8 de mayo de 2026

Investigación, desarrollo e impacto: el verdadero desafío pendiente de Chile

Por Claudio Pérez A., Founder & CEO UMBRÆ Studio | Mentor en Emprendimiento de Impacto

Cuando la discusión se simplifica demasiado

Las recientes declaraciones del Presidente José Antonio Kast respecto a que gran parte de la investigación científica termina convertida en “libros guardados en bibliotecas” han vuelto a abrir una discusión que, aunque incómoda, es profundamente necesaria para el futuro de Chile.

Claudio Pérez A.

Porque detrás de esa frase existe un problema real.

Pero también existe un riesgo enorme cuando la complejidad del problema se simplifica hasta transformarse en una justificación para debilitar la investigación, la educación o la generación de conocimiento. En un país en vías de desarrollo como Chile, donde históricamente hemos dependido de economías extractivas, baja sofisticación productiva y limitada inversión en innovación, reducir el debate a si la investigación “sirve” o “no sirve” constituye una mirada extremadamente corta para un desafío mucho más profundo y estructural.

La discusión relevante no es si debemos investigar menos. La verdadera discusión es cómo transformamos mejor la investigación en impacto social, económico, ambiental y territorial. Y ahí sí existe una deuda importante, porque el problema existe: investigación desconectada del impacto. Negar que existe una desconexión entre investigación y desarrollo sería ingenuo.

Durante décadas, Chile ha financiado importantes volúmenes de investigación científica, tecnológica, social y cultural mediante universidades, fondos públicos y programas regionales. Muchos de estos esfuerzos han permitido formar capital humano avanzado, fortalecer capacidades técnicas y construir infraestructura científica valiosa para el país.

Sin embargo, también es cierto que gran parte de ese conocimiento permanece atrapado dentro del propio circuito académico: Diagnósticos que no se implementan, investigaciones que no escalan, innovaciones que no llegan a industrias ni territorios, conocimiento que no logra convertirse en soluciones concretas para problemas reales.

En muchos casos, el sistema termina incentivando la productividad académica por sobre la transformación efectiva. Publicar papers se convierte en un objetivo en sí mismo. Y eso no ocurre necesariamente por responsabilidad individual de los investigadores, sino porque existe un modelo estructural de financiamiento, acreditación y validación institucional que premia indicadores cuantitativos de publicación continua.

El resultado es un ecosistema -que para ser justos, opera bajo una lógica de alcance global- donde las universidades fortalecen rankings, capturan recursos, adquieren equipamiento y amplían capacidades internas, mientras el vínculo con el desarrollo territorial, económico o social sigue siendo insuficiente.

La ciencia no funciona bajo lógicas inmediatas

Pero reconocer ese problema no significa invalidar el valor de la investigación. Y aquí es donde muchas veces el debate público pierde profundidad, porque la ciencia no opera únicamente bajo criterios de retorno inmediato. Gran parte de los descubrimientos más importantes de la historia surgieron gracias a décadas —e incluso siglos— de acumulación progresiva de conocimiento.

Muchos avances médicos, farmacológicos y tecnológicos que hoy sostienen nuestra vida moderna existen gracias a investigaciones previas que, en su momento, parecían no tener aplicación práctica evidente.

La investigación básica cumple precisamente esa función: abrir preguntas, explorar posibilidades y construir fundamentos para futuros desarrollos.

Albert Einstein publicó menos de una decena de papers verdaderamente revolucionarios en su vida. Sin embargo, esos trabajos transformaron para siempre nuestra comprensión del universo y permitieron desarrollos tecnológicos que décadas después terminaron impactando industrias completas.

La ciencia no avanza únicamente mediante grandes descubrimientos espectaculares. Avanza también mediante procesos lentos, imperfectos y acumulativos, a través de investigaciones pequeñas, a través de hipótesis parciales, a través de conocimiento que muchas veces solo adquiere sentido años más tarde, cuando nuevas investigaciones logran articularlo dentro de desarrollos mayores.

Reducir todo ese proceso a “papeles guardados en una biblioteca” no solo es injusto: también demuestra una comprensión limitada respecto a cómo se construye el conocimiento científico.

El problema contemporáneo: el conocimiento envejece rápido

Sin embargo, también existe un fenómeno relativamente nuevo que vuelve aún más urgente esta discusión: la aceleración de la obsolescencia del conocimiento.

Y es que hoy la ciencia y la tecnología evolucionan a velocidades inéditas. Investigaciones que hace veinte años podían mantener vigencia durante décadas, hoy pueden quedar superadas en pocos años debido al avance acelerado de nuevas metodologías, tecnologías o hallazgos. Y eso vuelve todavía más importante el vínculo entre investigación, desarrollo y transferencia. Porque cuando una investigación permanece demasiado tiempo encerrada dentro del circuito académico, muchas veces pierde la oportunidad de transformarse en innovación aplicada antes de quedar desactualizada.

