
Las salas blancas de la NASA son el equivalente espacial a un quirófano: se controla el aire, la humedad, el polvo y cualquier resto biológico con una disciplina casi obsesiva. La razón es sencilla y muy práctica. Si una bacteria terrestre se cuela en una sonda, podría viajar como polizón y llegar a otro planeta, confundiendo futuras búsquedas de vida o alterando un entorno que queremos estudiar tal cual es. Es como intentar analizar una escena sin contaminarla con tus propias huellas: la limpieza no es estética, es parte del método científico.
En este contexto, que se hayan detectado microbios capaces de sobrevivir a protocolos de esterilización tan estrictos no suena a “anécdota”, sino a una señal de que la naturaleza siempre encuentra rendijas, incluso en los lugares más hostiles diseñados por humanos.
El hallazgo: nuevas especies que aguantaron el trato duro
Durante la preparación del Phoenix Mars Lander en instalaciones del Kennedy Space Center, investigadores tomaron muestras del suelo en distintas fases del montaje. En total se aislaron centenares de cepas bacterianas. En 2007, identificar con detalle qué eran muchas de ellas resultaba difícil: faltaban herramientas genéticas tan finas como las actuales.
Con el salto de la secuenciación genómica de los últimos años, un equipo internacional revisó aquel “archivo” microbiano y describió 26 especies bacterianas nuevas que habían resistido condiciones pensadas para ser incompatibles con la vida microbiana. El dato inquieta y fascina a la vez: sobrevivieron a radiación, a limpiezas químicas intensas, a aire extremadamente filtrado y a una humedad bajísima. La historia se ha difundido en medios como Interesting Engineering, y se apoya en un trabajo científico publicado en la revista Microbiome.
Cómo sobreviven: el kit de emergencia de los microbios tenaces
Lo más interesante no es solo que estén, sino cómo lo logran. Estas bacterias parecen operar con una lógica de “defensa por capas”, como quien sale de casa con abrigo, bufanda y paraguas porque sabe que el día viene complicado.
Una pieza clave es la formación de biofilms, una especie de película pegajosa que se adhiere a superficies. En casa se entiende rápido: no es lo mismo limpiar un vaso con agua que quitar un resto de jarabe seco que se quedó pegado. El biofilm actúa como esa capa protectora, dificultando que químicos o radiación hagan su trabajo con la misma eficacia.
Otro recurso es la reparación del ADN. La radiación puede romper o alterar el material genético, pero ciertas bacterias cuentan con mecanismos especialmente robustos para detectar daños y “parchearlos”. Imagina un libro que se moja: hay quien pierde páginas y hay quien las seca, las recompone y consigue seguir leyendo. Estos microbios, por lo que indican sus genes, tienden a lo segundo.
La tercera estrategia es entrar en modo ahorro. Algunas bacterias pueden volverse dormantes o generar formas de resistencia que soportan sequedad y carencia de nutrientes. Es el equivalente microbiano a poner el organismo en “modo avión”: se reduce la actividad al mínimo para esperar tiempos mejores. En una sala blanca, donde casi no hay comida microbiana disponible, esa habilidad marca la diferencia.
La pregunta inevitable: ¿podrían llegar vivas a Marte?
Aquí conviene separar posibilidades de certezas. Que una bacteria sobreviva en una sala blanca no significa automáticamente que sobreviva al viaje espacial y a Marte. El trayecto implica cambios de temperatura, vacío, radiación cósmica y un sinfín de tensiones mecánicas y químicas. En la superficie marciana, el cóctel incluye radiación, frío, presión muy baja y un ambiente extremadamente seco.
Investigadores vinculados al estudio, como Alexandre Rosado (KAUST), han señalado que algunas especies portan genes que podrían ayudarles a tolerar parte de ese estrés. Medios como Live Science han recogido esta idea con una matización importante: la supervivencia real dependerá de pruebas específicas que reproduzcan condiciones del vuelo y del planeta, algo que todavía no se ha demostrado de forma directa con estas cepas.
Dicho de otra forma: hoy tenemos indicios genéticos de “resistencia potencial”, no una prueba de “supervivencia garantizada”. Es una diferencia parecida a ver que un coche tiene tracción total y asumir que cruzará un camino helado sin problemas: hay que sacarlo a la pista, medir y repetir.
La cámara que imita el espacio: poner a prueba la resistencia
Para pasar del “podría” al “se ha observado”, el equipo planea usar una cámara de simulación planetaria en KAUST. Este tipo de instalación permite recrear, de manera controlada, parámetros del vuelo espacial y del ambiente marciano: baja presión, radiación, oscilaciones térmicas y otros factores. La intención es realizar experimentos piloto a comienzos de 2026.
Estas cámaras funcionan como los test de estrés de la electrónica de consumo, con una diferencia: los microbios no solo resisten o fallan, también pueden activar respuestas biológicas dependiendo de la combinación de agresiones. A veces sobreviven a golpes aislados, pero no al “combo”; otras veces ocurre lo contrario, porque una condición dispara defensas que no se activan en un ensayo simple. Por eso es tan importante probar el paquete completo.
Lo que está en juego: protección planetaria y ciencia limpia
El concepto de protección planetaria suele sonar abstracto hasta que lo aterrizas. Si mañana un instrumento detecta una molécula orgánica interesante en Marte, el primer debate será: “¿Es marciana o la llevamos nosotros?”. Cuanto más blindados estén los procesos, más fiable será la respuesta.
Estos hallazgos empujan a afinar protocolos y a reforzar la vigilancia. La idea no es “entrar en pánico”, sino asumir que hay microorganismos especialistas en sobrevivir a entornos extremos creados por humanos. Si aparecen en salas blancas, también pueden aparecer en otras instalaciones críticas. Por eso se habla de muestreos estandarizados y prolongados en el tiempo, comparando distintas salas y misiones, para entender qué microbios persisten, cuándo aparecen y qué puntos débiles aprovechan.
De amenaza a oportunidad: microbios útiles en la Tierra
Hay un giro interesante: lo que preocupa para Marte puede ser valioso para biotecnología. Algunas de estas bacterias podrían esconder rutas metabólicas capaces de producir polímeros antimicrobianos, antioxidantes como la zeaxantina o compuestos con potencial interés biomédico. No significa que estemos a un paso de un fármaco o un aditivo alimentario nuevo, pero sí abre la puerta a explorar moléculas que, por su origen, podrían ser especialmente estables.
En biotecnología se repite un patrón: cuando buscas enzimas o compuestos resistentes, sueles mirar a organismos que viven donde a otros les costaría. Aquí el “hábitat extremo” no es una fuente termal o un lago salado, sino una sala blanca hiperlavada. Es un desierto artificial que selecciona supervivientes con trucos químicos y genéticos poco comunes.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí
