20 de febrero de 2026

Una empresa ha llenado un barrio de enchufes en las aceras para cargar coches eléctricos. Sus resultados son contradictorios

Una empresa ha llenado un barrio de enchufes en las aceras para cargar coches eléctricos. Sus resultados son contradictorios

En 2022, una empresa alemana llamada Rheinmetall proponía una prnueva solución de carga: poner enchufes en las aceras. Tratando de buscar soluciones a quienes querían saltar a un coche eléctrico o híbrido enchufable pero no tenían un garaje, la compañía propuso un sistema para cargar en la misma calle, sin necesidad de acercarse a una electrolinera. 

Tres años después: tenemos los resultados. 

Una prueba piloto. Después de recibir el visto bueno de las autoridades, la compañía empezó una prueba piloto en 2024 en el centro de Colonia y Lindenthal, un barrio residencial de la ciudad caracterizado por sus casas bajas e individuales. Barrio en el que, por cierto, encontrarás el estado del equipo de fútbol local.

La idea es simple, aparcas en la acera y en el suelo, en el bordillo, encuentras un enchufe escondido en una tapa. Escaneas un código impreso en el mismo y conectas el coche con tu propio cable de carga para uso de corriente alterna. Como si fuera cualquier otro punto de carga, ambos extremos quedan unidos y al finalizar el pago se pasa mediante el uso de una aplicación en el móvil. 

Los resultados. En líneas generales, los resultados han sido buenos. Según la compañía, en un año se realizaron en la prueba piloto un total de 2.800 ciclos de carga. De media, los coches recargaron 18 kWh lo que en ciudad suponen más de 100 kilómetros de autonomía para un coche eléctrico y entre 80 y 100 kilómetros en carretera (dependiendo de su eficiencia). 

Señalan que cada día el enchufe se ha utilizado una media de dos veces al día y que la disponibilidad del mismo ha sido del 99% por lo que apenas se han producido averías. La cifra es buena si la comparamos con la media europea y española. En nuestro país, los enchufes públicos solo se utilizan 1,5 veces al día y, de media, cada cargador solo está ocupado entre 30 y 120 minutos al día en Europa. 

La opinión de los clientes. La empresa ha pasado una encuesta a los usuarios quienes han ofrecido su punto de vista al sistema. En ella se recogía la puntuación entregada por los conductores (cinco puntos como máximo) y algunas notas, quejas o recomendaciones que hacían los clientes. 

En total, el sistema ha obtenido 4,38 puntos sobre cinco. Pero, sobre todo, han recibido unas valoraciones muy positivas entre los clientes con más de 60 años, que valoran la simplicidad del sistema. Además, destacan que los enchufes no han sufrido daños con el agua y que tampoco se han encontrado que el vandalismo o los actos incívicos (como no recoger los excrementos de las mascotas) hayan supuesto un problema a la hora de recargar. 

Una solución curiosa es que la tapa que esconde el enchufe ha sido diseñada para que se abra con un pequeño empujón del cable de carga, lo que permite al cliente levantar dicha tapa sin necesidad de tocarla con la mano. 

Buena idea, con alguna fisura. Señalan en Forococheseléctricos que uno de los principales problemas de este tipo de puntos de carga está en el coste del enchufe. Cada uno de ellos, que cuenta con refrigeración y climatización para mejorar la carga cuesta 5.000 euros por lo que es una mala idea frente a un cargador doméstico tradicional. 

Además, si se quiere sacar el máximo partido al sistema, sería necesario reservar el espacio para estos puntos de carga en la calle, por lo que no hay diferencia con cualquier otro punto de carga público a menos que se llene la calle de enchufes. Es decir, como sucede con los enchufes públicos que no se encuentran en una gasolinera, se reduce el espacio de aparcamiento para reservar unas plazas que no siempre están ocupadas. 

Otras propuestas. La recarga pública es uno de los grandes retos que representa el coche eléctrico. Una de sus ventajas es salir con el coche cargado de casa o, al menos, aprovechar su estacionamiento para llenar sus baterías ya que la corriente alterna es lenta y la mayoría del tiempo un coche está detenido. 

La propuesta más evidente con las electrolineras, con una enorme cantidad de enchufes disponibles de gran potencia. Otra es llenar centros comerciales y de ocio de cargadores, ya que una visita para recargar por completo la batería puede suponer días o semanas (depende de los desplazamientos diarios) sin enchufar nuestro coche. Con una media de 50 kilómetros diarios, un coche que hace 500 kilómetros de autonomía en ciudad tiene para 10 días sin volver a enchufar el coche, solo tres días al mes. 

Pero si queremos llevar la carga pública a las calles de la ciudad, Portugal, Reino Unido o Países Bajos han estado experimentando con enchufes públicos en farolas. El sistema es tan sencillo como el de incluir enchufes en los bordillos de las aceras pero con la diferencia de que la toma llega desde una farola y no necesita una instalación en el suelo. 

La paradoja de la recarga lenta. El problema de este tipo de recargas es que la carga lenta conlleva horas y horas con el coche enchufado. Si una toma carga nuestro coche a 7,4 kW de potencia, será necesario gastar unas 10 horas para llenar por completo la batería de un vehículo de 60 kWh, un tamaño escueto y que está en la frontera entre quienes quieren el coche para un entorno urbano y los que quieren animarse a viajar con él

Esas recargas son interesantes si el precio es bajo pero obligan a que, para sacar el mayor partido, tengamos que dejar el coche aparcado allí toda una jornada laboral o toda una noche. El sistema, por tanto, es ciertamente ineficiente en cuanto a dar servicio a más de un coche. 

Para cargar a esta potencia, los datos dicen que la  mayoría de los conductores de coches eléctricos cargan en casa. Fuera de la misma, el cliente suele optar por recargar a potencias más altas. Por ejemplo, un enchufe de 50 kW ya puede cargar un coche por completo en menos de tres horas que es el tiempo que invertimos para ver una película en el cine. Y en un viaje, lo más práctico suele ser buscar un hotel o alojamiento en el que no se pongan restricciones al tiempo que permanecemos enchufados. 

Foto | Rheinmetall

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Los centros de datos en el espacio prometen salvar el planeta. Y también arruinar la órbita terrestre

Los centros de datos en el espacio prometen salvar el planeta. Y también arruinar la órbita terrestre

La wikipedia debería actualizar su página dedicada a la palabra "ambición" para poner la foto de Elon Musk. El magnate ha anunciado un megaproyecto según el cual sus dos empresas SpaceX y xAI trabajarán juntas para lanzar una constelación de un millón de satélites que funcionarán como centros de datos en órbita. El problema es que aunque la idea tiene sus ventajas, también tiene un impacto potencialmente terrible para el futuro de nuestro planeta.

Eficiencia energética. Esa es la gran ventaja de los centros de datos espaciales que propone Musk. En el espacio los paneles solares pueden rendir de forma óptima sin los obstáculos que plantean la atmósfera y el clima terrestre. Según SpaceX, la reducción del coste de los lanzamientos de sus cohetes hacen que el espacio se convierta en una alternativa perfecta para los centros de datos de IA.

El plan. El proyecto que se ha presentado a la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de EEUU consiste en situar estos satélites en órbitas sincrónicas al sol entre los 500 y los 2.000 km de altura. Eso permitiría a los satélites actuar como nodos interconectados entre ellos y también con los satélites de la red Starlink mediante enlaces láser ópticos. El plan, eso sí, tendrá que superar retos importantes como el de la refrigeración. Disipar el calor generado por millones de chips en el vacío del espacio es complejo, ya que los satélites actúan como "termos naturales".

Y la radiación, ¿qué? También habrá que solventar el problema de la radiación cósmica. Los chips avanzados son muy vulnerables a errores de procesamiento causados por partículas energéticas. Parece que los procesadores de IA son sorprendentemente resistentes a este tipo de problema, pero el despliegue de dichos chips a escala masiva en el espacio podría introducir nuevos conflictos.

De reparación in situ, nada. En los centros de datos actuales si surge algún problema un técnico se puede desplazar físicamente si hace falta para solucionarlo. En el espacio la reparación física es inviable, lo que obligaría auna estrategia de asumir que esos chips que acaben funcionalmente quedarán totalmente perdidos. SpaceX tendría que lanzar sustitutos continuamente para compensar esa "mortalidad" de los componentes, lo que complica la logística y los costes. Hay perspectivas optimistas en este sentido, y a algunos las cuentas sí les salen.

Síndrome de Kessler. Pero sobre todo hay una preocupación latente en el ámbito de la seguridad espacial. Lanzar un millón de satélites nuevos en órbitas ya congestionadas hace que la probabilidad de colisiones en cadena se multiplique, validando la teoría propuesta en el síndrome de Kessler. Una sola colisión importante podría generar una nube de escombros que tardaría décadas en despejarse, lo que además amenazaría misiones de monitorización climática o incluso las comunicaciones globales. Ya hay ideas para "regular el tráfico" orbital coordinándolo, y SpaceX tiene su propio sistema de "percepción de situación", Stargaze, para evitar problemas, pero claro, ningún sistema es del todo perfecto.

Contaminación atmosférica. Sin olvidar que el impacto atmosférico es igualmente preocupante. Se estiman unos 25.000 vuelos de las Starship, y el reingreso de satélites que terminan su ciclo de vida o mueren antes de tiempo haría que se liberasen metales y partículas en la atmósfera superior. Según los expertos, estos residuos químicos podrían dañar la capa de ozono y provocar consecuencias climáticas inciertas.

No se ve nada. Los astrónomos, que ya habían protestado por Starlink, tendrán un problema aún máyor con esta nueva idea. La amenaza a la astronomía es clara, porque dada la altitud y tamaño de estos satélites, es probable que formen una banda brillante visible incluso a simple vista, dificultando la observación científica e incluso cambiando la forma en la que vemos el atardecer. La computación orbital puede tener ventajas, pero antes de ponerla en marcha deberíamos recordar que el espacio —sobre todo, el que vemos— es un recurso compartido y finito.

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No caes hacia abajo. Caes hacia el futuro

Hay un vídeo circulando en YouTube que empieza haciéndote una pregunta aparentemente estúpida: ¿por qué caen las cosas? Y antes de que puedas responder «pues por la gravedad, hombre», el narrador te corta en seco: eso no es una respuesta, es ponerle un nombre a tu ignorancia. Duro, sí. Pero tiene toda la razón.

Para entender la historia hay que remontarse a 1915, cuando Einstein publicó su teoría de la relatividad general y básicamente le dio la vuelta a todo lo que Newton nos había enseñado sobre la gravedad. Newton, allá por el siglo XVII, veía la gravedad como una fuerza misteriosa que actuaba instantáneamente entre dos masas, sin importar la distancia que las separara. Era como si la Tierra y la Luna se agarraran de la mano a través del vacío espacial mediante hilos invisibles. La fórmula era sencilla y elegante: F=GmM/r², y funcionaba de maravilla para calcular órbitas planetarias y predecir eclipses. Newton mismo admitía que no tenía ni idea de por qué existía esa fuerza, pero tampoco le quitaba el sueño. «Non fingo hypotheses», decía: no fabrico hipótesis. Le bastaba con que las matemáticas cuadraran.

Einstein, sin embargo, era de los que no podían dormir tranquilos sin saber el porqué de las cosas. Su gran intuición fue darse cuenta de que la gravedad no es una fuerza en absoluto, sino una consecuencia de que el espacio y el tiempo no son ese escenario rígido e inmutable que todos imaginamos. La masa deforma el espacio-tiempo como una bola de bolos hunde el colchón en el que la colocas, y los objetos simplemente siguen las trayectorias más rectas posibles en esa geometría deformada. Es como cuando intentas caminar en línea recta sobre una cama elástica donde alguien ha puesto una gran bola de piedra: inevitablemente acabas rodando hacia ella, no porque haya una fuerza invisible tirando de ti, sino porque el propio terreno está inclinado.

Para mostrarnos lo equivocados que estamos, el video nos propone el experimento mental del ascensor en caída libre. Dentro de un ascensor cayendo no se siente ningún peso, exactamente igual que en el espacio interestelar. Si estuvieses tan chalado como para mirar lo que te indica el acelerómetro de tu móvil si el cable del ascensor se hubiese roto, y estuvieses cayendo desde un piso 50, comprobarías que marca 0, mientras que si estuvieses sentado en el sofá comprobarías que marca el 9,8 m/s². Por tanto el estado «natural» de un objeto es caer, no estarse quieto. Lo que consideramos estar quietos es, en realidad, el estado forzado: algo (el suelo, una silla) nos empuja constantemente hacia arriba.

Pero si esto es así, algo tiene que estar causando ese empuje constante hacia arriba que provoca la presión de la silla que sientes ahora sobre tu trasero. ¿Cómo puedes estar acelerando sin moverte? La única respuesta posible es que algo extraño está pasando con el propio entorno en el que existes. No con tus músculos, no con el suelo, sino con el tejido mismo del espacio y el tiempo a tu alrededor.

La Relatividad General describe la gravedad como curvatura del espacio-tiempo, no solo del espacio. Y en el entorno débil de la Tierra, la curvatura del espacio es insignificante. Lo que realmente genera el 99% del efecto gravitacional que experimentamos es la curvatura del tiempo: el hecho de que el tiempo corra más despacio cerca del suelo que a mayor altura. Esto es lo que muestran las ecuaciones de Einstein en el «límite newtoniano» (gravedad débil, velocidades lentas). El Stanford Gravity Probe B Group lo resume sin rodeos: «La deformación del espacio cerca de la Tierra es pequeña, aproximadamente una parte en un millón». El tiempo hace el trabajo pesado.
¿Y cómo el tiempo curvado provoca que una manzana caiga? Un objeto sin fuerzas externas sigue el camino más recto posible en el espacio-tiempo. Sigue lo que se conoce como geodésica, que no es otra cosa que una trayectoria recta sobre un entorno curvado.

Imagina que quieres ir de Madrid a Buenos Aires. Tomas un avión que te lleva desde una ciudad a otra, y crees que has seguido una linea recta, pero en realidad has seguido una geodésica, una linea curva a lo largo de la superficie del globo terráqueo.  La naturaleza de cualquier objeto es seguir una geodésica a lo largo del espacio-tiempo curvado tendiendo a avanzar hacia donde el tiempo discurre a una velocidad menor. Cerca del suelo, el tiempo va más despacio; a mayor altura, va más rápido. Es al aplicar una fuerza cuando conseguimos que el objeto detenga su movimiento.

¿Sigues teniendo la cabeza donde estaba, o explotó?

La Explicación de Roger Penrose Sobre la Gravedad Que Romperá Tu Mente (NO es una fuerza, es TIEMPO)



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EEUU ha declarado la guerra al botón Start & Stop de los coches con un objetivo: calentar el planeta a gusto

EEUU ha declarado la guerra al botón Start & Stop de los coches con un objetivo: calentar el planeta a gusto

“Mantente fresco mientras calientas América Estados Unidos otra vez”. Con ese escueto mensaje, la Administración Trump ha declarado la guerra a la función Start & Stop que la mayoría de coches implementan desde hace unos años. Lo ha anunciado la Agencia de Protección Ambiental como una de las medidas para proteger el vehículo, agradar al consumidor y “arreglar una característica estúpida” que mata el coche poco a poco.

Por dónde empezamos.

El anuncio. Aquí lo tienes:

Botón stat stop

27 segundos de vídeo que dan para mandar un mensaje muy claro: el botón Start & Stop sobra en un coche potente, apaga tu aire acondicionado y es ‘woke’. También es curioso ver la cantidad de errores que hay en un vídeo de, apenas, 27 segundos. Y no nos referimos sólo al fallo de continuidad al colocar el coche rojo primero a la derecha y, después, a la izquierda.

Universalmente odiado”. Más allá del vídeo, hay un comunicado en el que la EPA saca pecho por la decisión. En 2012, la propia EPA (bajo la Administración Obama), abogó por un sistema de recompensas y subvenciones para incentivar la adopción de los sistemas Start & Stop en los vehículos. El funcionamiento es “simple”: cuando un coche se detiene en el semáforo, el motor se apaga. Cuando está al ralentí, también, pero el sistema vuelve a ‘arrancar’ en cuanto queremos volver a emprender la marcha. La teoría dice que se reducen emisiones y consumo, pero Lee Zeldin, responsable de la EPA, no está de acuerdo.

“Mientras viajaba por los 50 estados el año pasado, innumerables estadounidenses me contaron que no sólo les disgustaba el sistema, sino que querían que fuera cosa del pasado. No sólo muchos lo encuentran molesto, sino que es algo que mata la batería y no tiene ningún beneficio para el medio ambiente. La elección del consumidor es una prioridad para la EPA de Trump, y estamos orgullosos de continuar repartiendo sentido común para el pueblo estadounidense”, afirma el administrador.

La importancia del lenguaje. Sean Duffy, Secretario del Departamento de Transporte, apunta que quitar los incentivos para que las marcas dejen de añadir la función hará “que los automóviles vuelvan a ser más asequibles al eliminar un estúpido requisito que es universalmente odiado”. El comunicado en su conjunto es muy interesante porque es complicado ver un documento oficial usando un lenguaje tan… apasionado.

