- Mi ropa deberá estar en orden.
- Se me servirán tres comidas diarias en mi habitación.
- Mi dormitorio y mi estudio estarán siempre ordenados y nadie, excepto yo, tocará mi escritorio.
Mileva, asimismo, debería renunciar a toda relación personal, no criticarle ni de palabra ni de obra delante de sus hijos; igualmente Einstein insistió en que tendría que aceptar que:
- No deberás esperar ninguna muestra de afecto mía ni me reprocharás por ello.
- Dejarás de hablarme siempre que así te lo pida.
- Abandonarás de inmediato, si es que yo te lo pido, el estudio o el dormitorio.
Mileva aceptó punto por punto todas las demandas de su marido. A finales de julio de aquel mismo año de 1914, tanto ella como sus hijos volvieron a Zurich. Einstein derramó unas lágrimas sobre el andén. En junio de 1919 se casó con Elsa, después de que en febrero Mileva le concediese por fin el divorcio. Einstein le había propuesto para convencerla aumentar su pensión, convertirla en beneficiaria de su pensión de viudedad y ofrecerle el dinero (cuando lo consiguiese) del premio Nobel (concedido finalmente en 1921). El tito Albert sí que sabía...
Fuente:
Quántum: Einstein, Bohr y el gran debate sobre la naturaleza de la realidad Manjit Kumar. Editorial Kairós, 2011.
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