite ese patrón para mostrarte más de lo mismo.
Los algoritmos de las redes sociales tienen la capacidad de modificar ideas, patrones de comportamiento y, en algunos casos, contribuyen a la radicalización del pensamiento, a la polarización y al conflicto: las reacciones viscerales (enfado, miedo, indignación) generan más clics, compartidos y comentarios que otros tipos de contenido.
Un estudio publicado en la revista Science muestra que pequeños cambios en lo que se prioriza en un feed pueden acelerar sentimientos de polarización política en muy poco tiempo, evidenciando cómo la tecnología detrás del algoritmo no solo organiza contenido, sino que moldea actitudes y emociones.
¿Y para qué les sirve tu enfado? Independientemente de si existe o no una mano negra detrás que quiera dirigir nuestra atención y nuestro tiempo a un foco determinado, la principal función de esta maquinaria es mantenerte dentro de la aplicación de turno. Que no sientas la necesidad de consultar una web, a especialistas o a una enciclopedia: el tiempo de atención es el valor económico que se vende a los anunciantes.
¿Se puede hablar de adicción?
Otro fenómeno que favorece enormemente que el tiempo se te escurra entre las aplicaciones es el llamado Fear of Missing Out (FoMO), o miedo a perderse algo, por el que parece que si no vemos todo lo que pasa sentimos que no somos parte de la conversación, generando problemas como ansiedad y dando pie a una conexión continua y compulsiva, impulsando la dependencia de dispositivos plataformas.
Pero, ¿se puede hablar de adicción a las redes sociales? Para Ezpeleta, “se puede hablar de adicción cuando se necesita el estímulo y, al retirarlo, aparece ansiedad”. Y hacen falta al menos dos elementos importantes: oportunidad y acostumbramiento.
Cada una de estas aplicaciones que lucha por tu tiempo tienen algo en común: están en el mismo dispositivo, uno que usas para despertarte y que es la última cosa que miras antes de dormir. Para muchas personas es, además, herramienta de trabajo, por lo que se ha convertido en un apéndice del cuerpo, uno inimputable en muchos casos. La oportunidad constante de echarle un ojo, de revisar, de evadirte con esta herramienta es una condición que allana el camino a la adicción, según explica Ezpeleta.
Además, el cerebro se acostumbra a recibir constantes señales y “desarrolla tolerancia y cada vez necesita más estímulos y más potentes”. Se disminuye así la tolerancia a la espera y al aburrimiento.
Esto tiene consecuencias directas sobre la atención, sobre todo en adolescentes. “Cuando se acostumbra al cerebro a recompensas rápidas y fragmentadas, ver una película de dos horas, leer un libro o incluso enfrentarse a un texto de una página se vuelve insufrible”, dice Ezpeleta.
Además, hay mucha literatura científica que relaciona el uso de redes sociales con problemas de salud mental como la depresión. Un estudio publicado en JAMA mostró que reducir el consumo de redes sociales durante una semana reducía los síntomas de depresión en un 24,8%, en la ansiedad el 16,1% y los problemas de sueño un 14,5%.
Un informe de la Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo), que ha seguido durante años la salud mental de los jóvenes, detecta que en una década se ha resentido un 3.000%. “Señalan a las redes sociales como un factor clave, aunque no exclusivo, dentro de un contexto de cambios socioculturales profundos”, afirma el neurólogo.
También afectan directamente a la inteligencia. Desde la década de los 30 del siglo pasado, se ha constatado que cada generación ha puntuado más alto en cociente intelectual que la anterior, un fenómeno que recibe el nombre de efecto Flynn, pero un estudio publicado en la revista Intelligence sugiere que esta tendencia se ha detenido e incluso revertido en Estados Unidos, lo que demuestra un menor rendimiento en razonamiento verbal, matricial y habilidades matemáticas.
Una forma de frenar las externalidades negativas de las redes sociales es un uso consciente sobre lo que son: una pequeña caja de Skinner que funciona exactamente tal y como estaba previsto.
Imagen | camilo jimenez
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La noticia La ciencia del "doomscrolling": cómo la tecnología hackeó a la psicología para que no podamos soltar el móvil fue publicada originalmente en Xataka por Beatriz de Vera .
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