Y demuestra la importancia del lenguaje para llegar justo a la población a la que quiere llegar. En apenas unos párrafos y en declaraciones externas en las que se habla de que “todo el mundo lo odia”, se lo ha bautizado como “interruptor Obama” (cuando está también en el resto del mundo) y se afirma que “mata la batería sin ningún beneficio significativo para el medio ambiente”, mandan un mensaje muy potente.

A veces hay una idea errónea de que estos sistemas son malos para el motor o el arranque, por lo que algunos conductores deshabilitan la funcionalidad” - Alex Knizek, director de desarrollo de pruebas de automóviles en Consumer Reports

Levantando una ceja. Pero por muy potente que resulte, no implica que sea cierto. El sistema no lo inventó Obama, sino que fue una respuesta a la crisis del petróleo de los años 80. Como otras muchas tecnologías, se aplicó en masa décadas más tarde, pero la idea es simple: si el motor se apaga cuando pueda apagarse, consumirá menos y emitirá menos CO₂. No lo decimos nosotros: lo dice… Estados Unidos. Bueno, el Departamento de Energía en un análisis.

En el estudio técnico, probaron cuatro vehículos con y sin Start & Stop en tres situaciones: ciclo urbano (FTP), ciclo agresivo (US06) y ciclo en Nueva York. El resultado fue que había mejoras de consumo de hasta un 7,27% en el ciclo FTP y de hasta un 26,4% en Nueva York, una ciudad en la que el 38% del trayecto lo pasas al ralentí (el motor sigue funcionando, contaminando y consumiendo). Canadá también midió mejoras en el consumo de entre el 4 y el 10% dependiendo de las condiciones.

O las dos. Aquí la lógica es aplastante: menos tiempo de motor funcionando, mayor ahorro de combustible y menores emisiones. Y aquí puedes estar pensando que es cierto que el sistema, a veces, es molesto, la batería sufre y el aire acondicionado deja de funcionar. Hay un asterisco en este asunto y todo depende de si el coche es de combustión, híbrido y hasta de cómo se ha conceptuado sistema.

En un coche de combustión, si se apaga el motor, se apaga el aire acondicionado. El ventilador sigue tirando aire y empujando aire fresco hasta que se acaba. En un semáforo es algo que apenas se nota. En un híbrido, lo más común es que el sistema de climatización esté regulado por el sistema eléctrico, por lo que no estaría ese problema (y el Prius del anuncio de más arriba es híbrido). La lógica nos dice que la batería sufre más al tener más trabajo y aumentar los ciclos, pero la industria y organizaciones de consumidores (como la estadounidense Consumer Reports) apuntan a sistemas eléctricos reforzados, precisamente, para aguantar la sobrecarga.

Y algo más importante: no hay evidencia sobre fallos masivos atribuidos a esta tecnología y los momentos en los que no se activa pueden ser porque, de forma consciente, el sistema está protegiendo una batería que puede estar a punto de morir o en malas condiciones.

Volantazo y “drill, baby, drill”. Pero da igual la evidencia porque Zeldin está orgulloso de haber firmado “la acción de desregulación más grande en la historia de Estados Unidos”. Es la continuación del volantazo en las políticas climáticas en las que la segunda presidencia de Trump se ha embarcado. Afirman que no hay evidencia científica de que el cambio climático ponga en peligro la salud o al medio ambiente y su batalla en los coches no es sólo contra el botón Start & Stop. También contra otras tecnologías como la reutilización del calor del motor para calentar el interior del coche, el uso de pintura reflectante para un mejor aislamiento pasivo o la investigación de carburantes más eficientes.

Dando cerrojazo a esto, y dejando de dar “créditos ambientales” a los fabricantes que adopten estas medidas, Estados Unidos continúa en esa senda de la negación climática. En esa política vemos estrategias como la del “drill, baby, drill” para potenciar las perforaciones buscando combustibles fósiles en lugar de seguir la senda renovable.

Afortunadamente… eso es en Estados Unidos y, pese al comunicado, no se está prohibiendo que los fabricantes instalen el Start & Stop. Sólo se está acabando con los incentivos para que lo hagan, lo que no implica que las marcas sigan implementando estas tecnologías en el resto del mundo. Porque EEUU puede detener esos incentivos, pero en otros países continúan las políticas que buscan reducir la huella de carbono y el cambio climático.

