13 de noviembre de 2025

Carlo Cipolla y la ciencia de la estupidez humana

Hay pensadores que cambian el rumbo de la historia con teorías sobre el poder, la economía o la ciencia. Y luego está Carlo M. Cipolla, que un buen día decidió estudiar la estupidez. No para glorificarla, sino para diseccionarla con bisturí académico y un sentido del humor tan fino que algunos todavía no saben si su famoso ensayo era una broma o un tratado de sociología encubierto.

Cipolla era historiador económico, profesor en Berkeley y Pisa, y un tipo que sabía reírse de la especie humana sin dejar de admirarla. En 1976 publicó Las leyes fundamentales de la estupidez humana, un texto breve, sin una sola fórmula matemática, pero con la precisión de un tratado científico. El planteamiento parecía absurdo —crear una “teoría general de la estupidez”—, pero el resultado fue una radiografía demoledora de cómo la irracionalidad se infiltra en nuestras decisiones colectivas.

Para Cipolla, la estupidez no dependía de la inteligencia ni del nivel educativo. Había idiotas con doctorado y genios sin título, y eso lo dejaba claro desde su segunda ley: “La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica.” No se salva nadie: ni los economistas, ni los políticos, ni el tipo que cree que aparcar en doble fila “es solo un minuto”.

La clave de su análisis estaba en un gráfico tan simple como letal: en el eje horizontal colocaba el beneficio o perjuicio para uno mismo; en el vertical, el beneficio o perjuicio para los demás. Así, dividía el mundo en cuatro cuadrantes: los inteligentes (que benefician a otros y a sí mismos), los incautos o ingenuos (que ayudan a otros pero se perjudican), los malvados (que dañan a otros en su propio beneficio) y los estúpidos (que perjudican a otros sin ganar nada). Según él, este último grupo era el más peligroso porque actuaba sin lógica ni previsión, y porque nadie podía anticipar sus consecuencias.

Cipolla advertía, medio en broma y medio en serio, que la historia de la humanidad es un constante forcejeo entre los inteligentes que construyen, los malvados que se aprovechan, los ingenuos que lo permiten y los estúpidos que lo arruinan todo. “El estúpido —decía— es más peligroso que el malvado, porque mientras el malvado sigue un plan, el estúpido actúa sin propósito y su efecto es impredecible.”

Puestos a pensarlo, sus leyes podrían aplicarse hoy a casi cualquier ámbito: desde los bulos en redes hasta los desastres políticos, pasando por esa persona que reenvía sin leer un mensaje de WhatsApp que empieza por “no sé si será verdad, pero por si acaso…”. Cipolla no conoció Internet, pero habría disfrutado estudiándola: el ecosistema ideal para su teoría, una especie de reactor nuclear de estupidez colectiva donde cada clic puede desencadenar una reacción en cadena.

El encanto de su ensayo es que no busca humillar ni moralizar. Cipolla no se erige en juez, solo nos pone un espejo. Todos somos estúpidos alguna vez; lo peligroso es no darse cuenta. Lo más sensato, quizá, sea mantener la sospecha constante de que podríamos estar en el cuadrante equivocado.

Y así, entre risas, Cipolla consiguió lo que muchos filósofos no: reducir la condición humana a una ecuación sencilla, elegante y universal. Si la hubiera formulado con números, diría algo así como:

“La estupidez humana es la única constante verdaderamente invariable del universo.”



☞ El artículo completo original de lo puedes ver aquí

No hay comentarios.:

Publicar un comentario