10 de marzo de 2026

Pensábamos que en la Prehistoria se comía pura carne. El fondo quemado de una olla acaba de demostrar que éramos unos chefs refinados

Pensábamos que en la Prehistoria se comía pura carne. El fondo quemado de una olla acaba de demostrar que éramos unos chefs refinados

Durante años, la cultura popular nos ha vendido la imagen de un hombre prehistórico cuya alimentación se basaba casi exclusivamente en devorar grandes cantidades de carne asada. Sin embargo, la ciencia lleva años desmontando este mito, y ahora un estudio ha analizado los restos incrustados en vasijas milenarias, que es el equivalente al 'socarrat' de la paella valenciana. Y los resultados apuntan a que nuestros antepasados eran, en realidad, unos cocineros sumamente creativos. 

Lo que se ha visto. Más allá de lo que pensamos, de que se cazaba y al momento se asaba en el fuego la presa del día, la ciencia ha demostrado que los cazadores europeos de hace casi 8.000 años combinaban pescado de agua dulce con una gran variedad de vegetales, utilizando técnicas culinarias avanzadas para mejorar sabores y neutralizar toxinas. Algo similar a lo que hacemos a día de hoy en la cocina, como recoge El País

¿Dónde lo vimos? El estudio, con participación española, llegó a esta conclusión sin tener que buscar en los huesos fosilizados, sino en algo mucho más sutil como son las costras de comida carbonizadas adheridas a 85 fragmentos de cerámica que provienen de 13 yacimientos arqueológicos del norte y este de Europa. 

Cómo se hizo. Una vez que se tenían localizados estos restos, se optó por aplicar tecnología puntera, como por ejemplo la microscopía electrónica de barrido combinada con el análisis molecular de estos restos.

Hasta ahora, los restos vegetales en arqueología solían estar subestimados porque se degradan mucho más rápido que los huesos de animales. Pero el microscopio electrónico ha revelado un nivel de detalle asombroso, detectando tejidos celulares de plantas y escamas de peces microscópicas que han podido sobrevivir milenios gracias a haberse quemado y adherirse a la arcilla. 

Los resultados. Con todas estas técnicas hemos podido llegar a responder qué es lo que se cocinaba en esas ollas de arcilla, y la verdad es que debemos olvidar la idea de tener un trozo de carne al fuego, sino que se han revelado recetas que mezclaban proteínas e hidratos de forma meticulosa. 

Los investigadores pudieron ver aquí restos de pescados de agua dulce, destacando la carpa y los barbos, los vegetales de hoja como las espinacas, raíces y bulbos como la remolacha y también bayas de Viburnum opulus. 

Un chef prehistórico. Quizás el descubrimiento más fascinante del equipo de González Carretero sea la sofisticación de las técnicas culinarias, ya que las bayas de Viburnum opulus son conocidas por ser ligeramente tóxicas en crudo y tener un sabor tremendamente ácido y amargo.

Sin embargo, los habitantes prehistóricos descubrieron que al cocinarlas a fuego lento en un caldo junto a pescados ricos en grasas, el amargor se neutralizaba, haciéndolas digestivas y seguras para el consumo humano. Y esta mezcla no era accidental, sino una receta transmitida que buscaba siempre mejorar el sabor. 

Revolución culinaria. Este trabajo se suma a una creciente ola de estudios que están reescribiendo la historia de nuestra alimentación. Ya en 2018 se publicaba en PNAS el descubrimiento del "pan" más antiguo del mundo en Jordania, horneado hace 14.400 años, mucho antes de que se inventara la agricultura. Pero ahora estos restos de comida nos apuntan a que la mal llamada dieta paleo no existió tal y como nos la han querido vender. 

Sacamos en claro que nuestros antepasados conocían su entorno a la perfección, dominaban el procesamiento de plantas tóxicas y dedicaban tiempo a preparar guisos complejos donde las verduras y los tubérculos eran platos principales, no una simple guarnición.

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La noticia Pensábamos que en la Prehistoria se comía pura carne. El fondo quemado de una olla acaba de demostrar que éramos unos chefs refinados fue publicada originalmente en Xataka por José A. Lizana .



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