
Pensar en vivir en la Luna suena a postal de ciencia ficción, pero en cuanto uno baja la idea a lo práctico aparece un problema tan básico como implacable: allí no hay aire respirable. La Luna tiene una exosfera tan tenue que, a efectos cotidianos, es como estar en el vacío. Sin una forma de generar y mantener una atmósfera dentro de hábitats sellados, hablar de asentamientos permanentes es como planear una acampada sin tienda y sin abrigo.
Por eso, durante años, el debate sobre la colonización lunar ha tenido un supuesto de fondo: si queremos producir gases útiles para respirar o para procesos industriales, tendríamos que llevar desde la Tierra los ingredientes iniciales. Y “llevar aire” no es transportar una bombona y listo; es mover masa, infraestructura, energía y dinero a una escala poco amable con los presupuestos y con la física.
Aquí entra un giro interesante: un estudio reciente sugiere que la naturaleza podría haber estado “haciendo envíos” durante miles de millones de años, dejando en la superficie lunar pequeñas cantidades de elementos procedentes de la atmósfera terrestre.
El regolito lunar como esponja: pistas ya presentes desde el Apolo
Cuando las misiones Apolo trajeron muestras del suelo lunar, el análisis del regolito lunar (esa mezcla de polvo y fragmentos de roca que cubre la superficie) reveló trazas de sustancias que suenan sorprendentemente familiares: nitrógeno, dióxido de carbono, helio, argón e incluso agua. Desde entonces, la pregunta ha flotado en el ambiente: si la Luna carece de una atmósfera densa y estable, ¿de dónde salen esas “miguitas” químicas?
Una forma sencilla de imaginarlo es pensar en el regolito como una alfombra a la intemperie: todo lo que pasa por encima, aunque sea en cantidades minúsculas, puede acabar quedándose pegado. En la Luna, esa “intemperie” está dominada por el viento solar, un flujo de partículas cargadas que el Sol expulsa continuamente y que viaja por el sistema solar a velocidades extremas (el artículo original lo ilustra con cifras del orden de un millón de millas por hora). Es un bombardeo tenue, constante, que con el tiempo deja huella.
Según una investigación publicada en Communications Earth & Environment en diciembre de 2025, un equipo de la Universidad de Rochester (Departamento de Física y Astronomía) presenta evidencias y simulaciones que apuntan a que parte de esos elementos del regolito podrían tener una firma terrestre: serían partículas arrancadas o escapadas de la atmósfera de nuestro planeta y empujadas hacia la Luna por la interacción con el entorno espacial descrito por el viento solar. La idea también aparece recogida en la cobertura divulgativa de BGR sobre el tema.
El papel inesperado del campo magnético: cuando la “protección” también guía partículas
Esta hipótesis no nace de la nada. Ya se había planteado hace alrededor de dos décadas que podía existir un transporte de partículas desde la Tierra hacia la Luna. El matiz crucial estaba en el “cuándo”: aquella propuesta sugería que el intercambio se habría frenado cuando la Tierra desarrolló un campo magnético fuerte hace unos 4.000 millones de años, porque esa burbuja magnética nos protege del viento solar y, en teoría, habría actuado como paraguas.
El equipo de Rochester, sin embargo, al ejecutar simulaciones comparando escenarios con y sin campo magnético, llega a una conclusión contraintuitiva: el campo magnético terrestre podría facilitar el traslado de partículas cargadas hacia la Luna. La lógica se parece a lo que ocurre con una cinta transportadora invisible: las líneas del campo pueden canalizar partículas y, en ciertos alineamientos, llegar a extenderse lo suficiente como para “conectar” con la región donde orbita la Luna. Si las partículas están cargadas, el magnetismo no solo bloquea; también puede guiar.
Conviene subrayar el tipo de evidencia: hablamos de un trabajo apoyado en modelos por ordenador y en la interpretación de señales químicas ya observadas en muestras. En ciencia planetaria esto es habitual: no siempre se puede repetir el fenómeno en un laboratorio del tamaño del espacio, así que se triangula con simulaciones, datos de misiones y física conocida. La propuesta es potente, pero su valor real se consolidará a medida que nuevas mediciones la respalden o la acoten.
Una cápsula del tiempo: el suelo lunar como archivo de la atmósfera terrestre
Si el transporte de partículas desde la Tierra hacia la Luna no solo ocurrió en el pasado remoto, sino que continúa hoy, la implicación más sugerente va más allá de “tener materia prima para respirar”. El regolito lunar podría funcionar como una cápsula del tiempo de la evolución de la atmósfera terrestre.
En la Tierra, nuestra atmósfera es dinámica: se mezcla, se recicla, llueve, reacciona químicamente y está atravesada por actividad biológica. Es como intentar reconstruir el historial de un perfume en una habitación donde se abren ventanas, se encienden ventiladores y se cocina a diario: el rastro se diluye. La Luna, en cambio, es un entorno mucho más “quieto” en términos geológicos y atmosféricos. Si en su suelo quedan atrapadas partículas de origen terrestre a lo largo de eones, podrían conservar una señal más estable de cómo han cambiado ciertos componentes con el tiempo.
Esa historia interesa por dos razones. La primera es científica: ayudaría a comprender qué condiciones hicieron a la Tierra habitable y cómo evolucionó la mezcla gaseosa que permitió la vida. La segunda es estratégica: si entendemos mejor ese “recetario” de condiciones, se afinan las preguntas sobre qué buscar en exoplanetas y qué procesos son críticos para sostener atmósferas útiles.
¿Sirve para “hacer aire” en una base lunar? Promesa y límites sin vender humo
La tentación es inmediata: si en el suelo lunar ya hay nitrógeno, oxígeno ligado en compuestos, CO₂ y trazas de agua, ¿no podríamos extraerlos y construir una cadena de producción de gases? En teoría, sí: el regolito es el único “recurso local” omnipresente, y cualquier plan serio de presencia humana prolongada en la Luna necesita utilización de recursos in situ. Es la diferencia entre vivir de compras semanales traídas desde casa o aprender a cocinar con lo que hay en la despensa.
El freno está en la escala y la ingeniería. Que existan trazas no implica que haya cantidades explotables con la tecnología y energía disponibles. Extraer gases atrapados en partículas finas, separar mezclas, purificar y almacenar requiere equipos, calor, electricidad y mantenimiento. En un entorno donde cada vatio cuenta, la eficiencia manda. También hace falta saber con precisión dónde, en qué concentraciones y con qué variabilidad aparecen esos compuestos. El estudio abre una puerta conceptual: sugiere que los ladrillos químicos podrían estar “ya en el terreno”, pero no dice que baste con cavar un poco y encender una máquina.
Lo más realista es ver esta línea de investigación como un mapa de oportunidades: identifica un mecanismo natural que podría estar enriqueciendo lentamente el suelo lunar con componentes de interés. Convertirlo en un sistema de soporte vital es otra etapa, con retos comparables a montar una planta de reciclaje y destilación en mitad del desierto, con tormentas de polvo abrasivo y sin reparaciones rápidas.
Los otros obstáculos: radiación, polvo y vida cotidiana en un lugar hostil
Incluso con una fuente local de materiales, vivir en la Luna seguiría siendo duro. La superficie está expuesta a radiación porque no hay una atmósfera espesa ni un escudo magnético global como el terrestre. Esto impacta tanto a los humanos como a la electrónica. El polvo lunar, finísimo y abrasivo, se comporta como harina de vidrio: se cuela, desgasta y complica cualquier mecanismo con partes móviles. La temperatura oscila de forma extrema entre día y noche lunar. La logística, por su parte, convierte cada repuesto en una decisión.
Por eso este hallazgo se entiende mejor como una pieza más del puzle. Si se confirma que el viento solar y el campo magnético terrestre están contribuyendo a “sembrar” el regolito lunar con partículas atmosféricas, se amplía el catálogo de recursos potenciales y se enriquece la idea de la Luna como laboratorio natural para estudiar la Tierra. No es una varita mágica para construir ciudades lunares, pero sí una pista valiosa: el satélite podría estar guardando, grano a grano, un registro químico de nuestro planeta y un pequeño stock de componentes que, con el enfoque adecuado, tal vez ayude a sostener misiones más largas.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí
