21 de febrero de 2026

Fusión nuclear: por qué el “sol artificial” de China y la IA están cambiando el ritmo de esta carrera energética

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La fusión nuclear es el proceso que mantiene encendidas a las estrellas: dos núcleos atómicos ligeros se unen para formar uno más pesado y, en ese “pegado”, liberan energía. La idea suena casi poética, pero es pura física. Parte de la masa “desaparece” y se convierte en energía, tal como describe la ecuación E=mc² atribuida a Einstein. A diferencia de la fisión nuclear (la tecnología de las centrales actuales, basada en partir núcleos pesados), la fusión busca hacer lo contrario: unir.

La promesa es tentadora para cualquier debate sobre transición energética: combustible muy abundante, emisiones directas prácticamente nulas en la generación y una densidad energética enorme. El Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA) lo resume con una comparación difícil de ignorar: por kilogramo de combustible, la fusión podría producir casi cuatro millones de veces más energía que el carbón o el petróleo. En términos cotidianos, es como pasar de calentar una casa con cerillas a hacerlo con un pequeño calentador que no se agota.

La receta más mencionada para una futura planta eléctrica es la mezcla de deuterio y tritio, dos isótopos del hidrógeno. El deuterio se puede obtener del agua; por eso aparecen analogías llamativas como la de que unos litros de agua de mar podrían equivaler, energéticamente, a enormes cantidades de gasolina. Es una forma de decirlo, no una invitación a llenar bidones de océano: el reto no es “tener combustible”, sino crear y mantener las condiciones extremas para que la reacción ocurra de manera controlada y útil.

El gran obstáculo: domar un plasma como si fuera gelatina en un huracán

Si el Sol consigue fusionar núcleos gracias a su gravedad, en la Tierra hay que improvisar un “miniuniverso” con herramientas humanas. El combustible debe calentarse hasta temperaturas descomunales, convertirse en plasma (un gas tan caliente que los electrones se separan de los núcleos) y mantenerse estable y confinado el tiempo suficiente como para que las colisiones correctas sucedan.

Aquí aparece el protagonista clásico de la fusión: el tokamak, una cámara con forma de rosquilla en la que potentes imanes “sujetan” el plasma para que no toque las paredes. Imagínalo como intentar sostener una gelatina ardiendo en el centro de un aro usando solo campos magnéticos: no la puedes agarrar, solo “empujar” con fuerzas invisibles. Esa estabilidad es una de las barreras históricas de la fusión, porque el plasma tiende a ondularse, escaparse y volverse caótico.

El hito de China con EAST: estabilidad a densidades “imposibles”

En este contexto, el anuncio de la Academia de Ciencias de China sobre su reactor Experimental Advanced Superconducting Tokamak (EAST), apodado “sol artificial”, ha llamado la atención porque apunta a un cuello de botella muy concreto: mantener la estabilidad del plasma a densidades extremas que, durante años, se consideraron impracticables para una ruta escalable hacia la energía.

Dicho sin jerga: no basta con calentar y encender el “fuego”; hay que lograr que ese fuego no se retuerza y se apague cuando se intenta hacerlo más intenso. Según el relato difundido por medios como Nature y Financial Times, China lleva años reforzando esta línea de investigación con un volumen de inversión anual estimado alrededor de 1.500 millones de dólares, una cifra destacada en la carrera global por la fusión.

Este tipo de logro no significa que la electricidad de fusión llegue mañana a los enchufes. Significa que una parte del rompecabezas —cómo sostener el plasma en condiciones más exigentes— se está resolviendo con más rapidez de la esperada.

Inteligencia artificial en el control del plasma: del “piloto humano” al piloto automático de milisegundos

El control del plasma exige decisiones a una velocidad que supera cualquier reflejo humano. Por eso la IA está entrando en escena como un copiloto capaz de ajustar parámetros en milisegundos para evitar que el plasma se desestabilice.

Un ejemplo muy citado es el trabajo de DeepMind junto con la startup Commonwealth Fusion Systems (CFS) y la EPFL (École Polytechnique Fédérale de Lausanne), donde se ha aplicado aprendizaje por refuerzo para aprender estrategias de estabilización del plasma en un tokamak. La analogía aquí es la de enseñar a una máquina a mantener una bicicleta en equilibrio no con una regla fija, sino probando y corrigiendo miles de veces hasta “sentir” la dinámica.

En paralelo, NVIDIA y General Atomics, con apoyo académico, están desarrollando un modelo de gemelo digital para simular el comportamiento del plasma en la instalación DIII-D de San Diego. Un gemelo digital es como un simulador de vuelo, pero para un reactor: permite estresar escenarios, detectar riesgos y ensayar configuraciones sin romper nada real. En una disciplina donde cada prueba cuesta mucho y puede dañar componentes, simular bien es ganar tiempo y reducir tropiezos.

La idea que subyace a estos proyectos es clara: la fusión no es solo física; es control, software, predicción y materiales. La estabilidad que presume EAST en condiciones extremas encaja con esta tendencia: sin control fino, esas densidades serían inalcanzables de forma sostenida.

Más hitos recientes: NIF, Wendelstein 7-X y la sombra larga de ITER

Mientras los tokamaks avanzan, otras rutas han mostrado progresos llamativos. En Estados Unidos, el National Ignition Facility (NIF) del Lawrence Livermore National Laboratory ha ido elevando el listón del rendimiento energético en fusión por láser. Según los datos reportados, desde 2022 logró un “ganancia neta” en el experimento, y en abril de 2025 alcanzó una salida de 8,6 MJ frente a unos 2,08 MJ de energía láser entregada para la ignición. Es un lenguaje que puede confundir: no es una planta eléctrica, es un experimento de física de alta energía, pero marca un avance en repetibilidad y rendimiento del proceso.

En Alemania, el Wendelstein 7-X (un stellarator, una alternativa al tokamak con geometría magnética distinta) también ha ido subiendo la apuesta. Se reportó un récord de conversión energética de 1,3 gigajulios en 2023 y un aumento a 1,8 gigajulios en mayo de 2025, con plasmas mantenidos durante minutos. Si el tokamak es una rosquilla “clásica”, el stellarator es una rosquilla retorcida diseñada para mejorar la estabilidad sin depender tanto de ciertas corrientes internas del plasma.

En Europa, el gran símbolo sigue siendo ITER, en Francia, un proyecto internacional de 34 naciones que pretende construir el tokamak más grande del mundo y demostrar 500 MW de potencia de fusión como paso hacia la viabilidad energética. La realidad, según la planificación comunicada, es que los retrasos han empujado el inicio de operaciones de investigación hacia 2034, con el objetivo de reacciones de fusión a escala completa alrededor de 2039. ITER funciona como una catedral científica: enorme, compleja y lenta de levantar, pero concebida para probar a lo grande lo que otros ensayan a menor escala.

La vía privada acelera: dinero, plazos agresivos y promesas medibles

La conversación sobre fusión ya no vive solo en laboratorios nacionales. La inversión privada ha crecido con fuerza: se ha estimado un total de 10.600 millones de dólares entre 2021 y 2025, y el número de compañías implicadas habría pasado de 23 a 53 en ese periodo. Han aparecido nombres de grandes tecnológicas y energía tradicional, junto a inversores de alto perfil.

CFS es uno de los casos más visibles, con casi 3.000 millones recaudados para su reactor experimental SPARC y un objetivo de planta posterior de 400 MW, que la empresa traduce a un orden de magnitud de cientos de miles de hogares. Otras apuestas incluyen Helion, que ha firmado un acuerdo para suministrar energía a centros de datos de Microsoft con horizonte 2028; Pacific Fusion, con una ronda potente; y en Alemania, Marvel con financiación público-privada, apuntando a mediados de la década de 2030 para una planta.

En el Foro Económico Mundial de Davos 2026, voces del sector como Francesco Sciortino, de Proxima Fusion, insistieron en que el objetivo ya no es diseñar “experimentos brillantes”, sino conceptos de reactor que apunten explícitamente a producción eléctrica. Esa frase resume el cambio cultural: pasar de demostrar que la física funciona a demostrar que el sistema completo puede operar, mantenerse y conectarse a la red.

Lo que queda por resolver: materiales, repetición, cadena de suministro y expectativas realistas

Aunque el entusiasmo crece, conviene separar “récord” de “producto”. Un reactor comercial necesita aguantar ciclos, mantenimiento, costes, disponibilidad de componentes, tolerancia a neutrones, producción y manejo de tritio, eficiencia eléctrica y operación estable durante periodos largos. En pocas palabras: no basta con encender una vela; hace falta una cocina industrial que funcione todos los días.

Aquí vuelve la idea de colaboración público-privada. Kim Budil, directora del Lawrence Livermore National Laboratory, ha reconocido que el viejo chascarrillo de que “la fusión siempre está a 30 años” ya no encaja igual, aunque también ha advertido que la dificultad sigue siendo enorme y que hay que gestionar expectativas. Es una postura sensata: la fusión progresa por hitos acumulativos, como construir un puente poniendo pieza a pieza, no por un único salto.

La historia reciente del JET (Joint European Torus) en el Reino Unido ilustra bien esa acumulación. Tras décadas de trabajo desde 1983, el reactor cerró en 2023 y dejó un último récord: 69 MJ con una cantidad minúscula de combustible. JET no era una planta eléctrica, pero sí un maestro de obra que enseñó cómo se comportan los plasmas y qué se rompe cuando intentas apretar más.

La fusión, vista así, se parece menos a una carrera de velocidad y más a un maratón con relevos: cada equipo entrega un avance que otro convierte en sistema. China empuja límites de densidad con EAST; Estados Unidos perfecciona la ignición láser con NIF; Alemania afina el stellarator con Wendelstein 7-X; Europa levanta ITER; las empresas privadas intentan transformar prototipos en promesas de red. La novedad de 2026 es que, con IA, superconductores, simulación avanzada y capital privado, el ritmo de esos relevos parece acelerarse.




☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí

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