La ampliación de las áreas marinas protegidas de Juan Fernández y Nazca-Desventuradas posiciona al país como potencia global en conservación marina
Cuando el ex presidente Gabriel Boric firmó el decreto de ampliación de los parques marinos Nazca-Desventuradas y Mar de Juan Fernández el pasado 10 de marzo, Chile no solo alcanzó un hito histórico en conservación oceánica: demostró que es posible transformar la relación entre las comunidades insulares y el océano en un modelo de protección a escala planetaria. Con más de 947,000 km² de aguas bajo protección estricta —equivalente a más de 1.3 veces el territorio continental de Chile—, el país sudamericano se consolida como el tercer guardián oceánico más importante del mundo.
Un océano de endemismos
Para entender la relevancia científica de esta decisión, debemos viajar 670 kilómetros al oeste de Valparaíso, donde emergen del Pacífico dos conjuntos de islas que parecen olvidadas por el tiempo. El archipiélago de Juan Fernández —inmortalizado en la literatura como el escenario del náufrago Alexander Selkirk, inspiración de Robinson Crusoe— y las remotas islas Desventuradas (San Félix y San Ambrosio) son apenas las puntas visibles de una inmensa cadena de montes submarinos que se extienden por miles de kilómetros: las cordilleras de Salas y Gómez y Nazca.
Bajo la superficie, estos ecosistemas albergan uno de los niveles de endemismo más extraordinarios documentados en el océano global. Según el estudio seminal de Friedlander et al. (2016) publicado en PLOS ONE, el 87% de las especies de peces en Juan Fernández son endémicas —es decir, no existen en ningún otro lugar del planeta. En Nazca-Desventuradas, esta cifra alcanza el 72%. Para poner estas cifras en perspectiva, las Galápagos —consideradas el arquetipo de endemismo— presentan un 17% de endemismo en peces costeros.
Estos archipiélagos representan verdaderos laboratorios evolutivos. La Dra. Sylvia Earle, legendaria oceanógrafa que exploró estas aguas, manifestó “tuve el privilegio de estar aquí en 1964, y ya entonces era evidente que este era uno de los lugares más extraordinarios del océano. Ver hoy que Chile protege estas aguas es profundamente inspirador. Juan Fernández y las Desventuradas son una verdadera maravilla natural y un ejemplo para el mundo de cómo la conservación puede asegurar el futuro del océano”.
Oasis de biodiversidad en el desierto oceánico
La riqueza biológica de estas aguas no es casualidad. Los montes submarinos funcionan como “oasis de biodiversidad” en medio del Pacífico Sur, un área del océano relativamente pobre en nutrientes. Las corrientes oceánicas chocan contra estas montañas sumergidas, generando surgencias que arrastran nutrientes desde las profundidades y crean condiciones ideales para la vida.
En las paredes de estos montes submarinos, a profundidades donde la luz solar apenas penetra, crecen corales de aguas frías milenarios, algunos con más de mil años de antigüedad. Esponjas hexactinélidas —estructuras de sílice tan antiguas como los dinosaurios— forman bosques submarinos junto a extensos campos de crinoideos, esos invertebrados con forma de planta que son en realidad parientes de las estrellas de mar.
Los estudios de Tapia-Guerra et al. (2021) en Scientific Reports revelaron que el 41% de los peces de profundidad y el 46% de los invertebrados bentónicos son endémicos, cifras que subrayan el valor único de estos ecosistemas para la ciencia. Entre las especies más emblemáticas se encuentra el cangrejo portador de Juan Fernández (Paromola rathbuni), el lobo fino de dos pelos (Arctocephalus philippii) —que estuvo al borde de la extinción en el siglo XIX—, y la codiciada langosta de Juan Fernández (Jasus frontalis), pilar económico de la comunidad insular.
Del borde de la extinción al liderazgo en conservación
La historia de conservación de Juan Fernández tiene raíces profundas. En 1890, cuando la población del lobo fino de dos pelos había sido diezmada por la caza indiscriminada, la comunidad isleña estableció las primeras regulaciones de protección. Más de un siglo después, esa misma comunidad ha liderado uno de los procesos de conservación marina más ambiciosos del hemisferio sur.
Desde los primeros años de la colonia la comunidad ya protegía especies y regulaba sus recursos. “A nuestra generación le tocó dar el paso de proteger también el mar”, explica Julio Chamorro Solís, presidente del Consejo Local de Gestión de las áreas marinas protegidas. “No es casualidad que muchos de los países que lideran la protección del océano sean islas: los isleños entendemos que el mar nos conecta y por eso debemos cuidarlo”.
Esta visión comunitaria contrasta radicalmente con el modelo de conservación “tipo fortaleza” que excluye a las comunidades locales. En Juan Fernández, la protección marina coexiste con una pesquería de langosta gestionada sosteniblemente por más de 130 años, un ejemplo de cómo conservación y uso sostenible pueden ir de la mano.
La ciencia detrás de la decisión
La propuesta de ampliación no surgió de un escritorio gubernamental, sino del conocimiento acumulado por generaciones de pescadores y del respaldo de estudios científicos de más de dos décadas. La comunidad de Juan Fernández presentó formalmente al gobierno la propuesta de expansión, fundamentada en tres pilares científicos:
1. Conectividad ecológica: Los estudios de modelación oceanográfica demuestran que las larvas de langosta derivan por corrientes oceánicas desde áreas de reproducción hacia zonas de asentamiento, creando un corredor biológico que requiere protección integral. La investigación de Fernández-Zúñiga et al. (2025) en Scientific Reports mapeó la ecología espacial de crustáceos emblemáticos, confirmando que las áreas ahora protegidas son rutas migratorias críticas para especies como tiburones mako, atunes y tortugas marinas.

2. Hábitats vulnerables: Los corales de aguas frías crecen apenas unos milímetros por año, lo que significa que las estructuras observadas en las expediciones científicas han estado formándose durante milenios. Una sola pasada de arrastre de fondo podría destruir ecosistemas que tardaron 10,000 años en formarse.
3. Resiliencia climática: En un océano cada vez más afectado por el cambio climático, las áreas marinas protegidas funcionan como “bancos genéticos” que preservan la diversidad necesaria para que las especies se adapten. Los montes submarinos, con su gradiente de profundidades, ofrecen refugios térmicos donde las especies pueden migrar verticalmente en respuesta al calentamiento.
Más de 360,000 km² de esperanza azul
La ampliación agrega aproximadamente 360,000 km² de océano bajo protección estricta, elevando el total del sistema nacional a 947,142 km² —más del 50% de la Zona Económica Exclusiva de Chile—. Las dimensiones de los nuevos parques nacionales marinos son impresionantes. Se trata del Parque Nacional Mar de Juan Fernández II: 193,998 km² (superficie similar a toda Senegal) y el Parque Nacional Nazca-Desventuradas II: 143,323 km² (más grande que Grecia).
Con esta decisión, Chile se une a un grupo élite de apenas tres países con áreas marinas completamente protegidas de esta magnitud, después del Mar de Ross en la Antártida y Papahānaumokuākea en Hawái. Pero más allá de las cifras, lo que distingue al modelo chileno es su gobernanza participativa: el decreto establece que los planes de manejo serán desarrollados en coadministración entre el Estado y la comunidad isleña, un reconocimiento sin precedentes del papel de las comunidades locales como guardianes oceánicos.
El contexto internacional: Chile marca el camino
La decisión de Chile adquiere mayor relevancia en el contexto de dos compromisos internacionales históricos que están redefiniendo la gobernanza oceánica global.
Meta 30×30: cumplimiento anticipado
En diciembre de 2022, durante la COP15 de Biodiversidad en Montreal, los países del mundo acordaron el Marco Global de Biodiversidad de Kunming-Montreal, cuyo objetivo 3 establece la meta “30×30”: proteger efectivamente al menos el 30% de los océanos del mundo para 2030. Esta meta se fundamenta en la evidencia científica de que ese porcentaje representa un umbral crítico para mantener la funcionalidad de los ecosistemas marinos.
Chile no solo cumplió esta meta con cuatro años de anticipación, sino que la superó ampliamente: con más del 50% de su Zona Económica Exclusiva protegida, el país andino se posiciona entre los cinco líderes mundiales en conservación marina, junto a Polinesia Francesa, Panamá, Palaos y Estados Unidos.
“Este compromiso demuestra que Chile continúa siendo un líder global en protección oceánica”, señala Max Bello, especialista en áreas marinas protegidas de Blue Marine Foundation. “Si cada país pudiera hacer lo que Chile ha hecho, el mundo sería capaz de proteger efectivamente mucho más del 30% del océano para 2030”.
Tratado BBNJ: preparando el terreno para proteger la alta mar
El 17 de enero de 2026 —apenas dos meses antes de la firma de este decreto— entró en vigor el Tratado de Biodiversidad más allá de la Jurisdicción Nacional (BBNJ, por sus siglas en inglés), conocido como el “Tratado de Alta Mar”. Este acuerdo histórico de Naciones Unidas establece por primera vez un marco legal para crear áreas marinas protegidas en aguas internacionales, esa inmensa porción del océano (casi el 64%) que no pertenece a ningún país.
Chile fue el segundo país del mundo en ratificar este tratado, y ahora lidera la iniciativa para establecer la primera área marina protegida en alta mar de América Latina: una zona que conectaría las cordilleras submarinas de Salas y Gómez y Nazca, extendiéndose desde la Zona Económica Exclusiva chilena hasta aguas internacionales.
La ampliación de los parques nacionales marinos no es solo una declaración de conservación doméstica: es una jugada estratégica geopolítica que fortalece la propuesta chilena ante la comunidad internacional. “No se puede liderar en protección de alta mar sin demostrar compromiso en casa”, explica el senador Ricardo Lagos Weber, vicepresidente del Senado y figura clave en este proceso. “Esta expansión demuestra que Chile está cumpliendo activamente sus compromisos internacionales”.
Los desafíos de la implementación efectiva
La firma del decreto es apenas el comienzo. La literatura científica sobre efectividad de áreas marinas protegidas advierte que existe una brecha considerable entre la protección “de papel” (paper parks) y la protección real. Varios desafíos críticos emergen:
1. Vigilancia y fiscalización
Las islas Desventuradas están a 850 km de la costa continental y Juan Fernández a 670 km. El monitoreo de estas vastas áreas remotas requiere tecnología satelital, sistemas de identificación automática de embarcaciones (AIS), y capacidad de respuesta ante actividades ilegales. La pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (pesca INDNR) es una amenaza persistente en el Pacífico Sur, particularmente para especies de alto valor como el atún y tiburones.
Chile ha invertido en sistemas de vigilancia electrónica, pero la efectividad dependerá de recursos presupuestarios sostenidos. La experiencia internacional muestra que las áreas marinas protegidas remotas requieren inversión de 0.5 a 2 dólares por km² anualmente solo en monitoreo básico, lo que implicaría un presupuesto operativo de 500,000 a 2 millones de dólares anuales.
2. Cambio climático: proteger en un océano que cambia
El Pacífico Sur está experimentando transformaciones rápidas. El calentamiento oceánico, la acidificación y la desoxigenación amenazan incluso a los ecosistemas protegidos. Un estudio reciente (2024) proyecta que para 2050, las temperaturas superficiales en esta zona podrían aumentar 1.5-2°C, con impactos en la distribución de especies y en la fenología reproductiva.
Las áreas marinas protegidas no son cápsulas inmunes al cambio climático, pero sí ofrecen resiliencia ecosistémica: poblaciones más saludables, mayor diversidad genética y ecosistemas funcionales tienen mayor capacidad de adaptación. El desafío es integrar el monitoreo climático en los planes de manejo y desarrollar estrategias de adaptación basadas en evidencia.
3. Gobernanza participativa: del papel a la práctica
El modelo de coadministración entre el Estado y la comunidad de Juan Fernández es innovador, pero requiere marcos institucionales claros. ¿Cómo se resolverán los conflictos entre conservación y necesidades locales? ¿Qué mecanismos de participación tendrá la comunidad en la toma de decisiones? ¿Cómo se distribuirán los beneficios potenciales del ecoturismo?
El nuevo Servicio de Áreas Protegidas de Chile, aún en proceso de consolidación, debe desarrollar protocolos de gobernanza participativa que equilibren autoridad científica, conocimiento local y marcos legales. La experiencia de otras áreas protegidas con gobernanza comunitaria (como el Gran Arrecife Mesoamericano) sugiere que el éxito depende de inversión en capacitación, transparencia en la información y mecanismos de beneficios compartidos.
Lecciones para el mundo: un modelo replicable
La experiencia chilena ofrece lecciones valiosas para otros países que buscan expandir sus sistemas de conservación marina:
1. El liderazgo comunitario es fundamental. Las áreas marinas protegidas impuestas desde arriba enfrentan resistencia y falta de legitimidad. Cuando las comunidades locales son protagonistas, la conservación tiene sostenibilidad social.
2. La continuidad política importa. Este proceso atravesó tres gobiernos de distintas coaliciones (Bachelet-Piñera-Boric), demostrando que la conservación puede ser política de Estado más allá de ciclos electorales.
3. La ciencia es la brújula. La decisión se fundamentó en décadas de investigación científica, desde expediciones pioneras en los años 60 hasta estudios genéticos recientes. La ciencia no solo justifica la protección, sino que guía dónde y cómo proteger.
4. La conservación coexiste con el uso sostenible. La pesquería de langosta de Juan Fernández demuestra que protección estricta de hábitats críticos puede convivir con actividades económicas sostenibles en zonas adyacentes.
5. La ambición funciona. En conservación marina, pensar en pequeño rara vez genera impactos significativos. Las áreas protegidas grandes, como estas, tienen mayor probabilidad de proteger procesos ecológicos completos y especies migratorias de amplio rango.
Mirando hacia el horizonte azul
Mientras el mundo enfrenta la triple crisis planetaria —cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación—, los océanos están en el centro de las soluciones. Los océanos saludables absorben el 25% de las emisiones de CO₂ humanas, producen más del 50% del oxígeno que respiramos y regulan el clima global. Pero solo podrán seguir cumpliendo estas funciones si protegemos su integridad ecológica.
La decisión de Chile de proteger más de 947,000 km² de océano no es un acto simbólico: es una apuesta por la resiliencia ecosistémica a escala civilizacional. Cada especie endémica que se protege, cada monte submarino que se resguarda, cada corredor migratorio que se preserva, representa una póliza de seguro para el sistema oceánico que sostiene la vida en la Tierra.
En las palabras del alcalde de Juan Fernández, Pablo Manríquez: “Este hito nace del liderazgo de nuestra comunidad insular y es el resultado de un esfuerzo que comenzó con la Presidenta Bachelet, continuó con el Presidente Piñera y hoy culmina con el Presidente Boric. Como isleños, proteger el mar está en nuestro ADN y es parte de la herencia que queremos dejar a las futuras generaciones”.
Cuando las futuras generaciones evalúen las acciones de nuestra época frente a la crisis oceánica, Chile 2026 será recordado como un momento en que un país insular del Pacífico Sur demostró que proteger el océano a escala planetaria no solo es posible: es un imperativo de supervivencia.
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