
Guardar fotos, vídeos, correos, historiales médicos o registros públicos parece fácil hasta que se plantea la pregunta incómoda: ¿durante cuánto tiempo? Los discos duros fallan, las cintas magnéticas se degradan, los formatos cambian y los centros de datos consumen energía de forma constante para mantener todo vivo. La paradoja es clara: lo digital se percibe eterno, pero su soporte físico es frágil.
En ese contexto aparece una propuesta que suena casi como una cápsula del tiempo: un sistema capaz de escribir datos en vidrio común y leerlos con fiabilidad tras milenios. Microsoft Research lo llama Silica, y un trabajo publicado en Nature (firmado por el equipo de investigación) describe una demostración integral de esta tecnología, con pruebas de envejecimiento acelerado que apuntan a una legibilidad superior a 10.000 años.
Silica: no es “un truco de laboratorio”, es un sistema completo
Conviene entender qué aporta Silica frente a investigaciones anteriores. No se limita a mostrar que se puede “marcar” vidrio con un láser; integra la cadena entera: codificación, escritura, lectura, decodificación y corrección de errores. Dicho de forma cotidiana: no es solo inventar una nueva forma de tinta, sino también el teclado, la imprenta, el escáner y el corrector ortográfico para que el mensaje llegue intacto al futuro.
Según la demostración, un cuadrado delgado del tamaño de la palma de la mano podría almacenar el equivalente a dos millones de libros. No es una cifra pensada para presumir; es una forma de aterrizar la idea de densidad de almacenamiento en algo que cualquiera visualiza: una biblioteca entera comprimida en una lámina sólida.
El “bolígrafo” son pulsos de luz casi inconcebibles
La base física de Silica está en los láseres de femtosegundo, pulsos ultracortos que duran una fracción minúscula de segundo. Para no perderse en números, sirve una metáfora: si un minuto fuera la edad del universo, un femtosegundo sería como diez femtosegundos frente a ese minuto. Es un intervalo tan pequeño que, en investigación, estos pulsos se usan incluso como escalón hacia destellos todavía más breves, de attosegundos, útiles para observar movimientos de electrones. No por casualidad, el Premio Nobel de Física 2023 reconoció trabajos pioneros en este terreno.
Para el almacenamiento, lo importante es que estos pulsos permiten “tocar” el interior del vidrio sin romperlo como lo haría un golpe o un grabado superficial. El láser emplea una longitud de onda que normalmente atravesaría el vidrio sin interactuar. La clave está en la intensidad extrema cuando se enfoca con precisión en un punto: ahí el campo eléctrico se vuelve tan fuerte que altera la estructura molecular local. El resultado es una modificación controlada dentro del material, no en la superficie.
Voxeles: letras tridimensionales dentro del vidrio
Si un píxel es el punto mínimo de una imagen en pantalla, un voxel es su equivalente tridimensional. Silica escribe información creando voxeles en posiciones exactas dentro del vidrio, como si el texto se compusiera con diminutos “granos” colocados en capas. Esto cambia el enfoque tradicional: en vez de confiar en un soporte plano (como un disco), se aprovecha el volumen.
Aquí el vidrio actúa como una ciudad transparente de varias plantas. En cada “habitacioncita” microscópica se guarda un bit o una porción de información. Visto así, la promesa de densidad cobra sentido: no se trata de apretar más datos en una superficie, sino de usar el espacio interior.
Décadas de camino hasta llegar a una propuesta industrial
La idea de escribir en vidrio con láser no nació ayer. En los años noventa, Eric Mazur y su equipo en Harvard ya exploraban el almacenamiento óptico volumétrico con láseres de femtosegundo, demostrando estructuras permanentes en vidrio. En 2014, Peter Kazansky y colegas de la Universidad de Southampton publicaron resultados sobre cuarzo fundido y una vida útil “prácticamente ilimitada”, asentando la noción de memorias ultraestables.
Más recientemente, Kazansky impulsó una empresa, SPhotonix, para comercializar lo que describen como nanostructuring 5D en vidrio; incluso la cultura popular se ha apropiado del concepto con dispositivos ficticios tipo “cristal de memoria” en cine. Silica se coloca en esa línea histórica, con una diferencia relevante: su ambición explícita es demostrar una plataforma con decisiones de ingeniería realistas, pensada para archivado.
Dos formas de escribir: densidad extrema o escritura más eficiente
En el trabajo presentado, Silica evalúa dos tipos principales de voxeles, que se pueden entender como dos estilos de marca en el material.
Un primer tipo crea pequeñas cavidades alargadas, “vacíos” diminutos generados por microexplosiones controladas dentro del vidrio. Este método permite una densidad altísima, reportada en torno a 1,59 gigabits por milímetro cúbico. La cifra suena abstracta hasta que se traduce: cada trocito de vidrio del tamaño de un grano de arena, en escala microscópica, puede albergar cantidades de datos considerables.
El segundo tipo no crea cavidades, sino cambios sutiles en el índice de refracción local, como si se ajustara la forma en que el vidrio dobla la luz en una zona concreta. Esta estrategia puede escribirse más rápido y con menos energía, aunque con menor densidad por volumen. En la demostración se menciona una tasa de escritura del orden de 65,9 megabits por segundo, con la posibilidad de crecer si se utilizan múltiples haces láser en paralelo.
La lectura se realiza con una configuración tipo microscopio, capaz de detectar esas modificaciones internas y reconstruir el patrón grabado. En términos cotidianos, escribir sería como dejar huellas invisibles en un bloque transparente; leer sería iluminarlo con el “ángulo” y la óptica correctos para que esas huellas se revelen.
¿Por qué 10.000 años importa, si hoy lo queremos todo inmediato?
La cifra de 10.000 años no es una promesa para el álbum de fotos del móvil, sino para un problema distinto: el archivado de largo plazo. Gobiernos, instituciones científicas, museos, archivos nacionales, bibliotecas y grandes empresas guardan información que debe sobrevivir a generaciones, migraciones tecnológicas y crisis energéticas. Hoy, gran parte de ese archivado depende de ciclos de copia: cada cierto tiempo hay que mover los datos a un soporte nuevo antes de que el viejo muera. Es como transcribir a mano un libro cada década para que no se pierda. Funciona, pero es caro, lento y propenso a errores.
Un soporte de vidrio que conserve los datos de forma pasiva durante milenios cambia el tipo de mantenimiento requerido. No elimina la necesidad de buenos procesos, ni de estándares de lectura, ni de custodias físicas seguras, pero reduce la dependencia de reescrituras periódicas.
Lo que hace posible este salto: la madurez de la fotónica ultrarrápida
Un punto interesante del propio relato técnico es histórico: a finales de los noventa, construir láseres de femtosegundo era una rareza reservada a unos pocos laboratorios. Hoy, la fotónica ultrarrápida ha madurado hasta el punto de ofrecer equipos industriales “listos para usar”, con fiabilidad y potencia adecuadas. Esa transición suele marcar la diferencia entre una curiosidad académica y una herramienta adoptable.
Silica se apoya en esa madurez y la traduce a un objetivo concreto: almacenamiento denso, rápido y eficiente para archivos. El artículo en Nature insiste en la evaluación sistemática de fiabilidad, estrategias de corrección de errores, consumo energético y longevidad, justo lo que se espera cuando una tecnología intenta salir del laboratorio sin vender humo.
☞ El artículo completo original de Natalia Polo lo puedes ver aquí