En otras palabras: no basta con producir conocimiento. También es necesario movilizarlo. Transferirlo. Conectarlo con industrias, emprendimientos, territorios, comunidades y políticas públicas. Ese es precisamente el gran desafío pendiente para Chile.

El vacío entre investigación y desarrollo

En países que han logrado altos niveles de sofisticación productiva —como Corea del Sur, Finlandia, EEUU, Inglaterra, Alemania o China— la investigación científica no se entiende como un universo separado del desarrollo. Existe una articulación mucho más robusta entre universidades, Estado, empresas, emprendimiento e innovación. La investigación alimenta ecosistemas de desarrollo tecnológico. Los descubrimientos encuentran mecanismos de transferencia. Las universidades no solo publican conocimiento: también incuban soluciones, generan startups, desarrollan patentes y fortalecen capacidades territoriales.

Chile todavía tiene enormes dificultades en esa articulación, y probablemente una de las razones es que históricamente hemos pensado la investigación y el desarrollo como mundos separados: Por un lado, la academia. Por otro, el mercado. Por un lado, el conocimiento. Por otro, la aplicación. Y todo eso sucediendo cuando justamente los países más avanzados han demostrado que el verdadero desarrollo ocurre en la conexión entre ambos mundos.

La respuesta no puede ser recortar

Y es precisamente aquí donde creemos que la postura planteada por el Presidente José Antonio Kast resulta insuficiente para enfrentar el desafío de fondo.

Porque aunque la crítica a la desconexión entre investigación e impacto contiene elementos legítimos, concluir a partir de ello que el camino debe ser reducir presupuestos de investigación constituye una respuesta simplificada frente a un problema estructural muchísimo más complejo.

Más aún en un país como Chile, cuya principal debilidad histórica ha sido justamente su baja capacidad de sofisticación productiva, innovación tecnológica y generación de valor agregado. Los países que logran desarrollarse no son aquellos que disminuyen sus capacidades científicas. Son aquellos que aprenden a articularlas mejor.

La evidencia internacional es extremadamente consistente en este punto: las economías más avanzadas del mundo son también aquellas que sostienen mayores niveles de inversión en ciencia, tecnología, investigación y desarrollo.

Corea del Sur, China, Finlandia, Francia, Alemania o Estados Unidos no construyeron sus capacidades competitivas debilitando universidades o reduciendo investigación. Las construyeron fortaleciendo ecosistemas donde Estado, academia, emprendimiento e industria colaboran de manera integrada. Y Chile, de hecho, posee múltiples ejemplos concretos que demuestran cómo la inversión científica sí ha generado impacto profundo cuando logra conectarse adecuadamente con el desarrollo.

El liderazgo astronómico de Chile no existe por casualidad. Surge gracias a décadas de desarrollo científico, cooperación internacional y formación de capital humano avanzado que posicionaron al país como una plataforma global para la observación astronómica.

La propia industria forestal chilena evolucionó mediante investigación aplicada en manejo silvícola, productividad y tecnologías de procesamiento. El próximo horizonte debería ser industria forestal regenerativa, pero bueno, eso es para otro artículo…

Lo mismo ocurre con avances en agricultura de precisión, energías renovables, hidrógeno verde, resiliencia hídrica, monitoreo glaciológico, sismología, gestión de riesgos naturales y desarrollo antártico.

Incluso áreas que muchas veces se consideran “menos productivas”, como las ciencias sociales, las artes o la educación, han generado contribuciones fundamentales para comprender dinámicas territoriales, desigualdad, cohesión social, patrimonio cultural, desarrollo comunitario y diseño de políticas públicas.

Reducir el valor de todo ese ecosistema a la caricatura de “papeles guardados en bibliotecas” no solo invisibiliza décadas de aportes concretos al país, sino que también instala una visión peligrosa: la idea de que el conocimiento únicamente tiene valor cuando produce rentabilidad inmediata.

Esa lógica resulta particularmente problemática en tiempos donde el desarrollo de los países depende cada vez más de su capacidad de generar conocimiento propio, porque en el siglo XXI las naciones no compiten solamente por recursos naturales: compiten por capacidades científicas, tecnológicas, creativas y cognitivas, por innovación, por talento, por sofisticación. Compiten por capacidad de adaptación frente a crisis climáticas, energéticas, alimentarias y tecnológicas cada vez más complejas.

En ese contexto, debilitar la investigación no parece una estrategia de desarrollo. Parece más bien una profundización del modelo histórico de dependencia extractiva que ha limitado a Chile durante décadas.

Defender la investigación no implica defender acríticamente el estado actual del sistema.

