Durante décadas, los conservantes han sido considerados aliados clave de la industria alimentaria: prolongan la vida útil de los productos, previenen la proliferación de microorganismos y garantizan la seguridad sanitaria. Sin embargo, nuevos estudios científicos comienzan a cuestionar su aparente inocuidad. Investigaciones recientes realizadas en Francia sugieren que el consumo habitual de ciertos conservantes alimentarios podría estar asociado a un mayor riesgo de desarrollar cáncer y diabetes tipo 2.
Los resultados provienen del estudio NutriNet-Santé, una de las cohortes nutricionales más grandes del mundo, que desde 2009 sigue a más de 170 mil personas adultas mediante registros detallados de alimentación, estilo de vida y datos médicos del sistema de salud francés. A partir de esta base, investigadores analizaron la relación entre la exposición prolongada a distintos aditivos y la aparición de enfermedades crónicas.
Según explica Mathilde Touvier, investigadora principal del proyecto y directora de investigación del Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica de Francia (INSERM), se trata de los primeros estudios a nivel mundial que exploran de forma específica la asociación entre conservantes y estas patologías. “Los resultados deben interpretarse con cautela y requieren confirmación”, advierte, aunque subraya que la evidencia es lo suficientemente relevante como para abrir un debate científico y regulatorio.
Conservantes y riesgo de cáncer
El estudio sobre cáncer, publicado en la revista BMJ, analizó el consumo de 58 conservantes en más de 105 mil personas sin diagnóstico previo de cáncer, seguidas durante un período de hasta 14 años. Tras ajustar variables como tabaquismo, actividad física, consumo de alcohol y otros factores dietarios, los investigadores identificaron seis conservantes asociados a un mayor riesgo de distintos tipos de cáncer.
Entre ellos destacan el nitrito de sodio y el nitrato de potasio, ampliamente utilizados en carnes procesadas como jamón, tocino y embutidos. El primero se asoció con un aumento del riesgo de cáncer de próstata, mientras que el segundo mostró relación con cáncer de mama y con el riesgo total de cáncer. Ambos compuestos ya han sido objeto de preocupación por su capacidad de formar nitrosaminas, sustancias potencialmente carcinógenas.
También se observaron asociaciones con los sorbatos (especialmente sorbato de potasio), el metabisulfito de potasio, los acetatos y el ácido acético, presentes en productos como panes industriales, quesos, salsas, bebidas fermentadas y conservas. Llamativamente, varios de estos aditivos están clasificados como “generalmente reconocidos como seguros” (GRAS) por la FDA en Estados Unidos.
El análisis incluyó además conservantes antioxidantes y de origen vegetal, como derivados de vitamina C, vitamina E y extractos de romero. Aunque estos compuestos suelen considerarse beneficiosos cuando se consumen como parte de alimentos frescos, los investigadores plantean que su uso aislado como aditivos podría generar efectos distintos en el organismo, posiblemente mediados por la microbiota intestinal y procesos inflamatorios.
Diabetes tipo 2: una señal de alerta adicional
En paralelo, un segundo estudio publicado en Nature Communications evaluó la relación entre conservantes y diabetes tipo 2 en casi 109 mil participantes sin diagnóstico previo. Los resultados mostraron que las personas con mayor consumo de ciertos conservantes presentaban hasta un 50% más de riesgo de desarrollar esta enfermedad metabólica.
Cinco conservantes —entre ellos el sorbato de potasio, el nitrito de sodio y el ácido acético— coincidieron en ambos estudios como factores asociados tanto a cáncer como a diabetes tipo 2. A ellos se sumaron otros aditivos como el propionato de calcio, utilizado para evitar el crecimiento de moho, y varios antioxidantes sintéticos y naturales empleados en alimentos ultraprocesados y bebidas.
¿Qué implican estos hallazgos?
Si bien se trata de estudios observacionales —lo que impide establecer relaciones causales directas—, los autores destacan la solidez metodológica del trabajo y la coherencia de los resultados con evidencia experimental previa en modelos animales y celulares. Para expertos externos, como el médico y especialista en medicina preventiva David Katz, estos datos refuerzan una recomendación ya conocida: priorizar una alimentación basada en alimentos frescos, integrales y mínimamente procesados.
Desde el equipo investigador, la conclusión es clara: se necesita más investigación, pero también una revisión crítica del uso masivo de aditivos en la industria alimentaria. Como señala Anaïs Hasenböhler, primera autora de ambos estudios, esta evidencia “se suma a los argumentos para reevaluar las regulaciones actuales y fortalecer la protección de los consumidores”.
En un contexto global marcado por el aumento de enfermedades crónicas y el consumo creciente de alimentos ultraprocesados, estos estudios abren una pregunta clave: ¿estamos subestimando el impacto a largo plazo de los conservantes en nuestra salud?
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