19 de marzo de 2026

De los volcanes al café molido: la clave eléctrica que esconde la arena

Desde los relámpagos en erupciones volcánicas hasta fallas en procesos industriales e incluso la calidad de una taza de café, múltiples fenómenos aparentemente inconexos comparten un mismo origen: la transferencia de carga eléctrica entre materiales granulares. Así lo revela un nuevo estudio publicado en la revista Nature, con participación de especialistas de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM) de la Universidad de Chile.

Cuando un volcán entra en erupción, las partículas de ceniza colisionan en la atmósfera generando impresionantes tormentas eléctricas. En la industria, el simple movimiento de polvo puede provocar aglomeraciones, pérdidas de eficiencia e incluso explosiones. En la vida cotidiana, algo tan habitual como el café molido puede ver afectada su calidad cuando sus partículas se adhieren entre sí antes de entrar en contacto con el agua.

En todos estos casos, el fenómeno subyacente es el mismo: la electrificación por contacto entre materiales granulares, uno de los sistemas más abundantes en la Tierra después del agua.

Una paradoja de siglos

Aunque los granos de arena, cenizas volcánicas o polvos industriales —e incluso los cuerpos que dan origen a planetas— están formados por materiales eléctricamente aislantes, al entrar en contacto, rozarse o separarse, intercambian carga eléctrica.

Este fenómeno es conocido desde hace siglos, pero encierra una pregunta clave: ¿por qué dos partículas idénticas, del mismo material y tamaño, pueden cargarse de manera distinta, incluso con signos opuestos?

Un estudio internacional liderado por investigadores de la Universidad de Chile, entre ellos el Dr. Nicolás Mujica (Departamento de Física), junto al profesor Francisco Gracia y la Dra. Adriana Blanco, entrega una nueva explicación. La clave no está en el volumen del material, sino en su superficie, específicamente en la presencia de moléculas de carbono que se adhieren de forma desigual a cada partícula.

“Durante mucho tiempo se pensó que la transferencia de carga entre granos idénticos era un proceso esencialmente aleatorio. Lo que mostramos es que existe un parámetro concreto que rompe esa simetría: el estado químico de la superficie”, explica Mujica.

El rol invisible del carbono

En experimentos controlados con partículas de dióxido de silicio —principal componente de la arena— los investigadores observaron que, pese a ser iguales, algunas partículas se cargaban positivamente, otras negativamente y otras casi no adquirían carga.

La diferencia está en su “historia superficial”. Cada grano presenta distintos niveles de contaminación por carbono, conocido como carbono adventicio: una capa de compuestos que se forma naturalmente cuando los materiales están expuestos al aire.

“Esa diferencia microscópica es suficiente para determinar cuánta carga se transfiere y en qué dirección”, detalla Mujica.

Un fenómeno que se puede controlar

El equipo también demostró que este comportamiento puede manipularse experimentalmente. Al limpiar las superficies —mediante calor o plasma— la electrificación deja de ser errática.

“Después de la limpieza, una partícula siempre se carga negativamente. Y si limpiamos la superficie contra la que choca, pasa a cargarse positivamente. Es decir, podemos invertir la polaridad de la carga”, explica el investigador.

Sin embargo, este control no es permanente. Con el tiempo, las partículas vuelven a contaminarse al interactuar con el ambiente, en un proceso que puede tardar desde horas hasta meses.

De volcanes a planetas… y al café

Las implicancias del estudio son amplias. En la naturaleza, permite comprender mejor fenómenos como la electrificación en erupciones volcánicas, la formación planetaria o incluso la dispersión de microorganismos en la atmósfera. También aporta nuevas claves sobre procesos biológicos como la polinización, donde insectos y flores interactúan mediante campos eléctricos.

En el ámbito industrial, abre oportunidades para reducir riesgos asociados a descargas eléctricas y optimizar procesos que involucran polvos finos.

Y en lo cotidiano, ayuda a explicar por qué variables como la humedad y la carga eléctrica influyen directamente en la calidad del café molido.

“Entender cómo y por qué se transfieren cargas entre granos es fundamental en una enorme variedad de sistemas. Lo notable es que un fenómeno que parecía aleatorio está gobernado por procesos bien definidos a nivel molecular”, concluye Mujica.

La participación del Dr. Nicolás Mujica en este estudio refuerza el aporte del Departamento de Física de la FCFM de la Universidad de Chile en investigación de frontera, conectando la física fundamental con desafíos concretos que van desde la seguridad industrial hasta algunos de los fenómenos más extremos de la naturaleza.

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Sabíamos que el móvil tenía un impacto en la salud mental de los niños. Un estudio ha definido la frontera: los 16 años

Sabíamos que el móvil tenía un impacto en la salud mental de los niños. Un estudio ha definido la frontera: los 16 años

En la actualidad, vivimos en un momento de gran debate en torno a Instagram, TikTok o X, preguntándonos si de verdad afectan de manera negativa a nuestros menores, con varios gobiernos promoviendo la posibilidad de prohibirlas, incluido el español. Ahora, un nuevo estudio longitudinal ha arrojado luz sobre el verdadero impacto que puede tener usar las redes sociales sobre la salud mental, apuntando a un escenario mucho más complejo del que pensamos. 

El estudio. Ha sido un equipo de la Universidad Miguel Hernández el que ha decidido poner el foco justamente encima de las redes sociales en un momento donde la investigación dibuja un panorama bastante preocupante. Pero en este caso ha querido poner el foco en los matices que realmente nos deben importar: la edad, el género y el estado de salud mental previa a entrar en el mundo de las redes sociales. Y sus conclusiones cambian la concepción clásica. 

No es cuánto, sino cómo. Hasta hace poco, la concepción más clásica para medir el peligro era el "tiempo de pantalla" De esta manera, diferentes revisiones apuntaban a que estar más horas frente al móvil equivalía a tener un peor bienestar. Pero la investigación de la UMH da un paso más allá y se centra en cómo las redes interfieren en la vida diaria, el sueño o las relaciones personales.

Aquí el hallazgo más llamativo que vio el equipo de investigación fue que el impacto de este uso problemático en los síntomas depresivos tiene una frontera muy clara: 16 años. 

Pero se atenúa. Aunque los investigadores han observado que el aumento de síntomas depresivos es mucho más agudo en los menores de 16 años, se ha visto también que en torno a esta edad el efecto se va disminuyendo. El motivo que marca los 16 años como una auténtica frontera es precisamente la mayor capacidad de autorregulación emocional y cognitiva que tienen los adolescentes al ir madurando poco a poco. 

De esta manera, los jóvenes a partir de los 16 años se vuelven menos vulnerables a los impactos negativos del entorno digital, algo a lo que apuntan otros estudios externos que ya advertían que la preadolescencia temprana es el verdadero periodo crítico de exposición a las redes sociales al ser más sensibles. 

Una brecha de género. Otro de los puntos preocupantes que recoge la ciencia es cómo afecta la popularidad digital dependiendo de si el adolescente es chico o chica. Y es que ahora mismo vivimos en la era de los followers donde se hace cualquier cosa por ver cómo nuestras cuentas tienen cada vez más seguidores. Y aunque puede parecer que tener más seguidores es un refuerzo positivo para cualquier adolescente, los datos dicen lo contrario. 

Los investigadores apuntan aquí que tener un mayor número de seguidores se asocia con un mayor número de síntomas depresivos, y sobre todo en las chicas. Las razones radican en la presión por mantener una imagen perfecta, el miedo a ser analizadas hasta el último detalle y, lógicamente, la cibervictimización. Un conjunto de factores que actúan como un cóctel tóxico hacia la salud mental. 

En los chicos. Aquí tener muchos seguidores tiene un efecto neutro o incluso algo protector, operando como un potenciador de estatus dentro de un grupo de amigos, por ejemplo. Es decir, todo lo contrario a las chicas, marcando una brecha de género que también ha sido investigada por otros estudios de terceros que ya advertían que la salud mental de las menores es mucho más susceptible a las dinámicas de validación online. 

Vulnerabilidad previa. ¿Deprimen las redes sociales o los adolescentes ya estaban deprimidos? Esta es la pregunta que nos podemos hacer a la hora de abordar este tema tan complejo, y la ciencia apunta a que los adolescentes que ya sufrían de una vulnerabilidad previa antes de usar las redes son los más susceptibles. De esta manera, si un joven ya presenta síntomas depresivos, su evolución será significativamente peor si desarrolla un uso problemático de las redes. 

En estos casos, la pantalla se convierte en un auténtico refugio que acaba empeorando el cuadro original al exponerse a un gran número de personas o por consumir contenido negativo. 

¿Qué debemos hacer? La gran conclusión que se puede tener aquí es que debemos proteger a los preadolescentes al ser los más vulnerables, y además hacer una atención prioritaria a las chicas debido a que sufren una presión estética y de validación mucho mayor. Aquí es donde entran los gobiernos en las regulaciones que ya se están poniendo encima de la mesa para evitar que estos jóvenes más vulnerables se expongan a algo que puede ser tan nocivo. 

Imágenes | Johnny Cohen

En Xataka | Decimos que estamos "deprimidos" por encima de nuestras posibilidades: dónde termina y dónde empieza la enfermedad

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La Luna vuelve a moverse: un nuevo mapa revela crestas jóvenes y posibles sismos en los “mares” lunares

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Durante décadas, la Luna se ha descrito como un mundo geológicamente “tranquilo” si se compara con la Tierra. Ese retrato sigue siendo útil para entender sus grandes rasgos, pero empieza a quedarse corto cuando bajamos la escala y miramos con lupa. Un equipo del Center for Earth and Planetary Studies del Museo Nacional del Aire y el Espacio (Smithsonian) y colaboradores ha elaborado el primer mapa global y el primer análisis sistemático de unas estructuras poco “famosas” fuera del ámbito científico: las pequeñas crestas de los mares lunares o SMRs (por sus siglas en inglés). El estudio se publicó en The Planetary Science Journal el 24 de diciembre de 2025, y su conclusión principal es clara: estas crestas son geológicamente jóvenes y están muy extendidas por los mares lunares (las grandes llanuras oscuras). La consecuencia práctica es inmediata: aparecen nuevos candidatos a explicar sismos lunares y, por tanto, nuevas variables para elegir zonas seguras de aterrizaje y futuros emplazamientos de exploración.

Qué son las “SMRs” y por qué importan

Los mares lunares no son mares de agua, claro, sino enormes planicies de basalto solidificado que desde la Tierra se ven más oscuras, como manchas de tinta. En ese “asfalto” antiguo hay pequeñas ondulaciones alargadas, discretas, que recuerdan a las arrugas finas que aparecen cuando una pintura se seca y se contrae. Esas arrugas son las SMRs, y se interpretan como huellas de actividad tectónica lunar: no de placas como en la Tierra, sino de esfuerzos internos que comprimen la corteza y la deforman.

La relevancia de estas crestas no está en su tamaño, sino en lo que delatan. Si la Luna todavía genera tensiones capaces de deformar zonas amplias, su interior sigue ajustándose. Pensarlo como una casa que “asienta” con el paso de los años ayuda: aunque parezca estable, a veces cruje, aparecen microgrietas y ciertos elementos se recolocan. En un lugar donde un aterrizador, un hábitat o una infraestructura dependen de que el terreno se comporte como un bloque sólido, esas señales importan.

La Luna no tiene placas, pero sí tensiones

La comparación con la Tierra es tentadora y también engañosa. En nuestro planeta, la tectónica de placas organiza el relieve: placas que chocan y levantan cordilleras, placas que se separan y abren dorsales oceánicas, placas que se deslizan y desencadenan terremotos. En la Luna, la corteza no está fragmentada en placas móviles de ese tipo. Aun así, existen fuerzas que la estresan: la contracción global al enfriarse, la interacción gravitatoria con la Tierra, cambios térmicos extremos entre el día y la noche lunares y la carga de materiales volcánicos que rellenaron cuencas antiguas.

Esas tensiones se expresan en formas de relieve muy características. Una de las más estudiadas son los escarpes lobulados (lobate scarps), crestas que se forman cuando la corteza se comprime y un bloque se empuja por encima de otro a lo largo de una falla. Hasta ahora, se habían documentado sobre todo en las tierras altas lunares, y se consideraban el gran indicador de deformación reciente.

La pista de una Luna que se encoge

En 2010, el científico Tom Watters, que participa como coautor en este trabajo, presentó evidencias de que la Luna se está encogiendo lentamente. La idea es intuitiva si imaginamos una fruta que se deshidrata: al perder volumen, la piel se arruga. En geología planetaria, el equivalente ocurre cuando un cuerpo se enfría: su interior se contrae, y esa contracción se traduce en compresión de la corteza. Los escarpes lobulados encajaban bien en ese escenario.

El problema era que no todo el relieve “reciente” cuadraba con los escarpes de las tierras altas. Faltaba una pieza para explicar por qué en los mares lunares también aparecían señales de compresión. Las SMRs llevaban tiempo identificadas de forma parcial, pero nadie había construido un inventario exhaustivo a escala global que permitiera medir su alcance y su edad con consistencia.

Un catálogo enorme y una juventud inesperada

El equipo ha reunido el primer catálogo completo de SMRs y ha ampliado de manera notable lo que se conocía: identificaron 1.114 segmentos nuevos en los mares de la cara visible, elevando el total de estructuras conocidas a 2.634. Para cualquiera que no trabaje con imágenes planetarias esto puede sonar a detalle de inventario, pero es el tipo de cifra que cambia el diagnóstico: ya no hablamos de “algunas crestas curiosas”, sino de un patrón extendido.

La segunda pieza clave es la edad. Mediante técnicas de datación relativa basadas en el conteo de cráteres y el análisis morfológico, el estudio estima que la edad media de estas crestas es de 124 millones de años, muy cercana a la edad media estimada para los escarpes lobulados (en torno a 105 millones de años en trabajos previos del propio Watters y colaboradores). En términos geológicos, eso es “ayer”. La Luna tiene unos 4.500 millones de años; estructuras con alrededor de cien millones son como marcas casi recientes en un paisaje que solemos imaginar congelado desde tiempos remotos.

Una conexión directa con los escarpes lobulados

El análisis no se queda en “hay crestas y son jóvenes”. Describe su mecanismo: las SMRs se formarían mediante el mismo tipo de fallas compresivas que dan lugar a los escarpes lobulados. Lo interesante es que, en ciertos bordes entre tierras altas y mares, se observan transiciones donde un escarpe “se transforma” en una SMR al entrar en la llanura basáltica. Esa continuidad sugiere un origen común, como si viéramos la misma arruga atravesando dos telas distintas: una más rugosa (las tierras altas) y otra más lisa (los mares), con un aspecto final que cambia por el material pero no por la fuerza que lo generó.

Para sostener estas observaciones, el trabajo se apoya en imágenes de alta resolución de la Lunar Reconnaissance Orbiter Camera (LROC) de NASA, una herramienta que ha permitido pasar de “manchas” a “texturas” y reconocer microrelieves antes invisibles en cartografías antiguas.

El lado práctico: más lugares potenciales para sismos lunares

Aquí llega la parte que interesa tanto a científicos como a ingenieros. Watters ya había relacionado la formación de escarpes lobulados con la ocurrencia de moonquakes o sismos lunares. Si las SMRs responden al mismo proceso tectónico, entonces los posibles puntos de origen de sismos no se limitan a las tierras altas: podrían aparecer también a través de los mares lunares, en cualquier zona donde haya una SMR.

Imagina planificar un camping en un terreno que parecía firme porque era una explanada, y descubrir que esa explanada tiene una red de “pliegues” jóvenes creados por compresión. No significa que el suelo vaya a abrirse mañana, pero obliga a tomar en serio la posibilidad de movimientos. En la Luna, un sismo puede ser especialmente problemático porque las vibraciones pueden durar más que en la Tierra debido a la estructura seca y rígida de su interior, algo que ya sugirieron los sismómetros de las misiones Apolo en su día. En ese contexto, ampliar el mapa de estructuras potencialmente activas es una mejora directa para la evaluación de riesgos.

Qué implica para Artemis y la elección de lugares de aterrizaje

La exploración lunar entra en una etapa en la que el conocimiento geológico deja de ser “curiosidad” para convertirse en requisito operativo. Programas como Artemis buscan aumentar la presencia humana y robótica, con estancias más largas y sistemas más complejos. Para decidir dónde aterrizar, dónde instalar instrumentación o dónde plantear un futuro hábitat, no basta con mirar iluminación, temperatura o disponibilidad de recursos: también hay que entender el “comportamiento” del terreno.

El nuevo mapa de SMRs añade una capa que antes era incompleta. Si una zona del mare presenta muchas crestas jóvenes, puede merecer instrumentación sísmica específica, o un análisis geotécnico más cuidadoso, o una selección de emplazamientos que evite proximidades a fallas compresivas. A la vez, estas estructuras son una oportunidad científica: estudiar SMRs y su relación con los escarpes ayuda a reconstruir la historia térmica y la evolución interna de la Luna, como si cada arruga fuese una pista sobre cómo se ha ido “enfriando” y reajustando el satélite.

Lo que todavía queda por responder

Este trabajo completa una visión global de una Luna dinámica y en contracción, pero abre nuevas preguntas. ¿Todas las SMRs son igual de activas o algunas son “cicatrices” ya apagadas? ¿Qué papel juegan los ciclos térmicos extremos en reactivar o debilitar fallas? ¿Cómo se distribuyen estas crestas en la cara oculta respecto a la visible y qué dice eso sobre la asimetría lunar? La buena noticia es que el camino ya no empieza con un mapa a medias: ahora existe un inventario amplio que permite priorizar zonas, comparar regiones y diseñar campañas de observación.

La investigación, atribuida por el Smithsonian y difundida en medios como Phys.org, marca un paso importante: no por dramatizar el riesgo, sino por ponerle coordenadas. Y en exploración espacial, ponerle coordenadas a lo desconocido suele ser la diferencia entre un plan optimista y una misión preparada.




☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí

18 de marzo de 2026

El James Webb lleva años detectando puntos rojos en el universo: el problema es que nadie logra ponerse de acuerdo sobre qué son

El James Webb lleva años detectando puntos rojos en el universo: el problema es que nadie logra ponerse de acuerdo sobre qué son

El telescopio espacial James Webb lleva años apuntando a las regiones más remotas del universo y, con cada nueva observación, ha ido dejando al descubierto algo que no encaja del todo. En sus imágenes aparecen pequeños puntos rojos, diminutos y brillantes, que se repiten con una frecuencia difícil de ignorar. No son una anomalía puntual ni un fallo de observación: son objetos que los astrónomos llevan tiempo estudiando sin haber logrado todavía una explicación convincente sobre su naturaleza.

La novedad. Un estudio publicado recientemente en The Astrophysical Journal, liderado por Devesh Nandal y Avi Loeb, del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics abre una alternativa a la interpretación más extendida. En concreto, sugiere que algunos de estos puntos rojos podrían no ser sistemas dominados por agujeros negros activos, sino estrellas supermasivas formadas en el universo temprano. En declaraciones a Live Science, Nandal sostiene que este tipo de estrellas puede explicar rasgos clave de estos objetos sin depender de la presencia de agujeros negros en crecimiento.

Antes de este giro, los llamados "pequeños puntos rojos" ya llevaban tiempo en el radar de la astronomía. El término empezó a consolidarse en estudios publicados en 2024, cuando varios equipos comenzaron a analizarlos de forma sistemática tras las primeras observaciones del Webb. No hablamos de un hallazgo reciente, sino de un enigma acumulado: en Xataka ya lo abordamos como un fenómeno difícil de encajar en los modelos actuales, con objetos muy compactos, extremadamente luminosos y presentes en el universo temprano.

La hipótesis dominante. Durante los primeros años de análisis, la explicación que más fuerza ganó fue que estos puntos rojos estaban impulsados por agujeros negros en crecimiento. En una primera fase, parte de los investigadores atribuyó su color rojo al polvo del entorno, aunque trabajos posteriores han desplazado parte de ese foco hacia el gas de hidrógeno.

Lo que empieza a no encajar. Con el paso del tiempo, algunas observaciones han ido complicando esa interpretación inicial. Varios de estos objetos no muestran emisiones claras en rayos X, una de las señales más habituales de agujeros negros activos, y sus espectros carecen de líneas metálicas intensas más allá del hidrógeno y el helio. A esto se suma “The Cliff”, uno de los objetos analizados por el programa RUBIES, que no encaja ni como galaxia convencional ni como un sistema dominado por polvo.

Littlereddots

En ese contexto encaja la propuesta del nuevo estudio, que plantea una lectura distinta para al menos parte de estos objetos. En lugar de agujeros negros activos, algunos pequeños puntos rojos podrían ser estrellas supermasivas formadas a partir de gas primordial, compuestas casi exclusivamente por hidrógeno y helio, y observadas justo antes de colapsar. Según el modelo desarrollado por el equipo, este escenario reproduce tanto su brillo extremo como rasgos específicos de sus espectros, sin necesidad de asumir la presencia de un agujero negro en crecimiento.

El nuevo estudio no cierra el debate, más bien lo amplía. Los propios investigadores reconocen que demostrar de forma directa qué hay detrás de estos objetos sigue siendo extremadamente difícil, y otras voces de la comunidad científica insisten en que todavía no se puede descartar ninguna de las hipótesis. La presencia de agujeros negros en estos sistemas sigue sin demostrarse de forma directa y, por ahora, se infiere sobre todo a partir de su brillo y de lo abundantes que son.

Imágenes | NASA/ESA/CSA (1, 2)

En Xataka | La hipótesis del zoológico: por qué es probable que los extraterrestres sepan de nosotros y no quieran contactarnos

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CVE-2026-3888 en Ubuntu: escalada a root aprovechando snap-confine y la limpieza de systemd-tmpfiles

CVE-2026-3888 permite a un atacante con acceso local escalar privilegios hasta root en instalaciones por defecto de Ubuntu Desktop 24.04+ combinando snap-confine con la limpieza programada de systemd-tmpfiles. Aunque el ataque depende de una ventana temporal de limpieza (de 10 a 30 días según versión), el impacto final puede ser el control completo del equipo si no se actualiza snapd a versiones corregidas.

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El fallo permite que un usuario local acabe ejecutando acciones como root, lo que en la práctica equivale a un compromiso total del sistema si el atacante ya ha conseguido una sesión en el equipo (por ejemplo, mediante credenciales robadas, una cuenta con pocos privilegios o acceso físico). La gravedad se califica como alta, con una puntuación CVSS 7.8 citada en el artículo.

La raíz del problema está en una interacción inesperada entre dos componentes muy comunes en estas instalaciones. Por un lado, snap-confine, pieza clave de snapd que se encarga de preparar el sandbox y aislar las aplicaciones Snap; por otro, systemd-tmpfiles, el mecanismo de systemd que aplica políticas de limpieza automática en directorios temporales como /tmp, /run o /var/tmp. El escenario descrito se apoya en el manejo del directorio /tmp/.snap: cuando la política de limpieza elimina ese directorio en un momento programado, un atacante puede aprovechar la ventana posterior para recrearlo con una estructura o contenido malicioso. La clave es que, más adelante, snap-confine vuelve a interactuar con esa ruta durante la inicialización del entorno y, si se cumplen las condiciones de carrera y permisos implicados, la cadena puede terminar derivando en ejecución con privilegios elevados.

Un matiz importante es que no se trata de un exploit ‘instantáneo’: el propio análisis indica que la explotación depende de la cadencia de limpieza. En Ubuntu 24.04, la espera típica se sitúa alrededor de 30 días, mientras que en versiones posteriores se menciona un ciclo de aproximadamente 10 días, debido a ajustes en la política de limpieza. Aun así, en entornos reales esa espera no elimina el riesgo: en un puesto de trabajo o un servidor que permanezca encendido de forma prolongada, un atacante con persistencia puede simplemente preparar el sistema y esperar a que se cumpla la condición temporal.

La recomendación principal es actualizar snapd a una versión que ya incluya la corrección. Las versiones señaladas como solucionadas incluyen 2.73+ubuntu24.04.1 para Ubuntu 24.04, 2.73+ubuntu25.10.1 para Ubuntu 25.10, 2.74.1+ubuntu26.04.1 para Ubuntu 26.04 (rama de desarrollo, según el artículo) y, en el proyecto upstream, snapd 2.75 o superior. Para equipos gestionados en flota, conviene verificar la versión instalada y priorizar los sistemas Ubuntu Desktop 24.04+ donde el uso de Snaps es parte del flujo estándar. Como medida adicional de defensa, también resulta razonable vigilar comportamientos anómalos alrededor de /tmp/.snap, especialmente recreaciones inesperadas, cambios de propietario/permisos y patrones inusuales coincidiendo con ejecuciones de snap-confine o con tareas de limpieza de systemd-tmpfiles.

Más información

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