Ahí también es importante ser honestos, porque sí existe una cultura académica que muchas veces termina encerrándose sobre sí misma. Existe una lógica institucional que incentiva productividad cuantitativa por sobre impacto transformador. Existe un ecosistema donde publicar puede terminar siendo más importante que transferir, conectar o implementar. Y eso requiere cambios profundos.

Pero precisamente por eso el desafío debiera orientarse hacia fortalecer los mecanismos de vinculación entre investigación y desarrollo, no hacia debilitarlos. Chile necesita más transferencia tecnológica, más articulación territorial, más investigación interdisciplinaria, más colaboración entre universidades, gobiernos regionales, emprendedores, industrias y comunidades, más capacidades para transformar conocimiento en soluciones concretas, más ecosistemas de innovación regional, más ciencia conectada con desafíos reales.

No menos ciencia.

Porque el problema nunca ha sido la existencia de investigación. El problema ha sido la debilidad histórica de nuestros sistemas para convertir conocimiento en transformación estructural y corregir eso requiere visión de largo plazo, no retrocesos.

Las sociedades que abandonan la ciencia rara vez se desarrollan. Las que logran desarrollarse son aquellas capaces de convertir conocimiento en capacidades reales para construir futuro.

Mientras algunos países fortalecen ciencia y desarrollo, ¿Chile retrocede?

Una de las contradicciones más profundas de esta discusión aparece cuando observamos lo que hoy están haciendo países que históricamente fueron considerados periféricos o rezagados dentro de la economía global.

Mientras en Chile emerge una narrativa que cuestiona el valor de la investigación científica y plantea recortes presupuestarios como respuesta a las debilidades del sistema, distintos países africanos están avanzando exactamente en la dirección opuesta.

Uno de los casos más interesantes es Burkina Faso, que lejos de abandonar la ciencia o debilitar sus capacidades de investigación, ha comenzado a impulsar políticas orientadas a fortalecer ecosistemas de innovación, repatriar científicos que desarrollaban sus carreras en el extranjero y construir mayores capacidades nacionales en investigación, desarrollo, innovación y emprendimiento.

Porque incluso en contextos económicos complejos existe comprensión estratégica respecto a algo fundamental: los países que no desarrollan conocimiento propio terminan dependiendo estructuralmente de otros. Y esa dependencia no es solamente tecnológica. También es económica, política, productiva y cultural.

El reciente desarrollo de vehículos eléctricos impulsados desde África —incluyendo experiencias emblemáticas surgidas en Burkina Faso y otros países del continente— representa precisamente un símbolo de esa búsqueda de soberanía tecnológica y sofisticación productiva. No se trata únicamente de fabricar automóviles. Se trata de construir capacidades. De generar cadenas de valor. De movilizar talento local. De desarrollar ingeniería, diseño, manufactura, transferencia tecnológica y articulación entre universidades, empresas y Estado. Es decir: exactamente el tipo de encadenamiento I+D+i+E que Chile todavía no logra consolidar de manera estructural.

Y ahí aparece una pregunta incómoda pero necesaria: Si países con menores niveles históricos de industrialización están comprendiendo que el fortalecimiento científico y tecnológico es condición necesaria para alcanzar mayor autonomía y competitividad, ¿por qué Chile pareciera avanzar hacia una narrativa que relativiza el valor estratégico de la investigación?

Más aún considerando que Chile enfrenta desafíos enormes vinculados a crisis climática, gestión hídrica, transición energética, degradación ecosistémica y agotamiento progresivo de modelos extractivos tradicionales.

Porque cuando un país debilita sus capacidades científicas mientras mantiene una economía altamente dependiente de extracción de recursos naturales, el riesgo es terminar profundizando exactamente aquello que dice querer superar. En vez de agregar valor a lo que ya tenemos. En vez de sofisticar capacidades productivas. En vez de desarrollar innovación territorial. En vez de transformar conocimiento en industrias sostenibles. Terminamos expandiendo zonas de sacrificio. Territorios donde el deterioro ambiental, social y cultural se vuelve el costo silencioso de un modelo económico incapaz de evolucionar hacia mayores niveles de complejidad.

Y esa es quizás la discusión más importante de todas: No se trata únicamente de defender presupuestos universitarios o fondos de investigación. Se trata de preguntarnos qué tipo de país queremos construir durante las próximas décadas. Uno que fortalezca capacidades para crear conocimiento, innovación y desarrollo sostenible. O uno que continúe profundizando dependencia extractiva mientras el resto del mundo acelera procesos de sofisticación científica y tecnológica. Porque en el siglo XXI la verdadera riqueza de las naciones ya no depende únicamente de lo que extraen. Depende, cada vez más, de lo que son capaces de comprender, desarrollar y transformar.

La entrada Investigación, desarrollo e impacto: el verdadero desafío pendiente de Chile se publicó primero en Revista Ecociencias.



☞ El artículo completo original de Revista Ecociencias lo puedes ver aquí

No hay comentarios.:

Publicar un comentario