
Los microplásticos y los nanoplásticos son como el “polvo invisible” de la era moderna: fragmentos diminutos que se desprenden de envases, textiles, utensilios de cocina o productos de cuidado personal y que acaban circulando por el aire, el suelo y, sí, también por el agua potable. La inquietud no nace solo de su presencia, sino de su tamaño. Cuando algo es tan pequeño como para colarse por rendijas que ni vemos, también puede atravesar sistemas de filtrado que damos por sentados y terminar en lo que bebemos a diario.
Esa es la idea que subraya un equipo liderado por el ingeniero biomédico Zimin Yu (Guangzhou Medical University): parte de los nano/microplásticos (NMPs) puede escapar de los sistemas centralizados de tratamiento de aguas, lo que plantea un posible riesgo de exposición continuada a través del consumo doméstico. El problema es silencioso: no cambia el sabor del agua, no deja olor, no avisa.
El experimento: una cocina convertida en laboratorio
La propuesta que ha llamado la atención por su sencillez se publicó en Environmental Science & Technology Letters (Yu y colaboradores, 2024) y parte de una pregunta muy cotidiana: si al hervir el agua se forma cal en la tetera, ¿podría esa misma “costra” atrapar partículas plásticas?
Para comprobarlo, el equipo trabajó con agua blanda y agua dura (la que tiene más minerales disueltos). En ambas añadieron nanoplásticos y microplásticos de forma controlada, hirvieron el agua y después filtraron los precipitados, es decir, lo que se separa y queda como residuo sólido tras el calentamiento. La gracia del enfoque es que no depende de aparatos sofisticados: reproduce algo que muchísima gente ya hace, pero con un objetivo distinto.
Qué papel juega la dureza del agua y la “cal” de siempre
Si vives en una zona de agua dura, probablemente conozcas ese anillo blanquecino que aparece en la base del hervidor o en las paredes de una olla. Eso es, en gran parte, carbonato cálcico, un depósito que se forma cuando el agua rica en minerales se calienta y parte de esos compuestos salen de la disolución.
Aquí está el truco físico-químico: al calentarse, el carbonato cálcico puede “pegarse” a superficies microscópicas, formando una especie de armadura. Imagina una croqueta: por dentro está el relleno y por fuera la capa crujiente. En el experimento, esa capa mineral actuaría como rebozado que encapsula fragmentos plásticos. Cuando ese conjunto precipita, se vuelve mucho más fácil de retirar con un filtrado simple.
Según los autores, cuanta más dureza del agua, más eficiente resulta la precipitación de NMPs durante el hervor. Es una paradoja interesante: el agua que suele “ensuciar” más los electrodomésticos podría ayudar a capturar más partículas.
Cuánto se reduce realmente: cifras que ponen el método en contexto
El estudio no promete magia, y eso es importante. En las mejores condiciones se observó una eliminación muy alta, con casos que llegaron a retirar hasta alrededor del 90% de los NMPs. La eficacia, sin embargo, varió con la composición del agua. En muestras con distintas concentraciones de carbonato cálcico, el equipo reportó incrementos notables: aproximadamente un 34% de precipitación con 80 mg/L, subiendo a cerca del 84% y 90% con 180 y 300 mg/L, respectivamente (Yu et al., 2024).
En agua blanda, donde hay menos minerales para formar esa “costra” capturadora, el procedimiento siguió funcionando, pero con menor rendimiento: en torno a una cuarta parte de las partículas quedó retenida. Dicho de forma sencilla: hervir y colar puede ser una reducción significativa, no una eliminación total.
Otro punto relevante es que probaron el método en condiciones exigentes, añadiendo concentraciones elevadas de partículas. El hecho de que aun así se viera una caída clara refuerza la plausibilidad del mecanismo.
Cómo aplicarlo en casa sin convertirlo en un ritual complicado
La parte atractiva de esta estrategia es que cabe en cualquier cocina. En la práctica, se trata de hervir agua y, una vez que se ha producido el precipitado, filtrar para retirar las partículas atrapadas en esos depósitos minerales. Los investigadores mencionan que un filtro básico, como una malla de acero inoxidable tipo colador de té, puede servir para retener los restos sólidos formados durante el proceso.
Conviene entenderlo como cuando cuelas un caldo: lo líquido pasa, lo que queda “atrapado” se va con el colado. La diferencia es que aquí no estás separando fideos, sino una mezcla de minerales y partículas diminutas adheridas. Si el agua de tu zona es dura y sueles ver cal en la tetera, ese mismo fenómeno que te incomoda puede estar trabajando a tu favor.
Un matiz práctico: si hierves agua en un recipiente donde se acumula mucha cal, esa acumulación existe porque algo se está depositando. El filtrado tiene sentido justo para evitar que esos sólidos vuelvan a tu vaso. Y si te preguntas si basta con hervir sin colar, el razonamiento del estudio apunta a que la retirada del precipitado es parte esencial del método.
Lo que este método no resuelve
Es fácil caer en la idea de “solución universal”, y aquí conviene frenar. Este procedimiento se estudió para reducir nano/microplásticos en el agua, no para eliminar todos los contaminantes posibles. El hervor es muy útil para inactivar microorganismos, pero no está pensado para retirar sustancias disueltas que no precipitan con el calor. Así que, aunque pueda ser una herramienta más, no sustituye recomendaciones locales sobre potabilidad, ni reemplaza sistemas de filtrado específicos cuando el problema es otro.
También hay un límite conceptual importante: el estudio se centra en cómo se comportan partículas añadidas bajo condiciones controladas y cómo cambian según la mineralización del agua. Eso no equivale a decir que cada hogar obtendrá exactamente el mismo porcentaje de reducción. La química del agua varía como varía el café según quién lo prepare.
Qué se sabe sobre salud y por qué la ciencia pide prudencia
La conversación sobre microplásticos en el cuerpo es intensa porque todavía se están armando las piezas del puzzle. El texto que has compartido menciona vínculos observados en investigaciones previas con cambios en el microbioma intestinal y con la resistencia a antibióticos, señales que invitan a investigar más sin convertir cada hallazgo en alarma automática.
En paralelo, una revisión de literatura de 2025 de la University of Texas at Arlington señala que una parte relevante de la exposición humana puede venir del agua de bebida y que las plantas de tratamiento de aguas residuales no estarían retirando microplásticos de forma completamente efectiva. Esa idea encaja con el argumento de Yu y su equipo: si algo llega al grifo, reducirlo en casa puede tener sentido como estrategia de mitigación.
Por qué una costumbre local podría ganar interés global
“Beber agua hervida” se asocia muchas veces a tradición o a contextos donde se busca seguridad microbiológica. Yu y colaboradores plantean que, con el aumento de la preocupación por los plásticos, este hábito podría expandirse por un motivo distinto: reducir la ingesta de nanoplásticos y microplásticos.
Pensándolo con una metáfora doméstica, es como poner un felpudo en la entrada cuando sabes que hay polvo en la calle: no limpia toda la ciudad, pero evita que una parte entre en casa. Si la exposición se repite cada día, pequeñas reducciones sostenidas pueden ser valiosas, siempre que no se vendan como garantía total.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí
