Por Carolina Pérez, periodista y Constanza Osorio, Médico Veterinario.
No hace falta un asteroide para que una crisis ambiental sea real. Chile es uno de los países más vulnerables del mundo ante el cambio climático: sus glaciares retroceden, el norte se desertifica, el sur arde, el agua escasea y su biodiversidad enfrenta amenazas. La ciencia lleva décadas advirtiéndolo. Las organizaciones ambientales llevan años construyendo, con enorme esfuerzo, una institucionalidad capaz de hacer frente a esta amenaza.
Pero antes de cumplir siete días en el poder, el nuevo gobierno de Chile decidió, en la práctica, no mirar arriba.
En menos de una semana, Kast solicitó la renuncia del director del recién creado Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP), Aarón Cavieres —organismo que tardó más de una década en ver la luz y que aún estaba en proceso de instalación—; de la directora de la Superintendencia de Medio Ambiente (SMA), Marie Claude Plummer; y de la directora del Servicio de Evaluación Ambiental (SEA), Valentina Durán. Los tres cargos habían sido seleccionados mediante el sistema de Alta Dirección Pública, diseñado precisamente para garantizar idoneidad técnica e independencia política. En un solo movimiento, se decapitó la cabeza institucional del medio ambiente chileno.
A eso se suma la suspensión del proceso de creación de sitios prioritarios de conservación —zonas de alto valor natural identificadas tras años de trabajo técnico y comunitario— y la emisión de un instructivo para acelerar la aprobación de 42 proyectos de inversión con permisos ambientales en disputa. El mensaje político fue cristalino: los negocios primero.
“Chao guías ambientales, chao las ideologías”
En la película No Mires Arriba (2021) el magnate tecnológico Peter Isherwell convence al gobierno de no destruir el cometa sino de minarlo. Si el asteroide está lleno de minerales valiosos, ¿por qué perder la oportunidad de negocio? Poco importa que ningún modelo científico garantice que el plan funcione. Lo que importa es el mercado.
El paralelo en Chile es casi literal. En sus primeras horas de gobierno, Kast firmó una declaración conjunta con el vicesecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, para cooperar en el suministro de minerales críticos y tierras raras. El acuerdo se presenta como modernización y geopolítica estratégica; pero en la práctica intensifica la presión sobre comunidades atacameñas que defienden los salares del norte, vecinos que resisten proyectos de tierras raras en Penco, y pueblos que conviven con los impactos históricos de la minería del cobre.
Pero quizás nada resume mejor la filosofía ambiental del nuevo gobierno que sus propias palabras de campaña: “Chao guías ambientales, chao las ideologías. Si esas guías las inventa el burócrata de la zona y le gustan las arañitas, tira la guía para proteger a las arañitas”. El programa de gobierno lleva el nombre de este espíritu como un estandarte: “menos permisos, más inversión”. La llamada “permisología” —término que agrupa toda la normativa ambiental que el sector empresarial considera un obstáculo— se convierte así en el enemigo público número uno.
La austeridad que no se aplica pareja
Y luego está el argumento económico, el gran escudo con que se justifica todo retroceso. El gobierno ha anunciado un recorte de 6.000 millones de dólares en el gasto público durante los primeros 18 meses —el equivalente al 2% del PIB—, con una reducción inmediata del 3% en todos los ministerios. Los impuestos corporativos bajarán del 27% al 23%. El lema es austero, serio, de responsabilidad fiscal.
Pero la austeridad, como siempre, tiene direccionalidad política. No recorta a quienes más tienen; recorta al Estado que protege a quienes menos tienen. En el caso ambiental, recortar al SBAP —institución recién nacida, con presupuesto ya insuficiente— no es eficiencia: es abandono deliberado. Es como en No mires arriba, cuando el gobierno recorta el presupuesto del observatorio astronómico justo cuando más se lo necesita.
La “Ley Motosierra” —nombre con que organizaciones ambientales han bautizado la Ley Marco de Autorizaciones Sectoriales— es la otra cara de esta lógica: reducir entre un 30% y un 70% los tiempos de tramitación de proyectos de inversión modificando más de 40 normativas. Más velocidad. Menos evaluación. Menos ciencia. Menos tiempo para que las comunidades se defiendan.
El negacionismo no siempre niega el clima
Hay un detalle sutil pero importante en No mires arriba: la presidenta Orlean no dice que el cometa no existe. Dice que hay que “sentarse” en la información y “no alarmarse”. Que primero hay que evaluar el impacto económico. Que hay oportunidades en la crisis. Que confiar en la ciencia no significa actuar desesperadamente.
Es el negacionismo sofisticado, el que no necesita decir “el cambio climático es mentira” para ser igual de peligroso. Es el que dice: “el crecimiento no es en contra del medio ambiente, hay que respetarlo para poder crecer”, mientras pide la renuncia de quienes deben hacer cumplir esa protección.
Los expertos de las principales organizaciones ambientales de Chile ya lo advierten sin eufemismos: 2026 no será un año para avanzar, sino para defender lo que ya se construyó. Eso es, en sí mismo, una derrota histórica.
Miren arriba
Al final de No mires arriba, el cometa llega. El planeta muere. Los responsables escapan en una nave espacial hacia otro mundo. La gente común —la que sí miró arriba, la que sí escuchó a la ciencia, la que marchó y protestó— se reúne en torno a una mesa a cenar juntos, en familia, mientras el mundo se acaba.
Es una escena devastadora y hermosa al mismo tiempo. Porque lo que muestra no es derrota sino humanidad: la de quienes eligieron la verdad, aunque no fueran escuchados.
Chile tiene una oportunidad de no repetir ese guión. Las instituciones ambientales, aunque golpeadas, siguen en pie. La ciencia sigue produciendo evidencia. Las comunidades siguen resistiendo. Los periodistas, educadores y comunicadores tenemos la responsabilidad ética de no bajar la mirada, de no normalizar el retroceso, de no llamar “modernización” a lo que es simplemente desprotección.
Porque el cometa, en nuestro caso, no viene desde el espacio. Ya está aquí, en los ecosistemas amenazados, en los salares que se secan, en las especies que desaparecen de nuestras aguas, en los bosques que arden, en los glaciares que se derriten. Y mirar hacia otro lado no lo detiene.
Miren arriba antes de que sea tarde.
La entrada Chile mirando hacia abajo y la ceguera ambiental del nuevo gobierno se publicó primero en Revista Ecociencias.
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