17 de mayo de 2026

Un estudio descubre cómo los desconocidos influyen en los caminos que la gente sigue en las estaciones de metro

Metro Mar de Cristal (CC) Alvy

Un trabajo realizado en los Países Bajos ha dado a conocer un comportamiento muy curioso que sucede en las estaciones cuando la gente se baja del metro o el tren, y que todo el mundo tiende a hacer: seguir al desconocido que va justo delante. Esto sucede incluso cuando no se conoce a esa persona y aunque el camino elegido implique tardar más por no comprobar cuál es la salida correcta. Lo han bautizado como stranger-following effect («efecto de seguir al desconocido») y sería una especie de versión del chascarrillo aquel de «si todos se tiran por la ventana, yo también me tiro».

Según cuentan, los investigadores analizaron el comportamiento de más de 30 millones de paseos de pasajeros en los 1.400 m² de la Estación Central de Eindhoven entre 2021 y 2024, con la ayuda de cámaras y sensores 3D colgados del techo (aunque sin guardar las caras de las personas, por privacidad). El análisis incluyó entre otros los datos de unos 100.000 pasajeros que, tras salir del tren, debían escoger el camino más corto hacia la salida o uno más largo que daba una vuelta a un quiosco en medio del andén.

Lo que vieron es que la gente generaba auténticas «avalanchas» de cadenas humanas que repetían exactamente la misma ruta, una tras otra. Los investigadores probaron distintos modelos matemáticos para ver a qué se debía, por si podía ser el factor velocidad, el «efecto patito» o el clásico «efecto rebaño» de «seguir a la mayoría». Pero el que funcionó mejor fue el de «seguir al desconocido». La conclusión es que esa invisible relación entre personas que ni se conocen pueden influir sobre los movimientos de las masas, algo que podría servir para diseñar mejor las estaciones, aeropuertos o lugares públicos. [Fuente: PsyPost a partir de Avalanches of choice: How stranger-to-stranger interactions shape crowd dynamics.]

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16 de mayo de 2026

Estar siempre en alerta tiene premio: las personas ansiosas enferman menos porque su cerebro detecta los riesgos antes que el resto

Estar siempre en alerta tiene premio: las personas ansiosas enferman menos porque su cerebro detecta los riesgos antes que el resto

Existe un estereotipo profundamente arraigado en nuestra sociedad: la persona ansiosa, la que se preocupa por todo, la que revisa sus síntomas en internet a las tres de la mañana, está condenada a vivir menos. Solemos pensar que el estrés constante, esa etiqueta de ser el "pupas" o el "ansias" del grupo, es un billete de ida hacia el desgaste físico y mental. Sin embargo, la ciencia ha dado un giro de guion fascinante a esta creencia.

¿Y si vivir en un estado de alerta no fuera un defecto de fábrica, sino un sofisticado mecanismo de supervivencia? La psicología y la medicina han empezado a descubrir una paradoja extraordinaria: estar siempre en alerta tiene un premio oculto. Ciertos niveles de ansiedad y preocupación constante hacen que las personas enfermen menos de dolencias graves, sencillamente porque su cerebro funciona como un radar anticipado que detecta los riesgos mucho antes que el resto de los mortales, permitiéndoles esquivar balas que los más "relajados" ni siquiera ven venir.

La naturaleza dual del neuroticismo

Durante décadas, la comunidad médica ha advertido sobre los peligros del neuroticismo, definiéndolo como la tendencia general de un individuo a experimentar emociones negativas como la preocupación, la depresión, la irritabilidad y la inestabilidad emocional. Tradicionalmente, se ha asociado con una mayor susceptibilidad a trastornos físicos y mentales, una menor calidad de vida y, epidemiológicamente, con un mayor riesgo de mortalidad.

Sin embargo, como explica un artículo publicado en la revista científica Science Bulletin, nos estábamos perdiendo la mitad de la película al ignorar la perspectiva evolutiva. Desde este punto de vista, tener reacciones mínimas ante estímulos amenazantes —es decir, ser una persona extremadamente relajada o con un neuroticismo muy bajo— generalmente no es ventajoso para la supervivencia.

Para mitigar los riesgos y asegurar la supervivencia, tanto los animales como nuestros ancestros humanos necesitaban respuestas automáticas ante las amenazas inmediatas y futuras. Esta necesidad biológica se manifiesta a través de emociones adaptativas como el miedo y su forma anticipatoria: la ansiedad. El estudio rescata incluso un antiguo proverbio chino que resume a la perfección esta filosofía de supervivencia: "La vida brota del dolor y la calamidad; la muerte proviene de la facilidad y el placer".

Así, los científicos proponen que el neuroticismo es una paradoja. Ha evolucionado en distintas dimensiones para adaptarse a los cambios ecológicos y culturales, influyendo en nuestro estilo de vida de formas muy diversas.

La reivindicación del preocupado

Todos conocemos a alguien hipersensible a los riesgos del entorno, o tal vez nosotros mismos sufrimos de esa constante preocupación por la salud, el futuro o la seguridad. Este nuevo enfoque científico ofrece una validación emocional gigantesca: esa ansiedad no es necesariamente una debilidad, sino un escudo protector milenario.

Entender esto cambia las reglas del juego. Nos demuestra que canalizar bien esa hipervigilancia se traduce en beneficios tangibles. Esa voz interior que te obliga a ir al médico cuando notas un lunar extraño, la que te hace ponerte el cinturón de seguridad sin pensarlo o la que te frena antes de tomar una decisión temeraria, es el legado evolutivo de tus ancestros manteniéndote con vida.

Pero esto no es solo una teoría evolutiva abstracta; los datos clínicos ya lo están demostrando. Para entender cómo la ansiedad nos salva la vida, hay que mirar bajo el capó de la personalidad. Recientes investigaciones a gran escala, como el macroestudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, han demostrado tras analizar a más de medio millón de personas que los rasgos de nuestra personalidad son un motor clave que impacta directamente en nuestro riesgo de mortalidad.

Yendo un paso más allá para desgranar qué partes de esa personalidad nos protegen, un exhaustivo metaanálisis publicado en el Journal of Psychosomatic Research analizó datos longitudinales de seis estudios con 335.715 participantes. Su conclusión fue tajante: meter toda la ansiedad y el neuroticismo en el mismo saco enmascara relaciones vitales entre la personalidad y la salud.

Los investigadores descubrieron que el neuroticismo tiene diferentes "facetas", y no todas son malas. Mientras que rasgos como el pesimismo o el cinismo aumentan el riesgo de mortalidad, existen otras dimensiones que actúan como auténticos chalecos salvavidas. El mecanismo de la supervivencia tiene dos vertientes:

  • La faceta "Preocupada-Vulnerable": Los datos revelaron que las personas con puntuaciones altas en esta dimensión tienen un riesgo reducido de morir por todas las causas, destacando reducciones significativas en la mortalidad por cáncer, enfermedades cardiovasculares y enfermedades respiratorias. Como explican en el estudio, las personas preocupadas tienden a ser extremadamente vigilantes con el cuidado de su salud. Se inquietan ante el menor síntoma y buscan ayuda médica mucho antes, lo que se traduce en diagnósticos tempranos y tratamientos que salvan vidas.
  • La faceta de "Inadecuación": Caracterizada por la timidez y el sentimiento de incompetencia ante la adversidad, sorprendentemente también reduce la mortalidad. En este caso, la clave es la evitación del peligro: estas personas son mucho más cautelosas y tienen menos probabilidades de exponerse a riesgos acumulativos a lo largo del tiempo.

Por el contrario, el estudio confirma que las facetas destructivas son el cinismo y el pesimismo, ya que estos individuos tienden al abandono personal, fuman más y, sobre todo, infrautilizan los servicios de atención médica.

La recompensa llega con la edad

Si la juventud y la madurez temprana son el campo de batalla donde nuestro "radar de amenazas" (el neuroticismo) trabaja a destajo para mantenernos vivos, la vejez es el momento de recoger los frutos.

Existe una falsa creencia de que las personas mayores se vuelven cascarrabias o rígidas. Sin embargo, la psicología lleva décadas demostrando que envejecer es, en realidad, un proceso de refinamiento psicológico. Apoyándose en la teoría de los cinco grandes rasgos de la personalidad (Big Five), se ha observado que el paso del tiempo nos esculpe para mejor.

A partir de los 60 años, se produce una evolución positiva asombrosa. La conciencia aumenta (nos volvemos más responsables y enfocados), la amabilidad crece y, lo más importante en este contexto, el neuroticismo baja drásticamente. Las tormentas emocionales de la juventud y esa hipervigilancia constante que nos protegió de los peligros dan paso a una regulación emocional y una calma profundas. El cerebro humano parece estar programado para priorizar la estabilidad y la cohesión social a medida que se envejece.

Además, las investigaciones actuales muestran una clara "ventaja boomer". Quienes nacieron entre 1946 y 1964 están envejeciendo mejor que sus predecesores, manteniendo altos niveles de extraversión, curiosidad y agencia personal.

Informes como el Mental State of the World de Sapien Labs reflejan una brecha generacional donde los mayores de 65 y 70 años son auténticas "rocas" de salud mental, con una autoimagen sólida y una resiliencia relacional muy superior a la de la generación Z. Han interiorizado la autonomía, dependen menos de la validación externa y alcanzan un pico de "sabiduría personal", gestionando conflictos complejos con una eficiencia que los jóvenes no pueden replicar.

Sobrevivir para disfrutar

En definitiva, la ciencia nos está obligando a reescribir el relato sobre la ansiedad y el envejecimiento. Ese estado de alerta constante, esa preocupación que a veces parece una carga abrumadora, no es un fallo en el sistema de la vida moderna. Es el escudo protector más antiguo, sofisticado y eficaz que posee el ser humano.

Nuestro cerebro nos inyecta dosis de neuroticismo protector durante nuestros años de mayor riesgo para asegurar que vayamos al médico a tiempo, que evitemos peligros absurdos y que lleguemos sanos y salvos a la recta final. Una recta final donde, paradójicamente, el cerebro apaga las alarmas, reduce la ansiedad y nos regala el pico de mayor estabilidad emocional y sabiduría de nuestra existencia.

Así que, la próxima vez que alguien te diga que te preocupas demasiado por todo, ya tienes la respuesta perfecta, avalada por la evolución y la ciencia: "No me preocupo por vicio; simplemente, mi radar está trabajando horas extras para asegurarme una vejez larga, sabia y extremadamente tranquila".

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Xataka | Los nacidos entre 1950 y 1970 tienen una ventaja psicológica sobre las demás generaciones: están entrando en su "peak"

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Dormir cuatro horas y trabajar equivale a ir a la oficina con seis cervezas de más. Salvo que tengas un 'superpoder'

Dormir cuatro horas y trabajar equivale a ir a la oficina con seis cervezas de más. Salvo que tengas un 'superpoder'

Seguramente hayas oído hablar de empresarios, políticos o genios que aseguran dormir apenas cuatro horas y despertarse como nuevos con la capacidad de ser muy productivos a lo largo del día. Esto es algo que para la medicina era simplemente una privación del sueño encubierta que pasaría factura tarde o temprano; sin embargo, las investigaciones más recientes apuntan a que es posible dormir esta cantidad de tiempo sin consecuencias. Aunque es mejor no imitarlos. 

Dormidores cortos. Aquí la ciencia ha identificado una condición denominada "sueño corto natural familiar", que hace que las personas que lo 'sufren' no solo duerman poco por elección, sino que su cerebro parece realizar las tareas de mantenimiento nocturno de forma mucho más eficiente. Es por ello que su sueño reparador dura mucho menos que para el resto de mortales. 

La genética es la gran responsable de esta 'habilidad' y la ciencia no ha cesado en sus intentos por identificar las dianas que existen en el genoma. Una de ellas son los genes DEC2 y ADRB1, que fueron los primeros genes asociados a esta capacidad, puesto que se observó que los miembros de una misma familia compartían estas mutaciones y dormían unas seis horas sin efectos negativos. 

Pero estos no eran únicos, ya que recientemente los investigadores han visto cómo una variante del gen SIK3 refuerza la idea de que la necesidad de sueño no es un capricho conductual, sino un rasgo biológico heredable. Para estas personas, dormir 4 o 5 horas no es un sacrificio, sino que es su estado natural. Su rendimiento cognitivo no se ve afectado y no presentan la somnolencia diurna que hundiría a cualquier otra persona.

La falsa productividad. Esto es algo excepcional, puesto que para el 99% de la población se necesitan entre 7 y 9 horas de sueño para tener un buen rendimiento cognitivo a lo largo del día. En esta situación, cuando se duermen cuatro horas de forma constante sin tener esta ventaja genética, entramos en un estado de privación crónica. Y no es algo secundario, puesto que lo peligroso es que el cerebro humano es pésimo evaluando cuánto daño está sufriendo por la falta de sueño, teniendo la idea de que "estamos bien" cuando no es así. 

De hecho, la evidencia muestra que estar despierto entre 17 y 24 horas produce un deterioro cognitivo similar a tener un nivel de alcohol en sangre de 0,05% a 0,10%. En términos coloquiales, intentar rendir tras dormir cuatro horas es comparable a intentar trabajar yendo de empalme de una noche donde se han bebido varias cervezas. Y es una sensación que algunos hemos vivido con una capacidad de juicio nublado y el control emocional inestable. 

El peligro. Dormir poco no solo hace que pensemos más lento, sino que también se conoce que existe una relación directa entre el sueño corto y la hipertensión arterial, la obesidad y la diabetes tipo 2. Además, durante el sueño activa sus mecanismos de 'limpieza' para eliminar, por ejemplo, la proteína beta-amiloide que está vinculada al alzhéimer. Es por ello que interrumpir esta limpieza no es lo mejor para poder tener un sistema nervioso eficiente. 

No nos vendan la productividad. En un momento donde hay muchos vídeos en redes sociales que apuntan a que dormir mucho es una pérdida de tiempo porque nos restan productividad en el día a día, es fácil caer en las prácticas de levantarse a las cinco de la mañana y dormir pocas horas. Pero la realidad es que si ponemos en una balanza el tener una buena salud o dormir poco para tener más tiempo para trabajar, lógicamente la salud pesa más. 

Es por ello que el mensaje con el que nos quedamos es que, si no estamos "preparados" genéticamente para dormir tan poco, lo mejor es evitarlo en la medida de lo posible. 

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En Xataka | Si te duermes en menos de cinco minutos, no tienes un "superpoder": es una señal de alerta de tu cerebro

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El test de Lovelace es una versión más exigente del test de Turing para las IAs, que los LLM actuales ya podrían haber superado

El test de Lovelace es una versión más exigente del test de Turing para las IAs, que los LLM actuales ya podrían haber superado /

Estuve viendo en el artículo The Lovelace Test Revisited de Paul Siemers cómo enfoca el llamado test de Lovelace, una especie de alternativa de hace dos décadas, más exigente que la de Turing acerca de si las máquinas podrían actuar de forma indistinguible a los humanos.

Las bases del test de Lovelace se publicaron en Minds and Machines en 2001 y se ha considerado durante mucho tiempo una de las más exigentes para «medir la inteligencia artificial» (sea lo que sea eso). La idea de sus autores, Bringsjord, Bello y Ferrucci, es sencilla y va más allá de la de Turing:

Una máquina inteligente debería poder producir algo original de forma que ni siquiera sus propios creadores puedaan explicar completamente cómo lo ha hecho.

Frente al clásico test de Turing, que está ideado para reconocer si una máquina parece humana conversando (hay quien lo considera ya superado), el test de Lovelace intenta medir la creatividad, otra característica que se considera superior y propia de los seres inteligentes. Sus autores sostienen que sólo se puede considerar que un ordenador tiene «mente» si muestra creatividad de forma independiente a los humanos. En 2014 se publicaría el test de Lovelace 2.0, una versión mejorada que además permitía comparar la inteligencia relativa de distintos agentes.

Los expertos siguen divididos entre si esa creatividad es propia de loros estocásticos o de entidades realmente inteligentes y creativas.

El artículo viene a afirmar que los modelos actuales tipo ChatGPT ya superan la prueba de Lovelace sobradamente. Habla de cómo se ha pasado de modelos especializados que sólo servían en un contexto (escribir novelas de amor y traición, jugar al go, etcétera) a otros más generales, gracias a haber ingerido enormes cantidades de textos, código e imágenes producidos por humanos y utilizar luego estimaciones probabilísticas.

El punto es que en las premisas del test de Lovelace se establece que los creadores del sistema (ChatGPT en este caso) deberían poder dar una explicación válida para reconstruir un resultado de forma concreta y detallada. Pero estos sistemas pueden necesitar del orden de 1014 a 1015 cálculos para generar un texto, por ejemplo un relato de apenas 500 palabras. Algo que ya sería «imposible de reconstruir» para ningún humano en un tiempo razonable, por no hablar de que la versión original de la prueba hablaba de «uno o dos años».

¿Hacen esas IAs cosas para las que no fueron entrenadas? ¿Son realmente creativas? ¿Es tan sorprendente esa creatividad? Quizá, como dicen en el artículo, el test de Lovelace solo mida otra cosa: la imprevisibilidad. Algo que también acercaría a las IAs a un rasgo propio de la humanidad, aunque no por el mismo camino.

