
Cuando una persona muere, su rastro en redes sociales no desaparece con ella. Quedan fotos, comentarios, mensajes, felicitaciones de cumpleaños que siguen llegando como cartas a una casa vacía. Desde que Facebook, Instagram y otras plataformas se volvieron parte de la vida cotidiana, la gestión de las cuentas de un fallecido se ha convertido en un tema delicado: hay familias que quieren convertir el perfil en memorial digital, otras prefieren cerrarlo, y muchas se topan con procesos burocráticos que se sienten fríos en el peor momento.
En ese contexto, una idea descrita en una patente concedida a Meta en 2023 levantó ampollas por lo que sugiere sobre el futuro de la identidad online: entrenar un sistema de IA con el historial de publicaciones de un usuario para que, tras su muerte, continúe activo “en su voz”, interactuando con otros como si siguiera ahí. El reportaje que volvió a poner el tema sobre la mesa fue publicado por Futurism y recoge información de Business Insider, que revisó el documento y consultó a expertos. Según esa cobertura, Meta afirma ahora que no tiene planes de llevar ese ejemplo a la práctica.
Qué describe exactamente la patente: simular actividad cuando el usuario “no está”
La propuesta que aparece en el documento se apoya en un modelo de lenguaje o LLM: un sistema capaz de generar texto imitando patrones, estilo y hábitos a partir de datos previos. En términos cotidianos, sería como enseñar a un asistente a escribir como tú a base de leer tus mensajes, tus bromas, tu forma de saludar y hasta tus muletillas. La patente menciona que ese modelo podría usarse para “simular” al usuario cuando esté ausente, citando escenarios como una pausa larga… o que el usuario haya fallecido.
El detalle inquietante no es solo la publicación automática. Según lo descrito, el “clon” podría reaccionar con likes, dejar comentarios e incluso participar por mensajes directos. En la práctica, eso convertiría un perfil en una especie de marioneta estadística: no un recuerdo congelado, sino una presencia activa que toma decisiones comunicativas, por mínimas que parezcan.
Es importante subrayar un matiz que a menudo se pierde cuando se habla de patentes: que una empresa registre una idea no significa que vaya a implementarla. Muchas compañías patentan conceptos para proteger investigación, para bloquear a competidores o simplemente para reservarse opciones. Aun así, cuando la idea toca algo tan íntimo como la muerte, la conversación deja de ser puramente técnica.
Por qué Meta se desmarca ahora: el contexto cambió en tres años
De acuerdo con lo citado por Business Insider, un portavoz de Meta señaló que no planean avanzar con ese ejemplo. El giro tiene sentido si se mira el clima actual en plataformas sociales: la preocupación por el contenido generado automáticamente, la saturación de publicaciones de baja calidad y el temor a la suplantación de identidad están mucho más presentes que en 2023. Lo que entonces podía presentarse como “innovación” hoy se lee, con facilidad, como un riesgo.
El reportaje en Futurism sitúa la idea dentro de una carrera más amplia por encontrar usos para los LLM “tirando de todo” para ver qué encaja. Y en redes sociales, donde el negocio depende de la atención, cualquier mecanismo que aumente actividad tiene un atractivo evidente. Una cuenta que publica, comenta y responde no solo genera interacción: produce datos, alimenta sistemas de recomendación y sostiene el mercado de anuncios.
Incentivos de negocio: cuando la atención vale dinero, hasta el silencio se vuelve un problema
Facebook, por ejemplo, lleva años acumulando perfiles de personas que ya no se conectan. Muchos se convierten en páginas fantasma: felicitaciones sin respuesta, recuerdos que aparecen en “memorias” y contactos que dudan si escribir o no. Desde un punto de vista humano, ese archivo puede ser valioso; desde un punto de vista empresarial, también puede parecer un activo infrautilizado.
La profesora de derecho Edina Harbinja, de la Universidad de Birmingham, citada por Business Insider, lo resumía con crudeza: más actividad implica más contenido y más datos, útiles tanto para el presente como para el entrenamiento de IA futura. Es el tipo de lógica que hace que una idea moralmente incómoda pueda encontrar defensores en una sala de producto: no por maldad explícita, sino porque en el tablero de métricas todo lo que “mueve” parece positivo.
