23 de marzo de 2026

Lo que el viento se llevó… y terminó en la Antártica

Por Victoria Gómez-Aburto, Dra. en Ciencias Ambientales 

Durante décadas, la Antártica fue considerada uno de los últimos rincones prístinos del planeta, un laboratorio natural alejado de la influencia directa de la actividad humana. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que incluso este continente remoto no está libre de contaminación. Entre ellos se encuentran los contaminantes orgánicos persistentes (COPs), un grupo de sustancias químicas altamente estables, capaces de viajar largas distancias y acumularse en el medio ambiente, en los organismos vivos y por decir lo menos tóxicas.

Victoria Gómez-Aburto

Una de las principales vías por las cuales los COPs alcanzan la Antártica es el transporte atmosférico de larga distancia. Estos compuestos, emitidos en regiones industriales o agrícolas a miles de kilómetros, pueden volatilizarse, adherirse a partículas en el aire y ser transportados por corrientes atmosféricas hasta depositarse en zonas polares.

Pero el aire no es el único medio afectado. Una vez depositados, los COPs pueden incorporarse a otros compartimentos ambientales como el agua, los suelos y los sedimentos marinos. En el océano Austral, estos contaminantes pueden asociarse a partículas en suspensión, hundirse y acumularse en los sedimentos, donde pueden persistir durante largos periodos. Asimismo, pueden ingresar a las cadenas tróficas, afectando desde microorganismos hasta organismos superiores, incluidos peces, aves y mamíferos marinos
como las ballenas.

El estudio de los COPs en la Antártica no solo permite comprender mejor los procesos de transporte y destino ambiental de estos compuestos, sino que también actúa como un indicador global del impacto de las actividades humanas. Lo que ocurre en este continente refleja, en gran medida, lo que estamos emitiendo al resto del planeta.

Sin embargo, no todas las noticias son negativas. Diversos estudios han mostrado que las concentraciones de muchos COPs han disminuido en las últimas décadas. Esta tendencia es una señal alentadora que evidencia el impacto positivo de acuerdos internacionales como el Convenio de Estocolmo y el Convenio de Basilea, los cuales han regulado y restringido la producción, uso y eliminación de estas sustancias peligrosas.

La disminución de estos contaminantes en un entorno tan sensible como la Antártica es, sin duda, una buena noticia. Demuestra que la acción coordinada a nivel global puede generar cambios reales y medibles en el medio ambiente. Aun así, el desafío continúa: es necesario mantener y fortalecer estos esfuerzos para asegurar que las futuras generaciones hereden un planeta más limpio y equilibrado.

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