5 de enero de 2026

El LHC apaga motores para ponerse más fuerte: qué cambia en CERN hasta 2030

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Cuando se habla de que el Gran Colisionador de Hadrones (el LHC) “se apaga”, mucha gente imagina un adiós definitivo. Lo que ocurre es más parecido a llevar un coche de competición al taller para cambiarle medio motor, reforzar la suspensión y reprogramar la electrónica: no compite durante un tiempo, pero vuelve con más capacidad.

El LHC es ese anillo subterráneo de unos 27 kilómetros, en la frontera entre Suiza y Francia, que acelera protones casi a la velocidad de la luz para provocar colisiones de partículas. Esas colisiones recrean, de forma controlada, condiciones parecidas a las del universo muy temprano. En 2012, el acelerador se hizo mundialmente famoso por la detección del bosón de Higgs, una pieza clave del modelo estándar que ayuda a explicar por qué las partículas tienen masa, un hallazgo confirmado por los experimentos ATLAS y CMS en el CERN.

El cierre temporal, según se ha explicado en medios como The Guardian y en comunicaciones del propio CERN, no busca frenar la ciencia, sino preparar un salto técnico que multiplique el rendimiento del acelerador durante la próxima década.

Por qué parar si “funciona bien”

El motivo principal no es que el LHC vaya mal. Al contrario: los responsables insisten en que está funcionando de forma excelente y acumulando datos valiosos. El problema, si se le puede llamar así, es que la ciencia de frontera se parece a intentar escuchar un susurro en una estación de tren: si subes la “señal” (más colisiones útiles y mejor calidad de datos), aumentan las opciones de captar fenómenos raros que hoy pasan desapercibidos.

Para lograrlo, el CERN prepara una actualización profunda que convertirá al acelerador en el LHC de alta luminosidad (High-Luminosity LHC, o HL-LHC). “Luminosidad”, en este contexto, no tiene que ver con brillo, sino con cuántas colisiones efectivas se producen. Dicho de manera cotidiana: si hoy estás pescando con una caña en un lago enorme, el objetivo es pasar a una red mucho más eficiente. No garantiza que salga el pez “legendario”, pero incrementa mucho la probabilidad.

Qué es el HL-LHC y qué promete

La promesa técnica del HL-LHC es multiplicar por alrededor de diez la cantidad de colisiones útiles a lo largo del tiempo respecto al LHC original. Eso abre la puerta a mediciones mucho más precisas y a búsquedas de señales extremadamente raras. En física de partículas, esas rarezas importan: el modelo estándar encaja muy bien con los datos, pero no lo explica todo.

Con más datos, los experimentos podrán examinar con lupa propiedades del Higgs: cómo se desintegra, con qué frecuencia lo hace en cada canal, si se comporta exactamente como predice la teoría o si hay pequeñas desviaciones. Esas desviaciones, si aparecen, serían como encontrar un tornillo que no encaja en un mueble supuestamente perfecto: no te dice todavía qué pieza falta, pero confirma que algo no cuadra del todo.

El trabajo no es sólo “apretar un botón”. Implica actualizar imanes, componentes superconductores, sistemas de enfoque de haces y mejoras en detectores para manejar una avalancha mayor de datos sin perder calidad. También requiere infraestructura de computación y almacenamiento más robusta, porque cada mejora en el acelerador tiene un coste “invisible”: gestionar y analizar lo que se registra.

Cinco años sin colisiones no significan cinco años sin física

Una idea fácil de malinterpretar es pensar que, si el acelerador se detiene, los físicos se quedan sin nada que hacer. En realidad, una parte importante del trabajo ocurre cuando ya existe el dato: limpiar señales, calibrar detectores, cruzar mediciones, comparar con simulaciones y publicar resultados revisados.

Mark Thomson, que asumió como director general del CERN en 2026, ha transmitido un mensaje tranquilizador en entrevistas recogidas por The Guardian: el parón no dejará a la comunidad sin tareas, porque el volumen de datos acumulado y el potencial de nuevos análisis seguirán generando resultados. En términos domésticos, es como haber grabado durante meses vídeos de una cámara de seguridad y sentarte ahora a revisarlos con herramientas mejores: la acción ya ocurrió, pero todavía puedes descubrir detalles que antes no veías.

Esa continuidad importa por dos motivos. Primero, porque los resultados del LHC no se agotan rápido: nuevas técnicas de análisis pueden extraer información adicional de datos ya tomados. Segundo, porque la preparación para el HL-LHC también requiere validar métodos, optimizar algoritmos y reforzar la colaboración entre equipos internacionales.

El calendario: por qué se habla de 2030

El proyecto de alta luminosidad lleva años planificándose y se apoya en un calendario largo. Según las previsiones mencionadas en prensa y en el propio entorno del CERN, el objetivo es que el HL-LHC esté operativo a mediados de 2030. Es un periodo largo para el público general, pero razonable si se piensa en la escala industrial de un acelerador: hablamos de un sistema de 27 kilómetros con tecnología superconductora y tolerancias extremas.

También hay un elemento de oportunidad: estos parones se aprovechan para hacer cambios que no se pueden improvisar sin detener el conjunto. Es más eficiente parar “de verdad”, intervenir a fondo y volver con un sistema que rinda durante años, que hacer microparadas constantes que fragmentan el trabajo.

Mientras tanto, el debate del “siguiente LHC” ya está sobre la mesa

El parón llega en un momento en el que el CERN también mira más allá del LHC. Se discute el Future Circular Collider (el FCC), un colosal acelerador propuesto de unos 90 kilómetros de circunferencia. La idea, según se ha descrito en The Guardian y en documentos conceptuales del propio CERN, contempla etapas: una primera máquina para colisionar electrones y positrones, seguida décadas después por una fase de protones de mayor energía.

La comparación cotidiana aquí es clara: el LHC sería una autopista muy avanzada; el FCC sería construir una nueva circunvalación gigantesca con carriles extra, diseñada para sostener el tráfico científico de la segunda mitad del siglo. El argumento a favor es que, cuando quieres explorar energías más altas y producir partículas más pesadas (o procesos más raros), necesitas infraestructura mayor.

Coste, prioridades y la gran pregunta: ¿es la mejor vía para entender el universo?

El FCC no está garantizado. Su coste estimado se ha cifrado en decenas de miles de millones de euros/dólares en distintas discusiones públicas, una magnitud que obliga a acuerdos internacionales amplios. También existe un debate científico legítimo: si las grandes respuestas sobre materia oscura y energía oscura vendrán de aceleradores más grandes o de otras estrategias, como detectores subterráneos, telescopios cosmológicos o experimentos de precisión.

No es una discusión de “aceleradores sí o no”, sino de equilibrio. Un gran colisionador es una herramienta potente para buscar nueva física de forma directa y medir con precisión extrema. A la vez, otras ramas pueden complementar o incluso adelantarse en ciertas preguntas. Si la ciencia fuera una caja de herramientas, el acelerador sería una llave inglesa enorme: imprescindible para algunos tornillos, inútil para otros. Lo difícil es decidir cuántos recursos dedicas a cada herramienta sin dejar coja la investigación.

Thomson, en sus declaraciones públicas, se muestra favorable a seguir empujando la frontera con máquinas grandes, defendiendo que todavía queda mucho por descubrir en el nivel más fundamental de la realidad. Esa postura convive con la prudencia de quienes piden evidencias más claras de qué tipo de “nueva física” merece una inversión tan masiva.

Qué debería mirar el público durante el apagón

Aunque el LHC se detenga, el periodo hasta 2030 puede ser fértil en anuncios científicos provenientes de análisis atrasados, mejoras metodológicas y resultados de precisión. Si el HL-LHC cumple lo prometido, la década posterior podría ser el equivalente a pasar de una cámara de fotos normal a una de alta resolución: no cambia el mundo que fotografias, pero te permite ver grietas, texturas y matices que antes eran invisibles.

La clave, para no caer en expectativas infladas, es entender que estos proyectos no suelen dar “un descubrimiento” cada semana. Su valor real está en la acumulación: millones de colisiones que, interpretadas con paciencia, acaban moviendo la frontera del conocimiento. El CERN vive de esa constancia, como un observatorio que mira el cielo noche tras noche, sabiendo que la rareza estadística es parte del juego.


La noticia El LHC apaga motores para ponerse más fuerte: qué cambia en CERN hasta 2030 fue publicada originalmente en Wwwhatsnew.com por Natalia Polo.


☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí

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