8 de enero de 2026

Stephen Wiltshire y el mito de la memoria fotográfica

Quizá conozcáis la historia. Un chico joven, diagnosticado de autismo, al que se le atribuye una habilidad extraordinaria: una supuesta memoria fotográfica. La anécdota es conocida. Le dan un paseo en helicóptero sobre la ciudad de Nueva York y, al terminar, lo sientan delante de un lienzo. A partir de ahí, dibuja el skyline de la ciudad con un nivel de detalle que resulta desconcertante. Los edificios aparecen en su sitio, las fachadas parecen reproducir el número exacto de ventanas y hasta los coches parecen ocupar el mismo lugar que durante el vuelo. Todo sugiere que su cerebro funciona de una forma radicalmente distinta a la del resto. Una capacidad que, según suele afirmarse, la ciencia no sabe explicar.

El protagonista de la historia existe y se llama Stephen Wiltshire. Nació en Londres en 1974 y fue diagnosticado de autismo a una edad temprana, con importantes dificultades para comunicarse verbalmente durante su infancia. Desde muy pequeño, sin embargo, mostró una habilidad extraordinaria para el dibujo, especialmente para representar edificios y paisajes urbanos. Mientras otros niños garabateaban casas imaginarias, él dibujaba estaciones de tren, iglesias y calles reales con una precisión que sorprendía incluso a adultos acostumbrados a mirar planos.

Stephen Wiltshire: The Artistic Genius Who Drew New York Skyline from Memory #art #sketch #autism

El episodio del helicóptero sobre Nueva York no es una invención. En 2005, Wiltshire fue invitado a realizar un vuelo de unos veinte minutos sobre Manhattan. Tras el paseo aéreo, se colocó frente a un enorme lienzo y comenzó a dibujar el skyline de la ciudad de memoria. El resultado es impresionante: la silueta general de la isla, la posición relativa de los edificios, la densidad urbana y muchos detalles arquitectónicos encajan de forma asombrosa con la ciudad real. Escenas similares se han repetido en otras ciudades como Tokio, Roma, Hong Kong o Londres, siempre con resultados que dejan boquiabierto al público.

A partir de ahí, la historia suele dar un salto injustificado y entra en terreno resbaladizo: la famosa “memoria fotográfica”. La idea de que una persona puede almacenar una imagen exacta y permanente de una escena compleja tras una sola mirada es muy popular, pero no está respaldada por la ciencia. En psicología se habla, con mucha cautela, de memoria eidética, y los casos descritos aparecen casi exclusivamente en niños, duran poco tiempo y no funcionan como una fotografía mental de alta resolución. En adultos, y desde luego en artistas que producen obras complejas durante horas o días, no existe evidencia sólida de una memoria literal de ese tipo.

Lo que tiene Stephen Wiltshire es algo distinto y mucho más interesante. Posee una memoria visual excepcional, sí, pero también décadas de práctica, una enorme familiaridad con la arquitectura urbana y una capacidad artística fuera de lo común. No dibuja como quien imprime una foto almacenada en el cerebro, sino como alguien que ha aprendido a reconocer patrones: cómo se organizan los barrios, cómo se repiten las estructuras, qué proporciones suelen tener los edificios y cómo completar de forma coherente aquello que no recuerda con absoluta precisión.

Sus dibujos, además, no son planos técnicos ni mapas pensados para orientarse con exactitud milimétrica. Son representaciones artísticas extremadamente fieles en conjunto, pero no infalibles si se analizan edificio por edificio. Algunas ventanas no coinciden, ciertas alturas se aproximan y pequeños detalles se reinterpretan. Eso no resta mérito a la obra; al contrario, la sitúa en el terreno real del arte y la cognición humana, pero lejos de los poderes casi mágicos que a veces se le atribuyen.

También conviene recordar que el vuelo en helicóptero no es la única fuente de información de la que parte. Wiltshire ha visto fotografías, documentales, mapas y la ciudad desde múltiples perspectivas a lo largo de los años. Su cerebro ha ido construyendo un modelo mental muy rico de cómo son las grandes ciudades, y el sobrevuelo sirve más como actualización y síntesis que como una descarga súbita de información visual perfecta.

Al final, la historia no es la de un ser humano con un don inexplicable que desafía lo que sabemos sobre la memoria, sino la de un artista extraordinario con una forma distinta de procesar el mundo y una dedicación obsesiva a observarlo. El mito de la memoria fotográfica es tentador porque suena milagroso, pero la realidad, hecha de talento, práctica y límites humanos muy bien estirados, resulta bastante más fascinante.

Relacionado



☞ El artículo completo original de lo puedes ver aquí

No hay comentarios.:

Publicar un comentario