
En el laboratorio solemos imaginar la infección como una partida de ajedrez: el virus mueve, la bacteria responde, el virus se adapta, la bacteria contraataca. Ese pulso evolutivo existe en la Tierra, pero un equipo científico se llevó la partida a un tablero distinto: la microgravedad de la Estación Espacial Internacional. Lo que observaron es una versión alterada de esa pelea, con ritmos, reglas y atajos genéticos que no son los habituales en un matraz terrestre. El trabajo se centró en un dúo muy conocido por la biología molecular: el fago T7 y su huésped, E. coli.
El experimento: mismos actores, dos escenarios
La idea fue comparativa y, por eso, potente: preparar muestras equivalentes de E. coli infectadas por el bacteriófago T7, incubar unas en condiciones terrestres y otras a bordo de la ISS, y luego analizar qué ocurría con el tiempo. El resultado no fue “en el espacio no funciona”, sino algo más interesante: la infección se producía, pero con un comportamiento distinto. En microgravedad se detectó un retraso inicial en la actividad del fago, como si el virus tardara más en encontrar a su presa, o como si los encuentros entre ambos fueran menos frecuentes o menos “efectivos” en ese entorno casi sin peso.
Esa diferencia encaja con lo que se sabe sobre la física cotidiana en microgravedad: sin convección como la que tenemos en la Tierra, los fluidos se mezclan peor y muchos procesos dependen más de la difusión, un poco como intentar repartir azúcar en un café sin remover la taza. No es que el azúcar desaparezca, pero tarda más en distribuirse. En microbiología, ese detalle puede cambiar la frecuencia de colisiones entre virus y bacterias, y con ello el ritmo de la selección natural.
La “carrera armamentística” cambia de carril
Lo más llamativo del estudio no es solo el retraso, sino el rastro que deja en los genomas. Mediante secuenciación completa, los autores encontraron que las mutaciones que iban acumulando virus y bacterias en la ISS no eran una simple copia de las que aparecían en la Tierra. Se dibujaron paisajes mutacionales distintos, como si el mismo viaje tuviera rutas alternativas según el tipo de carretera.
En los fagos incubados en microgravedad, aparecieron mutaciones que podrían favorecer la infectividad y mejorar la capacidad de unirse a receptores de la bacteria. En paralelo, las E. coli en la ISS reunieron cambios compatibles con defensas frente al fago y con una mejor supervivencia en condiciones cercanas a la ingravidez.
Aquí entra una idea clave para entender por qué esto importa fuera del laboratorio: la coevolución no es solo “más fuerte” o “más débil”, sino “diferente”. Si cambias el entorno, cambias los incentivos evolutivos. Es parecido a lo que pasa cuando cambias las normas de un juego de mesa: jugadores igual de inteligentes terminan desarrollando estrategias que, con las reglas anteriores, ni se habrían planteado.
El papel del “gancho” del virus: el escaneo mutacional profundo
Para concretar qué estaba cambiando en el fago, el equipo aplicó una técnica de gran escala conocida como deep mutational scanning (escaneo mutacional profundo), enfocada en la proteína de unión al receptor del T7, una pieza crítica porque funciona como el “gancho” con el que el virus se agarra a la bacteria para iniciar la infección. Lo que se vio es que los patrones de variación en esa región eran significativamente distintos entre microgravedad y Tierra.
Traducido a lenguaje cotidiano: el virus no solo estaba “entrenando”, estaba entrenando habilidades diferentes según el gimnasio. Este tipo de cartografiado es valioso porque permite pasar de una observación general (“en el espacio muta distinto”) a un mapa práctico de qué cambios podrían ser útiles si el objetivo es diseñar mejores herramientas terapéuticas basadas en fagos.
De la ISS a la clínica: pistas contra la resistencia a antibióticos
El puente con la medicina aparece cuando se hace un paso adicional en la Tierra: comprobar si esas variaciones asociadas a microgravedad, en la proteína de unión del T7, podían relacionarse con una actividad mejorada contra cepas de E. coli implicadas en infecciones urinarias humanas que, en condiciones normales, suelen resistirse al T7 “clásico”. Los resultados apuntan a que ciertos cambios favorecidos por la microgravedad podrían ampliar el rango de acción o aumentar la eficacia frente a bacterias problemáticas.
Conviene mantener la objetividad: esto no significa que “el espacio cure infecciones” ni que la ISS sea una fábrica de medicamentos. Significa que la microgravedad puede funcionar como un entorno de selección distinto que revela combinaciones genéticas y comportamientos que, en la Tierra, quedan escondidos entre lo predecible. A veces, para encontrar una llave nueva no necesitas cambiar la cerradura, necesitas mirar en otra caja de herramientas.
Implicaciones para misiones espaciales: no solo oportunidades, también vigilancia
Hay otra lectura inevitable: si los microbios cambian su dinámica en un hábitat cerrado como la ISS, la microbiología espacial no es solo curiosidad científica. En el largo plazo, misiones más largas y lejos de la Tierra obligan a entender cómo evoluciona la vida microscópica en entornos confinados, con radiación, estrés y condiciones físicas diferentes.
Dicho de forma simple: en una casa pequeña, si cambias la humedad y la ventilación, el moho puede aparecer donde antes no lo hacía. En una estación espacial, el “moho” es más complejo, pero la lógica de vigilar el ecosistema se mantiene.
Qué cambia a partir de aquí
Este tipo de resultados deja una conclusión práctica: comparar “espacio vs. Tierra” no es solo un experimento exótico, es un método para generar diversidad biológica con sentido, observar rutas evolutivas alternativas y, a partir de ahí, diseñar mejor. La microgravedad no reemplaza los bancos de pruebas tradicionales, pero puede actuar como un acelerador de sorpresas útiles: mutaciones que mejoran la unión a receptores, defensas bacterianas inesperadas, retrasos de infección que alteran la presión selectiva, mapas detallados de mutaciones gracias al escaneo mutacional profundo.
Para quien siga el tema de la terapia con fagos, esta línea de investigación se parece a llevar un prototipo a un circuito distinto para descubrir fallos y virtudes que no se ven en la pista habitual. La pregunta interesante ya no es si los fagos “funcionan” en microgravedad, sino qué versiones de fagos y qué estrategias bacterianas emergen allí, y cómo traducir ese conocimiento a terapias más precisas contra infecciones resistentes.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí
