La AEMPS revisa 64 metaanálisis publicados desde 2009 y concluye que no existe evidencia que respalde su eficacia en ninguna patología. Sanidad retira 1.032 productos del mercado y se suma a la corriente regulatoria europea que ya lidera Francia.
Una sentencia regulatoria, no una opinión
El pasado 21 de abril de 2026, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) hizo público un informe que cierra, al menos en términos institucionales, dos siglos de controversia sobre la homeopatía en España. El documento, titulado Homeopatía y productos homeopáticos: evaluación de las evidencias acerca de su eficacia y seguridad, concluye “de forma categórica” que los preparados homeopáticos no son más eficaces que un placebo y que su principal riesgo no reside en sus ingredientes —prácticamente inexistentes— sino en lo que dejan de hacer los pacientes que los consumen: seguir tratamientos con eficacia demostrada.
La conclusión no es ideológica ni nueva en el panorama internacional, pero sí supone un cambio de paso para la sanidad española. En paralelo a la publicación del informe, el Ministerio de Sanidad ha anunciado la retirada de 1.032 productos homeopáticos del mercado tras un proceso de regularización. De los 976 que permanecen registrados, ninguno puede atribuirse efectos terapéuticos en su etiquetado.
Una exhaustiva revisión
A diferencia de los debates mediáticos habituales, el informe de la AEMPS se apoya en una metodología transparente y replicable: una revisión sistemática de revisiones sistemáticas y metaanálisis publicados en las bases de datos Medline y EMBASE entre 2009 y febrero de 2026. Cuatro autores independientes seleccionaron los trabajos elegibles, evaluaron su calidad con la herramienta del National Institutes of Health (NIH) estadounidense y sintetizaron sus resultados.
El proceso identificó 64 revisiones sistemáticas que abarcan ámbitos tan diversos como las enfermedades reumáticas, dermatológicas, psiquiátricas, respiratorias o pediátricas, así como las dos modalidades clásicas: la homeopatía individualizada (un remedio adaptado a cada paciente) y la no individualizada (productos estándar). El veredicto es uniforme: la evidencia es insuficiente para recomendar el uso de productos homeopáticos en ninguna patología.
Más revelador todavía resulta el patrón identificado al analizar la calidad de los estudios. Como recoge textualmente el informe, “a medida que aumenta la calidad y el rigor de los ensayos clínicos, el supuesto efecto de la homeopatía disminuye hasta desaparecer“. Cuando los metaanálisis se ajustan por sesgo de publicación —la tendencia a publicar solo resultados positivos— y por calidad metodológica, las diferencias frente al placebo se evaporan. Es el caso, por ejemplo, del metaanálisis de Mathie et al. (2017), que reanalizó 75 estudios sobre homeopatía individualizada y vio cómo la señal positiva se desvanecía al corregir esos sesgos.
El problema de fondo, el azúcar disuelto en el Mediterráneo
El informe dedica también un espacio a recordar por qué los principios de la homeopatía “chocan con las leyes de la física y la farmacología actual”. La doctrina, formulada por Samuel Hahnemann a finales del siglo XVIII, sostiene que cuanto más diluido está un principio activo, mayor es su potencia terapéutica. La AEMPS recurre a un ejemplo gráfico: en una dilución habitual como la 12CH —la sustancia se disuelve 12 veces consecutivas en una proporción 1:100— es matemáticamente imposible que quede una sola molécula del ingrediente original en el preparado. Una dilución mucho menor, de apenas 6CH, equivaldría a “disolver un sobre de azúcar en todo el mar Mediterráneo”.
Esto no es un dato anecdótico. Significa que la mayoría de los productos homeopáticos comercializados son, desde el punto de vista químico, agua, lactosa o sacarosa. Cualquier efecto observado debe explicarse, por tanto, a través de mecanismos no farmacológicos: efecto placebo, regresión a la media, evolución natural de la enfermedad, sesgos del observador o atención clínica más prolongada. Todos ellos son fenómenos reales y medibles, pero ninguno justifica una indicación terapéutica.
Inocuo no significa inofensivo
Uno de los matices más importantes del informe se refiere a la seguridad. La percepción social de la homeopatía la sitúa en el extremo opuesto a los medicamentos “agresivos”, pero la realidad clínica obliga a distinguir dos tipos de daño:
Daño directo: aunque infrecuente, existe. La AEMPS recoge el metaanálisis de Stub et al., que sobre 41 estudios y 6.055 pacientes documentó eventos adversos por intoxicaciones derivadas de errores de dosificación o de productos mal diluidos. La FDA estadounidense notificó más de 400 eventos adversos y 10 muertes en niños vinculados a productos homeopáticos para la dentición que contenían belladona en concentraciones no controladas.
Daño indirecto: es el verdaderamente preocupante. Una revisión citada en el informe identificó 1.159 pacientes afectados y 4 fallecimientos asociados al abandono o retraso de la terapia convencional en favor de la homeopatía, especialmente en oncología, infecciones graves y enfermedades crónicas.
En otras palabras, el riesgo no es lo que el producto contiene —prácticamente nada—, sino lo que sustituye.
Una decisión alineada con Europa y el mundo anglosajón
España se incorpora con este informe a una tendencia internacional consolidada. El National Health and Medical Research Council (NHMRC) de Australia concluyó ya en 2015, tras revisar más de 1.800 trabajos, que no existía ninguna condición clínica para la que la homeopatía mostrase eficacia fiable. La Cámara de los Comunes británica recomendó cesar su financiación pública, la Haute Autorité de Santé francesa la retiró del reembolso público en 2021 y la Comisión de Finanzas alemana ha propuesto excluirla de la cobertura del seguro legal en 2027. La European Academies’ Science Advisory Council (EASAC) emitió en 2017 un dictamen unánime en la misma dirección, y la FDA estadounidense exige desde 2019 que las etiquetas adviertan de la falta de base científica.
Implicaciones desde el consumidor al modelo sanitario
El alcance del informe va más allá del consumidor individual. Apunta a tres planos interconectados:
Regulatorio: España ha cerrado el grifo a las indicaciones terapéuticas. Los productos que sobreviven en farmacias lo hacen como artículos de consumo registrados, no como medicamentos con función curativa.
Clínico: refuerza la obligación deontológica del personal sanitario de informar a los pacientes sobre la ausencia de evidencia, especialmente en consultas de pediatría y atención primaria, donde la demanda histórica ha sido mayor.
Comunicacional: plantea un reto para los medios y para la propia AEMPS, que deben comunicar el resultado sin adoptar tonos militantes, respetando la autonomía del paciente pero garantizando que su decisión esté informada.
Lo que el informe no resuelve
Conviene también señalar las preguntas que quedan abiertas. El informe no aborda en profundidad la dimensión antropológica y psicológica del fenómeno: por qué millones de europeos siguen recurriendo a la homeopatía pese a la evidencia acumulada. Tampoco ofrece una hoja de ruta para reorientar la consulta —a menudo más larga y empática— que ofrecen los profesionales de la homeopatía, un factor que la medicina convencional debería estudiar como pista para mejorar la relación clínica. Y deja sin desarrollar la cuestión, regulatoria pero también ética, de si los productos sin indicación terapéutica deberían poder seguir vendiéndose en farmacias, espacios que la ciudadanía asocia inequívocamente al medicamento.
El informe de la AEMPS no descubre nada nuevo a la comunidad científica internacional, pero alinea por fin a España con un consenso regulatorio que llevaba más de una década consolidándose. La homeopatía, sostiene la agencia con la mejor evidencia disponible, funciona como un placebo. El reto no es ya demostrarlo —está demostrado—, sino traducir esa certeza en políticas sanitarias coherentes y en una conversación pública madura sobre qué entendemos por medicina basada en pruebas.
La entrada España certifica que la homeopatía no es más que un placebo se publicó primero en Revista Ecociencias.
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