Imágenes | La Casa Blanca, Michael Lock

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China fabrica el 90% de los robots humanoides del mundo y la razón no es su política industrial: es cruzar la calle

China fabrica el 90% de los robots humanoides del mundo y la razón no es su política industrial: es cruzar la calle

En el Año Nuevo chino, 16 robots humanoides de Unitree bailaron una danza folclórica ante casi mil millones de espectadores. Occidente reaccionó como siempre: unos con pánico, otros con desdén, otros con una indisimulada admiración que a veces tiende a elucubrar teorías con más clichés respecto a China que análisis real.

Ninguna de esas respuestas es del todo cierta y esa ceguera tiene un coste.

El contexto. China fabrica cerca del 90% de los robots humanoides que se venden en el mundo. En 2025 se enviaron unas 13.000 unidades, con empresas chinas (AgiBot, Unitree, UBTech...) dominando el ranking por volumen, según datos de Omdia recogidos por Bloomberg.

Tesla, con toda su reputación de marca y todo su aparato industrial, desplegó internamente alrededor de 800 unidades del Optimus ese mismo año.

La cifra. El G1 de Unitree cuesta 13.500 dólares. El Optimus de Tesla superará los 20.000. Esa brecha es la diferencia entre poder iterar diez veces con el mismo presupuesto o quedarte en una.

Entre líneas. El relato que circula en Occidente tiene dos versiones, igual de perezosas:

  1. La primera: todo esto es el plan quinquenal, la mano del Estado, la política industrial hecha robot.
  2. La segunda, reservada a los más condescendientes: es porque copian.

Ninguna de las dos explica lo que de verdad está pasando.

La ventaja china en robótica no viene del Partido Comunista. Viene del Pearl River Delta y del Delta del Yangtsé: los dos ecosistemas de fabricación más densos del planeta. Motores, actuadores, sensores, PCBs personalizados... todo está disponible a la distancia de un paseo. Es lo que describe Rui Xu, ingeniero que ha trabajado en startups de robótica en China y en Silicon Valley.

  • Cuando Unitree quiere probar un nuevo diseño de articulación, cruza la calle y vuelve con el componente adecuado.
  • Un equipo en San Francisco tiene que espera rsemanas para recibir el mismo componente desde China.

El trasfondo. Esa diferencia de velocidad de iteración lo cambia todo en ingeniería de hardware. Deja de ser un problema de talento, porque los ingenieros chinos y americanos son igualmente capaces, y pasa a ser un problema de infraestructura.

Romper un robot, aprender, sustituirlo y volver a intentarlo: eso es lo que construye la ventaja técnica acumulada. Si romper un robot cuesta tres semanas de logística, el aprendizaje se para y los tiempos se alargan.

Sí, pero. China sí tiene apoyo estatal, y es completamente legítimo señalarlo. El gobierno ha inyectado mucho dinero en ese sector y ha fijado objetivos de producción. Pero no es que Silicon Valley sea una región empobrecida: tiene más capital, inversores con más experiencia y recursos, y más décadas de experiencia financiando apuestas de alto riesgo. Si esto fuera una guerra de ver quién tiene la chequera más gorda, Estados Unidos ganaría con comodidad. Pero no lo es.

Además, el dinero estatal chino viene con ataduras: se clasifica como "activo del Estado" y los fundadores asumen responsabilidades personales si la empresa fracasa. Eso empuja el capital hacia apuestas políticamente seguras, no necesariamente hacia las más innovadoras.

La pregunta. ¿Puede Occidente recuperar terreno en robótica? Sí, pero no como lo está intentando.

  • Atraer talento extranjero ayuda en el margen, pero no resuelve el problema de fondo.
  • La equiparación pasa por construir cadenas de suministro locales capaces de entregar una pieza de repuesto en dos días, no en dos semanas.
  • Y eso no es un problema de inmigración ni de I+D. Es un problema de base industrial, y resolverlo lleva muchos años de trabajo. Y del trabajo ingrato, del que quizás recojan los frutos los que lleguen después.

Hasta entonces vamos a ver muchos más vídeos virales de robots chinos haciendo piruetas con una naturalidad cada vez mayor. Y es porque han construido el mejor entorno del mundo para romper cosas y volver a intentarlo. En ingeniería, eso explica casi todo.

Imagen destacada | CCTV

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