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En marzo de 2026, el gobierno del presidente José Antonio Kast anunció un recorte del 3% al presupuesto del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, como parte de un ajuste fiscal transversal aplicado a todas las carteras. Aunque la medida se presenta como un ejercicio de “optimización”, sus efectos han generado preocupación inmediata en la comunidad científica, académica y universitaria.
La ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, confirmó una de las decisiones más sensibles: la suspensión temporal para 2026 de las becas de magíster y postdoctorado en el extranjero, dos instrumentos clave en la formación de capital humano avanzado en Chile.
Más allá del ajuste puntual, el debate de fondo es mayor: ¿qué implica recortar inversión en ciencia en un país que ya arrastra un rezago histórico en investigación y desarrollo (I+D)?. Desglosamos el impacto.
Formación avanzada en pausa: una señal compleja
Las becas internacionales, especialmente las del programa Becas Chile, han sido durante años una de las principales vías para que profesionales accedan a formación en universidades de alto nivel y se inserten en redes científicas globales.
La justificación oficial apunta a un cambio de contexto económico: estas becas habrían sido diseñadas en un escenario de mayor crecimiento, con un PIB superior al 6% y mayor disponibilidad de recursos provenientes del royalty minero. Hoy, según la autoridad, la prioridad estaría en fortalecer la formación doctoral y las capacidades dentro del país.
Sin embargo, los datos ya mostraban una tendencia preocupante. En 2025, poco más de 100 personas accedieron a becas de magíster y postdoctorado en el extranjero, cifra que venía cayendo sostenidamente desde 2022. La suspensión total en 2026 profundiza ese descenso.
El punto crítico no es solo cuantitativo. La formación internacional permite acceso a metodologías de frontera, colaboración con centros de excelencia y redes que luego se traducen en proyectos, financiamiento y transferencia de conocimiento hacia Chile. Su interrupción, aunque sea temporal, puede tener efectos acumulativos.
Ajustes en I+D: menos instrumentos, menos dinamismo
El recorte no se limita a las becas. También incluye la eliminación del programa InES (Innovación en Educación Superior), que será fusionado con el Fondo de Innovación Universitario (FIU), además de la reducción de concursos Anillos de investigación y la revisión de múltiples convocatorias de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID).
Desde el gobierno se plantea como una reorganización para mejorar eficiencia. Sin embargo, desde el mundo académico se advierte que no se trata de instrumentos equivalentes.
Mientras el FIU apunta a generar condiciones estructurales de largo plazo, el programa InES permitía inyecciones rápidas de recursos para impulsar cambios en las universidades. Su desaparición podría reducir la capacidad de adaptación y transformación en el corto plazo.
Un problema estructural: Chile invierte poco y no crece
El contexto en que se produce este ajuste es clave. Chile destina apenas un 0,41% de su PIB a I+D, muy por debajo del promedio de la OCDE, que alcanza el 2,68%. En términos simples, el país invierte alrededor de 6,5 veces menos que las economías desarrolladas.
Además, esta cifra se ha mantenido prácticamente estancada durante una década.
A nivel internacional, países como Israel (cerca del 6% del PIB) y Corea del Sur (5,2%) lideran la inversión en ciencia como eje estratégico de desarrollo. Incluso en América Latina, Brasil concentra más del 60% de la inversión regional en I+D.
En este escenario, el presupuesto 2026 para ciencia en Chile apenas contempla un aumento marginal que no supera la inflación, lo que en la práctica implica un estancamiento.
Ciencia y crecimiento: lo que dice la evidencia
La discusión sobre ciencia no es solo académica. Existe abundante evidencia que vincula directamente la inversión en I+D con el crecimiento económico y el desarrollo social.
Estudios internacionales muestran que cada euro invertido en investigación puede generar hasta 13 euros en valor agregado en el sector productivo. Asimismo, la inversión pública en ciencia tiene efectos indirectos que pueden triplicar su impacto en el crecimiento económico.
Esto ocurre a través de múltiples mecanismos:
- Innovación tecnológica que mejora la productividad
- Transferencia de conocimiento entre universidades y empresas
- Formación de talento altamente especializado
- Desarrollo de soluciones a problemas locales
En este contexto, el capital humano avanzado —doctores, investigadores y especialistas— se convierte en un activo estratégico. Reducir las oportunidades de formación, especialmente en entornos internacionales, limita la capacidad del país para absorber y generar innovación.
Riesgos para la competitividad y el desarrollo humano
Las implicancias de estas decisiones van más allá del sistema científico.
Desde la perspectiva del desarrollo humano, la formación avanzada contribuye a la movilidad social, la equidad territorial y la autonomía tecnológica. Las becas permiten que estudiantes accedan a oportunidades que de otra forma serían inaccesibles, ampliando la base de talento del país.
En términos de competitividad, la inversión en ciencia también cumple un rol clave como señal para el sector privado. Cuando el Estado invierte, incentiva la participación empresarial en I+D. Cuando reduce su compromiso, el efecto puede ser el contrario.
Esto es especialmente relevante en áreas donde Chile tiene ventajas comparativas globales, como astronomía, litio y minerales críticos, cambio climático y gestión hídrica, biodiversidad y agricultura y acuicultura.
Todas ellas requieren capacidades científicas avanzadas para traducirse en desarrollo económico sostenible.
Costos invisibles: lo que se pierde a largo plazo
Uno de los aspectos más críticos de los recortes en ciencia es que sus efectos no son inmediatos, pero sí profundos.
La evidencia indica que recuperar capacidades científicas perdidas puede ser entre tres y cinco veces más costoso que mantenerlas, y puede tomar más de una década. Además, existe un componente generacional: si una cohorte de investigadores pierde oportunidades de formación, esa brecha es difícil de revertir.
Entre los riesgos proyectados se encuentran reducción de masa crítica de investigadores con experiencia internacional; menor participación en redes científicas globales; fuga de talentos hacia el extranjero y mayor dependencia tecnológica.
Un debate de fondo: gasto o inversión
El debate que se abre en Chile no es nuevo, pero sí urgente. ¿Debe la ciencia ajustarse como cualquier otro gasto en contextos de austeridad, o requiere un tratamiento diferenciado como inversión estratégica?
Desde el gobierno, la postura apunta a la priorización de recursos en función de urgencias inmediatas. Desde la comunidad científica, el argumento es claro: la ciencia no compite con otras prioridades, sino que las habilita.
Agua, salud, energía, productividad, educación. Todos estos desafíos requieren conocimiento, innovación y capacidad científica.
Una decisión que define el futuro
Los recortes al Ministerio de Ciencia no solo reflejan una decisión presupuestaria, sino también una definición de prioridades país.
Chile enfrenta una disyuntiva estructural: continuar con un modelo de baja inversión en I+D, que limita su capacidad de innovación y desarrollo, o avanzar hacia una estrategia que reconozca la ciencia como motor central de crecimiento y bienestar.
La evidencia internacional es consistente: los países que sostienen su inversión en ciencia, incluso en tiempos de crisis, logran mayor resiliencia y competitividad en el largo plazo.
En ese sentido, el costo de recortar hoy puede ser mucho mayor que el ahorro inmediato. Porque en ciencia, como en desarrollo, el tiempo perdido es difícil de recuperar.
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