Antes de que meternos en materia filosófica, deja que te haga una pregunta personal: ¿Cuándo fue la última vez que te subiste a un vagón, no importa si se trataba de un AVE o el metro que te lleva de casa a la oficina? ¿Y qué hiciste durante ese viaje? ¿Qué hacían el resto de pasajeros? La primera respuesta no la sé. Con respecto a las otras dos... es, bastante probable que acierte porque coincidirán con lo que yo mismo hago cuando viajo: saco el móvil, leo las noticias, abro Instagram, ojeo TikTok, X… Lo que sea para distraerme.
¿Es lo más normal no?
Ocurre lo mismo cuando estamos en la sala de espera del dentista, aguardamos nuestro turno en la carnicería, esperamos a que nuestro hijo salga de la piscina o simplemente estamos en el ascensor que nos lleva del recibidor a la planta en la que vivimos. Buscamos estímulos, una forma rápida de colmar nuestra atención.
Lo contrario sería casi anti intuitivo porque, al fin y al cabo, ¿quién elegiría aburrirse cuando tiene distracciones ilimitadas en la palma de la mano?
¿Quién quiere aburrirse?
Las redes y los móviles quizás sean inventos relativamente modernos, pero la 'alergia' al aburrimiento no. Tampoco el debate sobre el lugar que ocupa (o debe ocupar) en nuestras vidas. De hecho hace unas cuantas décadas ya reflexionaba sobre ese particular uno de los pensados más destacados y mediáticos del siglo XX, el filósofo, lógico, matemático y escritor británico Bertrand Russell.
A lo largo de su prolífica carrera Russell se adentró en los terrenos más elevados de la teoría matemática, pero también escribió una ingente cantidad de artículos y ensayos sobre temas mucho más pegados al asfalto, con títulos tan sugerentes como 'Por qué no soy Cristiano' (1927) o 'La conquista de la felicidad' (1930).
En una de sus muchas líneas memorables dejó una frase precisamente sobre la ociosidad y el tedio que hoy suena con una fuerza especial. Tanto de hecho que cada poco tiempo se cuela en artículos sobre psicología o en esas colecciones de proverbios filosóficos que luego suelen poblar los pies de páginas de las agendas.
La frase en cuestión dice: "Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor". Todo un alegato en favor del sopor que recuerda a la proclama de otro gran intelectual del siglo XX, Miguel de Unamuno, quien en su día también confesó apreciar en el aburrimiento "algo dulce y sosegador".
Pero... ¿Qué diablos quiere decir Russell con eso de una "generación de escaso valor"? ¿Tan importante es saber aburrirse? Al fin y al cabo una cosa es la Europa de principios del XX en el que él vivía y otro nuestro mundo hiperconectado, el de TikTok, Spotify y Netflix. ¿Qué sentido tiene tolerar el aburrimiento en una época en la que reina la producción, la eficiencia y en la que no hay bolsillo sin móvil?
¿Debemos de cruzarnos de brazos en el metro en vez de sacar el smartphone y ver cómo le van a nuestro primo en sus vacaciones, leer los últimos post de Xataka u ojear vídeos de gatetes en TikTok abandonados al placer del scroll infinito?
Hoy sabemos que Russell no andaba desencaminado. Al menos si nos basamos en las observaciones realizadas hace unos años por la doctora Teresa Belton, de la Universidad de East Anglia, quien ya en la década de 1990 empezó a explorar cómo estaba afectando la televisión al desarrollo de los niños.
No fue la primera. Su labor se apoyaba a su vez en otros estudios previos, como una macro investigación realizada en la década de 1980 en Canadá que constató que los niños criados en comunidades sin tele obtenían puntuaciones más altas en "habilidades de pensamiento divergente", una indicador de su imaginación. Esa ventaja se esfumó en cuanto la pequeña pantalla llegó a sus vidas.
¿Qué comprobó Belton? Básicamente que, en pese a la 'mala prensa' del aburrimiento, hay ciertos profesionales que aseguran que el tedio ha jugado un papel clave en su desarrollo creativo, tanto en la infancia como en la edad adulta. A modo de ejemplo cita a Meera Syal, escritora, dramaturga y actriz inglesa.
"El aburrimiento la llevó a escribir un diario, y es esto a lo que atribuye su carrera", explica la investigadora. Otro de los ejemplos que expone es el de la neurocientífica y escritora Susan Greenfield, quien está convencida también de que el tiempo que pasaba de niña sin otra ocupación que escribir y dibujar fraguó los cimientos de su carrera como estudiosa del comportamiento humano.
"No es necesario tener un talento especial. Simplemente dejar que la mente divague de vez en cuando parece importante para el bienestar y funcionamiento mental. Un estudio incluso ha demostrado que, si realizamos alguna actividad sencilla y poco exigente es más probable que la mente divagante genere ideas imaginativas y soluciones a problemas", reflexiona en The Conversation.
"Es bueno ayudar a los niños a aprender a disfrutar simplemente del ocio, y no a crecer con la expectativa de que deben estar siempre activos o entretenidos".
"Los niños necesitan tener tiempo para detenerse y observar, tiempo para imaginar y desarrollar sus propios procesos de pensamiento o asimilar sus experiencias a través del juego o simplemente observando el mundo que los rodea", comenta Belton antes de advertir de que las pantallas pueden "cortocircuitar" ese proceso y el desarrollo de la creatividad.
En uno de sus artículos recuerda incluso del concepto "flow" acuñado por el psicólogo Mihalyi Csickzentmihalyi, algo trasladable también a los adultos aficionados a evadirnos sacando el móvil en el metro o el ascensor.
"Paradójicamente ese intento de evitar el aburrimiento puede resultar en una especie de insatisfacción que se experimenta como aburrimiento", comenta. "El flow es la satisfactoria sensación de absorción total que obtenemos cuando nos concentramos en una actividad agradable, sobre la que tenemos control, pero que pone a prueba nuestra habilidad. Escalar, escribir, resolver ecuaciones o montar un mueble. Pero si nuestras habilidades son superiores a las necesarias para esa actividad, como el uso casual de Internet, el resultado es el aburrimiento".
El doomscrolling infinito
Nada sorprendente si tenemos en cuenta cómo los jóvenes (y adultos) se están lanzando al "scroll infinito" en busca del estímulo constante, sin pausa, y el chute de satisfacción instantáneo. "Están buscando esa novedad, ese próximo golpe de placer, lo que sea que podamos realmente disfrutar", comenta Éilish Duke, profesora senior de psicología en la Universidad de Leeds Beckett, antes de recordar que ese flujo constante de contenido mantiene el "circuito de recompensa" del cerebro de los adolescentes en "alerta máxima".
Hay estudios que incluso sugieren que nuestro cerebro está especialmente "programado para divagar" y que la capacidad para saltar de una ida a otra podría tener un "valor adaptativo evolutivo" que nos distingue como especie. "Por lo general se nos dice que supone una pérdida de tiempo y energía mental, pero la capacidad de soñar despierto nos ofrece una enorme flexibilidad en nuestra vida cotidiana", argumenta Muireann Irish, del Neuroscience Research Australia.
"Facilita la resolución creativa de problemas, como ese momento 'eureka' de la ducha […]. Otras investigaciones sugieren que nuestro sentido de la identidad se fortalece cuando soñar despiertos. Al recordar eventos del pasado e imaginar cómo podría ser el futuro formamos una idea sólida sobre quiénes somos".
¿Significa eso que el aburrimiento es un bálsamo para la creatividad y nuestros cerebros y que debemos buscarlo de forma activa? La realidad es más compleja.
El aburrimiento puede conectar también con cuestiones mucho menos edificantes, como un fallo en la atención, y no faltan autores que matizan que no es lo mismo el "aburrimiento situacional" que el "aburrimiento existencia", pero como mínimo la ciencia del siglo XXI demuestra que Russell no andaba desencaminado al lanzar su advertencia a las generaciones más jóvenes.
Su valor no dependerá solo de su capacidad para trabajar, asumir esfuerzos y sacrificios, sino también para aburrirse, un estado del que hoy tendemos a huir y que algunos expertos consideran algo así como "la antesala de la creatividad".
Imágenes | Wikipedia, Sinitta Leunen (Unsplash) y Ramiro Pianarosa (Unsplash)
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La noticia Uno de los mayores filósofos del siglo XX ya identificó el problema de la Generación Z: "No soportar el aburrimiento" fue publicada originalmente en Xataka por Carlos Prego .
☞ El artículo completo original de Carlos Prego lo puedes ver aquí
