Por Martín Bascopé, director Centro UC de Desarrollo Local (CEDEL UC), Pontificia Universidad Católica de Chile, Campus Villarrica
«Lo que se requiere ahora es construir el puente entre esa disposición y la capacidad técnica de diseñar soluciones reales, y ese puente tiene un nombre: educación STEM+ centrada en desarrollo sustentable, con pensamiento de diseño, con anclaje territorial y con tiempo docente protegido para hacerlo posible».
Los resultados de PISA 2025, dados a conocer esta semana, confirmaron una caída histórica en el desempeño general de los estudiantes chilenos en matemática y lectura. Pero dentro de ese panorama adverso apareció un dato que merece una lectura distinta: en la nueva escala de Ciencias Ambientales — que mide la capacidad de comprender los sistemas de la Tierra, analizar impactos humanos y proponer soluciones sostenibles—, Chile obtuvo 442 puntos, consolidándose nuevamente como uno de los sistemas educativos de mejor desempeño de América Latina, aunque todavía por debajo del promedio de la OCDE.
Ese resultado no debería leerse como un triunfo aislado, sino como una señal de algo más profundo: nuestros estudiantes están dispuestos a comprometerse con la crisis ambiental. El propio análisis regional de la OCDE sobre PISA 2025 lo advierte con una frase que debería inquietarnos como educadores: la región muestra una «preocupación sin base técnica». Es decir, existe una alta motivación y una fuerte creencia en la propia capacidad de generar cambios, pero esa agencia estudiantil corre el riesgo de volverse inefectiva si no está respaldada por conocimientos científicos y capacidades de diseño que permitan traducir la preocupación en soluciones viables.
Ahí está, exactamente, el desafío y la oportunidad que enfrenta la educación STEM en Chile.
Del conocimiento disciplinar a la capacidad de diseñar soluciones
Durante años, la educación en Ciencias ha sido evaluada casi exclusivamente por su capacidad de transmitir contenidos. PISA 2025 nos obliga a mirar más allá: no basta con que un estudiante entienda cómo funciona un ecosistema si no desarrolla, junto con ese conocimiento, la capacidad de intervenir sobre los problemas socioecológicos de su territorio. Esa es precisamente la promesa del pensamiento de diseño (design thinking) aplicado a la educación: no reemplaza el conocimiento científico, lo pone al servicio de una pregunta concreta y de una comunidad concreta.
El aprendizaje basado en proyectos, cuando se organiza en torno a preguntas del tipo «¿Cómo podemos diseñar una solución para…?», transforma la sala de clases en un espacio de indagación real. Los estudiantes dejan de ser receptores de contenidos ambientales y pasan a ser diseñadores de soluciones frente a problemas que ya conocen y que les importan: la contaminación de un lago, la pérdida de humedales, la gestión de residuos de su propio barrio. Ese tránsito —de la preocupación a la capacidad de actuar con conocimiento técnico— es exactamente lo que los datos de PISA muestran como pendiente en nuestra región.
«PISA 2025 nos obliga a mirar más allá: no basta con que un estudiante entienda cómo funciona un ecosistema si no desarrolla, junto con ese conocimiento, la capacidad de intervenir sobre los problemas socioecológicos de su territorio».
Un modelo que ya se está construyendo desde el sur de Chile
Este no es un desafío solamente teórico. Desde el Centro UC de Desarrollo Local (CEDEL UC), en el Campus Villarrica de la Pontificia Universidad Católica de Chile, se ha venido desarrollando desde hace más da una década una línea de trabajo —»Educación y Aprendizajes para la Sustentabilidad«— que integra precisamente pensamiento de diseño, sustentabilidad y formación docente, con proyección para toda América Latina.
El Faro de Sustentabilidad es la plataforma que sintetiza esa apuesta: una colaboración entre CEDEL UC y la Fundación Internacional Siemens Stiftung —ligada también a la Red STEM Latinoamérica— que ofrece de manera gratuita un conjunto de recursos educativos para inspirar, idear, desarrollar y comunicar aprendizajes basados en proyectos en torno a los desafíos de una educación para la sustentabilidad. Su metodología, que parte de un desafío formulado como «¿Cómo podemos diseñar una solución para…?», combinada con la exploración territorial y la síntesis colaborativa, ofrece un modelo replicable de cómo llevar el aprendizaje basado en proyectos desde la teoría a la práctica de aula, con foco en problemas socioecológicos reales del territorio en que cada estudiante vive.
