Durante años, el consenso científico y la cultura popular nos ha repetido un mantra tranquilizados: los genes solo determinan el 20 o 25% de la esperanza de vida. El resto de esto hacía que cayera sobre nuestros hombros de manera directa con el estilo de vida, la dieta o incluso el entorno del que nos rodeamos. Pero esta cifra, que correspondía a estudios antiguos, ha cambiado radicalmente.
El estudio. Un estudio publicado esta semana en Science ha venido a sacudir los cimientos de la biogerontología. Liderado el biólogo molecular Uri Alon del Instituto Weizmann en Israel, la investigación sugiere que hemos estado subestimando masivamente el papel del ADN. Algo que han podido saber tras limpiar los datos del "ruido" estadístico con conclusión muy rotunda detrás: la heredabilidad de la esperanza de vida humana ronda el 55%.
Lo que sabíamos. El porcentaje de participación de la genética actual se basaba en las investigaciones hechas en los años 90 y que tenían como clave la definición de "morir". Los estudios más antiguos analizaban cohortes de gemelos daneses suecos tomando la mortalidad como un todo.
De esta manera, si un gemelo moría de cáncer a los 90 y el otro atropellado a los 30, la estadística interpretaba que la genética influía bastante poco.
La actualidad. Pero ahora, el equipo de Alon ha aplicado un nuevo modelo matemático para separar dos conceptos que solían mezclarse. Uno de estos concretos era la mortalidad extrínseca, es decir, las muertes causadas por factores externos y aleatorios como por ejemplo los accidentes, las pandemias o las guerras.
Por otro lado, se tiene la mortalidad intrínseca, que es el verdadero envejecimiento biológico y que no se debe a un accidente, sino al 'desgaste' del organismo con el paso del tiempo. De esta manera, al eliminar el ruido de la mortalidad extrínseca de los datos históricos, el peso de la genética comienza a dispararse.
Los resultados. El nuevo estudio, publicado a finales de enero, no se basa solo en una simulación sino que ha analizado décadas de registros. Por un lado, se han vuelto a analizar los datos de gemelos nacidos entre 1870 y 1900 que son los estudios originales donde se contaba el factor extrínseco. Al eliminarlo, nuevamente la correlación genética se volvía mucho más fuerte.
El equipo cruzó sus modelos con datos de hermanos de 444 centenarios estadounidenses confirmando que la longevidad extrema se agrupa en familias mucho más de lo que el azar o el ambiente compartido podrían explicar. De esta manera, el estudio corrige lo que los expertos llaman sesgos de estimación previos. Es decir, las cifras del 20-25% no eran erróneas per se, pero incluían demasiada "mala suerte".
El estilo de vida importa. Que el peso de la genética sea mucho superior de lo que pensamos, no significa que debamos abandonar el gimnasio y la dieta equilibrada. Y es que aunque la genética determina el 55% del envejecimiento, la otra casi mitad sigue siendo del ambiente y el estilo de vida. Y esto hay que seguir manteniéndolo.
Por otro lado, esto tiene implicaciones enormes para la medicina personalizada. Si la "fecha de caducidad" de nuestros tejidos está más programada de lo que creíamos, las terapias antienvejecimiento deberán enfocarse mucho más en editar o modular esa carga genética, y no solo en decirnos que comamos más verdura (que también).
Imágenes | LOGAN WEAVER | @LGNWVR
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La noticia Hemos estado midiendo mal la muerte: la ciencia cree ahora que nuestra fecha de caducidad biológica es más hereditaria de lo que creíamos fue publicada originalmente en Xataka por José A. Lizana .
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