9 de junio de 2026

Ni drones ni misiles. El proyecto más ambicioso de Rusia cuesta 26.000 millones, y tiene más que ver con cerdos que con tanques

Ni drones ni misiles. El proyecto más ambicioso de Rusia cuesta 26.000 millones, y tiene más que ver con cerdos que con tanques

En 1928, un científico soviético convencido de que la sangre joven podía rejuvenecer el cuerpo intercambió la suya propia con la de un estudiante universitario. El experimento convirtió al alumno en un superviviente y al investigador en una de las primeras víctimas de la búsqueda moderna de la longevidad. 

La gran apuesta rusa. Si la pregunta es si se puede retrasar el envejecimiento, Rusia ha decidido responder con una iniciativa de dimensiones extraordinarias. Bajo el impulso directo de Vladimir Putin, Contaba el fin de semana el Wall Street Journal que el Kremlin ha convertido la longevidad en una prioridad nacional mediante un programa valorado en unos 26.000 millones de dólares que busca desarrollar tecnologías capaces de prolongar la vida humana y combatir el deterioro asociado a la edad. 

Lo que para muchos líderes y empresarios occidentales sigue siendo una apuesta privada financiada por fortunas tecnológicas, en Rusia se ha transformado en una estrategia de Estado que combina investigación genética, impresión de órganos, xenotrasplantes y otras tecnologías experimentales con la promesa de salvar cientos de miles de vidas antes de que termine la década.

Vladimir Putin In March 2018

Órganos nuevos para cuerpos envejecidos. Una de las ideas más ambiciosas del proyecto consiste en sustituir progresivamente las piezas defectuosas del cuerpo humano como si se tratara de una máquina compleja. Lo hemos contado antes y el propio Putin llegó a comentar públicamente la posibilidad de alcanzar una especie de inmortalidad práctica mediante el reemplazo continuo de órganos dañados. 

Para acercarse a ese objetivo, los científicos rusos trabajan en dos líneas principales: la bioimpresión tridimensional de tejidos vivos y el crecimiento de órganos humanos dentro de minipigs, una variedad de cerdo considerada especialmente compatible para este tipo de investigaciones. El objetivo declarado es lograr trasplantes funcionales de órganos producidos en laboratorio hacia 2030, una meta que, de alcanzarse, supondría uno de los avances biomédicos más importantes del siglo.

Genes, tejidos y cerdos al servicio de la longevidad. El programa también incluye el desarrollo de terapias génicas destinadas a ralentizar el envejecimiento celular. Según las autoridades rusas, estos tratamientos representan algunas de las herramientas más prometedoras para combatir el desgaste biológico que acompaña al paso de los años. Paralelamente, los investigadores afirman haber conseguido imprimir cartílago humano y una glándula tiroides de ratón mediante técnicas de bioimpresión, pasos preliminares hacia estructuras mucho más complejas. 

La combinación de ingeniería genética, órganos cultivados en animales y fabricación de tejidos artificiales dibuja una visión en la que la medicina deja de limitarse a reparar daños para empezar a reemplazar componentes enteros del organismo.

La hija de Putin y los arquitectos del proyecto. Detrás de esta estrategia aparecen algunas de las figuras más influyentes del círculo presidencial. Entre ellas destaca Maria Vorontsova, hija de Putin y endocrinóloga vinculada a diversos programas estatales de genética, así como el físico Mikhail Kovalchuk, director del histórico Instituto Kurchatov y uno de los principales ideólogos científicos del Kremlin. 

Kovalchuk sostiene que la humanidad se acerca a una era en la que los órganos podrán repararse o sustituirse de manera rutinaria, prolongando la vida durante periodos cada vez mayores. Para sus defensores, el envejecimiento dejará de verse como un destino inevitable y empezará a tratarse como un problema técnico susceptible de intervención científica.

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Entre ciencia de vanguardia y dudas de la comunidad. Sin embargo, las promesas del programa están lejos de generar consenso. Numerosos investigadores señalan que gran parte de los avances anunciados por Rusia apenas han sido publicados en revistas científicas internacionales revisadas por expertos. Algunos científicos que participaron en etapas tempranas de estas investigaciones sostienen que existe una gran distancia entre los objetivos proclamados y los resultados realmente demostrados. 

Las sanciones internacionales, el aislamiento científico derivado de la guerra de Ucrania y la dificultad de colaborar con centros occidentales también limitan la capacidad rusa para validar muchos de estos proyectos. Para los críticos, parte de las afirmaciones realizadas por las autoridades deben interpretarse más como aspiraciones de futuro que como tecnologías próximas a convertirse en realidad.

La obsesión personal convertida en política de Estado. La fascinación de Putin por la longevidad no es nueva. Durante años ha cultivado una imagen pública asociada a la fortaleza física mediante exhibiciones cuidadosamente construidas de actividad deportiva, caza o aventuras al aire libre. Al mismo tiempo, su comportamiento durante la pandemia mostró una preocupación extrema por la enfermedad y el deterioro físico, con estrictas cuarentenas, protocolos de desinfección y medidas de aislamiento que llamaron la atención de todo el mundo. 

A sus 73 años, rodeado además por una élite política y económica envejecida, la lucha contra el paso del tiempo parece haberse convertido en algo más que una curiosidad personal: forma parte de una visión estratégica compartida por buena parte del entorno dirigente ruso.

La larga tradición rusa. El proyecto actual tampoco surge de la nada. Rusia y anteriormente la Unión Soviética han mostrado históricamente una fascinación recurrente por las investigaciones destinadas a prolongar la vida humana. 

Desde los experimentos con transfusiones sanguíneas rejuvenecedoras realizados por Alexander Bogdanov en los años veinte hasta las teorías de Oleksandr Bogomolets sobre una esperanza de vida de 150 años respaldadas por Stalin, distintas generaciones de dirigentes soviéticos y rusos han perseguido la idea de vencer el envejecimiento. Paradójicamente, muchos de esos pioneros murieron mucho antes de alcanzar las edades extraordinarias que defendían.

Una carrera contra una realidad demográfica incómoda. La apuesta resulta aún más llamativa porque se desarrolla en un país que sigue sufriendo algunos de los peores indicadores de mortalidad del mundo desarrollado. La esperanza de vida masculina en Rusia ronda actualmente los 68 años, muy por debajo de la de Estados Unidos o Europa occidental. 

En ese contexto, el gigantesco programa de longevidad impulsado por Putin refleja tanto una ambición científica como una necesidad nacional. La cuestión es si los órganos impresos, los tratamientos genéticos y los minipigs capaces de albergar futuros trasplantes conseguirán acercar a Rusia a esa visión de una vida cada vez más larga o si acabarán uniéndose a la larga lista de proyectos que prometieron derrotar al envejecimiento y terminaron chocando contra una realidad biológica mucho más difícil de vencer.

Imagen | IToldYa, Press Service of the President of the Russian Federation, Picryl

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La noticia Ni drones ni misiles. El proyecto más ambicioso de Rusia cuesta 26.000 millones, y tiene más que ver con cerdos que con tanques fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .



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