Entre sus recursos destaca una herramienta de autoevaluación de proyectos STEM+, pensada para directoras, directores, equipos técnico-pedagógicos y profesionales de la educación que lideran iniciativas con enfoque STEM+ en su territorio. En menos de quince minutos, quien la completa recibe por correo un reporte que analiza su proyecto en seis dimensiones clave para el desarrollo de habilidades STEM+ y su impacto territorial —una retroalimentación pensada explícitamente para la mejora continua, no para la certificación o el ranking. A eso se suman podcasts (como «Un Café con Futuro» y «Metodologías Activas STEM+»), un registro de experiencias STEM+ ya implementadas y un diplomado, todo bajo licencia Creative Commons de acceso abierto.
Ese tipo de infraestructura gratuita es exactamente lo que permite que la biotecnología, la biorremediación y las soluciones basadas en la naturaleza dejen de ser una aspiración y se conviertan en experiencias de aula concretas. Estos enfoques tienen algo que ningún contenido abstracto logra con la misma fuerza: le dan a un estudiante un sentido de aplicabilidad inmediato. Un humedal artificial que limpia agua, un biofiltro construido con materiales locales, un microorganismo que degrada un contaminante específico: son soluciones tangibles, visibles, que un adolescente puede tocar, medir y mejorar. Y son, además, exactamente el tipo de experiencia capaz de convertir una preocupación ambiental difusa en una competencia técnica concreta —el eslabón que, según muestra PISA, hoy falta en la región.
«Ese tipo de infraestructura gratuita es exactamente lo que permite que la biotecnología, la biorremediación y las soluciones basadas en la naturaleza dejen de ser una aspiración y se conviertan en experiencias de aula concretas».
El cuello de botella no son las herramientas: es el tiempo docente
Aquí conviene ser honesto sobre un punto que suele pasarse por alto en el entusiasmo por la innovación educativa: en Chile ya existen herramientas metodológicas pensadas específicamente para este contexto —el Faro de Sustentabilidad es una de ellas, pero no la única—. El problema no es, entonces, la falta de metodologías. El problema es que diseñar una experiencia de aprendizaje basada en proyectos, con foco territorial y vínculo con actores externos, requiere tiempo de planificación que la carga horaria docente actual simplemente no contempla.
Sin espacios protegidos y reconocidos institucionalmente para que los equipos docentes planifiquen, prototipen y ajusten este tipo de experiencias, la innovación queda limitada a la voluntad individual de quienes están dispuestos a hacerlo fuera de su horario contratado. Y sin ese tiempo, tampoco es posible construir algo igualmente decisivo: la colaboración sostenida entre escuela, academia y sector privado interesado en desarrollo tecnológico, que es justamente lo que permite que un proyecto escolar no se quede en una maqueta de feria científica, sino que dialogue con investigadores, con la autoridad ambiental regional y con actores que puedan escalar esas soluciones.
«El problema no es, entonces, la falta de metodologías. El problema es que diseñar una experiencia de aprendizaje basada en proyectos, con foco territorial y vínculo con actores externos, requiere tiempo de planificación que la carga horaria docente actual simplemente no contempla».
Una agenda pendiente
Los datos de PISA 2025 le entregan a la política educativa chilena una oportunidad poco frecuente: un indicador que no exige inventar una motivación desde cero, porque ya está instalada en los propios estudiantes. Lo que se requiere ahora es construir el puente entre esa disposición y la capacidad técnica de diseñar soluciones reales, y ese puente tiene un nombre: educación STEM+ centrada en desarrollo sustentable, con pensamiento de diseño, con anclaje territorial y con tiempo docente protegido para hacerlo posible.
Es una oportunidad única de fortalecer y poner en valor la educación técnica en Chile, invirtiendo en sus profesores, generando capacitaciones y oportunidades de desarrollo profesional que les permitan implementar innovación educativa. Nuestro país ya tiene ya experiencias que muestran el camino, y con vocación de proyectarse a toda la región. La pregunta que queda abierta es si estamos dispuestos, como sistema educativo, a darles el tiempo y las alianzas que necesitan nuestros docentes, para dejar de ser experiencias piloto y convertirse en política pública.
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