La metáfora aquí es doméstica: imagina una tienda cuyo escaparate se apaga cuando el dueño se va. Para una plataforma, una cuenta inactiva es un escaparate apagado; un “avatar” que publica sería una luz encendida… aunque nadie haya pedido que la enciendan después del final.
Duelo, salud mental y el derecho a que el cierre sea real
El problema es que el duelo no funciona como una línea de atención al cliente. Una parte central de despedirse es asumir la pérdida, y eso se vuelve más difícil si la tecnología simula continuidad. Joseph Davis, profesor de sociología en la Universidad de Virginia, citado en la misma cobertura, lo plantea de forma directa: “dejen que los muertos estén muertos”. La frase incomoda porque corta cualquier intento de maquillar la situación con lenguaje corporativo.
Es verdad que hay quienes podrían encontrar consuelo en releer conversaciones o en tener un espacio conmemorativo; eso ya existe en forma de perfiles memorializados y archivos personales. Lo distinto aquí es la interacción nueva, el contenido fresco creado por una máquina. Es la diferencia entre guardar un buzón de voz y recibir llamadas “nuevas” generadas por un sistema que aprendió el timbre.
Mark Zuckerberg también ha hablado de este territorio ambiguo. En una entrevista de 2023 con el podcaster Lex Fridman, mencionó la idea de que avatares virtuales podrían ayudar a revivir recuerdos y acompañar a personas en duelo, reconociendo al mismo tiempo que podría volverse insano y que habría que estudiarlo. Ese “podría ayudar / podría hacer daño” es justo el núcleo del debate: no todo lo técnicamente posible es emocionalmente sostenible.
Riesgos prácticos: consentimiento, privacidad y errores que no se pueden deshacer
Si una IA publica en nombre de alguien fallecido, surgen preguntas durísimas. La primera es el consentimiento: ¿esa persona aceptó explícitamente que, tras su muerte, una máquina escribiera por ella? No un “sí” genérico en términos y condiciones, sino un permiso claro, comprensible y reversible mientras esté viva. La segunda es la privacidad: el entrenamiento implicaría procesar años de contenido y, potencialmente, mensajes que también pertenecen a otras personas que nunca autorizaron ese uso.
Luego está el riesgo de que el sistema se equivoque. Los modelos de lenguaje pueden inventar datos, tergiversar tonos, responder con crueldad accidental o interpretar mal una relación. Un error en vida se corrige con una disculpa; un error atribuido a un fallecido puede convertirse en una herida permanente para su entorno. La propia patente, según recoge Futurism, reconoce que el impacto sería “más severo y permanente” si el usuario no puede volver a la plataforma.
Hay una capa extra: la seguridad. Una identidad póstuma automatizada sería un objetivo jugoso para estafas y manipulación. Si una cuenta “sigue activa”, mucha gente asumirá que hay intención real detrás de cada mensaje. En redes, donde ya cuesta distinguir lo auténtico de lo fabricado, añadir avatares digitales de muertos introduce una confusión ética y práctica difícil de contener.
Lo que revela esta historia: no es solo una idea macabra, es un síntoma
Aunque Meta diga que no seguirá ese camino, la existencia de la patente funciona como termómetro de una época: empresas buscando desesperadamente aplicaciones para la IA generativa, plataformas luchando por retener atención, y una cultura digital que todavía no ha acordado qué significa “morir” en internet.
La discusión de fondo no va solo de Meta. Va de qué derechos deberían existir alrededor de la identidad digital, quién puede gestionar los datos tras la muerte, cómo se protege a los familiares de usos no deseados y qué límites ponemos a la simulación de personas reales. Si la red se parece cada vez más a una ciudad, este debate es equivalente a decidir si, cuando alguien fallece, se conservan sus cartas en un archivo… o si un robot se queda viviendo en su casa, saludando a los vecinos como si nada.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí