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Imagen: Ada Lovelace (CC) SuperColoring.com

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Nuestro cerebro lleva milenios encogiendo: la ciencia tiene muy claro por qué (y no, no significa que seamos más tontos)

Nuestro cerebro lleva milenios encogiendo: la ciencia tiene muy claro por qué (y no, no significa que seamos más tontos)

Durante millones de años, la evolución de los homínidos estuvo marcada por un aumento constante del tamaño del cráneo y, por tanto, del propio cerebro, lo que marcó un punto superimportante en el desarrollo cognitivo que nos ha llevado a donde estamos hasta ahora. Sin embargo, el registro fósil y arqueológico actual apunta a que nuestro cerebro es más pequeño que el de nuestros ancestros. 

Muchas preguntas. Lejos de ser una simple curiosidad anatómica, este fenómeno ha desatado un intenso debate en la comunidad científica. ¿Cuándo empezó nuestro cerebro a perder masa y, sobre todo, por qué? Y la pregunta que más nos incomoda: ¿significa esto que nos estamos volviendo menos inteligentes que nuestros antepasados?

Lo que sabemos. Uno de los hitos recientes más polémicos en este debate fue la publicación de un análisis de 985 cráneos humanos, tanto fósiles como modernos. A través de un análisis de puntos de cambios estadísticos, los investigadores propusieron que el cerebro humano experimentó una reducción de tamaño hace apenas unos 3.000 años, coincidiendo con la transición hacia el Holoceno tardío. 

Y para explicar esta pérdida de masa cerebral, los autores miraron hacia la propia evolución, ya que el hecho de vivir ahora en sociedades cada vez más grandes, cooperativas y complejas hacía que los humanos pasáramos a depender de la inteligencia colectiva y la especialización social. En otras palabras: ya no necesitábamos tanta información vital para sobrevivir, por lo que el cerebro se podía permitir el lujo de ahorrar energía de esta manera. 

Hay dudas. En la ciencia no hay una verdad absoluta, y lo vemos bastante claro cuando un nuevo equipo decidió analizar estos mismos datos para poder comprobar si la teoría de los 3.000 años era cierta. Y su conclusión fue que el cerebro no se encogió en ese momento de la historia y que el estudio original tenía graves deficiencias estadísticas. 

Estas deficiencias se centrarían en el muestreo de los cráneos analizados, los fallos críticos a la hora de controlar el volumen cerebral en proporción al tamaño corporal de la época e inexactitudes en la datación cronológica. Es por ello que, pese a estar de acuerdo en que el tamaño del cerebro se está reduciendo, la realidad es que apuntan a que podría ser mucho más antigua o gradual de lo estimado. 

Tamaño o inteligencia. Independientemente de la cronología exacta de cuándo se comenzó a perder tamaño cerebral la gran pregunta aquí es si afecta a nuestro intelecto. Aquí la lógica marca que ahora somos más inteligentes que en la antigüedad y es por ello que no cuadra bastante con que nuestro cerebro sea más pequeño que es un signo de 'inferioridad'. 

Aquí la ciencia apunta a que existe una correlación positiva entre estas dos variables, pero sorprendentemente pequeña entre el volumen absoluto del cerebro y el rendimiento cognitivo o el coeficiente intelectual. 

Lo importante en el interior. De esta manera, los expertos apuntan a que el tamaño bruto del cerebro no marca la inteligencia del ser humano de manera significativa. Aquí lo verdaderamente importante está en la organización interna del cerebro y en cómo se van conectando las diferentes neuronas para lograr tener una mayor inteligencia. 

De esta manera, tener un cerebro más pequeño no equivale a ser menos astuto, sino que equivale a tener una organización mucho más optimizada. Y esto es precisamente lo que hemos ido experimentando con el paso de los años. 

Hay varias teorías. Si la inteligencia colectiva no es la única respuesta que hay, las revisiones científicas señalan una amalgama de factores ambientales, sociales y biológicos. Una de las teorías apunta, por ejemplo, que, al igual que los lobos redujeron su agresividad al evolucionar a perros domésticos, los humanos habíamos sufrido una autodomesticación impulsada por la necesidad de ser más sociables y tolerantes.

Otra teoría apunta a que, debido a que el cerebro es un órgano extremadamente demandante de energía, la escasez climática o la alta carga de patógenos ha hecho que el cuerpo priorice recursos para mantener el sistema inmunológico en lugar de sostener cerebros muy grandes. 

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En Xataka | Siempre habíamos creído que la evolución llevaba miles de años detenida. Los pelirrojos nos estaban diciendo lo contrario

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